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viernes, 20 de julio de 2012

El Principado de Mónaco


El Principado de Mónaco, o simplemente Mónaco (en francés: Principauté de Monaco; en monegasco: Principatu de Múnegu) es una ciudad-estado de Europa. Ocupa el segundo puesto como país más pequeño del mundo, tras el Vaticano. Está situado entre el Mar Mediterráneo y Francia, en la Riviera francesa, también llamada la Côte d’Azur.

Dominada por diversos pueblos de la antigüedad, fue colonia de los fenicios, por los cuales poseía el templo del dios Melkart. Más tarde, los griegos la dominaron con el nombre de Monoikos (es decir: "el de una vivienda" adjetivación que se daba a Herakles, asimilado por los helenos a Melkart) y los romanos con el de Portus Herculis Monæci. En el siglo I, Mónaco fue completamente cristianizado y luego pasó a diversos pueblos bárbaros como francos y lombardos. Pasó luego al Sacro Imperio Romano Germánico, y, finalmente a la República de Génova hasta 1297, año desde el que la familia Grimaldi gobierna el país hasta la actualidad, legitimándolo en 1419.



Bandera de Mónaco


Hasta su independencia fue codiciada como base naval por los franceses. Se celebraron diversos tratados de protección y autonomía con Francia (1409, 1641 y 1861), España (en 1512), y el reino de Cerdeña (Congreso de Viena de 1815). Ocupada por los españoles en 1605, obtuvo los señoríos de Roccabruna (Roquebrune) y Mentone (Mentón), los cuales perdería con la Revolución de 1848. En 1865 se firmó un convenio con Francia sobre las cuestiones de aduanas y aboliciones de impuestos directos. Con el príncipe Alberto I, se procedió a abolir el absolutismo en 1869.

Durante el siglo XX, Mónaco sufrió serias vicisitudes que amenazaron su independencia nacional. Se reformó en dos oportunidades la Constitución de 1911, (en 1917 y en 1930). Luis II tuvo que reconocer a su hija Carlota para asegurar la continuidad dinástica del futuro Rainiero III, que ascendió al trono en 1949; diez años después, este tuvo que suspender la constitución tras varios desacuerdos con el Consejo Nacional.

En 1963 se firmó un tratado con Francia, con el cual se arreglaron diferencias económicas y se crearon nuevos acuerdos de vecindad y moneda, que se renovaron en 2002 con la puesta en circulación del euro en Mónaco, si bien este estado no es miembro de la Unión Europea.



Representación escultórica de armas y divisa del Principado de Mónaco sobre la puerta principal de entrada al Palacio.


Historia

Según Diodoro de Sicilia y el geógrafo Estrabón, los primeros habitantes sedentarios de Mónaco fueron los ligures, que emigraron desde Génova. No obstante, la antigua lengua ligur, sin conexión con las lenguas indoeuropeas, no estaba aparentada con el dialecto hoy en día hablado por los habitantes de Liguria ni con el monegasco moderno. Este avance hacia Mónaco fue debido quizás a la apertura marítima de un pueblo ligur situado tierra adentro.

Los griegos de Marsella (entonces Massalia), fundaron la colonia de Monoïkos en el siglo VI antes de Cristo en la bahía donde actualmente se encuentra Mónaco. La palabra Monoïkos se refiere a Hércules, adorado bajo el nombre de Hercules Monoecus. Según Diodoro de Sicilia y Estrabón, tanto griegos como ligures creían que Hércules había pasado por la región.

Después de la Guerra de las Galias, Julio César se instaló en esta tierra ya abandonada por los griegos, lo que significó el paso de este territorio al control de la República Romana como parte de la provincia romana de la Galia Narbonense. En La Eneida, el poeta Virgilio la menciona ya.

Mónaco permaneció bajo dominio romano hasta la caída del Imperio Romano de Occidente el 4 de septiembre de 476. La bahía fue ocupada por sarracenos y diversas tribus germánicas. Los sarracenos fueron expulsados en 975 y en el siglo XI el estrecho fue nuevamente poblado por ligures.


La Roca de Mónaco


En 1191, el emperador del Sacro Imperio Romano-Germánico Enrique VI concedió la soberanía sobre Mónaco a la ciudad de Génova, de donde eran originarios los ligures. El 10 de junio de 1215, una comitiva de Gibelinos comandados por Fulco del Cassello comenzó la construcción de una fortaleza sobre la roca de Mónaco. Esta fecha marca el inicio de la historia moderna del Principado.

Esta fortaleza constituía un punto estratégico para controlar la región frente a los güelfos. Éstos establecieron también cuarteles a fin de apoyar a sus guarniciones. Para atraer a los habitantes de Génova y de las ciudades próximas, ofrecieron tierra y exoneraron de impuestos a los nuevos pobladores.

La dinastía Grimaldi

El 8 de enero de 1297, François Grimaldi, descendiente de Otto Canella, cónsul de Génova en 1133, anexionó la fortaleza por la fuerza. Este güelfo no poseía más que un pequeño ejército, pero utilizó la estratagema de disfrazarse de monje, y una vez dentro abrió las puertas a sus soldados. Los güelfos fueron más tarde derrotados y François expulsado de Mónaco por los genoveses en 1301. La familia Grimaldi se alió entonces con el Rey de Francia.

