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miércoles, 23 de marzo de 2011

La Casa del Infantado

La Casa del Infantado es un linaje originario de la Corona de Castilla, cuyo nombre proviene del ducado del Infantado, título con Grandeza de España que ostenta su jefe o cabeza. Tradicionalmente el heredero del ducado del Infantado ostenta los títulos de Marqués de Santillana y Conde de Saldaña.

El Ducado del Infantado fue concedido por los Reyes Católicos el 22 de julio de 1475 a don Diego Hurtado de Mendoza, 2º Marqués de Santillana. El mismo día se creó el condado de Saldaña para que lo ostentaran los herederos del ducado, quienes desde entonces han sido, además de condes de Saldaña, marqueses de Santillana. En 1520 se le concedió al ducado del Infantado la Grandeza de España de clase inmemorial, incluyéndose así entre los primeros 25 títulos en ostentar tal dignidad.

Ana de Mendoza, contemporánea del Duque de Lerma, casó a su hija con el hijo de éste, pasando a ser Sandoval y Rojas. Se abrió un pleito dinástico que duró generaciones, hasta el 12º Duque de Osuna, Mariano Téllez-Girón, quien murió completamente arruinado y sin descendencia. Le heredó su sobrino, quien además presentaba como su heredero, el marqués de Ariza y Valmediano, Andrés Avelino de Arteaga y Silva, descendiente de la rama del VII Duque, que abrió el pleito. Su descendiente actual es Íñigo de Arteaga y Martín, XIX Duque del Infantado.

El XVIII Duque del Infantado y su 2º esposa, Cristina de Salamanca y Caro, condesa de Zaldívar, en Baleares

Los Mendoza

El linaje Hurtado de Mendoza fue uno de los más poderosos clanes nobiliarios de la baja Edad Media castellana y uno de los más influyentes de la Historia española. Este linaje se extendió por toda España y América, dando lugar a más de veinte casas con títulos nobiliarios, integrantes de la aristocracia del Siglo de Oro español.

La familia era oriunda de Mendoza, en la actual provincia de Álava (País Vasco). Se incorporaron al reino de Castilla durante el reinado de Alfonso XI (1312–1350). Antes de que los Mendoza pasaran a Castilla, Álava era un campo de batalla, en el que las familias señoriales dirimieron sus contiendas durante generaciones. En 1332, los Mendoza llevaban ya, al menos, un siglo batallando con el clan de los Guevara; otros clanes alaveses, como los Ayala, Velasco y Orozco, habían derramado su sangre y perdido vidas, en aquellos episodios, que iban desde las emboscadas nocturnas hasta las batallas campales.

La Torre de Mendoza en Álava


Una vez que estos clanes pasaron a Castilla, se acabaron aquellas contiendas, se incorporaron a la fuerza de combate castellana y los que pusieron sus armas al servicio del rey iniciaron el acopio de recompensas.

La rama principal fue la de los Duques del Infantado, en la que se mantuvo la posesión de la Torre de Mendoza desde principios del siglo XIII hasta 1856, en que fue vendida al vitoriano Bruno Martínez de Aragón y Echánove. Esta rama abandonó muy pronto su solar de origen, instalándose definitivamente en Guadalajara en el siglo XV. Fue el Duque del Infantado uno de los personajes más poderosos de la corte y de él se decía en 1625 que ejercía señorío sobre 800 villas y tenías más de 80.000 vasallos.

Don Iñigo López de Mendoza es el progenitor y cabeza de esta poderosa Casa. Nació en Carrión de los Condes en 1398 y murió en Guadalajara en 1458. Como reconocimiento a su labor en la batalla de Olmedo, Juan II de Castilla le reconoció como 1r. Marqués de Santillana y Conde del Real de Manzanares. En 1435 fue él quien inició la construcción del Castillo del Real de Manzanares. Es él el autor del lema de los Mendoza: «Dar es señorío y recibir servidumbre». Su hijo fue el 1r Duque del Infantado.


El Castillo de los Mendoza en Manzanares el Real, al pie de la Sierra del Guadarrama.

Títulos
  • Almirantazgo de Aragón
  • Ducado de Francavilla
  • Principado de Éboli
  • Marquesado de Santillana
  • Marquesado de Estepa
  • Marquesado de Tavara
  • Marquesado de Armunia
  • Marquesado de Monte de Bay
  • Marquesado de Valmediano
  • Condado del Serrallo
  • Condado de Saldaña
  • Condado de Corres
  • Condado de Santiago de Cuba
  • Condado de la Monclova
  • Marquesado de Eliseda
  • Marquesado de Ariza
  • Marquesado de Cea
  • Condado del Real de Manzanares
  • Condado del Cid
  • Condado de Ampudia
  • Señorío de la Casa de Lazcano
  • Señorío de Melgar de Fernamental

Estos títulos siguen vinculados a la familia.


Siglo XIV

El primer Mendoza que aparece al servicio del reino de Castilla es Gonzalo Yáñez de Mendoza. En el último período de la Reconquista, luchó en la batalla del Río Salado en 1340 y en el sitio de Algeciras en 1344, sirvió como montero mayor de Alfonso XI, se asentó en la ciudad de Guadalajara, de la que llegó a ser regidor, después de casarse con una hermana de Íñigo López de Orozco, uno de los hombres más ricos de la zona. En la carrera de Gonzalo, uno de los primeros Mendoza, se advierten los rasgos característicos que marcarán la historia de la familia: caballero por rango, luchó contra los moros, recibió como premio cargos del rey y llegó a ser regidor de la villa, donde se asentó y contrajo matrimonio con mujer de familia acaudalada e influyente.

La Batalla de Nájera enfrentó a Pedro I de Castilla (el Cruel), Juan de Gante y el Príncipe Negro (Eduardo de Woodstock) contra Enrique II de Castilla y sus aliados, los franceses de Carlos V.

Fueron los acontecimientos de Nájera, en 1367, donde la mayoría de los alaveses cayeron prisioneros, más que cualquier otro factor, los que determinaron la sociedad de los Trastámara y la política de los Mendoza a lo largo del siglo XV: al pasarse del bando de Pedro I de Castilla al de Enrique II en 1366. Esta dilatada familia, surgida de aquellos acontecimientos, se convirtió en el más poderoso grupo político de Castilla y sus miembros ostentaron los cargos más altos, políticos y militares del reino.

Esta provechosa política de activo apoyo militar y político a la nueva dinastía fue mantenida por su hijo mayor, Diego Hurtado de Mendoza, almirante mayor de Castilla. Había heredado una gran fortuna de su padre y añadido después grandes extensiones de tierra, gracias a las mercedes de Juan I y Enrique III, en las actuales provincias de Madrid y de Guadalajara. Amplió además los intereses familiares en Asturias, con su segundo matrimonio celebrado en 1387 con Leonor Lasso de la Vega, viuda por entonces de Juan Téllez de Castilla, 2º Señor de Aguilar de Campoo, cuya dote incluía Carrión de los Condes y los estados de Asturias de Santillana, donde era conocida como la ricahembra. Aunque la pareja tuvo muchos hijos, mantuvieron casas separadas, Leonor en Carrión de los Condes con su madre y el almirante en la residencia familiar de Guadalajara con su prima y amante Mencía de Ayala.


