jueves, 8 de abril de 2010

Emerald, lady Cunard




Los periódicos hablaban de ella como “anfitriona de sociedad, amiga de los reyes, estadistas y hombres de letras, entusiasta de la música y sumamente pródiga”. Pero la auténtica lady Cunard se distinguía por su extraordinaria delicadeza de tacto y su originalidad verdaderamente notable.


Nacida Maud Alice Burke, viajó a Europa procedente de San Francisco, donde vivía con una abuela francesa, vía Nueva York. Sus primeros diez años en Inglaterra los pasó como esposa de Sir Bache Cunard, propietario de la línea naviera, gran cazador de zorros que sostenía una mansión en Leicestershire. Los invitados a Neville Holt se preguntaban horrorizados quién era aquella joven que iba a las cacerías cubierta de turquesa. Pero lady Cunard demostraba muy poco interés para las cabalgatas y se quedaba en la finca leyendo Shakespeare o Balzac. Desde la infancia había sido una lectora empedernida y poseía un total conocimiento de los clásicos; su memoria literaria era tal que nunca se olvidaba de un libro después de haberlo terminado.


Sir Bache Cunard y Maud Alice Burke en Hyde Park, 1915.


Emerald (como se hacía llamar, considerando este nombre más eufónico que el de Maud) tenía una personalidad que desafiaba cualquier definición. Conversadora dotada de brillante ingenio, franqueza y falta de convencionalismos, hacía que el mundo convencional de la sociedad se plegara a su modo particular de ser. Aunque respetaba la estricta atención a las normas sociales por parte de los demás, ella, personalmente, les concedía muy poca atención. Cuando representaba el juego de sociedad lo hacía como una gran comediante, pero lady Cunard era una persona demasiado sincera y auténtica para ser una actriz mucho tiempo.




Poco a poco fue conociendo artistas, músicos e intelectuales, a quienes invitaba a Neville Holt. Pero no se sintió satisfecha hasta que abandonó el campo y se estableció en Londres, en una gran casa de Grosvenor Square decorada al gusto del siglo XVIII francés. Allí creó pronto una fortaleza frente al mundo social que chocaba contra la intelligentsia. Junto a la literatura, la música constituyó también su pasión. Los mejores artistas de la época fueron invitados a trabajar con ella y su amigo sir Thomas Beecham contó con su apoyo para la supervivencia de la ópera en Inglaterra. Se gastó enormes sumas de su propio peculio para realizar una nueva temporada, mientras insistía infatigablemente entre sus amistades –opulentas pero poco refinadas en aspectos musicales- para que se abonaran a los palcos del Covent Garden y los lisonjeaba diciéndoles que dada su posición eran el medio por el cual el arte podía ser difundido más ampliamente.



Neville Holt Hall, Leicestershire


Su presentación en público superaba todos los obstáculos físicos –facciones poco regulares, piernas demasiado frágiles-, logrando representar la encarnación de su propio encanto, ingenio y alegría. Sus ademanes eran decididos, pero llenos de gentileza. Vestía siempre con el último grito de la moda, pero se daba cuenta que en realidad guardaba poca afinidad con ella y elegía los vestidos más extremados usándolos con tono de diversión. En su comedor hacía las presentaciones entre los invitados y luego se dedicaba a crear un ambiente cordial y lleno de confianza en el que, la gente opuesta, unida por los lazos de la admiración hacia aquella sorprendente ama de casa, hablaba entre sí con la mayor simpatía. Resaltaba con habilidad sin par las cualidades más destacadas de cada invitado y era maestra en el arte de proporcionar a cada uno el campo en el que pudiera moverse con más soltura diciendo algo interesante. Si tomaba la palabra se entregaba de lleno a relatos o anécdotas donde mezclaba lo cómico con lo ampuloso, siempre con su gracejo imponderable: sus gestos eran expresivos, su risa oportuna y sincera y su maneras auténticamente graciosas.



En el Savoy Hotel de Londres durante el Strauss Ball, con Sir Jey Singh, Maharajah of Alwar (7 de enero de 1931)


Con la Segunda Guerra Mundial se hundió el mundo de lady Cunard. La casa de Grosvenor Square se quedó vacía, los lacayos fueron llamados a filas y las pinturas de su sala de estar enviadas a la sala de ventas. Emerald, después de una desafortunada visita a Norteamérica, donde odió y fue odiada, dejando aparte unos pocos y leales amigos, regresó a Inglaterra pasando a vivir en dos habitaciones en el Hotel Dorchester. La sociedad que ella había frecuentado no existía ya; sus finanzas tambaleaban y ella dijo a sus amigos que le resultaba imposible economizar. Sin embargo, el intenso interés que sentía por la gente hizo que se convirtiera en una verdadera coleccionista de personalidades. Solía descubrir gente de mérito: un pintor desconocido, un político que prometía, el autor de una comedia que había visto en los alrededores de Londres… Su gabinete del Dorchester, en las alturas de un séptimo piso, era un oasis de civilización en medio de la barbarie de la guerra: despliegue de sillones color cereza, muebles taraceados, escritorios adornados con figuras de bronce y una plétora de objets d’art




Cuando se puso enferma, los dolores y molestias corporales a los que no estaba acostumbrada deprimieron su vitalidad. Sintió que la vida la abandonaba. En una comida íntima con la que obsequió a sus amistades les dijo que no creyeran que podría sobrevivir otros tres meses más y que como el mundo se volvía tan distinto a todo lo que ella creía que debía representar, no sentía mucho tener que abandonarlo. Dicho esto, levantó una copa de champaña y dijo: “Brindo por mi muerte”. Tenía 76 años.





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