sábado, 25 de septiembre de 2010

Versailles

En 1682 la corte francesa se trasladó a Versailles, que hasta 1789 se convirtió en la capital de Francia. El gran escenario del siglo XVIII era el castillo de ese nombre, obra digna del porte y la majestad del Rey Sol que surgió del talento de un competente equipo de arquitectos (Le Vau, d’Orlay y Mansart), jardineros (Le Nôtre) y decoradores (Le Brun). Durante toda la vida del monarca el Château de Versailles fue convirtiéndose en la edificación más ambiciosa del mundo, donde la impronta real brillaba con una fuerza deslumbrante.

Con la ayuda de su primer ministro, Luis XIV había establecido una monarquía absoluta, recortando el poder de la aristocracia y conteniéndola en aquel enorme complejo palaciego, donde estableció una corte irresistible de placeres y privilegios. Como las únicas actividades de las que podía participar la clase gobernante de la época eran el ejército y la corte, el rey alentó a los nobles a permanecer con él bajo un mismo techo, a cierta distancia de París, como para tenerlos bajo control. El único rol que les confirió fue adornar la corte y sumar esplendor a la corona de Francia.



Inspirándose en las cortes de España y de Borgoña, Luis XIV creó allí un mundo de privilegios pero carente de poder que se regía por sus propias reglas, costumbres, idioma, protocolo, castigos y recompensas. Todo entraba dentro de una rutina propia, tan complicada y precisa, que la ruptura de cualquier regla, por nimia que fuese, era considerada una gran ofensa. Los cambios de vestimenta que se requerían cada día, los corredores y pasajes que había que recorrer para ir de una cita a otra, mantenían a los cortesanos con la ilusión de estar muy ocupados.

Los miembros de la nobleza que tenían acceso a Versailles se dividían y subdividían de acuerdo a sutiles diferencias de origen. Pequeñas inclinaciones de cabeza o sutiles movimientos de los hombros bastaban para mostrar el respeto o el desdén que uno experimentaba respecto a otro. La lista de reglas para el comportamiento apropiado era tan misteriosa como infinita. Existía un modo prescripto para sentarse o levantarse. El protocolo dictaba quién podía sentarse en una silla y quién no, quién podía tener una silla con respaldo, quién podía llevar un almohadón a la capilla e, incluso, en qué ángulo debía ser colocado –los de los Príncipes de la Sangre se colocaban derechos, mientras que los de los duques debían estar en ángulo-.




Las damas de la corte tenían una particular forma de caminar, con pasos tan cortos que parecía que se deslizaran. La forma en que se saludaba a una dama, con un movimiento de los hombros o una reverencia, reflejaba, precisamente, si era de buena cuna o no, si estaba bien casada e incluso si había empleado a un buen cocinero. Fuera de toda lógica discernible, ciertas palabras, como por ejemplo cadeau en vez de présent, se consideraban vulgares. El lugar en que el mayordomo se ubicaba al abrir una puerta reflejaba el rango del visitante. Y en todo ámbito se seguía la moda, tanto cultural como social.

Aún más que a lo que estaba en boga, los franceses tradicionalmente han amado a sus reyes. Fue esta devoción a la persona del rey lo que permitió, primero a Luis XIV y luego a sus sucesores, manejar los hilos de este gigantesco y exótico teatro de títeres que fue Versailles, donde los actores debían y querían estar presentes en cada representación. A todos guiaba la misma pretensión: estar en todo momento al lado del rey para rendirle pleitesía, oír de cerca su voz, hacer que su mirada indiferente cayera sobre ellos. Era un favor insigne y la esperanza y la certidumbre de la fortuna. El rey y la familia real eran una especie de atracción magnética a la cual no escapaban ni los más grandes señores de la nobleza, ni las más altas dignidades de la Iglesia. Y aunque los aristócratas poseían otras residencias, ya fuere en París, ya fuere en las cercanías de Versailles, lo único que deseaban fervientemente era vivir en él, pulular en las antecámaras, tener su lugar en los salones, esperar en las escaleras. Ver siempre al rey y ser vistos por él. Convertirse en puro ornato.

Luis XIV recibe al Gran Condé


El soberano era la fuente suprema de los nombramientos, promociones, casamientos, compromisos y hasta del destierro social. Cualquier peldaño que se subía en una escala, grande o pequeña, venía de él. Al tornarse la única fuente de poder, el rey no cesaba de dar a los miembros de su corte privilegios adictivos pero inútiles, al tiempo que les restaba todo poder real. Esto se acentuaba con su propia familia y los príncipes de sangre real no se preparaban para cumplir función alguna.

