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domingo, 25 de abril de 2010

Marella Agnelli



Es imposible pensar en Turín sin pensar en los Agnelli, el rico, poderoso y especulador clan de la FIAT. Y nadie ha personificado la elegancia duradera de tal familia mejor que Marella Agnelli, viuda del igualmente elegante Giovanni (Gianni). En 1953, Richard Avedon recogió un célebre retrato de la princesa mitad americana-mitad napolitana para enfatizar la extraordinaria longitud de lo que el renombrado ilustrador de moda Joe Eula llamó “el más vistoso cuello del mundo”. La Signora Agnelli aparece a medio perfil, completamente regia y con ese cuello de cisne a lo Nefertiti que permite lucir como nadie las gargantillas de diamantes y los jerseys de cuello alto.


Marella Agnelli Caracciolo di Castagneto nació en 1927 en Florencia, en el seno de una antigua familia de la aristocracia napolitana. En su juventud vivió en diversos países debido a que su padre, Filippo Caracciolo, Príncipe di Castagneto y Duque de Melito, era diplomático. La madre, Margaret Clarke, era norteamericana con ascendencia italiana. Marella tuvo una infancia rodeada del mejor arte y con una filosofía basada en la belleza por la belleza, muy hedonista. Su madre le transmitió su pasión por la jardinería, que le ha apasionado desde siempre. Como toda chica de alta sociedad de esa época, tiene su baile de debutantes que ilustra Vogue.

Marella, 1948


En su juventud, luego de haber seguido estudios superiores y conseguido un diploma en Suiza, opta por estudiar en París, asistiendo primero a la Académie des Beaux-Arts y luego a la Académie Julian. Más tarde entra en Vogue como ayudante del gran fotógrafo Erwin Blumenfeld. Que las chicas de alta sociedad entraran a trabajar en revistas de moda no era nada nuevo en aquel entonces, muchas de las mujeres que trabajaron en el Vogue USA durante la era Vreeland o en el Harper's de Carmel eran de familias pudientes.

1949: Vogue registra a Donna Marella Caracciolo di Castegneto, en Gabriellesport, con Madame Edward Behn.

El 19 de noviembre de 1953 Marella se casa con Gianni Agnelli en el castillo de Osthoffen, Estrasburgo, Francia, donde su padre era representante diplomático de Italia en el Consejo de Europa. Ahí se puede considerar el comienzo de la leyenda de ambos. El casamiento le da a Marella la posibilidad de entrar en lo más alto, su vida en esa época es como una foto de Slim Aaron, estadías en Nueva York, Córcega, Capri, Portofino, Roma, París... Muy seguidamente nacen sus dos únicos hijos, Edoardo (1954-2000) y Margherita (1955- ), de los cuales hubo numerosa descendencia.


1953: 19 de noviembre. La Princesa Marella Caracciolo di Castagneto (en su primer Balenciaga), el día de su boda.


El escritor americano Truman Capote queda fascinado con ella y la convierte de inmediato en miembro de su elitista colonia de “cisnes”, todas delgadas como estacas y mujeres de los hombres más poderosos del mundo. Se adoraban mutuamente, Marella dijo de él “Intimé tanto con Truman porque poseía una cualidad muy especial. Observaba a la gente y veía sus puntos débiles; se convirtió en el padre confesor. Yo misma me sorprendí diciéndole cosas que jamás soñé con participarle. Jamás. Esperaba igual que el halcón. Creó una especie de intimidad profunda. Muy honda y muy tierna. …” Comparando a Agnelli con esa otra ave rara, Babe Paley, Capote diría con característica acidez: “Si ambas estuvieran en una vidriera de Tiffany, Marella sería más cara”.


Vestida por Patou, 1956

La Signora Agnelli se codeó con algunas de las figuras más importantes del siglo: JFK y Jackie, Onassis, la princesa Grace, el tout París, Turín, Portofino, Roma y New York. Como todo el que era alguien en el NY de la época, tienen sus correspondientes serigrafías de Warhol; la de Gianni es muy conocida, posando con el cigarro y sus canas. El retrato de Marella tiene mucho rosa y es muy juvenil.


