martes, 12 de abril de 2011

Consortes serbias: la "reina blanca"


Hubo en la historia de Serbia dos mujeres diametralmente opuestas que, además, acabaron siendo enemigas irreconciliables: Natalija Keshko (la reina Natalija Obrenovic) y Draga Lunjevica Mashin (la reina Draga Obrenovic). Suegra (Natalija) y nuera (Draga). Anteriormente, Draga, la nuera, había sido una de las damas de compañía de la posterior suegra. Y, según rumores, había mantenido una aventura con Milan, su suegro, años antes de comprometerse con Alexander, el hijo de Milan.

Si esta historia fuese un tablero de ajedrez, Natalija sería la reina blanca, mientras que Draga sería la reina negra. No pudo haber dos mujeres más dispares para marcar la última etapa, claramente dramática, de la dinastía Obrenovic en Serbia; Natalija era un rayo de luz, en tanto que a Draga siempre la envolvió la oscuridad.

Cronológicamente, la historia empieza con Natalija Keshko, quien nació en la hermosa ciudad italiana de Florencia, pero sus raíces eran puramente eslavas. Su padre, Piotrj Ivanovich Keshko, de orígen besarabio, ostentaba el rango de coronel en el ejército imperial ruso. Su madre era la princesa Pulcheria Sturdza, descendiente del gran caudillo moldavo del siglo XVII Ionn Sturdza.

Natalija creció en un entorno privilegiado. Los Keshko y Sturdza formaban parte de una élite: se relacionaban con familias tan encumbradas como los Troubetskoi, los Gagarin, los Cantacuzene o los Ghika. Al igual que su hermana Ekaterina, Natalija recibió una educación extensa y refinada en San Petersburgo. El resultado de esa profunda vinculación fue claro: las dos se convertirían en fervientes rusófilas y no menos convencidas paneslavistas.

Natalija era apenas una muchacha de dieciséis años cuando se le negoció un brillante matrimonio con el príncipe serbio Milan Obrenovic, de veintiuno. El asunto, si se consideraba con atención, era un apaño de familia: la abuela materna de Milan –Esmeralda Balsh- había sido hermana de la abuela paterna de Natalija –Natalija Balsh-, lo que les convertía en primos en sexto grado.

Ese enlace tan "apropiado" desde el punto de vista de los Obrenovic resultaría, cuando menos, tumultuoso. Pasados los primeros meses de la boda, se hizo evidente que los dos esposos iban a tomar direcciones opuestas en más de un sentido. Por un lado, en un plano meramente político, Milan mantuvo desde el principio una pauta acorde con los designios para el área balcánica de Austria, la gran potencia central que él tanto admiraba, mientras que Natalija, por supuesto, se alineó con la facción rusófila y paneslava. Ahí no había ningún punto de encuentro posible entre ambos. En un plano personal, Milan enseguida demostró fehacientemente que estar casado no le impedía seguir coleccionando aventuras más o menos esporádicas.

Para Natalija resultó muy humillante que su marido se dedicase a amoríos, bastante publicitados en todo el continente, mientras ella se entregaba a la tarea de asegurar la dinastía. Afortunadamente, en ese sentido Natalija no estuvo sometida a presiones porque rápidamente proveyó al reino del deseado príncipe heredero: Alexander. Dos años después, hubo un segundo embarazo que produjo otro varón, Sergei, si bien ese niño vivió apenas unos días, para gran desconsuelo de la joven madre. La prematura desaparición de Sergei proyectó una sombra, porque ninguna familia real se sentía cómoda dependiendo de un único posible heredero. Dado lo fácil que era que una enfermedad infantil o un accidente segasen una vida, siempre se aspiraba a tener, como mínimo, una "pieza de repuesto". Pero el matrimonio de Milan y Natalija no pudo o no quiso cumplir ese requerimiento. Se quedaron en un hijo único, en el que se centraron todas las expectativas de los padres y todas las expectativas del país.

