Mostrando entradas con la etiqueta Madrid. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Madrid. Mostrar todas las entradas

martes, 29 de marzo de 2011

Las residencias de la nobleza: palacios urbanos

A finales de siglo XVIII tuvo lugar en Madrid un cambio en la estructura residencial de la nobleza. Aunque siguieron en ellos los nuevos gustos de la monarquía borbónica que comenzó su reinado levantando el Palacio Real en el lugar donde se había erigido el antiguo Alcázar.


Hasta entonces los nobles de la capital española habían ocupado viejos caserones de presencia exterior más bien austera, que no correspondía con el magnífico lujo del interior, sus vajillas de plata, sus colecciones de cuadros y objects d’art. La construcción de nuevas casas no se había llevado a cabo, porque dentro del casco urbano no existía el espacio suficiente, ni las condiciones urbanísticas apropiadas, ya que predominaban las calles estrechas y laberínticas.


El antiguo palacio de Uceda, luego de Medinaceli, junto a la plaza de Colón, entre el Paseo de Recoletos y la calle de Génova.


Por eso cuando comenzó a llegar el gusto francés por los palacetes elaborados y grandes jardines, no quedó más remedio que buscar grandes solares en la periferia de la ciudad, que permitieran desarrollar el tipo de vivienda que la aristocracia demandaba. Se concentraron principalmente en la zona oriental y occidental, coincidiendo con la vecindad del Palacio Real y el del Buen Retiro. Los palacios de Liria, Buenavista, Villahermosa y Osuna son buenos ejemplos de ello. Pero también se buscaron lugares cercanos a monasterios y conventos prestigiosos (San Andrés), o a las rutas oficiales por donde pasaban los reyes en sus desplazamientos.


Hubo tres momentos a lo largo del siglo XIX, que podrían indicarnos la relación entre la construcción de palacios y la clase social que los ocupaba. El primero se dio en la primera mitad del siglo XIX, entre 1800 y 1840, en el que la construcción de palacios estuvo protagonizada por la nobleza de cuna; el segundo en los decenios centrales del siglo, coincidiendo con el reinado de Isabel II, entre 1840 y 1868, en el que la aristocracia de nueva creación adquirió un creciente protagonismo, ejemplificado en la construcción del palacio del marqués de Salamanca; y el tercero coincidiría con la Restauración borbónica, entre 1875 y 1900, representado por la alta burguesía ennoblecida, un ejemplo claro es el palacio de Linares . A la vez estos tres periodos se corresponderían con la secuencia de construcción Palacio-Palacete-Hotel.


Aires de palacio real: el Palacio de Liria, actual residencia de los Alba en la Calle de la Princesa


De los grandes palacios concebidos al modo tradicional y habitados por la antigua nobleza, estaban el de Villafranca, el de la Alameda de Osuna o el de Liria, junto a la Puerta de San Bernardo en el límite de la ciudad. Propios de la nobleza surgida gracias al dinero, los del marqués de Salamanca en Recoletos y el de Gaviria, ambos de influencia italiana. Poco más tarde, de influencia francesa, destacó el palacio del duque de Uceda en la plaza de Colón, o el de Portugalete en la calle Alcalá.


Una vez hecho realidad el proyecto del ensanche, la nobleza pasó a contar con un barrio residencial propio donde estaba agrupada. Hasta entonces sus palacios habían estado más o menos dispersos por la ciudad. Y fue sobre este nuevo barrio donde el marqués de Salamanca proyectó la construcción de unos hoteles para la clase alta, que serían los antecedentes de las viviendas unifamiliares de la Ciudad Lineal y de la Ciudad Jardín.


El escudo familiar en el frontón del Palacio de Linares


Los palacios del XIX, a diferencia de los anteriores, mezclaba el lujo tanto interior como exterior. Las fachadas solían ser de ladrillo y piedra, formando con ello una combinación bicromática. En ellas se podían contemplar elegantes frisos, cornisas y portadas en las que se encajaban los escudos familiares. Avanzado el siglo, fueron apareciendo los balcones. Además, rodeaban el edificio enormes jardines con fuentes y pequeños estanques, limitados con formidables cerramientos que incluían monumentales puertas de entrada.


El interior de la residencia se dividía en tres plantas –que fueron aumentando con el tiempo- comunicadas por una suntuosa escalera principal: la planta baja donde se situaba la cocina, las caballerizas, las cocheras, y otros servicios, la planta principal, en la que se encontraban los salones donde se celebraban los actos sociales y las alcobas de los distintos miembros de la familia, alrededor de las cuales había antecámaras y gabinetes; el segundo piso, donde estaban los cuartos de criados. La división espacial que se creaba en el interior de estas lujosas casas, daba lugar a la aparición de microsociedades dentro de los palacios.


Los visitantes al Palacio de Liria ascienden una monumental escalera bajo cúpula, diseñada por Sir Edward Luytens durante una restauración a principios del siglo XX.


El lujo interior se reflejaba en espejos, pisos de mármol, tapices gigantescos, alfombras, cortinados dobles, papeles pintados en las paredes, frescos en los techos, vastas colecciones de pinturas, elaboradas lámparas de cristal, grandes ventanas que daban a los jardines, decoraciones al gusto mudéjar, grandes bibliotecas… Eso sí, sin perder nunca el estilo de vista francés que estaba en boga.


Escenarios de la vida social


La nobleza de viejo cuño sufría una crisis desde finales del siglo XVIII, especialmente, en el tránsito del Antiguo Régimen al Régimen Liberal. Crisis que tuvo que afrontar de diferentes modos. En este sentido, las pautas de comportamiento de la vieja nobleza iban a jugar un papel muy importante como manera de reafirmar su poder e influencia. Pero estas pautas no sólo venían determinadas por un sentimiento de amenaza respecto a su posición, sino que iban a dar una impronta propia a dicho grupo social a la vez que iban a servir de "modelo" a la nueva nobleza. Desde este punto de vista, la vida de sociedad tuvo una gran importancia como forma de mantener las viejas formas y perpetuar los complicados ceremoniales nobiliarios.


