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martes, 8 de marzo de 2011

Madrid noble



La afluencia de nobles a Madrid comenzó cuando Felipe II decidió fijar su hasta entonces Corte ambulante en esa villa a mediados del siglo XVI. Los nobles se trasladaron a la entonces pequeña población, al amparo de la Corte real, manteniendo estrechos contactos con el Rey a través del aparato cortesano. Su presencia fue haciendo poco a poco de Madrid una de las ciudades más animadas de Europa, convirtiéndose en el principal foco de atracción social. Pasó así de ser una población principalmente agraria a girar en torno a la aglomeración de refinamiento que exigía la Corte. Como consecuencia y aunque la industria era mínima, comenzó a desarrollarse en su seno un verdadero comercio del lujo (desde joyeros a bordadores de plata y oro y sombrereros).


La Reina Isabel


La llegada a la capital de los nobles llevó consigo grupos sociales de baja extracción procedentes de zonas rurales, sabiendo de la demanda de sirvientes por parte de la aristocracia. De hecho, el tener mayor o menor número de empleados era un signo de mayor o menor estatus. Como lo era también en otra dimensión el número de coches que se poseyera, o el número de caballos que tiraban de ellos.

La nobleza constituyó desde un principio la cúspide social de la capital. Pero no sólo la social, sino también la económica y la política. Sus cargos en palacio les facilitaron los contactos con los centros de poder, formándose fuertes camarillas. Por lo que Madrid seguía siendo en el siglo XIX como centro de poder político un foco de atracción para las élites. De esta forma la nobleza madrileña fue monopolizando los altos cargos políticos del gobierno. La gran parte de los escaños del Senado y de los cargos diplomáticos, estaban ocupados por los Grandes de España por derecho propio (como contemplaría la Constitución de 1876), igualmente seguían ocupando los cargos en la Corte como el de Tesorero real, Secretario del rey y otros muchos relacionados con la administración de palacio.

Pedro de Alcantara Tellez-Girón y Beaufort Pimentel, 11º Duque de Osuna


El desempeño de esas actividades les hizo adquirir gran prestigio, lo que unido a la suntuosidad que rodeaba su estilo de vida con palacios, comodidades, fiestas y todo tipo de símbolos externos que los identificaban, proporcionó que esta élite influyera y fuera envidiada por todas las clases sociales. Este prestigio les acompañó hasta bien entrado el siglo XX, aunque la situación económica, social e ideológica de este grupo sufriese fuertes transformaciones a lo largo del siglo XIX.

La principal base económica de la nobleza era la tierra rural. Aunque la nobleza de cuna se había ido instalando alrededor de la corte, había dejado en el interior vastas tierras de las que percibían el mayor porcentaje de las rentas nacionales, lo que aseguraba el futuro a los viejos nobles, y propiciaba que la tierra pasara de de generación en generación.

Pero la nobleza contaba también con amplias propiedades urbanas, principalmente fincas que se hallaban dispersas por la ciudad y solían tener arrendadas. Este tipo de posesiones les vino muy bien cuando en momentos determinados las tierras agrícolas no conseguían dar la liquidez necesaria poder mantener el alto nivel de vida de sus dueños. Era entonces cuando recurrían a vender esas fincas urbanas, ya que como éstas sólo desempeñaban un papel complementario en sus ingresos, no invertían en ellas.


La Duquesa de Castro-Enríquez


De esta manera comenzó un repliegue nobiliario, causado porque la nobleza reprodujo hábitos y comportamientos tradicionales del Antiguo Régimen. Incluso a pesar de que había comenzado a finales del XVII a impulsar una actividad económica algo más activa, no se alteraron las estructuras de producción y propiedad. Es decir, que trataron de maximizar la producción para conseguir más dinero líquido, pero sin llevar a cabo transformaciones industriales.

Con el fin de aumentar la producción sin salir del modelo tradicional de propiedad, subieron los gastos dirigidos a mejoras de infraestructura. Al mismo tiempo el consumo suntuario de la aristocracia se incrementaba, debido a su transformación en una clase más cosmopolita, más abierta a las influencias francesas, y que tenía que destinar gran parte de sus ingresos a gastos fijos para mantener su estatus, marcado por la nueva moda de grandes y nuevos palacios, la adquisición de obras de arte, etc.


La suntuosidad de una residencia noble


El cambio de coyuntura a finales del siglo XVIII y principios del XIX, el entorpecimiento de las exportaciones de lana, el coste del aprovisionamiento de las rentas durante la Guerra de la Independencia, el descenso de los precios agrarios, el cuestionamiento de los privilegios señoriales y el cortocircuito de las rentas provenientes de la corona como consecuencia de la quiebra de la Hacienda Pública, frenaron la expansión de la economía nobiliaria. Se produjo entonces un desfase entre gastos e ingresos comenzando una crisis patrimonial que duró hasta los años setenta, en la que perdieron posiciones económicas.

Se hizo necesario por ello un proceso de saneamiento que permitiera la recuperación. Fue entonces cuando la nobleza demostró su capacidad de resistencia, pues la mayoría consiguió reconstruir su situación sin abandonar del todo su componente agrícola y sin tener que participar de una forma decidida en los nuevos sectores económicos (Deuda Pública, construcción, negocios, etc.). En general a lo largo del XIX la nobleza mantuvo su patrimonio.

El saneamiento conllevaba la abolición del mayorazgo y el fin de la propiedad vinculada, además de la intervención del Estado Liberal que va a transferir a la vieja nobleza indemnizaciones por la desamortización de sus bienes. Las indemnizaciones eran utilizadas por sus destinatarios como el elemento de liquidez que tanto ansiaban y no como medio de engrosar el patrimonio.


A la izquierda el antiguo Palacio del Marqués de Alcañices, que se derribó en 1884 para construir el Banco de España. A la derecha la estatua de la diosa Cibeles y su fuente.

El hecho de que la nobleza no participase de forma decidida en los nuevos sectores económicos no significó, sin embargo, su ausencia total en los mismos. Entre 1840 y la Restauración, la aristocracia madrileña buscó un nuevo punto de equilibrio económico que les ayudara a salir de bache, proporcionándoles mayores beneficios y una gestión más eficaz de los recursos. Por ejemplo, la casa de Medinaceli transfirió propiedad rústica o valores por un valor efectivo de 58 millones de reales (lo mismo que el duque de Alba, el conde de Altamira o el marqués de Alcañizes).

Para la pequeña nobleza la política de saneamiento suponía un mayor esfuerzo, y podía suponerles la liquidación total de su patrimonio. Se trataba de economías con una excesiva presencia de bienes improductivos, por lo que la enajenación de las fincas agravaba el desfase y dificultaba la reactivación posterior.


La Condesa de Vilches


Como excepción y no como norma, algunas familias nobles no supieron o no pudieron recuperarse, llegando a la quiebra definitiva de sus patrimonios. Entre otros motivos se encuentra el hecho de que se endeudaran con banqueros madrileños. Este es el caso de los Altamira, Híjar, Salvatierra y Osuna.

Una consecuencia de la crisis de la nobleza fue el hecho de que muchos aristócratas dejaran de engrosar las filas carlistas para pasar a la de los liberales, ya que desde ahí podían controlar la reconversión de sus propiedades, superar la crisis y recuperar el prestigio político (aunque nunca habían perdido su influencia social). Es que se trata de un liberalismo moderado, por lo que durante la Restauración se les verá en el partido conservador de Cánovas.

A la vez, como si de una cadena se tratara, el giro político de la nobleza provocó que esta clase social tomara contacto con otras élites de importancia, haciéndose más abierta, convirtiéndose así en la nobleza europea más liberal en ese aspecto. Por ello la alta burguesía comenzó a ennoblecerse y a engrosar las filas de la aristocracia, incluso muchas de las tierras que los nobles tuvieron que vender cuando enajenaron sus propiedades, pasaron a manos de la alta burguesía.


