sábado, 18 de diciembre de 2010

Las "joyas de pasar" de la familia real de España

A diferencia de Inglaterra, España no tiene Joyas de la Corona en sentido estricto. Sólo se guarda una sencilla corona y un cetro de plata sobredorada en el Palacio Real, que simbolizan el Reino, y que presiden sobre un almohadón algunos actos solemnes de la monarquía. Quizás por esto, una inglesa, la reina Victoria Eugenia, creó las llamadas "Joyas de pasar", para que las reinas de España las usen y disfruten, pero no se dispersen entre los herederos, como ha venido ocurriendo. Son pocas joyas en número, pero importantes y significativas. Fue la Condesa de Barcelona la que acuñó la expresión joyas "de pasar", cuando la reina Victoria Eugenia (nacida princesa de Battenberg) le entregó las piezas históricas al morir su esposo, el rey Alfonso XIII. Doña María de las Mercedes no quiso aceptarlas mientras su suegra viviera y la única vez que las lució todas fue, a petición de la propia Victoria Eugenia, en la coronación de Isabel II de Inglaterra, "porque yo aquí estoy como princesa inglesa y reina madre, mientras que tú estás como reina de España", le dijo a doña María.


Doña María de las Mercedes, Condesa de Barcelona, en la coronación de Isabel II de Inglaterra (1953)


Doña Sofía, atenta a este nuevo espíritu, cedió la diadema helénica a la Princesa de Asturias el día de su boda en 2004. Doña Letizia va luciendo progresivamente algunas joyas de familia de modo institucional. Los observadores piensan que la reina ha decidido "pasar" su diadema de princesa a la actual Princesa de Asturias, para incrementar este tipo de joyas personales pero históricas de la monarquía. Desde la boda de Don Felipe la reina no ha vuelto a lucir la joya y, según fuentes fidedignas, hoy se custodia en el Pabellón de los Príncipes, a disposición de Doña Letizia.

La llegada de Victoria Eugenia a la corte madrileña supuso todo un cambio en las costumbres y tradiciones palaciegas. La Princesa de Battenberg era titular de una dote de cierta entidad que, en lo referente sólo a joyas, ascendía a 1.147.286 pesetas, cifra importante para aquellas fechas. A esta cantidad habría que sumar las alhajas recibidas como regalo de bodas por parte de Don Alfonso XIII y que, según tasación realizada en 1906, con ocasión de sus esponsales, ascendían a 1.158.000 pesetas. La suma total de más de 2.300.000 pesetas era verdaderamente astronómica: teniendo en cuenta que el sueldo anual de un alto cargo de palacio en aquellos años ascendía a tres mil pesetas, las joyas de Doña Victoria Eugenia equivalían al trabajo de un año de mil funcionarios de esta índole.

Entre las alhajas que le regaló Alfonso XIII, las piezas son enormemente representativas, y muchas de ellas alcanzaron fama internacional:

–Una pequeña corona real, obra de Cartier, que en la parte baja lucía cuatro esmeraldas rectangulares, cuatro rubíes y ocho brillantes de regular tamaño y ocho ornamentos de brillantes más pequeños. De la base se elevaban ocho florones de los que partían otras tantas diademas que se unían en un orbe rematado con una cruz, todo ello cuajado de brillantes. Es la que porta la reina en el cuadro de Comba que durante años se conservó en el Palacio Real de Madrid. En los años siguientes, la reina solía utilizarla en las ceremonias de apertura de Cortes y con ella se retrató en un conocido lienzo de Álvarez de Sotomayor.

–Un medio aderezo compuesto por el collar de perlas de la Reina Mercedes (su suegra), al que se le habían retirado cuatro de ellas, y un colgante de lazo cuajado de brillantes, descrito en su momento como de estilo Luis XV, que lleva en su centro una gran perla casi esférica de 85, 25 gramos y del que pende otra gran perla, en forma de pera, cuyo peso es de 218,75 gramos. Esta última es la que la familia real española considera como la «Peregrina» y Ansorena modificó su engarce para que pudiese colgar del collar antes descrito o de un broche, con una perla rodeada de brillantes, que han lucido con frecuencia la Condesa de Barcelona y la Reina Doña Sofía.


