viernes, 13 de agosto de 2010

Paulina Bonaparte, Princesa Borghese

Considerada la mujer más bella y voluptuosa de su tiempo, Paulina Borghese, nacida Bonaparte, vivió uno de los períodos más intensos de la historia de Francia. Conoció la revolución, el Directorio, el Consulado, el Imperio y finalmente fue testigo de la brutal caída del hermano, a quien siempre mantuvo fidelidad.

Mientras Napoleón se impone en la escena mundial, Paulina se forma inspirándose en su cuñada Josefina, cuya elegancia es reconocida por todos sus contemporáneos y que luego será su rival. Se convierte así en una hermosa mujer, demasiado bella en opinión de su hermano, quien, preocupado por su frivolidad y
liviandad de costumbres, otorga su mano al joven General Leclerc. Enviados en misión militar a las Antillas, el general muere en Santo Domingo víctima de la fiebre amarilla.

La agraciada viuda, ya en París, recibe el primero de los títulos: “la Bella entre las Bellas”, título que nadie piensa disputarle… con excepción de una rival de fuste, Madame de Contades, puro producto del ancien régime que no concede a Paulina más belleza que gloria a Napoleón. Una noche, invitada a una recepción en casa de Madame Junot, Paulina, dispuesta a un nuevo triunfo, aguarda pacientemente el mejor momento para hacer su entrada.
Así, su llegada es recibida con un largo murmullo de alabanzas, bastante descortés para el resto de las damas presentes. Los invitados masculinos se arremolinan solícitos a su alrededor y, casi llevada en triunfo, llega a una pequeña sala. Para resaltar su encantador peinado, comete el error de colocarse a plena luz y Madame de Contades, molesta al verse abandonada, irritada al oír los cumplidos sobre una rival y demasiado astuta para atacarla de frente, observa su talle, su rostro, su peinado. Luego se detiene en seco, como sorprendida, y se dirige a su compañero, en voz suficientemente alta para ser escuchada:

- ¡Ay, mi Dios, qué pena! ¡Una persona tan hermosa! ¿Pero cómo nadie ha visto antes esta deformidad? ¡Qué desgracia!
Un silencio helado acoge estas palabras sacrílegas y las mejillas de la víctima se arrebolan.
- ¿Acaso no veis esas dos enormes orejas plantadas a ambos lados de la cabeza? Si yo las tuviese parecidas me las haría cortar.

No ha terminado su frase cuando ya todas las miradas convergen en Paulina para juzgar la imperfección. En efecto, sus extrañas orejas parecen un pedazo de cartílago blanco al que la naturaleza olvidó ponerle un borde y, al lado de la admirable pureza del conjunto, rompen un tanto la armonía del rostro. Mal preparada para replicar, Paulina se siente mal y prorrumpe en sollozos. Desde ese día decide no confiar en ninguna mujer, por lo que no tendrá verdaderas amigas. Pero esa falta de afectos no la hará sufrir, tan numerosos son los candidatos a su corazón.

El Primer Cónsul le organiza un nuevo enlace, esta vez con la intención de lograr el apoyo de la nobleza italiana, pretendiendo asegurar tanto su interés personal como el encumbramiento de los suyos. Fija su objetivo en el príncipe Camilo Borghese, sobrino segundo del Papa Paulo V, quien en 1803 da el tono en los salones de París.

Descendiente de una familia ilustre, no carece de inteligencia aunque no ha recibido prácticamente ninguna educación, pues el padre decía que “sus hijos sabrían siempre lo suficiente para ser súbditos de un Papa”. Es de elegante apostura y sabe como na
die echar hacia atrás su capa forrada en satén bordado en oro. Ese gesto, para ojos nuevos, habla de lejos de su aristocracia, así como las plumas blancas que adornan su sombrero de tafetán negro o el jabot de encaje flotando sobre su pecho. Entre la jeunesse dorée parisiense ha puesto a la moda los trajes ingleses, los chalecos húngaros y los sombreros rusos y conduce con gracia los alazanes trotadores de su faetón.

