miércoles, 11 de agosto de 2010

Josefina, Emperatriz de los Franceses

Desde el 18 de mayo de 1804, en que el Senado la saluda con el título de emperatriz, al 16 de diciembre de 1809, cuando se disuelve su matrimonio con el emperador, Josefina de Beauharnais sólo reinó cinco años y siete meses como Emperatriz de los Franceses. Mademoiselle de Tascher de la Pagerie, divorciada y luego viuda del vizconde Alejandro de Beauharnais, finalmente Madame Bonaparte y emperatriz consorte hasta su repudio, fue la primera soberana del Primer Imperio francés y ancestro directo de las casas reales actuales de Bélgica, Suecia, Dinamarca, Grecia, Noruega, Luxemburgo, Liechtenstein y Mónaco.

El 2 de diciembre de 1804 la gracia majestuosa de Josefina impresiona a los cortesanos. El deslumbrante atuendo de consagración la rejuvenece veinte años gracias a la obra de peinadores y modistas: luce un vestido de satén blanco con abejas de oro bordadas y salpicado de diamantes, los cabellos recogidos en un rodete y rizados como en tiempos de Luis XIV sostienen una diadema de amatistas, tras ella se extiende el manto imperial rojo y oro. Se la creería nacida en un trono, a tal punto son naturales sus gestos. Sonriente, disfruta hoy las delicias del éxito, pues ha sabido vencer muchas resistencias, superar intrigas, desbaratar maquinaciones hasta de su familia política.

En Notre Dame, la personalidad misma de Josefina provoca un movimiento general de admiración. Despliega tanta gracia, camina tan bien hacia el trono, se arrodilla de una manera tan elegante, que satisface a todas las miradas. Napoleón se ciñe la corona de oro de hojas de laurel, luego desciende las gradas del altar, avanza hacia su esposa y la corona con sus propias manos. La emperatriz se levanta para subir al trono. Pero las princesas sostienen su manto con tanta negligencia y mala voluntad que, arrastrada hacia atrás por el peso de los terciopelos y los armiños, Josefina no puede moverse. Estalla un altercado que no pasa desapercibido a Napoleón, quien con una orden seca y firme llama al orden a sus hermanas. El papa Pío VII bendice al emperador y estalla el Vivat imperator in aeternum. Josefina ya no es la misma. Ahora está por encima de las reinas de Francia, pues, con excepción de María de Médicis, ninguna de ellas ha recibido la unción de la consagración.


A partir de ese momento feérico, vivió el tiempo de su estadía como emperatriz recorriendo Francia y Europa en todas direcciones. Residió sólo por períodos intermitentes en las Tullerías y en Saint Cloud, sus dos principales moradas, y menos aún en los otros palacios de los alrededores de París: Rambouillet, brevísimo, y Fontainebleau, durante el otoño de 1807 y 1809, estadías que cuentan entre las más brillantes del Imperio. Poco antes del divorcio, se acondiciona el palacio del Elíseo para recibir a Sus Majestades, aunque es demasiado pequeño. Cuando comienza el buen tiempo se traslada a Malmaison, su adorada residencia de campo. Sin embargo, es en los escenarios oficiales donde su vida cotidiana aparece reglamentada por la severa etiqueta prescrita por el emperador.




El Château de Malmaison con una diferencia de 200 años


Tanto en las Tullerías como en Saint Cloud, los aposentos de la emperatriz y los del emperador se dividen en dos partes bien diferenciadas: el primer aposento, o aposento de honor, tiene carácter oficial y sólo sirve para las ceremonias públicas. Se compone de una antecámara, de un primer salón, de un segundo salón, del salón de la emperatriz, de un comedor y de una sala de música. El segundo, o apartamento interior, comprende el dormitorio, la biblioteca, el tocador, el saloncito privado y el baño. Malmaison y el Elíseo, más pequeños y aislados, son utilizados para un relajamiento de la etiqueta.



