Mostrando entradas con la etiqueta Wallis Simpson. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Wallis Simpson. Mostrar todas las entradas

sábado, 10 de abril de 2010

La Duquesa de Windsor



Nada ni nadie pudo acabar con su amor. El 11 de Diciembre de 1936 Eduardo VIII del Reino Unido declaró a los medios de comunicación que abdicaba al trono de su país por no permitirle el Parlamento, la prensa y la opinión pública contraer matrimonio con la señora Wallis Simpson. La historia de las amantes de los reyes de Inglaterra es tan larga como la de su régimen parlamentario, pero la intención del flamante rey de contraer matrimonio con una norteamericana dos veces divorciada, le obligó a tomar esa determinación inapelable.


A partir de allí comenzó su historia de amor, acunada por las joyas, los viajes y la vida social.

Ahora somos 27 x 36″ era la frase inscrita en el interior de la alianza de bodas, obra de Cartier, que sostenía una esmeralda de casi 20 quilates. La extraña inscripción hacía evidente la fecha del compromiso: 27 de Octubre de 1936. Años más tarde, con motivo de su 20º aniversario de matrimonio, la Duquesa cambió la creación original montando la piedra en un elaborado diseño de oro y platino. Y como regalo de bodas Wallis recibió de manos del Duque de Windsor un espectacular brazalete de zafiros y brillantes creado por Van Cleef & Arpels, en el que el motivo central de los 45 zafiros está enmarcado por una multitud de diamantes, todos ellos tallados de forma diferente. En el cierre, y antes de la ceremonia, el duque había hecho grabar estas palabras “Por nuestro contrato 18/V/37″, ya que el 18 de Mayo de 1937 fue la fecha en la que la pareja finalizó los complicados trámites previos a la boda. El castillo de Candé, a pocos kilómetros de Tours, fue el escenario donde las vidas de Eduardo y Wallis se unieron para siempre. Para la ocasión la duquesa mandó confeccionar al diseñador Mainbocher un vestido en crepé azul satinado para que resaltase el broche que lució a juego con el brazalete.



Durante décadas, los duques se intercambiaron valiosos regalos elaborados por Cartier. El apego por la Maison le venía al duque de familia: su abuelo, el rey Eduardo VII, que ejercía gran influencia en el pequeño Eduardo, decía de Cartier que era “el rey de joyeros”. No es de extrañar, por ejemplo, que Eduardo le encargara un sello de platino y oro con rubíes y zafiros engarzados para regalárselos a su futura esposa. Y es que Wallis, que ya había estado casada en dos ocasiones, era la mujer más retratada en las revistas de moda y la más solicitada en las fiestas de la alta sociedad londinense.



La pareja comenzó entonces un largo peregrinaje que les llevó a las Bahamas durante la Segunda Guerra Mundial, donde Eduardo fue gobernador general, para acabar en París, ciudad en la que vivieron su amor hasta el fallecimiento del duque en 1972. Aunque no hubo ciudad europea por la que los duques de Windsor no quisieran pasar durante sus primeros años de matrimonio. Para recordarlo encargaron a Cartier una pitillera y una polvera de oro con un mapa de Europa en sus tapas en el que las ciudades visitadas iban quedando marcadas con piedras de colores y unidas mediante líneas de esmalte rojas y azules.




Dos de las joyas que llevaba la Duquesa a menudo eran brazaletes, uno de corazones de diamantes en su muñeca izquierda y otro de cruces de diamantes en la derecha. Explicaba que “las cruces correspondían a las que había tenido que soportar. Cada una representaba algún suceso doloroso. Los corazones también tienen su significado…” Algunas de las mejores piezas de Cartier que fueron propiedad de Wallis eran creaciones con motivos felinos y su primer exponente fue el broche Panthére con un zafiro cabochon de 152 quilates. Estas piezas nacieron del estudio parisino de la artista Jeanne Toussaint, en el que la pareja solía reunirse con otros amigos, como Cecil Beaton, que no ahorraba elogios del encuentro: “Una sensibilidad de artista y la pasión de un coleccionista se reúnen aquí para lograr un resultado de alto nivel intelectual”.


Tras su definitivo asentamiento en París, los duques de Windsor se convirtieron en un elemento fundamental de la alta sociedad francesa y en el filón favorito de la prensa rosa del momento. Liberados de obligaciones oficiales y protocolarias, se embarcaron en una vida de glamour, estadías en Cannes o Saint Möritz, Deauville o Palm Beach. Eran tiempos de bailes benéficos y partidas de golf, de torneos de polo y recepciones informales donde llevaba exquisitas piezas de joyería, como el collar draperie de turquesas y amatistas creado por Cartier en 1947, con el que la Duquesa se presentó en el baile de l’Orangerie del Palacio de Versalles en 1953.


