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lunes, 23 de enero de 2012

Los ballets de cour y la Ópera Royal

Luis XIV fue nombrado “el gran Rey Sol de Francia” luego de representar a Apolo, el dios griego del Sol y patrono de las artes, en el Ballet de la Nuit que era una alegoría. Su carisma, así como su entusiasmo y admiración hacia el ballet lo caracterizaron. Como en Versailles se vivía en una "existencia teatral", los miembros de la corte personificaban a mitos vivientes en los ballets y luego continuaban comportándose en su vida diaria de acuerdo al molde de su papel, al modo en que su monarca lo hizo con su interpretación de Apolo.

El Rey Sol en el “Ballet de la Nuit”


Ballets de cour es el nombre dado a aquellos ballets, los representados en la corte durante los siglos XVI y XVII. Jean-Baptiste Lully, de origen italiano, es considerado el más importante compositor de la música para estos eventos, que era instrumental. En varias ocasiones éste actuó junto a su monarca, ya que, además de compositor, era a la vez bailarín y violinista. El gusto refinado de Luis XIV atrajo a colaboradores y conocedores del arte de la danza que querían demostrar su talento en el ballet francés. Tanto es así, que hasta el célebre Molière se preocupó de escribir una obra para la danza en colaboración con Lully: Le Bourgeois Gentilhomme ("El burgués gentilhombre"). Durante su servicio bajo el Rey Sol como director de la Académie Royale de Musique, Lully no solo trabajó con Moliére, sino también con Pierre Beauchamp, Philippe Quinault y Mademoiselle De Lafontaine (première danseuse del Paris Opera Ballet) para desarrollar el ballet como una forma artística del mismo nivel que la música acompañante.


El Rey Sol tomaba clases diarias con el maestro Beauchamp y ante el público actuó por primera vez en el ballet de "Cassandre", en 1651, con sólo 13 años de edad. Frecuentemente participaba de los ballets durante el primer período de su reinado, en donde tomaba el rol de las divinidades más majestuosas, como Neptuno, Júpiter y Apolo, ya que así pensaba que debía ser la personalidad de quien ocupara el trono: majestuoso. Beauchamp, superintendent del ballet y director de la Académie Royale de Danse, codificó las cinco posiciones establecidas por Thoinot Arbeau en su Orchesographie de 1588. Enfatizando los aspectos técnicos de la danza, Beauchamp estableció las primeras reglas del ballet técnico, que se vieron por primera vez en L’Europe galante, en 1697.




Frances Yates ha señalado que la influencia italiana en el ballet de cour francés debe mucho a Catherine de Médici, ya en el siglo XVI: “Fue inventado en el contexto de los pasatiempos caballerescos de la corte, por una italiana y una Medici, la Reina Madre. Muchos poetas, artistas, músicos, coreógrafos, contribuyeron al resultado, pero fue ella la inventora, quizá podríamos decir, la productora, la que daba a las damas de su corte entrenamiento para realizar estos ballets en escenas de su elaboración.”


Las Academias Reales


Luis XIV fundó L’Académie Royal de Danse en 1661 y con ello transformó la danza en oficial, aunque no era un arte autónomo aún. Las producciones de la época eran una gran fusión de diferentes artes, y por ello resultaban suntuosas para los espectadores. Años más tarde la Academia se disolvió, aunque dejó su marca para los acontecimientos venideros.


Asimismo el Rey continuó participando como bailarín de ballet hasta 1669, cuando ya con cincuenta años las preocupaciones de estado le consumían todo su tiempo y abandonó la práctica de la danza. Fue en ese mismo año, que Luis XIV fundó L’Académie Royal de Musique, con el nombre de Ópera du Paris, que logró sobrevivir en sus comienzos gracias a la intervención y reorganización de Jean-Baptiste Lully en su dirección musical.


Las Academias formaron parte del absolutismo con sus reglas y orden, promoviendo un status quo del poder y una creatividad conservadora. Se crearon como un modo de otorgarle jerarquía a la corte de Versailles, para envidia de otros reinos y aunque comúnmente se suele destacar a esta época como una etapa de gran apogeo creativo, lo cierto es que el creador tenía tantas limitaciones por parte del poder que sólo podía ser un "súbdito repetidor". Luis XIV pretendía que ningún artista se sometiese a sí mismo sino a la voluntad del Rey, sólo para él creaba y de acuerdo a sus gustos y condiciones.

La innovación del escenario

Es allí cuando, a través de la instrucción sobre la danza y la consecutiva evolución técnica de sus intérpretes, se produce la caída del ballet de cour y pasa a transformarse en espectáculo público. Se pasó a los escenarios teatrales en lugar del uso de los salones para los espectáculos, donde la danza podía ahora ser vista por otros que no participaban de los bailes, en contraposición con lo que ocurría anteriormente en los salones donde los que observaban también bailaban.


Gracias a la perspectiva frontal y la importancia del centro del escenario, las coreografías se modificaron destacando el cuerpo de los bailarines y los movimientos del conjunto, a la vez que comenzó a utilizarse el en dehors.




La grandiosidad de la vida en la Corte era también representada en los bailes, ya que estos eran muy coreografiados y por demás ostentosos. Para cada ballet trabajaba mucha cantidad de gente, además de los bailarines, que intervenían en el aspecto creativo de escenografías, ornamentos y vestuario. Los trajes de los bailarines eran parecidos a los de los oficiales romanos pero modernizados bajo el punto de vista del siglo XVIII. Las bailarinas usaban largas polleras y ceñidos corpiños que impedían el libre movimiento y la buena respiración. Se comenzó a utilizar tacos para bailar, lo que modificó el eje corporal de los intérpretes.


Los bailarines y figurantes eran sólo hombres y para la representación de los papeles femeninos se solicitaba la participación de los muchachos más jóvenes. A partir de 1681, Luis XIV introduce en los espectáculos a mujeres verdaderas. Lully hace participar por primera vez a mujeres profesionales en el ballet "Le Triumphe de l’Amour", realizado en la corte con actuación de las damas más distinguidas en 1681. Más adelante en la historia L’Académie de Musique presentó en este ballet a cuatro de sus primeras bailarinas, destacándose Mademoiselle De Lafontaine, quien se convirtió en la primera première danseuse del ballet clásico.



Personaje de Alceste

Los ballets de cour se convirtieron en la comédie-ballet y luego en la opéra-ballet a lo largo del siglo XVIII. Esta era una forma completamente operática que incluía ballet como una prominente participación de la representación. Les Indes Galantes, de Jean-Philippe Rameau (1735) es considerado el trabajo que signó la diferencia de la danza social (ballroom) y el ballet.


La Ilustración y el teatro


Durante la Ilustración, el teatro se convirtió en un lugar donde las ideas políticas y sociales se consideraban y los mitos y supersticiones se pusieron a prueba. A medida que más pensadores de la Ilustración empezaron a cuestionar los dogmas de la religión, muchos ciudadanos del siglo XVIII comenzaron a reemplazar el púlpito con el escenario, y miraban al teatro para su instrucción moral, así como entretenimiento. La nobleza tenía mucho que ver con el resurgimiento del teatro durante este tiempo.


El teatro cortesano, que comenzó a alcanzar esplendor en el siglo XVII, se caracterizaba por la espectacularidad visual y auditiva, muy costosa, coherente con los temas y con el embellecimiento de esa rama del arte. Maquinaria, efectos escénicos, bastidores, perspectiva, vestuario, todo conseguía el buscado efecto de fiesta y regocijo para los sentidos. Para ello colaboraban importantes escenógrafos, arquitectos, pintores y los propios dramaturgos.


