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sábado, 13 de febrero de 2010

La Princesa von Hohenlohe-Langenburg

María de la Piedad Iturbe y Scholtz (1892-1990), “doña Piedita”, era descendiente de una aristocrática familia española establecida en México a mediados del siglo XIX. Su padre, Manuel de Iturbe y del Villar, era un inmigrante bilbaíno que hizo fortuna en aquel país e introdujo a su familia a un tren de vida fastuoso.

Una joven Piedad Iturbe disfrazada de trovador medieval en un baile de disfraces en Madrid

Doña Piedita heredó por derecho propio el título de Marquesa de Belvis de las Navas, otorgado originalmente a su abuelo materno Enrique Guillermo Scholz-Hermensdorff y Caravaca en enero de 1912 por Alfonso XIII de España. Inmensa fortuna y nobleza propia permitieron que contrajera matrimonio, a los 29 años, con el príncipe austríaco Maximilian von Hohenlohe zu Langenburg, cuya familia de gran prosapia en Baviera y Bohemia estaba incluida en el Gotha formando parte de 100 familias de raigambre milenaria.


La Princesa von Hohenlohe zu Langenburg con su hijo Alfonso y su nuera Ira


Al año siguiente de su boda, el rey de España le otorgó la orden de la Reina María Luisa. En la Gaceta de Madrid de fecha 6 de julio de 1922 aparece publicado el decreto de Alfonso XIII: “Queriendo dar una prueba de Mi Real aprecio a doña María de la Piedad Iturbe y von S. Hermensdorf, Marquesa de Belvis de las Navas, Princesa de Hohenlohe-Langenburg. Vengo en nombrarla Dama Noble de la Real Orden de la Reina María Luisa. Dado en Palacio a tres de julio de mil novecientos veintidós.”


El príncipe Max von Hohenlohe-Langenburg (1930)


El matrimonio tuvo seis hijos, príncipes Zu Hohenlohe-Langenburg. Alfonso, el que resultaría más conocido en los medios de prensa, nació en Madrid en 1924. Era el segundo, después de su hermana María Francisca “Pimpinela”, quien heredaría el marquesado materno. Debían de seguirle Christian, José Manuel, Elizabeth y Beatriz la menor. Surgido de esta muy linajuda cuna, no era extraño que fuera ahijado de los reyes de España, don Alfonso XIII y doña Victoria Eugenia.


Doña Piedita en su madurez


Alfonso de Hohenlohe emparenºtaría con otra de las grandes familias principescas alemanas al casarse con Ira de Fürstenberg en 1955. Fue una boda deslumbrante en Venecia. La fiesta se prolongó durante 16 días y luego la pareja se radicó en la ciudad de México. Acostumbrado a celebrar los acontecimientos de su vida de una manera fastuosa, empezando por su bautizo celebrado en el Palacio Real de Madrid, no era de extrañar el lujo del enlace. El matrimonio, sin embargo, duraría poco tiempo.

Alfonso de Hohenlohe e Ira de Fürstenberg (1955)


El resto de los príncipes Hohenlohe, viviendo a caballo entre México y Europa, casaron con personalidades de la nobleza española, aportando el brillo de la dote materna de los Iturbe.



lunes, 28 de septiembre de 2009

México: la aventura imperial

El Primer Imperio Mexicano es un período de la historia mexicana que se extendió entre 1822 y 1823, en el que Agustín de Iturbide se erigió como emperador de la nación. La familia Iturbide -originaria del reino de Navarra- había sido ennoblecida por el rey Juan II de Aragón hacia el siglo XV; en el siglo XVIII se estableció en el entonces Virreinato de la Nueva España Don José Joaquín de Iturbide-Arregui quien casó hacia 1772 con Doña María Josefa de Arámburu y Carrillo de Figueroa, también descendiente de una familia noble de Navarra y Vizcaya. El 27 de septiembre, nació su quinto hijo, Agustín.



El Emperador Agustín


Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu (1783 - 1824) fue un militar que, durante la guerra de independencia de México, se hizo notable por sus exitosas campañas a favor de las fuerzas realistas. En ese tránsito amasó una fortuna, aprovechando su posición en el ejército. En 1805 se casó con la noble Doña Ana María Josefa de Huarte y Muñiz, hija del acaudalado prócer y poderoso noble Isidro Huarte, intendente provincial del distrito.


