lunes, 20 de julio de 2009

El Emperador

Emperador es un título político-militar originado en el Imperio Romano, aunque con frecuencia se llama emperadores a los líderes de ciertos grandes imperios, por asociación con éstos.

En la antigua Roma no existía el título de Emperador, siendo éste más bien una práctica abreviatura para una complicada reunión de cargos y poderes. Tampoco existía ningún título o rango análogo, sino que todos los títulos asociados tradicionalmente al emperador tenían su origen en la época republicana.

En general, no se puede describir a los emperadores como gobernantes de iure. Oficialmente, el cargo de emperador era considerado como de ‘primero entre iguales’ (primus inter pares), y muchos de ellos no llegaron a ser gobernantes de facto, sino que frecuentemente fueron simples testaferros de poderosos burócratas, funcionarios, mujeres y generales.

Su autoridad legal derivaba de una extraordinaria concentración de poderes individuales y cargos preexistentes en la República, más que de un nuevo cargo político.

Estos cargos sólo proporcionaban prestigio (dignitas) a la persona del emperador. Los poderes de éste derivaban de la auctoritas. En la figura imperial se reunían las figuras autoritarias del imperium maius (comandante en jefe militar) y de la tribunicia potestas (máxima autoridad jurídica).

Hasta el siglo III d.C. los títulos normalmente asociados a la dignidad imperial eran Emperador (Imperator, con el significado de comandante supremo militar), César (que originalmente tuvo el significado de cabeza designada, Nobilissimus Caesar) y Augusto (Augustus, con el significado de ‘majestuoso’ o ‘venerable’).

Los últimos emperadores usaron la fórmula Imperator Caesar NN Pius Felix (Invictus) Augustus, donde NN era el nombre individual del emperador de turno, Pius Felix significaba ‘bendito y piadoso’, e Invictus tenía el sentido de ‘nunca derrotado’.

Aunque Octavio Augusto aceptó para sí tan solo el título de princeps civium, en la práctica el título más importante que tenía era el de Imperator o jefe del ejército, porque era éste el último garante de la paz romana después de las cruentas guerras civiles libradas en el último siglo. De esta manera, con el paso del tiempo se fue identificando el título de Emperador con el de amo y señor absoluto de un imperio.



La caída de Roma


Una vez derrumbado el Imperio Romano de Occidente, el Imperio Bizantino se consideró continuador de la tradición romana, aunque sustituyó la cultura latina por la antigua cultura helénica. Los emperadores bizantinos se hicieron llamar con el término griego basileus, que significa rey. Sin embargo, en el ámbito oriental comenzó a cobrar fuerza también el título de Zar, derivado del nombre latino César, y que se aplicó después al Zar de Bulgaria, para ser tomado en su momento por los Zares del Imperio Ruso, una vez caída Constantinopla en manos de los otomanos.

El concepto de «Imperio Romano» sería recuperado en Occidente tras la coronación del rey de los francos Carlomagno como «Emperador Romano» por el Papa de Roma en el año 800. Carlomagno y sus descendientes francos son llamados frecuentemente Emperadores de Occidente, e incluso cuando la desintegración de este Imperio Carolingio era ya patente, el título se conservó para la línea primogénita de la familia.


Carlomagno, Emperador de Occidente (742-814)



Tras la formación de los nuevos reinos de Francia y Germania, pasaría más de medio siglo para que Otón I se convirtiera en líder del nuevo Sacro Imperio Romano en 962, si bien su potestad se reducía, prácticamente, a la fracción oriental del estado carolingio. Esta nueva línea sucesoria estuvo compuesta por regla general de emperadores de origen alemán más que romano, aunque mantuvieron el nombre de «romanos» como símbolo de legitimidad.

Durante siglos se admitió en Occidente que el Papa, como legítimo custodio de la tradición romana, era el único capaz de designar Emperadores. Supuestamente, en la concepción medieval, el mundo estaba bajo la tutela temporal del Emperador, y la espiritual del Papa, como señores conjuntos del mundo cristiano. De esta manera sólo podía haber un único Emperador, con jurisdicción sobre todos los reyes cristianos.

El primer imperio global fue el español, que se llamaba así a la unión de territorios conquistados, heredados y reclamados por España o por las dinastías reinantes en España. Durante los siglos XVI y XVII creó una estructura propia no siendo llamado imperio colonial hasta el año 1768 y en el siglo XIX adquiere estructura puramente colonial. Por primera vez un imperio abarcaba posesiones en todos los continentes, las cuales, a diferencia de lo que ocurría en el Imperio Romano o en el Carolingio, no se comunicaban por tierra las unas con las otras.