Armide en Versailles

Las cortes y las familias nobles más poderosas de Europa edificaron teatros privados en sus palacios y castillos. En Madrid en 1640 surgió el Coliseo del Buen Retiro, en el Palacio del mismo nombre, que, entre otras, va a ser testigo de esplendorosas representaciones de Calderón de la Barca. Junto a las habitaciones para huéspedes y la sala de fiestas, el Palacio Nuevo en el parque Sanssouci en Potsdam, posee una joya: un teatro de 226 plazas que Federico el Grande hizo instalar en el ala sur. El palacio Friedenstein en Gotha no sólo es la construcción más grande del barroco temprano en toda Alemania, tiene también su magnífico teatro barroco , que data de 1681. El Palacio Drottningholm, residencia de la familia real de Suecia, obtuvo en 1766 el Teatro de la Corte. El Palacio Yusupov, en el malecón del rio Moika, alberga un magnifico teatro privado que se ve como una miniatura del Teatro Mariinsky.


El modelo de la mayoría de los palacios de la época, Versailles, también tuvo su teatro propio: la Ópera Royal. Luis XIV trasladó su corte de la capital a Versailles, aspirando a obtener un mayor control del gobierno. La Ópera, que fue construida para Luis XV, sin embargo, no se construyó hasta más tarde. Diseñada por Ange-Jacques Gabriel, con una decoración interior por Agustín Pajou, la Ópera se sitúa en el extremo norte de la Aile des nobles; fue construida totalmente en madera y pintada para parecerse a mármol en una técnica conocida como falso mármol. Algunas partes del edificio, como el loge du roi y el boudoir du roi, representan algunas de las primeras expresiones de lo que se conoce como el estilo Luis XVI.


Interior de la tribuna real de la Ópera


Salas temporales


Durante los primeros años del reinado de Luis XIV, los teatros eran a menudo estructuras temporales, construidas para un evento en particular y destruidas después de su uso. El primer teatro de este tipo fue construido para la fiesta Plaisirs de l'Île enchantée, que se celebró en 1664. En el área oeste de lo que hoy es el Bassin d'Apollon, un teatro temporal fue construido en el que Molière representó su Princesse d'Élide el 8 de mayo. Durante esta fête un teatro adicional fue erigido en el interior del château para la presentación de otras tres obras por Molière: Les Fâcheux, Le Mariage Forcé y Tartuffe, que se estrenó de forma incompleta, aunque contenciosa. Ninguno de estos teatros sobrevivió a esta fiesta.

El Grand Divertissement real de 1668, que celebró el fin de la Guerra de Devolución, fue testigo de la construcción de un lujoso teatro temporal en los jardines sobre el sitio de la futura Bassin de Bacchus. Construido de cartón piedra, que fue dorado o pintado para parecerse a mármol y lapislázuli, el teatro albergaba 1.200 espectadores sentados, que asistieron al debut de George Dandinel de Molière el 18 de julio de 1668. Al igual que con el Plaisirs de l'Île enchantée, este teatro fue destruido poco después del final de la fête.


Plaisirs de l'Île enchantée



La tercera fiesta o, más exactamente, una serie de seis fiestas -Les Divertissments de Versailles- se llevaron a cabo en julio y agosto de 1674 para celebrar la segunda conquista del Franco Condado. La fête incluyó una serie de producciones teatrales que se pusieron en escena a lo largo del parque en teatros temporales. El 4 de julio, el Alceste de Lully se representó en el Cour de Marbre; el 11 de julio, L'Églogue de Versailles de Quinault cerca del Trianon de Porcelaine; ocho días después, la Grotte de Thétys sirvió de escenario para Le Malade Imaginaire de Molière y la obra Iphigénie de Racine debutó el 18 de agosto en un teatro construido en la Orangerie.


Pequeñas salas


A pesar de la necesidad de un teatro permanente en Versailles, no sería hasta 1681 que una estructura permanente sería construida. En ese año, el Comptes des Bâtiments du Roi registra pagos para un teatro que fue construido en la planta baja del castillo entre los corps de logis y el Aile de Midi. El interior del teatro - conocido como la Salle de la Comédie - contiene un semicírculo de asientos con palcos establecidos en las paredes laterales. Sobre la pared sur, colindante con la pared de la Escalier des Princes, estaba la tribuna real, que contenía un palco central octogonal y dos palcos más pequeños a cada lado. La salle de la Comédie funcionaría como un teatro de facto permanente en Versailles hasta 1769, cuando fue destruida con el fin de proporcionar acceso directo a los jardines desde la Cour Royale.



Première de La Princesse de Navarre, de Rameau, el 23 de febrero de 1745.



En 1688, Luis XIV ordenó la construcción de un pequeño teatro en el ala norte del Grand Trianon. Esta estructura fue destruida en 1703 para dar cabida a un nuevo apartamento para el rey.


Debido a que la salle de la Comédie fue diseñada para obras de teatro, Versailles carecía de un lugar en el que las producciones más elaboradas pudieran ser representadas. Para las grandes producciones se utilizaba la Grand Manège (el picadero cubierto) en el Gran Écurie, pero el espacio tenía sus limitaciones. En 1685, Luis XIV aprobó los planes para la construcción de un teatro permanente más grande que permitiría poner en escena espectáculos más elaborados, tales como pièces à machines.


Las pièces à machines eran presentaciones teatrales usando ballet, ópera y efectos especiales de puesta en escena que requerían una construcción donde acomodar la complicada maquinaria utilizada en la producción de estas obras. La Salle des Machines del Palacio de las Tullerías en París, diseñado por Carlo Vigarani, era el más cercano a Versailles. Sin embargo, con Luis XIV que no gustaba de París -en gran parte debido a su huida de las Tullerías en 1651- y su creciente deseo de mantener su corte en Versailles, el rey aprobó la erección de un teatro con un plan más grandioso que el de las Tullerías.


La construcción fue prevista para el extremo norte de la Aile des Nobles, y ya estaba en marcha cuando la Guerra de la Liga de Augsburgo, que comenzó en 1688, detuvo la construcción de forma permanente. No sería hasta el reinado de Luis XV, que la construcción en este sitio se reanudaría.



Alceste, de Lully (Versailles, 1674)



Regreso a teatros temporales y conversiones


Con el regreso de la corte a Versailles en 1722, los espacios utilizados por Luis XIV fueron de nuevo puestos en servicio para las necesidades de la corte. En 1729, como parte de las festividades para celebrar el nacimiento del delfín, un teatro temporal fue construido en la Cour de Marbre. La salle de la Comédie y la Manège de la Grand Écurie se siguieron utilizando como lo habían hecho durante el reinado de Luis XIV.


Sin embargo, debido a la propensión de Luis XV hacia un teatro más íntimo, fue creada una serie de salas temporales conocidas como los théâtres des cabinets. Estos teatros eran generalmente construidos en una de las habitaciones del petit appartement du roi, siendo usada frecuentemente la petite gallerie a partir de 1746. En 1748, la Escalier des ambassadeurs se convirtió en un teatro, en el que la Marquesa de Pompadour organizó y actuó en una serie de obras. Dos años más tarde, el teatro fue desmantelado cuando la Escalera fue destruida para la construcción del apartamento de Madame Adélaïde.


Plenamente consciente de la necesidad de un teatro más grande y más permanente, ya en la década de 1740 Luis XV consideró seriamente la reactivación de los planes de Luis XIV para construir una sala de espectáculos en el extremo norte del Ala de los Nobles. Sin embargo, debido a la Guerra de Siete Años, la construcción no comenzaría sino hasta casi 20 años después, en 1763.