Un primo de François, Rainiero I Grimaldi, al servicio de Felipe I el Hermoso, comandando una flota de galeras, venció a los holandeses en la Batalla de Zierikzee en 1304. Fue nombrado entonces almirante de Francia. Padre de Carlos I Grimaldi, fundó la dinastía que lleva su nombre, que serviría fielmente a la monarquía francesa durante los siglos siguientes.


Rainier I de Mónaco, Señor de Cagnes (1267-1314)


Retomando la lucha contra Génova, Carlos I ocupó la ciudad el 12 de septiembre de 1331 y se autoproclamó Señor de Mónaco en 1342. Mientras adquiría el señorío de Menton en 1346, Carlos servía paralelamente a la corona francesa comandando una compañía de alabarderos en la batalla de Crécy, en tanto que socorría por mar el campamento francés tras el sitio de Calais. En 1355, obtuvo el señorío de Roquebrune. Pero en 1357 falleció durante el sitio comandado por el genovés Simón Boccanegra. La totalidad del principado fue entonces asimilado por Génova, a excepción de Menton, defendido por Rainiero II, el hijo de Carlos, que rápidamente reconquistó Roquebrune.

Los hijos de Rainiero II, Ambrosio, Antonio y Juan, retomaron La Roca y se convirtieron todos en co-señores de la misma (institución poco frecuente en la Edad Media). Juan conservó por su parte sólo Mónaco y La Condamine. Permaneció en lucha continua contra los genoveses. Su hijo, Catalán, sólo lo sucedió por tres años, y su nieta, Claudina Grimaldi, fue desposada en 1465 por Lambert Grimaldi d'Antibes. Éste obtuvo en 1489 el reconocimiento de su independencia por el rey de Francia y el duque de Saboya. Génova intentó un último sitio en 1509, pero de cara a una resistencia victoriosa, renunció definitivamente a Mónaco.

Luciano I murió asesinado en 1523 por su primo Bartolomeo Doria. No dejó más que un hijo de corta edad, Honorato, cuya tutela le fue confiada a su tío Agustín, obispo de Grasse, que fue reconocido como señor de Mónaco. Agustín I de Mónaco no obtuvo por parte de Francisco I el apoyo que habían poseído los Grimaldi y colocó La Roca bajo protectorado español en 1524. Una guarnición española fue así puesta bajo responsabilidad de los Grimaldi durante más de un siglo.



El palacio del Príncipe se ve en la cima de la Roca de Mónaco


El nieto de Honorato I, Honorato II, tomó el título de Príncipe en 1612. Retornó a la alianza con Francia tras el Tratado de Peroné, firmado en 1641 y negociado por parte de Francia por el cardenal Richelieu. El príncipe expulsó manu militari a la guarnición española, y obtuvo el ducado de Valentinois. En esta época se realizaron importantes obras de mejora y embellecimiento del Palacio de Mónaco.

Luis I de Mónaco comandó su regimiento de caballería y obtuvo una embajada por parte del Vaticano en 1701.

Tras la noche del 4 de agosto de 1789, los príncipes de Mónaco perdieron todas sus posesiones francesas, y los ingresos derivados de ellas. La Sociedad Popular militó por la asociación con la República, decidida por la Convención nacional el 15 de febrero de 1793. Hasta 1814 Mónaco estuvo integrado en Francia, bajo el nombre de Fort d'Hercule. Formó parte de la región de los Alpes Marítimos, luego fue asociado a San Remo.

El Tratado de París del 30 de mayo de 1814 volvió a colocar al principado en la situación anterior a 1789. Pero cuando Honorio IV llegó a La Roca en marzo de 1815 para tomar posesión de ella, fue detenido por Pierre Cambronne.



Honoré IV de Mónaco


Mónaco se colocó entonces bajo protectorado del Reino de Cerdeña en el segundo Tratado de París, firmado el 20 de noviembre de 1815, confirmado por el Tratado de Stupinigi en 1817.

Hasta 1847, el principado de Mónaco ocupó una superficie total de 24 km² y comprendía tres comunas: Mónaco (1 250 habitantes), Roquebrune (hoy Roquebrune-Cap-Marin) (850 habitantes) y Menton (4900 habitantes). La parte más vasta y rica del principado era la llanura mentonesa, con sus cultivos de cítricos y olivos. Sin embargo, durante el movimiento revolucionario de 1848, Menton y Roquebrune proclamaron su revocación de la familia Grimaldi y se proclamaron «ciudades libres» bajo la protección del Reino de Cerdeña. En 1869, el Piamonte-Cerdeña cedió Niza a Francia tras del apoyo de Napoleón III al comienzo de la unificación italiana. Niza, Menton y Roquebrune votaron su anexión a Francia, que fue ratificada por el Tratado Franco-Monegasco de 1861.

Mónaco abandonó finalmente el protectorado que tuvo desde 1815 y su independencia fue formalmente reconocida, separándose de toda protección de Francia o Italia.


