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lunes, 26 de julio de 2010

El protocolo vaticano: funeral, cónclave y proclamación de un Papa

Muerte y Funeral del Sumo Pontífice

Golpes en la frente del Papa con un martillo de plata, la destrucción del anillo pontificio y el tañido de las campanas de San Pedro, son algunos de los actos protocolares que se realizan luego de la muerte del Santo Padre, según marca la tradición vaticana. Existen otros actos que no son dictados por la tradición religiosa, pero que fueron establecidos por los propios Pontífices a lo largo de la historia.

En los primeros siglos, la comprobación de la muerte del Papa se hacía acercando una vela encendida a sus labios. Si la llama se movía, significaba que aún conservaba un hálito de vida, y esa misma operación se realizaba varias veces hasta que la llama permanecía inmóvil, lo que significaba que el Papa había muerto. Sin embargo, actualmente la comprobación de la muerte del Sumo Pontífice se realiza con los métodos médicos habituales.



Camarlengo certificando la muerte de un papa (ilustración de 1903)

Antes era el arquiatra, pero ahora es el médico el que confirma la defunción del Papa, y se lo comunica al prefecto de la casa pontificia, que anuncia oficialmente la muerte con una sencilla fórmula: 'El Papa ha muerto'. Todos los presentes en la habitación papal se arrodillan y comienzan los primeros responsos. Después, por orden jerárquico, se acercan al cadáver y besan su mano. Se encienden entonces cuatro cirios a los pies del lecho mortuorio y se coloca aceite y agua bendita a su lado, para los responsos de los prelados visitantes.

El camarlengo -quien estará al frente del Vaticano hasta la elección del próximo Papa- ingresa a la habitación papal vestido de violeta, en señal de duelo, acompañado por un destacamento de la Guardia Suiza con alabardas. Golpea tres veces la frente del Pontífice con un martillo de plata (que figura en el escudo de armas pontificio), como lo indica el viejo rito vaticano, al tiempo que llama al difunto por su nombre de pila, para comprobar la muerte.



El cadáver de León XIII en sus apartamentos con hábito coral: sotana blanca, roquete, muzeta roja y camauro.

El acto debe realizarse en presencia del maestro de celebraciones litúrgicas y del secretario y el canciller de la Cámara Apostólica, y este último es el encargado de rellenar el acta de defunción del Pontífice. Luego, al Papa se le retira el anillo del Pescador, símbolo del poder pontificio, lo que marca que el reinado ha concluido. Ese anillo, posteriormente, será destruido junto con el sello de plomo del Papa ante los cardenales, para evitar de esa manera que se puedan falsificar documentos papales. El mismo camarlengo deberá sellar la habitación y el estudio del fallecido, aposentos estos que no podrán abrirse hasta que no se elija un sucesor.

La puerta de bronce del
Vaticano se abre y el notario de la Cámara Apostólica levanta acta, mientras las campanas de San Pedro 'doblan a muerto', anunciando públicamente el deceso. Esa puerta se cierra por la noche, en señal de duelo, luego que el cuerpo del Papa, tras ser preparado por los médicos, es vestido con los símbolos pontificios: se le coloca la mitra blanca en la cabeza, la casulla, es decir, el manto rojo (que es el color de luto papal) que utiliza cuando celebra misa, y el palio, una faja de lana blanca con cruces negras, símbolo de dignidad. La conservación del cuerpo prevé la extirpación de las vísceras, algo que realizan los forenses del Instituto de Medicina Legal de la Universidad de Roma.

Luego, en una solemne procesión encabezada por el cardenal decano y el camarlengo, el cuerpo del Papa es llevado hasta la Basílica de San Pedro, mientras los coros entonan 'Libera me, Domine, de morte aeterna' (Líbrame Señor de la muerte eterna). El sepelio se denomina 'Missa poenitentialis' y generalmente se espera que acudan delegaciones de todo el mundo. Es la Santa Sede la que fija el nivel de las delegaciones que asisten a los actos. Generalmente las exequias son marcadas por características de funeral de Estado, dado que correspond
en no sólo al jefe de la Iglesia Católica sino también al Jefe del Estado Vaticano.