Escudo de armas de las casa de Mendoza en la casa natal del Marqués de Santillana en Carrión de los Condes (Palencia, Castilla y León).

Como almirante, prestó grandes servicios en las guerras contra Portugal, pues los derrotó tres veces en tres encuentros navales. En las luchas de poder durante la minoría de edad de Enrique III (1390–1406), apoyó al bando vencedor al aliarse con sus tíos Pedro López de Ayala y Juan Hurtado de Mendoza, lo que le valió ser nombrado consejero del rey —en un momento en que también lo era su tío Ayala, que además era canciller mayor— y la confirmación de señoríos y villas.

Poco antes de 1395 el almirante recibió el patronazgo de los cargos públicos de Guadalajara. Dado que anteriormente los Mendoza habían recibido para sí y sus descendientes el derecho a designar los procuradores en Cortes de la ciudad, a partir de entonces estuvieron en condiciones de dominar la principal ciudad de la zona de Guadalajara. Cuando murió en el año 1404, era considerado el hombre más rico de Castilla.


Siglo XV

A fin de obtener los recursos militares y las influencias políticas que necesitaba en la Corte para recuperar la fortuna arrebatada, Íñigo López de Mendoza y de la Vega practicó una política circunstancial y oportunista, sellando acuerdos que rompía a continuación, prestando su apoyo ahora a unos y luego a otros, negando sus servicios militares hasta que fueran satisfechas sus demandas, desafiando la voluntad del rey, encastillado en sus fortalezas de Hita y Buitrago o trasladándose más tarde a la corte para defender sus intereses.

Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana


En contraste con las pequeñas familias de las generaciones anteriores, diez de los hijos que tuvo el 1r marqués de Santillana llegaron a la edad adulta. Se casaban jóvenes, en ocasiones más de una vez, tenían muchos hijos, alcanzaban una edad avanzada y conseguían un nivel de influencia personal que los ponía a cubierto de cualquier eventualidad política.

Después de la muerte de Santillana, ocurrida el año 1458, la jefatura de la familia pasó a su hijo mayor, el 2º marqués de Santillana, pero la dirección efectiva quedó a cargo de uno de los hijos menores, Pedro González de Mendoza, obispo de Calahorra.

El matrimonio de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla en 1469 supuso el fin del conflicto que había dispersado la lealtad de los nobles en direcciones opuestas y mantenido a Castilla en constante agitación durante más de cincuenta años. En 1473, los Mendoza se comprometieron a apoyar el partido de Isabel, a cambio de garantías seguras sobre las tierras castellanas que reclamaban, en competencia con Juan II de Aragón, además del cardenalato para el obispo de Calahorra. Al morir Enrique en 1474, Fernando e Isabel contaron con el apoyo de la familia y sus aliados tradicionales, aportando el mando y la mayor parte de las fuerzas que les dieron la victoria en la guerra civil (1474–1480), hecho que Isabel reconoció en 1475, al conferir el título de duque del Infantado al segundo marqués de Santillana.


Cortejo del bautizo del príncipe don Juan, presidido por los Reyes Católicos y el Cardenal Mendoza, arzobispo de Sevilla.

El cardenal utilizó la influencia sobre los jóvenes monarcas para enriquecerse y enriquecer a los suyos, situando a sus parientes en puestos influyentes de todo el reino y asegurándolos con títulos nobiliarios. Reinando Enrique IV, hacia el año 1467, dos de sus hermanos recibieron títulos de nobleza: Íñigo López de Mendoza y Figueroa fue nombrado conde de Tendilla y Lorenzo Suárez de Figueroa lo fue de Coruña del Conde. Pedro Fernández de Velasco, casado con la hermana mayor del cardenal, fue designado condestable de Castilla en 1472 y el cargo se hizo hereditario en la familia. El hermano mayor, Diego Hurtado de Mendoza, fue nombrado duque del Infantado el mismo año en que empezó la construcción del espléndido Palacio del Infantado en la ciudad de Guadalajara, confirmándose sus derechos sobre las posesiones vinculadas a este título.

Su cambio de defensores de los derechos de la princesa Juana a dirigentes del partido de Isabel, fue el momento culminante de la historia política de los Mendoza. El año 1367, en Nájera, Pedro González de Mendoza era uno más de los capitanes del partido de los Trastámara. El apoyo de los Mendoza a Isabel, en 1474, la convirtió en reina de Castilla. Los Mendoza habían pasado de ser capitanes no muy importantes de la hueste del rey, a hacer reyes y a constituir la fuerza política y militar mayor, más rica y poderosa de Castilla.

El Palacio del Infantado, de estilo gótico tardío y renacentista, construido en 1483. En 1560 se casó en este palacio Isabel de Valois con el rey de España Felipe II.


Los cimientos genealógicos y políticos de esta familia quedaron asentados en los años posteriores a la batalla de Nájera; sus oportunidades para una ascensión acelerada se iniciaron al ser diezmados los ricoshombres y la vieja nobleza a finales del siglo XIV en Aljubarrota y continuaron con la necesidad de nuevos dirigentes políticos, en las luchas encarnizadas de la familia real a comienzos del siglo XV.

La forma elegida por los Mendoza para crear su propio grupo, la familia, no era la única posible, pero sus rasgos legales hacían de ella una eficaz fuerza social y económica en pie de igualdad con otros grupos corporativos, como los gremios o los concejos. La eficacia política y económica de la familia era corroborada por la estructura legal de la familia nuclear, por los vínculos de lealtad, vigentes en la familia amplia, que fomentaban la unidad política, y por la acumulación de títulos de nobleza y mayorazgos, que convertían los dominios del primogénito en el centro económico de toda la familia.

En el marco de la familia amplia, los vínculos no eran tan estrictos desde el punto de vista legal, pero los sentimientos hacían que, en definitiva, resultaran igualmente firmes. Los miembros de la familia en sentido amplio, cuyas ramificaciones eran definidas por la misma familia, estaban obligados a actuar unidos contra los enemigos y apoyar a los aliados del grupo. Tanto las obligaciones como los parientes unidos por ellas se llamaban deudos. Este mismo deudo unía al vasallo del rey al monarca; cuando no existían unas obligaciones jurídicamente establecidas entre las partes, subsistía el vínculo del deudo, vínculo que creaba derechos y deberes mutuos.


Claustro del Hospital de la Santa Cruz, de Toledo, fundado por el Cardenal Mendoza

Siglo XVI

La lealtad a la familia que demostraron los hijos de Santillana no perduró en la siguiente generación. Muerto el cardenal, la jefatura de la familia recayó en el condestable de Castilla residente en Burgos, Bernardino Fernández de Velasco, nieto de Santillana, una anomalía según los historiadores, en detrimento de Íñigo López de Mendoza y Luna, duque del Infantado, que tenía su casa en Guadalajara. Bernardino será quien dirija a los Mendoza durante los años críticos, en los que la corona pasó de los Trastámara a los Habsburgo. Pero el condestable se encontró al frente de unos Mendoza menos dispuestos a seguir las directrices de un solo jefe. Las mismas cotas de poder que el cardenal había asegurado a la joven generación de la familia, permitieron que sus miembros emprendieran carreras políticas más independientes.