Bajo las reglas del intrincado protocolo se desarrollaba un interminable programa de actividades: bailes, partidas de naipes y apuestas, representaciones teatrales, picnics, paseos por los jardines y flirteos. Era una existencia dedicada a la búsqueda del placer, con la tácita aprobación de la sociedad del momento. Los historiadores y moralistas del siglo XIX y posteriores supusieron a menudo que los cortesanos franceses de los siglos XVII y XVIII, que llevaban una existencia tan frívola y aparentemente sin sentido, debían vivir proclives al aburrimiento y a la desdicha. Sin embargo, sucedía exactamente lo contrario. Los deportes, en particular la caz
a, mantenían a los miembros de la corte saludables y en buena forma física. Las diversiones sociales eran una fuente inagotable de incidentes, chismes, nuevas modas y distracciones. Las apuestas satisfacían la necesidad de riesgo, ya que se ganaban o perdían fortunas en una noche. El amor (que en la Francia del siglo XVII significaba deseo erótico) era un juego fascinante para todos.

Los matrimonios de los hijos eran concertados cuidadosamente por padres o tutores, teniendo en cuenta no sus posibles compatibilidades sino las ventajas de las alianzas familiares o las fortunas. El amor y la pasión eran cuestiones privadas. Las personas aceptaban que sus parejas tuvieran amantes y todos creían que a pesar de esto un marido y su esposa podían seguir viviendo juntos para siempre. Había constantes intrigas y adulterios y se formaban y disolvían alianzas. Todo se llevaba a cabo siguiendo un estricto código de politesse que no se debía romper nunca, pero las lenguas, agudas como escalpelos, no cesaban de producir insultos sutiles. No había lugar para el dolor o la pena en esta corte que debía mostrar constantemente un rostro radiante. Los niños nacían, eran bautizados y se casaban en Versailles y en otros castillos reales, pero nadie tenía derecho a morir bajo el mismo techo donde estuviera el rey. Si alguien osaba cometer esa inconveniencia, el cadáver era retirado de forma inmediata del palacio –si el fallecido era de la familia real, quien abandonaba el lugar era el monarca-. Por todo ello, la vida allí proveía una existencia extraordinariamente festiva y, pese al lujo insolente de Versailles, la corte francesa era imitada en toda Europa.

El monarca Bienamado (Luis XV, bisnieto del Rey Sol) mejoró aquel
castillo, haciéndolo más confortable y espectacular, pero a la vez más dorado, mítico y remoto: todo parecía arreglado para ser visto de una manera extasiada, “como una escena de ópera”. En aquel dédalo de habitaciones, galerías, cámaras, antecámaras y gabinetes todo brillaba, desde los uniformes de la guardia a los trajes de los cortesanos, desde los tapices y las cristalerías hasta los muebles, los muros y las columnatas de áureos capiteles.

En la época de Luis XV y Luis XVI Versailles estaba más poblado que muchas grandes ciudades del reino y aquello era un espectáculo fabuloso, insólito. Al decir de Chateaubriand, “no ha visto nada quien no haya observado la pompa de Versailles durante el Antiguo Régimen: se diría que Luis XIV estaba siempre allí, reinando e invisible”. Todo contribuía al esplendor rococó, hasta la casa militar del rey, que comprendía una guarnición de más de diez mil soldados formada por varios regimientos de excitada e incontinente fastuosidad.

La casa civil de Luis XVI sumaba no menos de cuatro mil oficiale
s y servidores, a los que hay que añadir los cuatrocientos noventa y seis de la casa de la reina, los cuatrocientos veinte que componían la de Monsieur –el conde de Provenza, futuro Luis XVIII-, los cuatrocientos cincuenta y seis del conde de Artois –futuro Carlos X-, los sesenta y ocho de Madame Elisabeth (su hermana) y los doscientos de Mesdames. Si sumamos las guarniciones militares, se llega a bastante más de quince mil personas. Las habitaciones del palacio contaban con más habitantes, o por lo menos con más residentes, que la mayor parte de las ciudades francesas.

En 1773, el Almanaque de Versailles citaba el nombre de todos los servidores de palacio y esta lista ocupaba no menos de ciento sesenta y cinco páginas en diminutos caracteres. Diez años más tarde, el edificio contaba doscientos sesenta y seis apartamentos para señores y más de mil habitaciones para la tropa y personal subalterno. Con todo, la mayoría de los criados no se beneficiaban de alojamiento allí, puesto que muchos habitaban en las dependencias, que eran numerosas y vastas.