El Palacio de Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII marqués de Cerralbo, hoy Museo


Claro que esa apertura no fue compartida por la totalidad de la nobleza. Un sector patriarcal, con profundo y arraigado sentido del hogar, desdeñaba a los burgueses por considerar que contaminaban la sangre, el código social y el modo de vida aristocrático.


Muy a pesar de los disconformes la creación de una nueva nobleza, surgida de la élite económica de los negocios, fue un hecho, especialmente significativo en el reinado de Isabel II y de Alfonso XII.

Uno de los ejemplos más notables de las nuevas élites surgidas en época de Isabel II, fue el marqués de Salamanca, quien encarna lo que significó la burguesía ennoblecida y sus diferencias con la nobleza de cuna, principalmente económicas. Mientras los segundos valoraban su patrimonio como simple fuente de rentas, y empleaban los excedentes en el lujo y no en la reinversión, los primeros se embarcaban en distintos negocios e inversiones en bolsa, consiguiendo aumentar su capital si les salían bien, pero corriendo el riesgo de arruinarse en caso contrario.


Un joven Marqués de Salamanca


El marqués de Salamanca nació en Málaga en 1811, en el seno de una familia acomodada que se pudo permitir pagarle los estudios de leyes. Ejerció como jurista, lo que le permitió codearse con grandes personajes. Su matrimonio con Petronila Livermore Salas, de padre inglés, hizo que emparentara con grandes empresarios, de los que fue aprendiendo. Poco a poco fue abandonando su carrera para dedicarse exclusivamente a los negocios y la política. Así, llegó a Madrid por primera vez como diputado por Málaga en las cortes Constituyentes celebradas en octubre de 1836. Y de ahí, pasó al Ministerio de Hacienda. Esto viene a demostrar que la mayoría de los títulos que se concedieron en el XIX, fueron a parar a manos de políticos y de militares.

Fértil en ideas, invirtió en numerosos negocios (la Bolsa, la banca, el ferrocarril, los bienes raíces), algunos de creación propia. Lo verdaderamente asombroso de este hombre es que a pesar de sus momentos de apuros económicos e incluso quiebras, conseguía recuperarse de manera sorprendente. Algo que no ocurrió con otros nuevos nobles.


La sociabilidad de la nobleza madrileña (segunda mitad del siglo XIX)


Durante el reinado de Alfonso XII, se mantuvo la tendencia de otorgar títulos nobiliarios que había comenzado durante el reinado de su madre y que continuará posteriormente, durante la Regencia de María Cristina y el reinado de Alfonso XIII. Con ello se pretendía crear una nueva nobleza, aunque también se beneficiaran de esta política personas que poseían títulos con anterioridad.

Durante la Restauración, la necesidad de encontrar simpatizantes con la causa para consolidar el régimen, llevó a premiar con títulos a aquellos que contribuyeron a restablecer a la monarquía borbónica en el trono español y a los que la rendían fidelidad. Por eso fueron principalmente militares, hombres de negocios y políticos los que adquirieron dichos títulos, quienes eran el principal apoyo del sistema recién implantado.

Por cada título, que sólo podía ser otorgado por el Rey, había que pagar un importe que estaba en relación con la calidad del mismo, pudiendo aspirar a uno u otro, o a más de uno, según el poder adquisitivo. En algunos casos se les eximía del correspondiente pago a la Hacienda, por ejemplo, a los militares que habían prestado un servicio especial a su advenimiento al trono, luchando contra los carlistas. Entre los políticos que ascendieron estaban el marqués de Rubalcaba o Fernández Calderón. También se concedieron títulos a propietarios de grandes haciendas en Cuba, que aportaron gran cantidad de dinero a la causa alfonsina, como el marqués de Álava, o el marqués de Santa Rita.


La Condesa de Muguiro


Pero si en los casos citados la buena posición o la política facilitaron el ennoblecimiento, en otros fue la elevada posición económica de la alta burguesía industrial la que abrió las puertas de la entrada en la nobleza y en una carrera política. Es el caso del marqués de Comillas, que compartía junto a Manuel Girona la hegemonía del Banco Hispano Colonial.

El apogeo de la venta de títulos se dio al principio de la Restauración cuando se intentaba consolidar el régimen, decayendo según se vaya asentando. Al mismo tiempo se concedieron más títulos en las épocas del gobierno conservador de Cánovas, que en las del liberal de Sagasta. Y también fue durante los gobiernos conservadores cuando se dio mayor número de nobles en las cortes.

Conclusión: la nobleza del XIX no era un grupo social homogéneo. Dentro de la vieja nobleza están los Grandes de España, que eran el más alto escalafón y la nobleza sin Grandeza, diferenciada a su vez según la importancia de su patrimonio. Este cuadro vino a complicarse con la nueva nobleza, que se diferenciaba de los anteriores, sobre todo, por su comportamiento económico más que social.

El siglo XIX para la nobleza madrileña fue un paso más en la evolución que comenzó cuando se asentó la Corte. Así, en el XVI empezó a echar raíces en la capital, en el XVII tomó cuerpo, en el XVIII se consolidó y en el XIX sufrió una transformación, convirtiéndose en una élite abierta, con gran capacidad de reproducción, basada en la captación y asimilación de otros individuos ajenos.



El Palacio de Medinaceli, con la estatua de Colón en medio de la rotonda del Paseo de Recoletos (1960)




Mi agradecimiento a la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Dirección: Luis Enrique Otero Carvajal, Profesor Titular de Historia Contemporánea.

jueves, 22 de julio de 2010

Huéspedes y visitantes reales en el Vaticano


El padre José Apeles, en su encomiable libro “Historias de los Papas”, relata decenas de anécdotas chispeantes sobre los ocupantes de la Silla de Pedro, algunas de las cuales me atrevo a recoger aquí.

Una bocanada de aire fresco para Alejando VII

El Cardenal Fabio Chigi pertenecía a una rica e ilustre familia de banqueros sieneses, pero animado de una profunda y sincera religiosidad nunca había hecho prevalecer su rango y llevaba una vida más bien austera. Enviado como representante de la Santa Sede al Congreso de Paz de Münster –que pondría fin a la Guerra de los Treinta Años- hubo de asistir resignadamente a la derrota de la causa católica y a la consolidación de la ruptura religiosa de la Cristiandad. Su enfrentamiento con el Cardenal Mazarino, más preocupado por la gloria de Francia que por la de la Iglesia, de la cual era príncipe, le generó una gran antipatía al futuro ministro de Luis XIV que se la haría pesar de allí en más.

En el cónclave que siguió a la muerte de Inocencio X, Monseñor Chigi fue elegido como su sucesor, pese a un veto inicial pronunciado por Mazarino. Abrumado, el nuevo Papa quiso evitar la adoratio, pero los cardenales no lo permitieron y la ceremonia se llevó a cabo como era de rigor. Alejandro VII decidió sostener en su mano un crucifijo para expresar que el homenaje no era para sí sino para Aquel de quien era Vicario en la Tierra.


Alejandro VII


A acentuar su melancolía contribuyó el hecho de que Alejandro era de constitución enfermiza. Mandó a Bernini que le construyera un sarcófago y es fama que durmió en él muchas veces. También colocó una calavera en un lugar visible de su escritorio para acordarse de lo efímero y precario de la existencia mortal. Parece difícil entender cómo un hombre de carácter tan sombrío pudo ser el Pontífice del apogeo del barroco, arte de la exuberancia y la sensualidad por excelencia. Es que algo cambió la vida de Alejandro VII. La visita de una reina del Norte.