Despliegue de tapices en el salón comedor del palacio del Marqués de Manzanedo


Si bien a finales del siglo XIX -y hasta 1930 aproximadamente-, la mayor parte de la nobleza continuaba presente en la capital, la mayoría había perdido parte del poder político y económico, que en esos momentos tenía que compartir con la alta burguesía. Sin embargo, como respuesta a esa pérdida de poder, seguía monopolizando el poder social multiplicando fiestas y eventos. En aquella época, la principal dedicación de la nobleza era el ocio: las visitas, el paseo por Atocha y Recoletos, las fiestas palaciegas, las veladas de ópera en el Teatro Real. Aunque es verdad que, aunque a mediados del siglo XIX se produce un resurgir de los salones llevados por las aristócratas de cuño, su decadencia en relación al siglo XVIII es un hecho.


De esta manera, si bien la nobleza permitió el acceso a su ámbito de otros sectores sociales, dígase alta burguesía, lo hizo de una manera muy controlada y vigilada, es decir, que en cierto modo, puso resistencia a verse del todo sustituida por la nueva clase emergente. Así, incluso arruinada, hizo unos esfuerzos y sacrificios económicos con tal de mantener sus estatus social, no renunciando a su viejo modo de vida opulento y ostentoso.


Grupo de invitados a un baile de disfraces en el Palacio de Fernán Núñez


Dentro de los ámbitos de sociabilidad de la nobleza de Madrid, el salón fue considerado como el primer escenario de representación social y de la propia fusión con la alta burguesía, ya que ésta intentaba penetrar en los círculos aristocráticos y conseguir el ansiado ennoblecimiento, ya sea por favor o por medio del matrimonio. A este respecto, el salón fue un espacio de sociabilidad clave, ya que en él, además de albergar intrigas políticas o económicas, también sería escenario de intrigas amorosas. En estos momentos la estrategia matrimonial del grupo nobiliario consistía en maniobras a largo plazo, de fusiones con segundones, con la consiguiente creación de ramas familiares secundarias, buscando la consolidación de dicho grupo social. De ahí, que en definitiva, los salones dieron cobijo a la clase dirigente por excelencia, una clase que era producto de la fusión señalada.


La importancia de los salones y los bailes que en ellos se dieron, serán de capital importancia para la nueva nobleza porque le permitirá introducirse en el mundo aristocrático, en tanto en cuanto, ésta adoptó los usos y costumbres de la vieja aristocracia de sangre. Así, por ejemplo, los viejos palacios de la nobleza con un piso bajo de grandes ventanas enrejadas y otro piso alto, muy suntuosos por dentro y adornados con tapices y cuadros de gran valor, fueron sustituidos por los palacios burgueses, que trasladaron esa suntuosidad al exterior.


La elegante fachada del palacio de la Condesa de la Vega del Pozo


En cuanto a los bailes, algunos de ellos fueron celebrados en Palacio por la propia reina, Isabel II. Otros tuvieron lugar en los palacios de la alta aristocracia. Se trataba de unos bailes a los que podían asistir hasta cuatrocientas personas y su frecuencia era, si no diaria, al menos semanal. Según Azaña, en el invierno de 1849 a 1850, se dieron en las casas de la nobleza doscientos cincuenta bailes sin contar los de Palacio. Esto tenía lugar en un momento en que se reanudaba la vida de sociedad y llegaba la epidemia "que llaman pasión de riquezas, fiebre de lujo y de comodidades" que afectaba, sobre todo, a la nueva grandeza del comercio y del préstamo.


A este respecto, Guillermo de Cortázar ha señalado dos etapas en el comportamiento de la élite madrileña: la primera, que iría desde 1875 hasta el reinado de Alfonso XIII, caracterizada por la plena vigencia de los salones aristocráticos, la segunda desde 1914 a 1918, en la que tendría lugar la decadencia de estos salones y de una mayor aplicación y apertura de la élite. Así mismo tendría lugar un cambio en el espacio físico y urbano de Madrid, de tal manera que la construcción de los hoteles Ritz (1905) y Palace (1912) con sus respectivos salones, iban a permitir que esta élite se reuniera en ellos, a diferencia de la cerrada "vida de sociedad" de la época de la Regencia o del reinado de Alfonso XII.


El luminoso tocador de la Marquesa de Cerralbo, la Salita Imperio, que, al encontrarse junto al comedor de gala, servía para que las damas descansaran o se acicalaran después del almuerzo o la cena.



Pero volviendo al mundo de la vida social, cabe decir que asistía lo más granado de la juventud aristocrática, incluidos militares y oficiales de la Guardia. El cuerpo diplomático también estaba invitado y algunos embajadores como los de Rusia, Francia, Austria y Nápoles, incluso daban fiestas en sus propias residencias. Fernández de Córdova señala que hacia 1825, todos los domingos la duquesa de Osuna, condesa de Benavente, recibía "a la sociedad más selecta y escogida. Su base era el Cuerpo Diplomático extranjero y su propia familia". "La duquesa de la Roca era una señora de la primera Grandeza de España, daba los viernes bailes a donde era muy afortunado tener el privilegio de ir, pues escogía entre la juventud los más distinguidos". "Los sábados abrían los salones de la señora de Vallarino".