Un detalle fundamental y un tanto paradójico, es que en un palacio tan erguido y solemne se podía circular libremente por los parques, jardines y bosquecillos, por las galerías y salones, incluso por los espaciosos apartamentos del rey. Este privilegio lo había impuesto Luis XIV para que sus súbditos pudieran admirar,
embobados, su grandeza sin par, solar y magnificente. Así, en 1774 se publicó para uso de los visitantes una minuciosa y extasiada descripción del palacio y los jardines, en lo que constituía una de las primeras guías turísticas que se hayan conocido. Es decir que, con aquel libro en la mano, se podía entrar libremente –y también sin él aunque con menor conocimiento-, pese a la gran cantidad de guardias que había en palacio (Mosqueteros Negros y Grises, Guardias Suizos, Guardias de Corps, Guardias Franceses). Quizá debido a la misma abundancia de tropa, tan abigarrada y colorida, resultaba absolutamente ineficaz.

Por otro lado, a los visitantes no se exigían documentos –que tampoco existían- y cualquiera podía alquilar o pedir prestado un sombrero y un corbatín, o una inútil espada doncella para ceremonias. Y una dama que fuera bien vestida, aunque fuera de aldeana acomodada, circulaba sin el menor impedimento. Así pues, cualquiera podía contemplar el petit couvert del rey, o verle jugar a la pelota, o asistir a las presentaciones de la corte. Todo ello, desde luego, mientras fueron tiempos sosegados, antes de la insólita revolución de los ideólogos. Ya en tiempos de Luis XVI muchos visitantes tenían un espíritu diferente y, más que admirar los
resortes de la gran escenografía de Versailles, advertían una sorda injusticia y despotricaban contra “lo frívolo de aquel montaje”.

Aquella pública libertad en el palacio hacía que proliferaran maleantes, ladrones y pícaros de toda índole. Lo más sorprendente es que nadie se libraba de estos latrocinios. Así, en agosto de 1757, un hábil ladrón, casi un prestímano, tuvo la audacia de robar un reloj con pedrería al propio Luis XV, que paseaba, negligente, por la Galería de los Espejos. Lo hizo por el acreditado procedimiento del tirón, salteando con cumplida ligereza el augusto chaleco del rey. A pesar de todos los esfuerzos de las autoridades, la preciosa joya no se encontró jamás. Hubo cientos de robos y desmanes, incluso algo tan inaudito y osado como la célebre estafa del collar de María Antonieta, en 1785. Y todo por la familiaridad democrática versallesca. Como dijo el escritor Néstor Luján: “Desde luego, al presidente Mitterrand, tan socialista y demócrata, nadie puede robarle el reloj al descuido en el palacio de l’Elysée…”

En los últimos años del reinado de Luis XVI, Versailles declinaba en un crepúsculo entre suntuoso y desolado. Cada vez se abría más el abismo entre la corte y la ciudad, o sea, París. En el palacio seguían yendo y viniendo los cortesanos, con sus finezas y sus perversiones, cuya vocación era, simplemente, “estar en la corte”. Según un testigo –y participante- de aquel espectáculo, “el cortesano se caracteriza por la sensibilidad, la insolencia que súbitamente se convierte en sumisión; la solicitud, la cortesía, la movilidad de las fisonomías, la uniformidad de las actitudes, las alternativas de una frialdad bien estudiada o de una cálida avenencia ficticia. El cortesano no piensa más que en la intriga, en la zancadilla, en la emulación. Está dominado por la envidia, por pequeños resentimientos que son impensables, sinuosos y expertos.”

Recepción del Dogo de Génova en la Galería de los Espejos (1685)


Así, en la gran Galería de los Espejos fulgía un espectáculo increíble de uniformes y trajes de gran aparato, pelucas perfumadas, amplios escotes, pomposos miriñaques, destellante pedrería. Fastos como aquéllos no se han repetido en el transcurso de la historia, ni tampoco aquel ceremonial tan bien concertado que impuso el Rey Sol y que se conservaría aún a los sesenta años de su muerte. La etiqueta, reina y señora, era la tirana implacable de aquellos reyes y príncipes. Es comprensible que forasteros, bien fueran franceses o extranjeros, se agolparan para contemplar aquello que superaba las reglas minuciosas y sombrías de los reyes de la Casa de Austria española en el escenario del Real Alcázar de Madrid.