Cristina, hija del rey protestante Gustavo II Adolfo de Suecia, había heredado el trono de su padre en 1632. Habiendo recibido una educación masculina, se rodeó de los sabios de su época y los pensionó generosamente; hizo ir a Estocolmo al gran Descartes; respondió a sus inquietudes religiosas abrazando al catolicismo, aún a costa de su trono, pues Suecia era un reino oficialmente protestante. Su abjuración tuvo lugar en Innsbruck el 2 de noviembre de 1655.


Cristina en 1675


Algunos pusieron en duda la sinceridad de la conversión de Cristina, argumentando que en realidad quería deshacerse de una pesada corona que la obligaba a vivir en una corte poco brillante. Sin embargo, las costumbres libres de Cristina no cambiaron después de su abdicación. Pero el retorno al redil de aquella oveja perdida fue para Alejandro VII una gran alegría, por lo que preparó para ella un pomposo recibimiento en la Ciudad Eterna, donde la había invitado a residir.


Por encargo del Papa, Bernini remodeló la Puerta Flaminia que se abre sobre la Piazza del Popolo, dándole el carácter de arco triunfal y grabando una inscripción compuesta por el mismo Alejandro: Felici faustoque ingressui anno salutis MDCLV (“A la feliz y fausta entrada que tuvo lugar en el año de la salvación de 1655”). Por aquella época, los visitantes ilustres hacían su entrada solemne por este lugar y luego el cortejo discurría a lo largo de la Via Lata, hoy Vía del Corso. Cuando un viajero importante llegaba de incógnito no quedaba dispensado de hacer días más tarde el ingreso oficial. Éste fue el caso de la ex reina de Suecia, quien, después de dos días como huésped del Papa en el Belvedere del Vaticano, entró triunfalmente en suntuosa carroza el 23 de diciembre de 1655.


San Pedro en 1630


El día de Navidad Cristina tomó parte en las solemnidades de San Pedro y recibió la primera comunión de manos del Papa. Ese mismo día le fue impartida la confirmación, durante la cual añadió a su nombre el de Alejandra en honor de su padrino, el Sumo Pontífice. En el banquete que siguió, la princesa sueca desplegó sus encantos, mezcla de ingenuidad y desvergüenza, de juicio y despreocupación. El Papa, que por una tradición impuesta por su antecesor Urbano VIII comía solo en su mesa elevada sobre las demás, no quitaba la vista de esa criatura fascinante, que traía aires renovados sobre su severa corte. Todos advirtieron el cambio que experimentaba su expresión habitualmente mustia.


Instalada provisoriamente en el Palazzo Farnese por cortesía del Duque de Parma, Cristina Alejandra acabaría fijando su residencia en una antigua villa en la Lungara. Allí se construiría más tarde el Palazzo Corsini. Fue tanta la jovialidad que entró con ella en el Vaticano que un buen día Alejandro ordenó retirar de sus apartamentos el sarcófago y la calavera, señal de un saludable cambio de actitud del que Roma resultó beneficiada, pues durante este pontificado la Ciudad Eterna conoció su apoteosis.



Carrusel en el Palazzo Barberini en honor de Cristina de Suecia


Pío VII recibe a una madre prolífica


El pontificado de Pío VII, el Papa Chiaramonti, estuvo marcado por la actuación de Napoleón, verdadera águila imperial que hizo presa suya a toda Europa, sin respetar ni siquiera a los Estados de la Iglesia.


Sin embargo, el Gran Corso poseía un arraigado sentido de familia, producto de una herencia inequívocamente italiana, pese a ser el propulsor del nacionalismo francés. Cuando alcanzó el poder unió a su destino los de todos sus hermanos, sin olvidarse de ninguno. A José lo hizo sucesivamente rey de Nápoles y de España; a Luciano, príncipe de Canino; a Elisa, princesa consorte de Lucca y Piombino; a Luis lo casó con su hijastra Hortensia de Beauharnais y lo convirtió en rey de Holanda; a Paulina, la casó con el príncipe Camilo Borghese; a Carolina la dio por esposa al General Murat, primero Duque de Berg y de Clèves y luego rey de Nápoles; a Jerónimo, el menor, lo puso en el trono de Westfalia. Hasta el tío materno de todos ellos, Joseph Fesch, se benefició de la buena estrella de Napoleón, ya que, gracias a él, se convirtió en arzobispo de Lyon, primado de las Galias, y después en cardenal.


Tapicería con el águila y las abejas del escudo napoleónico


Orgullosa debió sentirse Donna Letizia Ramolino, matriarca del clan, al ver a todos sus vástagos bien colocados y recibiendo toda clase de honores. A ella, que en su viudez tuvo que sacarlos adelante a costa de inauditos sacrificios, se debió que permanecieran siempre juntos, lo que fue un consuelo en momentos de adversidad. Era una auténtica mamma italiana que en todo momento estuvo al lado de su hijo. En Francia se la conoció como Madame Mère, título cortesano muy adecuado para quien era el ángel tutelar de la nueva dinastía nacida de la Revolución: la de los napoleónidas.


Pasado el tiempo, después del destierro en Santa Elena, todos los Bonaparte cayeron en desgracia. La Restauración no quiso saber nada de ellos, mientras el Congreso de Viena se dedicaba a deshacer los estados creados por Napoleón para su familia. Donna Letizia, que ya contaba sesenta y cinco años, no sabía adónde ir. Su casa de Ajaccio, en la nativa Córcega, estaba abandonada, por lo que no podía obtener allí un asilo acorde con su dignidad. Sus hijos, ocupados por su propio porvenir, no se hicieron cargo. Francia nunca había acabado de gustar a la buena señora, que se sentía italiana en el fondo.


Letizia Ramolino, Madame Mère


De Italia, precisamente, le vino el auxilio. Pío VII había regresado a sus restaurados estados en 1814, tras la primera caída de Napoleón. En conmemoración de su liberación y de su entrada triunfal en Roma el 24 de mayo de ese año, instituyó la fiesta de María bajo la advocación de Auxilium christianorum (Auxiliadora de los cristianos). Era comprensible su regocijo por verse libre al fin de la amenaza del emperador, quien lo había humillado y hecho pasar un duro cautiverio, pero no le guardó rencor.


Conservó a su lado al cardenal Fesch, quien le habló de la situación de desamparo en que había quedado su medio hermana Letizia. El Santo Padre tuvo entonces el gesto de invitarla a Roma, donde viviría a expensas de la Cámara Apostólica. Donna Letizia aceptó, conmovida por la nobleza que demostraba el Papa Chiaramonti, quien era muy consciente de lo que significaba vivir en el destierro. Fue alojada en principio en el palazzo Corsini, en la Lungara, sobre la orilla derecha del Tíber, que no era extraño a los napoleónidas porque el cardenal Fesch vivió allí. De todos modos, la madre del ex emperador no pasó mucho tiempo en él, ya que se trasladó definitivamente al Palacio Aste, en Piazza Venecia, una edificación del siglo XVII acondicionada para ella.


Pío VII


Gracias a la generosidad de Pío VII (continuada por León XII, Pío VIII y Gregorio XVI), Donna Letizia pasó en aquel palazzo romano su vejez, apaciblemente y libre de cuidados materiales, turbada tan solo por las sucesivas muertes de sus hijos Elisa, Napoleón y Paulina, a quienes tuvo la pena de sobrevivir. En 1836 se extinguió la vida de esta verdadera Hécuba, madre prolífica de príncipes que acabaron siendo abatidos por la adversidad (aunque en varias ramas secundarias acabaron entrando en la realeza que los metamorfoseó en “pura sangres”). Donna Letizia contaba ochenta y seis años y era mirada por los romanos como una reliquia viviente de tiempos ya legendarios. Debido a su estancia allí, el Palacio Aste pasó a llamarse Palacio Bonaparte y se distingue fácilmente, en el comienzo de la Via del Corso, por su peculiar balcón cerrado pintado de verde, único en Roma.