Otras señoras que cita son, por ejemplo, la duquesa de Benavente, la marquesa de Santa Cruz, la marquesa de Alcañices ("sin rival en la Corte"), Fernanda de Santa Cruz, condesa de Corres, la marquesa de Miraflores, la de Montelo, la condesa de Vilches (que solía acudir a la casa del conde de Ezpeleta), la duquesa de Castro Enriquez, etc. Es decir, que "las damas eran el principal ornamento de aquella sociedad".


Inés Francisca de Silva-Bazán y Téllez Girón, marquesa de Alcañices y duquesa de Alburquerque.


Pero quizás lo más destacado de estas reuniones eran el lujo y la suntuosidad que las presidían. Las señoras llevaban sus joyas más suntuosas y se ponían sus más elegantes vestidos. Fernández de Córdova recuerda en sus memorias a la condesa de Cervellón, "que apenas podía soportar el peso de los diamantes en su preciosa cabeza y sobre su elegante traje" y a la Infanta doña Luisa Carlota "radiante de hermosura y de riquísimas joyas, siendo las únicas que pudieron rivalizar en tal conjunto con la Princesa de Pastrana" (refiriéndose a la anfitriona de una fiesta celebrada los jueves en la embajada de Nápoles). En ellas incluso se daban conciertos a los que acudían los más importantes cantantes de ópera y artistas del momento y es que la nobleza tenía especial predilección por el mundo operístico, especialmente por la ópera italiana.


El suntuoso salón de baile del Palacio Cerralbo


martes, 8 de marzo de 2011

Madrid noble



La afluencia de nobles a Madrid comenzó cuando Felipe II decidió fijar su hasta entonces Corte ambulante en esa villa a mediados del siglo XVI. Los nobles se trasladaron a la entonces pequeña población, al amparo de la Corte real, manteniendo estrechos contactos con el Rey a través del aparato cortesano. Su presencia fue haciendo poco a poco de Madrid una de las ciudades más animadas de Europa, convirtiéndose en el principal foco de atracción social. Pasó así de ser una población principalmente agraria a girar en torno a la aglomeración de refinamiento que exigía la Corte. Como consecuencia y aunque la industria era mínima, comenzó a desarrollarse en su seno un verdadero comercio del lujo (desde joyeros a bordadores de plata y oro y sombrereros).


La Reina Isabel


La llegada a la capital de los nobles llevó consigo grupos sociales de baja extracción procedentes de zonas rurales, sabiendo de la demanda de sirvientes por parte de la aristocracia. De hecho, el tener mayor o menor número de empleados era un signo de mayor o menor estatus. Como lo era también en otra dimensión el número de coches que se poseyera, o el número de caballos que tiraban de ellos.

La nobleza constituyó desde un principio la cúspide social de la capital. Pero no sólo la social, sino también la económica y la política. Sus cargos en palacio les facilitaron los contactos con los centros de poder, formándose fuertes camarillas. Por lo que Madrid seguía siendo en el siglo XIX como centro de poder político un foco de atracción para las élites. De esta forma la nobleza madrileña fue monopolizando los altos cargos políticos del gobierno. La gran parte de los escaños del Senado y de los cargos diplomáticos, estaban ocupados por los Grandes de España por derecho propio (como contemplaría la Constitución de 1876), igualmente seguían ocupando los cargos en la Corte como el de Tesorero real, Secretario del rey y otros muchos relacionados con la administración de palacio.

Pedro de Alcantara Tellez-Girón y Beaufort Pimentel, 11º Duque de Osuna


El desempeño de esas actividades les hizo adquirir gran prestigio, lo que unido a la suntuosidad que rodeaba su estilo de vida con palacios, comodidades, fiestas y todo tipo de símbolos externos que los identificaban, proporcionó que esta élite influyera y fuera envidiada por todas las clases sociales. Este prestigio les acompañó hasta bien entrado el siglo XX, aunque la situación económica, social e ideológica de este grupo sufriese fuertes transformaciones a lo largo del siglo XIX.

La principal base económica de la nobleza era la tierra rural. Aunque la nobleza de cuna se había ido instalando alrededor de la corte, había dejado en el interior vastas tierras de las que percibían el mayor porcentaje de las rentas nacionales, lo que aseguraba el futuro a los viejos nobles, y propiciaba que la tierra pasara de de generación en generación.

Pero la nobleza contaba también con amplias propiedades urbanas, principalmente fincas que se hallaban dispersas por la ciudad y solían tener arrendadas. Este tipo de posesiones les vino muy bien cuando en momentos determinados las tierras agrícolas no conseguían dar la liquidez necesaria poder mantener el alto nivel de vida de sus dueños. Era entonces cuando recurrían a vender esas fincas urbanas, ya que como éstas sólo desempeñaban un papel complementario en sus ingresos, no invertían en ellas.


La Duquesa de Castro-Enríquez


De esta manera comenzó un repliegue nobiliario, causado porque la nobleza reprodujo hábitos y comportamientos tradicionales del Antiguo Régimen. Incluso a pesar de que había comenzado a finales del XVII a impulsar una actividad económica algo más activa, no se alteraron las estructuras de producción y propiedad. Es decir, que trataron de maximizar la producción para conseguir más dinero líquido, pero sin llevar a cabo transformaciones industriales.

Con el fin de aumentar la producción sin salir del modelo tradicional de propiedad, subieron los gastos dirigidos a mejoras de infraestructura. Al mismo tiempo el consumo suntuario de la aristocracia se incrementaba, debido a su transformación en una clase más cosmopolita, más abierta a las influencias francesas, y que tenía que destinar gran parte de sus ingresos a gastos fijos para mantener su estatus, marcado por la nueva moda de grandes y nuevos palacios, la adquisición de obras de arte, etc.


