jueves, 9 de agosto de 2012

Las extravagancias de los maharajás


Los principados de la India eran tan dispares como quienes los gobernaban. En un extremo estaba Hyderabad, en el sur, un estado soberano que ocupaba un área grande como la mitad de España. En el otro extremo, minúsculos reinos en el oeste de sólo un kilómetro cuadrado. En la península de Kathiawar había 282 principados que, juntos, ocupaban la superficie de Irlanda.



Cada principado estaba gobernado por soberanos locales que ejercían un poder absoluto dentro de sus fronteras y que se llamaban de manera distinta según su propia tradición. El nombre cambiaba como también cambiaban las banderas y los uniformes de las fuerzas policiales y militares. Aunque los británicos no admitían que los rajás fueran denominados reyes (ya que en el imperio sólo cabía un rey, el de Inglaterra), eso no les impedía reivindicar la gloria de su linaje, como el Maharana de Udaipur, que se creía descendiente del Sol, al igual que el Maharajá de Udaipur. Otros, como los Holkar de Indore o los Gaekwads de Baroda, empezaron siendo ministros o generales y, gracias a su astucia y al poder político que supieron acumular, terminaron siendo soberanos.

El selecto grupo de los maharajás incluía personalidades extremas: unos cultos, otros muy burdos, unos encantadores y seductores, otros crueles o ascéticos, otros un poco locos y casi todos excéntricos. En su extravagancia se sentían herederos de los grandes príncipes y emperadores del pasado. Para todos ellos, ser excéntrico había sido siempre una forma de refinamiento.

Baste un ejemplo. El Rajá de Kapurthala, en un recorrido hacia Bombay en el Punjab Mail, en sus vagones privados enganchados al final de un tren que transportaba un millar de pasajeros, ordenó a su secretario particular que mandase detener el convoy durante diez minutos en la estación de Nasik para afeitarse. El jefe de estación le informó que no tenía autoridad para ello e inmediatamente telefoneó a su superior, quien le ordenó que hiciese partir el tren. El secretario insistió en pagar todos los gastos que la detención acarrease, mientras los guardaespaldas del rajá conminaban al maquinista a esperar unos minutos. De modo que el jefe de estación tuvo que aguantarse. Y los mil pasajeros, también. Luego mandó un informe elevando una protesta oficial ante las más altas instancias de administración del ferrocarril, que lo transmitieron al departamento político del Punjab. El rajá había hecho otra de las suyas. Su argumentación fue: “Si el tren no hubiera esperado unos minutos, hubiera podido lesionarme, lo que le hubiera costado más caro a la compañía del ferrocarril debido a los seguros que tengo contratados, que los gastos ocasionados por un pequeño retraso”.



El Maharajá de Kapurthala con sus mujeres en la zenana


Estas actitudes eran menudencias comparadas con las de sus colegas. Un príncipe de un Estado del sur, gran cazador de tigres, acusado de utilizar bebés como cebo, se disculpó con el argumento de que no había fallado un solo tigre en su vida, lo que era cierto. El Maharajá de Gwalior mandó traer una grúa especial para izar sobre el tejado de su palacio al más pesado de sus elefantes, con el resultado de que el tejado se hundió y el animal acabó herido. Alegó que había decidido comprobar la solidez del tejado pues había comprado en Venecia un candelabro gigantesco para rivalizar con los que colgaban de los techos del Palacio de Buckingham.

Ese mismo maharajá era tan aficionado a los trenes que había mandado fabricar uno en miniatura cuyas locomotoras y vagones circulaban sobre una red de rieles de plata maciza entre las cocinas y la inmensa mesa de comedor de su palacio. El cuadro de mando estaba instalado en el lugar donde él se sentaba. Manipulando manivelas, palancas, botones y sirenas, el maharajá regulaba el tráfico de los trenes que transportaban bebidas, comida, cigarros o dulces. Los vagones cisterna, llenos de whisky o vino, se detenían ante el comensal que había pedido una copa. La fama de ese tren llegó hasta Inglaterra debido a que, durante un banquete ofrecido a la reina Mary, a causa de un cortocircuito en el cuadro de mandos, los vagones se lanzaron desbocados por el comedor, salpicando vino y jerez y proyectando pollo al curry sobre los vestidos de las señoras y los inmaculados uniformes de los caballeros. Fue el accidente de ferrocarril más absurdo de la historia.