Los servicios de protocolo de la Santa Sede barajan varias opciones en la ubicación de los asistentes: la primera, siguiendo el orden alfabético –en inglés o francés, lengua esta última utilizada en la diplomacia vaticana- y la segunda, tomando como referente la fecha del establecimiento de las relaciones diplomáticas de cada país con la Santa Sede. El protocolo marca que los invitados se sitúen por categorías: primero jefes de Estado y después primeros ministros, embajadores y el resto de las representaciones diplomáticas.Con respecto a las autoridades de la Iglesia, figuran los cardenales, los principales Patriarcas orientales, arzobispos, obispos, párrocos de Roma, canónigos de San Pedro y demás religiosos católicos, colocados por orden de importancia, desde la zona más cercana al altar hacia fuera, del lado derecho.



Funeral de Juan Pablo II, abril de 2005


El protocolo litúrgico

Fundamentalmente, las diferencias entre un funeral y otro las marcan los propios Papas -quienes indican en su última voluntad cómo quieren que se desarrollen las exequias-, pero también las circunstancias históricas e incluso algo tan impredecible como los factores climatológicos.

El ordenamiento litúrgico de la Capilla Sixtina impone que las honras fúnebres deben presentarse en canto llano y generalmente se utiliza la música gregoriana, la “oficial” de la iglesia latina. En el apartado musical, los cantos antifonales son interpretados por los miembros de la Capella Giulia, siendo los encargados de señalar el comienzo, el ritmo y el final del funeral.Son muchos los símbolos que pueden extraerse de una ceremonia de estas características. Por ejemplo, los doce hombres encargados de portar el féretro del Papa fallecido son los mismos que llevan la silla gestatoria el día de la proclamación; el ceremonial litúrgico no tiene luto, pues los signos hablan de entrada a otro mundo, al igual que sucede en la entronización del nuevo Papa.

Durante la liturgia se pueden utilizar varios idiomas: el latín, el italiano, el francés, usado durante la homilía –la parte más protocolaria y formalista donde se saluda a todos los presentes y se hace una sencilla y no ostentosa biografía del fallecido-, el español, el inglés y otros a elección de la curia, sobre todo para el momento de
las plegarias.

Con respecto a la vestimenta, los miembros del Colegio Cardenalicio pueden lucir su color protocolario, el morado, propio de los eventos de gran relevancia o pueden ir de rojo, el color litúrgico propio a la muerte de un Papa, y la mitra. Obispos, arzobispos y diáconos también portan sus hábitos violáceos mientras que el resto de sacerdotes y los canónigos –no ordenados obispos-visten la tradicional sotana con la sobrepelliz negra.

Entre los invitados, las normas protocolarias marcan: para los caballeros, traje oscuro, frac o uniforme de gala sin condecoraciones –en señal de respeto-; para las damas, traje corto negro con la opción de portar o no mantilla del mismo color.

Durante la ceremonia un prelado lee los hechos más importantes de su labor y al final mete el pergamino en un tubo de cobre que se introduce en el féretro junto con un saquit
o de terciopelo con monedas y medallas de su pontificado. Terminada la misa, los restos mortales son introducidos en una triple caja -una de ciprés, otra de plomo y una de nogal- y sobre esta última se coloca un simple crucifijo y una Biblia abierta, para luego llevar el féretro en procesión, a través de la puerta de Santa Marta, hacia las Grutas Vaticanas, donde permanecerá hasta que se disponga su sarcófago definitivo. En el funeral de Juan Pablo II no se utilizó un sarcófago, sino una lápida de mármol blanco que selló la tumba con las palabras 'Johannes Paulus P. P.II'.

Al concluir el funeral, se abre el novenario de misas por el Papa en la Basílica, que se prolongará hasta dos días antes del comienzo del cónclave. De éste saldrá el nuevo sucesor de Pedro y se desarrollará la siguiente gran ceremonia, la Proclamación del nuevo Pontífice.


Elección y Proclamación de un Papa

Cuando un Papa fallece y es necesario elegir su sucesor, se convoca un Cónclave. Los llamados a tan alta misión tienen la obligación suprema de dar a la Iglesia a su hijo más apto para que la dirija y la guíe.

En realidad este proceso que se inicia no es sólo la elección de un Papa, sino mucho más. Es una pugna por el poder supremo de la Iglesia, de manera que los allí congregados, en función de las distintas corrientes doctrinales o ideológicas, deben esforzarse por ganar adeptos a su precandidato y establecer las alianzas precisas para que al final éste sea el escogido.