En el marco de la reforma liberal en España, en 1821, se entrevistó con uno de los jefes de la resistencia insurgente, Vicente Guerrero, para negociar juntos la independencia. El encuentro fue exitoso, y la reunión fue sellada con el famoso Abrazo de Acatempan. En 1821, en la Ciudad de México, una Junta de 38 miembros presidida por el propio Iturbide proclama el Acta de Independencia del Imperio Mexicano y constituye una Regencia de cinco miembros, con Iturbide como presidente. La Junta Provisional Gubernativa nombra también a Iturbide Generalísimo con el tratamiento de Alteza Serenísima.


Agustín de Iturbide (1822)


El 25 de febrero de 1822 comienza su actividad el Congreso Constituyente del Imperio, que pronto entrará en roces con la Regencia: el Congreso se proclama único representante de la soberanía de la nación. En mayo el sargento Pío Marcha y los soldados del regimiento de Celaya se lanzaron a la calle y proclamaron a Iturbide como emperador de México tras una revuelta militar de sus simpatizantes. El imperio enfrentaba la oposición republicana y la resistencia de algunas guarniciones españolas. Las presiones que recibe Iturbide por parte de sus opositores políticos en la Ciudad de México lo hacen reunir al mismo Congreso que había disuelto antes y abdicar ante él, el 19 de marzo de 1823.

Agustín I de México



El 22 de marzo Iturbide abandonó la capital y el 11 de mayo se embarcó rumbo a Europa. Permaneció un tiempo en Italia, para trasladarse luego a Londres. Poco tiempo después decide volver a México, tras enterarse de las intenciones de la Santa Alianza de enviar fuerzas expedicionarias a México con el fin de reconquistarlo para la Corona Española, pero como había sido declarado enemigo de la Patria por el gobierno de la República fue fusilado de acuerdo con las leyes mexicanas.

El hijo primogénito, Don Agustín Jerónimo de Iturbide y Huarte, Príncipe Imperial de México (1807 - 1866), recibió el título de Su Alteza Imperial (S.A.I.) mientras que sus diez hermanos eran tratados como Su Alteza (S.A.). Todos recibían el tratamiento de Don o Doña, que en España y sus dominios se otorgaba a los pertenecientes a la baja nobleza.


Ana María de Huarte y Muñiz, Emperatriz de México (1822)


Después de la ejecución del Emperador, su familia huyó al extranjero y vivió en Estados Unidos cuatro décadas casi en el anonimato. La ex Emperatriz Doña Ana María Huarte-Muñiz y Carrillo de Figueroa, nieta del Marqués de Altamira, falleció en Estados Unidos, donde varios de sus hijos contrajeron matrimonio. Su nieto Agustín de Iturbide y Green fue adoptado por Maximiliano I como heredero del trono, y fue expulsado de México por Porfirio Díaz. Otro nieto, Salvador de Iturbide y Marzán, recibió también el título de Príncipe durante el reinado de Maximiliano I; contrajo nupcias con una aristócrata austro-húngara y de él queda descendencia, que reside principalmente en Austria.

Los Iturbide se atribuyen la jefatura de la Casa Imperial Mexicana y el derecho de sucesión al trono de México desde 1823 hasta la fecha, salvo el período de 1864-1867, en el que el trono lo ostentaba Maximiliano I de Habsburgo-Lorena. La familia Iturbide no tiene pretensiones sobre el Imperio.


Maximiliano y Carlota


El Segundo Imperio Mexicano fue efímero como el primero. Esta vez fue una pareja importada de Europa llamada a regir los destinos de los mexicanos, aunque todo en la vida de ambos pareció enlazarse para llegar al dramático final. Carlota Amalia, la hija del rey de Bélgica Leopoldo I, de la casa Sajonia-Coburgo-Gotha, tenía 17 años cuando se casó con Maximiliano de Habsburgo, de 25 años, hermano menor del emperador Francisco José de Austria. Después de la boda, el emperador Francisco José los envió como Príncipes de Lombardía a regir esa región de Italia. Lamentablemente para ellos, los habitantes odiaban la dominación austríaca y se sublevaron continuamente. Cuando estalló la guerra y Austria fue derrotada, la pareja real tuvo que dejar Lombardía y refugiarse en el castillo de Miramar, en el golfo de Istria. De príncipes reinantes se convirtieron en monarcas en busca de un trono.