Cien veces se ha descrito esta especie de inmenso ballet, celosamente vigilado y conducido. Luis XIV era el responsable de imponer el ceremonial, dirigido a manifestar la preeminencia del soberano. El celo
con que cuidaba el mantenimiento de la etiqueta era proverbial. Ni siquiera a su hermano le permitía libertades. Y si los demás estaban sometidos a una disciplina estricta, él era el primero en seguirla. Pero este riguroso ceremonial, que a veces llegaba a la sublime pompa de lo ridículo, creó un ambiente a veces malsano, lo que explica las críticas de escritores como Saint -Simon o La Bruyère.

Fiesta en la corte por la boda del Delfín de Francia y Marie Antoinette, Archiduquesa de Austria (1770)


El momento de levantarse, le lever du Roi, comportaba una ceremonia cuidadosamente reglamentada. En invierno, el monarca se despertaba a las ocho y media de la mañana. En ese momento, el ayudante de cámara, que había dormido al pie de su lecho, le susurraba: "Señor, es la hora". Entraban entonces el primer médico y el primer cirujano para informarse de la salud regia, a la vez que daba paso a las "grandes entradas", es decir, a los miembros de la familia real. Cuando hermanos, cuñados y tíos rodeaban el lecho, el primer gentilhombre de cámara descorría el dosel de la cama y le ofrecía la pila de agua bendita y un libro de oraciones, con el que el rey rezaba un cuarto de hora. Todos, de pie y con los ojos bajos, acompañaban este breve ejercicio religioso.

A continuación empezaba, en presencia de todos, el petit lever: el rey salía de la cama, se ponía una bata y se instalaba en un sillón, donde un barbero lo ayudaba a peinarse y, un día de cada dos, a afeitarse. Al mismo tiempo entraban ministros y otros servidores, hasta un total de unas cuarenta personas. Luego el soberano pasaba a un salón adyacente, donde tomaba el desayuno (previamente probado por un doméstico) y se vestía ayudado po
r los cortesanos con el cargo honorífico de asistirlo: el primer gentilhombre de cámara y el maestro del guardarropa.

En la Galería de los Espejos los cortesanos esperaban la llegada del rey para acompañarle por las Grandes Estancias hasta la capilla. Luis XIV pasaba custodiado por cuatro guardias y un capitán que, detrás de ellos, iba recogiendo los plácets (peticiones escritas) de los cortesanos. El cortejo atravesaba seis salones contiguos hasta llegar a la capilla donde, a las diez de la mañana, tenía lugar la misa. Allí, el rey y su familia se situaban en la tribuna frente al altar y las damas de la corte ocupaban las tribunas laterales.

En el Gabinete del Consejo el rey acostumbraba a reunirse con los ministros: el canciller, el inspector general de Finanzas y algunos secretarios, como Monsieur de Torcy, encargado de Asuntos Exteriores, o Monsieur de Barbezieux, encargado de la Guerra. En la misma sala, Luis XIV concedía las audiencias. Era el momento del Grand lever, al que asistían todos aquellos que, mediante complicadas maniobras, habían conseguido una licencia para formar parte de las "pequeñas entradas", un privilegio que intentaban aprovechar para que el rey se fijara en ellos y poder obtener un favor.

El almuerzo en privado (Le dîner au Petit Couvert) tenía lugar en la estancia del rey a la una. El capellán recitaba el benedicte y el veedor de viandas destapaba las soperas (en esta época no se acostumbraban los comedores, todos los habitantes de palacio comían en la cocina, con excepción de los reyes, que lo hacían en su habitación. Se dice que Luis XIV comía con las manos, a pesar de que ya se acostumbraba el uso de los cubiertos).






El gran momento de diversión para la corte eran las "noches de Apartamento". Todos los lunes, miércoles y jueves, de siete a diez de la noche, de otoño a principios de la primavera, el rey organizaba una soirée a la que asistían todos los cortesanos y en la que se relajaba la rígida etiqueta. El lugar de encuentro eran las salas que formaban el Gran Apartamento del rey. Bajo las sugestivas pinturas de los salones de la Abundancia, de Diana o de Marte, los cortesanos iban de mesa en mesa, entre pirámides de frutas, copas de confitura y toda clase de bebidas. En una sala se jugaba al billar, en otra a las cartas, y el soberano se paseaba de un grupo a otro, sin permitir que se le hicieran reverencias, conversando y bromeando con los nobles y haciendo cumplidos a las damas. Cuando María Teresa de Austria, la esposa española de Luis XIV murió en 1683, el propio rey llevó una vida familiar con su favorita Madame de Maintenon, de modo que solía refugiarse en los apartamentos de la dama incluso para atender asuntos de gobierno. También había estancias especiales para sus aficiones personales como la Sala de Pelucas, la de Billar o la Sala de Cuadros.