La suntuosidad de una residencia noble


El cambio de coyuntura a finales del siglo XVIII y principios del XIX, el entorpecimiento de las exportaciones de lana, el coste del aprovisionamiento de las rentas durante la Guerra de la Independencia, el descenso de los precios agrarios, el cuestionamiento de los privilegios señoriales y el cortocircuito de las rentas provenientes de la corona como consecuencia de la quiebra de la Hacienda Pública, frenaron la expansión de la economía nobiliaria. Se produjo entonces un desfase entre gastos e ingresos comenzando una crisis patrimonial que duró hasta los años setenta, en la que perdieron posiciones económicas.

Se hizo necesario por ello un proceso de saneamiento que permitiera la recuperación. Fue entonces cuando la nobleza demostró su capacidad de resistencia, pues la mayoría consiguió reconstruir su situación sin abandonar del todo su componente agrícola y sin tener que participar de una forma decidida en los nuevos sectores económicos (Deuda Pública, construcción, negocios, etc.). En general a lo largo del XIX la nobleza mantuvo su patrimonio.

El saneamiento conllevaba la abolición del mayorazgo y el fin de la propiedad vinculada, además de la intervención del Estado Liberal que va a transferir a la vieja nobleza indemnizaciones por la desamortización de sus bienes. Las indemnizaciones eran utilizadas por sus destinatarios como el elemento de liquidez que tanto ansiaban y no como medio de engrosar el patrimonio.


A la izquierda el antiguo Palacio del Marqués de Alcañices, que se derribó en 1884 para construir el Banco de España. A la derecha la estatua de la diosa Cibeles y su fuente.

El hecho de que la nobleza no participase de forma decidida en los nuevos sectores económicos no significó, sin embargo, su ausencia total en los mismos. Entre 1840 y la Restauración, la aristocracia madrileña buscó un nuevo punto de equilibrio económico que les ayudara a salir de bache, proporcionándoles mayores beneficios y una gestión más eficaz de los recursos. Por ejemplo, la casa de Medinaceli transfirió propiedad rústica o valores por un valor efectivo de 58 millones de reales (lo mismo que el duque de Alba, el conde de Altamira o el marqués de Alcañizes).

Para la pequeña nobleza la política de saneamiento suponía un mayor esfuerzo, y podía suponerles la liquidación total de su patrimonio. Se trataba de economías con una excesiva presencia de bienes improductivos, por lo que la enajenación de las fincas agravaba el desfase y dificultaba la reactivación posterior.


La Condesa de Vilches


Como excepción y no como norma, algunas familias nobles no supieron o no pudieron recuperarse, llegando a la quiebra definitiva de sus patrimonios. Entre otros motivos se encuentra el hecho de que se endeudaran con banqueros madrileños. Este es el caso de los Altamira, Híjar, Salvatierra y Osuna.

Una consecuencia de la crisis de la nobleza fue el hecho de que muchos aristócratas dejaran de engrosar las filas carlistas para pasar a la de los liberales, ya que desde ahí podían controlar la reconversión de sus propiedades, superar la crisis y recuperar el prestigio político (aunque nunca habían perdido su influencia social). Es que se trata de un liberalismo moderado, por lo que durante la Restauración se les verá en el partido conservador de Cánovas.

A la vez, como si de una cadena se tratara, el giro político de la nobleza provocó que esta clase social tomara contacto con otras élites de importancia, haciéndose más abierta, convirtiéndose así en la nobleza europea más liberal en ese aspecto. Por ello la alta burguesía comenzó a ennoblecerse y a engrosar las filas de la aristocracia, incluso muchas de las tierras que los nobles tuvieron que vender cuando enajenaron sus propiedades, pasaron a manos de la alta burguesía.


El Palacio de Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII marqués de Cerralbo, hoy Museo


Claro que esa apertura no fue compartida por la totalidad de la nobleza. Un sector patriarcal, con profundo y arraigado sentido del hogar, desdeñaba a los burgueses por considerar que contaminaban la sangre, el código social y el modo de vida aristocrático.


Muy a pesar de los disconformes la creación de una nueva nobleza, surgida de la élite económica de los negocios, fue un hecho, especialmente significativo en el reinado de Isabel II y de Alfonso XII.

Uno de los ejemplos más notables de las nuevas élites surgidas en época de Isabel II, fue el marqués de Salamanca, quien encarna lo que significó la burguesía ennoblecida y sus diferencias con la nobleza de cuna, principalmente económicas. Mientras los segundos valoraban su patrimonio como simple fuente de rentas, y empleaban los excedentes en el lujo y no en la reinversión, los primeros se embarcaban en distintos negocios e inversiones en bolsa, consiguiendo aumentar su capital si les salían bien, pero corriendo el riesgo de arruinarse en caso contrario.


Un joven Marqués de Salamanca


El marqués de Salamanca nació en Málaga en 1811, en el seno de una familia acomodada que se pudo permitir pagarle los estudios de leyes. Ejerció como jurista, lo que le permitió codearse con grandes personajes. Su matrimonio con Petronila Livermore Salas, de padre inglés, hizo que emparentara con grandes empresarios, de los que fue aprendiendo. Poco a poco fue abandonando su carrera para dedicarse exclusivamente a los negocios y la política. Así, llegó a Madrid por primera vez como diputado por Málaga en las cortes Constituyentes celebradas en octubre de 1836. Y de ahí, pasó al Ministerio de Hacienda. Esto viene a demostrar que la mayoría de los títulos que se concedieron en el XIX, fueron a parar a manos de políticos y de militares.

Fértil en ideas, invirtió en numerosos negocios (la Bolsa, la banca, el ferrocarril, los bienes raíces), algunos de creación propia. Lo verdaderamente asombroso de este hombre es que a pesar de sus momentos de apuros económicos e incluso quiebras, conseguía recuperarse de manera sorprendente. Algo que no ocurrió con otros nuevos nobles.