Sus títulos hacen soñar a la nueva sociedad de advenedizos que frecuenta al Primer Cónsul: príncipe de Rosano y del Vivaro, príncipe de Sulmona, duque de Ceri y de Poggio Nativo, barón de Cropolatri, Grande de España de primera clase. A esos títulos se suman las mansiones y villas. Todo es determinante para que los Bonaparte consideren al príncipe digno de recibir la mano de Paulina.

La noticia del compromiso matrimonial cae como una bomba en Saint-Germain, el baluarte de la aristocracia. Desde el 18 Brumario, la ex nobleza, adulada en los salones de Josefina, había ido recuperando poco a poco su altivez. Y, si bien aceptaban que el señor Bonaparte era un gentilhombre, se ironizaba sobre este nuevo ascenso social. “Habrá pues una verdadera princesa en la familia Bonaparte”. Para esos aristócratas, ni los laureles de Egipto ni los de Italia podían compararse con un escudo de armas con las dos llaves en cruz pontificias.


Monseigneur el príncipe Borghese y Madame la princesa, su flamante esposa, partirán para Roma una semana después de la boda en París. Pero antes, la despedida de su cuñada en el palacio de Saint Cloud hace tambalear su tradicional dominio sobre los estilismos a los que está acostumbrada. Cuando el ujier anuncia la llegada de los príncipes Borghese, todos se ponen de pie, incluyendo Josefina. Pero ésta permanece frente a su sillón, dejando que la princesa avance hasta ella y atraviese así gran parte del salón. En vez de desagradarle el supuesto desaire de la emperatriz, a la princesa le conviene, porque, como le cuenta después a la duquesa de Abrantes, “… si hubiera venido a mi encuentro la cola de mi vestido no se habría desplegado, mientras que así pudo admirársela en toda su extensión”.

Paulina está esplendorosa con un vestido de terciopelo verde, delicado, nada llamativo, pero con la parte delantera y el ruedo bordados con verdaderos diamantes y llevando un aderezo también de diamantes complementado con una magnífica diadema de esmeraldas. Por último, para completar ese rico atavío, lleva a un lado un ramillete compuesto por esmeraldas y perlas en forma de pera, un adorno de incalculable valor. Tras un primer momento de asombro provocado por esas piedras preciosas derramadas en profusión sobre su vestido, Josefina se repone y la conversación se generaliza, dejando a la princesa exultante por su triunfo junto a la duquesa de Abrantes.

- Después de todo, ella está tan bien vestida –le dice, mirando a su cuñada-. El blanco y el oro combinan admirablemente con ese tapizado de terciopelo azul.

La princesa se detiene en la frase, sorprendida al parecer en un pensamiento. Mira alternativamente su vestido y el de Madame Bonaparte.

-
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cómo no pensé en el color de los muebles del salón! ¡Y vos, Laurette, vos que sois mi amiga, cómo no me lo dijisteis?
-
¿Qué tendría que haberos dicho? ¿Que los muebles del salón de Saint Cloud son azules? Pero si lo sabíais tanto como yo.
- Pero en una ocasión como esta una se confunde, no se recuerda lo que se sabía. ¡Y ved lo que ha ocurrido! ¡Me he puesto un vestido verde para venir a sentarme en un sillón azul! ¡Este verde y ese azul! Debo de parecer horrible ¿verdad?


En la Ciudad Eterna la princesa Borghese madre recibe a la esposa de Camilo en el fabuloso palacio familiar, el Cembalo, luego es recibida en audiencia por Pío VII y, finalmente, tiene lugar el ricevimento de presentación: suscita admiración ante la nobleza romana y la extranjera, el Sacro Colegio, la prelatura y el cuerpo diplomático. Pronto el paseo por Roma de la joven princesa constituye un espectáculo que no desean perderse ni la nobleza ni el pueblo. La vista de “la mujer más bella del mundo” en su carroza iluminada por el sol, escoltada por un negrito travieso vestido a la turca en la parte trasera, petrifica a los romanos de admiración y estupor. Sus entradas en los salones de la aristocracia, a veces con todos los diamantes de la Casa Borghese prendidos de su vestido –en ese adorno llamado Matilde con el que protagoniza el incidente ante Josefina-, producen el mismo efecto.

