martes, 17 de agosto de 2010

Sissi de Wittelsbach, Emperatriz de Austria


Las cuatro grandes damas de la realeza que se destacaron en la segunda mitad del siglo XIX fueron Victoria, reina de Inglaterra, Eugenia, emperatriz de los franceses, Carlota, emperatriz de México, y la legendaria Isabel de Wittelsbach, apodada familiarmente Sissi, quien fue por matrimonio emperatriz de Austria y reina de Hungría. Curiosamente, los caminos de las cuatro se hallaban entrelazados.

Elisabeth Amalie Eugenie Herzogin in Bayern era una princesa bávara de la Casa de Wittelsbach; nació con la dignidad de duquesa en Baviera y tratamiento de Su Alteza Real. Tenía 16 años cuando, un año después del primer encuentro, se casó con su primo, el emperador de Austria, convirtiéndose así en Emperatriz Consorte. Casarse con Francisco José era casarse también con el destino del Imperio. Ya sus tías y su madre, las cuatro hermanas Wittelsbach, adquirieron al casarse poder sobre las cortes más prestigiosas: Ludovika se quedó en Baviera, pero Sofía casó con el archiduque Francisco Carlos de Austria, María se convirtió en reina de Sajonia y Elisa en reina de Prusia. Isabel, por su parte, tuvo desde el principio serias dificultades para adaptarse a la estricta etiqueta que se practicaba en la corte imperial de Viena. Aun así, le dio al emperador cuatro hijos.

La muerte de su primogénita, Sofía, en 1857, sumió a Isabel en una profunda depresión que marcaría su carácter para el resto de su vida. Este hecho propició que le fuese denegado el derecho sobre la crianza del resto de sus hijos, quienes quedaron a cargo de su suegra. Tras el nacimiento del príncipe Rodolfo, la relación entre Isabel y Francisco José comenzó a enfriarse. Isabel, por su parte, sólo pudo criar a su última hija, María Valeria, a la que ella misma llamaba cariñosamente "mi hija húngara", dado el gran aprecio que tenía a aquel país, donde habitualmente se refugiaba y en cuya cultura y costumbres se empeñó en educarla. Los grandes enemigos que Isabel hizo a lo largo de su vida la llamaban despectivamente "la niña húngara”, porque creían que era fruto de algún escarceo sexual que Isabel habría mantenido con el conde húngaro Gyula Andrássy. No obstante, el gran parecido que Valeria guardaba con el emperador se encargó de desmentir tales rumores.

Dotada de una gran belleza, Isabel se caracterizó por ser una persona rebelde, culta y demasiado avanzada para su tiempo. Su estatura de 1.72 era una inmensidad para la época, tanto más cuanto su porte erguido, la longitud de su cuello y la delgadez extrema de su talle, estrangulado por la tiranía de los corsés, alargaban aún más la silueta. Su esbeltez, a lo largo de toda su vida, apenas si superará los 50 kilos y la vigilancia del peso se convertirá en una obsesión. En una época en que las demás mujeres estaban más cerca de Rubens que de Giacometti, ella imponía criterios nuevos. Pero esa delgadez no le impedía lucir el escote más prometedor, unos hombros de reina y una musculatura de amazona. Su misterio era fascinante. Había a su alrededor un aura de melancolía que apagaba la insolencia de su belleza, un nimbo de desilusiones y de esperanzas rotas que suavizaba el esplendor de su juventud. La tristeza tenía en ella algo voluptuoso y fatal.


Paseando en coche descubierto por el Graben, cabalgando a lomos de su montura por el Prater, viajando por los pueblos del Imperio… en todas sus actividades la emperatriz de Austria deslumbraba. Su belleza traspasaba las fronteras y ya Europa entera la introducía en la leyenda. Vestida de abrigo azul con ribetes de marta cibelina desembarca en Venecia, con el traje nacional húngaro de terciopelo y encaje visita Buda, lleva flores en las manos para descender por el Danubio en barco hasta Presburgo, hoy Bratislava...


