lunes, 30 de mayo de 2011

Una musa para Tchaikovsky: la condesa von Meck

Nikolai Rubinstein, director del Conservatorio de Moscú, estudiaba una partitura cuando le anunciaron la llegada de la señora von Meck. De pronto febril, verificó de un vistazo su ropa en el espejo colocado detrás de su escritorio, alisó con gesto rápido su cabello y sus patillas y luego avanzó al encuentro de su visitante.

- Estimada Nadejda Filaretovna, mi muy querida amiga, es una alegría recibirla. Póngase cómoda, por favor.

Le ofreció un sillón, la invitó a sentarse, ordenó té, agitándose solícito. La riquísima viuda von Meck era una benefactora de la música y él esperaba mucho de ella, así que, como tal, merecía las mayores atenciones. Con más razón, justamente, porque tenía un joven músico que recomendarle. La señora von Meck sonrió tomando su taza de té. Adoraba ese lugar.

A los cuarenta y cinco años, Nadezhda Filaretovna Frolovskaya acababa de enviudar y se sentía bastante aliviada por ello. No porque su difunto esposo fuese un mal hombre, todo lo contrario: Karl von Meck había sido un marido fiel y un gran trabajador. Cuando se casó con él a los 16 años, era un ingeniero doce años mayor perteneciente a una familia del Báltico alemán. Impulsado por su mujer y gracias a su talento como ingeniero, von Meck había hecho fortuna en los transportes ferroviarios (en 1860 había sólo 100 kilómetros de vías férreas establecidas en Rusia, veinte años más tarde había más de 15.000 y gran parte de esta explosión se debió a Karl). Después de años de pobreza, habían logrado una enorme opulencia.

Sin embargo, aunque tenía hermosa apostura, Nadejda no había conocido con él las emociones del amor. Las noches eran un verdadero castigo, tanto más penosas pues él sí se mostraba muy enamorado de su mujer. Juntos tuvieron 18 hijos, de los cuales 11 sobrevivieron hasta la edad adulta. Helada por abrazos decepcionantes, agotada por las numerosas maternidades, aspiraba a una vida apartada de los asuntos de la carne y consagrada a impulsos más sublimes.

Karl murió repentinamente en 1873. En su testamento le dio el control Nadejda sobre sus enormes participaciones financieras, lo que incluía dos redes ferroviarias, grandes propiedades y varios millones de rublos. Con siete de sus 11 hijos todavía en casa, se concentró en asuntos de sus negocios y en la educación de los niños que aún dependían de ella. Al quedar viuda, von Meck se alejó de toda la vida social. Se retiró a un aislamiento casi total. Incluso se negó a reunirse con los familiares de aquellos con quienes sus hijos iban a casarse. En todo sentido era imperiosa por naturaleza y presidía su casa como un déspota.


Karl von Meck


Con su gran riqueza y pasión por la música, Nadejda von Meck se convirtió en un motor importante en las artes escénicas de Rusia. La única excepción a su reclusión habitual era la serie de conciertos de la Sociedad Musical Rusa en Moscú, a los que asistía de incógnito, sentada sola en su palco. Al escuchar la música temblaba y vibraba trastornada; la música le procuraba todas las sensaciones y emociones que el amor le negara. A través de estos conciertos conoció a Nikolai Rubinstein, con quien mantenía una relación compleja. Aunque respetaba los talentos y la energía de Rubinstein, eso no le impedía estar fuertemente en desacuerdo con él a veces.

Ese día, el director del Conservatorio le expuso:

- Sé cuánto se interesa usted en los artistas y cuán generoso es su corazón. Por eso me permito hablarle de un caso particular. Se trata de un joven al que le tengo fe. En mi opinión, tiene el talento de un gran compositor pero carece de dinero y yo no tengo la posibilidad de procurarle una renta. Me da pena que tal vez se malogre un gran artista, falto de una ayuda pasajera. Por eso he pensado que…

Nadejda von Meck escuchaba, con los ojos brillantes. Entreveía ya la realización de uno de sus sueños: ser la protectora de un músico, gracias a la cual pudiera surgir un genio.


Mientras su marido todavía vivía, Nadejda había comenzado a apoyar activamente y promover a jóvenes músicos. Varios de éstos eran empleados continuamente por ella, viviendo en su casa y tocando sus obras favoritas. Incluso contrató a Claude Debussy como profesor particular de música para sus hijas.