Albert I, soberano de Mónaco en la transición entre dos siglos (1889 a 1922)


Edad Contemporánea

Este último tratado preveía la ayuda de Francia para la construcción de la Cornisa Media, y el paso del ferrocarril francés sobre el territorio monegasco (con dos estaciones). Por aquel entonces, el príncipe Carlos III tuvo la idea de crear el Casino de Montecarlo (el juego de azar era ilegal en los países vecinos), cuyos dividendos permitieron al principado desarrollarse rápidamente. En 1863 otorgó el privilegio de explotar el Casino, los hoteles y el Teatro a François Blanc, fundador de la Sociedad de Baños de Mar del Círculo de Extranjeros, a fin de aportar ingresos a la Corte.

En 1866, Carlos III renombró al antiguo barrio de Spélugues como Montecarlo en su propio honor. La puesta en marcha del ferrocarril Niza-Ventimiglia en 1868 afianzó la prosperidad. El príncipe también fundó la Oficina de Correos, que comenzó a editar sus propias estampillas en 1865, y obtuvo de la Santa Sede la creación de un obispado.

Finalmente, en 1869, Carlos III eliminó los impuestos de bienes personales y mobiliarios, hecho que condujo a una intensa actividad de construcción. Se construyeron durante esta época la Ópera (en 1869), numerosos museos, y la Fundación del Instituto Oceanográfico en 1906. El primer Rally de Montecarlo tuvo lugar en 1911 y el primer Grand Prix automovilístico en 1929.



La Princesa Charlotte, Duquesa de Valentinois y su esposo, Pierre (nacido Conde de Polignac) con sus hijos Rainier y Antoinette (1924)


El príncipe de Mónaco disponía de plenos poderes, siendo pues una monarquía absoluta, hasta la reforma de la Constitución de 1911, que hizo del país una monarquía constitucional. En julio de 1918, se firmó un tratado acordando una protección limitada del principado por parte de Francia. El tratado formó parte del Tratado de Versalles y estableció que la política de Mónaco no podría oponerse a los intereses políticos, militares ni económicos de Francia, resolviendo además la crisis sucesoria de Mónaco. En 1922, el principado perdió su monopolio de los juegos de la Costa Azul.

Durante la Segunda Guerra Mundial se produjo la llegada de tropas italianas, en junio de 1940, estableciendo una administración fascista. Este hecho inquietó sobremanera al príncipe Luis II, pues creía que se produciría una anexión y su posterior destitución. Por ello, se acercó al Gobierno de Vichy, tanto a Pierre Laval como al Mariscal Pétain, a los que pidió, con éxito, ayuda. 
Luego del colapso de Mussolini, Hitler ordenó la invasión de Mónaco por el ejército alemán en septiembre de 1943 y comenzó la deportación nazi de la población judía. René Blum, el prominente judío francés que fundó el Ballet de l’Opera en Monte Carlo, fue arrestado en su casa de París y enviado al campo de deportación Drancy, fuera de París, siendo luego transportado al campo de concentración Auschwitz, donde fue muerto. El colega de Blum, Raoul Gunsbourg, director de la Opéra de Monte Carlo, ayudado por la Resistencia francesa, escapó del arresto y voló a Suiza. El gobierno monegasco fue colaboracionista con los nuevos ocupantes. El principado fue liberado por tropas de Estados Unidos al final de la guerra.


Estampilla conmemorativa de la boda real de 1956


Rainiero III, que gobernó hasta 2005, ascendió al trono luego de la muerte de su abuelo, Luis II, en 1949. El 19 de abril de 1956 Rainiero contrajo matrimonio con la actriz norteamericana Grace Kelly; el evento fue ampliamente televisado y cubierto por la prensa popular, focalizando la atención del mundo sobre el pequeño enclave principesco.

En 1962, una enmienda a la Constitución abolió la pena capital, proveyó el sufragio femenino y estableció una Suprema Corte en Mónaco para garantizar sus libertades fundamentales. En 1993, el principado se convirtió en miembro de las Naciones Unidas, con derecho a voto completo. En 2002, un nuevo tratado entre Francia y Mónaco especificaba que, si no hubiera herederos para continuar la dinastía de los Grimaldi, el principado permanecería como una nación independiente antes que revertir a Francia. La defensa militar de Mónaco, no obstante, es todavía responsabilidad del estado francés.

El 31 de marzo de 2005, el príncipe Rainiero III, demasiado enfermo para continuar con el ejercicio de sus deberes, renunció a ellos a favor de su único hijo varón y heredero, el príncipe Alberto. Rainiero murió el 6 de abril, luego de un reinado de 56 años; su hijo lo sucedió en el trono y fue titulado a partir de entonces Alberto II, Príncipe Soberano de Mónaco.



La familia real

sábado, 28 de abril de 2012

El guardarropa de Charlotte Casiraghi

Tiene porte de princesa, elegancia de princesa, nombre de princesa y vida de princesa. Sin embargo, en los papeles formales, Charlotte Casiraghi no lo es. La hija de Caroline de Mónaco y Stefano Casiraghi es la cuarta en la línea de sucesión al trono monegasco, después de su madre y sus dos hermanos, Andrea y Pierre. Pero en la vida cotidiana poco importa esa formalidad y Charlotte es seguida por la prensa internacional como si fuera portadora de un título real, superando ampliamente a cualquiera de las princesas herederas europeas y ubicándose más cerca del trato mediático que recibía Diana, Princesa de Gales.