Napoleón Bonaparte trató de regresar al modelo imperial romano, por lo que se transformó en cabecilla de un gobierno directorial a la manera romana: el Consulado. El Primer Cónsul finalmente mandó llamar mediante presiones y amenazas al Papa Pío VII para coronarse en París, en 1804, como Emperador de los Franceses.
El Emperador de los Franceses
Napoleón I (1769-1821)

Sin embargo, todavía seguía existiendo el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, a la sazón Francisco II, quien optó por renunciar a su título en 1806 y adoptar el de Emperador de Austria con el nombre de Francisco I. El Imperio Austríaco seguiría siendo, tras el Congreso de Viena de 1815, el heredero del Sacro Imperio y, tras la derrota contra Prusia en la guerra austro-prusiana de 1866, pasaría a llamarse Imperio Austrohúngaro.

En 1871 el Rey Guillermo de Prusia, después de la Guerra franco-prusiana, y considerándose legítimo heredero del Sacro Imperio Romano Germánico, al haber derrotado previamente a Austria-Hungría, se proclamó Emperador de Alemania. Ambos Imperios, Austrohúngaro y Alemán, serían abolidos en 1918 y con ellos se extinguiría la línea del Imperio Romano de Occidente. La del Imperio Romano de Oriente habría desaparecido el año anterior, en 1917, con la caída de los zares en Rusia.

Otros emperadores

El gesto de Napoleón no sólo fue calificado como una usurpación por parte de un advenedizo sin títulos legales ni jurídicos para su acción, sino que además abrió el camino para otros advenedizos que acto seguido se proclamaron Emperadores en los más curiosos lugares de la tierra.

De esta manera, en Haití reinaron los Emperadores Jacobo I de Haití (1804-1806) y Faustino I (1847-1859). En México, el general Agustín de Iturbide se proclamó como Emperador Agustín I en 1821, aunque sería derrocado al año siguiente; en 1864 asumiría Maximiliano I en México, entronizado por los ejércitos de Napoleón III, y duraría en funciones hasta ser fusilado en 1867.
El Emperador de México
Maximiliano I de Habsburgo (1832-1867)

En 1822 se proclamó el Imperio de Brasil, con Don Pedro I como Emperador y después su hijo Don Pedro II, que duraría hasta la proclamación de la República en 1889. La reina Victoria de Inglaterra se proclamaría, a su vez, Emperatriz de la India. Y en 1976 el general africano Jean Bédel Bokassa (admirador de Napoleón Bonaparte) transformó la República Centroafricana en Imperio Centroafricano, y él mismo se proclamó Bokassa I en una desmesurada ceremonia; este dictador duraría hasta 1979, año en que fue derrocado por una sublevación popular.

Algunos títulos de monarcas han sido traducidos a las lenguas europeas como Emperador, pese a que no guardan relación con el Imperio Romano ni sus estados sucesores. Así, los soberanos de Persia o Irán han recibido el título de Emperadores –en realidad, la traducción correcta de Sah sería Rey- desde la creación del Imperio Persa hasta su disolución en 1979. En China el título del monarca era el de Wáng, traducido como rey, y cuando se unificó el país pasó a ser Huángdì lo que se ha traducido como Emperador y ha durado hasta 1912 con la deposición de Puyi. Si bien los soberanos de los grandes estados islámicos no han recibido por la historiografía este título, sino el de Califa o Sultán, se les ha llamado Imperio Abbasida, Imperio Omeya o, más tarde, Imperio Turco u Otomano.

En la actualidad, el único gobernante del mundo que conserva el título de Emperador es el de Japón, si bien no tiene ninguna relación con el título de origen romano y es la traducción al castellano de la palabra tenno, que también puede ser entendida como "rey" o "monarca".

El Emperador de China
Kangxi (1654-1722)

El Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico
Carlos VI (1685-1740)

El Emperador de Alemania
Káiser Guillermo I (1797-1888)

El Emperador de todas las Rusias
Zar Nicolás I (1796-1855)

El Emperador de Brasil
Don Pedro I (1798-1834)

El Emperador de Persia
Fat′h Ali Shah Qajar (1772-1834)
El Emperador de la India
Edward VII del Reino Unido (1841-1910)

El Emperador de Austria
Francisco José I (1830-1916)

El Emperador de Japón
Hirohito Emperador Shōwa (1901-1989)

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