Nikolai Rubinstein

- ¿Cómo se llama? –inquirió al director.

- Pyotr Ilich Tchaikovsky. Desde luego es orgulloso y una limosna lo lastimaría; pero yo querría que escuchara su música y, si le agrada, tal vez podría hacerle uno o dos encargos, que para él serían pan bendito.

La rica viuda estaba convencida. La perspectiva de una composición musical escrita especialmente para ella la entusiasmaba. Rubinstein continuó:
- ¿Puedo invitarla al próximo concierto? Escuchará una obra de ese joven y podrá juzgar.
- Con gusto.

Ella se impresionó verdaderamente con su poema sinfónico La tempestad y, tal vez urgida por el violinista Iosif Kotek, uno de los músicos que apoyaba y que, a su vez, era antiguo alumno y amigo de Tchaikovsky, Nadejda escribió al compositor. Se presentó como una ferviente admiradora y le encargó una pieza para violín y piano que pudiera tocar en su finca. Tchaikovsky, tal vez ya conocedor de la reputación de ella como mecenas, respondió rápidamente, poniendo manos a la obra.

El arreglo estuvo terminado para el 30 de diciembre y a Nadejda se le ocurrió escucharlo para empezar el año 1877. Finalmente le agradeció, escribiéndole: “su música me hace la vida más fácil y agradable”. Él le retribuyó diciéndole cuánto le había complacido ejecutar ese encargo. Se inició así una correspondencia entre ambos: Peter Ilich revelaba sus ambiciones musicales, Nadejda lo alentaba.

Por una suerte de acuerdo tácito, ella no reclamó conocerlo ni él expresó tampoco el deseo de hacerlo. Nadejda no buscaba una aventura ni una relación, sino un entendimiento intelectual. Por su parte, a Peter Ilich no le gustaban las mujeres, que lo asustaban, y vivía con dificultad su inclinación por los hombres, que ocultaba celosamente. Temía pues a una protectora que deseara una vinculación pasional.

Poco a poco las cartas se hicieron más familiares. A principios de la primavera, Tchaikovsky cayó, como le ocurría a menudo, en una melancolía depresiva. Confiaba sus estados de ánimo a Nadejda, que le aseguraba su apoyo y su deseo de ser su amiga y confidente. A su pedido, él le envió una foto. Ella le respondió con entusiasmo y le envió la suya. A partir de entonces se inundaron de fotografías.

Von Meck le encargó una segunda pieza para violín y piano. Peter Ilich, nada tonto, comprendió que se trataba de una forma de caridad; no obstante la aceptó con alegría, confesando sus problemas económicos. A medida que su relación se desarrolló, Nadejda le proporcionó una asignación financiera lo suficientemente grande (6.000 rublos al año) que le permitió dejar su cátedra en el Conservatorio de Moscú para centrarse en el trabajo creativo a tiempo completo (esto era una pequeña fortuna; un funcionario del gobierno de menor importancia en aquellos días tenía que mantener a su familia con 300 a 400 rublos al año).




La amiga afirmaba que ese gesto no le molestaba en absoluto, dada su inmensa fortuna, y que sería feliz de participar así en la eclosión de una obra. Gracias a su delicadeza, casi parecía que el compositor le hacía un favor consintiendo en recibir sus rublos. Era para Peter Ilich la solución de sus problemas y aceptó agradecido. Seguidamente pensó en dedicarse a la composición de una ópera cuya idea lo perseguía: Eugenio Oneguin, personaje de Pushkin.

Nadejda, transportada de alegría cuando él le comunicó su proyecto, se sentía una mecenas. Al no saber componer por sí misma, de esa manera estaría en el proceso de creación de una ópera. Estaba segura que el talento de Tchaikovsky crearía una obra potente sobre el personaje de Pushkin y lo alentó vivamente a trabajar. Eugenio Oneguin ocupó muchas de sus cartas. Peter Ilich exponía sus ideas, sus progresos; Nadejda le decía lo que pensaba.