Nieta de Grace Kelly e hija de Caroline, Charlotte es la demostración de que la belleza sin dudas se hereda. Por ello y porque su familia es la más fotografiada de Europa, cada uno de sus pasos ha sido registrado en las revistas: su afición por la equitación, su estilo, sus vacaciones, el parecido con su madre, su primer novio, su novio millonario, su nueva relación con el actor de origen judío Gad Elmaleh, quince años mayor que ella. Sin embargo, al contrario que su madre y su tía Stephanie, para la “novia de Europa” –como se conoce a Charlotte- lo natural es no provocar escándalos. Referente de la moda joven –con sus lentes Ray Ban retro con marco rojo, sus tailleurs de Karl Lagerfeld y su set de equitación Gucci-, estudió en la Sorbona de París, es una hábil amazona y con 25 años ha logrado relaciones amorosas duraderas.


Tres generaciones de belleza anglosajona-mediterránea.


Sus rasgos infantiles denunciaban una belleza en potencia.


Las grandes firmas de la moda francesa ya la vestían en su pre-adolescencia.

Lo cierto es que la segunda hija de Caroline de Hannover elige su vestuario desde que cumplió los 7 años y desde los 13 no sale a la calle sin maquillaje. Desde esa época ha creado un estilo propio, desenfadado y, a la vez, elegante. Usa muy pocas joyas, pero a veces lleva brazaletes budistas mezclados con pulseras de plata; gusta de los bolsos y conjuntos de Chanel, le encantan los relojes deportivos y los jeans y camisetas de Armani, Versace y Valentino.


Al mejor estilo Lady Diana en los años 80 y 90, Charlotte Casiraghi es hoy objeto de las cámaras de los paparazzi hasta en tenida casual, por las calles de París o Montecarlo.


La fiesta más emblemática de Mónaco es el Baile de la Rosa, evento benéfico que se celebró por primera vez en 1954 y ha sido una de las piezas claves para rodear al principado de su aura de lujo, derroche y sofisticación. Este acto siempre es presidido por los Grimaldi y Charlotte, flamante ícono de la moda joven, es una pieza exquisita. Izquierda, en la edición 2009. Centro, en 2010. Derecha, en 2011 (de luto por la muerte de la Princesa Antoinette, hermana de Rainiero III).


La noche de su debut formal en sociedad, con apenas 15 años y de la mano de Karl Lagerfeld.


A los 15 años estrenó su primera fiesta de gala en la sociedad parisina, el 5 de diciembre de 2001, en el Hôtel Pozzo di Borgo, durante la premiêre de la nueva colección de perlas de cultivo Princess Grace presentada por el joyero japonés Mikimoto. Karl Lagerfeld diseñó sus pantalones negros y su blusa en forma de túnica y desde entonces ha elegido al Kaiser para la mayoría de sus compromisos públicos y privados. Esto lo ha heredado de su madre, adoradora sin remedio de Chanel desde su propia juventud.


Con la cabeza cubierta por una mantilla española, abandona la Catedral de Mónaco luego del funeral de su abuelo, el Príncipe Rainiero, el 15 de abril de 2005.


Siguiendo el estilo femenino, trendy y sofisticado que caracterizaba a su madre y a su abuela, la joven siempre tiene el conjunto perfecto para cada ocasión. Al asistir a la celebración de gala del centenario de los Ballets Russes en Montecarlo, escogió un diseño de Chanel Haute Couture Otoño-Invierno 2009/2010. Un modelo corto pero con una cola por detrás con doble botonadura forrada en encaje y con hombreras de pedrería.


Para celebrar el 90º aniversario de Vogue, en octubre de 2010, un baile al más puro estilo del Carnaval de Venecia reunió en el Hotel Pozzo di Borgo de París a la crême del mundo de la moda, la noche Eyes Wide Shut. Charlotte acudió con un Chanel que era una especie de kimono oriental en tonos azulones con toques de rojo. Sus accesorios y su peinado demostraron que menos es más.


La hija de Caroline de Hannover no pierde la clase ni en el Grand Prix de Fórmula 1.

Llama la atención que tan tempranamente Charlotte haya mostrado un sentido muy definido de lo adecuado (por ejemplo, sabe qué accesorio escoger para la ocasión) y también un sentido de responsabilidad ante sus obligaciones sociales, desde la presentación de un perfume a una competencia hípica de la talla del Grand Prix d’Amerique, que se celebra en París desde 1920. Esta pasión por la equitación la llevó a ser noticia desde muy pequeña, gracias a su madre. Pero ella demostró talento, empeño y voluntad para ser una buena amazona y ha ganado carreras de salto de obstáculos y también de fondo.


Gucci anunció que su segunda colección ecuestre fue diseñada exclusivamente para Charlotte Casiraghi por la Directora Creativa Frida Giannini. La colección, una moderna mezcla de atavíos técnicos para el show y clásica sofisticación Gucci, vistió a Charlotte a lo largo de su participación en el 2011 Global Champions Tour (Estoril, Chantilly, Valkenswaard, Río de Janeiro y Abu Dhabi).


En la tradicional gala AMADE (Asociación Mundial de los Amigos de la Infancia) en el hotel de París en abril de 2011, Charlotte brilló con un strapless de estampado floral en tonos ocres y sandalias de Yves Saint Laurent a tono.