Palazzo Bonaparte


El mal paso de la reina de España


Los Papas suelen recibir en audiencia a Jefes de Estado de diferentes credos, con quienes usan la tradicional cortesía vaticana que tanto les impresiona. Pero cuando los visitantes de Estado son católicos no se trata solo de una relación de poder a poder, sino que, como hijos de la Iglesia, tienen un trato más próximo.


En relación con España, una nación históricamente católica, el Vaticano y el Santo Padre siempre han recibido a sus soberanos con especiales muestras de deferencia.

Isabel II, reina de España


Isabel II de Borbón, por ejemplo, pese a su temperamento sensual y larga vida de desenfado erótico, hacía honor a su título de Majestad Católica. Su entorno y ciertas acciones políticas no estuvieron exentos de la presencia de la religión. Pío IX, conocedor de los desórdenes amorosos de Isabel, manifestó siempre una paternal benevolencia y comprensión hacia esa víctima de los hombres y las circunstancias. Fue padrino del príncipe de Asturias, el futuro Alfonso XII, y mantuvo una postura prudente en la delicada cuestión dinástica. Aunque la causa carlista, católica y antiliberal, era afín a sus sentimientos, prefirió evitar tomar partido para no destruir el precario equilibrio de la monarquía española. Y el 12 de febrero de 1868, como señal de buena voluntad, concedió la Rosa de Oro a Isabel II.


En 1873, exiliada la reina de España en Francia y prisionero el Papa en el Vaticano, los carlistas encendieron nuevamente en la proclamada República federal la mecha de la guerra. Como el clero español se mantuvo alerta pero en una posición políticamente neutral, el sector más reaccionario del tradicionalismo lo acusó de liberal, lo que hizo recelar a Pío IX. Entonces, por consejo del obispo Claret, Isabel II decidió partir a Roma para contrarrestar dichos rumores.



Pío IX


El Pontífice, que en el pasado se había mostrado bien dispuesto hacia esa hija descarriada, ahora se mostraba más reticente a recibirla, máxime cuando, lejos de corregir sus costumbres, la reina escandalizaba a la sociedad francesa. El entorno papal desaconsejaba la audiencia pero, al fin, el Santo Padre se resignó y decidiendo mostrarse grave y adusto aceptó recibirla para evitar desairar a una soberana católica.


Llegado el día previsto se presentó Isabel II en el Palacio Apostólico. El ceremonial vaticano imponía una triple genuflexión antes de inclinarse a besar el pie del Sumo Pontífice, quien aguardaba sentado en su trono al fondo de la Sala Clementina. Era un acto llamado adoratio, el beso al augusto pie del Papa que no era, sin embargo, un gesto que se prodigara.


La Sala Clementina, hoy


El visitante debía hincar la rodilla al entrar, al llegar a la mitad del trayecto y al pie del trono papal. Cuando la ex reina entró en la sala, asaltó a todos un involuntario sentimiento de sorpresa. Su corpulencia, unida a las blancas vestiduras y a la rica mantilla de encaje, la hacían parecer imponente. Ejecutó con notable dificultad –debido a su peso y a la larga cola de su vestido- las dos primeras genuflexiones. Al realizar la tercera, no pudo incorporarse bien y su pie se enredó en los bajos del vestido, haciendo que cayera pesadamente en el suelo con toda su humanidad.


Los camareros del Papa se apresuraron a ayudarla, pero la soberana se alzó sola con un gesto de gran desenfado que cautivó al Santo Padre y le hizo abandonar su gesto severo. Entonces, dirigiéndose a un cardenal cercano, le comentó en voz baja: “Puttana, ma brava!”. Y la audiencia transcurrió finalmente en un ambiente distendido y cordial… gracias al mal paso de la reina Borbón.

La Reina de España

Las perlas de doña Victoria Eugenia


Un incidente bastante peculiar ocurrió cuando Alfonso XIII y su consorte, Victoria Eugenia de Battenberg, acudieron a la solemne audiencia concedida por Pío XI el 20 de noviembre de 1923.


En mayo de aquel año, en el curso de una ceremonia que tuvo lugar en la Capilla del Palacio de Oriente, Doña Victoria Eugenia había recibido la Rosa de Oro de manos del nuncio. El Papa le había otorgado esta distinción –llevada a Madrid por el Marqués Sacchetti, Correo Mayor de los Palacios Apostólicos-, en reconocimiento a los méritos insignes que la reina había contraído al servicio de la Iglesia. La consorte de Alfonso XIII, pese a haber nacido princesa anglicana, se había tomado tan en serio su conversión que en todo momento hizo honor a su condición de soberana católica.

Victoria Eugenia, “Ena”, con sus célebres joyas y su mantilla blanca


Especialmente significativa fue su presencia en el acto de consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús que hizo el rey en 1919 y que le costaría la corona. Así que, uno de los principales motivos del viaje a Italia que emprendieron los reyes en 1923 fue precisamente agradecer al Santo Padre el homenaje brindado a Doña Victoria Eugenia.


La recepción de los monarcas españoles en la Corte vaticana revistió una esplendidez memorable. Pío XI recibió a sus augustos visitantes en la Sala del Consistorio, con capa pluvial y tocado con la tiara. Sendos tronos destinados a los reyes se habían dispuesto a ambos lados del solio papal. Alfonso XIII hizo su entrada vestido con uniforme de gran gala y, tras realizar las tres reverencias rituales y besar devotamente el pie del Sumo Pontífice, fue hecho levantar por éste y abrazado efusivamente.


El Rey y la Reina de España, con su séquito, el día de la audiencia pontifical


A continuación entró en la sala la reina, ataviada con un traje blanco provisto de larga cola y todo él recubierto de pequeñas perlas azul marino, lo que ofrecía una magnífica visión iridiscente. Doña Victoria Eugenia realizó, a su vez, las genuflexiones de rigor y subió las gradas del solio papal para besar el pie de Su Santidad.


Debido al considerable peso del vestido la operación resultó difícil, pero lo fue aún más el incorporarse, pues hubo de apoyarse con la mano. En este movimiento enganchó el hilo que sujetaba las perlas y lo rompió, rodando todas por el piso de la Sala del Consistorio. Los guardias nobles de servicio se abalanzaron sobre las perlas y el propio maestro de cámara del Papa se inclinó para recoger algunas. Pero lejos de ser devueltas a su dueña, quedaron en poder de los diligentes servidores, que pidieron conservarlas como recuerdo.


Pío XI


La audiencia continuó sin ningún otro inconveniente, pero fue la última muestra de esplendor del reinado de Alfonso XIII antes de la crisis que le haría perder el trono.



sábado, 29 de mayo de 2010

Las joyas de la Corona de España


Es sabido que en España, desde la Guerra de la Independencia, no hay joyas de la Corona, es decir, joyas vinculadas a la Institución. Todas las joyas que hoy poseen los Reyes son exclusivamente bienes privados. Únicamente perduran en palacio una corona tumular y un llamado cetro -en realidad un bastón de mando- que ha presidido la proclamación de los monarcas en las Cortes, desde Isabel II hasta Don Juan Carlos I.

Historia

Los reyes de Castilla, Aragón y demás reinos peninsulares no necesitaban joyas ni objetos ceremoniales, pues entonces –como hoy en España- no se coronaban ni se entronizaban, simplemente los proclamaban. Algunos (Sancho IV) se enterraban con la corona, otros (Martín el Humano) donaban sus preseas a la Iglesia. Isabel ‘La Católica’ donó alguna de sus joyas y piezas de orfebrería a la Capilla Real y el resto mandó que se vendiese. Queda claro que se consideraban propiedad personal de los Reyes.