La sociabilidad de la nobleza madrileña (segunda mitad del siglo XIX)


Durante el reinado de Alfonso XII, se mantuvo la tendencia de otorgar títulos nobiliarios que había comenzado durante el reinado de su madre y que continuará posteriormente, durante la Regencia de María Cristina y el reinado de Alfonso XIII. Con ello se pretendía crear una nueva nobleza, aunque también se beneficiaran de esta política personas que poseían títulos con anterioridad.

Durante la Restauración, la necesidad de encontrar simpatizantes con la causa para consolidar el régimen, llevó a premiar con títulos a aquellos que contribuyeron a restablecer a la monarquía borbónica en el trono español y a los que la rendían fidelidad. Por eso fueron principalmente militares, hombres de negocios y políticos los que adquirieron dichos títulos, quienes eran el principal apoyo del sistema recién implantado.

Por cada título, que sólo podía ser otorgado por el Rey, había que pagar un importe que estaba en relación con la calidad del mismo, pudiendo aspirar a uno u otro, o a más de uno, según el poder adquisitivo. En algunos casos se les eximía del correspondiente pago a la Hacienda, por ejemplo, a los militares que habían prestado un servicio especial a su advenimiento al trono, luchando contra los carlistas. Entre los políticos que ascendieron estaban el marqués de Rubalcaba o Fernández Calderón. También se concedieron títulos a propietarios de grandes haciendas en Cuba, que aportaron gran cantidad de dinero a la causa alfonsina, como el marqués de Álava, o el marqués de Santa Rita.


La Condesa de Muguiro


Pero si en los casos citados la buena posición o la política facilitaron el ennoblecimiento, en otros fue la elevada posición económica de la alta burguesía industrial la que abrió las puertas de la entrada en la nobleza y en una carrera política. Es el caso del marqués de Comillas, que compartía junto a Manuel Girona la hegemonía del Banco Hispano Colonial.

El apogeo de la venta de títulos se dio al principio de la Restauración cuando se intentaba consolidar el régimen, decayendo según se vaya asentando. Al mismo tiempo se concedieron más títulos en las épocas del gobierno conservador de Cánovas, que en las del liberal de Sagasta. Y también fue durante los gobiernos conservadores cuando se dio mayor número de nobles en las cortes.

Conclusión: la nobleza del XIX no era un grupo social homogéneo. Dentro de la vieja nobleza están los Grandes de España, que eran el más alto escalafón y la nobleza sin Grandeza, diferenciada a su vez según la importancia de su patrimonio. Este cuadro vino a complicarse con la nueva nobleza, que se diferenciaba de los anteriores, sobre todo, por su comportamiento económico más que social.

El siglo XIX para la nobleza madrileña fue un paso más en la evolución que comenzó cuando se asentó la Corte. Así, en el XVI empezó a echar raíces en la capital, en el XVII tomó cuerpo, en el XVIII se consolidó y en el XIX sufrió una transformación, convirtiéndose en una élite abierta, con gran capacidad de reproducción, basada en la captación y asimilación de otros individuos ajenos.



El Palacio de Medinaceli, con la estatua de Colón en medio de la rotonda del Paseo de Recoletos (1960)




Mi agradecimiento a la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Dirección: Luis Enrique Otero Carvajal, Profesor Titular de Historia Contemporánea.

jueves, 27 de mayo de 2010

La etiqueta española en los siglos XVI y XVII

El desafío práctico más general y apremiante para la etiqueta fue la amenaza de desorden e indisciplina siempre presente. Las necesidades diarias del rey y de su familia, de los ministros y oficiales superiores de su casa podían ser atendidas sólo si la enorme corte funcionaba como una máquina. Sin embargo, su sola dimensión hacía que esto fuera casi imposible.

Hacia mediados del siglo XVIII, el rey tenía el enorme palacio nuevo de Madrid; el Buen Retiro, también en la capital; y los reales sitios en Aranjuez, El Pardo, El Escorial y La Granja. Junto a estas grandes residencias había cotos de caza, varias capillas y casas monásticas, y otras instituciones, como la Biblioteca Real -abierta al público por Felipe V-, las cuales dependían más o menos directamente de la corte. También había extensos jardines, parques y vastas reservas de caza, algunas de ellas abiertas también al público, que empleaban a cientos de personas que no se encontraban inscritas en los libros oficiales de la casa. Una enorme dotación de empleados velaba por la familia real y sus posesiones.


El Palacio y los Jardines del Buen Retiro

Una estimación muy cautelosa de 1760, basada en documentos de la casa de Carlos III disponibles en el Archivo General de Palacio de Madrid, cifra la corte en 2.500 o 3.000 personas. Ésta incluye a los alabarderos y a tres compañías de guardias de deberes restringidos exclusivamente a la corte y tiene en cuenta a un modesto número de artistas y artesanos asalariados del rey. El cómputo no incluye, sin embargo, a las sirvientas de las damas de la corte que vivían en el palacio, ni tampoco a los trabajadores del exterior, que coyunturalmente trabajaban en él, que se contaban por cientos. Algunos contemporáneos bien informados sugieren cifras mucho más elevadas. El marqués de la Villa de San Andrés, cortesano y escritor satírico de la vida en la corte, da un total de 6.000, por ejemplo.

Además, durante los siglos XVII y principios del XVIII, el palacio de Madrid se abría al público, quien compraba en los puestos alineados en sus dos grandes patios. A aquéllos que habían sido presentados en la corte -y esto no era un logro inusual para las personas respetables o educadas, como mínimo en el siglo XVIII- se les permitía subir la escalera y pasearse por la residencia del rey como si se tratara de un lugar común de reunión o de un museo gratuito. Esta apertura, así como el gran número de cortesanos y trabajadores que afluían a palacio, hacía difícil imponer un orden en él, pero más amenazador era el desorden de la cultura cortesana en los siglos XVI y XVII.