La Marquesa de Pompadour y el Vizconde de Rohan actuando en la ópera Acis et Galatee, en el Thèâtre des Petites Cabinets (10 de febrero de 1749).



El diseño del arquitecto Gabriel para la Ópera fue excepcional en su época, ya que presentó un plan de óvalo. Como medida de economía, el piso del nivel de la orquesta puede ser elevado al nivel del escenario, es decir, duplica el espacio. La transición desde el auditorio al escenario es guiada por la introducción de un orden gigante de columnas corintias, con una cornisa de entablamento jónico. Rompiendo con los teatros de tradicional estilo italiano, dos balconadas delinean la sala, coronadas por una columnata amplia que parece extenderse hacia el infinito gracias a un juego de espejos. Estaba previsto que la Ópera debería servir no sólo como un teatro, sino como sala de baile o de banquetes.

Abrió sus puertas el 16 de mayo de 1770, con la representación de Persée, de Lully - escrito en 1682, el año en que Luis XIV se mudó al palacio -, en celebración del matrimonio del Delfín - el futuro Luis XVI – con María Antonieta.


El 1 de octubre de 1789 los Gardes du Corps du roi celebraron allí un banquete para dar la bienvenida al Regimiento de Flandes, que acababa de llegar para reforzar la protección de la familia real en contra de los rumores revolucionarios que se escuchaban en París. En este banquete, Luis XVI, María Antonieta y el Delfín recibieron la promesa de lealtad de los guardias. El periodista revolucionario Jean-Paul Marat describe el banquete como una orgía contrarrevolucionaria, con los soldados arrancando las escarapelas azul-blanco-rojo que llevaban puestas y sustituyéndolas por las blancas, el color que simbolizaba la monarquía Borbón. En verdad, no hay evidencia de este acto y los testigos reales y asistentes, como la dama de alcoba de la reina, Madame Campan, no registraron la destrucción de escarapelas. Este fue el último evento celebrado en la Ópera durante el Antiguo Régimen.



Inauguración de la Ópera, 16 de mayo de 1770



A pesar de la excelente acústica y el despliegue de opulencia, la Ópera no fue de uso frecuente durante el reinado de Luis XVI, en gran parte por razones de coste. Sin embargo, para aquellas ocasiones en que la Ópera se utilizaba, se convertían en los acontecimientos del momento. Algunos de los usos más memorables de la Ópera durante el reinado de Luis XVI fueron:


* El de 5 de mayo de 1777, recreación de Castor et Pollux, de Jean-Philippe Rameau, para la visita del emperador José II, hermano de María Antonieta;

* El 29 de mayo 1782, recreación de la ópera Iphigénie en Aulide, de Christoph Willibald Glück y el ballet Ninette à la Cour, de Maximilien Gardel;

* El 8 de junio de 1782, baile de trajes en honor del conde y la condesa du Nord, el Gran Duque Pablo y la Gran Duquesa María Feodorovna de Rusia, que viajaban de incógnito.

* El 14 de junio de 1784, recreación de Armide, de Glück, para la visita de Gustavo III de Suecia.



La Ópera Royal recibe a la reina Victoria durante el Segundo Imperio (1855)

domingo, 11 de septiembre de 2011

El Gran Vatel


Luis II, 4º príncipe de Condé, vivió entre 1621 y 1686; sesenta y cinco años de fructífera y agitada vida, de los cuales más de veinte estuvo al mando de las tropas francesas. En 1643, a las órdenes del general Enrique de Turena, derrotó a los muy bravos tercios españoles en Rocroi, durante la larga guerra de los Treinta Años y tuvo otras brillantes victorias, como la de Friburgo (1644), Nordilingen (1645) y Lens (1648). La lista de sus méritos militares es larga.

El noble Condé era rico, pero aparentaba más de lo que tenía, teniendo su hogar en el impresionante castillo de Chantilly en el Valle de l’Oise, cerca de París y entre otros detalles, por tener a su servicio al mejor, al más codiciado y fiel de los servidores. Administrador, anfitrión y cocinero: François Vatel.

Fritz Karl Watel era el maestro de ceremonias y festejos en el Castillo de Chantilly, residencia oficial del Gran Condé en Francia. Era reconocido con el sobrenombre de “El Gran Vatel” y repetía que para ser un buen cocinero se requerían condiciones especiales, actitud y devoción, que exigía religiosamente a sus numerosos ayudantes. Llevaba el título de mejor cocinero de Francia con una cierta altivez, luchando en su interior con una fuerte timidez de nacimiento. Le gustaba recibir la admiración del propio rey Luis XIV y de la reina María Teresa, pero la fama le ocasionaba emociones encontradas que guardaba muy en su interior.

En 1653, a la edad de veintidós años, había sido contratado como pinche de cocina en el palacio de Vaux-le-Vicomte, en fase de construcción por el marqués Nicolas Fouquet, que sería nombrado ese mismo año Superintendente de Finanzas por el cardenal Mazarino, regente del todavía menor de edad Luis XIV. Activo y dotado para la organización, Vatel fue rápidamente nombrado «maestro de ceremonias» de Fouquet.


El 17 de agosto de 1661, el Superintendente invita al rey Luis, de veintitrés años de edad, junto a la reina madre Ana de Austria y toda la corte, a celebrar la inauguración de Vaux-le-Vicomte. Vatel, como maestro de ceremonias de su señor, organiza una grandiosa fiesta, seguida de una cena de ochenta platos, treinta mesas de buffet y cinco servicios de faisanes, codornices, perdices… todo servido en una vajilla de oro macizo creada expresamente para la familia real junto a otra de plata para el resto de la corte. Ochenta y cuatro violines interpretaron obras de Jean-Baptiste Lully, compositor favorito del rey, entre las cuales se escenificó Les Fâcheux, una comedia-ballet fruto de la colaboración entre Molière y Lully, compuesta para la ocasión.

El 5 de septiembre de ese mismo año, una supuesta afrenta personal finaliza con el arresto de Fouquet por el teniente mosquetero D'Artagnan por orden del rey tras un consejo en Nantes, acusado de malversación de fondos por su celoso rival Jean-Baptiste Colbert, que ocupará su cargo. La condena de destierro es agravada con reclusión perpetua en la fortaleza de Pignerol.



François Vatel ignora que el rey desea requisar el personal de servicio de Fouquet para su nuevo palacio de Versalles; aun así huye a exiliarse en Inglaterra por temor a ser también detenido. Conoce a Gourville, un amigo de Fouquet con el que se reencuentra en Flandes, donde éste convence al príncipe Luis II de Borbón-Condé, el Gran Condé, de que contrate a Vatel para su castillo de Chantilly.

En 1663, François Vatel es nombrado «contrôleur général de la Bouche» del Gran Condé, es decir, es el encargado de la organización, de las compras, del abastecimiento y de todo aquello que corresponde a «la boca» de palacio. El 21 de abril de 1671, tras muchos años de espera y de importantes trabajos de renovación de su palacio, el Príncipe de Condé, caído en desgracia después de haber participado en la rebelión nobiliaria de la Fronda contra Luis XIV y al borde de la ruina, invita al rey y a toda su corte de Versalles.

La cumbre de su carrera profesional sería alcanzada durante esa publicitada fiesta, para tres mil convidados. Una gran fiesta de tres días y tres noches, de la noche del jueves a la del sábado, incluyendo sus respectivos banquetes. Encargo más complicado y difícil... ¡Imposible!