Los Reyes Católicos

Algunos monarcas como Fernando III o Pedro I de Castilla acumularon fabulosas riquezas que no tardaron en ser dispersadas. Las crisis dinásticas y los crónicos apuros económicos por los que pasaron los reyes en el Medievo hacían inviable la formación de un tesoro patrimonial, contrario además a las costumbres de la realeza hispánica.

La llegada de los Austrias no significó grandes cambios. Su etiqueta exigía el Toisón para reyes y príncipes, pero nada más. Precisamente para que la orden se luciera, el protocolo aconsejaba cierta austeridad: el negro terciopelo o el morado en época de luto era el fondo ideal para el oro de la joya. Con todo, esta dinastía intentó que algunas piezas pasasen de padres a hijos, de la misma forma que se inició una colección pictórica permanente. Pero tanto las joyas como los cuadros eran propiedad personal de los reyes. Por otra parte sucesivas bancarrotas volvieron a hacer inviable la creación de ese tesoro regio.


Felipe II con el Toisón pendiente de un cordón

Bajo los Austrias se documenta una costumbre que tal vez se heredase de la Edad Media. Se trata de colocar el cetro y la corona sobre el túmulo real y a veces sobre el sepulcro de forma permanente. Así se encontraban las tumbas reales de la Capilla Real Sevillana hasta 1948, por lo que se entiende que estos objetos no eran de un valor excesivo.

Barbara de Braganza aportó en su dote una colección fabulosa de joyas (en aquel momento Portugal se enriquecía con el oro, la plata y los diamantes del Brasil). Lamentablemente al morir sin descendencia la mayor parte de aquel patrimonio volvió a su país.

Bárbara de Braganza, infanta de Portugal, consorte de Fernando VI


Carlos III se vio en la obligación de encargar una corona tumular (esto es para presidir los funerales regios), pieza que aún se conserva y pertenece al Patrimonio Nacional.

La invasión francesa supuso la dispersión de las joyas y otras riquezas regias que hasta entonces se habían acumulado. El siglo XIX con sus revoluciones no se prestaba a reconstruir el tesoro. Isabel II se hizo famosa por sus joyas, pero el exilio y las larguezas de la reina acabaron con la colección real.

La Corona

Las “joyas de la Corona” como tales, puede decirse que fueron las piezas de joyería vinculadas a la Corona por Carlos II de España en sus disposiciones para la sucesión. Sin embargo, se disgregaron como conjunto y algunas desaparecieron con motivo del expolio al que fue sometido el Palacio Real de Madrid durante la Guerra de Independencia de España por orden del rey impuesto por Napoleón, su hermano José Bonaparte.

Julia Clary, reina consorte de España, con su hija mayor, junto a la corona real


Se conoce con precisión la colección de joyas gracias a dos inventarios: el primero de fecha 8 de mayo de 1808 (entregado a Francisco Cabarrús por Juan Fulgencio, y que estima su valor en más de 22 millones de reales) y el segundo de 30 de julio del mismo año (conservado en los Archivos Nacionales franceses, y que responde a las joyas recibidas en París por Julia Clary, consorte del rey).

Mucho antes, la víspera de Navidad de 1734, un número indeterminado de joyas reales de España fueron destruidas en el incendio del Alcázar de Madrid, aunque la parte más importante se salvó, centrándose los daños en las joyas que se encontraban en la Real Capilla. Otro importante conjunto de joyas, las que Felipe V había traído desde Francia y conocidas como Tesoro del Delfín, estaban en el Palacio de la Granja y no se vieron afectadas.


El Tesoro del Delfín


Las dos piezas más famosas de las joyas reales estaban montadas en el llamado Joyel de los Austrias, y eran la perla Peregrina y el diamante Estanque. La perla Peregrina ha sido objeto de muchas especulaciones, considerándosela perdida y recuperada en varias ocasiones. Desde Mesonero Romanos (autor costumbrista de mediados del XIX, que la considera perdida desde el incendio) hasta Luis Martínez de Irujo, duque de Alba (que proclama en 1969 que la Casa Real española dispone de la Peregrina verdadera y que la de Elizabeth Taylor, obsequio de Richard Burton, no lo era). También era notable la cruz que habían tenido en sus manos al morir Carlos I y Felipe II.

Cada uno de los reinos cristianos peninsulares tuvo diferentes ceremonias de coronación, proclamación o jura al comienzo de los reinados o como reconocimiento de cada uno de los diferentes territorios que los componían. Para el caso de los territorios vascos y del reino de Navarra, el soberano era alzado sobre un escudo por los ricoshombres.

Isabel II durante la firma de la Constitución de 1845


Ya en la Edad Moderna, todos los reyes de la Monarquía Hispánica, así como los reyes de España de la Edad Contemporánea, tanto en el Antiguo Régimen como en el régimen liberal, han recibido la dignidad real por proclamación, no por coronación, aunque una corona real estuvo siempre presente en estas ceremonias.


Corona de Alfonso VIII

El diseño de la corona de Alfonso VIII de Castilla, que se conserva en el Monasterio de Santa María la Real de Las Huelgas (Burgos) era de corona mural, con castillos en vez de hojas de acanto, como tuvo la posterior corona real (paradójicamente, la corona mural fue la elegida posteriormente para el escudo republicano).

Se ha destacado el uso solemne que Alfonso XI de Castilla hacía de la corona, especialmente en un acto en Sevilla en 1340, en el que fue colocada en un estrado junto a una espada, para simbolizar al reino y asimilar el hecho de honrar la corona al de honrar la tierra, expresiones que aparecían en el Código de las Siete Partidas.


Juan I de Castilla


El último rey que fue solemnemente coronado fue Juan I de Castilla, el 24 de agosto de 1379. Juan I (1358 - 1390) era el segundo rey de la dinastía de Trastámara, hijo de Enrique II el de las Mercedes y de Juana, hija de Juan Manuel de Villena, cabeza de una rama más joven de la casa real de Castilla (la Casa de Borgoña). Después de él, los monarcas asumían la dignidad real por proclamación y aclamación.


Corona de Alfonso XII

La corona ordenada por el rey Alfonso XII en 1874, desaparecida durante la Guerra civil española, correspondía a la representación heráldica de la corona real. Esto es: un anillo de base con 8 florones, engastado con piedras preciosas. Cada florón es de oro, engastado de diamantes y con una gran perla en la parte central. Bordeando toda la parte superior de dicho anillo hay una onda de oro con una perla en vértice de cada una de ellas entre cada par de florones. De cada uno de los ocho florones se desprende un arco decorado con una fila de perlas rebordeada de lado y lado por una fila de diamantes. Confluyen todos los arcos en la parte superior central de la corona. Al remate de los ocho arcos se encuentra un orbe con una cruz. Al interior de la corona hay un gorro de terciopelo rojo.


Alfonso XII con su corona apoyada a un lado

Desde Isabel II

Desde Isabel II, las mismas joyas han presidido las juras en las Cortes (la de su hijo Alfonso XII, su nieto Alfonso XIII, y el nieto de éste, el rey actual, Juan Carlos I):
  • La corona conmemorativa del funeral de Isabel de Farnesio, consorte de Felipe V, viuda por entonces (10 de julio de 1766). La corona es de oro y plata chapada en oro y piedras no preciosas, con los escudos de los reinos de Castilla y de León. Fue confeccionada por orden del rey entonces reinante, Carlos III.
  • Un cetro, regalo de Rodolfo II (proclamado Emperador del Sacro Imperio el 12 de octubre de 1576) a su primo el rey de España Felipe II. Proveniente de Viena, es una joya del siglo XVI. Otras fuentes lo identifican con un bastón de mando labrado en oro, esmaltes, rubíes y cristal de roca, de origen ruso del siglo XVII, regalado a Carlos II.
  • Un crucifijo de plata, de la colección del Congreso de los Diputados.