Esa misma primavera, una alumna del Conservatorio de nombre Antonina se enamoró de Peter Ilich y se propuso casarse con él, pese a que el joven permanecía indiferente a sus avances. Ella le escribió gran cantidad de cartas encendidas, amenazó con suicidarse si seguía rechazándola, suplicándole aceptar verla y conocerla mejor. Lo hizo tan bien que el compositor, atormentado, ansioso, impresionado por el personaje de su ópera en ciernes y temiendo ser culpable, se dejó envolver por Antonina. Ella logró persuadirlo de que le traería el equilibrio del que carecía y que le sería muy útil en su casa. Peter Ilich, desorientado, se comprometió con ella; pura locura de su parte.

Peter Ilich y su esposa Antonina Miliukova (1877)

En una carta a Nadejda, se lo anunció como al descuido, después de varios párrafos dedicados a su ópera y a la sinfonía que pensaba terminar antes. Se hubiera dicho que esa boda era un hecho sin importancia.

El anuncio fue un golpe para Nadejda. Su visión de los asuntos del corazón era estrictamente moralista. Sin embargo, no creía en el matrimonio como institución social. Regularmente confesaba a Tchaikovsky que lo odiaba: "Usted puede pensar, mi querido Pyotr Ilich, que soy una gran admiradora del matrimonio", escribió el 31 de marzo de 1878, "pero para que no pueda estar equivocado en nada que se refiera a mí misma, le diré que soy, por el contrario, una enemiga irreconciliable de los matrimonios; sin embargo, cuando discuto la situación de otra persona, considero que es necesario hacerlo desde su punto de vista." En otra ocasión declaró más genialmente, pero no con menos fuerza, "La distribución de los derechos y obligaciones según lo determinado por las leyes sociales me parece especulativo e inmoral." Incluso con estos puntos de vista sobre el matrimonio, Nadejda se resignó a él como un medio de estabilidad social y procreación. Su propia experiencia pudo haberla obligado a reconocer sus beneficios.

Con estos puntos de vista en mente, es fácil ver cómo la misoginia aparente de Tchaikovsky y la aversión confesa de él al matrimonio pudo atraer a alguien como Nadejda. Tampoco la homosexualidad de él necesariamente le causaría indignación. Ella sentía por Peter Ilich un amor cerebral poco profundo y no imaginaba que pudiera existir en su vida, junto a su comunión espiritual, un amor carnal. Instintivamente odió a Antonina como a una rival.


Una carta del compositor a su musa (15/7/1877)


Sin embargo, continuaron escribiendo incluso cuando el matrimonio de él siguió su breve aunque tortuoso curso. Y las cartas de ella iban cargadas de dinero. Dejar de hacerlo habría sido una bajeza.

Tchaikovsky estaba agradecido por el apoyo financiero de su amiga. Sin embargo, le creó un cierto malestar emocional y una tensión subyacente. Ambos eventualmente manejaron esta incomodidad con considerable delicadeza. Aunque Tchaikovsky no podía dejar de sentirse vagamente incómodo por los favores que ella le brindaba. Le escribió francamente acerca de esto: "…en mis relaciones con usted está la delicada circunstancia de que cada vez que nos escribimos el uno al otro, el dinero aparece en la escena."

Von Meck apoyaba totalmente a Tchaikovsky y todas sus obras, pero su vínculo con él dependía de que no se encontraran. Esto no era simplemente porque no sería capaz de cumplir sus expectativas. Nadejda deseaba pensar de Peter Ilich como su ideal de compositor-filósofo, al igual que el Übermensch o Superhombre de quien Friedrich Nietzsche escribiría. Tchaikovsky entendió esto y le escribió: "Tiene usted razón, Nadezhda Filaretovna, para suponer que yo soy de una disposición favorable a sus propios e inusuales sentimientos espirituales, que entiendo completamente." Se encontraron en dos ocasiones, por pura casualidad, pero no cruzaron
palabra.

Nadejda Filaretovna poseía, además de su casa de Moscú y de su dacha en el campo, una villa en la Riviera italiana, cerca de San Remo. Amaba el sol y pasaba en ella frecuentes temporadas. Se encontraba allí, planeando quedarse todo el otoño de 1877, cuando recibió de Peter Ilich una carta desesperada. “Solo pienso en huir, no importa a qué lugar. ¿Pero a dónde y cómo? Es imposible”, decía. De no haber sido por el acuerdo mutuo de escribirse sin conocerse, habría acudido a Moscú. Luego se enteró de que Peter Ilich había intentado suicidarse arrojándose a las aguas del Moscova, pero se había salvado al precio de una neumonía. Tras haber estado a punto de caer en la locura como consecuencia de una alteración nerviosa, resultado de su intento de suicidio y de su enfermedad, había recobrado la razón.