El Gran Condé


Y sobre todo porque el príncipe de Condé pensaba conseguir gran provecho de su inversión, en lo político y en lo económico, para lo cual tenía que seducir al rey –al igual que hizo Fouquet- y escenificar esta reconciliación estratégica con toda la corte. Esta recepción, que el mismo monarca había sugerido y que llegaría a costar 50.000 escudos reales, debería marcar por completo el retorno en gracia y el perdón de Luis XIV para poder ofrecerle su ejército personal, el más temido del reino, en la guerra contra Holanda y así colmar sus arcas. El destino de la Casa de Condé dependía en gran parte del éxito que alcanzaran los festejos, por lo que recae toda su responsabilidad sobre su ingenioso maestro de ceremonias, quien tan sólo tiene quince días para preparar los elaborados menús y sus grandiosas puestas en escena.

Para la minuciosa organización de ese colosal y frívolo espectáculo en Chantilly se empleó un ejército de profesionales, todos al mando del Gran Vatel. Estricto programa de actividades, planos de ubicación en los salones, distribución de las habitaciones según el rango y sobre todo para la conveniencia sensual de los cientos de amantes que desearían cercanía y discreción. Un menú diferente para cada uno de los cinco servicios diarios. La adecuación de las cocinas y los almacenes, la coordinación con los proveedores, el entrenamiento a los servidores, planificación, administración, control, es decir, de 18 a 20 horas diarias, jornada a jornada y Vatel llegaba a la estricta concentración para su único objetivo: el éxito absoluto.


La obsesión inundaba los ambientes y crecía, cada día, cada hora, con la multiplicación de problemas por resolver, pequeños, medianos, imposibles y a medida que avanzaba el calendario, Vatel iba perdiendo peso, pues literalmente no tenía tiempo ni para comer. A esta montaña de presión se sumaban los pedidos del príncipe de Condé, primero amables, casi suplicantes y que luego se fueron convirtiendo en veladas amenazas, luego directas y violentas.


Por otro lado llegaba un caudal inacabable de caprichos reales, misivas-órdenes de todo tipo, directamente desde Versalles, indicando “detalles extravagantes” sobre sabores, colores, flores, surtouts (centros de mesa), perfumes, vinos, juegos temáticos, espectáculos teatrales: esto sí y lo otro no y lo de más allá tampoco. El Rey Sol era una máquina de pedidos diarios, contradictorios, absurdos, es decir, de todo para hacer picadillo el hígado del personaje de la más santa paciencia.

El Príncipe de Condé cedería sus aposentos al Rey, se habilitarían salas en el château para alojar a los principales miembros de la Corte y sería necesario preparar adecuadamente las mansiones del pueblo de Chantilly para albergar al resto de invitados. Todos los preparativos correrían económicamente a cargo del príncipe, por lo que Vatel debía hacer lo imposible para surtir el castillo de las viandas necesarias, cristalería, vajilla, cubertería y todos los elementos para satisfacer a la refinada corte francesa.

Días antes del magno evento llegó al efervescente Chantilly una comitiva real, formada por nobles de Versalles, para verificar y sugerir detalles de último momento, y en el centro de esa delegación brillaba como el lucero del alba la futura favorita del rey, Françoise Athénaïs de Rochechouart de Mortemart, marquesa de Montespan, más conocida como Madame de Montespan. Nacida en una de las más antiguas familias nobles de Francia -la Casa de Rochechouart-, Madame de Montespan sería llamada la verdadera Reina de Francia durante su relación romántica con Luis XIV, debido a la persuasión de su influencia en la corte.



Ese poder de persuasión y sus mil ardides diferentes para seducir cogieron al interesante, profundo y extraño hombre encargado de la organización que apenas había reparado en ella con las defensas bajas por el cansancio y la preocupación. En menos de lo que canta un gallo estaba rendido ante los encantos de tan singular dama.

La inmensa carga de trabajo, los problemas por resolver, las palpitantes preocupaciones, dudas, temores y angustias quedaron atrás frente a la pura pasión de esa noche de verano. Cuando Vatel despertó de ese torbellino maravilloso estaba feliz y exhausto. Los mil relojes del castillo de Chantilly lo devolvieron a la realidad: al día siguiente comenzaba la fiesta. Saltó del tibio lecho de rosas de la bella como un resorte y ya estaba dando órdenes a discreción, sin parar y a una velocidad creciente, todo debía quedar a la perfección. De vez en cuando sentía en la comisura de sus labios restos de ambrosía, que lo mareaba. Hacía una pausa, recobraba el aliento y seguía en su febril actividad.


No había tenido tiempo de evaluar sus actos, su debut como seductor. ¡Nadie lo hubiera imaginado! Por supuesto, ni siquiera se le ocurrió pensar que su atormentada y plebeya cabeza correría peligro de quedar en su sitio si alguno de los Luises de su entorno o el poderoso ministro Lauzun se enteraban de aquella loca pero deliciosa aventura.

Fanfarrias de trompetas, serpentinas, desfiles de comparsas. Nunca la alfombra roja estuvo tan transitada con la llegada de un rey y su bulliciosa corte. De esta manera se inició el largo programa de actividades, los juegos, las comidas, los amoríos... todo discurría como un torrente, más o menos organizado, previsible, controlable. El gran Vatel, siempre ocupado, presuroso, nervioso, apenas tenía tiempo para intercambiar una mirada lejana con la Montespan. El chef añorante reclamaba con urgencia un pronto y nuevo encuentro amoroso, sentía que necesitaba ese néctar de vida para frenar ese corazón desbocado que amenazaba con estallar de pasión.

Pero la cruda realidad golpea la vida de un plebeyo enamorado de una aristócrata. El pretexto histórico fue la demora del proveedor en la entrega del pescado, plato principal del tercer día de la fiesta inolvidable, pero este hecho que reseña el mito realmente fue solo el guijarro que se suelta de la cima de una montaña, casi por descuido, involuntario, y que poco a poco va tomando fuerza y velocidad en su caída cuesta abajo, llamando a gritos a otros compañeros de infortunio, de triste realidad. Ecos sordos de incomprensión de los azares del destino inundaron el ambiente, de pronto ya nada tenía sentido y del fondo de su alma brotó una luz muy intensa. Por primera vez en su vida lo veía todo claro, transparente, nítido.





Era un gran estúpido al pensar siquiera por un momento que esa estrella fugaz fuera una posibilidad para él. Era un absurdo imaginar que el gran Vatel pudiera competir en amoríos nada menos que con el Rey Sol. Se sintió decepcionado, pequeño, ridículo, corriendo de aquí para allá para satisfacer todo tipo de pedidos. Se le retorció el alma, ya nada tenía sentido y tras una voluta de desesperanza y en medio de una desolación absoluta desapareció. Era la tarde del sábado 25 de abril de 1671.

Recién ahora, a las luces de la ciencia y con amplio conocimiento sobre los extraños comportamientos causados por el estrés y la depresión, comprendemos qué llevó al gran Vatel a ir pausadamente a sus aposentos, coger su afilada espada y partirse el corazón. Podría haber escogido un buen veneno o clavar la resplandeciente hoja en su estómago, pero como respetuoso amante de los placeres gastronómicos, jamás consideró estas opciones. De acuerdo con algunas versiones de la historia, su cuerpo fue encontrado por un ayudante que fue a avisarle que el pescado había llegado.

El príncipe de Condé lo maldijo diciendo que lo “mataría” por esa insensatez de abandonarlo en el último día de la fiesta. Al final, los rodaballos, muy apreciados por la alta sociedad francesa de la época, llegaron y fue Gourville, Intendente del Príncipe de Condé quien ocupó el lugar del Gran Vatel. Para el rey y sus cortesanos, el suicidio de Vatel fue una anécdota más en la larga lista de temas de sobremesa.