En Versailles, durante una cena benéfica, 1953



Con Bill yBabe Paley, en Palm Beach, 1955



Con el Barón Frédéric de Cabrol y su esposa Daisy, en el Moulin de la Tuilerie, 1961



Frente a la Villa Windsor, con la reina de Inglaterra, el Príncipe de Gales y el Duque de Edimburgo, 1972



En su hogar parisino, el palacete del siglo XIX situado en el Nº 4 de la Rue des Champs d’Entraînement, la duquesa se había encargado personalmente de la decoración, todo en aquel azul claro que ya se empezaba a conocer como « azul Windsor » combinado con gris o azul más oscuro. Siempre era una experiencia sensorial ir de una parte a otra de la casa, pues cada sala tenía un aroma distinto gracias a las fragancias que emanaban de los pebeteros de Guerlain dispuestos con disimulo en los rincones.






Los días de recibo se colocaban en el vestíbulo el libro de invitados, donde éstos dejaban estampada su firma, y un diagrama con la disposición de los comensales. El salón comedor azul y plateado se iluminaba con la temblorosa luz de las velas. Los magníficos arreglos florales, la colección de cajas Fabergé del duque, los regios muebles Luis XVI y el ambientador de Guerlain Extrait de Pot Pourri contribuían a crear una atmósfera de lujo y afabilidad.





Por entonces, Wallis ocupaba las portadas de Vogue y las mujeres se apresuraban a copiar su estilo de líneas depuradas , mientras el duque se convertía en el prototipo de aristócrata dandy: tartanes y cachemires de colores vivos marcaban una tendencia que décadas después sigue llevando el nombre de su ducado.

viernes, 5 de marzo de 2010

De fiesta en Buckingham



Buckingham Palace: escenario de antiguas tradiciones

En 1959 el abandono de una vieja costumbre cortesana ha decretado la extinción de toda una época: la presentación de debutantes. En esas ocasiones las limusinas alquiladas se ponían en fila india y durante horas daban vueltas sobre el Mall en torno a la estatua de la reina Victoria hasta que se abrieran las puertas doradas. En aquella espera, las jóvenes debs jugaban al jaquet o se dejaban admirar por una multitud irónica, a veces hasta cruel. Ante el trono y pese a las lecciones impartidas a las elegidas, las reverencias derivaban en situaciones desafortunadas.


En época de Victoria y Alberto, una presentación en la corte constituía una cuestión personal. Un recibimiento caluroso o gélido del soberano marcaba la diferencia entre un súbdito leal y otro sobre el cual Su Majestad podía albergar ciertas dudas. Una antigua deb recuerda las famosas veladas de los ’30, durante el reinado de Jorge V. “Todos los hombres aparecían allí en calzón corto y medias de seda, la vestimenta de corte. Las damas con vestidos de noche, con colas de metro y medio. ¡De metro y medio! ¡Mi Dios! Si no se estaba entrenado, se podía tropezar ahí dentro al hacer la reverencia. Los ujieres, armados con largas cañas, a cada momento debían levantar las colas de los vestidos y depositarlas adecuadamente en los brazos de sus dueñas. En sus peinados, las damas plantaban tres plumas blancas de avestruz, que sostenían un velo de tul también blanco que les caía sobre la espalda. El rey y la reina, con sus coronas y joyas, estaban sentados, muy próximos, sobre sus tronos. ¿Cuándo se sabía que debía avanzarse para la reverencia? Cuando se era llamado por el Gran Chambelán”.

Una debutante llega a palacio para ser presentada ante el Rey (1929)


En 1931 tuvo lugar la presentación de la dama que cinco años más tarde haría tambalear el trono británico. Wallis Simpson, vestida y enjoyada de azul aguamarina, bajó del espléndido coche que el rico americano Lester Grant le había prestado para la ocasión, fue conducida a un vestíbulo donde valets de librea ayudaban a las damas a despojarse de sus abrigos y luego, con sus acompañantes, subió lentamente por la Gran Escalera. Seguidamente recorrieron una galería iluminada por arañas que conducía al salón de baile en rojo y oro. El trono y su dosel fascinaron a Wallis. George V estaba vestido con su uniforme de gala; la reina llevaba un traje de raso blanco bordado de perlas y más joyas de perlas y diamantes. El príncipe de Gales se encontraba de pie detrás del trono. A una señal del director de orquesta, presentadores y presentados se pusieron en hilera y desfilaron, las damas haciendo la reverencia ante la pareja real. Finalmente, todos los asistentes se encontraron en los Grandes Apartamentos, donde la familia real charló brevemente con cada uno de ellos.