El palacio del Infantado en Guadalajara no dejó de constituir el centro material de la familia. Los Mendoza que permanecieron en Castilla, aceptaron la jefatura del condestable, pero incluso en este grupo surgieron disputas, sobre todo entre el Infantado y el conde de Coruña, que debilitaron la cohesión de la familia como unidad política y militar. Aún más amenazada se vio la unidad familiar por la actuación de dos de los nietos de Santillana: el hijo mayor del cardenal, Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, marqués del Cenete, y el segundo conde de Tendilla.

El Marqués del Cenete


El marqués del Cenete y Conde del Cid actuó, en todos los aspectos, con total independencia del grupo de los Mendoza, impulsado por su carácter altivo y arrogante. Cenete desarrolló una carrera marcada por la audacia, el oportunismo y el escándalo. En 1502 se casó en secreto y en 1506 raptó a la mujer con la que Isabel la Católica le había prohibido casarse. En 1535, su segunda hija, heredera del título y fortuna, se casó con el heredero del duque del Infantado, regresando los títulos a la casa central de los Mendoza.

La carrera de Diego Hurtado de Mendoza, conde de Mélito y hermano menor del marqués del Cenete, presenta unos rasgos totalmente distintos. Mélito desempeñó un papel moderadamente importante como virrey de Valencia durante los primeros años del reinado Carlos V, en la sublevación y control de las germanías.

Durante la mayor parte del reinado de los Reyes Católicos no surgieron conflictos graves entre los nobles ni se produjeron crisis a escala nacional capaces de poner a prueba la cohesión de la familia. Íñigo López de Mendoza y Quiñones, conde de Tendilla, y sus primos, separados de la rama principal por la expansión de una familia prolífica y por la dispersión geográfica de sus respectivas carreras políticas, se entregaron, cada cual por su lado, a asegurarse el éxito sin mayores consideraciones hacia la familia en conjunto. Cuando el pleito sucesorio generó, de nuevo, graves conflictos en Castilla, los Mendoza no pudieron o no quisieron actuar como un solo grupo; Tendilla en particular adoptó posiciones contrarias a la del resto de la familia.


Ana de Mendoza y de la Cerda, nieta del conde de Mélito, se casó con el favorito de Felipe II, Ruy Gómez de Silva, en 1553. La pareja recibió en 1559 el título de Príncipes de Éboli.


En la atmósfera de crisis y rebelión que se apoderó de Castilla a la muerte de Isabel la Católica en 1504, los Mendoza se vieron forzados a elegir entre su política tradicional, de apoyo a la dinastía Trastámara, cuyo último representante era Fernando el Católico, que había cimentado el éxito de la familia en el pasado y establecido la nueva política, o de apoyo a la nueva dinastía de Borgoña, que se lo aseguraría en el futuro.

El 3r Duque del Infantado, jefe nominal de los Mendoza, así como el condestable, que de hecho dirigía los asuntos de la familia, optaron por la nueva política con vistas a mantener el vigor de la familia como unidad política. Tendilla prefirió mantener la tradición. Mientras Castilla estuvo bajo el gobierno de los Trastámara, su política tuvo éxito; cuando quedó claro que la dinastía se extinguiría en Castilla, la postura adoptada por Tendilla resultó perjudicial para su influencia política y su prosperidad material, impidiendo que la familia actuara unida y debilitando la eficacia de los Mendoza en conjunto.


Don Diego Hurtado de Mendoza y de la Cerda (1500-1578), Virrey de Aragón y de Cataluña


Aunque en los siglos siguientes siempre habría algún personaje del apellido en puestos relevantes, la idea de «familia» del marqués de Santillana, no sobreviviría al siglo XVI.

Patrimonio

La Casa del Infantado ha pasado por diversas etapas, afectándole mucho la unión y posterior separación del Ducado de Osuna. Las propiedades históricas más importantes son el Palacio del Infantado en Guadalajara, la Casa de Lazcano en Lazcano (Guipúzcoa) y el Palacio de Barrena en el pueblo vecino de Ordizia, el Castillo de Manzanares el Real y el Castillo de la Monclova en Sevilla. En Madrid sus últimas residencias estaban en el Paseo del Prado y posteriormente en la calle Don Pedro I. El archivo de Infantado se encuentra en el Archivo Histórico Nacional.

Cuando en 1932 se censaron los bienes agrícolas de los Grandes de España, la Casa del Infantado era todavía la novena propietaria del país con 17.171 hectáreas.


El Castillo de la Monclova, en Sevilla


Los Duques del Infantado

1. Diego Hurtado de Mendoza y Figueroa
2. Íñigo López de Mendoza y Luna
3. Diego Hurtado de Mendoza y Luna, llamado "El Grande"
4. Íñigo López de Mendoza y Pimentel
5. Íñigo López de Mendoza y Aragón, Marqués del Cenete, Conde de Tendilla.
6. Ana de Mendoza
7. Rodrigo Díaz de Vivar Sandoval y Mendoza
8. Catalina Gómez de Sandoval y Mendoza, Duquesa de Pastrana
9. Gregorio María de Silva y Mendoza, V Duque de Pastrana, VII Duque de Lerma
10. Juan de Dios de Silva y Mendoza y Haro, VI Duque de Pastrana y VII Duque de Lerma
11. María Francisca de Silva Mendoza y Sandoval, Marquesa de Távara
12. Pedro Alcántara de Toledo y Silva, heredero de los títulos de Távara, Lerma y Pastrana.
13. Pedro Alcántara de Toledo y Salm-Salm
14. Pedro de Alcántara Tellez Girón y Beaufort, XI Duque de Osuna y Conde de Benavente
15. Mariano Téllez Girón y Beaufort Spontin, XII Duque de Osuna
16. Andrés Avelino de Arteaga y Silva Carvajal y Téllez Girón
17. Joaquín de Arteaga y Echagüe Silva y Méndez de Vigo
18. Íñigo de Arteaga y Falguera
19. Íñigo de Arteaga y Martín


El financiero Íñigo de Artega, heredero actual de la Casa del Infantado

martes, 15 de marzo de 2011

¡Ni que fuera Osuna!

“¡Ni que fuera Osuna!”. Con esta expresión señalaba la sociedad española de la segunda mitad del siglo XIX toda muestra de dispendio exagerado y ostentación rumbosa. Y con estas mismas palabras comienzan la mayoría de las biografías dedicadas al personaje que las propició, don Mariano Téllez-Girón, XII Duque de Osuna, última luminaria de uno de los grandes artificios de la nobleza española de todos los tiempos, la Casa de Osuna, auténtico Estado dentro del Estado, cuyos intereses y propiedades llegaron a extenderse por veinte provincias.