En el mismo momento en que muere un Pontífice, se inicia un período provisional que se denomina Sede Vacante. A lo largo de este tiempo, la curia romana se rige estrictamente por el principio de “nihil innovatur” o, lo que es lo mismo, “no innovar en nada”. Aunque el gobierno de la Iglesia queda en manos del Colegio de los Cardenales, éste sólo puede tomar decisiones de rutina y de mero trámite. En cualquier caso, pasados quince días de la muerte del Papa, los cardenales deben constituirse en cónclave.



Cónclave


Aquí es donde adquiere cierta relevancia el papel de camarlengo pontificio, un funcionario al servicio del Papa anterior que debe ocuparse del protocolo en la elección del nuevo Pontífice. Será él quien se ocupe de citar a los purpurados de todo el mundo, confirmar su asistencia, recibirlos en la Santa Sede y controlar que todo esté preparado para el día del cónclave. La palabra “camarlengo” procede del latín camerarius (de la cámara), en referencia al lugar donde se guardaba un tesoro. Trasladado al mundo monástico, el camarlengo era el monje que se encargaba de la administración de los bienes de la congregación, o sea una especie de tesorero. Y así llegamos hasta el camarlengo de la Santa Sede Romana, que al principio administraba las posesiones y las rentas del Vaticano. Pero en el siglo XIX el papa Pío VII restringió en gran parte su autoridad. Actualmente, además de las funciones propias de su cargo, el camarlengo se ocupa de la verificación de la muerte del Papa y de colaborar con el Gran Elector en el desarrollo del cónclave.

No menos complejo es el papel que tiene que desarrollar el llamado Gran Elector. Dentro del secretísimo cónclave, quien organiza las votaciones y controla que todo el proceso se realice según lo marcado por el protocolo el Gran Elector, también conocido como el Maestro de Ceremonias.
Escudo del Cardenal Camarlengo


La palabra “cónclave” proviene del latín cum clavis, o lo que es lo mismo “con llave”. Este nombre se debe a que la reunión que elige a un nuevo Papa siempre se ha celebrado a puertas cerradas, para evitar que los participantes puedan tener algún tipo de contacto con el mundo exterior. El selecto grupo de cardenales que han de cumplir tan alta misión está formado en su mayoría por pastores de diócesis más o menos alejadas de Roma. De todos modos, para conservar la tradición que imponía que todos los electores fueran prelados romanos cada cardenal es nombrado, mientras dura el proceso, “titular honorario” de una de las iglesias de la ciudad.

El cónclave debe iniciarse entre los 15 y 20 días siguientes a la muerte del Papa. Los cardenales se reunirán en la Capilla Sixtina, jurando guardar silencio “absoluto y perpetuo” y en el ambiente prevalecerá el recogimiento y la oración. Las penas eclesiásticas por violar estos juramentos son tan severas que pueden incluir la excomunión.



La Capilla Sixtina, que ha sido locación del cónclave desde 1492

El día elegido para comenzar la elección del nuevo Papa, los cardenales se reunirán en la imponente basílica de San Pedro para celebrar una misa votiva llamada “Pro eligendo Papa”. Por la tarde acudirán en solemne procesión hacia la Capilla Sixtina. El hecho de acudir a este bellísimo recinto es para distender el ambiente de tensión que han producido las reuniones previas a la elección, así como el nerviosismo en el momento de votar, sobre todo si no está claro quién resultará elegido. Tengamos presente que cuando todos los congregados vuelvan a salir de la Capilla Sixtina serán súbditos de uno de ellos, al que habrán designado como Sumo Pontífice. Si las votaciones no alcanzan a reflejar la mayoría necesaria, los electores deberán pasar las noches que sean necesarias dentro del Vaticano, en la Domus Sanctae Marthae, una residencia inaugurada en 1996 y dedicada habitualmente a alojar personal de la curia.

La tradición marca que, tras cada votación, los electores informen a los fieles congregados en la plaza del resultado de la misma. Para ello se emplea desde hace siglos el mismo sistema: una columna de humo o fumata, que asciende por una de las chimeneas. Si los votos aún no han consagrado un ganador, se quema paja seca para que el humo salga negro. Pero si la votación ha designado un nuevo Papa, se quema paja húmeda para producir la famosa fumata bianca, que la multitud celebra con devoto entusiasmo.