El palacio real de Madrid (Real Alcázar), principios del siglo XVII

La corte era el lugar donde los grandes egos aristocráticos se rozaban entre sí en una época en la cual el código del honor personal era muy respetado. Esa corte estaba dominada por hombres, a menudo jóvenes, cuyas carreras podían depender de eclipsar a sus rivales. Los aristócratas, entre ellos, a menudo se identificaban como guerreros y la mayoría de los hombres en la corte -incluso humildes trabajadores de sus cocinas humildes- parecían haber sido autorizados a llevar espada. Con numerosos jóvenes influyentes y ricas damas cortesanas solteras por los alrededores, se hacían inevitables los desafíos, duelos y ataques entre hombres bien nacidos. El autocontrol no se mantenía mejor en los escalafones más bajos. Por lo tanto, mientras las damas de la reina cometían molestas y venales ofensas de mal gusto, parloteaban ruidosamente y se reían entre ellas o coqueteaban con sus galanteadores, los señores y los trabajadores se ocupaban en derramar la sangre de los demás.

La esposa de Felipe II, Isabel de Valois, se hallaba presente cuando un cortesano fue asesinado por dos sirvientes de palacio, mientras que, en otra ocasión, tres cortesanos de alto rango se pelearon con espadas, otra vez ante la reina. En 1658, estalló una disputa en la cocina del rey entre galopines y algunos soldados de la guardia que acabó con la muerte de cinco o seis hombres, con veinte o más heridos y el encarcelamiento de otros tantos. O la muy solemne ceremonia de juramento del joven Baltasar Carlos como príncipe de Asturias y heredero del trono en 1632 -uno de los más destacados e importantes rituales regidos por los libros de etiqueta, y que tuvo lugar en la iglesia real monástica de San Jerónimo-, donde una confrontación sin precedentes desembocó en dos violentas peleas ante el mismo rey.


Baltasar Carlos, Príncipe de Asturias, con el Conde-Duque de Olivares en las cuadras reales (1636)

Menos violenta pero quizás más perturbadora fue la inacabable dificultad que los oficiales superiores, tanto hombres como mujeres, tenían para hacer cumplir cada día los requisitos que imponían la etiqueta y la moral. Felipe II y sus sucesores Habsburgo, sobre todo Felipe IV, frecuentemente ordenaban a los cortesanos cumplir sus tareas convenientemente, comportarse de una manera menos escandalosa, abandonar conductas rudas y bulliciosas, abstenerse de «la embriaguez, de decir palabrotas y de otros vicios y desórdenes», y parar el constante coqueteo entre los caballeros del rey y las damas de la reina. En esto último parecía que tanto damas como caballeros se resistían a la autoridad. El embajador veneciano, Contarini, informaba a principios del XVII que tanto las damas como las doncellas a menudo se «rebelaban» contra la camarera mayor -la dama de mayor rango en la casa de la reina- y entre ellas.

Los mandatos reales sobre la decencia, el respeto y la disciplina indican la ausencia frecuente de los mismos y el instrumento tan importante que constituían las regulaciones escritas sobre el código borgoñón -particularmente durante el periodo Habsburgo- para asegurar el bienestar y la autoridad del monarca.


Retrato ecuestre de doña Isabel de Borbón, consorte de Felipe IV, realizado para decorar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro.


No obstante, el propósito fundamental de las elaboradas normas escritas no era práctico. Era como J. H. Elliot, enfatizando hasta qué punto la realeza española «se protegía de la contemplación del público», había escrito, «proteger y aislar la figura sagrada del rey [...] la majestuosidad era sacrosanta y debía permanecer inviolable». Pero al mismo tiempo, y tal y como se ha comentado en otras ocasiones, los reyes españoles no gustaban a los reyes ingleses y franceses, ya que en sus cortes no se experimentaban los grandes ritos de sagrada devoción familiar.

Los reyes españoles, siguiendo las costumbres de sus antepasados, los monarcas castellanos de la baja Edad Media, evitaban los rituales de coronación y de consagración. No pretendieron gobernar por derecho divino, ni utilizaron una corona -excepto con el único fin de ser identificados en las pinturas o en los ataúdes de sus funerales-. No había joyas pertenecientes “a la Corona”, ni prendas de vestir para rituales históricos. Tampoco los reyes españoles tuvieron nunca un gran mausoleo hasta 1654. No obstante, los que visitaban la corte, como el mariscal francés De Gramont en 1659, a menudo quedaban impresionados por «los aires de grandeza y majestuosidad [..] no vistos en lugar alguno».


Proclamación de Felipe II rey (1556)

Para conseguir esta atmósfera, los reyes españoles realizaban diariamente rituales y ceremonias especiales que eran abrumadoramente seculares por su naturaleza -tal y como lo fueron los de los monarcas medievales castellanos y los de los duques de Borgoña-. De la misma manera que éstos últimos, los Habsburgo españoles gobernaron tierras diversas y desunificadas, que hablaban lenguas diferentes y que también tenían diferentes costumbres. La corte y su etiqueta -adoptada siempre que fuera posible en las visitas del rey a sus diferentes tierras- eran importantes para unificar las instituciones, tanto cultural como geográficamente.

Los Borbones, aunque confiaron más intensamente en el poder militar y en la eficacia administrativa para reafirmar la unidad de España y su propia autoridad, entendieron la importancia del estilo borgoñón y la propaganda de la cultura cortesana. A la etiqueta, los monarcas añadían una arquitectura palaciega imponente, muebles, sirvientes y guardias uniformados, eventos musicales y teatrales, fuegos artificiales y elaborados y colosales ágapes para manipular la opinión de quien los contemplaba y para revestirse de majestuosidad.