La década de 1860 fue una década de belleza y narcisismo para Isabel. Cada cual –zar, emperador, príncipe, sultán, consejero, duque y una larga lista de personajes menos ilustres pero más entusiastas aún- añadía, no sólo su cumplido, cosa que sería educada y adecuada, sino sus propios adjetivos, maravillados. Y, cosa extraordinaria, las mujeres no eran menos extasiadas. En cuanto tenían el privilegio de ver a Isabel con sus propios ojos, abandonaban la objetividad del experto en temas de belleza y caían bajo el hechizo de su porte, su cuello, su cabellera o esa exquisita tristeza que se vislumbraba en el fondo de sus ojos color ámbar. Su fragilidad demasiado evidente incitaba a sus jueces más severos a perdonarle la sobreabundancia de cualidades.

Todos sus admiradores destacaban que, en persona, era más bella aún que sus retratos. Y, sin embargo, proliferan las representaciones de la emperatriz. El pintor alemán Franz Winterhalter pintó su retrato oficial como “reina de las hadas”, con sus cabellos y su vestido de gasa blanca salpicados de estrellas. Hará dos retratos de ella, menos conocidos, donde la mujer eclipsa a la emperatriz. Del primero surge un hombro blanco entre el desorden de encajes mientras la cabellera cae en una cascada de bucles cobrizos por debajo de las caderas. “Por fin un retrato que se le parece de verdad”, dijo Francisco José, enamorado. En el segundo de esos cuadros íntimos, Isabel lleva una especie de deshabillé vaporoso y, también, sus cabellos de Gorgona cubren en estudiado desorden su pecho.


Quien volvió todavía más bella la célebre corona de cabellos de la emperatriz fue la peluquera del prestigioso Burgtheater, Fanny Angerer. Ella transformó lo que en un principio no era más que un asunto jugoso de honorarios, en un auténtico sacerdocio. Todo el mundo intentaba copiar el peinado de Isabel, con escaso éxito, pues para conseguirlo la cabellera había de ser especialmente abundante y gruesa y estar sana. El lavado tenía lugar cada dos semanas con una mezcla jabonosa cuya fórmula se guardaba en secreto. El secado consumía una buena parte del día, tiempo en que Isabel leía o bien atendía las lecciones de un profesor. Hacían falta tres horas diarias par aponer orden en esa profusión, fijar las trenzas y arreglar el peinado. “Soy la esclava de mis cabellos”, confesó una vez la emperatriz.



Christomanos, su profesor de griego, describe la ceremonia cotidiana del peinado: “Detrás de la silla de la emperatriz estaba la peluquera, ataviada con un vestido negro de larga cola, y un delantal blanco (…) Hundía sus manos blancas en los bucles de los cabellos, los levantaba en el aire y los palpaba como terciopelo y seda, los enrollaba alrededor de sus brazos (…); por último dividió cada bucle en muchos otros con un peine de ámbar y de oro y los fue separando en innumerables hilillos que, en la claridad del día, se convirtieron en filigranas de oro (…) Trenzó con esas olas unas trenzas con mucho arte, que se transformaron en dos serpientes pesadas; levantó sus serpientes, las enrolló alrededor de la cabeza y formó, entrelazándolas con cintas de seda, una magnífica corona de diadema (…) Después, el manto blanco de encaje cayó y la emperatriz, semejante a una estatua divina, surgió del envoltorio que la ocultaba…”

Isabel decoraba a menudo aquella cabellera, para las grandes ocasiones, con diademas y joyas que han sido inmortalizadas en sus retratos, cual catálogo de alhajas imperiales de la época. Winterhalter la había pintado nimbada de blancos tules y con el largo cabello suelto, pero cubierto de estrellas de diamantes. Estas joyas, que conformaban una diadema o se podían utilizar como broches por separado, serían noticia cien años después de su muerte al ser objeto de un robo. Otro ejemplo es su retrato de corte de Georg Raab en 1875, donde luce un espléndido aderezo de diamantes y rubíes, compuesto por diadema, gargantilla y broche pectoral, que perteneció a María Antonieta de Francia y fue legada a su hija María-Teresa, Madame Royale, luego duquesa de Angulema, quien la dejó en herencia a sus parientes Habsburgo-Lorena.