La corona

La última vez que esta corona fue vista en público fue en 1981, durante el funeral de estado con motivo de la llegada de los restos del rey Alfonso XIII para su definitivo enterramiento en la Cripta Real del Monasterio de El Escorial.


Joyas del Patrimonio y joyas privadas

Las joyas exhibidas solemnemente en las proclamaciones reales y otras colecciones tradicionalmente vinculadas a la Corona Española, como el Tesoro del Delfín (que actualmente se exhibe en el Museo del Prado) u otras custodiadas en distintos lugares, forman parte del Patrimonio Nacional.

Las joyas que lucen los reyes de España, los príncipes de Asturias u otros miembros de la familia real española en la actualidad (diademas, collares, condecoraciones, etc.) son estrictamente privadas, no están vinculadas a ninguna institución, y se las considera propiedad personal del miembro correspondiente (sea éste el rey como persona particular, o algún otro pariente). En esa condición fueron llevadas con ellos al exilio en 1931 (proclamación de la Segunda República Española) y se mantuvieron fuera de España hasta 1975.


La familia real de gala en una recepción de Estado


Victoria Eugenia heredó joyas de su familia y la de su marido, aparte de recibir un sustancioso legado de Eugenia de Montijo, emperatriz de los franceses, quien era su madrina de bautismo. Además Alfonso XIII le regalaba exclusivas piezas. La reina demostró una pasión por las piedras preciosas que entra dentro del gusto de las casas reales de aquel entonces por la pedrería más ostentosa, pero contrasta con su dedicación a las obras benéficas y con la triste realidad social del país.

La República en sus inicios tuvo algunas deferencias con los miembros de la Casa Real. Una de ellas fue enviar a la reina sus joyas en sus correspondientes estuches, pues al fin y al cabo eran propiedad suya. Durante su exilio la reina vendió algunas de sus más preciadas pertenencias, otras las repartió entre sus hijas y nueras, reservando algunas para ‘las futuras representantes de la realeza española’.

Victoria Eugenia con la Tiara de la Flor de Lis


El codicilo testamentario de Victoria Eugenia sitúa en primer plano las ocho piezas descritas al vincular su propiedad, ya por tres generaciones al Jefe de la Casa. Efectivamente, don Juan recibió aquellas joyas que, tras la renuncia a sus derechos históricos, pasaron a Don Juan Carlos y que hoy lucen doña Sofía y doña Letizia en las ocasiones más solemnes. Como hemos visto, la mayoría de ellas proceden de la herencia de Alfonso XIII salvo el collar de perlas, que es de María Cristina, y el broche de perlas que sería de la Infanta Isabel, la «Chata».

Fernando Rayón y José Luis Sampedro, autores del libro "Las joyas de las reinas de España", sostienen que, aunque muchas joyas, como la famosa ‘Perla peregrina’ o la ‘Esmeralda de Alfonso XIII’, no están en propiedad de la Corona, se les ha seguido el rastro y se han conservado. “Queda constancia de que se han salvado muchas joyas. En el caso de la ‘Perla Peregrina’ actualmente pertenece a Elizabeth Taylor. La Esmeralda fue vendida por Alfonso XIII cuando estaba en el exilio. Hay que decir que el Rey, efectivamente, está intentando recuperar joyas perdidas de alto valor económico. Don Juan Carlos, en ocasiones, las ha comprado a alguno de sus parientes que habían recibido las joyas en herencia”.



La Reina con diadema heredada y juego de joyas obsequiadas


Aunque Ansorena ha sido la joyería tradicional proveedora de la Casa Real y actualmente se ocupa de la conservación de las joyas que proceden de su taller, hay otros joyeros españoles que surten a la Familia Real, como Suárez, que hizo el anillo de compromiso del Príncipe de Asturias para Doña Letizia, o Carrera y Carrera, que ha trabajado igualmente alguna joya para la princesa.

miércoles, 5 de mayo de 2010

La Corona y sus Títulos


La Monarquía en España, constitucionalmente referida como La Corona y comúnmente referida como Monarquía Española o (históricamente) Monarquía Hispánica, es una institución constitucional que implica la organización política del Gobierno y del Estado de España. Comprende un monarca reinante, su familia y una Casa real, que apoya al soberano y le facilita el ejercicio de sus deberes y prerrogativas reales.


La trayectoria histórica de la Monarquía Española va desde la unión dinástica de los reinos peninsulares en los descendientes de los Reyes Católicos, reformándose durante el nuevo régimen hasta la actualidad, interrumpida únicamente en los períodos de la Primera República (1873–1874), la Segunda República (1931–1939) y el régimen franquista (1936–1975).

Trono de los Reyes Católicos


Se considera generalmente que la Monarquía española tiene su origen en la unión personal entre Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón; intitulados Catholicos reges, et principes por el papado desde el 4 de mayo de 1493 en razón de la conquista de la península ibérica al Islam y el proyecto evangelizador del Nuevo Mundo; quienes procuraron llevar una política de acción común.

Carlos I, nieto de los Reyes Católicos, consolidó la unión de ambas Coronas, siendo llamado Rey Católico de las Españas (Hispaniarum Catholicus Rex) por el papa León X en la bula del 1 de abril de 1516. En la Embajada de España ante la Santa Sede se puso en febrero de 1977 una lápida conmemorativa refiriéndose a Ioannes Carolus I como Hispaniae Cath. Rex [adaptación del trato histórico que los papas habían dado a los reyes desde Carlos I]. Las de fecha posterior suprimen el calificativo de católico, de acuerdo con la constitución de 1978.

Carlos I a caballo, por Van Dyck


Felipe II, Príncipe de Asturias desde 1528, accedió al trono por abdicación de su padre, y usó en documentos y monedas la fórmula abreviada de rey de las Españas y de Indias (Hispaniarum et Indiarum Rex), y tras la Crisis sucesoria en Portugal (1580) adquirió también la titularidad de la Corona portuguesa.

Cambio de régimen

La Monarquía española pierde su condición monarquía absoluta, y adquiere su carácter de monarquía parlamentaria con la transformación de España en un estado liberal.

Desde el año 1833, con el pretexto de la cuestión dinástica, se sucedieron tres guerras civiles en España que jalonaron intermitentemente una parte del siglo XIX, donde los constitucionalistas («cristinos», «alfonsinos») oponían su ideario del «estado liberal» contra el «absolutismo» y «foralismo» de los carlistas. La cuestión dinástica se inició cuando Fernando VII promulgó la Pragmática Sanción de 1830, que era a su vez la publicación de la Pragmática Sanción de 1789, con lo que se anularon la disposiciones que impedían el acceso al trono de las mujeres hasta no agotarse toda la descendencia masculina de Felipe V. De esta manera, el hermano del rey Fernando VII, Carlos María Isidro, fue relegado en favor de su sobrina Isabel, hija del rey; y así, si Carlos María Isidro no tuvo inconveniente en renunciar a sus derechos en 1808, en 1833 sus argumentos habían cambiado, y con sus partidarios («carlistas») inició la Primera Guerra Carlista.