Fernando VII y Bárbara de Braganza rodeados de su séquito

De las ceremonias especiales, quizás la más solemne era la del juramento en la cual el monarca, su heredero y los grandes señores, prelados y oficiales de la corte y del reino, se juraban lealtad uno a otro y a la ley. Este ritual tenía lugar normalmente en la iglesia medieval de San Jerónimo de Madrid ante la familia real congregada, enviados extranjeros, todos los grandes oficiales de la Casa Real, el gobierno y la ciudad, y con el primado, el arzobispo de Toledo, oficiando la misa. El juramento, aunque solemne y rodeado de grandes demostraciones de autoridad y esplendor, no era un elemento insoslayable de poder real. Algunos reyes, como Fernando VI (1746-1759), prescindieron de él totalmente, tal vez porque creían, como algunos expertos, que era «relativamente superficial».

Algunas veces el juramento se combinaba con otra ceremonia de gran importancia como lo era la entrada del rey en Madrid. Esta entrada era oficial, pública y solemne. Naturalmente, tenía lugar justo después de la coronación del monarca y se trataba de un destacado ejemplo de la importancia de continuar con los modelos franco-borgoñones. Tal y como lo hicieran los duques de Valois, los reyes españoles incorporaron religión, mitología, historia, ornamentos clásicos y numerosos festejos, tanto cortesanos como populares, en lo que era básicamente una serie de procesiones alrededor de la capital, desde un arco de triunfo (erigido temporalmente) a otro.


Farinelli dando un concierto a Fernando VI

La entrada de Carlos III, por ejemplo, duró unos diez días e incluyó un Te Deum, una corrida de toros, una obra de teatro en el Buen Retiro, fuegos artificiales, misas, luces, encuentros de las Cortes, concesión de títulos y la prestación de juramento. Al décimo día de su entrada, Carlos tuvo que soportar el ritual del besamanos.

Éste se celebraba tanto como ocho veces o más cada año, en los cumpleaños y los santos de los miembros más importantes de la familia real, y con la corte vestida de gala. En el besamanos, Grandes, nobles, oficiales de la Casa Real, del gobierno y de las Cortes, del ejército y la armada, alto clero, «caballeros de gran renombre», damas y esposas de oficiales superiores, formaban una ordenada fila en palacio, uno a uno, para arrodillarse y besar la mano al rey y a otros miembros de la familia real. Esto era, como el diplomático francés Jean François Bourgoing sugirió a finales del siglo XVIII, un acto de «lealtad y homenaje, una renovación del juramento de fidelidad», incluso a los príncipes y princesas más pequeños.


Estandarte Borbón del siglo XVIII

Los Borbones adquirieron esta reminiscencia del pasado, empleándola tal y como lo hicieran sus predecesores Habsburgo, para reafirmar su autoridad como señores y reyes; para manifestar a todos los presentes su única posición; para recordar su poder incluso al más orgulloso de los aristócratas, al colocarlo subordinado, en términos físicos, forzándolo a arrodillarse.

Tales solemnidades, cuidadosamente orquestadas para confirmar la unicidad de la autoridad del rey y el deber de sus súbditos a venerarlo, marcaban únicamente ocasiones especiales. Había pocos rituales diarios que reforzaran completamente la imagen real. Éste era el caso cuando el rey salía fuera, para asistir a un oficio religioso, para cazar o para visitar cualquiera de sus placenteros pabellones -como la Casa de Campo a las afueras de Madrid-. En tales casos, una completa panoplia de caballerizo mayor, capitanes y oficiales de la guardia, gentilhombres de su casa y otros oficiales de diferentes rangos le acompañaban. Sin embargo, dentro del palacio, no había un ceremonial preciso que obligase a la corte a asistir al despertar y al acostarse del rey, como sí lo había en Versalles.

Durante casi todo el día, el rey permanecía completamente aislado de la mayoría de los cortesanos y sirvientes, o pasaba rápida e informalmente por entre pequeños grupos de gente reunida en las salas públicas o exteriores de palacio. Sólo a la hora de la comida y la cena, cuando el rey comía en público, se desplegaba la espléndida pompa borgoñona para imponer respeto a sus súbditos.

Carlos II adorando la Santa Forma en El Escorial

Los duques Valois de Borgoña, comenzando con Felipe el Audaz en 1360, como otros potentados medievales, hicieron de las comidas copiosas y elaboradas un rasgo importante de su diplomacia y su política. Cenas, comidas y banquetes especiales habían sido diseñados para impresionar a los espectadores y deleitar a los participantes. A la hora de comer, la etiqueta había sido diseñada para magnificar la grandeza del soberano, y la abundancia, riqueza y ornamentación en la presentación de los platos servidos diseñados para mostrar su riqueza y probar su generosidad.
Como en la corte borgoñona, se trataba de un acto rígidamente ritualista y el porte del rey y sus sirvientes tendía a ser majestuoso en aquel espléndido escenario. Gran número de platos ostentosos y un servicio teatral y solemne eran la norma. Manjares importados, creaciones de mazapán doradas y ornamentadas, fruta escarchada, dispendiosas bebidas y refrigerios sabrosos eran típicos, incluso durante los días de dificultades financieras de las décadas de 1670 y 1680. La etiqueta a la hora de comer, escrita en instrucciones bien detalladas, se copió repetidamente para el uso de los oficiales de la casa, y se mantuvo sin modificaciones significantes desde el siglo XVI hasta el XVIII.