Los grandes bailes que se celebraban en los salones especialmente construidos por orden de la reina Victoria señalan un mundo concluido: el baile de inauguración del palacio, en mayo de 1838, con Johann Strauss en persona dirigiendo la orquesta; el baile del Jubileo de Diamante de Victoria, en 1897, que reunió a dignatarios de todos los rincones del imperio; la Real Cuadrilla en honor de los reyes de Italia y de Rumania, celebrada en 1924 o el famoso baile del Jubileo de 1935 permanecerán en los anales de Buckingham. La Segunda Guerra Mundial ha enterrado definitivamente esas diversiones de otros tiempos.


Invitados ascendiendo la Gran Escalera (1870)


Sin embargo, los banquetes nocturnos en palacio son, aún hoy, el colofón de toda visita oficial. El presidente de Estados Unidos, los reyes de Malasia y Bután y todos los jefes de Estado del planeta han accedido a ese espectáculo a la medida de la realeza británica.


El acontecimiento se planifica con varias semanas de antelación. En el transcurso de una reunión especial, el Lord Chambelán examina el protocolo y la elección de los invitados, el secretario privado transmite los deseos particulares de la reina, el jefe de la casa prevé las necesidades del personal, el guardián del tesoro real evalúa el presupuesto y el Palace steward (intendente) todos los detalles materiales. Incluso se comunica el menú previsto al intendente de Londres, al despacho del Primer Ministro y a la embajada correspondiente, a fin de que el invitado de honor no vaya a encontrarse con los mismos platos en todos los banquetes de su visita oficial.


Mesa formal en el salón comedor a punto de ser preparada para un banquete (1930)

En el gran salón de baile, con capacidad para ciento setenta personas y que data de 1856, la actividad comienza desde el amanecer del día señalado. Las cocinas bullen y los valets suben y bajan a los subsuelos donde se depositan las fabulosas vajillas de cristal y porcelana labradas con el blasón real. La mesa de caoba, que asemeja una gran herradura, se recubre con suntuosos manteles blancos bordados. El personal se viste de librea con las armas de la reina en las mangas (desde 1952 las pelucas empolvadas han dejado de usarse).


La preparación de los cubiertos constituye, de por sí, un acontecimiento casi teatral. Cuatro submayordomos se encargan de la tarea, bajo las órdenes del Palace steward. Cada pieza toma su lugar en el punto preciso, lo que permite asegurar la perfecta simetría del conjunto. El más joven y delgado de esos empleados, equipado con pantuflas especiales, se sube a la mesa y avanza hacia el centro para disponer con el máximo cuidado las copas de cristal y verificar que los enormes candelabros de plata se encuentren situados a igual distancia unos de otros.


Se dispone la mesa

Se presta idéntica atención a que los ramos de flores no incomoden la visión de quien se tiene delante. Se vuelve a revisar la cantidad de copas para que luzcan impecables. Cada invitado dispone de cinco copas frente a él: jerez, vino blanco, vino tinto, champaña, agua, la copa de oporto llegará más tarde. Salvo para la reina, una cartulina indica el lugar de cada comensal y un pequeño carnet completa la panoplia: allí figura el orden de la procesión real, el menú, la lista de vinos, los fragmentos de música que se escucharán durante la velada, la disposición de los invitados en la mesa.


Todo el decorado queda dispuesto para las 17 horas. Una hora más tarde la soberana llega para efectuar una breve visita de inspección. Cuando se retira y, como forma de apreciar su trabajo, dirige algunas palabras a los valets: la más preciada de las recompensas.