Es probable que él no hubiese inventado la crema batida para esta ocasión y que fuese conocida tiempo antes del banquete, pero el drama y la subsecuente descripción de la comida por parte de los comensales ayudaron a popularizar la crema batida para el uso de los postres.


Vatel para la posteridad

Aunque haya pasado a la posteridad por ser el creador de la Crême Chantilly -de la Mantequilla Colbert (mantequilla maître d'hotel con glace de carne), del Arroz Condé (pastel de arroz moldeado) y del Puré Condé (puré de frijoles rojos)-, el ingenio de Vatel como maître es indiscutible en la historia de la gastronomía francesa.

Ejerció en el periodo que sigue a la publicación en 1650 de El cocinero francés, por François Pierre de La Varenne, libro que marca los inicios de la alta cocina francesa. A lo largo de los veinte años siguientes, Vatel sentó las bases de un protocolo gastronómico que estuviese a la altura de tan refinado arte culinario. No sólo elegía los menús, organizaba el avituallamiento y vigilaba la elaboración de los platos, también decidía la disposición y la decoración de las mesas y de los salones, orquestaba las tareas del personal de servicio y escogía los divertimientos para los comensales. Su fuerte era la creatividad estética, mediante asombrosas presentaciones con fuego, agua o hielo compitiendo con refinados sabores, aromas y colores. Vatel fue, ante todo, un maestro de ceremonias innovador en el arte de agasajar.


lunes, 20 de diciembre de 2010

Duelo de perlas ilustres

Con frecuencia, en el ambiente de la joyería internacional, se han confundido dos perlas que son verdaderas bellezas nacaradas e ilustres, la PELEGRINA y la PEREGRINA, confusión debida no sólo por la similitud de sus nombres, sino también por su singular y complicada historia.

La apariencia de las dos perlas es muy distinta. La PEREGRINA casi es el doble que la PELEGRINA en tamaño y en peso. Por eso ha sido más famosa la primera. También la forma es diferente: la PEREGRINA tiene forma de lágrima y la PELEGRINA de concha oval.


La PELEGRINA

El nombre de "PELEGRINA" parece haber sido utilizado para referirse al menos a dos perlas naturales de diferentes formas, tamaños, origen e historia. Una, que se cree de origen sudamericano, con una historia de más de 350 años, tiene forma de pera y un peso de 133,16 granos. Otra, que se originó a principios del siglo XX, con una forma esférica y un peso menor de 111.5 granos.

Aparte de la confusión causada por la existencia de dos perlas diferentes del mismo nombre, la aparición de una perla totalmente distinta de 203,84 granos de peso y de nombre "PEREGRINA", la cual fonéticamente se asemeja al nombre anterior, habría dado lugar a una confusión considerable entre los historiadores de gemas.

La palabra en español "peregrina" significa "errante". La palabra "pelegrina" ha sido traducida por los historiadores de gemas como "incomparable", pero no hay tal palabra en el idioma español que tenga este significado. Parece que la palabra "pelegrina" habría sido deliberadamente creada para rimar con la palabra "peregrina", y sigue teniendo el significado de "peregrino o errante", pero muestra una diferencia con el nombre original, ya que se refiere a una perla totalmente distinta con un peso de casi 70 granos menos que la original PELEGRINA.

La antigua PELEGRINA es una perla natural blanca con forma de pera, con brillo plateado de alta calidad y un peso de 133,16 granos. Esta piedra, sin duda, tiene todas las características deseables en los siete factores de valor GIA de una perla: tamaño, forma, color, brillo, calidad superficial, calidad de nácar y valor de venta.




La PELEGRINA fue parte de las Joyas de la Corona española, siendo otorgada por el rey Felipe IV a su hija María Teresa cuando ésta casó con Luis XIV de Francia en 1660. No se sabe exactamente cuándo la perla entró en la Joyas de la Corona de España, pero podría ser cualquier momento entre el siglo XVI, cuando las perlas fueron descubiertas por primera vez en las colonias españolas del Nuevo Mundo, y mediados del siglo XVII. Así, el origen de la perla podría ser cualquiera de las principales zonas productoras de perlas del Nuevo Mundo durante ese período, tales como las zonas costeras del Archipiélago de las Perlas en el Golfo de Panamá, las zonas costeras de Venezuela y las islas del Caribe.

Cuando el Rey Felipe IV asistió a las ceremonias por la boda de Luis XIV con su hija, se hizo presente en la Corte de Francia con otra famosa piedra de la Corona española, como un adorno de sombrero. Esta joya era nada menos que la perla de 223,8 granos en forma de pera llamada “PEREGRINA”, que tenía una procedencia más antigua que la PELEGRINA. La paz de los Pirineos y el matrimonio español establecieron al rey Luis XIV como el monarca más poderoso de Europa.

Luego de 23 años de reinado como consorte del Rey Sol, María Teresa murió en 1683, y el destino de la perla PELEGRINA después de su muerte y hasta que reapareció de nuevo en San Petersburgo en 1826, es incierto.

Una de las posibilidades indica que María Teresa habría legado la perla a su único hijo sobreviviente Le Grand Dauphin, Luis de Francia. A partir de él habría sido heredada a cada hijo primogénito convirtiéndose así en una joya de la corona de Francia y tal vez por esta vía llegara a manos de Luis XVI, el último de los monarcas Borbones, ejecutado durante la Revolución Francesa. Durante los disturbios de la Revolución el 17 de septiembre de 1792, seis hombres irrumpieron en la Garde Meuble, el erario público que albergaba las joyas de la corona y robaron algunas piezas importantes de joyería como el Diamante Sancy, el Azul Tavernier y el Regente. Tal vez podría haber estado La PELEGRINA, que nunca se recuperó como el diamante Tavernier, y más tarde reapareció después de la expiración de 20 años, el plazo de prescripción para el delito. El Tavernier reapareció en Londres en septiembre de 1812, exactamente 20 años después del robo. La PELEGRINA por otro lado apareció en San Petersburgo, Rusia, en 1826, mucho después del plazo fijado en el estatuto de limitaciones y fue adquirida por la fabulosamente rica princesa Tatiana Youssoupov (Yusupov).

Si la perla hubiera sido parte de las Joyas de la Corona y hubiera tenido la suerte de escapar de las convulsiones de la Revolución Francesa, habría, sin duda, aparecido en las subastas públicas de las joyas en mayo de 1887, en una decisión adoptada por el Parlamento de la 3ª República. Pero, desde que la perla reapareció en 1826 en Rusia, era altamente improbable que éste hubiera sido el caso. En cualquier caso, no existe ningún documento que confirme que esta piedra haya existido entre las Joyas de la Corona francesa.

Otra posibilidad habría sido que la perla fuera heredada por Felipe, duque de Anjou (1683-1746), el segundo hijo del Gran Delfín, quien posteriormente se convirtió en el Rey de España como Felipe V. Si este fuera el caso la PELEGRINA habría vuelto a formar parte de las Joyas de la Corona de España durante este período y más tarde encontraría su camino a San Petersburgo, Rusia. Sin embargo, no hay pruebas documentales para demostrar que La Pelegrina alguna vez volviera a entrar en la Joyas de la Corona española.