Sin embargo, el destino tejía su trama. Al emperador Napoleón III de Francia y a su esposa, Eugenia de Montijo, se les ocurrió que los jóvenes destronados podían reinar en México, país que ambicionaban los franceses. Carlota y Maximiliano tenían la visión romántica de un México de lindos paisajes y campesinos ansiosos por tener un emperador. Desconocían las ansias de libertad de una nación que luchaba por su independencia desde 1811 y que contaba con un líder del calibre de Benito Juárez. Sin ver lo descabellado de la acción, contando con la ilusoria promesa de la ayuda económica y militar de Francia, partieron hacia México, desdeñando la oferta que les había hecho la reina Victoria de ser reyes de Grecia.


Maximiliano de Habsburgo, Emperador de México (1865)



En 1864 llegaron al puerto de Veracruz, donde los esperaba un frío recibimiento. Al principio, fueron intensamente felices en México. Fijaron su residencia en el castillo de Chapultepec, erigido sobre las ruinas del palacio de Moctezuma II. Aunque Carlota no había logrado tener el hijo que ansiaba, el amor por su marido la llenaba de confianza hacia el futuro. Fascinada con el país, trataba de sentirse mexicana a su manera. Organizaba bailes mientras Maximiliano creaba el protocolo de la corte, como si estuviera en Viena. Sin embargo, pasaba el tiempo y la prometida ayuda francesa no llegaba. El ejército realista iba cediendo ante las huestes de Juárez y, finalmente, las tropas europeas que apoyaban al imperio recibieron la orden de regresar.


Durante esta etapa, Carlota no había cesado de escribir a Eugenia de Montijo, exigiéndole le ayuda prometida, pero en vano. Napoleón III había perdido interés en México. Ante la gravedad de la situación, Carlota decidió entrevistarse con él. Al abordar el barco para ir a Francia, se despidió de Maximiliano con el presentimiento de que no volvería a ver más a su esposo ni a esa tierra que había llegado a querer.


Carlota de Bélgica, Emperatriz de México (1865)


Lo demás ya ha sido escrito. Maximiliano quedó abandonado en México por las cortes europeas que le habían prometido ayuda. Carlota, ignorada por Napoleón III, sólo fue recibida por la emperatriz Eugenia, que no hizo nada por ella. Diariamente le escribía a Maximiliano describiendo sus infructuosas gestiones. Ya a punto de perder la razón, fue a ver al Papa. Le dijo que estaba rodeada de envenenadores y le exigió que la alojaran en el Vaticano.


El emperador Maximiliano fue fusilado el 19 de junio de 1867, cerca de Querétaro. Tenía 35 años. En México, finalmente, se instauró la República. La emperatriz Carlota, enajenada, vivió en el castillo de Bouchout 60 años más, ajena a todos los acontecimientos mundiales. Pasaba sus días escribiéndole cartas a su amado Maximiliano, vagando por el palacio y de vez en cuando entonando el himno imperial de México. Murió a los 86 años, en 1927.

lunes, 20 de julio de 2009

El Emperador

Emperador es un título político-militar originado en el Imperio Romano, aunque con frecuencia se llama emperadores a los líderes de ciertos grandes imperios, por asociación con éstos.

En la antigua Roma no existía el título de Emperador, siendo éste más bien una práctica abreviatura para una complicada reunión de cargos y poderes. Tampoco existía ningún título o rango análogo, sino que todos los títulos asociados tradicionalmente al emperador tenían su origen en la época republicana.

En general, no se puede describir a los emperadores como gobernantes de iure. Oficialmente, el cargo de emperador era considerado como de ‘primero entre iguales’ (primus inter pares), y muchos de ellos no llegaron a ser gobernantes de facto, sino que frecuentemente fueron simples testaferros de poderosos burócratas, funcionarios, mujeres y generales.