Cerca de ciento treinta valets itinerantes están encargados del servicio para un banquete y cada uno tiene una misión bien precisa que cumplir. Ut supra se detalla la función y, entre paréntesis, el número de valets destinado para ello.
  • Controlar los invitados en la Gran Recepción (8)
  • Dirigir los invitados desde la Gran Escalera al Salón Verde (1)
  • Permanecer en la puerta de la Galería al Salón de Música (1)
  • Dirigir los invitados del Salón Azul al salón de baile (3)
  • Aguardar a la familia real a la entrada del jardín (2)
  • Asegurar el servicio de ascensor (1)
  • Preparar las bebidas en la sala de Trono (7)
  • Colocar en su lugar los aperitivos a las 19:15 horas (3)
  • Servir los aperitivos desde la sala del Trono hasta la Galería (9)
  • Servir los cigarrillos (2)
  • Preparar el café y las bebidas después de la cena (6)
  • Servir el café (10)
  • Retirar las tazas (3)
  • Ordenar el conjunto (3)
  • Servir los licores (3)
  • Ofrecer cigarros y cigarrillos (2)
  • Retirar la vajilla (9)
  • Segunda vuelta de licores en el Salón Azul y el Salón de música (10)
  • Servir bebidas después del banquete en el gran comedor (3)
  • Presencia en la Gran Recepción después del banquete (2)
  • Refrigerio para el personal (8)
  • Servicio de bebidas para la orquesta (1)
  • Servicio de comida para los yeomen de la guardia (1)
  • Presencia en el Apartamento Belga (1)
  • Presencia en la Sala Carnarvon (1)
  • Presencia en el Gran Ingreso para la partida de los invitados (8)
  • Presencia en el acceso al jardín para la partida de los invitados (1)

La familia real antes de la cena por el cumpleaños nº 60 del Príncipe de Gales

Desde que el salón de baile es el escenario para los banquetes de Estado, se ofrece el espectáculo de la procesión real a través de los Grandes Apartamentos. Concebidos y decorados por John Nash, todos los salones de ceremonia del primer piso están en una misma frecuencia: rica mezcla de marfil y oro, alfombras púrpura, esculturas de mármol blanco y retratos reales. La misma armonía de los colores despide un esplendor inigualable.


Mientras que los invitados degustan un aperitivo, la reina y la familia real se reúnen en el Salón Blanco, ornamentado en blanco y oro, con mobiliario Regency y del siglo XVIII francés y realzado por grandes retratos de Winterhalter. Después todos avanzan hacia la sala de música, donde se hace la presentación de los invitados de categoría y se arma entonces la procesión que debe alcanzar el salón de baile a los acordes de los himnos nacionales.


El Rey Abdullah de Arabia Saudita con la Reina y el Duque de Edimburgo antes de la procesión real



En oportunidad del banquete celebrado el 16 de noviembre de 1982 en honor de la reina Beatriz de los Países Bajos, el orden del cortejo era el siguiente:

  1. Reina Beatriz de los Países Bajos * Reina Isabel
  2. Príncipe Felipe de Edimburgo * Príncipe Claus de los Países Bajos
  3. Príncipe Carlos * Reina madre
  4. Arzobispo de Canterbury * Princesa Diana
  5. Embajador de los Países Bajos * Princesa Ana
  6. Capitán Mark Phillips * Princesa Margaret
  7. Lord Canciller * Princesa Alice
  8. Duque de Gloucester * Señora Bischoff van Heemskerck
  9. Denis Thatcher * Duquesa de Gloucester
  10. Duque de Kent * Margaret Thatcher
  11. P. J. H. Jonkman * Duquesa de Kent
  12. Príncipe Michael de Kent * Princesa Alexandra
  13. Angus Ogilvy * Princesa Michael de Kent
En el momento de las recepciones diplomáticas, la procesión entra por las puertas dobles situadas en el extremo norte de la galería de pinturas. En ambos lados y a todo lo largo de los States Apartments, las puertas-espejo plegadizas permanecen abiertas y en cada ámbito las arañas iluminan la escena masivamente. Aquel ambiente parece quedar atrapado en “Pompa y Circunstancia”.

La mesa dispuesta

Una vez en sus lugares de la larga mesa, la soberana toma asiento en primera instancia, el resto de los comensales le sigue. Un asombroso sistema de destellos hábilmente oculto por las flores y accionado por el intendente permite manejar el servicio. Al destello rojo, el personal debe inmovilizarse; al color naranja, deben prepararse a cambiar los platos; al verde, ir a buscar el siguiente servicio. Hay cuatro pasajes para ingresar al salón de baile y, por ende, cuatro destellos en total. Cuando la luz pasa al color verde, docenas de valets itinerantes pasan a la acción. Siempre se eligen los más altos para servir los extremos redondeados de la herradura, ya que tienen los brazos más largos para poder franquear la extensión de la mesa.


Cena en homenaje al Presidente de Sudáfrica Jacob Zuma (3 de marzo de 2010)


El menú es ligero –nada que ver con la procesión de doce platos de la mesa de la reina Victoria-, regado por un Bordeaux blanco, luego un borgoña y por último el champaña. Al final actúan los gaiteros del Primer Batallón de los Scots Guards. ¡La reina adora la gaita a los postres! Con el oporto llega el momento del brindis. Su Majestad toma la palabra. Se calza los lentes, verifica que su micrófono funcione y se dirige durante algunos minutos (en general siete) a los comensales. El invitado de honor da la réplica. Luego todos los asistentes pasan a los diferentes salones donde pueden aceptar algún licor digestivo, fumar habanos o cigarrillos. La velada se prolongará durante una hora, en que la reina se retira y, a veces, conduce ella misma a su huésped a los apartamentos que le han sido asignados, antes de retirarse a los suyos propios.