A medida que crecía el pequeño Alexander, la atmósfera doméstica se hacía más y más densa, tan cargada de animosidad que en cualquier momento podía estallar un gran conflicto entre sus padres. El motivo era las dispares simpatías políticas dispares del matrimonio: Milan con Austria, Natalija con Rusia. Para rematar las cosas, Natalija fue informada que Milan había iniciado una apasionada relación con una aristócrata serbia, a la que tenía intención de convertir en su maitrêsse-en-titre versión balcánica. Natalija llevaba años soportando las flagrantes infidelidades de Milan, incluyendo una aventura que llamó la atención de la sociedad europea con la controvertida Jennie Jerome, lady Randolph Churchill. Pero lo que Natalija no pensaba tolerar es que su marido la tomase por una María Leczynska en tanto que hacía de la amante una Madame Pompadour.

Dispuesta a "hacerse valer", Natalija aprovechó un baile de gala en el palacio de Belgrado. Todos los caballeros y damas de la nobleza aguardaron su turno, en una fila ordenada con cuidado, para reverenciar a los soberanos. En el momento en que le tocó ejecutar su besamanos a Artemisia Hristic, la amante de Milan, Natalija se negó a ofrecer su mano a la mujer, dándole la espalda. La corte entera contuvo el aliento. La aristócrata, descompuesta, estuvo a punto de caer al suelo. Milan trató de resolver ese momento de tensión apelando al sentido del deber y al necesario decoro ante Natalija, pero ella se negó a ceder ni un palmo en su postura. En voz lo suficientemente clara para que se percibiese en medio salón, declaró que nadie iba a decirle cómo tenía que tratar a las queridas de su marido.

El resultado de esa -terca- actitud de Natalija fue una monumental discusión entre los esposos, que casi hizo temblar los cimientos del palacio de Belgrado.

El episodio tuvo un colofón que causó sensación en Europa: la reina Natalija cogió a su hijo pre-adolescente, Alexander, y abandonó Belgrado en dirección a la Crimea rusa. Milan se quedó estupefacto ante ese movimiento, perfectamente calculado, de su esposa. Los paneslavos se congregaron en territorio crimeano para proporcionar un recibimiento entusiasta a la reina que tanto luchaba por cumplir su ideario respecto a la zona balcánica. Los ecos enseguida alcanzaron la capital serbia, dónde la mayoría de la gente simpatizaba con la reina. Surgieron rumores acerca de un inminente divorcio entre Milan y Natalija, así como acerca de una posible abdicación de Milan en favor del jovencísimo Alexander.

Pero, hacia el mes de julio, una Natalija en la cúspide de su popularidad retornó a Belgrado con Alexander para escenificar la reconciliación con el rey Milan. Estaba meridianamente claro que ella negociaba esa reconciliación pública desde una posición de fuerza. Milan tendría que "atemperar" su austrofilia, permitiendo que adquiriesen mayor pujanza los movimientos paneslavistas dirigidos desde la Sagrada Rusia. Asimismo, Milan no podría buscarse ninguna Pompadour porque Natalija había demostrado que ella no tenía la delicadeza ni la mansa resignación de María Lezcynska. A mayores, el monarca hubo de conceder permiso para que, en otoño, Natalija emprendiese un viaje a Italia con el príncipe Alexander, pese a que suponía un riesgo dejar que ella se moviese por el continente teniendo a su lado al único heredero del trono.

Pero las grietas en el matrimonio seguían presentes, ensanchándose día a día. Milan podía mostrarse ligeramente más circunspecto en lo que atañía a su infidelidad, pero seguía vinculado a Artemisia Hristic (quien le había dado un hijo) y, a la vez, continuaba con sus noches alegres de juego y alcohol.