Charlotte no se pinta el pelo pero usa productos para incrementar su brillo y prefiere llevarlo recogido, tanto para el día como para la noche, dejando la frente despejada. Aquí luce el pequeño velo de encaje que coronaba la tenida Chanel con que asistió a la boda de su tío Albert, el 2 de julio de 2011.


En la fiesta de la boda del Príncipe Albert, deslumbró a propios y extraños con un modelo de vestido y capa de Giambattista Valli Couture. El tono que eligió fue el azul “Princesa Grace”, en honor de su famosa abuela.

Poco sorprende que las marcas top de diseño están desesperadas por vestirla. En sus primeras competencias ecuestres recurría a Dior y Chanel para lucir su estilo, pero luego se inclinó por la firma italiana Gucci. En 2011 Gucci consiguió un gran golpe cuando anunció que la joven monegasca de 25 años había firmado para ser la nueva cara de la marca para su campaña Forever Now. Así, la nieta de Grace Kelly protagonizará durante dos años una serie de sesiones de fotos, de la mano de cuatro de los fotógrafos de moda más importantes del mundo, y en homenaje a los más célebres íconos de la firma.


Miss Casiraghi se ve apoyada en una paca de heno con el pelo suelto y despeinado y un pañuelo atado alrededor de la frente. Su maquillaje es mínimo y sus botas de montar pueden ser vistas en la parte inferior del marco. También lleva una chaqueta color burdeos, camisa negra de cuello alto y johdpurs, todo parte del equipo de montar que Gucci creó exclusivamente para ella para competir.



Charlotte participando en la Competencia Ecuestre Internacional de Lyon, jinete de Carryduff Z (octubre de 2011).


La firma ya había diseñado el uniforme de equitación para la bella monegasca. La directora creativa de Gucci, Frida Giannini, declaró en una entrevista: “A lo largo de los dos últimos años he tenido el placer y el privilegio de conocer a Charlotte a través de nuestra pasión compartida por los caballos. No sólo encarna la belleza y la gracia de la equitación, sino que también es una maravillosa embajadora del deporte. Charlotte personifica el espíritu de Gucci con verdadera elegancia”.

Aunque rara vez los royals encabezan campañas de moda, Miss Casiraghi y el director creativo de Gucci comparten un vínculo especial. Puede decirse que sigue los pasos de una nieta de la reina Elizabeth, Zara Phillips, quien hizo una campaña para la firma británica de ropa ecuestre "Musto" en 2010.


Gucci es actualmente una de las firmas que más elige la niña mimada de Europa.


Apenas aparece en una gala (en este caso con un Chanel rosa palo) e inmediatamente aparecerá en la portada de una revista.


El 24 de febrero de 2012, Miss Casiraghi entregó los trofeos del campeonato internacional de polo en el Desert Palm Hotel de Dubai.


El Cartier International Dubai Polo Challenge es presidido por SAR la Princesa Haya Bint Al Hussein, esposa del jeque Mohammed Bin Rashid Al Maktoum, Vicepresidente y Primer Ministro de los Emiratos Árabes. Es el torneo más celebrado del desierto y uno de los tres que Cartier patrocina cada año, junto con el Royal Cartier International Windsor Polo y el Saint-Moritz Snow Polo.


Fiel a su costumbre de apostar por Chanel para las grandes ocasiones, lo hizo también en marzo de 2012 para el Baile de la Rosa, con un modelo azul pastel de Lagerfeld y su pelo recogido en un elegante moño italiano.

Vogue USA tuvo a Kate Moss para su portada de Septiembre 2011, pero Vogue Paris tuvo a Charlotte. La joven se ve como en casa en la cubierta de la biblia de la moda francesa, lo que derivó la atención pública (por lo menos momentáneamente) de Kate Middleton. Como un aliento de aire fresco, la nieta de Grace Kelly deslumbra en la toma capturada por Mario Testino.

martes, 31 de agosto de 2010

S.A.R. La Princesa Heredera de Mónaco



En la lista anual de las mujeres más elegantes del mundo, el nombre de Caroline de Mónaco se repite una y otra vez. Y es que la hija mayor de la mítica Grace Kelly se caracteriza por su impecable forma de vestir y su acierto al adaptar las últimas tendencias a su estilo. Divorciada del playboy francés Philippe Junot, viuda del multimillonario Stefano Casiraghi, la actual esposa del polémico Ernst de Hannover y princesa heredera de Mónaco luego de la muerte de su padre en 2005 cuida su vestimenta hasta el último detalle. E incluso cualquier complemento es propicio para aportar un toque extra de distinción a su vestuario.


Caroline Louise Marguerite Grimaldi es por nacimiento Princesa de Mónaco y por matrimonio Princesa Titular de Hannover. Es primera en la línea de sucesión al trono monegasco y, de facto, primera dama del Principado desde 1982. Su tratamiento oficial, desde 2005, es Su Alteza Real La Princesa de Hannover, Princesa Heredera de Mónaco.

Según pasan los años...