Isabel se maquillaba muy poco. El grano de su piel, fino y apretado, sus ejercicios físicos y su afición a lo natural le evitaban los afeites. Desconfiaba incluso de los perfumes demasiado pesados. Fumaba cigarrillos, algo insólito para la época. Sentía un gran aprecio por los animales: amaba a sus caballos de raza y a sus perros, costumbre esta última heredada de su madre, hasta el punto de pasear con ellos por los salones de palacio. Le gustaban los papagayos y los animales exóticos en general: incluso llegó a tener su propia pista circense en los jardines de su palacio en Corfú. Hablaba varios idiomas: alemán, inglés, francés, húngaro (propiciado por su interés e identificación con la causa húngara) y griego, este último aprendido con ahínco para poder disfrutar de las obras clásicas en su idioma original. Cuidaba su figura de una forma maniática, llegando a hacerse instalar bajo las molduras doradas de la Hofburg todo un equipo: anillas, escaleras, barras, pesas, todo para poder practicar deporte sin ser vista.



Con el enfermizo objetivo de mantener su peso en 50 kilos y su cintura de tan sólo 47 centímetros, la emperatriz inventó sus propias dietas para adelgazar. Los alimentos principales eran jugo de carne de ternera, venado o perdiz; pescado hervido, sangre de buey cruda, tartas, helado y leche, prescindiendo de verduras y frutas, a excepción de naranjas. Sin embargo, era muy extraño que demostrara su apetito delante de cualquier persona. Los únicos que habían tenido la oportunidad de ver a la emperatriz sentada ante una mesa fueron sus hermanos, algún otro miembro de la familia de Baviera, su hija menor, a quien consideraba como única hija, y su profesor de equitación, Middleton.

Como en aquella época los especialistas de nutrición no existían, nadie podía informarle a Isabel que su estado correspondía al de una enferma bulmaréxica, mezcla de las dos enfermedades nutricionales más extendidas del Occidente actual: bulimia y anorexia. Sus comportamientos obsesivos no hacían efecto sólo en sus hábitos alimenticios, sino también en las ocupaciones diarias, ya que tenía la necesidad de siempre estar en movimiento, de no sentarse, de caminar por largas horas y de montar otras muchas a caballo. El desencadenante principal de esta obsesión para mantenerse bella y delgada empezó por sus primeros tres embarazos de rápida sucesión. Además, la emperatriz no deseaba mantener relaciones con su marido.

Dicen que cuando Sissi se comprometió con el emperador, la madre de éste, la archiduquesa Sofía, descubrió con horror que tenía dientes amarillos y eso fue el motivo de la primera crítica de la suegra hacia la futura esposa de Francisco José. Con el tiempo la emperatriz perdió progresivamente los dientes debido a su mal cuidado y falta de aseo. Siempre evitó sonreír a boca abierta frente a la corte y al público en general por esa falta de dientes que la acomplejó durante sus últimos años.

Como parte de la familia Wittelsbach, la equitación fue una de sus grandes pasiones, que compartía con los Habsburgo, la familia de su esposo. La necesidad de aire libre la heredó de su padre, el duque Maximiliano, que inculcó a sus nueve hijos el amor por el campo y los animales. Su afán como amazona no sólo tenía que ver con el arte de montar, que realizaba de lado, sino también a su vestimenta. Una vez sentada en el caballo, ordenaba coser su traje de falda larga para que tuviera una caída perfecta. En las paradas militares iba enhiesta como la hoja de una espada sobre su yegua negra y con su traje de terciopelo del mismo color; blancos, solo su corbata y su rostro. Una doble imagen perfectamente inmóvil, el animal perfectamente adiestrado y la mujer perfecta caballista, ni un movimiento.