La mesa del Maharajá de Gwalior y su tren de juguete


Si el rajá de Kapurthala se había negado a que el tren –el verdadero- que unía Delhi con los Estados del norte pasase por su Estado para no tener que molestarse en ir a saludar a todos los altos oficiales que viajasen por la línea, el soberano de uno de los Estados de Kathiawar también se negó a ello, pero por otra razón: era una ofensa a su religión pensar que los pasajeros que cruzasen su territorio podrían estar comiendo carne de vaca en el vagón restaurante.

Las extravagancias  no tenían límite. Un maharajá del Rajastán llevaba todos sus asuntos, incluidos los consejos de ministros y los juicios, desde el cuarto de baño, porque era el lugar más fresco del palacio. Otro, para reducir gastos, aunó en un mismo alto funcionario los puestos de Juez del Estado con el de Inspector General de Bailarinas, por lo que le pagaba cien rupias al mes. Otro compró doscientos setenta automóviles y el Maharajá Jay Singh de Alwar, que compraba los Hispano Suiza de tres en tres, los mandaba enterrar ceremoniosamente en las colinas de los alrededores de su palacio a medida que se iba cansando de ellos.

El último Nawab de Bhopal recibió una reprimenda de parte de la autoridad británica por haber gastado una suma colosal en la fabricación de un cuarto de baño portátil, con caldera de agua caliente, bañera, inodoro y lavabos… ¡para ir de caza! Su hermano, el general Obaidullah Khan, irritado ante la impaciencia de un dependiente en una relojería de Bombay, decidió comprar en el acto todas las existencias de la tienda. El Maharajá de Bharatpur nunca viajaba sin su estatua del dios Krishna; siempre había un asiento reservado para la deidad. La megafonía de los aeropuertos del mundo entero repetiría a menudo el mismo llamado: “Ésta es la última llamada para que el Sr. Krishna se presente en la puerta de embarque…”



Masiva cacería de tigres organizada por el Maharajá de Alwar en 1926 para invitados británicos: una docena de elefantes y unas 300 personas involucradas.


Durante los banquetes que ofrecía, el Nawab de Rampur, conocido por su gran cultura, organizaba competiciones de palabrotas en punjabí, urdu y persa. El príncipe solía ganar siempre. Su récord lo obtuvo al desgranar palabrotas e insultos varios durante dos horas y media sin parar, mientras su rival más próximo se había quedado sin vocabulario al cabo de noventa minutos.

Los maharajás se gastaban bromas a la altura de sus excentricidades. Siempre estaban intercambiándose vírgenes, perlas y elefantes. Un joven príncipe medio arruinado, que había conseguido hacer un buen negocio vendiéndole una docena de “bailarinas” a un millonario parsi, en el último momento le dio el cambiazo incluyendo en el lote a tres ancianas, quedándose él con las tres bailarinas más jóvenes y núbiles.

En el Olimpo de las extravagancias, las del Nawab de Junagadh, un pequeño Estado al norte de Bombay, destacaban sobre las demás. El príncipe tenía pasión por los perros, de los que llegó a tener quinientos. Había instalado a sus favoritos en apartamentos con electricidad, donde eran servidos por criados a sueldo. Un veterinario inglés especializado en canes dirigía un hospital únicamente destinado a atenderlos. Los que no tenían la suerte de salir con vida de la clínica eran honrados con funerales al son de la Marcha Fúnebre de Chopin. El nawab saltó a la fama cuando se le ocurrió celebrar el matrimonio de su perra Roshanara con su labrador preferido, llamado Bobby, en el transcurso de una grandiosa ceremonia a la que invitó a príncipes y dignatarios, incluyendo al virrey, quien declinó la invitación “con gran pesar”. Cincuenta mil personas se apiñaron a lo largo del cortejo nupcial. El perro iba vestido de seda y llevaba pulseras de oro, mientras que la novia, perfumada como una mujercita, lucía joyas de pedrería. Durante el banquete, sentaron a la feliz pareja a la derecha del nawab y luego fueron conducidos a uno de los apartamentos para que allí consumaran su unión.