Entre los almuerzos, banquetes, garden parties y otras recepciones, la reina recibe cada año alrededor de cuarenta mil personas en el palacio de Buckingham.







miércoles, 17 de febrero de 2010

La Duquesa de Windsor

Bessie Wallis Warfield (1896-1986) nació en Pennsylvania, única hija de Teackle Wallis Warfield y Alice Montague. La muerte de su padre ocurrió poco tiempo después de su nacimiento y ella con su madre viuda debieron ser socorridas por sus parientes más acaudalados en la ciudad de Baltimore.


Bessie à-la-mode (la Sra. Spencer en California, 1919)

Su primer matrimonio fue en mayo de 1916 con Earl Winfield Spencer, Jr., un oficial de la Marina de los Estados Unidos. Win, como era conocido su esposo, era alcohólico. Esta situación y los cambios en los destinos militares de Win, marcaron la relación con períodos de separación. Para 1925 vivían separados y dos años después se divorciaron.


En la última época Wallis ya se había envuelto en una relación con Ernest Aldrich Simpson, un próspero magnate naviero mitad inglés-mitad americano. El 21 de julio de 1928 ambos se casaron en Londres. A través de Thelma, lady Furness, en enero de 1931 Wallis fue presentada a Eduardo, Príncipe de Gales, primogénito de Jorge V y heredero al trono británico. Entre 1931 y 1934 el Príncipe se encontraría con el matrimonio Simpson en varias fiestas de fines de semana y Wallis fue presentada a la Corte.



El Sr. y la Sra. Simpson el día de su presentación en la Corte (1931)



En este momento es cuando comienza la historia de amor sobre la que se han escrito mares de tinta. En enero de 1934, lady Furness almuerza en el elegante hotel Ritz con Wallis y le pide a su amiga que, durante el tiempo que le tomará un viaje que tenía que realizar, atendiera al fiestero príncipe para que no fuera a hacer travesuras. Lady Furness nunca se imaginó que la travesura la iba a hacer la propia Wallis. Cuando regresó Thelma de su viaje se dio cuenta de que ya había sido sustituida en la vida del Príncipe de Gales, quien ni siquiera tomaba ya sus llamadas telefónicas.


Coronado ya como soberano del Reino Unido, Eduardo se encontraba ante tres opciones: renunciar a Wallis, conservarla y encontrarse con la renuncia del gobierno o abdicar y ceder el trono. Cuáles fueran los motivos ulteriores no se sabe, pero ella, en aquel momento, no quería que renunciara al trono. Sin embargo, el 11 de diciembre de 1936 millones de británicos escucharon por el radio la conmovedora voz de Eduardo VIII que, al abdicar, se justificaba: "…me ha resultado imposible soportar la pesada carga de la responsabilidad y desempeñar mis funciones como Rey, en la forma en que desearía hacerlo, sin la ayuda y el apoyo de la mujer que amo."



Eduardo y Wallis en sus primeros tiempos de matrimonio



Con el título de Duque de Windsor otorgado por Jorge VI, Eduardo abandonó Inglaterra para no regresar hasta varias décadas después. La boda se realizó en el castillo francés de Candé, en la más absoluta intimidad, y los recién casados recibieron una discreta carta en donde se les informaba que la duquesa no tenía derecho a ser llamada Alteza Real ni a recibir, por lo tanto reverencias, a pesar de su matrimonio con el duque. Esto lo tomaron como la más grande humillación.



Sofisticación en una fotografía de Cecil Beaton (1940)

Antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, muchos en el gobierno y la sociedad les atribuyeron simpatías con los nazis. En los ’50 y los ’60 vivieron viajando entre América y Europa, convertidos en “ciudadanos del mundo”, en una vida de opulenta vaciedad dedicada al culto de su amor mutuo y sus relaciones sociales. La comuna de París les había dado en uso un palacete en el Nº 4 de la Rue du Champ d'Entraînement en Neuilly, que fue su cuartel general el resto de su vida. También compraron una casa en el campo, “Le Moulin de la Tuilerie”, a solo veinte minutos de su casa de París.


Biarritz, 1951



París, 1959. El Duque y la Duquesa de Windsor bailan cha-cha-cha en el Lido.