Las armas maternas (Beaufort-Spontin)


Como apunta el especialista Atienza Hernández, “Los que comienzan siendo condes de Ureña en el siglo XV, pasan a ser duques de Osuna en el XVI, integrando gran cantidad de títulos desde finales del XVIII y, sobre todo en el XIX, acumulando prestigio social, económico y político, de tal manera que sus rentas, junto a las de la Casas de Medinaceli, significan el 22 por ciento del total de las rentas nobiliarias nacionales”.

De doña María Josefa de la Soledad de la Portería Alfonso Pimentel, condesa-duquesa de Benavente, heredó su nieto Téllez-Girón el gusto por el lujo y el despilfarro. Mujer de vivo carácter, rebelde y orgullosa, ilustran la personalidad de “la más encopetada dama de España” las anécdotas que siguen. Una vez recibió la visita de un embajador, en cuya casa había escaseado el champaña durante una fiesta, y ordenó desenganchar los caballos de su carruaje, obligando a que los animales abrevaran en cubos repletos de tan costosa bebida. Siempre según la leyenda, en una ocasión en la que celebraba una partida de cartas en su casa, como alguien extraviara una moneda en el suelo y hubo que interrumpirse el juego, la aristócrata encendió una pira con billetes de curso legal con la que iluminar convenientemente la estancia y acelerar la búsqueda de tan insignificante “adminículo”.


El XI Duque de Osuna, Pedro Téllez-Girón, hermano mayor e inmediato antecesor de Mariano


Su nieto Mariano Téllez-Girón, auténtico exterminador del patrimonio familiar, era un segundón, pero las muertes de su padre y su hermano mayor (X y XI duques de Osuna, respectivamente) lo convirtieron en el hombre más rico de la Península. Heredó catorce grandezas de España, cincuenta y dos títulos, cuatro principados y unas rentas que ascendían a cinco millones de pesetas anuales, cantidad astronómica para la época; además de los doce millones de reales en oro, castillos, palacios y obras de arte.

Como señala Sánchez-Mora: “Suyos eran los palacios del Infantado, en Guadalajara; el de Mendoza, en Toledo (Hospital de Santa Cruz después); los de Benavente, Manzanares, Osuna, Béjar, Pastrana, Gandía, el de Arcos, en Sevilla y el de Beauraing, en Bélgica, que él mandó reconstruir. La Alameda, en los alrededores de Madrid, y la magnífica posesión de Aranjuez. En Madrid tenía varios palacios, todos ellos regios. Pero él prefirió el de las Vistillas –hoy derruido- (…) descollando en él la magnificencia del patio de honor. Tapices, esculturas, reposteros, armas y valiosísimos muebles y lienzos adornaban el palacio. Cuadros de Tintoretto, Teniers, Rubens, Tiziano (…). Lienzos de Van Dyck, Carnicero, Pantoja, Bayeu (…) La famosa Biblioteca del Infantado, con más de sesenta mil volúmenes; la armería; las caballerizas, con magníficos caballos de carrera, posta, tiro; maravillosas carrozas esmaltadas y –noble gesto de auténtico prócer- el hospital que don Mariano hizo construir para su servidumbre, viejos o enfermos”.

¿Y qué dejó a su muerte? Cuarenta y tres millones de pesetas de pasivo, cifra casi nueve veces más astronómica que la que heredó.



La Alameda de Osuna, “El Capricho”, heredado de su abuela Benavente


El origen de tamaña hazaña tuvo lugar en el Cuerpo de Guardias del rey, donde desde 1833 era cadete supernumerario cuando llevaba el título de marqués de Terranova, que le había cedido su hermano Pedro, XI duque de Osuna. Su ascensión dentro de la institución militar resultó meteórica una vez consumado el conflicto carlista. Sin embargo, su salud no era buena y se vio obligado a pedir una real licencia para restablecerse.

A principios de 1838 fue nombrado caballero de la embajada extraordinaria que debía acudir a Londres a la coronación de la reina Victoria. Don Mariano realizó el viaje de París a Londres en una diligencia, “ya que los elegantes detestaban el viaje en tren, no por el peligro, sino por ver sus delicadas levitas y claros pantalones manchados por el humo y el carbón”. Y añade Sánchez-Mora que “en la corte inglesa, que en aquella ocasión no estuvo a la altura de su tradicional elegancia, don Mariano fue un auténtico dandy gomoso y estirado; los bigotes en punta y el aire altanero y un tanto impertinente; hueco, ampuloso y leve, está como deslumbrado por su propio brillo”.


Don Mariano en traje de calle


Instalado en París recibió la noticia de la muerte de su hermano, situación que convirtió la afectada elegancia del marqués de Terranova en un delirio de grandeza que terminaría por provocar otro lapidario comentario: “Osuna se ha vuelto loco, creyéndose Osuna”. Decidió instalarse en el palacio de las Vistillas, donde ordenó acometer toda clase de suntuosas reformas, con el fin de que su residencia estuviera a la altura de su alcurnia.

El inmenso edificio construido por la bisabuela de Mariano, princesa de Salm-Salm y duquesa viuda del Infantado, era austero en su fachada, pero su interior rebosaba magnificencia y lujo. Del completo entramado protocolario que se vivía entre sus muros da cuenta un testigo que asegura que quien deseaba ver al duque debía pasar previamente por portero, lacayos, portero de estrados, secretario particular, etcétera, al tiempo que desfilaba por innumerables dependencias en cuyas puertas podía leerse: Secretaría, Archivo, Tesorería, Contaduría…



Osuna en el palacio de las Vistillas


Todos los palacios de su propiedad, dentro y fuera de España, tenían la orden de servir la comida cada día, “igual que si el señor duque asistiera a ella”. Según ciertas hablillas, tan excéntrica y costosa exigencia tuvo su origen un día en que llegó el señor duque a uno de sus palacios y no encontró listo el almuerzo. Y lo mismo ocurría con los carruajes del duque, obligados a permanecer apostados durante horas todos los días en la estación ferroviaria, aunque don Mariano estuviese en el extranjero.

Ni que decir tiene que don Mariano viajaba siempre en trenes especiales. En una ocasión en que se encontraba comiendo con unos amigos en las Vistillas, como uno de los invitados luciera una elegante corbata francesa que a él le gustara, mandó fletar en dos horas un tren especial a París en el que viajó su mayordomo, con el único objeto de comprar una corbata exactamente igual. Pese a ser tan puntilloso en lo referente a la hospitalidad, aunque siempre tenía un buen número de invitados en sus comedores, con frecuencia prefería permanecer en sus habitaciones. En la casa de París “comieron muchos habituales que jamás llegaron a ver al duque de Osuna, su anfitrión”.

Al duodécimo duque de Osuna debe España la importación de los caballos de raza anglo-árabe y las carreras de caballos. Incluso parece ser que los primeros caballos españoles de la prestigiosa Escuela de Equitación de Viena salieron de las cuadras de don Mariano.


El XII duque de Osuna en traje de ceremonia


No obstante, no fue hasta 1852, año en el que es nombrado embajador extraordinario para representar a Isabel II en los funerales de Lord Wellington, cuando toda Europa comenzó a hablar de su ostentoso modo de vida. Su fama creció de tal forma que en 1857 la reina no dudó en enviarlo como ministro plenipotenciario a la coronación del zar Alejandro II de Rusia, país con el que España había roto sus relaciones diplomáticas.