-Una diadema de brillantes, algunos excepcionales, con tres flores de lis, realizada por la casa Ansorena.

-Un collar rivière con 30 grandes brillantes montados a la rusa -en chatones con garras esmaltadas a lima- sobre platino, también de la firma Ansorena.

-Unos botones de brillantes, denominación que en la época se daba a los pendientes que no cuelgan, igualmente debidos a los talleres de Ansorena.

A esta fortuna habrán de añadirse los regalos hechos por otros miembros de la familia real:

-Una diadema de brillantes y perlas de estilo rococó y un collar de gruesas perlas de seis hilos, regalo de la Reina Madre, Doña María Cristina.



-Un colgante y pendientes de rubíes y brillantes de la Infanta Doña María Teresa.

-Un colgante de zafiros y diamantes de la Infanta Doña Isabel.

-Un brazalete de rubíes y brillantes del Príncipe viudo de Asturias, Don Carlos.


Con la Diadema de las Flores de Lis, el collar de perlas de la Reina María Mercedes, las pulseras gemelas, el broche art-déco de Cartier y los pendientes de brillantes gruesos.


Al advenimiento de la República las joyas de la Reina abandonaron España con ella en el verano de 1934, en una operación en la que intervino el consulado británico en Madrid. Victoria Eugenia no sólo puso a buen recaudo su colección, sino que se ocupó de hacer llegar al rey las de su madre, que Don Alfonso no pudo llevar consigo en su precipitada huida de España desde Cartagena.


Ya en el exilio, la reina, a la que gustaba modificar el aspecto de las joyas de su propiedad, hizo desmontar la pequeña corona que recibiera como regalo de bodas de su marido, ya que estaba pasada de moda y resultaba claramente inapropiada para una soberana en el exilio. Con sus brillantes se fabricaron dos pulseras, que Victoria Eugenia hizo «pasar» testamentariamente a su hijo Don Juan. Efectivamente, un codicilo testamentario sitúa en primer plano las ocho piezas descritas al vincular su propiedad, ya por tres generaciones, al Jefe de la Casa.


El testamento de Doña Victoria Eugenia comienza así: “Dado en Lausanne, a 29 de junio de 1963. Yo, doña Victoria Eugenia de Battenberg y Windsor, Reina que fui de España por mi matrimonio con el Rey Alfonso XIII, de cuyo enlace subsistieron al presente cuatro hijos, llamados Don Jaime, Don Juan, Doña Beatriz y Doña Cristina, por el presente testamento ológrafo ordeno mi última voluntad según las siguientes cláusulas…”. Cuando se hizo público, se encontraron dos codicilos también ológrafos y escritos en papel con el membrete de “Vieille Fontaine”.

En el primero de ellos se lee:

Las alhajas que recibí en usufructo del Rey Don Alfonso XIII y de la misma Infanta Isabel, que son:
- Una diadema de brillantes con tres flores de lis
- El collar de chatones más grande
- El collar con treinta y siete perlas grandes
- Un broche de brillantes del cual cuelga una perla en forma de pera llamada “La Peregrina”
- Un par de pendientes con un brillante grueso y brillantes alrededor
- Dos pulseras iguales de brillantes
- Cuatro hilos de perlas grandes
- Un broche con perla grande gris pálido rodeada de brillantes y del cual cuelga una perla en forma de pera.
Desearía, si es posible, se adjudicasen a mi hijo Don Juan, rogando a éste que las transmita a mi nieto Don Juan Carlos.
El resto de mis alhajas, que se repartan entre mis dos hijas
”.


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