Conmovida, Nadejda decidió asignarle una mayor renta fija anual, que le permitiría a Peter Ilich llevar una existencia desahogada. Él la aprovechó para efectuar un viaje a Europa occidental, permaneciendo algún tiempo en Suiza, cuya calma le aportó la tranquilidad regeneradora. Luego prosiguió su viaje recorriendo Italia antes de regresar por Viena. Casi todos los días escribía a Nadejda, hablándole de su amor por Venecia, expresando sus emociones y sobre todo sus interrogantes metafísicos, morales o religiosos. Nadejda respondía y su larga discusión epistolar se convertía en el interés esencial de su vida. Se sentía cerca de él y su corazón daba un vuelco al leer: “Me parece que usted ama tanto mi música porque yo aspiro, como usted, al ideal.”

Tchaikovsky, como signo de apreciación, le dedicó su Sinfonía Nº 4. Esto era importante porque, debido a la naturaleza del mecenazgo artístico en la sociedad rusa, el mecenas y el artista eran considerados iguales. Dedicatorias de obras a los patrons eran expresiones de asociación artística. Al dedicar la 4ª Sinfonía a Nadejda, estaba afirmando que ella era un igual en su creación.


Su relación, por propia definición, satisfizo las necesidades más profundas de von Meck. La viuda concebía el erotismo en términos sentimentales más que físicos. Su visión negativa del matrimonio llevaba consigo un pragmático, inclusive puritano enfoque sobre la sexualidad. Esto probablemente dio lugar en su mente a la incandescencia de la pasión platónica que caracterizaba su actitud hacia Tchaikovsky. Por lo tanto, podría permitir que sus emociones crecieran libremente hacia él, excluyendo lo que ella consideraba desagradable, vulgar, vergonzoso y humillante asociado con el amor sexual. Finalmente había encontrado ese amor espiritual apartado de la carne; un amor de almas que colmaba su exaltación eslava.

En agosto de 1878, Peter Ilich había terminado Eugenio Oneguin. Nadejda lo felicitó calurosamente y le ofreció aprovechar su dacha de Brailov, cediéndosela mientras ella iba a pasar el verano a Florencia. Él aceptó entusiasmado e, inspirado por la naturaleza, esbozó su primera suite orquestal.


El palacio von Meck en Brailov


En Florencia, viviendo en la suntuosa Villa Oppenheim, Nadejda pensaba en Tchaikovsky casi sin cesar. Le parecía que lo oía componer. Llegó a proponerle ir a Florencia, a un apartamento que alquilaría para él. A Peter Ilich le encantó el ofrecimiento, pues amaba los viajes y lejos de Moscú se disipaban sus angustias. Cuando llegó a Italia y ocupó un apartamento a quinientos metros de la Villa Oppenheim, Nadejda, encantada, le hizo llegar un mensaje que detallaba sus horas de paseo, a fin de no correr el riesgo de encontrarse por descuido. Esa atención lo conmovió. Estaba curioso por ver a aquella cuyos estados de ánimo conocía tanto, pero lo temía también. Ambos tenían la sensación de que su vínculo, a la vez fuerte y frágil, se rompería tal vez, y querían preservarlo.

Un día, sin embargo, Peter Ilich se cruzó con la calesa de Nadejda. La entrevió, con su rostro semioculto bajo las anchas alas del sombrero y tuvo la seguridad que ella lo había reconocido. Fue algo fugaz e intenso. Él regresó trastornado; ella tembló de emoción. En adelante, una imagen viviente se sumaba a las fotos, imagen que alimentaría el amor idealizado que sentía el uno por el otro.

En Tchaikovsky los momentos de felicidad se traducían en una gran efervescencia musical. Transportado por su encuentro fugaz con Nadejda, se puso a trabajar y compuso el Concierto para Violín y luego el Capricho italiano. Le ayudaba la inspiración, pero no la esperaba, convencido de que su tarea era componer sin tregua. Así se lo escribía a Nadejda: “No podemos permitirnos la inspiración. Ella no visita a los perezosos; se presenta a quien la llama.