El Nawab de Junagadh y su mascota predilecta.


Generalmente, cuanto más ricos y poderosos eran, más excéntricos se mostraban. La autoridad indiscutida en el tema de los placeres de la carne y de las extravagancias era el Maharajá Rajendra Singh, que reinaba sobre los 6.000 kilómetros cuadrados de Patiala. Vivía en un palacio que medía medio kilómetro de largo y cuya fachada trasera daba a un enorme lago artificial; perros afganos, pavos reales y tigres encadenados en las charcas cubiertas de lotos poblaban los jardines. Se había construido su propia capital de verano cerca de la aldea de Chail, a sesenta kilómetros de Simla y a tres mil metros de altura. Allí mandó construir el campo de cricket más alto del mundo, donde equipos británicos, australianos e indios libraron grandes torneos, disfrutando de vistas espectaculares sobre los glaciares de Kailash y las cumbres del Himalaya.

Juerguista empedernido, Rajendra de Patiala fue definido en un informe oficial como “un alcohólico, un padre indiferente, un marido infiel y un terrible administrador”. Cuando el virrey mandó a un alto funcionario a hablar seriamente con el maharajá sobre su indiferencia respecto a los asuntos administrativos y su desorden financiero, Rajendra, sintiéndose ofendido, le espetó: “¡Pero si dedico hora y media al día a los asuntos de Estado!”. A Rajendra le gustaba más la compañía de los caballos que la de los hombres. En sus cuadras mantenía setecientos pura sangres, entre los cuales había treinta sementales de gran calidad que habían proporcionado a Patiala y a la India grandes campeones en las carreras. Por otro lado consiguió convertir a los Tigres, su equipo de polo –con uniformes de color naranja y negro- en el terror de la India.



Dos princesas de Patiala a bordo del De Dion Bouton


Pero la notoriedad de Rajendra surgió por el hecho de ser un pionero. Causó una auténtica conmoción al importar el primer automóvil a la India, un De Dion Bouton –matrícula Patiala 0-, que dejó atónitos a sus súbditos, quienes consideraban un milagro que pudiera desplazarse a 15 y 20 kilómetros por hora sin la ayuda de un camello, de un caballo o de un elefante. Mayor aún fue la conmoción cuando anunció su boda con una mujer inglesa. Era la primera vez que un príncipe indio se casaba con una europea. La mujer se llamaba Florence Bryan y era la hermana menor del jefe de las cuadras de Su Alteza. Cuando el virrey se enteró de su intención de contraer matrimonio, le transmitió su más firme reprobación. Las autoridades británicas y la nobleza de Patiala ignoraron el acto, al igual que los príncipes del Punjab.

Si el Maharajá de Patiala había alcanzado cotas altísimas de extravagancia, su hijo Bhupinder le sobrepasaría con creces, convirtiéndose en un personaje de leyenda. Con sus ciento treinta kilos de peso, este príncipe era conocido por su enorme apetito, tanto de comida –era capaz de engullir tres pollos seguidos- como de amor carnal –su harén llegó a contar con trescientas cincuenta esposas y concubinas-. Era un hombre que ardía de pasión animal, un monarca absoluto con un apetito sexual insaciable, mayor que el de su padre, al punto que en una ocasión no dudó en ordenar una incursión armada en las tierras de su primo, el Rajá de Nabha, para raptar a una joven rubia y de ojos azules que había avistado cuando cazaba.



El equipo de polo de los Tigres de Patiala. A la izquierda del trofeo está el Maharajá Bhupendra Singh.