Isabel II de Borbón


Isabel II finalmente fue proclamada reina, pero su madre la regente María Cristina de Borbón-Dos Sicilias que se alineó con los liberales, sin embargo pretende el estatuto Real de 1834 lo que dio lugar al motín de La Granja (1836) y la vuelta al periodo constitucional. Así el artículo 180 de la Constitución de 1812 habría establecido el reinado legítimo de Isabel II, y el artículo 50 de la Constitución de 1837 y el artículo 49 de Constitución de 1845 indican que Isabel II era la legítima reina de las Españas. Desde entonces la legitimidad de la monarquía española ha ido vinculada con la Constitución de turno (aunque fuera a posteriori).

El sentido patrimonial de la unión bajo una corona de distintos reinos peninsulares desaparece también con el periodo constitucional. El cambio no fue brusco, la denominación de Reino en singular data desde la Constitución de 1812 (no así el Estatuto de Bayona de 1808), pero el territorio se denomina en plural, Españas, en la Constitución de 1812, de 1837 y 1845, con la salvedad que ya aparece en singular en las dos últimas. Pero en la Constitución de 1869, con la afirmación de la Nación española, el territorio pasó a denominarse en singular España, y así ha seguido desde entonces.


Representación heráldica de la corona real española

El estado actual

El actual régimen monárquico español reúne los caracteres típicos de la forma de gobierno de Monarquía parlamentaria, esto es:
  • La sucesión hereditaria de los miembros de la Familia Real en la Jefatura del Estado, con el título de Reyes de España.
  • La jefatura del Estado corresponde al Rey, el cual tiene funciones ceremoniales y simbólicas, y no dirige ni el poder legislativo ni el ejecutivo.
  • El poder ejecutivo, el gobierno, goza de la confianza del Congreso de los Diputados (poder legislativo).

La Constitución de 1978 confirmó el rol del Rey de España como la personificación del Estado español y un símbolo de la unidad duradera y permanencia de España. Constitucionalmente, el rey es el Jefe de Estado y el Comandante-en-Jefe de las Fuerzas Armadas Españolas. También se detalla allí el uso de la titularidad y los tratamientos reales, las prerrogativas reales, la sucesión hereditaria a la Corona, la compensación económica y una contingencia o regencia en los casos de la minoría o incapacidad del monarca. De acuerdo a la Constitución, el soberano español también se encarga de promover las relaciones iberoamericanas, las “naciones de esa histórica comunidad”. Desde este punto, el Rey de España sirve como presidente de la Organización de Estados Iberoamericanos, representando más de 700 millones de personas en veinticuatro naciones. En 2008, Juan Carlos I era considerado el líder más popular en toda Iberoamérica.


Los Títulos de la Corona


La actual Constitución española refiere a la monarquía como “la Corona de España” y el título constitucional del monarca es simplemente “rey o reina de España”. Sin embargo, autoriza el uso de otros títulos históricos pertenecientes a la monarquía española, sin especificarlos. Un decreto promulgado el 6 de noviembre de 1987 en el Consejo de Ministros regula los títulos completos y sobre esta base el monarca de España tiene un derecho de uso (“puede usarlos”) a esos otros títulos pertenecientes a la Corona. Contrario a algunas creencias, la titularidad larga que contiene más de 20 reinos, ducados, condados, etc. no se encuentra en uso oficial ni siquiera en la diplomacia española. De hecho, nunca ha estado en uso de esa forma, desde que “España” nunca fue parte de la lista en el período anterior a 1837 (cuando la lista larga se usaba oficialmente).


España, mencionada de forma diferente en la titularidad dependiendo del monarca que estuviera en el trono, estuvo por más de tres centurias simbolizada por la lista larga que comenzaba “… de Castilla, León, Aragón…”. Esta titularidad en el tratamiento feudal fue la última usada oficialmente por Isabel II en 1836, antes que se convirtiera en reina constitucional.


Escudo de armas de Carlos III (también de sus sucesores, incluyendo Isabel II) con el Toisón de Oro y su Orden. Variante con los leones de púrpura representados de gules, costumbre frecuente en la heráldica española.


El primer monarca que oficialmente usó una derivación del nombre “España” como reino en la titularidad fue Carlos I, Hispaniarum et Indiarum Rex. Debe notarse que este título era usado a menudo después del de Sacro Emperador Romano, puesto que “Emperador” era considerado superior a “Rey”. Durante su breve y controversial ocupación del trono, José Bonaparte, hermano del emperador Napoleón, también usaba un título similar.

En la primera restauración borbónica se regresó al formato tradicional (…de Castilla, León, Aragón…) hasta 1837, cuando la versión corta “reina de las Españas” fue comenzada a usar por Isabel II. El singular “España” fue usado primeramente por Amadeo de Saboya: “… por gracia divina y voluntad de la nación, rey de España”. Durante la segunda restauración, el rey Alfonso XII usaba “rey constitucional de España, por gracia divina…”.


Firmas del Rey Juan Carlos y de la Reina Sofía en el libro de visitas de Antena 3 (A3TV)


Con la actual (y tercera) restauración de la casa real de España, Juan Carlos de Borbón y Borbón usa el título simple de “rey de España”, sin ninguna referencia divina, nacional o constitucional. Este monarca decidió no usar el tratamiento de Su Majestad Católica y los otros títulos, aunque no declinó tales honores.

Tratamientos y “Fuente de Honor”


De acuerdo a un decreto real publicado en 1987, el rey y la reina consorte serán formalmente tratados como Su Majestad (o Sus Majestades en plural) antes que el tradicional Su Católica Majestad. Un príncipe consorte de una soberana reinante de España tendrá el tratamiento de Su Alteza Real. Adicionalmente, una reina viuda y que no contraiga nuevo matrimonio continuará siendo tratada como Su Majestad. Un príncipe consorte viudo y que no contraiga nuevo matrimonio continuará siendo tratado como Su Alteza Real.


Sus Majestades, El Rey y La Reina de España


El heredero tendrá el título de Príncipe de Asturias y los otros títulos históricamente asociados con el heredero aparente, como Príncipe de Viana (asociado al Reino de navarra), Príncipe de Girona y Duque de Montblanc (asociados a la Corona de Aragón). Si su progenitor es el monarca reinante al momento de su nacimiento, desde entonces portará estos títulos; en caso que el soberano no haya accedido al trono cuando su primogénito nace (como en el caso de Juan Carlos I), éste obtendrá los títulos a posteriori.

Otros hijos del monarca, y los hijos del heredero aparente, tendrán el título y rango de Infante o Infanta (príncipe o princesa) y el tratamiento de Su Alteza. Los hijos de un Infante o Infanta de España tendrán la consideración de Grandes de España y el tratamiento de Su Excelencia. No se prescribe en la Constitución títulos o formas de tratamiento a la cuarta generación, o bisnietos, de un monarca reinante. El real decreto limita aún más la capacidad de cualquier regente de utilizar o crear títulos durante la minoría o incapacidad de un monarca.


El Salón del Trono en el Palacio de Oriente


La posición del monarca como “Fuente de honor” en España es prescripta en el Artículo 62 (f), donde se especifica que el rey podrá conferir posiciones civiles y militares y otorgar honores y distinciones en conformidad con la ley. De acuerdo al Ministerio de Justicia, los títulos de nobleza y la Grandeza son creados por la “soberana gracia del rey” y pueden pasar a los herederos del recipiendario, quienes no los pueden vender. Los títulos pueden revertir a la Corona cuando quedan vacantes.

La sucesión puede seguir alguno de los cursos listados en el “Título de Concesión” cuando el título es creado. Por regla general, la mayoría de los títulos son heredados por primogenitura absoluta, según la cual el primogénito hereda todos los títulos de su padre, independientemente del género. Sin embargo, un titular puede designar su sucesor (Sucesión por Asignación) o dispersar los títulos entre sus hijos, donde el primogénito obtiene el título de mayor rango (Sucesión por Distribución).