Von Meck conservó hasta el final de su relación, al menos sobre el papel, su imagen exaltada de Tchaikovsky como su "amado amigo". Con los años, sus cartas revelaban las numerosas deficiencias personales de las dos partes implicadas. Ambos eran neuróticos y propensos a la depresión, que ellos llamaban "misantropía".Ambos eran excéntricos y caprichosos. Peter Ilich era a veces casi transparentemente falso. Nadejda era a menudo molesta e inconsistente. Sin embargo, ambos trascendieron estos rasgos menores. A pesar de su alejamiento final, su devoción mutua, por el alto nivel alcanzado, podría ser considerada un modelo de relaciones entre dos personas espiritualmente complejas.

Ambos mantuvieron una significativa correspondencia, intercambiando más de 1.200 cartas entre 1877 y 1890. Los detalles que compartían eran extraordinarios para dos personas que nunca se conocieron. Él era más abierto con ella sobre gran parte de su vida y sus procesos creativos que con cualquier otra persona. Sus comentarios llegaron a ser tan importantes para él que, después de las críticas arremetidas contra su Quinta Sinfonía, ella le proporcionó el apoyo para perseverar en su composición. Nadejda murió creyendo que estas cartas habían sido destruidas. Cuando Tchaikovsky recibió su requerimiento en ese sentido, le aseguró que había cumplido, pero luego guardó este escrito con el resto para que la posteridad lo encontrara.


Nikolai von Meck y Anna Davidova


En 1883, Nikolai von Meck, hijo de Nadejda se casó con la sobrina de Tchaikovsky, Anna Davydova, después de cinco años de esfuerzos del compositor y su protectora. Esta última, que se encontraba en Cannes en aquel momento, no asistió, manteniéndose fiel a su costumbre de evitar todo contacto con las familias de los cónyuges de sus hijos. El compositor sí concurrió, encontrándose con el resto del clan von Meck.

Al principio tanto Nadejda como Peter Ilich se regocijaron con este acontecimiento, viendo en él una consumación simbólica de su propia relación. Los eventos posteriores los harían cuestionar su intención. Anna, extremadamente voluntariosa, dominaba a su marido y también se opuso a su suegra con respecto a los asuntos de familia -lo más revelador fue una pelea entre su hijo mayor y socio de negocios, Vladimir, y el resto de la familia-.


En lugar de unir más al compositor con su mecenas, la unión entre Anna y Nikolai puede haber ayudado a abrir una brecha entre ellos. Tchaikovsky prácticamente repudió a su sobrina en un esfuerzo por evitar un quiebre de sus relaciones. Von Meck le ocultó sus verdaderos sentimientos acerca de lo que estaba ocurriendo.


La noche de inauguración del Carnegie Hall de Nueva York (5 de mayo de 1891) Tchaikovsky dirige la orquesta.


En aquella época las composiciones de Peter Ilich se tocaban no sólo en Rusia, sino también en el extranjero. Aumentaban los derechos de autor. Con el éxito, numerosas relaciones iban constantemente a visitarlo, acaparando su tiempo. No sabía cerrar la puerta y se dio cuenta que ya no lograba componer, tan ocupado estaba en obligaciones sociales y profesionales. Además, vivía en la casa de su hermano, en medio de una familia bulliciosa. Pensó pues instalarse en las afueras de Moscú y, a comienzos de 1885, alquiló una casa en Klin, cerca de la capital rusa. Pensaba escribir una nueva ópera.

A Nadejda von Meck no le gustó mucho la idea del traslado de su amigo. Tenía la impresión de que Peter Ilich se le escapaba. Además, no amaba la ópera, a la que encontraba vulgar, prefiriendo las sinfonías y la música de cámara, que consideraba más elevadas. A pesar de su reprobación, Tchaikovsky se empecinaba en componer óperas, pues estimaba que ello le permitiría entrar en contacto con las masas. Como para darle la razón a von Meck, La Bella Durmiente del Bosque, representada al año siguiente, tuvo muy mala acogida de la crítica y el público.