Alta y ágil, con características clásicas, Agnelli era miembro de esa beautiful people que a menudo se encontraba en el Vogue aristocrático y chic de Diana Vreeland, ese grupo tan variopinto de la sociedad internacional de los 50 y 60, en el que se entremezclaban Babe Paley, Lee Radziwill, Gloria Guiness, Jacqueline de Ribes, C.Z Guest, Gore Vidal, Cecil Beaton, Andy Warhol y Richard Avedon. Marella era idolatrada por los fotógrafos; tenía una estructura ósea sin parangón, con una delgadez genética. Henry Clarke la captó in situ a bordo del yate de Gianni en la Côte d’Azur en 1962 y en el palazzo familiar en Turín. Admitida en la Lista Internacional de las Mejor Vestidas en 1963, se convertiría pronto en miembro de su Hall of Fame. Hoy, como ayer, es considerada un ícono del estilo, sobre todo para dictadores de la moda como Valentino y Giorgio Armani.

1962: Marella y la Princesa Pignatelli, en "La Leopolda", uno de los yates de Agnelli, en el puerto de Beaulieu-sur-Mer, Côte d'Azur.


En 1973 emprende la carrera de diseñadora de alta moda, que continúa hoy, especializándose en la realización de diseños para textiles de tapicería con la compañía de Gustav Zumsteg, textiles que serían los favoritos del decorador de sociedad Sister Parish. El éxito en esta carrera le ha merecido en los Estados Unidos el prestigioso premio «Product Design Award of the Resources Council Inc.» conferido en 1977.


El matrimonio Agnelli -ella vestida de Mila Schön-, en el Black-and-White Ball, de Truman Capote, en el Hotel Plaza de Nueva York (28 de noviembre de 1966)


Su pasión por la jardinería la llevó a bogar por la protección de bellísimos jardines en sus residencias Villa Frescot y Villa Perosa, en Turín, y la de Marrakech, en Marruecos. Transformando después su hobby en una profesión, ha realizado diversos libros de jardinería y fotografía, entre los cuales hay dos sobre los oasis de Ninfa, situada en el Complejo di Cisterna di Latina.


Marella en su madurez

Por su gran colección de arte –con obras de Canaletto, Bellotto, Canova, Manet, Renoir, Picasso, Matisse, Severini y Modigliani- los Agnelli han sido un poco los Médicis del siglo XX. Gran parte de estas obras han sido donadas a la Fundación Pinacoteca del Lingotto Giovanni e Marella Agnelli en setiembre de 2002, pocos meses antes de la muerte del Avvocato. La Pinacoteca es una de las principales muestras de arte moderno y clásico italiano y hoy uno de los más importantes centros culturales de la ciudad. Se halla dentro de una especial estructura proyectada por Renzo Piano sobre el techo del edicio del Lingotto, histórica sede de la FIAT.

El Lingotto, Turín

En Italia para el pueblo son supremos. En el 2000, ya comienza el preámbulo de los escándalos. Su hijo Edoardo muere en extrañas circunstancias: su coche se estrella en un puente de Turín. Había sido la oveja descarriada de la familia, tuvo problemas con las drogas y fue desterrado de la FIAT. Aquí hay opiniones encontradas, pues durante un tiempo se rumoreaba si fue suicidio o estaba preparado todo. Tiempo antes había fallecido el sobrino de Gianni, a quien había preparado como heredero.

1989: En la fiesta de cumpleaños de Malcolm Forbes, Tánger, Marruecos


Cuando falleció el patriarca se hizo pública la guerra. En el testamento se estableció a Marella y Margherita como únicas herederas, ambas vendieron sus participaciones y se puso a uno de los hijos de Margherita como presidente. La relación entre todos era caótica, Margherita en un bando y los demás en otro. De quien no se ha sabido una opinión clara es de Marella, se sabe que está con sus nietos pero es la gran desconocida de esta historia.


Marella, 2004

Tras la recuperación de la FIAT, Margherita demandó a su propia madre y a algunos de los hombres que fueron mano derecha de Gianni. Marella intervino en octubre de 2007 enviando un comunicado: "Con su actitud, mi hija demuestra su ingratitud y ofende la respetabilidad de quien siempre ha actuado y actúa pensando en los intereses del grupo Fiat. Lo que ha hecho traiciona la voluntad de mi marido. Me gustaría que la paz volviera a la familia pero lo veo difícil". Tras la muerte de Gianni se había ido a Marrakech, compró la granja de los Hermès y la aclimató a su gusto, haciendo a nuevo casi toda la jardinería en colaboración con Madison Cox.



miércoles, 14 de abril de 2010

Bal Cuevas

El clímax de la carrera social del Marqués George de Cuevas fue en 1953 con un baile de máscaras que dio en Biarritz y que se consideró como una de las más sofisticadas fiestas de la década.