La Corona no estaba de acuerdo para nada con la vida superficial, frívola y extravagante que llevaban los duques de Windsor. Se referían a ella como "esa mujer". Sin el permiso de la soberana no podían regresar a Inglaterra pero lo hicieron en 1965, para una cirugía ocular que debió practicarse el duque y en 1967, para descubrir una placa conmemorativa del centenario del nacimiento de la Reina María, su madre.


Con los años la duquesa se volvió aún más prepotente y nerviosa con su marido, a quien se dijo que humillaba en la intimidad. A fuerza de estirarse tanto el cuello, Wallis tuvo problemas para que la intervinieran quirúrgicamente años después, al entubarla, debido a todas las cirugías estéticas que ya se había hecho. El duque, sin embargo, seguía patológicamente enamorado de su esposa, cumpliéndole todos sus caprichos y aguantando sus malos tratos.


Una reverencia de impecable estilo para la Reina de Inglaterra a la entrada de su residencia en París (1972)

El duque escribió un tratado de horticultura y sus Memorias en donde repite que nunca se arrepintió de su decisión a pesar del desprecio por parte de su familia, como fue la de haberlo excluido de todas las manifestaciones oficiales, incluso la coronación de su sobrina Isabel (Aunque para el funeral de su hermano Jorge VI en 1952 el duque había asistido sin la duquesa). Poco tiempo antes de morir recibió la visita de la Reina, a quien acompañaban el Duque de Edimburgo y el Príncipe de Gales. Murió en mayo de 1972, un mes antes de haber cumplido los 78 años. La familia real permitió que Wallis estuviera presente en los funerales que se llevaron a cabo en Londres y que pernoctara en Buckingham Palace.




La Duquesa en su ancianidad (1979)

La Duquesa, cada vez más senil y frágil, vivió el resto de su vida como una reclusa, sostenida por la herencia de su esposo y una pensión de la reina. Le dio entonces toda autoridad legal a su abogada francesa, Suzanne Bloom. Para 1980 había perdido el poder del habla. Hasta el final, vivió en una silla de ruedas y no recibió más visitantes, excepto doctores y enfermeras.


Catorce años después de la muerte del duque, Wallis murió en su casa de París. Era el 24 de abril de 1986 y tenía 90 años.



Sus restos descansan en la Saint George’s Chapel del Castillo de Windsor, al lado de Eduardo.




La Villa Windsor en el Bois de Boulogne

Títulos y tratamientos



  • 1896 – 1916: Srta. Warfield
  • 1916 – 1928: Sra. Spencer
  • 1928 – 1937: Sra. Simpson
  • Mayo – Junio 1937: Sra. Wallis Warfield
  • 1937 – 1986: Su Gracia La Duquesa de Windsor
  • Durante el período de Eduardo como Gobernador de Bahamas (1940-1945), Wallis debía ser conocida como Su Excelencia. Sin embargo, este tratamiento fue supeditado a la apelación Su Gracia, de mayor rango, que le correspondía como duquesa.

viernes, 8 de enero de 2010

Casa de Windsor

La Casa de Windsor, previamente llamada Casa de Sajonia-Coburgo-Gotha (Sachsen-Coburg-Gotha), es la casa real del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte desde la muerte de la reina Victoria I en 1901 hasta nuestros días. La dinastía capitulará tras la muerte de Isabel II, su actual soberana, ya que sus descendientes adquirieron por decreto real el apellido Mountbatten-Windsor. Fue renombrada el 17 de julio de 1917 por Jorge V, dado el origen germánico del anterior nombre y debido a que entonces el Reino Unido estaba en guerra con Alemania.


El hecho de adoptar el nombre de Windsor fue una medida tremendamente popular: era una forma de "nacionalizar" una dinastía rematadamente extranjera desde 1714, y para colmo alemana, con un sinfín de vínculos familiares e históricos en suelo germano. De cualquier modo, persistía cierta romántica añoranza por los Estuardo entre la nobleza insular, desde la aventura de fracasada reconquista por parte de "Bonnie Prince Charlie", nieto del rey Jacobo II, destronado en 1689.


Estandarte de la Familia Real británica. Los miembros más prominentes (hijos y nietos del soberano) poseen su propio estandarte personal.

Pese al tradicional desdén británico por sus dinastías importadas del continente, ni los Hannover ni los Sajonia-Coburgo-Gotha carecían de ilustre linaje, aún teniendo en cuenta que descendían de señores feudales que en la Edad Media se libraron al pillaje y al desorden, combatiendo según soplara el viento más favorable a sus intereses. Eso sí, en la época en que estos pequeños terratenientes se libraban en aquellos tiempos a la rapiña, los Capetinos ya llevaban la corona real en sus sienes como sucesores de los Carolingios por sangre y por derecho.