Pero el día terminaba con otro acto de adoración: la cena (Dîner au Grand Couvert), que se celebraba a las ocho de la noche. Luis XIV acostumbraba a cenar en público, servido por gentilhombres y en compañía de su familia. Durante la cena, Monseñor y los príncipes se sentaban al lado del rey ante los asistentes; delante de ellos se sentaban las damas con título y, detrás de ellas, de pie, los cortesanos y curiosos. La cena podía ser presenciada por todos, pero la asistencia, debido a la escasa capacidad de la sala, era controlada por el ujier.

Por último, el rey volvía a su dormitorio y algunos elegidos lo acompañaban en la última ceremonia del día, la de acostarse (le coucher). En un gran sillón de cuero escarlata se disponían la bata de seda blanca y la camisa. En una banqueta, sobre un cojín bordado de oro, tenía el gorro de dormir y los pañuelos y en el suelo, las zapatillas de la misma seda que la bata. Entraba entonces el rey, daba su sombrero y su espada al primer gentilhombre de cámara, que a su vez las pasaba a un subalterno. Después de haber pronunciado alguna frase vaga y amable a los cortesanos, el rey entraba en su habitación. Arrodillado ante su sillón, rezaba durante unos quince minutos, ahora secundado por los nobles y clérigos presentes, entre ellos el gran limosnero, que dirigía la oración en voz alta. Luego ordenaba a su primer ayuda de cámara que pasara la palmatoria a la persona que aquella noche el monarca deseara honrar particularmente.

Luego los criados libraban al rey de su casaca. El primer camarero del guardarropa tiraba de su manga derecha, otro de su manga izquierda. El primer gentilhombre de cámara daba la camisa al rey y después la bata. Al igual que en
el caso de la reina, si estaba allí un príncipe de la sangre, o un pariente todavía más próximo, a él le correspondía el honor de pasar la camisa. Entretanto, tres criados desabrochaban el cinturón y las pretillas de las rodillas de sus calzas. Se sentaba al fin en un sillón y se dejaba descalzar por un criado de cámara que le quitaba el zapato derecho, en tanto que un criado del guardarropa real le descalzaba el izquierdo. Dos pajes avanzaban y, rodilla en tierra, le ponían las zapatillas. Se podía considerar que el ritual había terminado.

Entonces un conserje pronunciaba en voz alta y engolada las palabras rituales: “Salid, señores” y la mayoría de los asistentes se retiraban. Sólo quedaban los príncipes, el servicio particular y las personas que el rey había distinguido aquella noche rogándoles que se quedaran. Entonces el soberano se ponía el gorro de dormir y los privilegiados se entretenían contando pequeñas indiscreciones a veces muy picantes.

En realidad, la separación entre la vida privada y las apariciones públicas en la corte era tan distinta e impermeable como la que existiera entre el escenario y el vestidor, lo que implicaba una extraña doble vida en la cual muchos acontecimientos cotidianos ocurrían dos veces: una para contemplar el ceremonial y la otra para vivir la realidad. Luis XV, por eje
mplo, casi siempre se acostaba dos veces. La primera durante le coucher relatado anteriormente, en la cámara del rey, donde en realidad nunca dormía (el hogar no tenía un buen tiro y la localización de la estancia hacía que se hallara demasiado expuesta). En cuanto su séquito abandonaba la habitación, volvía a levantarse, se quitaba el simbólico camisón, se ponía de nuevo las botas y salía, preferentemente hacia la villa de Versailles o en dirección a París, en busca de diversión nocturna antes de retirarse de manera efectiva, en esta ocasión a sus habitaciones privadas (o la de su amante).

Por las mañanas, el Bienamado se levantaba temprano y trabajaba durante unas horas en soledad –incluso se encendía él mismo el fuego a fin de evitar despertar a los sirvientes-, para luego volver a levantarse, ahora en el transcurso del lever, en la misma habitación fría y humosa donde había simulado dormir, durante la cual le devolvía el camisón al afortunado príncipe que la noche anterior había tenido el privilegio de dárselo.

Así transcurría la órbita diaria de los Luises de Francia, repetida durante decenios hasta su muerte.





Representación 3D de Versailles


2 comentarios:

  1. Muy interesante su blog, que sigo desde este mismo instante.

    Desde España, un cordial saludo.

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  2. Ha sido muy amable, monsieur, por su mensaje. Es muy alentador publicar y recibir el beneplácito de los lectores que lo aprecien.

    Mis saludos

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