En estos lugares es donde hay que imaginar la vida de Josefina. Si el decorado es diferente, el entorno es el mismo y, sobre todo, la vida está ordenada de la misma manera, realizándose la misma actividad a la misma hora, se encuentre donde se encuentre.

Josefina consideraba a Malmaison como su propiedad particular y buscaba reunir en ella todas las obras de arte imaginables. Las colecciones de Josefina son por demás eclécticas. Junto a objetos etnográficos se ven esculturas, pinturas y antigüedades. Desde la época del Consulado, las ciudades conquistadas por su esposo la colman de obsequios y le envían objetos valiosos y curiosidades de todo tipo, muebles, cuadros, telas, porcelanas, mármoles. Josefina siente verdadera atracción por la escultura de su época y más especialmente por la de Canova, del que posee cinco obras. Pero no olvida en sus pedidos a los grandes escultores franceses: Cartellier, Chaudet, Bosio. Ella ama en especial las obras graciosas y femeninas, de pronunciado carácter sentimental. Recurre frecuentemente a los mismos artistas para ejecutar sus retratos o los de los miembros de su familia.

La colección de estatuas antiguas, sin ser considerable, es de primerísima calidad. Posee además bronces, mosaicos y una serie inigualada de vasos griegos. Sus cuadros son considerables y se hallan repartidos en las galerías de Malmaison, en los castillos de Navarra, en Normandía y de Prègny, en Suiza. Su elección de obras contemporáneas refleja mejor su gusto en pintura antes que los maestros de la antigüedad, los cuales admira más por convencionalismos que por gusto verdadero. Josefina concedió un trato privilegiado a sus pintores favoritos y supo rodearlos de todas las consideraciones debidas a su talento.



La botánica era otra de las pasiones –si no la verdadera- de Josefina y agobiaba a sus allegados con disertaciones botánicas, señalándoles todas las plantas más raras. Su gusto por las flores era tal, que para ella ése era el mejor obsequio que podía hacérsele. Al ser emperatriz, seguía con interés las conquistas del emperador y no dejaba de reclamar las plantas que todavía no poseía. Además, completaba sus colecciones comprando semillas y plantas a los mejores viveros europeos. En Malmaison construyó magníficos invernaderos llenos de plantas exóticas y cuyas importantes superficies vidriadas lo hacían superior al propio Jardín Botánico.

El gusto de Josefina en materia de decoración era el de una mujer del siglo XVIII. Sus habitaciones estaban amuebladas con infinito esmero y demostraban una búsqueda cuidadosa en lo que se refiere al buen gusto y la elegancia pero también la magnificencia y la riqueza. Encargaba los muebles a los mejores ebanistas, entre los que se destacan los hermanos Jacob, con incrustaciones de limonero, de estaño o de ébano. Poseían una gracia que ya no tendrían las pesadas creaciones del Imperio triunfante. Los tapiceros transformaban para ella los tejidos de armoniosos colores en elegantes combinaciones. En sus aposentos las muselinas bordadas y drapeadas en colgantes, las sedas plegadas tubularmente o los volantes festoneados y los moños constituían adornos que alababan los contemporáneos, pero que no agradaban al emperador, que se rebela contra esas frivolidades “de mujer mantenida”.

Físicamente, Madame Bonaparte era de estatura mediana, sus ojos azul oscuro tenían una mirada extremadamente dulce. Sus cabellos largos y sedosos combinaban perfectamente con su cutis que, algo oscuro por naturaleza, parecía deslumbrante de frescura gracias al rubor que se ponía en las mejillas y al polvo blanco con que cubría su rostro. La única nota desagradable la daba una mala dentadura de la que la duquesa de Abrantes decía: “Si hubiese tenido dientes, no digo hermosos o feos, sino solamente dientes, habría eclipsado por cierto en la corte consular a muchas mujeres que no valían lo que ella”.