El 10 de febrero de 1840, la reina Victoria I del Reino Unido, nacida en la Casa Real de Hannover, se casó con Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha. El hijo de ambos, Eduardo VII (1841-1910) se convirtió, a la muerte de su madre, en el primer rey de la Casa de Sajonia-Coburgo-Gotha en el Reino Unido, desapareciendo así la Casa de Hannover en Inglaterra.


Eduardo VII del Reino Unido, en vestimenta de coronación


Le sucedió su hijo Jorge V del Reino Unido (1865-1936). Separada ya completamente la dinastía de sus orígenes alemanes, en 1917 cambió su denominación oficial por Casa de Windsor (que alude al castillo de la ciudad inglesa del mismo nombre, construido por Jorge III sobre el emplazamiento de una residencia empleada por los reyes desde el siglo XI), denominación que han conservado los monarcas británicos hasta la actualidad. Bajo su reinado se produjo la independencia de la mayor parte de Irlanda (1922).


Desfile de los Caballeros Militares de Windsor en el Castillo homónimo (1913)


Seguidamente ocupó fugazmente el trono su hijo Eduardo VIII del Reino Unido (1894-1972), cuyo matrimonio morganático con la divorciada Wallis Simpson lo obligó a abdicar el mismo año de su ascensión (1936) en su hermano Jorge VI (1895-1952). Éste, superados sus problemas de tartamudez, mala salud y timidez extrema, se convirtió en un rey muy popular, sobre todo por la dignidad con la que hizo frente a la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En esos años permaneció en Londres para compartir la suerte de sus súbditos bajo los bombardeos alemanes, visitando los frentes de guerra para elevar la moral de las tropas y esforzándose por reforzar su amistad personal con el presidente Roosevelt con el fin de ahuyentar la tentación aislacionista de Estados Unidos. En la posguerra desempeñó con total lealtad su papel de rey parlamentario, colaborando con el gobierno laborista, y hubo de asumir los inicios de la descolonización del Imperio británico.


La Reina Elizabeth, consorte de Jorge VI, retratada cuando aún era Duquesa de York


En 1952, Jorge VI dejó el trono completamente asegurado para su hija Isabel, segunda de su nombre (nacida en 1926), que es la actual soberana. Su reinado coincidió con la liquidación del resto del Imperio colonial británico y con una crisis en la imagen de la dinastía, causada por los desgraciados matrimonios de su hermana y de sus hijos, tres de los cuales acabaron en divorcio, incluido el del príncipe de Gales.


Lista de monarcas

  • Eduardo VII (1901-1910)
  • Jorge V (1910-1936)
  • Eduardo VIII (1936)
  • Jorge VI (1936-1952)
  • Isabel II (1952-actualidad)


Escena familiar de la última boda real del siglo XX en el entorno de los Windsor: la de S.A.R el Príncipe Eduardo (investido ese día como Conde de Wessex) y Sophie Rhys-Jones, en 1999

sábado, 26 de diciembre de 2009

El Duque de Windsor


En 1936, tras la abdicación al trono de Edward VIII del Reino Unido, hubo mucha controversia sobre cómo podría ser tratado el antiguo Rey –una posibilidad era el Ducado de Cambridge, otra el de Connaught, aunque ninguno de ellos era adecuado porque el Marquesado de Cambridge y el Ducado de Connaught ya existían-. Una teoría es que fue idea del Primer Ministro Stanley Baldwin darle el título Duque de Windsor. Otra es que fue el nuevo rey George VI quien expresó la idea de un título luego de que fuera firmado el instrumento de abdicación y sugirió usar “el nombre de la familia”.

El nuevo monarca anunció que crearía a su hermano Duque de Windsor, con el tratamiento de Su Alteza Real. Sin embargo, muchos meses pasaron antes que fuera promulgada la Patente real que formalmente otorgaba el título.

El ducado toma su nombre del pueblo donde se halla el famoso Castillo de Windsor, que ha sido la residencia de los monarcas ingleses por más de mil años, y que significa estabilidad, tradición y la esencia misma del ser británico (Windsor era también el apellido de la familia real por muchas de esas razones). A la muerte del duque en 1972 el título se extinguió. Dado su origen, es muy poco probable que sea recreado en el futuro.