La Pelegrina llega a la familia Yussupov en 1826

La Princesa Tatiana Vasillieva (1769-1841) se casó con el príncipe Nikolai Borisovich Yussupov en 1793. El príncipe Yussupov, Senador, Ministro de las Propiedades Estatales y Director de los Teatros Imperiales, era también mecenas de las artes, hablaba cinco idiomas y había servido bajo tres soberanos, Catalina la Grande, Pablo I y Alejandro I, como consejero privado y diplomático.El príncipe Nikolai y la princesa Tatiana tenían un gusto apasionado por la joyería y adquirieron una colección que se hizo famosa. Ella adquirió el diamante redondo de talla brillante llamado “Estrella Polar”, de 40 quilates, y también varios aderezos procedentes de las Coronas de Francia y Nápoles. En 1826 también adquirió la perla PELEGRINA de Felipe IV de España.

Después de la muerte de la princesa Tatiana en 1841, La Pelegrina fue heredada por el príncipe Boris y su esposa Zenaida Ivanova Narishkina. En 1849 el príncipe Boris fue sucedido por su único hijo, el príncipe Nikolai Borisovich Yussupov, quien también heredó la perla. El príncipe, Mariscal de la Corte Imperial, también fue un mecenas de las artes y un coleccionista y gran conocedor de joyas. Tiene fama de haber adquirido una gran colección de joyería, que incluía el famoso diamante gris azulado de 35,27 quilates, el “Sultán de Marruecos”. En el siglo XIX, la familia Yussupov poseía una de las tres colecciones de joyas más importantes del mundo, junto con la de los reyes de Inglaterra y la del Sha de Persia. Durante sus viajes por Europa el príncipe Nikolai compró un gran número de pinturas y otras obras de arte, así como una colección de violines, que luego adornarían el Palacio Yussupov.

Cuando el príncipe Nikolai murió en 1891, fue sucedido por su hija Zenaida, que era considerada una belleza legendaria. La Princesa Zenaida Nikoláievna Yusupova (1861-1939) se casó con el Conde Félix Felixovich Sumarokov (1856-1928), futuro Gobernador General de Moscú, y también heredó La Pelegrina. La princesa usaba la perla como un adorno de la cabeza, coronada por otra perla histórica “La Regente” (La Perle Napoleon). A veces llevaba La PELEGRINA como un solo pendiente.

El hijo de la princesa Zenaida, príncipe Félix Yussupov II, casó con Irina, nieta del zar Alejandro III. Prince Se hizo famoso por su participación en el asesinato de Rasputín, el monje loco, justo antes de la revolución bolchevique de 1917. Después de los levantamientos de febrero, el príncipe Félix recogió algunas de sus más preciosas pertenencias, incluyendo gran parte de su valiosísima colección de joyas con la perla "PELEGRINA"y se instaló en París.

Félix Yussupov vendió a Cartier la mayor parte de las joyas que trajo de Rusia, con excepción de la PELEGRINA, que el príncipe no podía soportar desprenderse por su valor sentimental. No fue hasta el año 1953 que el príncipe Yussupov finalmente decidió vender la perla PELEGRINA a Jean Lombard, el joyero de Ginebra.

El conocido joyero Jean Lombard estableció su negocio en 1936. Poco después de la Segunda Guerra Mundial, Lombard se reunió con Carl Theodor Fabergé, el nieto de Peter Carl Fabergé, el renombrado diseñador de joyas ruso. Ambos se asociaron y durante los siguientes veinte años crearon algunas piezas excepcionales de joyería, inspiradas en el Renacimiento. También estableció Lombard estrechas relaciones con la nobleza rusa que vivía en el exilio, incluyendo el príncipe Félix Yussupov, a quien en 1953 compró la famosa PELEGRINA. Lombard tenía muchos coleccionistas europeos entre sus clientes y también fue joyero de la reina Federica de Grecia y de Faruk de Egipto. Lombard vendería la famosa perla a uno de sus clientes, un coleccionista que permaneció en el anonimato.


La Pelegrina y el collar con la perla negra Azra


Este propietario anónimo la envió a subasta en Christie's de Ginebra en 1989. La PELEGRINA era el lote 556 y fue descripta como una perla pendiente en forma de pera. La perla de 133,16 granos fue incorporada en un colgante de perlas y diamantes, con un diamante en forma de rosa foliada y un diamante circular encima. De acuerdo con el catálogo que Christie’s publicó para la subasta, la PELEGRINA se confunde a menudo con la PEREGRINA, perla que se fue transmitiendo a través de la familia real española hasta que José Bonaparte la sacó del país en 1813.

La PELEGRINA se vendió a un comprador anónimo por una suma récord de 463.800 dólares.

La PEREGRINA

La PEREGRINA es muy conocida por haber pertenecido a las joyas de la Corona española y porque en 1969 fue subastada en Nueva York, donde la compró el actor Richard Burton. La célebre perla acudió a la subasta con la aureola de ser la más perfecta del mundo. Así lo debieron creer los que pujaron pues se remató en 48.000 dólares, una cifra astronómica para entonces.

Considerada una de las gemas más valiosas y legendarias de la historia de Europa, la perla ha peregrinado por diversos países desde que fuera descubierta por un esclavo, en Panamá, hace más de 400 años, junto a una isla de los mares del Sur que por sus criaderos de perlas se llamó “Margarita”. Sin embargo, su apodo no se debe a su historial viajero, sino a su peculiar forma. En siglos anteriores, el adjetivo «peregrino» significaba «raro, caprichoso, especial». Esta perla fue también llamada «La sola» o «La margarita». Según un documento de la época, pesaba 58,5 quilates.


La perla pasó de mano en mano hasta que a fines del siglo XVI el Aguacil Mayor de Panamá, Diego de Tebes, la vendió al Consejo Real de Indias, con destino al rey de España. Doña Isabel de Portugal será la primera reina que luzca la PEREGRINA.

Al morir el Rey Prudente, el “Inventario Real de los bienes que se hallaron en el guardajoyas del rey Felipe II” la describe así: «Una perla pinjante en forma de pera de buen color y buen agua, con un pernito de oro por remate, esmaltado de blanco, que con él pesa 71 quilates y medio (...). Compróse por el Consejo Real de las Indias de don Diego de Tebes en 9.000 ducados. Tasóse por Francisco Reynalte y Pedro Cerdeño, plateros de oro y lapidarios del Rey nuestro señor, en 8.748 ducados (...). Tiénela la Reyna, nuestra señora...»

Esta descripción es la más completa que se posee. De ella se puede deducir que el peso de la perla era aproximadamente de unos 14 gramos y su tamaño el de un huevo de paloma. La perla más perfecta del mundo ya era parte del tesoro de la Corona española.

Se suele repetir que Felipe II se la regaló a su nueva esposa, la reina inglesa María Tudor, y de hecho ella luce una gran perla en el famoso retrato pintado por Antonio Moro (Museo del Prado de Madrid). Pero si la fecha de compra 1579-80 fuese cierta, para entonces la reina había fallecido y su perla sería otra.

Lo cierto es que la perla no salió de España, pues se encuentra en la relación de las “Joyas que se llaman de Estado” y que Beroqui vio descripta en un inventario de la época de Felipe III, cuando el rey entregó las joyas a su mujer, Mariana de Austria. La PEREGRINA prendida de un broche o joyel –El Joyel de los Austrias- junto con el diamante Estanque, fue lucida por las sucesivas reinas que ocuparon el trono español. Las perlas en forma de lágrima son muy apreciadas por su belleza y escasez, y es por ello que la PEREGRINA se convirtió en objeto de deseo de la realeza de la época. La reina Margarita de Austria la lució con dicho broche en su retrato ecuestre terminado por Velázquez (Museo del Prado) y también su esposo Felipe III la lleva, prendida de su sombrero (sin el broche), en el retrato que hace pareja con aquél.