Camilo Borghese, el hombre de moda en París, vuelve a ser un príncipe romano prisionero de la etiqueta. Poco acostumbrada a ese protocolo, Paulina soporta las nuevas reglas de conducta para agradar a su familia política, que ha sucumbido al encanto de la joven. Reina sobre modistas y sombrereros tan solemnes como ministros de Estado. Posa para Antonio Canova, el más famoso de los escultores de la época, como una Venus victoriosa recostada en un diván, desnuda hasta la cintura, obra sensual y conmovedora que sigue siendo todavía hoy una de las más hermosas piezas de la Galleria Borghese.



Paulina está con su madre, Letizia Bonaparte, cuando se entera por Le Moniteur del famoso decreto del 20 de abril: “Se dará a los príncipes franceses y a las princesas el título de altezas imperiales; las hermanas del emperador llevarán el mismo título”. Su madre no manifiesta ninguna alegría. Paulina, la única princesa auténtica de la familia hasta el momento, se muestra reservada. Y su vanidad sufre al ver una vez más a Josefina superarla pues será consagrada emperatriz.
Ese día en Notre Dame, aunque de mala gana, debe sostener el largo manto forrado en armiño de Josefina. La princesa Borghese lleva un vestido de satén blanco bordado en oro con una cola de varios metros de terciopelo azul igualmente bordada en oro y plata y va cargada de pesadas joyas. Acostumbrada a la pompa pontificia, Paulina ya ha asistido en Florencia y sobre todo en Roma a ceremonias muy suntuosas, por lo que considera a ésta como algo muy natural. Sin duda le halaga estar cerca del sol imperial, pero no se maravilla. Su superioridad sobre sus hermanas consiste en no dejarse deslumbrar jamás y en conservar una fuerza tranquila tanto ante la grandeza como ante la decadencia. Permanecerá siempre digna y cuando sus amigos realistas se permitan la ironía para hablar de la conducta de su hermano, ella les llamará severamente al orden y les hará notar que muchos de ellos solicitan prebendas en las Tullerías.


Fragmento de la pintura de David, “La consagración del emperador Napoleón”. De izquierda a derecha: Carolina Murat, Paulina Borghese y Elisa Bacchiochi, la esposa de Luis, Hortense, sosteniendo la mano del pequeño Príncipe Carlos y Julia, esposa de José.


De hecho, muchos realistas cohabitan ya con el nuevo régimen, comenzando en su círculo íntimo, donde consigue crear una evidente armonía. Aunque su caso es aislado, porque en la corte imperial los clanes están claramente delimitados y la amalgama es muy laboriosa entre la vieja nobleza que preside la actividad social y la nueva nobleza que imita a la antigua. Las esposas de los militares, las “mariscalas”, son el hazmerreír de los aristócratas.

Es una corte que se halla reglamentada con la rigidez de un general en jefe al mando de un ejército. Todo se desarrolla dentro de la más estricta disciplina, en el temor y el terror al emperador. El protocolo tan rígido hace envaradas las veladas y los conciertos, con los príncipes y las princesas imperiales o los grandes dignatarios en lugares fijados inalterablemente.


Paulina toma del protocolo imperial lo que le conviene y reúne a su alrededor una pequeña corte: el arzobispo de Génova encabeza los dignatarios, siguen los capellanes, el chambelán, el escudero, la dama de honor, las damas de compañía, las lectoras. De todas las casas de los Bonaparte, la de Paulina es la más variada, la más brillante en apellidos ilustres, la más provista de mujeres hermosas y la más instruida en la etiqueta. En aquel tiempo otro título obtiene del emperador: el ducado de Guastalla.

La reina de esa corte en
miniatura convierte su habitación en un santuario. A partir de las diez de la mañana comienza su arreglo personal, verdadera ceremonia que se inicia con abluciones generales y continúa con la limpieza del rostro con leche aguada para suavizar la piel; luego se perfuma el cuerpo con agua de rosas. El primero de los oficiantes, asistido por dos ayudantes, es Hipólito, el peinador de moda. Luego comienza el desfile de los proveedores. Mademoiselle Olive, la bordadora, el perfumista Dulac, el plumajero Dufour y las modistas Madame Germon y Madame Coutant. A veces llama al célebre Leroy, quien imagina para su cliente batas “virginales” cargadas de encajes, espumosas y aéreas, o abrigadas, orladas de plumas de cisne o de pieles de zorro azul, vestidos de fiesta de satén adornados de puntillas o bordados de perlas, o caftanes de satén con gargantillas de tul de oro en la blusa. El atavismo familiar la hace rehusar, regatear o bajar los precios, siempre con éxito, pues, aun perdiendo, esos comerciantes adquieren fama al servir a la princesa Borghese.