Muy refinada en los cuidados del cuerpo y del rostro, Josefina abusaba de los afeites como toda mujer que se sentía envejecer y trataba todavía de agradar (al momento de la coronación tenía 41 años). Hacía traer de Grasse su agua de rosas, el agua de grosellas y una leche de rosas destinada a conservar un cutis delicado. Su Casa contaba con una guardia de atavíos y cuatro damas, asistidas por dos jóvenes del guardarropa. Cada día su dama de atavíos le presentaba varios vestidos para que ella eligiera uno, lo que a veces daba lugar a largas meditaciones. Luego entraba el ayuda de cámara principal, su peinador regular, Herbault, que también peinaba a todas las damas de la corte. Josefina contaba además con otros tres ayudas de cámara comunes a su servicio.


Terminado su arreglo personal, Josefina pasaba a su salón, donde recibía a sus proveedores, por lo general comerciantes de artículos de moda que venían a mostrarle sus últimas novedades. Abusaban de la bondad de la emperatriz y de su gusto por la ropa e invadían así sus aposentos. El emperador no lograba poner orden en ellos y decidía aceptar ese estado de cosas.

Nadie sabía vestir como Josefina y la ropa que llevaba le sentaba de maravilla. Además, había sido educada en la religión de la vestimenta y los adornos y no sabía resistirse a sus caprichos y deseos. A las órdenes del emperador, que pretendía que los vestidos fueran de terciopelo o de seda nacional para dar trabajo a las buenas ciudadanas francesas, Josefina respondía con compras masivas de muselinas de las Indias o telas extranjeras que no vacilaba en introducir en el país eludiendo la aduana.



Josefina creaba la moda; se observaba su ropa, se la copiaba. Si la emperatriz llevaba un vestido de luto adornado con una guirnalda de flores negras, su cuñada Elisa Bonaparte encargaba de inmediato otro igual a la célebre modista Madame Rimbaud. Las más atrevidas combinaciones le sentaban de maravilla: un vestido de tul blanco bordado en plata con ruedo de amapolas lilas y rosas bordadas en felpilla o una asombrosa túnica bordada en acero acompañada por alhajas también de acero y con un gran ramo de flores. Las flores, artificiales o naturales, eran uno de los adornos obligados de su atuendo. Con ellas engalanaba su ropa, pero también su cabello. Siempre realzaba sus peinados con guirnaldas de anémonas o de jacintos.

Y el colmo del refinamiento: cuando podía, la emperatriz combinaba los tonos de su ropa con el tapizado del salón donde recibe. Frecuentemente optaba por armoniosas combinaciones en blanco y oro, lo que le sentaba admirablemente. A propósito de esta original costumbre, en 1803, cuando Paulina Bonaparte, la nueva princesa Borghese, se presenta en Saint Cloud antes de partir a Roma, se suscita una anécdota que da que hablar al círculo social de la futura emperatriz.



Para esa velada de despedida, Paulina no puede resistir a la tentación de manifestar su superioridad a Josefina y decide llevar un vestido verde al que ha prendido todos los diamantes de la Casa Borghese –un adorno llamado Matilde-, sin contar el despliegue de joyas que adornan su cabeza, su cuello y sus manos. Josefina, sin embargo, reserva una sorpresa a su cuñada. Cuando el príncipe Borghese y su esposa hacen su ingreso, no hace movimiento alguno. De pie delante de un sofá, en el fondo del salón, obliga a la pareja principesca a avanzar hacia ella. Al arreglo llamativo, a la descarada exhibición de joyas de Paulina, Josefina opone dos armas que le dan la victoria: en primer lugar su ropa, un sencillo pero encantador vestido blanco de muselina de la India sostenido en los hombros por dos cabezas de león de oro como únicas alhajas y luego la elección de un salón con muebles tapizados de seda azul, con el que hace desentonar el color verde del vestido de su adversaria. La esposa de Bonaparte parece una gran dama recibiendo a una saltimbanqui. Embriagada por su éxito como princesa, Paulina comprenderá la lección más tarde.