De Madrid a Francia e Inglaterra

La PEREGRINA pertenecía a un grupo de joyas de la corona que los reyes debían transmitir de padres a hijos. Como la colección de cuadros, que fue el germen del posterior Museo del Prado, estas joyas tenían un valor histórico y simbólico y los reyes debían asegurar su conservación. La perla fue propiedad de las sucesivas reinas de España, que la lucieron en sombreros y aderezos. Su pista puede seguirse a través de los inventarios y testamentos reales.

La pieza permaneció en España hasta 1808, cuando el rey invasor José Bonaparte ordenó que le entregasen las joyas de los Borbones españoles, ya exiliados. Fue enviada entonces a su esposa, que residía en París, pero años después de perder el trono español el matrimonio se separó y Bonaparte marchó a Estados Unidos, con una amante y con la perla.

Cuando José Bonaparte regresó a Europa, se trajo la perla consigo. Se cree que dispuso en su testamento que se la entregara al futuro Napoleón III, quien debió venderla hacia 1848 por problemas económicos. Se la compró el marqués de Abercorn, cuya esposa la lució en París, en un baile en el Palacio de las Tullerías. Como ella se negó a taladrar la perla para engarzarla mejor, era muy fácil que se desprendiera, si bien no llegó a extraviarse.


La Peregrina cruza el Atlántico

En 1969 la PEREGRINA sale a subasta, y la noticia causa agitación en España. Se cuenta que la Casa Real española intentó entorpecer la venta afirmando que esta perla no era la auténtica. Los Borbones españoles tenían otra, regalada por Alfonso XIII a su esposa, y afirmaron que era la PEREGRINA. Sin embargo, al menos parte de la familia Borbón sabía cuál era la auténtica; Alfonso de Borbón y Dampierre participó en la subasta de Nueva York, si bien su oferta resultó insuficiente.

Según documentación desvelada recientemente, ya en 1914 Alfonso XIII sabía que la PEREGRINA había sido vendida por los Abercorn a una joyería inglesa. Consta que se la ofrecieron al rey y que le remitieron fotografías de ella. No llegaron a un trato, y acaso fue entonces cuando Alfonso XIII obtuvo una segunda perla, que sería la mostrada por su viuda en 1969.

Sea como fuere, la PEREGRINA pasó por dos coleccionistas más y fue subastada el día 23 de enero de 1969 por la sala Parke Bennet en Nueva York. La mayor parte de los que pujaron se detuvieron en los 15.000 dólares. Hasta los 20.000 llegó Alfonso de Borbón Dampierre. El actor Richard Burton la adquirió (sirviéndose de un intermediario) por 37.000 dólares, como regalo a su amada Elizabeth Taylor (quien la incorporaría a un collar de rubíes y diamantes, diseñado por Cartier de París, aderezo que hizo de la PEREGRINA, todavía más si cabe, una pieza de valor incalculable).

El 24 de enero, Luis Martínez de Irujo, Duque de Alba, jefe de la Casa de la Reina Victoria Eugenia, negaba la autenticidad de la perla subastada y exhibió otra que pretendía ser la auténtica, recibida de Alfonso XIII con motivo de su boda. Tanto la casa de subastas como diversos especialistas negaron veracidad a esa atribución. Esa presunta PEREGRINA fue legada a Juan de Borbón, hijo de Victoria Eugenia, y cuando éste renunció a sus derechos dinásticos en 1977, le fue transmitida al rey de España Juan Carlos I. Ha sido lucida varias veces por la reina Sofía, y algunos funcionarios de la casa real española siguen manteniendo que es ésa la verdadera PEREGRINA.


La PELEGRINA II

Una segunda perla originada a principios del siglo XX con un peso de 111,5 granos, forma perfectamente esférica y un raro color blanco plateado se le dio también el nombre de "PELEGRINA" pero para diferenciarla de sus “hermanas” se le agregó el II. El origen de esta perla, que también pertenecía a la Corona española, no se conoce con exactitud. Parece que Alfonso XIII, Rey de España de 1902-1931, dio la perla engarzada en un broche a su consorte, Victoria Eugenia de Battenberg, como un regalo de boda en 1906. La pieza parece haber permanecido como parte de las Joyas de la familia real, a pesar de la caída de la monarquía en 1931 y su posterior restauración como monarquía constitucional en 1978, siendo pasada desde entonces como herencia familiar desde Victoria Eugenia hasta la actual Reina Sofía, quien la ostenta actualmente.

En la época en que la original PELEGRINA fue subastada en 1989 en Ginebra, el duque de Alba celebró una conferencia de prensa y afirmó que la verdadera PELEGRINA estaba en manos de la familia real española, pero la afirmación no pudo ser fundamentada.






miércoles, 29 de septiembre de 2010

Una figura: Olympe de Soissons


Olimpia (en francés, Olympe) Mancini, Condesa de Soissons, fue la segunda de las célebres hermanas Mancini.

Su madre, Girolama Mazzarini, era una de las dos queridas hermanas del poderosísimo valido de Ana de Austria: el Cardenal Jules de Mazarin (aunque ha pasado a la historia con esta versión afrancesada de su nombre, en realidad había nacido Giulio Raimondo Mazzarini, en un tranquilo pueblo de los Abruzzos italianos). Girolama se había casado con el barón romano Michele Mancini y ambos habían tenido una numerosa prole: de sus diez hijos sobrevivieron seis, un varón llamado Filippo y cinco niñas. Luego de la muerte del padre en 1650, Geronima Mazzarini llevó a sus hijas de Roma a París con la esperanza de utilizar la influencia de su hermano, el Cardenal Mazarin, para asegurarles ventajosas alianzas matrimoniales.


El Cardenal


Las otras hermanas Mancini eran:

§ Laura Vittoria, que casó con Luis II de Borbón-Vendôme, duque de Vendôme, heredero del hijo natural de Henri IV de Francia.
§ Anna Maria, la menos bella de todas pero quien obtuvo el premio mayor: Luis XIV -más tarde casaría con el príncipe Lorenzo Colonna-.
§ Ortensia, la belleza de la familia, escapó de su abusivo esposo, Armand-Charles de la Porte, duque de La Meilleraye, y se fue a Londres, donde se convirtió en amante del rey Carlos II.
§ Maria Anna, quien casó con Maurice Godefroy de la Tour d'Auvergne, duque de Bouillon, un sobrino del vizconde Henri de Turenne.


Las hermanas Marie, Olympe y Hortense


El Cardenal Mazarin nunca dejó de favorecer a sus hermanas, la ya mencionada Girolama y otra mayor, Laura Margherita. Más adelante, ese trato de favor se dirigió especialmente a la descendencia de ambas. Laura y Olimpia, las dos primeras hijas de Girolama con Michele, pronto fueron llamadas por su tío para que acudiesen a la corte francesa. Ambas recibieron enseguida el apodo de “mazarinettes”, que posteriormente se aplicaría a sus hermanas menores y a sus primas hermanas Martinozzi, las hijas de tía Laura Margherita (Laura Martinozzi, la primogénita, casó con Alfonso IX d’Este, duque de Módena y fue la madre de María de Módena, segunda esposa de James II de Inglaterra. La menor, Anne Marie Martinozzi, casó con Armand, Príncipe de Conti). Jóvenes bonitas e inteligentes, adquirieron la pátina de sofisticación que distinguía al círculo de la reina madre Ana de Austria, amiga y, según los rumores, amante de Mazarin.