Don Juan Valera, que acompañó al duque de Osuna en calidad de secretario, dejó un valioso testimonio escrito de este viaje: “Viajamos a lo príncipe. Paramos en las mejores fondas y tenemos coches, criados, palco en los teatros y cuanto hay que desear. Los miramientos, las delicadas atenciones y la noble bondad con que nos tratan, así al ayudante como a mí, exceden todo encarecimiento (…) Harto claro se ve que su nombre suena bien en los oídos de esta gente del Norte, mucho más aristocrática que nosotros o, por lo menos, no tan envidiosa y sí mejor educada…”

A causa de las bajas temperaturas, Osuna gasta una fortuna en pieles para él y sus criados, a tal punto que su secretario particular, el señor Benjumea, “va tan empellizado y tan raro, que en una estación del camino por poco se le comen los perros, tomándole por alimaña del bosque…”. El duque y su séquito pasaron por Bruselas, por Münster, por Varsovia y, una vez en San Petersburgo, Osuna no tardaría en convertirse en el extranjero “mimado” de la corte zarista.


La ceremonia de coronación del zar Alejandro II


“El palacio es inmenso y rico –escribe Valera-, pero de muy mal gusto y de una extravagancia churrigueresca. Para llegar desde nuestro cuarto al salón en que nos recibió el Emperador, tuvimos que andar, siempre en línea recta, cuatrocientos cincuenta y siete pasos, que mi compañero Quiñones, que es matemático, tuvo la paciencia de contar, y atravesamos veintiocho salones a cuál más lujoso. Los esclavos negros nos abrían las puertas de par en par en cuanto nos acercábamos. Dos de mitras y plumas nos precedían. El gran maestro de ceremonias marchaba al lado del duque. Al mío un acólito del maestro de ceremonias. El duque iba resplandeciente como un sol, todo él lleno de relumbrones collares y bandas. Su Excelencia comió al lado derecho del Gran Duque Constantino, que a su vez estaba al del Emperador y cenó al lado de Su Majestad la Emperatriz. Después de tantos agasajos y honores nos volvimos a nuestros cuartos, nos quitamos las galas y regresamos a Petersburgo en un tren especial del ferrocarril que hay desde aquí a aquel sitio. Eran las tres de la madrugada.”

El 22 de diciembre Alejandro II le concedió la Gran Cruz de San Alejandro Nevski y luego el Gran Cordón de San Andrés. Pero además le dio el trato de embajador, situando su preferencia después de la del embajador de Francia. ¿Cómo responde Osuna a todas estas atenciones? Doblando las atenciones recibidas, despilfarrando y deslumbrando a la corte más deslumbrante del mundo por aquel entonces, donde en los bailes multitudinarios se exponían en vitrinas las joyas que las anfitrionas no podían colgarse encima.

Osuna gastaba a diario grandes sumas de dinero en flores para las damas de la corte, regalaba abanicos antiguos a centenares, fletaba trenes especiales desde España cada vez que el zar mostraba la más mínima curiosidad por el país ibérico: hasta Rusia llegaron un cazador de osos asturiano, galgos, plantas tropicales, flores de Valencia… Pero como Osuna seguía siendo un Pimentel y éstos no conocían la humildad, también tenía desplantes propios de su aristocrática soberbia.


Ceremonia en la corte zarista de Alejandro II


En cierta ocasión, se puso de moda hablar de un maravilloso zorro azul recién descubierto en una inhóspita zona de Siberia. Fue tanto el interés que despertó este raro animal que el zar financió una expedición para cazar cuantos ejemplares pudieran encontrarse. La expedición, sin embargo, fue un éxito a medias, porque con las pieles de los zorros cazados sólo pudo confeccionarse una taluna, es decir, una capa corta que, naturalmente, fue entregada a la zarina. Parece ser que la taluna era tan hermosa que causó la envidia de toda la corte. ¿Y qué hizo Osuna? Financió secretamente una expedición idéntica a la del zar, con la fortuna de que la cantidad de zorros azules obtenidos dio para confeccionar dos flamantes pellizas… que regaló a su cochero y a su lacayo.

Pero fue más humillante aún el caso del conde Orloff. Era Orloff de granada cuna, además de poseer una de las mejores yeguadas del mundo, con cruza de caballos árabes y daneses, algunos de los cuales habían costado 15.000 duros de la época. Los caballos de Orloff tenían fama de ser los más rápidos del planeta, “por ser los únicos capaces de lograr la mayor velocidad conocida en caballos enganchados a trineos: cuatro kilómetros en siete minutos…” Pues bien, como cabía esperar, Osuna se encaprichó con uno de estos animales. Quiso comprarlo a cualquier precio pero Orloff se negó a vender, incluso puso en duda que Osuna tuviera el dinero suficiente para comprar uno de sus caballos.

Pero Osuna supo esperar. Aprovechando una ausencia del conde, consiguió que la condesa le vendiera el caballo deseado. De regreso, Orloff corrió a la casa de Osuna para deshacer el trato.

- Lo siento –contestó el duque-, pero el caballo está haciendo servicio.

- ¿Dónde? –preguntó el conde.

- Allí, mírele.

Y asomándose al balcón, Orloff pudo comprobar que su caballo daba vueltas a una noria del huerto de Osuna, con las crines y la cola cortadas y un pañuelo tapándole los ojos. Sobra decir que los caballos españoles del duque llevaban herraduras de plata y campaban libres y altivos por la finca.

Osuna a caballo


El palacio donde se había instalado el duque deslumbraba por su espléndida decoración y su exótico jardín, en el que abundaban las plantas tropicales, arbustos y trepadoras, cultivados a su temperatura por medio de estufas de leña. Las fiestas que Osuna daba allí encandilaban a los nobles rusos, porque eran propias de “Las Mil y Una Noches”. Incluso al final de una de ellas Osuna hizo arrojar “la vajilla de oro a las profundidades del Neva, para asombro de algunas docenas de convidados”.

Aunque la anécdota tiene más visos de leyenda que de realidad, hubiera sido posible en la persona de Osuna. Hombre altivo, pero no muy inteligente, Osuna se dejaba estafar por quienes lo rodeaban. No se trataba de algo voluntario, simplemente, era el precio que debía pagar por tanta adulación y admiración. Su nobleza era tan poco común, como su desapego por los bienes materiales. Consideraba que el oro era tan vil como el hombre que se preocupaba de conseguirlo a cualquier costa. Aquel que trabajaba y se esforzaba para enriquecerse era un mentecato que merecía ser esclavo de un buen despilfarrador. En una palabra, Osuna no conocía la necesidad, así que la ignoraba y la despreciaba, particular idiosincrasia que no tardará en llevarlo a la ruina.