Los chales constituían una de las riquezas del guardarropa de Josefina. Eran tantos, que con ellos podían hacerse vestidos, mantas para la casa o hasta almohadones para sus perros. Los más bellos eran de cachemir y le fueron obsequiados por el sultán Selim III. Durante un tiempo adornaron su tocador de Compiègne donde, cosidos los unos a los otros, formaban suntuosas colgaduras. “Las damas quedan pasmadas y se desmayan al admirar semejante lujo”, se sorprendía el príncipe de Clary y Aldringen, “pero yo lamento ver allí arriba esos chales estirados por anchas franjas de oro. Sin embargo, como no han sido cortados sino simplemente cosidos juntos, la emperatriz podrá descolgarlos y ponérselos sobre los hombros. El emperador lo decía ayer, riendo.”


Louis-Hippolite Leroy era el amo de la moda y, por ende, de Josefina. Después de haberle confeccionado el vestido de la coronación por un valor de setenta y cuatro mil francos, el gran modista gozaba del apoyo indefectible de su augusta cliente, quien gastaba en él la mitad de las sumas dedicadas a su vestuario. Insustituible en la corte, Leroy diseñaba además para príncipes y duques –con ocasión de las estadías en Fontainebleau, creó un traje de caza para cada familia principesca; el de la emperatriz era de terciopelo color amaranto bordado en oro- y percibía sumas fabulosas. Fuera bueno o malo el año entregaba, por valor de diez o quince mil francos al mes, nuevas fantasías, encajes raros y suntuosas sedas. Hábilmente, el modista cobraba una suma irrisoria por la hechura del vestido, pero lo recuperaba en telas y adornos, aumentando el precio de sus obras en dos y tres mil francos. Después del divorcio, las sumas serán mucho menos importantes.


Toda la ropa de la emperatriz era debidamente inventariada dos veces al año: el 30 de enero por la dama del guardarropa y a mediados de año por la custodia del guardarropa. La emperatriz subía entonces a su vestidor y pasaba revista a sus prendas, sus gorros y sombreros, separando cierta cantidad para ser reformados. No se trataba solamente de objetos usados, sino también de ropa nueva o que había dejado de gustarle. Así, en 1809, se suprimieron quinientos treinta y tres artículos del inventario. Daba algunos a sus parientes, el resto se distribuía entre su servidumbre femenina.



Las listas se revelan impresionantes, de las que solo una enumeración, por monótona que sea, puede dar una idea. A título de ejemplo, el inventario de 1809 incluía, entre otros, cuarenta y nueve trajes de corte de gala, seiscientos setenta y seis vestidos, setenta y seis chales de cachemir, cuatrocientos noventa y seis otros chales y pañuelos de cabeza, cuatrocientas noventa y ocho camisas, cuatrocientos trece pares de medias de seda y de algodón, mil ciento treinta y dos pares de guantes, más de mil plumas de garza blanca o negra para adornos y setecientos ochenta y cinco pares de zapatos. En un solo año, Josefina encargó ciento treinta y seis vestidos, veinte chales de cachemir, setenta y tres corsés, ochenta y siete sombreros, setenta y un pares de medias de seda, novecientos ochenta y cinco pares de guantes y quinientos veinte pares de zapatos.

Al igual que por la ropa, Josefina tenía una pasión desmesurada por las joyas. Primero tenía a su disposición los fabulosos diamantes de la Corona, pero como sabía que sólo poseía su usufructo y no podía usarlos más que a petición escrita de la dama de honor y de la dama del guardarropa a la Corona, pronto formó una colección personal que se erigió en la más hermosa de Europa. Entre los numerosos joyeros a los que recurría, Foncier parece que gozó de su confianza desde el Consulado. A partir del Imperio, Marguerite sucedió a Foncier. Él fue quien efectuó la tasación de los diamantes y las joyas de Malmaison a la muerte de la emperatriz. Josefina hacía modificar y renovar constantemente los engarces, compraba, cambiaba, revendía, pagaba a cuenta, hasta tal punto que los joyeros se confundían al inventariar sus joyas y ya no sabían qué les pertenecía a ellos y qué a su cliente. Las órdenes y las contraórdenes se sucedían al antojo de sus caprichos.