Esta costumbre diaria del arreglo personal muestra hasta qué punto Paulina mantendrá siempre el culto de su cuerpo. Un día que se encuentra en el salón de la Princesa Ruspoli, la conversación recae en sus bonitos pies:
- ¿Queréis verlos? –dice tranquilamente la princesa Borghese-. Venid mañana al me
diodía.
Grande fue el asombro de la princesa Ruspoli. Madame du Montet cuenta que “…no había modo de eludir esa singular invitación. Acudió pues, y fue introducida en un delicioso gabinete. La princesa se hallaba negligentemente tendida en un diván, sus pequeños pies bastante en evidencia, pero eso no era lo mejor. Entró un paje, bello como un ángel y vestido como los efebos de los cuadros de la Edad Media, sosteniendo un rico aguamanil, un recipiente de plata dorada, una fina toalla de batista, perfumes y otros cosméticos. Colocó un banquillo de terciopelo junto al diván; la princesa extendió en él graciosamente una de sus piernas: el pequeño paje le quitó la media, hasta creo que la liga y comenzó a manipular, frotar, enjugar, perfumar ese hermoso pie, verdaderamente incomparable. La operación fue larga y el asombro de las espectadoras tan grande, que perdieron la facultad de alabar con el entusiasmo que sin duda se esperaba… Mientras el pequeño paje calzaba, descalzaba, perfumaba los bellos pies, limaba y embellecía las uñas de la princesa, ella conversaba y parecía completamente indiferente a esos cuidados”.






Este comportamiento puede parecer provocativo, en realidad es sencillamente regio. Lo mismo sucede con su aseo personal. A diferencia de la mayoría de las francesas, Paulina convierte el baño en un rito. Sus prendas de vestir son tan transparentes y exhibe su cuerpo con tanta frecuencia, que considera que la limpieza es una necesidad. La conversación de la bella bañista, envuelta en una bata apenas cerrada, dentro del círculo de hermosas mujeres que la rodean, es interrumpida por la llegada de su fiel sirviente negro Paul, que la sigue desde Santo Domingo. Con toda la naturalidad que da la perfección, ella se quita la bata y el atleta la carga en sus brazos para sumergirla en una tina llena con veinte litros de leche mezclada con agua caliente. Tendida allí suele recibir con frecuencia a sus admiradores varones, a quienes gusta dejar que admiren su mórbido pecho.

Terminadas las abluciones, el precioso fardo es llevado de vuelta en un capullo de encajes. Un paje avanza ahora para masajear los pies de su ama. En efecto, la hipotensión de Paulina la hace muy sensible a los enfriamientos y la obliga a recurrir a veces al calor comunicativo de las mujeres de su séquito. Cuando es así, la dama elegida desabrocha su vestido y se tiende en el suelo; la princesa posa entonces sus pies sobre los senos de la belleza yacente, paseándolos por ella con agradecimiento. Este espectáculo habitual en Santo Domingo pero sorprendente en Francia deja a los espectadores en estado de beatitud.

Luis XIV tenía sus grandes y pequeños levers en los que se apretujaban las primeras familias del reino y los “señores del algodón” consideraban un honor frotar la espalda del Rey Sol. El lavado de pies de Paulina, así como su baño de inmersión o sus masajes, son sin duda algo profano, pero tienen la ventaja de ofrecer una fiesta a los ojos y al espíritu.