Pero la elección no acaba con este acto. Una vez conocido y consensuado el resultado se quemarán todas y cada una de las papeletas en las que los cardenales han escrito el nombre de su favorito.


La fumata bianca de octubre de 1978, anunciando la nueva de la elección de Juan Pablo II


El Maestro de Celebraciones Litúrgicas Pontificias le solicita su consentimiento para aceptar su responsabilidad como Vicario de Cristo cuestionándole en latín: ¿Acceptasne electionem de te canonice facta in summum pontificem? o sea: ¿Aceptas tu elección canónica como Sumo Pontífice? Y luego le pregunta: ¿Quomodo vis vocari? ¿Cómo deseas ser llamado?, atendiendo a la tradición iniciada por Jesús, cuando a Simón le llamó Pedro.

Tras esto, los cardenales procederán a rendirle homenaje; luego el primero de los cardenales diáconos, el cardenal protodiácono, anunciará Urbi et Orbi (A la ciudad y al orbe) la buena nueva desde el balcón de la basílica vaticana, utilizando la fórmula tradicional:

Annunttio vobis gaudium magnum: ¡Habemus papam! Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum (nombre del cardenal) Sanctae Romanae Eecclesiae Cardinalem (apellido del cardenal), qui sibi nomem imposuit: (nombre elegido para reinar)”, anuncio tras el cual aparece en el mismo balcón, vestido ya con la sotana y solideo blancos, con esclavina y estola rojas, el neopapa.



viernes, 17 de julio de 2009

Los colores de la Realeza III

Blanco y negro



El blanco se asocia a la luz, la bondad, la inocencia y la virginidad. Se le considera el color de la perfección. En heráldica, representa fe y pureza. A diferencia del negro, el blanco por lo general tiene una connotación positiva, puede representar un inicio afortunado.

El armiño designa el blanco puro. Y significa la vía de la verdad, el camino hacia el espíritu. El plata también designa lo blanco y tiene un simbolismo similar: expresa la simplicidad, el despojo de todo lo terreno a favor de lo divino. Es aquel que es absolutamente neutral, que no juzga.

Tradicionalmente, las damas recibidas en audiencia privada por el Papa deben vestir de negro y tocarse de mantilla, al estilo español. Sólo las reinas católicas tienen el privilegio de vestirse de blanco con ocasión de un encuentro solemne con el Pontífice en las ceremonias vaticanas.

La Gran Duquesa de Luxemburgo y la Reina de España en San Pedro, de blanco
La Princesa Consorte de Mónaco con Pío XII, de negro

La Reina Consorte de Bélgica con Benedicto XVI, de blanco


La Reina de Inglaterra con Juan Pablo II, de negro


El negro, el color más enigmático, representa el poder, la elegancia, la formalidad, la fidelidad, la muerte y el misterio. Se asocia a lo desconocido y en heráldica simboliza autoridad, prestigio, fortaleza, intransigencia. Como se asocia con el dolor y la pena, en Occidente es el color universal del luto, mientras que, por el contrario, en las culturas orientales se utiliza el blanco. En Europa las reinas son las únicas que pueden llevar el luto blanco.
Con ocasión del funeral de Balduino de Bélgica en 1993, dos reinas de luto: la Consorte Reinante de negro y la Viuda de blanco.



Catalina de Médici en el siglo XV fue quien puso la moda del terciopelo negro con adornos de armiño en caso de luto real.




Diana de Poitiers (1499-1566), la amante de Enrique II de Francia, y la más grande líder de la moda de su tiempo, llevó luto durante toda su vida luego de la muerte de su esposo Luis de Brézé. Sólo vestía de negro pero con el agregado del blanco, combinación que se transformó en moda para las viudas aristocráticas. Hasta aquel momento los cortesanos acostumbraban vestirse con colores intensos, en telas recamadas de oro y plata, por lo que el estilo de Diana, con la absoluta simplicidad de sus atavíos blanco y negro o plata, contrastaba frente a ese suntuoso caleidoscopio, destacando como un haz de luz.







Cuando se realizó la coronación del rey Enrique, para asombro de los dignatarios presentes, en lugar del manto blanco o azul con la flor de lis dorada de Francia, el suyo fue negro y plata, ornado con medialunas entrelazadas formando un círculo. La corte, a partir de entonces, pasó a vestirse con esos colores.





Diana de Francia, hija ilegítima de Enrique II, ornada con los colores de moda.