Su autoridad legal derivaba de una extraordinaria concentración de poderes individuales y cargos preexistentes en la República, más que de un nuevo cargo político.

Estos cargos sólo proporcionaban prestigio (dignitas) a la persona del emperador. Los poderes de éste derivaban de la auctoritas. En la figura imperial se reunían las figuras autoritarias del imperium maius (comandante en jefe militar) y de la tribunicia potestas (máxima autoridad jurídica).

Hasta el siglo III d.C. los títulos normalmente asociados a la dignidad imperial eran Emperador (Imperator, con el significado de comandante supremo militar), César (que originalmente tuvo el significado de cabeza designada, Nobilissimus Caesar) y Augusto (Augustus, con el significado de ‘majestuoso’ o ‘venerable’).

Los últimos emperadores usaron la fórmula Imperator Caesar NN Pius Felix (Invictus) Augustus, donde NN era el nombre individual del emperador de turno, Pius Felix significaba ‘bendito y piadoso’, e Invictus tenía el sentido de ‘nunca derrotado’.

Aunque Octavio Augusto aceptó para sí tan solo el título de princeps civium, en la práctica el título más importante que tenía era el de Imperator o jefe del ejército, porque era éste el último garante de la paz romana después de las cruentas guerras civiles libradas en el último siglo. De esta manera, con el paso del tiempo se fue identificando el título de Emperador con el de amo y señor absoluto de un imperio.



La caída de Roma


Una vez derrumbado el Imperio Romano de Occidente, el Imperio Bizantino se consideró continuador de la tradición romana, aunque sustituyó la cultura latina por la antigua cultura helénica. Los emperadores bizantinos se hicieron llamar con el término griego basileus, que significa rey. Sin embargo, en el ámbito oriental comenzó a cobrar fuerza también el título de Zar, derivado del nombre latino César, y que se aplicó después al Zar de Bulgaria, para ser tomado en su momento por los Zares del Imperio Ruso, una vez caída Constantinopla en manos de los otomanos.

El concepto de «Imperio Romano» sería recuperado en Occidente tras la coronación del rey de los francos Carlomagno como «Emperador Romano» por el Papa de Roma en el año 800. Carlomagno y sus descendientes francos son llamados frecuentemente Emperadores de Occidente, e incluso cuando la desintegración de este Imperio Carolingio era ya patente, el título se conservó para la línea primogénita de la familia.


Carlomagno, Emperador de Occidente (742-814)



Tras la formación de los nuevos reinos de Francia y Germania, pasaría más de medio siglo para que Otón I se convirtiera en líder del nuevo Sacro Imperio Romano en 962, si bien su potestad se reducía, prácticamente, a la fracción oriental del estado carolingio. Esta nueva línea sucesoria estuvo compuesta por regla general de emperadores de origen alemán más que romano, aunque mantuvieron el nombre de «romanos» como símbolo de legitimidad.

Durante siglos se admitió en Occidente que el Papa, como legítimo custodio de la tradición romana, era el único capaz de designar Emperadores. Supuestamente, en la concepción medieval, el mundo estaba bajo la tutela temporal del Emperador, y la espiritual del Papa, como señores conjuntos del mundo cristiano. De esta manera sólo podía haber un único Emperador, con jurisdicción sobre todos los reyes cristianos.

El primer imperio global fue el español, que se llamaba así a la unión de territorios conquistados, heredados y reclamados por España o por las dinastías reinantes en España. Durante los siglos XVI y XVII creó una estructura propia no siendo llamado imperio colonial hasta el año 1768 y en el siglo XIX adquiere estructura puramente colonial. Por primera vez un imperio abarcaba posesiones en todos los continentes, las cuales, a diferencia de lo que ocurría en el Imperio Romano o en el Carolingio, no se comunicaban por tierra las unas con las otras.