Hasta que un día le vino la obsesión de montar a horcajadas, como un hombre. Una de las damas de su servicio cuenta cómo ocurrió. “Primero intenta acortar la falda de su traje de amazona, pero no le va bien, así que convoca a su écuyère francesa, quien le muestra que bajo sus faldas tiene las piernas embutidas en unos largos y ceñidos leotardos de cuero negro. Al día siguiente, al alba, la emperatriz convoca a doncellas y modistas. Unas piezas de ante flexible descansan sobre un sillón.
- Cosédmelas directamente –ordena ella-. Encima mismo.
Es algo interminable y difícil; las agujas, a veces, se escapan, agujereando el cuero, pinchando la piel, pero la joven no rechista. Bajo el corsé de encaje surge poco a poco la extraña imagen de un ser medio mujer, medio centauro, con un busto elegante y unos muslos fornidos, forrados de color leonado. Las modistas, desconcertadas, la ven caminar de un lado a otro, palpando la prenda para comprobar su solidez. La camarista, maquinalmente, le tiende desabrochada la falda de amazona.
- No la necesito –le contesta la emperatriz-. Mis botas, mis guantes, mi fusta y mi chaquetilla. Basta con eso.
Desoyendo la exclamación horrorizada de la camarista, corre entonces a la caballeriza, ensilla a su yegua con una silla de hombre, se ajusta el pelo trenzado y sale a la carrera. Será una de las jornadas en las que el placer violento la hará disfrutar mucho más de la cabalgata.”

La emperatriz convirtió la gimnasia en una actividad diaria que alargaba de manera compulsiva varias horas, algo que no era común para una dama de su época. Estas obsesiones hicieron que su vanidad se acrecentara a lo largo de los años y ni siquiera las noches le otorgaban un buen sueño. Por su parte, las actividades corporales y su estricta dieta aumentaron su carácter ya de por sí neurasténico, algo que afectó su salud gravemente. Isabel sufrió reuma, neuritis, dolores de ciática y acumulación de líquidos en las piernas. No le ayudaron sus visitas a los balnearios que frecuentaba, aunque el médico Georg Metzger, probablemente ayudado por la psiquiatría, logró cambiar sus manías nutritivas.



Con su traje de coronación como reina de Hungría


La coronación en Budapest (1867)


A partir de los 35 años no volvió a dejar que nadie la retratase o tomase una fotografía; para ello, adoptó la costumbre de llevar siempre un velo azul, una sombrilla y un gran abanico de cuero negro con el que cubría su cara cuando alguien se acercaba demasiado a ella. También, entre otras excentricidades, al final de su vida se hizo tatuar un ancla en el hombro (por el gran amor que sentía por el mar y las travesías y por sentirse sin patria propia, como los eternos marineros que vagan por el mundo) y se hacía atar al mástil de su barco durante las tormentas. Paseaba a diario durante ocho largas horas, llegando a extenuar a varias de las damas de su séquito, como Ida Ferenczy o Marie Festetics, que tenían que ser relevadas al poco tiempo. Además, adoraba viajar, nunca permanecía en el mismo lugar durante más de dos semanas. Disfrutaba de la literatura, en especial de las obras de William Shakespeare, de Friedrich Hegel, y de su poeta predilecto, Heinrich Heine.



Para escapar de los curiosos


Por último, detestaba el protocolo de la corte imperial, de la que procuró permanecer alejada durante el mayor tiempo posible y por la que desarrolló una auténtica fobia que le provocaba trastornos psicosomáticos como cefaleas, náuseas y depresión nerviosa. Se mantuvo, siempre que pudo, alejada de la vida pública. Fue una emperatriz ausente de su Imperio, aunque no por ello menos pendiente de los asuntos de Estado. De hecho fue la propia emperatriz una de las impulsoras de la coronación de Francisco José como rey de Hungría, hecho que se produjo finalmente en 1867. Al ser coronada reina de Hungría el 8 de junio de ese año en Cfen, recibió como obsequio el Palacio Real de Gödöllö, a unos treinta kilómetros de Buda, construido a mediados del siglo XVII para la emperatriz María Teresa. Este hecho, junto con sus continuos viajes a Hungría, acrecentó el rumor de una relación sentimental con el conde Gyula Andrássy; aunque el verdadero propósito de sus viajes continuos a Hungría era la profunda simpatía e identificación con la cultura y la causa húngaras.