Pero mientras ésta llegaba, el duque vivía preso de una frenética actividad. “Es incansable y no se comprende cómo no cae muerto de fatiga”, cuenta Juan Valera. “No duerme ni reposa; se viste y desnuda seis o siete veces al día y no hay fiesta en que no se halle ni persona a quien no visite, con lo cual, con toda la cápila de sus títulos y su grande cortesanía, le tiene ganada la voluntad a los rusos. Anoche volvió a casa a las tres o las cuatro de la madrugada y a las siete ya estaba vestido para ir con el Emperador a la caza del oso.”


Botón de plata de una levita, con las armas ducales grabadas


En 1861 Mariano se traslada a Berlín para asistir a las fiestas de coronación de Guillermo I. El boato exhibido por Osuna es tal, que el rey de Prusia instituye para él la Orden del Águila Roja, que llevaba aparejada un collar de diamantes. En otra ocasión, de visita en Londres, pretende a la hija del Conde de Jersey, pero ésta lo rechaza abiertamente, llegando a decir que “El duque de Osuna es aburridísimo. Me hace visitas de dos y tres horas y jamás le oigo nada interesante”. Lo que no deja dudas sobre la mediocre personalidad y escaso atractivo interior del duque: no es más que un bonito envoltorio.

Sin embargo, el noble español encuentra definitivamente pareja en Viena: María Leonor Crescencia Catalina de Salm-Salm, princesa del Sacro Imperio Romano, con la que contrae matrimonio el 4 de abril de 1866 en Wiesbaden. Era veintiocho años mayor que la novia, por lo que el idilio dura apenas unos meses. La joven princesa de Salm-Salm es aún más derrochadora que su marido, de modo que los administradores de tierras y rentas de la Casa de Osuna se ven obligados a aumentar las contribuciones.


Estandarte de la dinastía de Salm-Salm


El maná comenzaba a escasear, así que se encargó a Bravo Murillo, en su calidad de especialista financiero, que analizara la situación y emitiera un diagnóstico. El consejo del ministro fue claro y determinante: había que recortar gastos, ahorrar cuanto se pudiera. Osuna, incapaz de llevar a cabo una simple suma, acostumbrado a despreciar bandejas repletas de oro (cabe señalar que nunca cobró alguno de los sueldos que por sus numerosos cargos públicos le hubieran correspondido), prefirió recurrir al crédito, con lo que a la larga su situación financiera empeoró.

En esta huida hacia la debacle tuvo aún tiempo de gastar 125.000 pesetas en un baile y otras 160.000 en una fiesta de Navidad a la que asistieron sólo doce invitados. Por último, volvió a representar a la corona española en la boda del príncipe Guillermo de Alemania con la princesa de Schleswig-Holstein. El duque marchó hacia Alemania en uno de sus trenes especiales, acompañado de su joven esposa y de todo su fasto. Pero ya no regresaría a España. Se refugiaría definitivamente, sabiéndose arruinado, en su castillo belga de Beauraing, donde murió el 2 de junio de 1882. La residencia fue sacada tras su muerte a pública subasta.


El castillo de Beauraing, en Bélgica


Trasladado el cuerpo al panteón familiar de la villa de Osuna, la viuda encargó un suntuoso féretro en el que aparecían grabadas más de dos mil palabras que registraban todos los títulos del difunto y que luego, asfixiada por las deudas, rehusó pagar. Quedaba así enterrado quien había sido el mayor contribuyente del Estado y luego había descendido a los niveles más bajos de la ruina.


lunes, 26 de octubre de 2009

El devenir de la Nobleza española

Los primeros nobles conocidos durante la Restauración de España fueron conocidos como infanzones, caudillos de las casas fuertes (como fueron Don Pelayo en Asturias, en los Pirineos Don García Jiménez, y en Cataluña Don García Íñiguez). Son los verdaderos y antiguos solares de la nobleza en España.


Estos primeros nobles conquistaron desde sus fortalezas muchas tierras y despojos con los que se hicieron poderosos. Heredaban estas posesiones los hijos mayores y los segundos eran pobres llamándose todos infanzones. Posteriormente este nombre se entendió por hijo-dalgo y pertenece ya al romance castellano. Los primeros hijosdalgos fueron aquellos que cuando la tierra se iba conquistando de los moros, salían con sus armas y caballos a ayudar al rey.


Castillo de Almodóvar del Río, Córdoba, Andalucía, construido en el siglo XIII


Posteriormente a los más poderosos ricos-hombres, dignidad que en la misma nobleza eran de mayor valía de la que procedió luego la de los actuales grandes de España. Con el tiempo estas casas nobles llegaron a adquirir tal consideración que se otorgaron no solo a los particulares que se habían distinguido sino a los mismos príncipes de la sangre.

La dignidad de Grande de España gozó de mayores consideraciones relativas al servicio interior de palacio y de la realeza, a los altos mandos militares o a la suprema administración de justicia, es decir, ser Grande de España era como un salvoconducto para aspirar a los cargos más importantes de los distintos reinos en España.

Escudo de Grande

En esta época no solo alcanzaron una estimación honorífica, también disfrutaron de estados y señoríos y fueron pequeños soberanos, relacionándose otros con los reyes mismos por su genealogía o contando entre sus ascendientes a nombres ilustres.


Por tanto los grandes y ricos hombres tuvieron una alta consideración en la monarquía de los siglos medios a la que unieron la influencia que les daba su valor personal, sus riquezas y las grandes fuerzas de que podían disponer, y con las que contribuyeron eficazmente a la restauración de la monarquía y a la expulsión de los sarracenos de España.


Posteriormente fue necesario cortar esta influencia por los perniciosos efectos que se dejaron sentir en los siglos XIII y XIV, ya que dueños los nobles de inmensos estados y acaudillando numerosas huestes que los reconocían por sus señores naturales y les respetaban más que al monarca mismo llegaron a ensorbecerse hasta el extremo de que la Corona tuvo que entrar en vergonzosas transacciones con ellos.


Don Antonio Alfonso Pimentel, XI conde y VIII duque de Benavente (1652- 1677)


Los monarcas se vieron obligados por tanto a dar entrada en las Cortes a los plebeyos, o sea, al estado llano, para hacer causa común contra la nobleza porque el monarca veía cercenada su autoridad por la prepotencia de los nobles.


Reconquistada la monarquía los grandes siguieron el impulso que el trono les daba, porque siempre se retrata la influencia del soberano en los magnates y poderosos que rodean el trono: Con los Reyes Católicos ayudaron en la conquista de Granada e hicieron expediciones al Nuevo Mundo. Con Carlos V vivieron siempre en campaña participando de sus conquistas y laureles y también de sus desaciertos. Con Felipe II de España ya no fueron más que cortesanos empezando su decadencia.
En la época de Felipe IV la mayoría de los nobles en España se emplearon en galantes aventuras y en intrigas palaciegas. Desde esa época en adelante no fueron más que un lujoso adorno del trono y de la monarquía, compuesto de una multitud de títulos que residían y medraban en la Corte para conseguir cargos políticos y gastaban en ella las rentas que les producían sus estados, muchos de ellos en lastimoso abandono.