Napoleón Bonaparte trató de regresar al modelo imperial romano, por lo que se transformó en cabecilla de un gobierno directorial a la manera romana: el Consulado. El Primer Cónsul finalmente mandó llamar mediante presiones y amenazas al Papa Pío VII para coronarse en París, en 1804, como Emperador de los Franceses.
El Emperador de los Franceses
Napoleón I (1769-1821)

Sin embargo, todavía seguía existiendo el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, a la sazón Francisco II, quien optó por renunciar a su título en 1806 y adoptar el de Emperador de Austria con el nombre de Francisco I. El Imperio Austríaco seguiría siendo, tras el Congreso de Viena de 1815, el heredero del Sacro Imperio y, tras la derrota contra Prusia en la guerra austro-prusiana de 1866, pasaría a llamarse Imperio Austrohúngaro.

En 1871 el Rey Guillermo de Prusia, después de la Guerra franco-prusiana, y considerándose legítimo heredero del Sacro Imperio Romano Germánico, al haber derrotado previamente a Austria-Hungría, se proclamó Emperador de Alemania. Ambos Imperios, Austrohúngaro y Alemán, serían abolidos en 1918 y con ellos se extinguiría la línea del Imperio Romano de Occidente. La del Imperio Romano de Oriente habría desaparecido el año anterior, en 1917, con la caída de los zares en Rusia.

Otros emperadores

El gesto de Napoleón no sólo fue calificado como una usurpación por parte de un advenedizo sin títulos legales ni jurídicos para su acción, sino que además abrió el camino para otros advenedizos que acto seguido se proclamaron Emperadores en los más curiosos lugares de la tierra.

De esta manera, en Haití reinaron los Emperadores Jacobo I de Haití (1804-1806) y Faustino I (1847-1859). En México, el general Agustín de Iturbide se proclamó como Emperador Agustín I en 1821, aunque sería derrocado al año siguiente; en 1864 asumiría Maximiliano I en México, entronizado por los ejércitos de Napoleón III, y duraría en funciones hasta ser fusilado en 1867.
El Emperador de México
Maximiliano I de Habsburgo (1832-1867)

En 1822 se proclamó el Imperio de Brasil, con Don Pedro I como Emperador y después su hijo Don Pedro II, que duraría hasta la proclamación de la República en 1889. La reina Victoria de Inglaterra se proclamaría, a su vez, Emperatriz de la India. Y en 1976 el general africano Jean Bédel Bokassa (admirador de Napoleón Bonaparte) transformó la República Centroafricana en Imperio Centroafricano, y él mismo se proclamó Bokassa I en una desmesurada ceremonia; este dictador duraría hasta 1979, año en que fue derrocado por una sublevación popular.

Algunos títulos de monarcas han sido traducidos a las lenguas europeas como Emperador, pese a que no guardan relación con el Imperio Romano ni sus estados sucesores. Así, los soberanos de Persia o Irán han recibido el título de Emperadores –en realidad, la traducción correcta de Sah sería Rey- desde la creación del Imperio Persa hasta su disolución en 1979. En China el título del monarca era el de Wáng, traducido como rey, y cuando se unificó el país pasó a ser Huángdì lo que se ha traducido como Emperador y ha durado hasta 1912 con la deposición de Puyi. Si bien los soberanos de los grandes estados islámicos no han recibido por la historiografía este título, sino el de Califa o Sultán, se les ha llamado Imperio Abbasida, Imperio Omeya o, más tarde, Imperio Turco u Otomano.

En la actualidad, el único gobernante del mundo que conserva el título de Emperador es el de Japón, si bien no tiene ninguna relación con el título de origen romano y es la traducción al castellano de la palabra tenno, que también puede ser entendida como "rey" o "monarca".

El Emperador de China
Kangxi (1654-1722)

El Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico
Carlos VI (1685-1740)

El Emperador de Alemania
Káiser Guillermo I (1797-1888)

El Emperador de todas las Rusias
Zar Nicolás I (1796-1855)

El Emperador de Brasil
Don Pedro I (1798-1834)

El Emperador de Persia
Fat′h Ali Shah Qajar (1772-1834)
El Emperador de la India
Edward VII del Reino Unido (1841-1910)

El Emperador de Austria
Francisco José I (1830-1916)

El Emperador de Japón
Hirohito Emperador Shōwa (1901-1989)