La elegancia y porte que tiene esta princesa de Mónaco le viene de familia. El estilo, la confianza y la autoestima se nutre en el seno familiar y ella une la sangre de una mujer bellísima que es Grace Kelly y de un hombre de poder que es Rainiero III. En 1973 tuvo lugar su entrada en la vida mundana y frívola de la alta sociedad, en un baile ofrecido en Venecia por la novia de David de Rothschild. Acudió con la mejor introductora en fiestas y “guardaespaldas” que podía conseguir: mamá Grace. Las dos bellezas aparecieron en una góndola como resplandecientes valquirias. Discretamente, la madre indicaba a la hija quién era quién dentro de aquel desfile de vanidades. Y la nueva Venus de la jet set europea comprobaba por primera vez cuán gratificantes eran las miradas de admiración.

Pero este rotundo éxito social solo fue un ensayo general para su debut oficial en el tradicional Baile de la Cruz Roja, su entrada estelar en el gran circo de la frivolidad. Ella fue la encargada de abrir el baile del brazo de su orgulloso padre. Y lo hizo con gran estilo, demostrando que el relevo generacional había llegado para Grace. A partir de ahora debía compartir las imágenes, el éxito y el glamour con hija Caroline. De paso, Mónaco garantizaba que seguiría teniendo una buena relaciones públicas para promocionar el principado.

En su primera juventud era audaz, independiente. El temperamento dinámico y entusiasta de Caroline se avenía muy bien con los deportes, tenía muy definidas sus preferencias en la vida, aunque a veces era algo caprichosa. En los actos oficiales usaba abundantemente los recursos del buen vestir: joyas enormes, telas hermosas, adornos de cabeza, ¡escotes!, demostrando gran sensualidad e interés hacia los dictados de la moda. Exhibía con mucha frecuencia flores en sus manos, en sus cabellos, en los estampados de sus vestidos. Se la veía a menudo en jeans y camisetas pero no renegaba de los grandes modistos para las ocasiones importantes.

Pese a su cómoda posición, Caroline tenía gran preocupación por conservar su ropa. Guardaba y clasificaba sus viejos vestidos, así como sus zapatos, la mayoría de Charles Jourdan. Para los accesorios de noche prefería Bulgari y tenía una debilidad por los aros, porque estimaba que le alargaban el rostro. En cierta ocasión le preguntaron qué era lo que menos le gustaba de su cuerpo y ella contestó que su pelo. A pesar de ello, los cuidados que dedicaba a su cabellera castaña eran los normales en una joven de su edad: se lo lavaba ella misma y se lo enjuagaba con vinagre, “tengo el pelo muy seco y fino, como el de un bebé”. Sólo acudía a su peluquero –y el de toda la realeza- Alexandre para las salidas importantes.


Su primera boda, la de 1978, fue una ceremonia hermosa. Deslumbrada y radiante, Caroline quiso que todo el pueblo de Mónaco participara de sus esponsales. Al aire libre y bajo una capilla improvisada en el patio de honor del palacio, la primogénita de Grace y Rainiero era una Venus inmaculada en su traje de tul blanco de Dior, confeccionado en cinco talleres distintos para proteger el secreto. Su pelo recogido, que evocaba su amor por la danza, estaba adornado con un tocado de flores de naranjo y muguetes a modo de orejeras. La novia y su flamante esposo salieron a caminar por las calles monegascas, como quien pasea por los caminos de su finca, saludando amablemente a todos los súbditos de su señor padre. Y la princesa, madame Junot, brindó sus mejores perfiles a los cazadores de instantáneas, que a partir de entonces no la abandonaron ni a sol ni a sombra.

Luego de su divorcio, dos años después, la prensa seguía empeñada en hacer de ella una figura frívola que solo se preocupaba de la ropa y de su vida social. Las quejas al respecto se convirtieron en auténticos lamentos, en una especie de canto de cisne para oídos sordos: “Cuando empecé a ver esta imagen mía, de princesa, en los medios de comunicación, me dije: ¡No soy yo! Al principio me reía de ello, luego me empezó a herir. Además, como nada es verdad, me da la impresión de que leo la historia de otra persona (…) ¡Un folletín malo!”. Pocos se acordaban que detrás de aquella glamorosa princesa había una joven que hablaba cuatro idiomas, que era licenciada en filosofía con orientación en psicología infantil, que tenía el bachillerato inglés, que estudiaba griego e historia del arte por puro placer y que era también una lectora febril a quien le interesaban todos los géneros literarios.

Caroline siempre se ha dedicado a cuidar su lado culto e intelectual, que los demás le niegan, incluso en su época de esposa y madre feliz. En 1985 inauguró en Mónaco, en la Biblioteca Irlandesa Princesa Grace, un simposio internacional sobre James Joyce, para el cual redactó –¿osadía o seguridad en sí misma?- su propio discurso de apertura que luego leería ante decenas de eruditos en literatura irlandesa. Más tarde, en 1990, cuando sus labores de primera dama de Mónaco eran reconocidas mundialmente, viajó a Asuán para firmar la declaración que iniciaba la reconstrucción de la Biblioteca de Alejandría. Es verdad que se cambió seis veces de vestido en los dos días que duró su visita, pero su discurso, leído en perfecto francés, se asemejaba a una buena combinación literaria entre Milan Kundera y Marguerite Duras, que dejó boquiabiertos a los presentes, incluido el presidente Mitterrand.