Blasones de la Casa Alvarez de Toledo, ducado de Alba de Tormes, Grandes de España (1531-1582)

Causas de su decadencia

  • La multitud de nobles ya existente en tiempos de Felipe II.
  • El exceso de títulos concedidos por hechos insignificantes o por compensaciones económicas, lo que llegó a su extremo en reinados de Carlos II y Felipe V.
  • La educación insuficiente que reciben los hijos de la nobleza a partir del siglo XVII.
  • El excesivo orgullo y la creencia de que el trabajo y las actividades económicas degradaban su dignidad.
  • La decadencia económica como consecuencia de la extinción de los señoríos y mayorazgos en el primer tercio del siglo XIX.
  • La emigración de los nobles sancarlinos.

Gregorio de Silva y Mendoza (1649 - 1693) V Duque de Pastrana, IX Duque del Infantado, VII Duque de Lerma, VI Duque de Francavilla, V Duque de Estremera, Príncipe de Eboli, Príncipe de Mélito


La nobleza hoy

En la actualidad un gran número de nobles ocupan lugares relevantes en la vida empresarial y pública española.


La consideración con que se distingue a los descendientes de aquellos que han servido bien a la patria es lo que se llama nobleza heredada. El reconocimiento de los servicios de sus ascendientes tuvo por objeto sin duda estimular a sus sucesores para que siguiesen las huellas de aquéllos y se distinguiesen como ellos por sus talentos, por su celo o por sus grandes servicios.



Recepción a la nobleza española en el palacio real de Madrid


lunes, 14 de septiembre de 2009

Infantazgo

El infantazgo o infantado (en inglés: appanage) era la cesión de propiedades, títulos, oficios, pensiones u otros valores a los hijos varones más jóvenes de un soberano -quienes por el sistema de primogenitura no dispondrían de herencia- sirviendo también para desarrollar la administración aristocrática de sus territorios. Este sistema, muy común en la mayoría de Europa, influyó grandemente en la construcción territorial de Francia y los estados alemanes del Sacro Imperio Romano y explica el pabellón de muchas provincias de Francia.


Por extensión, el infantazgo también describe los fondos otorgados por el estado a ciertas familias reales.

La Ordenanza de los Molinos de 1566 hizo inalienables los predios regios, de tal manera que todos los infantazgos serían tarde o temprano devueltos a la Corona. El sistema fue abolido durante la Revolución francesa, siendo transitoriamente reestablecido entre 1810 y 1832.

El infantazgo original

Un infantazgo era una concesión de feudos por parte de un soberano a sus hijos más jóvenes mientras que el hijo mayor se convertía en rey a la muerte de su padre. Estas tierras no podían ser vendidas, ni hipotecadas, ni formar parte de una dote y volvían al dominio real ante la extinción de la línea principesca a la que se destinaban. Las hijas estaban excluidas de este sistema: una interpretación –hoy arcaica- de la ley sálica generalmente prohibía que las mujeres heredaran tierras y accedieran al trono.


El infantazgo era usado para dorar la píldora de la primogenitura y así evitar la guerra civil entre los pretendientes al trono o la división del reino entre príncipes de sangre real. Fue usado en este sentido en 843, por el Tratado de Verdún, cuando Luis el Pío dividió su imperio entre sus hijos Lothair y Luis el Germano. Esta división fue una fuente de antagonismo entre Francia y Alemania, desde que el tratado fue impuesto a Lothair por Luis.


Hugo Capeto, Rey de Francia (940-996)


Hugo Capeto fue electo Rey de Francia a la muerte de Luis V en 987. La línea real de Francia desde ese año al 1328 rompió totalmente con la costumbre merovingia y carolingia de dividir el reino entre todos sus hijos. El hijo mayor se convertía en rey y recibía el dominio real excepto para los infantazgos. La mayoría de los Capeto se esforzaron por aumentar el dominio real con la incorporación de feudos adicionales, grandes o pequeños, y así obtenían gradualmente el directo señorío de la mayor parte de Francia.


El rey Carlos V intentó eliminar el sistema del infantazgo, pero en vano. Provincias concedidas en infantazgo tendían a convertirse de facto en independientes y allí la autoridad del rey era reconocida a regañadientes. Teóricamente los infantazgos podían ser reincorporados al dominio real pero sólo si el último señor no tenía herederos masculinos. Los reyes trataron lo más posible de librarse de los más poderosos infantazgos: por ejemplo, Francisco I confiscó las Bourbonnais, el último infantazgo de importancia en aquel momento, después de la traición en 1523 de su comandante en jefe, Charles III, Duque de Borbón, el “condestable de Borbón” (muerto en 1527 al servicio del emperador Carlos V).



Francisco I de Valois, Rey de Francia (1494-1547)


El primer artículo del Edicto de Moulins (1566) declaraba que el dominio real (definido como toda la tierra controlada por la Corona por más de diez años) no podía ser enajenado, excepto en dos casos: para bloquear, en el caso de una emergencia financiera, con la perpetua opción de recomprar la tierra; y para formar un infantazgo, el cual podía regresar a la corona en su estado original ante la extinción de la línea masculina. El beneficiario de un infantazgo no podía separarse del mismo en ninguna forma.


Después de Carlos V de Francia, una clara distinción debía ser hecha entre títulos dados como nombres a los hijos de Francia y verdaderos infantazgos. A su nacimiento los príncipes franceses recibían un título independiente de un infantazgo. Así, el Duque de Anjou, hijo de Luis XIV, nunca poseyó Anjou y nunca recibió algún beneficio de esa provincia. El rey esperó hasta que el príncipe llegara a la edad adulta y fuera a casarse antes de beneficiarlo con un infantazgo. El cometido era proveerlo con suficientes ingresos como para mantener su rango real. El feudo otorgado en infantazgo podía ser el mismo que el título dado al príncipe, pero este no era necesariamente el caso.



Louis-Philippe d'Orléans, Rey de los Franceses (1773-1850)


Sólo siete infantazgos fueron otorgados entre 1515 y 1789. El sistema fue abolido en 1792 antes de la proclamación de la República y a partir de entonces los príncipes más jóvenes recibían dinero pero no territorios. Bajo el primer imperio Napoleón restableció los infantazgos, que fueron confirmados en la Restauración por el rey Luis XVIII. El último de los infantazgos, las Orléanais, fue reincorporado a la corona francesa cuando el duque de Orléans, Luis Felipe, se convirtió en rey de los franceses en 1830.

Infantazgos en Inglaterra

Los monarcas ingleses y más tarde británicos frecuentemente otorgaron infantazgos a sus hijos menores. Los más famosos fueron establecidos luego de la Guerra de las Dos Rosas cuando los Ducados de York y de Lancaster fueron otorgados a Edmundo de Langley y Juan de Gante, los hijos más jóvenes de Edward III.


James Stuart, Duque de York (1633-1701), futuro James II de Inglaterra

El título de Duque de York es el tradicional infantazgo del segundo hijo del monarca británico: desde 1716 hasta 1827 estuvo fusionado con el título de Duque de Albany. Todos los Duques de York desde su segunda creación en 1474 no han tenido herederos masculinos o no han asumido el trono.