En el verano de 1888, Natalija partió hacia el opulento resort de Wiesbaden, en Hesse, llevando también consigo a su hijo Sacha. Pero esa vez, Milan decidió coger el guante que ella, con ese viaje, le arrojaba a la cara. Pese a que sus aliados austríacos le pidieron prudencia para no "exacerbar" los ánimos del pueblo y no provocar un alzamiento de consecuencias imprevisibles, Milan tomó dos firmes decisiones. Por un lado, remitió a Natalija un telegrama comunicándole que había remitido al Santo Sínodo una petición formal para que la iglesia ortodoxa serbia disolviese su matrimonio. Por otro lado, mandó a Wiesbaden al general Protitsch con una clara encomienda: hacerse con el pequeño Sacha y llevarle de vuelta a Belgrado. Efectivamente, Protitsch se presentó inopinadamente en Wiesbaden y logró "raptar" a Sacha.

Ante esa reacción fulminante de Milan, Natalija no iba a permanecer de brazos cruzados. Protestó enérgicamente a propósito de la demanda de divorcio de su marido. Ella, siendo consciente de su inocencia, no pedía piedad sino que demandaba justicia. Si bien el metropolitano de la iglesia ortodoxa serbia, Theodosius, estuvo dispuesto a otorgar la anulación matrimonial requerida por Milan, otros altos dignatarios eclesiásticos tomaron partido por la reina, hecho que generó un gran enojo entre la mayoría de los serbios. Resultaba fácil ver en Milan una versión balcánica de Henry VIII, tratando de deshacerse, por las malas, de una reina intachable.

El fenomenal conflicto suscitado por el divorcio repercutió de inmediato en las sesiones del parlamento serbio, en el cual los diputados se hallaban en proceso de elaboración de una nueva constitución. Para congraciarse con el pueblo al cual representaban, los diputados aprobaron un artículo por el que los hijos que naciesen de una eventual nueva esposa quedaban automáticamente excluidos de la línea sucesoria de los Obrenovic.

Con todo, el divorcio pasó una gran factura a Milan. Apenas le quedaron partidarios: empezaron a alejarse del monarca, porque les interesaba no comprometer por entero su posición cara al futuro. Los detractores del monarca cobraron fuerza. Mientras Natalija partía de Wiesbaden hacia Biarritz, Francia, a Milan le costaba cada día más sostenerse en el poder. En enero de 1889 se aprobó la flamante constitución, pero a principios de marzo el rey se decidió a abdicar a favor de su hijo Sacha, mientras Milan partía hacia un exilio dorado. Contrariamente a lo que muchos esperaban, no se dirigió hacia Viena ni mandó llamar a su lado a su amante Artemisia Hristic, que, entretanto, se había divorciado de su esposo y vivía con el hijo ilegítimo que había tenido del rey en la ciudad de Estambul. En cambio, marchó a París.

La reina, por su parte, consideró algo inminente la vuelta a Belgrado ahora que la corona pertenecía a su único querido hijo de trece años de edad. A su favor, suponía ella, contaba también el hecho de que el consejo de Regencia, nombrado para gobernar hasta la mayoría de edad de Sacha, estaba presidido por el líder del Partido Liberal, su viejo amigo Jovan Ristics. Pero el consejo de Regencia prefería evitar mayores turbulencias en la atmósfera serbia. Ristics transmitió a Natalija un mensaje claro: se le permitiría visitar a Sacha dos veces al año, pero era preferible que ella permaneciese en Biarritz.


Natalija y su hijo Sacha

En esa tesitura, no cabe extrañarse de que Sacha se transformase en un joven inmaduro, egocéntrico, caprichoso y con una veta de tiranía casi infantil. Las circunstancias le habían privado de una infancia estable y reposada. Para que se conformase con su suerte, se le consentía más de lo que hubiera sido saludable o conveniente; se le permitía hacer casi lo que se le antojaba siempre que no metiese las narices en los asuntos de gobierno.