Los Grimaldi, prototipos de la aristocracia posmoderna, recibieron en 1982 un terrible golpe: la muerte de Grace. Rainiero explicó con toda claridad y crudeza a sus hijos la necesidad de unirse y hacer frente a un futuro nada esperanzador. Era consciente de que la imagen que ellos cuatro proyectaban al mundo no era la ideal: un viudo envejecido, una caprichosa princesa divorciada, otra princesa menor de edad con síntomas de gran rebeldía y un varón heredero que padecía “alergia” al matrimonio. Ahora le tocaba a Caroline demostrar de lo que era capaz.

La hija mayor pasó a ocupar la presidencia del Festival Internacional de las Artes y de la Fundación Princesa Grace, se hizo cargo de las Guías de Mónaco y del Garden Club y creó la organización “Joven, te escucho”, que funcionaba como servicio telefónico de ayuda a jóvenes con problemas. También se ocupó de organizar una nueva compañía de ballet de Montecarlo, la gran pasión de su infancia. De hecho, se convirtió en la primera dama aunque sin título oficial. En calidad de tal, recibió de manos de su padre la Gran Cruz de San Carlos, la más alta condecoración de Mónaco.




El 29 de diciembre de 1983 volvió a casarse. Esta vez con el multimillonario italiano Stefano Casiraghi, tres años más joven que ella, en una sencilla ceremonia celebrada en la Sala de los Espejos del palacio y no en la Sala del Trono, como marca la tradición y como cabía esperar si la boda hubiese tenido un mayor esplendor. Además de las respectivas familias apenas hubo veintitrés invitados y Marc Bohan le
diseñó un leve vestido de satén color sepia, cruzado, cuyos pliegues disimulaban su embarazo de tres meses. Esta unión fue como un bálsamo para Rainiero, quien aún guardaba luto por su esposa. En rápida sucesión vendrán los hijos Casiraghi: en 1984 Andrea Albert Pierre; en 1986 Charlotte Marie Pomeline y, finalmente, en 1987 nació su tercer hijo, Pierre Rainier Stefano.


A mitad de sus veinte años, la princesa no acostumbraba tener ideas propias o renovadoras en lo que se refiere a la moda. De su madre, eso sí, ha heredado la forma tradicional de vestir en Europa y la costumbre de ser cliente asidua de Dior, Yves St. Laurent y Karl Lagerfeld, de la casa Chloé. En algunas ocasiones accedía a vestir las creaciones de Valentino. Y aunque a la rebelde princesa de Mónaco se le consideraba en el terreno privado “una muchacha algo frívola y orgullosa” era una mujer mucho más sensitiva de lo que se creía. Prueba de ello es haber logrado que su segundo vestido de novia (para casarse con Stefano Casiraghi) fuera diseñado por el mismo modista que creó para ella el modelo que lució en su primera boda: Marc Bohan, de Casa Dior. Naturalmente, la elegancia de Caroline distaba mucho de ser la de Grace, pues se dejaba llevar por muchos caprichos de juventud, pero tenía una elegancia muy personal.


La diferencia más notable entre Grace y Caroline es que la primera jamás fue sorprendida por las cámaras de los fotógrafos sin arreglar o con un atuendo que, por sencillo y casual que fuera, no lograse el debido impacto. Caroline, en cambio, fue fotografiada muchas veces con una indumentaria que rompía por completo la imagen conservadora de una princesa real. Usaba el cabello libre, lo que favorecía su aire ligero y juvenil. A veces se mostraba públicamente despeinada, cargada de paquetes y sin maquillaje, con prendas casuales y zapatos bajos, su atuendo preferido para salir de compras por París. La princesa Grace, por su parte, sabía mantener ¡hasta en su privacidad! la encantadora magia de su posición.

Lo más admirable de Caroline es que para cada evento sabía lucir exactamente la ropa apropiada: el diseño, la línea o el color, serán más o menos acertados… aunque no siempre los más adecuados a su belleza. Sin embargo, no cabe duda de que en ningún momento (sobre todo desde que comenzó a ocuparse de las funciones que estaban a cargo de la fallecida Princesa Grace y hasta hoy) desentona su forma de vestir con la jerarquía del acto a que debe asistir representando a su padre y al principado. Y en esto la ha ayudado muchísimo Marc Bohan, posiblemente el más paciente diseñador del mundo.

Caroline, a pesar de su herencia norteamericana, confesó en muchas ocasiones que no era partidaria de la moda de aquel país. Nolan Miller, el modista de la serie “Dinastía” y el más cotizado durante los ’80 en los Estados Unidos, no le atraía porque “sus vestidos son demasiado recargados. En ningún momento dan la sensación de que la mujer pueda actuar con la debida desenvoltura, que es el secreto de la verdadera elegancia, porque la forma y los adornos de Miller obstaculizan gestos y movimientos…



La belleza meridional de Caroline era una pura expresión de vitalidad, un arrebato de poderío sensual alimentado desde los propios genes. A su lado, Casiraghi era un partenaire desdibujado, sin más patrimonio que su afición deportiva y cierta dosis de romanticismo al uso. Presente junto a la princesa en las ceremonias oficiales o las veladas mundanas, Stefano la dejó ejercer plenamente su papel, manteniéndose siempre detrás de ella y convirtiéndose en su compañero ideal al ofrecerle el equilibrio que ella necesitaba. Su muerte, el 3 de octubre de 1990, víctima de un accidente náutico, la convirtió en una joven y triste princesa viuda con tres hijos pequeños que cuidar. Acudió al funeral de negro riguroso, con un vestido entallado muy por debajo de las rodillas, mantilla española de blonda negra, medias y largos guantes. Caroline usó este tipo de larga y envolvente mantilla, como una especie de escudo protector, en los tres funerales importantes de su vida, el de su madre, el de su esposo y el de su padre.