En otras fiestas, los bailes multitudinarios de las Tullerías, la princesa Borghese deslumbra a la corte imperial. Cuando se representa “La Cuadrilla de los Incas” y ella se reserva el papel principal: aparece como una salvaje ricamente desvestida, es decir, cubierta de diamantes; toda la corte la devora con los ojos, incluso las mujeres jóvenes aplauden para ocultar su despecho ante lo innegable. En otra ocasión, al presentar “La Cuadrilla de las Horas”, decide encarnar a Italia con una túnica de muselina de la India bordada en oro, retenida por un magnífico camafeo sobre una coraza de oro. Corona sus rizos oscuros con un casco de oro adornado con plumas de avestruz, calza sandalias sujetas con tirillas de púrpura y camafeos, ciñe sus brazos desnudos con brazaletes de diamantes. Esa criatura ideal, suave, con movimientos delicados y lánguidos, es adorable como una sílfide.

Incapaz de considerar la abstinencia como una virtud, seduce a todos los hombres de los que se siente enamorada, en despecho de la destrucción de su matrimonio por interés. Coronel, actor o diplomático, nadie escapa al canto de esa sirena de ojos embrujadores… Esta Venus victoriosa continúa con alegría la tradición libertina del siglo XVIII. Sin embargo, la más inconstante de las esposas, la más caprichosa de las amantes, se mantendrá fiel al coloso derrumbado, a quien no cesará de sostener. Su naturaleza alegre y optimista probablemente haya sido uno de los pocos motivos de felicidad que tendrá Napoleón en una época de traiciones y abandonos.



Para 1809, separada de Borghese, tendrá un vasto terreno y un palacio en Neuilly, verdadera joya cuyo parque desciende hasta el Sena. En Fontainebleau asiste a las cacerías imperiales donde, junto con sus hermanas, tiene la oportunidad de vestir soberbios atuendos: chaquetas de terciopelo verde sobre faldas de satén blanco, pero no por eso las jornadas de caza dejan de ser terribles pruebas de cerca de seis horas. Para celebrar el nacimiento del rey de Roma da una fiesta para setecientos elegidos en Neuilly y luego parte a Aquisgrán con el habitual desfile de carruajes, entre los cuales va su “calesa sanitaria” que transporta su bañera y su bidet cuidadosamente protegidos bajo sus cubiertas de tafilete rojo y el famoso palanquín que la sigue desde Santo Domingo. Ese nomadismo de lujo extenúa a sus allegados. Apenas se instala en alguna parte, ya está de nuevo inquieta y vuelve a partir, nunca sola, sino precedida o seguida siempre por sus muebles, cuadros, platería, mantelería y ropa blanca.



Pocas mujeres han vivido con más suntuosidad o riqueza. Si la dama de corazones del palacio de Neuilly conoce en grado sumo el arte del amor, sabe también cómo adornar su belleza. ¡Cuántas joyas! En un año, su proveedor Devoix le venderá un aderezo de coral y diamantes, otro de rubíes y uno de amatistas. Se hace montar un cinturón de esmeraldas falsas, rodeado sin embargo de diamantes verdaderos, que le cuesta trece mil francos pero parece valer un millón, lo que se convertirá pronto en un verdadero acontecimiento parisino. Las mujeres sueñan con él mientras Paulina ríe.

Para 1813, 1814, 1815, gira la rueda del destino. Dramáticos acontecimientos afectan la salud de la princesa: Elba, Waterloo, la caída del Imperio, problemas financieros angustiantes. Pío VII, con generosidad de alma poco común, la invita a instalarse nuevamente en Roma. Sus apariciones son verdaderos acontecimientos en los que la pequeña hermana del proscrito medirá la magnitud de su poder. Todos quieren conocer esa belleza célebre, desconcertante, fuera de lo común, ni perversa ni inmoral, pues la moral hace mella en una mujer ignorante de los convencionalismos.

La princesa Borghese, literalmente, tiene a la Ciudad Eterna a sus pies. Es el tema de todas las conversaciones, incluidas las de los cardenales. El Sacro Colegio asiste todas las semanas a la mesa imperialmente servida de Villa Paolina y la anfitriona, cada día más débil, preside comidas que apenas toca. El gobierno pontificio extrema la amabilidad hasta proporcionarle una pequeña escolta para protegerla de los asaltantes y permitirle ir a las termas de Lucca.