Bhupinder de Patiala y Jagatjit de Kapurthala se hicieron célebres en Europa: por ser monarcas de dos Estados del Punjab y por su fuerte personalidad. A pesar de sus similitudes, eran personajes muy distintos. El número de concubinas de Jagatjit nunca se acercó al de Bhupinder. Éste era mucho más rico, más ostentoso y más guerrero. Bhupinder era un fanático del polo –siguió manteniendo al equipo de los Tigres en la cumbre del deporte nacional-; Jagatjit lo era del tenis. Ambos reconocían a los británicos como la única autoridad, aunque se resistían a hacerlo; si hubieran podido autoproclamarse reyes, lo hubieran hecho sin pestañear. El estilo de Bhupinder era el de un monarca oriental; Jagatjit quería parecerse más a los reyes de Francia.

A su manera ambos eran buenos padres. Los numerosos hijos de Bhupinder Singh vivían en un palacio llamado Lal Bagh. Eran atendidos por multitud de niñeras inglesas y escocesas y todos tenían derecho a la misma educación. Un visitante que pasó una temporada en Patiala contó un día cincuenta y tres cochecitos de niño aparcados frente a Lal Bagh. Tres mil quinientos sirvientes de todo tipo pululaban por el vasto palacio. El maharajá contrató a un mecánico inglés formado en la Rolls-Royce para que se encargara de sus veintisiete Silver Ghost, además de los noventa automóviles de otras marcas que iría adquiriendo.


El Château Kapurthala


Jagatjit levantó una mansión a unos cien kilómetros de Simla, en Mussoorie, una hill station,  como los ingleses llamaban a ese tipo de ciudades de veraneo cuya atmósfera era siempre frívola y desenfadada. Lo hizo inspirándose en uno de los castillos del Loira que tanto lo habían impresionado en su viaje a Europa, con torreones en forma cónica cubiertos de pizarra. Amuebló el interior al estilo francés, con cuadros, muebles de época, porcelanas y tapices y lo bautizó con el exótico nombre de Château Kapurthala. La mansión se hizo famosa por sus bailes de disfraces amenizados con grandes orquestas. El disfraz proporcionaba el anonimato necesario para que los aristócratas indios y las mujeres europeas mantuvieran relaciones a escondidas de los maridos de éstas, ausentes porque no podían permitirse el lujo de pasar cuatro meses de veraneo en familia. Al término de las fiestas del rajá, en secreto, las parejas se marchaban en rickshaws que serpenteaban por la Camel’s back, la carretera circular de detrás de la colina desde donde se disfrutaba de un paisaje idílico. Las parejas pasaban allí largas horas y luego el rickshaw devolvía a las señoras a sus residencias. Algunas, las más atrevidas, se llevaban a sus amantes a casa.

El Raj fue un momento histórico en el que los reyes de la India dejaron de ser reyes y se convirtieron en príncipes. Protegidos por el paraguas británico que les garantizaba las fronteras, las ganancias y los privilegios, los soberanos vivieron a partir de entonces con tranquilidad, una estabilidad que los volvió blandos y corruptos. Acabaron apoyándose cada vez más en los ingleses, convencidos de que eran indispensables para su propia supervivencia, cuando en realidad eran los príncipes quienes habían sido indispensables para la supervivencia británica en India. De esa manera, los rajás fueron apartándose poco a poco del pueblo, olvidando los preceptos de simplicidad y humildad inherentes a la sociedad hindú y empezando a vivir de esa manera ostentosa, compitiendo entre sí.



Carruaje de elefantes del Maharajá de Rewa en el Delhi Durbar de 1903


No obstante ello, el pueblo les adoraba, porque veía en sus príncipes la encarnación de la divinidad. Desde la noche de los tiempos, los niños indios crecieron escuchando las fabulosas aventuras de sus reyes heroicos enzarzados en terribles luchas contra viles déspotas. Eran historias que hablaban de sofisticadas intrigas palaciegas, de traiciones y conspiraciones, cuentos que describían las fugas nocturnas de princesas enamoradas, noches eróticas con decenas de concubinas, sacrificios de reinas despechadas… historias de riquezas inconmensurables, de palacios lujosísimos y gigantescas cuadras de caballos, camellos y elefantes; historias en las que la frontera entre la realidad y el mito es tan difusa que se hace difícil saber dónde acaba lo uno y dónde empieza lo otro.


Con extractos de "Pasión india", de Javier Moro

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