En octubre de 1890, mientras Peter Ilich descansaba en Tiflis, Nadejda le envió una subvención de un año de antelación, junto con una carta terminando su patrocinio. Afirmaba que estaba en bancarrota y terminaba diciendo: “No me olvide. Piense de vez en cuando en mí.” El compositor no podía creer a sus ojos. Que la pensión se interrumpiera solo le molestaba un poco –ahora disponía de suficientes derechos de autor para vivir-, pero no comprendía que, por una cuestión de dinero, ese bello vínculo de amor-amistad fuese cortado de golpe. Herido, le respondió rápidamente: “Mi bienamada, mi muy querida amiga: no puedo pensar en mí sin pensar por eso mismo en usted…”




Lo más sorprendente acerca de la ruptura fue su extrema rapidez. Apenas una semana antes, ella le había enviado una carta típicamente íntima, amorosa y confesional, donde trataba en gran medida sobre cómo sus hijos estaban dilapidando su futura herencia. Era una irritación persistente para ella y no necesariamente una advertencia de su interrupción. Sin embargo, una explicación lógica de esa concesión a Tchaikovsky sería que Nadejda temía no tener fondos para enviarle más tarde su habitual arreglo en cuotas mensuales.

Debido a lo repentino de su acción, algunos creen que ella terminó su patrocinio porque había aprendido de la homosexualidad de Tchaikovsky. Otros descartan esta idea. Lo más revelador es que Nadejda le pidió a Tchaikovsky, en su última carta, que no la olvidara. Ella no habría hecho tal solicitud si hubiera actuado por resentimiento ante la percepción de una falla moral. Tal vez sea más probable que su familia había amenazado con revelar públicamente las preferencias sexuales de Peter Ilich. Nadejda habría cortado la relación con él para protegerlo del escándalo.


Uno de los últimos retratos del compositor


Dos hechos jugaron en la decisión de Nadejda von Meck. En 1890, estaba gravemente enferma, en la última etapa de la tuberculosis y una atrofia de su brazo le hizo casi imposible escribir. Dictar cartas a un tercero habría sido incómodo, sobre todo por los mensajes de estilo franco, informal y personal que ella intercambiaba con Tchaikovsky. Por otro lado, se encontraba bajo intensa presión de la familia para poner fin a la relación. Sus hijos estaban avergonzados por la cercanía de su madre con Tchaikovsky. Hubo rumores en la sociedad sobre el compositor y "la Meck." Cada vez más, al menos para los ojos de los familiares hostiles, la situación parecía escandalosa.


Lo peor para ellos era que Tchaikovsky continuaba tomando libremente el dinero de ella después de haber recibido una generosa pensión del zar Alejandro III. Mientras la propia situación financiera de los hijos empeoraba, ellos creían más decididos a poner fin al acuerdo entre su madre y Tchaikovsky. En la segunda mitad de 1890, durante un período de dos meses, había sido visitada por al menos uno de sus hijos mayores. Es posible que incluso le se hubiera dado un ultimátum. La carta final y el pago de Nadejda a Peter Ilich fueron entregados por un funcionario de confianza de ella, Ivan Vasiliev, por quien él abrigaba cálidos sentimientos. Ella nunca le había enviado algo de esta manera, sino que siempre lo había hecho por correo. Si no pudiera controlar más su correspondencia personalmente y si quisiera ocultar esta acción de todo su entorno, resolvería esencialmente dos problemas con esta única acción.


El último hogar de Tchaikovsky en Klin, al noroeste de Moscú


Nadejda también sabía que Peter Ilich tenía a menudo necesidad de dinero en efectivo, a pesar de lo que ella le daba. Era un pobre administrador de su dinero. Entonces le pediría a ella sobre la asignación del año siguiente varios meses por adelantado. Sabiendo de este hábito, Nadejda podría haber anticipado su necesidad del dinero. Ella pudo haber comenzado a prepararse para la ruptura desde mediados de 1889, a sabiendas de que llegaría tarde o temprano.


Él no se repuso de ese golpe, que vivió como una gran pena de amor y partir de entonces envejeció prematuramente, cayó en la misantropía y en el pesimismo. Se refugió en la música, escribiendo al año siguiente el Cascanueces. Nunca la volvió a ver.

La musa de aquel joven músico devenido en gran compositor murió de tuberculosis el 13 de enero de 1894 en Niza, apenas dos meses después de la muerte de Tchaikovsky. Luego de la muerte de su suegra, Anna von Meck fue consultada sobre cómo la antigua mecenas había sufrido la muerte del compositor. Anna respondió: “Ella no lo pudo soportar”.


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