Después de la muerte de Casiraghi vivió casi dos años de luto. Su primera aparición pública fue el 4 de mayo de 1991, en un concurso internacional de bouquets, donde, siguiendo la costumbre de la casa, eligió la comunicación no verbal. Como si se tratara de una novicia a punto de tomar los hábitos apareció con un impresionante corte de melena, un riguroso traje negro con blusa blanca y unas gafas de sol redondas. Ese cambio de imagen que entristecía su aspecto venía a significar también un cambio de actitud y de vida. Se retiró a vivir a Saint Rémy- de-Provence, lugar en que se paseaba como una campesina más con vestidos de pastorcilla estilo provenzal, estampados con florecitas blancas, que se hicieron famosos por lo sorprendente que resultaba verla con esos atuendos y porque empezaron inmediatamente a venderse en todo el mundo modelos similares. Su plácida existencia allí, en soledad, fue “amenizada” por la compañía el actor francés Vincent Lindon.





En 1999, el día en que cumplía 42 años, vino la boda con Ernst de Hannover, príncipe titular de la Casa de Hannover, Duque de Brunswick y Lünenburg, amigo de toda la vida de la princesa. Este tercer matrimonio fue el más discreto de los que protagonizó Caroline, pese a que el novio es el de mayor rango de sus tres maridos. Si en 1978 todo Mónaco salió a la calle para celebrar la primera boda de su princesa, en esta ocasión sólo hubo en la plaza del palacio Grimaldi un centenar de periodistas apuntando con sus cámaras a unos balcones que permanecieron cerrados. Caroline y Ernst no repitieron ni la salida al balcón que se produjo en 1983, cuando la princesa se casó por segunda vez. La estricta intimidad marcó un enlace que, según algunas fuentes, se precipitó por el estado de buena esperanza de la princesa, quien reincidía en esa costumbre.







Caroline sumaba a su título de Alteza Serenísima el de Alteza Real y formaba parte ahora del grupo de los reales primos de Europa, constituido por los miembros de todas las familias reales. Considerada casi una princesa de opereta de una dinastía de orígenes cuestionados, la hija mayor de Rainiero podrá ahora codearse con los grandes apellidos de la realeza. Sólo una foto oficial en la que puede verse un retrato formal de los novios -ella con traje gris perla, y él, con terno oscuro- demuestra que Caroline es, además de princesa de Mónaco, princesa de Hannover y, por tanto, súbdito de la reina Isabel II, quien había autorizado el enlace como cabeza de la extinta Casa Real de Hannover.


En el cambio de milenio su estilo seguía siendo impecable. Era muy amiga del diseñador Karl Lagerfeld, pero no necesariamente se vestía de Chanel. Siempre con el atuendo adecuado, sin exageraciones, sin artificios. A sus 40 años y del brazo de Ernst de Hannover, Caroline era una reina sin reino, había entrado por la puerta grande en la galería de la realeza milenaria de Europa y sus apariciones ya no se limitaban a una noche de ópera en un teatro de juguete, sino a las grandes veladas de gala en los principales palacios reales.

Al igual que muchas otras reinas o princesas, usa modernos sombreros para destacarse en la multitud. En su armario tienen cabida desde los trajes de noche sofisticados hasta la ropa deportiva, que utiliza cuando practica algunos de sus deportes preferidos como, por ejemplo, la caza y el esquí. También los trajes sastre, que ella utiliza en funciones públicas cuando tiene que verse muy propia, pero nada de una simple falda recta y chaqueta aburrida. Son diseños de alta costura, muy cuidados en el acabado, en los detalles y los adornos.


Parte de su imagen también se la debe a diseñadores importantes como, por ejemplo, Karl Lagerfeld o Jean Paul Gaultier, quienes han contribuido con sus creaciones para resaltar el estilo de primera dama. No está en las tendencias audaces, jamás se verá con fajas o transparencias exageradas. Peina su cabello de manera discreta, por lo regular lo encima del hombro, su maquillaje es natural, sencillo, no es una mujer que marca grandes tendencias de moda, pero sí tiene seguidoras en todo el orbe que quisieran ser como ella dentro de este estilo natural, clásico y real.


Un gusto distinguido que cada vez es más admirado. Quizá su madre, tristemente fallecida en la plenitud de su madurez, sea el modelo en el que Carolina se fije para ser, hoy, a sus 53 años, la dama perfecta. Lo cierto, es que tanto Grace como ella son dos de las mujeres más elegantes de la historia. Ambas tienen ahora en Charlotte –nieta e hija de éstas, respectivamente- a la mejor heredera de su estilo.