Hubo otros infantazgos otorgados a varios miembros de la familia real.

Fuera de Europa Occidental

Los principados de Rusia occidental (en la frontera con Europa) tenían una práctica similar: un infantazgo otorgado al miembro masculino más joven de una familia real era llamado udel. La costumbre fue particularmente importante entre mediados del siglo XIII y mediados del XV, en lo que algunos historiadores llamaron “el período del infantazgo”.

En el subcontinente Indio, el jagir (una especie de feudo) era a menudo asignado a los parientes menores de la casa gobernante de un principado pero no como derecho de nacimiento –aunque en la práctica usualmente era hereditario- y no sólo a ellos sino también a plebeyos, normalmente como una cesión meritoria de tierras y derechos impositivos o incluso como parte de un negocio (garantizando un “ajuste” de ingresos, en lo que en sí mismo era influencia social).




Rajah Sir Tanjore Madhava Rao (1828-1891)

La línea femenina mayor en la Familia real de Travancore (India) tenía la propiedad de Attingal en infantazgo mientras vivieran. Todos los ingresos derivados de esta finca de 15.000 acres eran propiedad privada de la Maharani mayor, conocida también como Rani Mayor de Attingal (Attingal Mootha Thampuran).


La familia real del Imperio Mongol dominaba los más amplios infantazgos del mundo debido a sus extensas posesiones territoriales. En 1206, Genghis Khan dio vastos territorios con poblaciones a compartir con su familia y compañeros leales, de los cuales la mayoría tenían un origen común. Los botines de guerra eran distribuidos mucho más ampliamente. Emperatrices, princesas y funcionarios de mérito, así como hijos de concubinas, todos recibían importantes activos, incluyendo prisioneros de guerra.



Gengis Khan (1162-1227)

sábado, 12 de septiembre de 2009

Rama menor

Este término es usado en genealogía para describir la línea de descendientes del hijo menor de un monarca o patriarca. En las dinastías gobernantes y familias nobles de la mayoría de Europa y Asia, los activos mayores de la familia –títulos, reinos, feudos, propiedades e ingresos- han ido pasando históricamente de padre a hijo primogénito en lo que se conoce como “primogenitura”. Los hijos más jóvenes heredan menos riqueza y autoridad para legar a sus futuros descendientes.



Carlos I de Anjou (1226-1285), hijo de Luis VIII y 7º hermano de San Luis, del que se originó la Casa de Anjou-Sicilia


En las familias y las culturas en las que ésta no era la costumbre o ley, como en la Alemania feudal (Sacro Imperio Romano), la igualdad de la distribución de los ingresos familiares entre la descendencia era capaz de fragmentar la herencia como para hacerla rendir y mantener a los descendientes en el nivel socio-económico de sus antepasados.

Mientras la primogenitura masculina era una forma común de mantener intacta la riqueza de la familia y reducir las disputas familiares, se hacía a expensas de los hijos jóvenes y sus descendientes. Antes y después de adoptar la herencia por primogenitura, los hermanos jóvenes muchas veces competían con los hermanos mayores para ser elegidos como herederos de su padre o, luego que la elección había sido hecha, era buscado para usurpar los derechos de nacimiento del mayor.

Juan “Sin Tierra”, Rey de Inglaterra (1199-1216), hermano de Ricardo “Corazón de León”



Infantazgo (o Infantado)

En las partes de Europa donde prevalecía la primogenitura, los hijos menores eran generalmente titulados para recibir un infantado, patrimonio sustancialmente menor que la herencia del hijo mayor. A menudo, especialmente fuera de Alemania, las ramas jóvenes permanecían subordinadas a la línea mayor como vasallos.

De todas maneras, uno o más de los hijos jóvenes eran animados a tomar órdenes religiosas, perdiendo así todos los derechos de herencia. O podía ser animado a perseguir una carrera militar como oficial, un puesto de cortesano o funcionario civil en el servicio del monarca.




Gastón de Francia, Duque de Orléans y de Chartres, hermano de Luis XIII (1608-1660)


Estatus

En algunos casos, la responsabilidad primaria de promover el prestigio familiar, el crecimiento del estatus y la fortuna para futuras generaciones caía en la rama menor. No se esperaba que esta rama, teniendo menos medios, reprodujese a la familia. Si elegía hacerlo, sus miembros debían mantener el estatus social familiar evitando la derogación, pero podía perseguir los esfuerzos considerados rebajados para la rama mayor, como la inmigración al reino de otro soberano, o un contrato comercial, o una profesión (como el derecho), o el servicio civil.

A veces, las ramas menores eventualmente heredaban el trono de la línea mayor, por ejemplo, la Casa de Saboya-Carignano en el Ducado de Saboya y el Reino de Cerdeña o los Condes Palatinos de Zweibrück en los Electorados del Palatinado y Baviera. En otros casos, una rama joven podía eclipsar líneas mayores en rango y poder, como los Reyes de Prusia y Emperadores de Alemania -quienes eran más jóvenes por primogenitura que los Condes y Príncipes de Hohenzollern- o los Electores y Reyes de Sajonia -quienes eran la rama más joven de la Casa de Wettin que los Duques de Saxe-Weimar-.


El Príncipe Eugène de Saboya-Carignano (1633-1673)


En contrapartida, también era posible para las ramas menores que descendieran en estatus, ya fuere debido a una menor fortuna o una distancia genealógica. Este era el caso de la rama capetina de los Príncipes de Courtenay, el último de los cuales murió en 1730 sin haber sido reconocido por la corona francesa como Prince du sang. Asimismo, la línea de los príncipes de Ottajano, una rama de la Casa de Médici (elegibles para heredar el Gran Ducado de Toscana cuando el último titular de la rama mayor murió en 1737) que por la intervención de las Grandes Potencias se asignó la soberanía de Florencia en otros lugares por razones de conveniencia política.


Ramas menores destacadas de la realeza


  • Casa de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg; descendientes del hijo más joven del rey Christian III de Dinamarca (perteneciente a la Casa de Oldenburg), quienes eventualmente se convirtieron en monarcas de Dinamarca, Noruega y Grecia y de los cuales desciende patrilinealmente el actual Príncipe de Gales.



El Duque Federico Fernando de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg (1855-1934)

  • Casa de Borbón; descendientes del hijo más joven de Luis IX de Francia, quien, en la persona de Henri IV (Henri le Grand) heredó el trono francés a partir de la línea mayor capetina de los Valois en 1589. De ella surgieron los Reyes Borbones de España (incluyendo las líneas carlistas y legitimistas francesas), los Reyes de las Dos-Sicilias y los soberanos Duques de Parma, quien actualmente reinan en el Gran Ducado de Luxemburgo por una línea menor. También a partir de Luis XIII de Borbón desciende la rama menor conocida como Casa de Orléans, a la que pertenecen el rey-ciudadano Luis Felipe, los reclamantes orleanistas al torno de Francia (Condes de París) y la Casa de Orléans-Braganza (que reinaron como Emperadores de Brasil hasta 1889).





Louis-Philippe Albert d’Orléans, Conde de París (1838-1894)