La dura espera de Natalija se prolongó por espacio de dos años. Recién en febrero de 1891 se creó un gobierno radical que autorizó el regreso definitivo de algunos personajes controvertidos, como la propia reina Natalija y el ex metropolitano ortodoxo Mihailo. Ante la entusiasta bienvenida del pueblo serbio, la reina ingresó al palacio decidida a no perder la posición de madre bien presente en la vida de un monarca de quince años. Empezó pronto, sin embargo, a manifestar sus propios puntos de vista y sus sugerencias respecto a la manera en que debían conducirse los asuntos de gobierno. No había sorpresas: en su línea habitual de pensamiento, Natalija buscaba reemplazar la influencia de Austria por la de Rusia, que entendía más beneficiosa para Serbia.


Aquello suscitó movimientos en la cancillería imperial austríaca. Enseguida buscaron a Milan, a quien exhortaron a salvar a su hijo y a su país de la influencia paneslavista de Natalija. En Belgrado se difundieron rumores según los cuales el rey anterior volvería reforzado quizá por un cuerpo de ejército austríaco para tomar de nuevo el poder. Con eso se mezcló el temor al estallido de una revuelta popular. Entonces el consejo de Regencia ordenó a Natalija que se marchase del país. Pero ella declaró en tono firme que sólo se iría si la echaban por la fuerza: asomándose a una ventana de palacio, solicitó, a voces, la ayuda del "buen pueblo de Belgrado". La gente se amotinó para favorecer a la soberana que apelaba a su lado emocional y sentimental, de forma que los soldados se quedaron sin saber qué camino tomar, prefiriendo, en última instancia, retirarse de escena.

Pero Natalija se equivocó al creer que podía haber triunfado con su espectacular gesto. El consejo de Regencia esperó a que el pueblo soliviantado se sosegase, se confiase y volviese a sus casas. Ya entrada la noche, otro retén de la guardia se presentó en busca de Natalija. Ella no tuvo nadie quien llamar "en su auxilio" y, con sus enseres rápidamente empacados, se encontró, de pronto, expulsada de Serbia. Casi simultáneamente, el consejo de Regencia había informado de ese detalle a Milan, ofreciéndole una asignación de un millón de francos si él se comprometía a no volver a Belgrado. Milan aceptó y, unos meses más tarde, renunció a su ciudadanía serbia en un gesto claro de que no pensaba regresar para no poner en aprietos a Sacha.

Una serie de enfrentamientos surgieron en el seno del consejo de Regencia, lo que tenía a los habitantes de Belgrado en una constante agitación, siempre al borde de un alzamiento de uno u otro signo. Aquella situación fue aprovechada de modo inesperado por Alexander, que ya tenía diecisiete años. Le faltaba un año, de hecho, para alcanzar la mayoría de edad. Pero no tenía ganas de seguir esperando doce meses a que llegase su momento, así que, en un coup palaciego, precipitó los acontecimientos. Se proclamó a sí mismo capaz de reinar, privó a los regentes de sus cargos y se dispuso a iniciar su etapa de monarca contando con un gobierno radical pero dentro del espectro de políticos más moderados de esa facción concreta.

Las cosas no mejoraron sustancialmente. El joven rey Alexander tenía que preocuparse por los contactos que mantenían distintas fuerzas políticas con otros eventuales posibles monarcas. Por ejemplo, los Obrenovic habían alcanzado el trono arrebatándoselo a los Karageorgevich, pero estos mantenían intactas sus aspiraciones de volver a reinar en Belgrado en cuanto cayese en desgracia la familia rival. En esa época, otro príncipe serbio, Petar Karageorgevich, constituía una posibilidad muy interesante que barajaban principalmente los rusos: el príncipe se había casado con una de las hijas de su fiel aliado el rey Nikola de Montenegro, viviendo con su esposa -Zorka- en Cetinje. Paralelamente, cobraba fuerza el rumor de que el zar estaba valorando una opción "ni Obrenovic ni Karageorgevich" sino "Romanov": se suponía que líderes radicales extremos estaban rogándole a San Petersburgo que les enviase a fundar una dinastía a cualquiera de los grandes duques de Rusia.