El castillo de Windsor

Eduardo VIII del Reino Unido (1894 - 1972), en inglés Edward Albert Christian George Andrew Patrick David, fue monarca del Reino Unido y Emperador de la India durante solamente 326 días, desde la muerte de su padre el 20 de enero de 1936 hasta su abdicación el 11 de diciembre del mismo año.

Nació el 23 de junio de 1894 en White Lodge, distrito de Richmond, en Londres. Era el primogénito de los duques de York (más tarde el rey Jorge V del Reino Unido y la reina María). Si bien es conocido internacionalmente como el príncipe Eduardo, su familia y compañeros de su clase lo llaman David.


El Príncipe David (1919)

Cuando tenía quince años, su padre le otorgó el título de Príncipe de Gales, siendo investido como tal en 1911 en el castillo de Caernarvon. También ostentó los títulos de Duque de Cornualles, Duque de York y Duque de Rothesay, siempre con el tratamiento de Alteza Real. Durante la Primera Guerra Mundial, el príncipe sirvió en el ejército británico pero siempre resguardado de los peligros de la guerra. Después de la guerra, el joven y apuesto Eduardo era muy popular entre el público británico y de la mayor parte del mundo.

Cuando el rey Jorge V murió en enero de 1936, Eduardo VIII subió el trono, convirtiéndose en el segundo monarca de la Casa de Windsor.

Sin embargo, el nuevo soberano deseaba casarse con Wallis Simpson, una estadounidense divorciada que vivía en Inglaterra, cuya reputación con los hombres no era nada buena, habiéndose divorciado además dos veces. Como el monarca británico es también líder de la Iglesia de Inglaterra, ciertos dignatarios religiosos y gubernamentales no aprobaron una unión entre el rey y la señora Simpson.


El día de la boda, en el castillo de Candé (1937)

Pero Eduardo decidió casarse a pesar de las abundantes objeciones. Tras menos de doce meses como rey, abdicó el trono. El 11 de diciembre de 1936 anunció su decisión y reafirmó su amor por Wallis Simpson en un discurso radiofónico a la nación el mismo día. Al día siguiente se despidió de su familia y abandonó su residencia de Fort Belvedere para marchar al exilio forzado. Primero fue a Austria por seis meses, siendo huésped de los barones de Rothschild y luego a Francia, donde se reencontraría con su amada Wallis. Se casaron el 3 de junio de 1937 ante la presencia de algunos amigos de confianza en el castillo de Candé, cerca de Tours.

Después de su abdicación, Eduardo había sido nombrado Duque de Windsor (con tratamiento de Alteza Real) por Jorge VI. Su esposa adquirió el título de Duquesa de Windsor pero no la dignidad de Alteza Real. Este hecho encolerizaría al duque durante muchos años.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el duque obtuvo el cargo de Gobernador General de las Bahamas (1940-1945), en aquel tiempo todavía una colonia británica. Después de la guerra, él y su esposa volvieron a Europa y vivieron otra vez en Francia donde pasaron juntos la mayoría de su vida. Eduardo visitaba a su familia en Inglaterra algunas veces, pero la familia real nunca aceptó a su mujer. La pareja nunca tuvo hijos.


El Duque en su madurez

Eduardo murió en París el 28 de mayo de 1972 y Wallis catorce años más tarde, en 1986. Ambos fueron enterrados juntos cerca del castillo de Windsor, al oeste de Londres.

Títulos
  • 14 de diciembre de 1895 – 28 de mayo de 1898: Su Alteza Príncipe Eduardo de York
  • 28 de mayo de 1898 – 22 de enero de 1901: Su Alteza Real Príncipe Eduardo de York
  • 22 de enero de 1901 – 9 de noviembre de 1901: Su Alteza Real Príncipe Eduardo de Cornualles y York
  • 9 de noviembre de 1901 – 6 de mayo de 1910: Su Alteza Real Príncipe Eduardo de Gales
  • 6 de mayo de 1910 – 23 de junio de 1910: Su Alteza Real El Duque de Cornualles
  • 23 de junio de 1910 – 20 de enero 1936: Su Alteza Real El Príncipe de Gales (en Escocia: 1910–1936: Su Alteza Real El Príncipe Eduardo, Duque de Rothesay)
  • 20 de enero de 1936 – 11 de diciembre de 1936: Su Majestad El Rey (en India: Su Majestad Imperial El Rey-Emperador)
  • 11 de diciembre de 1936 – 8 de marzo de 1937: Su Alteza Real El Príncipe Eduardo
  • 8 de marzo de 1937 – 28 de mayo de 1972: Su Alteza Real El Duque de Windsor


Monograma real de Edward VIII, luego Duque de Windsor