Olympe


Las Mancini crecieron en el Palais-Royal junto con el joven Luis XIV. Aunque no era exactamente una belleza, Olimpia poseía un enorme charme e indiscutible fascinación: su cabello oscuro, su complexión brillante, sus ojos negros y vivaces, su figura pulposa y redondeada cual modelo de Rubens. Su aspecto era tan resplandeciente y su personalidad tan notable que en la corte se la solía denominar “la perle des précieuses”.

El rey, entonces un buen mozo soltero, estaba extasiado con ella y se dedicó a cortejarla con entusiasmo, organizando fiestas para poder bailar con ella y ofreciéndole valiosos presentes. Se mantuvo unido fuertemente a la joven Mancini, hasta el punto de que muchos creyeron que eran amantes. Mazarin fue muy claro con Olimpia: si ella cedía a los requerimientos de Luis estando aún soltera, arruinaría sus posibilidades de lograr un matrimonio igual de ventajoso que el que se había obtenido para Laure Victoire con el duque de Vendôme. Por tanto, Olimpia no cedió ante el rey y, en febrero de 1657, se casó en el curso de una fastuosa ceremonia con Eugène-Maurice, Príncipe de Savoie-Carignan (1633-1673), más tarde Conde de Soissons. Ya a salvo las apariencias, Olympe (como era conocida en Francia) pudo volver a inflamar la pasión real.

El Rey Sol


Al ser esposa de Monsieur le Comte, ella sería tratada en la corte como Madame la Comtesse. Este tratamiento era usado por el jefe de la rama más joven de la Casa de Borbón, el conde de Soissons, título que había sido adquirido por el primer Príncipe de Condé en 1557 y retenido por sus descendientes durante más de dos generaciones. Cuando el título pasó a la hermana menor del 2º conde de Soissons, Marie de Borbón-Condé, esposa de Thomas François, príncipe de Carignano, comenzó a ser conocida como Madame la Comtesse de Soissons. A su muerte, el título pasó a su segundo hijo, el esposo de Olympe, quien sería tratado como Monsieur le Comte.

Pero entonces habían aparecido en escena (ya que se habían trasladado a Francia en 1654) las tres hermanas pequeñas: Marie, Hortense y Marianne. La primera se había enamorado apasionadamente del rey, el mismo que aún buscaba solaz con Olympe de Soissons. Un hecho fortuito inclinaría la balanza: en el verano de 1658, luego de una repentina enfermedad lo bastante seria como para que se temiese por su vida, Luis XIV empezó a frecuentar a Marie Mancini. Primero fue un romance absolutamente platónico, pero luego ambos se convencieron de que sus sentimientos recíprocos culminarían en matrimonio.

La cámara de Olympe de Soissons en el Château Condé


Ana de Austria echaba chispas. Durante la etapa ominosa de la enfermedad de su hijo, se había decidido a negociar, en cuanto se recuperase el joven rey, un matrimonio dinástico con España, su país natal. Felipe IV, hermano de Ana, tenía una hija que cuadraba en edad con el monarca: la infanta María Teresa. Ana ordenó a Mazarin lograr un compromiso en firme en un mínimo plazo de tiempo, para que la boda no se demorase y su hijo, unido a su sobrina la infanta española, pudiese empezar a engendrar la siguiente generación de la dinastía. El empeño de Luis en casarse con Marie Mancini era un inconveniente y Anne y Mazarin concordaron en que lo más inteligente era apartar a Marie de Louis: sería enviada junto a sus hermanas Hortense y Marianne a la fortaleza de Brouage, en La Rochelle.

En el caso de que María Teresa no lograse insuflar en Luis tal clase de amor que le hiciese borrar de su corazón y su mente a Marie, emplearían en la tarea a Olympe de Soissons. Efectivamente, cuando Luis volvió a París con su María Teresa, demasiado seria y pacata para su gusto, Olympe aprovechó para relanzar su historia erótico-galante con Luis. Madame la Comtesse no dudó en enviarle a su hermana Marie una carta en la que proporcionaba suculentos detalles acerca de su propia implicación con el rey. Marie se quedó devastada. Ahora comprendía que ella, relegada en Brouage, nada podía hacer para competir con la vibrante y sensual Olympe.


Eugène-Maurice de Savoie-Carignan


Con el príncipe de Saboya-Carignano, Olympe tuvo cinco hijos y tres hijas, entre ellos el que sería célebre soldado Eugenio de Saboya. Pero ninguno de los padres pasó mucho tiempo con los niños: su padre, un valiente pero poco atractivo soldado del ejército francés, pasaba mucho de su tiempo en campaña, mientras que la pasión de Olympe por las intrigas de la corte significaba que los niños recibían escasa atención de su madre.

Casi enseguida que su hermana Marie se uniera con el Príncipe Lorenzo Colonna en un matrimonio arreglado, Olympe fue nombrada Superintendente de la Casa de la Reina, lo que le daba autoridad sobre todas las otras damas de la corte con la excepción de las Princesas de la sangre. Como era, por naturaleza, una intrigante, pronto se vio envuelta en varias intrigas cortesanas.

El Hôtel de Soissons


Decidió aliarse con la cuñada de Luis XIV, Henriette-Anne Stuart, duquesa de Orléans, quien era conocida en la corte como Minette. Cuando la duquesa y el rey trataron de ocultar su relación de los demás, Olympe, queriendo tomarse la revancha, presentó a Luis una de las damas de Henriette, Louise de La Vallière, para que él pudiera reclamar que su atención sobre Minette y sus damas estaba basada en su afecto por Louise y no Minette.

El asunto todavía se enredó bastante más. Olympe, ya sin nada que hacer respecto al rey, se había reconfortado en brazos del gallardo y malicioso marqués de Vardes, quien se dedicaba a propagar rumores sobre el duque de Orleans y el caballero de Lorena, para gran bochorno de Minette. Temiendo la lengua suelta y venenosa de Vardes, Minette persuadió a su hermano mayor, el rey inglés Carlos II, que la ayudase a convencer a Luis XIV que el marqués era un intrigante. Vardes acabó en La Bastilla y luego se le condenó a exilio perpetuo. Muy ofendida, Olympe decidió actuar a la vez contra Minette y contra Louise de LaVallière: contó a Luis que Minette se había escrito durante años con el duque de Guiche gracias a la silenciosa complicidad de Louise. El rey se enojó tanto, que Louise buscó refugio temporal en un convento tras recibir las imprecaciones de su amante.


Olympe a caballo


Después de caer en desgracia en la corte, Olympe se dirigió a Catherine Monvoisin (conocida como La Voisin) y las artes de la magia negra y la astrología. Su cometido era envenenar a Louise de La Vallière. Envuelta en el hecho conocido en la historia como el Affaire des poisons, ahora abundaban las sospechas sobre su participación en la muerte prematura de su marido en 1673 e incluso se dijo que había amenazado al rey con las palabras “vuelve a mí o lo lamentarás”. Para peor, en 1689 fue sospechosa de envenenar a María Luisa de Orléans, reina de España, hija de Minette y sobrina de Luis XIV, cuya confianza había obtenido luego de residir en España al ser expulsada de Francia como resultado del asunto de los venenos.

En enero de 1690 se le ordenó abandonar la corte española y se mudó a Bruselas, reclamando su inocencia. Ocasionalmente viajaba a Inglaterra con sus dos hermanas Marie y Hortense. En Bruselas se convirtió en patron de músicos como Pietro Antonio Fiocco y Henry Demarest. Murió en 1708, exactamente tres meses después de la victoria de su hijo Eugène en la batalla de Oudenarde, el día de su 70º cumpleaños.


Olympe como Athena