Cuando Charles de Beistegui dio su “fiesta del siglo” en Venecia dos años antes parecía que ningún hombre podría lograr nada más elaborado en el espacio de una sola noche, pero ahora tenía un rival en el pequeño Marqués, cuyo baile del siglo XVIII en el Chiberta Country Club de Biarritz triunfó sobre cientos de problemas y dio un impulso al comercio de aquel resort de la Bahía de Biscay, lo que no se disfrutaba desde los días de Eduardo VII.





En aquella época Francia estaba paralizada por una huelga general; no había aviones ni trenes. Sin inmutarse, los nómadas de la sociedad internacional, con sus disfraces del siglo XVIII haute couture en sus baúles de viaje, hicieron el camino a través de Europa como aves migratorias para participar en los tableaux vivants del baile de Cuevas, un evento tan extravagante que fue criticado por la Iglesia Católica y por la izquierda política.





La gente habló del tema por meses, antes y después”, recordaba la rica heredera Josephine Hartford Bryce, quien cuarenta años más tarde donaría el disfraz que usó esa noche al Metropolitan Museum of Art de Nueva York. “Todos morían por ir. Los disfraces eran fantásticos y las personas invitadas pasaron la mayor parte de la noche analizándose una a otra”.




Como se decía en aquellos círculos, tout le beau monde estuvo allí. Había miembros de la aristocracia española, italiana y latinoamericana, una gran cantidad de millonarios y nobles franceses, algunos británicos, estrellas del teatro y de la pantalla.




Elsa Maxwell se vistió de Sancho Panza y apareció a lomo de mula. Pedro de Yugoslavia bailó con Merle Oberon, que llevaba una descomunal tiara de diamantes. La Duquesa de Argyll, del brazo del duque –quien más tarde se divorciaría de ella-, llegó vestida de ángel. René Zizi Jeanmaire, la bailarina francesa, arribó al Chiberta Country Club a lomos de un dromedario y escasamente vestida. Zizi fue probablemente la más fotografiada de los invitados pues su disfraz no dejaba nada librado a la imaginación como para ser llamado del siglo XVIII.







Y en el centro de todo estaba George de Cuevas, presidiendo la noche como el Rey de la Naturaleza en un extravagante atuendo de lamé de oro, amplia capa roja y un tocado de plumas de avestruz. Estaba rodeado por las Cuatro Estaciones, en las figuras disfrazadas del Conde Charles de Ganay, la Princesa Marella Caracciolo –quien pronto se convertiría en la esposa de Gianni Agnelli-, su hija Bessie y el esposo de ésta, Hubert Faure.







Los reportajes sobre la fiesta exageraban y confundían, pues algunos decían que el marqués había gastado más de 35.000 libras para entretener a sus invitados, otros situaban la cifra en las 15.000 libras. De todos modos, quinientos trajes de época fueron contratados para la policía y los camareros; ocho ovejas blancas con campanas y moños y cuatro vacas con cintas en el cuello deambulaban entre los invitados; bailarines de ballet actuaron sobre un conjunto de balsas en el lago de Chiberta y bandas de rumba en tres pistas separadas mantuvieron el ritmo hasta temprano en la mañana contra el fondo de un castillo de yeso.





Como siempre, Margaret de Cuevas hizo lo inesperado. Desde varios días antes, su disfraz diseñado por el gran couturier Pierre Balmain colgaba, como una presencia, sobre un maniquí en su residencia en Biarritz. Pero Margaret no apareció en el baile, aunque, por supuesto, pagó por el disfraz. Podía ser una Rockefeller antipática pero seguía siendo una Rockefeller. La opulencia, extravagancia y enormidad (cuatro mil personas fueron invitadas y dos mil aceptaron) del evento la ofendían. Así que simplemente esa noche desapareció y la fiesta se desarrolló sin ella. De todas maneras, observaría la llegada de los invitados desde un lugar oculto y una historia muy repetida, pero no confirmada, fue que envió a su doncella vestida con el disfraz que Balmain había hecho para ella.



Después que todo terminó y Biarritz intentó volver a la normalidad, hubo rumores desde el Vaticano y otros lugares de alto nivel sobre el degradante espectáculo y el dinero ridículamente malgastado aquella noche. El marqués, sin embargo estuvo encantado con todo y Biarritz resultó encantada con el marqués.