El rey Juan Carlos condecora a Matías Prats con la Medalla de Oro al Mérito Deportivo en junio de 1980.


El rey Juan Carlos otorgó títulos nobiliarios a dos de sus antiguos presidentes de Gobierno que se retiraron de la actividad política: Adolfo Suárez fue creado 1º Duque de Suárez y Leopoldo Calvo-Sotelo fue hecho Marqués de la Ría de Ribadeo. El tercer presidente, Felipe González, declinó el título, mientras que la presidencia de José María Aznar estuvo tan envuelta en controversias que no hizo viable un título para él. Todos los sucesivos políticos permanecen en actividad.

El soberano concede órdenes militares y civiles y premios de distinción, tradicionalmente con el consejo del gobierno. La orden más distinguida que puede otorgar es la Orden de Carlos III, a “ciudadanos que, con su esfuerzo, iniciativa y trabajo, han prestado un distinguido y extraordinario servicio a la Nación”. La Cruz Laureada de San Fernando es el más alto premio militar para el valor.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Casa de Borbón


La Casa de Borbón es una importante casa real europea, rama de la dinastía Capetina. Los Borbones primero gobernaron Navarra (desde 1555) y Francia (desde 1589) hasta la caída de la monarquía durante la Revolución Francesa. Para el siglo XVIII, miembros de esa dinastía también ocupaban los tronos de España, Nápoles y Sicilia y Parma. Actualmente monarcas Borbón reinan en España y Luxemburgo.

Estandarte real de España (Borbón), 1761-1931


Orígenes

Borbón era originalmente una familia de la nobleza que databa de principios del siglo XIII, cuando la propiedad familiar era regida por un señor vasallo del rey de Francia. En 1268 Robert, Conde de Clermont, sexto hijo de Luis IX de Francia, casó con Beatriz de Borgoña, heredera del señorío de Borbón. Su hijo Luis fue hecho Duque de Borbón en 1327. Su descendiente, el Condestable de Francia Carlos de Borbón, era el último de la línea Borbón cuando falleció en 1527. Como había permanecido junto al emperador Carlos V y vivido una vida de exilio, su título se interrumpió después de su muerte. Sin embargo, la línea joven de La Marche-Vendôme se mantuvo, como casa gobernante del Ducado de Vendôme.


La rama Borbón-Vendôme se convirtió en gobernante del Reino de Navarra, al norte de los Pirineos, y luego de Francia, con Henri III de Navarra como Henry IV de Francia. El primer Borbón rey de Francia fue Henri IV. Antoine de Borbón, su padre, era la novena generación descendiente del rey Luis IX. Jeanne d'Albret, su madre, era reina de Navarra y sobrina de Francisco I. En 1572 Catalina de Médici arregló el matrimonio de su hija, Margarita de Valois, con Henri III de Navarra como oferta de paz entre católicos y hugonotes. En 1589 Navarra ascendió al trono de Francia como Henri IV.


Henri IV de Francia y de Navarra, Henri le Grand (1553-1610)


La rama española de la Casa de Borbón fue fundada por Felipe V. Era el duque de Anjou, segundo hijo del Delfín, por lo tanto nieto de Luis XIV. Como Carlos II de España moría sin descendencia, adoptó a Felipe como su heredero, al ser bisnieto de Felipe IV de España. Con un rey Borbón en los tronos de Francia y España, se perturbó el balance de poder en Europa y cuando Carlos murió en 1700 se formó una Gran Alianza de naciones europeas contra Felipe. En el Tratado de Utrecht, en 1713, fue reconocido como rey de España, pero Sicilia fue cedida a Saboya y los Países Bajos españoles, Milán y Nápoles pasaron al poder de Austria.


Felipe tenía dos hijos de su primera esposa. Al enviudar, casó con Isabel Farnese, sobrina del Duque de Parma, la que también dio dos hijos al rey e intentó obtener para ellos los territorios perdidos en Italia. Felipe abdicó en enero de 1724 a favor de Luis I, hijo mayor de su primer matrimonio pero Luis murió en agosto y Felipe retomó el trono.

Felipe V de Borbón, Rey de España, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, Duque de Milán, Soberano de los Países Bajos (1683-1746)


Fernando VI, segundo hijo de Felipe V, sucedió a su padre, pero murió en 1759, en medio de la Guerra de los Siete Años, siendo sucedido por su medio hermano Carlos III, hijo mayor de Felipe e Isabel. Este había obtenido el Ducado de Parma luego de la muerte del último duque Farnese en 1731. Carlos III conquistó el reino de las Dos Sicilias durante la Guerra de Sucesión Polaca y se convirtió en rey allí en 1734, renunciando a Parma en favor de Austria (al final de la Guerra de Sucesión Austríaca en 1748, Austria cedió Parma a su hermano Felipe). Cuando ascendió al trono español, abdicó en Sicilia a favor de su tercer hijo, Fernando. Murió en 1788.

Armas de Carlos III


Títulos significativos que ostentaron los Borbones fueron:



  • Reyes de Francia
  • Reyes de Navarra
  • Reyes de España
  • Duques de Borbón
  • Duques de Montpensier
  • Duques de Vendôme
  • Duques de Anjou
  • Reyes de las Dos Sicilias
  • Duques de Parma
  • Duques de Orléans
  • Príncipes de Orléans-Braganza
  • Príncipes de Condé
  • Príncipes de Conti


Isabel II de Borbón, reina de España (1830-1904)


Notables ramas Borbón



Legítimas

  • Casa de Borbón-Orléans. Llamada Casa de Orléans y titulares del Ducado de Orléans. Es la más antigua rama menor sobreviviente de la Casa de Borbón.
  • Casa de Borbón-Dos Sicilias
  • Casa de Borbón-Parma
  • Casa de Borbón-Braganza (también llamada Rama del Infante Gabriel)
  • Casa de Borbón-Orléans-Braganza (llamada Casa de Orléans-Braganza y hoy representante de la Familia Imperial de Brasil)
  • Casa de Borbón-Montpensier (extinta)
  • Casa de Borbón-Condé (extinta)
  • Casa de Borbón-Conti (extinta)
  • Casa de Borbón-La Marche (extinta)
  • Casa de Borbón-Soissons (extinta)
Armas de la Casa de Orleans


Morganáticas

  • Casa de Borbón-Orléans-Galliera (llamada Casa de Orléans-Galliera)

Ilegítimas

  • Borbón-Busset
  • Borbón-Vendôme (extinta a la muerte de Louis Joseph de Borbón, duque de Vendôme, bisnieto de Henri IV de Francia) - 1598–1712
  • Borbón-Maine (extinta a la muerte de Louis Charles de Borbón, conde d'Eu, nieto de Luis XIV) - 1672–1775
  • Borbón-Penthièvre (extinta a la muerte de Louis Jean Marie de Borbón, duque de Penthièvre) - 1725–1793


Un mural de 1670 muestra los Borbones de Francia. Incluye (desde la izquierda) a Henriette-Marie, hermana del rey de Francia y esposa del rey de Inglaterra; Philippe I, Duque de Orléans, fundador de la Casa de Orléans; su primera esposa la Princesa Henriette; la primera hija de esta pareja, Marie Louise de Orléans (más tarde reina de España); la reina madre Ana de Austria; las hijas de Gastón de Francia, Duque de Orléans; el rey Luis XIV; la reina María Teresa con el Delfín de Francia y sus hermanos Marie-Thérese, llamada Madame Royale, y el Duque de Anjou. La primera hija de Gastón de Francia, Anne Marie Louise de Orléans, Duquesa de Montpensier, aparece de pie a la derecha. Delante de todos aparecen los dos hijos y las otras dos hijas de Luis y María Teresa que murieron en 1662 y 1664.