El estilo borgoñón requería tanto al monarca como a su consorte a comer en público, excepto en excepcionales circunstancias, solos y separados. Felipe V, antes que abandonar a su esposa, se reunía con ella en su palacio y seguían una etiqueta más relajada cenando «retirados», una fórmula destinada principalmente a aquellos monarcas que se encontraban indispuestos. Felipe II a finales de su reino también restringió sus comidas públicas, y que Felipe IV, a pesar de su entusiasmo por las reglas de «decencia y de respeto», cenaba públicamente solamente una vez por semana. Carlos III, famoso por su autodisciplina y regularidad de hábitos, fue uno de los pocos reyes que diariamente comía en público -pero incluso él lo hacía tan sólo a mediodía.


Felipe IV en traje de corte

En aquellas ocasiones especiales en que el rey compartía su comida formalmente con otros, la etiqueta aseguraba que su única y superior condición se enfatizara más que nunca. Sólo en tres ocasiones el monarca comía públicamente con sus súbditos: en la boda de una dama de la casa de la reina; con los caballeros del Toisón de Oro, para conmemorar su capítulo anual del día de San Andrés, y con el conde de Ribadeo, quien disfrutaba del antiguo privilegio de comer una vez al año con el monarca. Durante estos eventos, el rey se sentaba en una silla, mientras que sus súbditos lo hacían en bancos; el monarca, y también la reina, durante el banquete de boda de una de sus damas, comían sobre una tarima, bajo un toldo; sus platos -tanto los entrantes como el postre y las viandas- les eran servidos por los oficiales de más alto rango, y de manera diferente; sólo su plato (o el de la reina) se traía cubierto, sólo su comida era traída desde la cocina por caballeros con la cabeza descubierta, sólo su comida y bebida eran catadas de antemano para prevenir un posible envenenamiento.

Los libros de etiqueta estipulaban las tres comidas del día en todas las demás ocasiones. En la comida o cena retirada, el monarca, solo o con su consorte, comían de manera privada y eran servidos por relativamente pocos cortesanos de alto rango mientras que los oficiales y sirvientes de menor grado asistían desde fuera de la cámara real, ya que a éstos no debían ser vistos por el monarca. La comida pública ordinaria era la que tenía lugar con más frecuencia. Duraba, en los días de Carlos III, una hora más o menos -un tiempo sorprendentemente corto dado el grado de ceremonia que comportaba- y era presidida por el semanero, aunque el mayordomo mayor se podía hacer cargo de ella si lo deseaba. El rey debía ser servido por gentilhombres de la boca en funciones de copero, trinchante y panetier, y éstos eran ayudados por una docena o más de ujieres, oficiales de la despensa, de la cocina, de la bodega, guardias, asistentes, otros oficiales y uno de los capellanes del rey -o bien su limosnero mayor-.


Carlos III comiendo ante su corte

La comida pública solemne era ofrecida en ocasiones especiales, tales como la Epifanía, cuando el conde de Ribadeo iba a comer con el rey o cuando el rey deseaba impresionar a algún comensal. El mayordomo mayor, acompañado por maceros, supervisaba la presentación de las viandas del rey en la cocina y, con guardias, gentilhombres de la boca, ujieres y otros, las acompañaba al comedor donde eran servidas, consumidas y sus restos retirados con música de trompetas y tambores. La presencia de estos oficiales con espléndidos uniformes y de los cortesanos con ricas vestiduras ofrecía una imagen impresionante.

Hubo otros tiempos, sin embargo, en que los reyes comían de manera mucho más informal de la estipulada por la etiqueta borgoñona. Cuando viajaban o cazaban, sencillamente tomaban comidas o tentempiés u organizaban pequeñas expediciones, como hacía a menudo Carlos II, a un pabellón o al Pardo, llevaban en su séquito al personal y los suministros necesarios para una comida informal. Lo que la etiqueta prescribía para tales excursiones no está nada claro. De vez en cuando, los monarcas llegaban al extremo de cocinar ellos mismos. A María Luisa Gabriela de Saboya, la primera esposa de Felipe V, le gustaba hacerse sopa de cebolla en su palacio. A Carlos IV le gustaba escapar de la rigidez de la corte, por lo que iba a una de sus encantadoras y elegantes casitas y cocinaba él mismo cordero frito, tortillas de ajo y otras exquisiteces similares. Y Carlos III disfrutaba preparando ocasionalmente fiestas para amigos íntimos y familiares durante las cuales él, sus hijos y algunos cortesanos cocinaban diversos platos sencillos para compartirlos con los demás. Sin embargo, Carlos III nunca comía en estos eventos, porque debía volver a su palacio para comer en público.

Carlos IV a caballo

Siempre que Carlos III y otros monarcas comían en público, eran servidos por oficiales de alto rango de la Casa Real. De entre el numeroso personal de la cocina, sólo el más importante, el cocinero de la servilleta del rey, tenía el derecho de estar presente -y se requería que estuviera de pie justo al lado de la puerta de la sala en la que su señor comía-. El mayordomo mayor era siempre un Grande; los mayordomos, gentilhombres de la boca e, incluso, el gran limosnero eran normalmente grandes o pertenecientes a familias sólidamente aristocráticas. Probablemente, lo que más impresionaba a cualquier testigo era la posición social que tenían quienes servían al rey y la manera en que lo hacían. Los mayordomos, caballeros y guardias oficiales de alto rango eran hombres, o hijos jóvenes de hombres importantes y con fortuna, los cuales imponían respeto y ejercían poder sobre los súbditos del rey. Sin embargo, cuando le servían la comida prácticamente se humillaban.

En España, como en otras monarquías modernas, la etiqueta y la ceremonia se combinaban con la pintura y la arquitectura, las artes decorativas y la literatura y la música para mantener el absolutismo del Antiguo Régimen. La cultura de la corte española y la etiqueta borgoñona proporcionaban un sistema de poder político y de disciplina diseñados para promover el bienestar del rey, su seguridad y buena salud, así como también una disciplina diaria a sus sirvientes y cortesanos.


El Palacio Real de Madrid, hoy