Insaciable, siempre encontraba que no tenía suficientes alhajas, que no eran lo bastante buenas. Seguramente su aderezo más valioso era el de diamantes, pero poseía muchos otros, todos diferentes y a menudo de gran valor. Se componían de una diadema, un collar, un par de aros, una peineta y un cinturón. Tenía dos aderezos de rubíes, uno de esmeraldas, uno de ópalos, uno de zafiros, uno de turquesas y hasta uno de azabaches para los días de duelo. Junto a esas maravillas, poseía alhajas de coral o de esmalte por las que sentía particular predilección.


El divorcio no interrumpió el frenesí de compras de joyas y, a su muerte, debía aún más de doscientos mil francos a los principales joyeros de París: Friere, Lebrun, Nitot, Meller, Hollander y Pitaux. Cuando se repartieron las piezas entre sus hijos Eugenio y Hortensia, éstos se vieron obligados a venderlas y así desapareció lo que tal vez fuera la más maravillosa colección de joyas jamás formada por una soberana y de la que Napoleón decía, poco galantemente, que eran la compensación por los estragos de la edad.

En diciembre de 1809 Josefina vivió días de doloroso calvario. Ella, que había pasado la vida temiendo el divorcio, debía aceptarlo ahora. Durante la visita y agasajos a los soberanos alemanes invitados en ocasión de la firma del tratado de paz con Austria, mantuvo hasta el final una actitud de emperatriz reinante. En el salón del trono de las Tullerías, ante toda la familia imperial, los príncipes del Imperio, las damas de honor de la emperatriz y los grandes oficiales de la Corona, apenas pudo pronunciar las palabras del texto de su repudio dirigidas a Bonaparte, texto que terminó de leer Saint-Jean-d’Angély: “… al no conservar esperanza alguna de tener hijos que puedan satisfacer las necesidades de su política y el interés de Francia, me complazco en darle la mayor prueba de cariño y devoción que nunca se haya dado en este mundo (…) Creo agradecer todos sus sentimientos al consentir en la disolución de un matrimonio que ahora es un obstáculo para el bien de Francia…”

Con su muerte, en 1814, nació la leyenda de Josefina de Beauharnais, inventada pieza por pieza por algunos monárquicos deseosos de recuperar una popularidad que hubiese sido lamentable perder. La emperatriz, transfigurada por la pluma de los propagandistas, se convirtió en una especie de Mater Patriae, cuya bondad protegió a Francia de la ferocidad del corso. Era una figura refugio parecida a las Vírgenes medievales que cubrían a la cristiandad sufriente con su manto desplegado como las alas de un ave. Extraño destino el de Josefina que, después de ser elevada al más alto rango y luego fuera desposeída de él, reencontrara en la hora de su muerte todo el esplendor del que el divorcio la había despojado en parte. Había desaparecido en el momento apropiado, unánimemente celebrada por los sostenedores del Antiguo Régimen y por los hijos de la Revolución.


4 comentarios:

  1. Super interesante. Gracias por tomarte el tiempo de investigar, redactar y recopilar las imágenes. Estudio diseño de modas y he disfrutado muchísimo leer este artículo. Suerte!

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    1. Mil gracias, amiga Elvi. Es un gran placer trabajar para gente que lo aprecia, como tú.

      Te adjunto el link de mi página en Facebook, pienso que te va a gustar:

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  2. cuál fue la gran obra de Josefina? xq la recordamos?

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    1. Josefina no hizo una gran obra, no a la manera de Isabel I de Inglaterra, por ejemplo, cuyo reinado marcó una era. Josefina sólo es recordada por haber sido consorte de quien marcó un antes y un después en la historia de Europa. Además (esto no es un hecho menor), su estilo fue fundamental para la moda francesa y, por ende, para la influencia de la historia de la vestimenta. En tiempos modernos, quien suscita la misma pregunta y se llega a la misma respuesta es Jacqueline Kennedy.

      Un cordial saludo.

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