A sus quebrantos de salud se agregan las terribles nuevas de la muerte del bienamado primero, en 1821, y de su padre adoptivo, Pío VII, en 1823. Tiene cuarenta y cuatro años cuando regresa al techo conyugal y, por intercesión del nuevo papa León XII, el príncipe Camilo abandona su vida a orillas del Arno para aceptar a la bella penitente en el palazzo florentino. Muy menuda en su chaise-longue, donde retoma instintivamente la pose en que la inmortalizó Canova, recoge los homenajes y los augurios de una sociedad reconocida. Descubren con asombro su bondad de carácter, su humor afable, su clarividencia, su sentido de la observación tan fino, su ausencia de pretensiones. Cuando dice algo importante, lo acompaña con una sonrisa y da a sus palabras el barniz de la frivolidad. Logra así hacerse perdonar su belleza.

En aquella ciudad, en 1825, baja por última vez sus párpados sobre aquellos ojos que tanto han fascinado al mundo y se duerme in somno pacis. Hoy esa Eva pagana reposa en Roma, entre dos Papas de la casa Borghese: el fastuoso Paulo V y el devoto Clemente VIII.




7 comentarios:

  1. Fiselissimus, una vida apasionante, la elegancia personificada, unida a esa sensualidad que la hacía irresistible. Sin lugar, a dudas era la mujer de moda de su época, y una auténtica princesa aún sin serlo realmente.

    Saludos.

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  2. Hay muchos ejemplos actuales de princesas que no lo son por nacimiento y que, sin embargo, ocupan ese puesto con honores. En el caso de Paulina Bonaparte, tenía dos puntos en contra: ser pariente directo de "ese advenedizo" y poseer esa sexualidad intensa que muchos tildaban de ninfomanía. No obstante, gozaba de una sofisticación extrema y un particular estilo propio que la hacía sortear todos los escollos.

    Un saludo

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  3. pues para mi pensar si era una princesa real basandome en lo que he leido de las monarquias todas han sido iguales a lo que napoleon Bonaparte hizo conquistaron tierras y hombres de alli se nombraron reyes y pasaron ese derecho a sus decendientes asi que pues eso la hace princesa su hermano fue un militar increible y lo demas no era algo que el inventase ya se venia haciendo por siglos auto-proclamarse con el apoyo de su ejercito.

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    1. Estoy de acuerdo con ese concepto. Le agrego además que Napoleón no se debe considerar un "advenedizo" Cuando uno visita a Córcega se dará cuenta del prestigio histórico de los Buonaparte en el desarrollo del país. Para mí el fue un hombre de avanzada, muy inteligente. Su altura la conviertió em fuerza positiva de gigante. En cuanto a la batalla de Waterloo que se anuncia como la caida del imperrio, considero que el veerdadero descenso de Napoleon ocurrió en Saint Domingue con la muerte de Victor Leclerc. Talvez fue un error militar enviar a su cuñado a combatir en el Caribe. Nunca se sabra la verdadera razón del emperador a sabiendas de ese general era probablemente el más combativo e inteligente en las artes militares. El era muy valioso para las luchas militares que vinieron después de Haiti.

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  4. Es muy cierto, Belbesos, lo que usted dice tiene sentido común. Lo que ha sucedido siempre con los Bonaparte en la Historia, es que los aristócratas de viejo cuño, es decir, con más de cinco generaciones de nobleza de sangre, han considerado las pretensiones del corso como fuera de lugar por falta de linaje. Pero sí, olvidaban que esa nobleza tan antigua en algún momento tuvo su origen y lo que hacía Napoleón era dar origen a otra dinastía.

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  5. Monsieur gran entrada, Paulina era encantadora, más allá de sus devanes y sus escándalos ella era la única de las Bonaparte que tenía ese encanto cortesano y ese atractivo en la conversación y la belleza deslumbrante que desplegaron por ejemplo las sobrinas del cardenal Mazarino en la primavera del reinado del rey sol en el siglo XVII

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  6. La sensualidad a flor de piel, la gracia del saber estar, el encanto, la apostura fascinante, eran ingredientes básicos para la mujer que se preciara de triunfar en la sociedad europea -o sea, francesa- de los siglos XVII, XVIII y XIX. Las Mazarinettes, las maîtresses-en-titre de turno, algunas princesas napoleónicas,figuras reales destacadas como Marie-Antoinette son los mejores ejemplos.

    Mis saludos

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