El panorama era complicado. Alexander necesitaba consigo a alguien que le asesorase desde la experiencia y le apoyase incondicionalmente, por lo que, a principios de 1893, tomó una decisión expeditiva: mandó llamar a su padre, Milan, que seguía en París.

Antes de volver a su país natal, Milan decidió dar un paso espectacular: visitar en Biarritz a su ex esposa Natalija. El encuentro debió resultar memorable. Se cuenta que ella había tratado de recubrirse por entero de una serena indiferencia ante la visita, pero que su compostura se hizo trizas al hallarse frente a frente con un hombre que temblaba ostensiblemente por una mezcla de nerviosismo y emoción. Milan explicó a Natalija que, habiendo sido llamado por Sacha, pensaba viajar de inmediato para ponerse a su servicio, pues un monarca tan falto de preparación y experiencia podía ser enseguida pasto de buitres. En ese aspecto, Natalija estaba plenamente de acuerdo con Milan. Ahora que se trataba de luchar por su único descendiente común, echaron al olvido los agravios y resquemores del pasado y decidieron reconciliarse de forma pública y notoria: los dos solicitarían, conjuntamente, la revocación de su decreto de divorcio.


Alexander

Así armado, Milan emprendió el largo trayecto. El gobierno serbio tuvo conocimiento de que su ex rey estaba a punto de llegar después de que éste emprendiese la última etapa de viaje, saliendo en tren de Budapest con destino Belgrado. Se produjo una notable conmoción entre los políticos. Si habían confiado en manejar a Alexander, desde luego no confiaban en poder manejar a Milan. El ex soberano constituía un elemento nuevo a tener en cuenta: volvía con ganas de poner su astucia política al servicio únicamente de su hijo.

Los acontecimientos se sucedieron rápido. En abril, un real decreto volvió a situar en una posición de privilegio dentro de la familia real a Milan y Natalija, cuyo divorcio se declaró nulo. En mayo, se reinstauró la constitución de 1869 y la reina Natalija regresó a Belgrado después de cuatro años de ausencia. Alexander, de pronto, se encontraba en una situación más favorable en todos los sentidos. Ya no estaba solo, contaba con dos sólidos apoyos y el futuro se extendía ante él como un cúmulo de dichosas posibilidades.


La reina Natalia (primera desde la izquierda) y Draga, entonces dama de la corte (tercera entre las de pie detrás), en 1893.

Aunque se estableciese en Belgrado, Natalija siguió pasando largas temporadas en Biarritz, lugar por el que sentía verdadera pasión, y, asimismo, realizaba frecuentes viajes a otros sitios que le resultaban atrayentes. Era, ya, una mujer que no podía permanecer quieta en la capital del reino de su hijo. Si se quedaba demasiado tiempo, además, se exponía a que la gente creyese que estaba entrometiéndose en asuntos que no le incumbían -y ya sabía por propia experiencia que así no iba a ninguna parte excepto al exilio-. En plena madurez, Natalija aceptaba que Alexander tuviera a Milan a su lado para aconsejarle y guiarle. Ella podía relajarse por completo en ese aspecto, lo que, aparte, le convenía porque le evitaba ulteriores problemas.

El verano de 1894 encontró a Natalija de nuevo en Biarritz. Allí disfrutaba de la animada temporada estival cuando recibió un telegrama de su hijo Sacha anunciándole que acudía a visitarla. Era la primera vez que Sacha viajaba a aquel balneario de moda, así que Natalija estaba entusiasmada. Por supuesto, no podía prever que esa visita de tendría efectos dramáticos sobre las existencias de todos ellos...


Imagen antigua del palacio de la reina Natalija en Biarritz, al que llamó "Sachino", el mismo diminutivo cariñoso que ella aplicaba a su hijo Aleksander, “Sacha” (de Sacha,Sachino).

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