En 1889, la vida de la Emperatriz cambiaría radicalmente a causa del suicidio de su único hijo, el archiduque Rodolfo, de 30 años, en el episodio conocido como El incidente de Mayerling, ya que Mayerling era el nombre del refugio de caza donde ocurrió la tragedia. Este hecho dejó marcado también al emperador, que de la noche al día se encontró sin un heredero que se hiciese cargo del vasto imperio austrohúngaro.


Alta escuela en Gödöllö


Tras la muerte de su hijo, la emperatriz abandonó Viena y adoptó el negro como el único color para su vestimenta, a la par que su fobia a ser retratada se incrementaba. De aquella época se conservan sólo unas pocas fotografías que lograron congelarla en una imagen sin que ella lo advirtiera. Con el tiempo, se hizo extraño que la emperatriz visitase a su marido en Viena, pero, curiosamente, su correspondencia aumentó de frecuencia durante los últimos años, y la relación entre los esposos se fue convirtiendo en platónica y cariñosa.

Esta última etapa en la vida de Sissi estuvo marcada más que nunca por los viajes. Compró un barco de vapor al que llamó Miramar y en él recorrió el Mar Mediterráneo, siendo uno de sus lugares favoritos Cap Martin, en la Riviera Francesa, donde el turismo se había hecho constante a partir de la segunda mitad del siglo XIX. También pasaría algunas temporadas de verano en el Lago de Ginebra en Suiza, Bad Ischl en Austria y en la isla de Corfú, donde construyó su palacio, el Achilleion, en honor de Aquiles, uno de sus héroes griegos preferidos. Además, visitó Portugal, España, Marruecos, Argelia, Malta y Grecia, Turquía y Egipto. Estuvo también en la isla de Madeira recuperándose de una tuberculosis. Sissi padecía trastornos de tipo nervioso como anorexia, depresión, ansiedad y fobia a la vida pública.

En 1896 viajó con el emperador a Hungría de forma oficial, para celebrar el milenario de la conquista. Compareció en público por última vez el 8 de junio, en la recepción solemne del Parlamento húngaro. El diario más importante de Budapest, Pesti Hirlap, informó de la ceremonia: “Hela aquí toda de negro, en la sala del trono, en el palacio real, con el vestido húngaro, adornado de encaje; encarna la imagen del dolor. Un velo negro cae de su cabellera oscura; horquillas negras, perlas negras y, entre todo ese negro, un rostro blanco como el mármol y de una tristeza infinita. La mater dolorosa (…) El hermoso rostro, destrozado por el pesar, conserva su nobleza. Se trata en efecto del mismo cuadro, pero como velado por una neblina. (…) Ella permanece pálida e inmóvil. El orador nombra a la reina. Ella sigue impertérrita; pero de repente suena un gran éljen como no ha resonado nunca en el palacio de Ofen. Diríase una tempestad de sentimientos que se eleva de todos los corazones. Y de ella se desprende un tono sublime, maravilloso, inefable. (…) Entonces el rostro majestuoso, insensible hasta aquel momento, se anima. Suavemente, casi imperceptiblemente, se inclina haciendo una reverencia en señal de gratitud. Ese gesto contiene un encanto indefinido. Surge un éljen más fuerte, interminable, siempre renovado, que estremece las bóvedas…”


El 10 de septiembre de 1898, mientras paseaba por el Lago Leman de Ginebra con una de sus damas de compañía, fue atacada por un anarquista italiano, Luigi Lucheni, que fingió tropezarse con ellas y aprovechó su desconcierto para deslizar un fino estilete en el corazón de la emperatriz. Su cuerpo fue sepultado en Viena, en la Cripta Imperial de la Iglesia de los Capuchinos y no en su palacio de Corfú, donde deseaba recibir sepultura realmente, tal como indicó en su testamento.


Su imagen es actualmente un icono turístico de Austria; así, en el palacio Hofburg de Viena, que ella tanto detestaba, hay actualmente un museo en su honor. Uno de los más famosos valses de Johann Strauss lleva su nombre, pues fue estrenado en un cumpleaños de la soberana y ha pasado a la posteridad como una gran obra musical decimonónica. Según Paul Morand, “Sissi es una mujer de hoy, con sus virtudes y defectos; entró en el siglo XIX como quien se equivoca de puerta”.



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