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jueves, 31 de marzo de 2011

Nobleza de nuevo cuño

Cuatro nuevos marquesados otorgados por el Rey Juan Carlos a personalidades de la vida pública y social del país han devuelto a muchos nobles españoles al limbo de la perplejidad y la sorpresa, un lugar que parece que están visitando con excesiva frecuencia en estos tiempos. De esa manera llegan a 49 los títulos concedidos por el monarca español desde su asunción en 1975 (ver entrada 21/05/2010)

La firma del Rey

Los agraciados con estas nuevas mercedes nobiliarias (no hay entre ellas ninguna Grandeza de España) son Mario Vargas Llosa, insigne premio Nobel que se enorgullece allá donde va de su estrecha vinculación con España; Aurelio Menéndez, ex presidente del Tribunal Constitucional y ex ministro de educación; Juan Miguel Villar Mir, empresario de la construcción - presidente de OHL- y Vicente del Bosque, entrenador de la Selección Española de Fútbol.


Nuevos marqueses

Pero la propia designación elegida para los nuevos títulos carece de originalidad dentro de esa línea de tecnicismo que en los últimos tiempos ha caracterizado la concesión de nuevas mercedes nobiliarias, pues únicamente el Marquesado de Ibias, el que ha correspondido a Aurelio Menéndez, hace gala de una cierta imaginación frente a los Marquesados de Vargas Llosa, de Villar Mir y de Del Bosque.

De acuerdo con lo dispuesto por el Rey, estos cuatro títulos pasarán también a los sucesores de sus titulares, siguiendo lo establecido en la normativa española sobre títulos nobiliarios. En la exposición de motivos de la ley 33/2006 se apunta que actualmente la posesión de un título nobiliario no otorga ningún estatuto de privilegio, al tratarse de una distinción meramente honorífica cuyo contenido se agota en el derecho a usarlo y a protegerlo frente a terceros.


Corona heráldica de Marqués

En la concesión de dignidades nobiliarias de carácter perpetuo, a su naturaleza honorífica hay que añadir la finalidad de mantener vivo el recuerdo histórico al que se debe su otorgamiento, razón por la cual la sucesión en el título queda vinculada a las personas que pertenezcan al linaje del beneficiario de la merced. Este valor puramente simbólico es el que justifica que los títulos nobiliarios perpetuos subsistan en la actual sociedad democrática, regida por el principio de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Los títulos conllevan una especie de patente de uso, protegida por los tribunales. Al respecto es relevante recordar que el Tribunal Supremo dictó una sentencia en la que consideró una intromisión ilegítima el etiquetado de un vino con el nombre de Marqués de Bradomín, un personaje de ficción creado por Valle Inclán, aprovechado por el rey Juan Carlos para crear ese título que concedió a su hijo Carlos Valle en 1981. Es decir, quien quiera usar el nombre de un título como marca comercial debe pagar al titular del mismo.


El Marqués de Ibias

La nobleza española se ve una vez más dividida entre su afecto a la Corona y su incomprensión del trato que recibe como estamento, que se ve perjudicado con los últimos cambios en las leyes y con algunas de estas nuevas mercedes nobiliarias que, al entender de muchos, no hacen sino “democratizar a la baja” dañando en su esencia a una institución centenaria. Todo ello facilita que surjan grandes preguntas. ¿Qué es lo que se premia?, ¿cuáles son los valores que hacen a la nobleza? o ¿acaso será todo ello parte de esa intención de “plebeyizar la monarquía” y, con ella, una institución tan íntimamente vinculada a la Corona como la nobleza?

Porque una cosa, dicen algunos, es un escritor de incuestionable renombre internacional como Mario Vargas Llosa, que cuadra bien con su flamante título de Marqués, y otra distinta son un entrenador de fútbol como Vicente del Bosque o un empresario como Juan Miguel Villar Mir, cuyo grupo empresarial en los sectores inmobiliarios, de la construcción y de los servicios, se define como “comprador y consolidador de empresas en graves dificultades”. Para estos últimos, opinan muchos, se podría haber pensado en otros premios y distinciones del Estado como la digna Orden de Carlos III o la también prestigiosa Orden de Isabel de la Católica. Pero ¿acaso no importa la vanidad?

El Marqués de Del Bosque

Don Juan Carlos justifica la concesión del título nobiliario a Del Bosque por su "gran dedicación" al deporte español y su "contribución al fomento de los valores deportivos" que merecen ser reconocidas de manera "especial". De Vargas Llosa destaca su "extraordinaria contribución" a la lengua y literatura españolas, "apreciada universalmente", mientras quiere reconocer la "valiosa y fecunda labor" del abogado Menéndez en el ámbito de la docencia universitaria y las ciencias jurídicas "al servicio de España y de la Corona". Del empresario Villa Mir, subraya su "destacada y dilatada trayectoria al servicio de España y de la Corona".

En los círculos aristocráticos no se habla de otra cosa y se dice que este proceder es una copia de la forma de actuar de la monarquía británica, pues Elizabeth II no duda en otorgar la dignidad de “Sir” a personajes como David Beckham, Elton John o Sean Connery. Pero la sobria monarquía española, hasta ahora muy prudente al momento de conceder nuevos títulos de nobleza, no puede competir con la riqueza de la que hace gala la británica en la concesión anual de títulos y mercedes nobiliarias de distintas naturalezas y rangos a numerosas personalidades de todo el país.


El Marqués de Villar Mir

Y es que Su Graciosa Majestad se guarda mucho de crear nuevos títulos hereditarios, como estos de nueva creación en España, que solo reserva para ocasiones y personalidades muy singulares. Es generosa, en cambio, con las mercedes vitalicias y de rango menor, que mueren con el concesionario y que premian el esfuerzo y la dedicación de personalidades que se distinguen por méritos propios en muchos y muy distintos ámbitos de actividad. Una vez más la polémica está servida, pues también son muchos los ciudadanos de a pie que ven en este gesto un acercamiento de la Corona a un necesario premiar los méritos de la calle.


El Marqués de Vargas Llosa

domingo, 13 de marzo de 2011

La Casa de Osuna

La Casa de Osuna es originaria de la Corona de Castilla y su nombre proviene del Ducado de Osuna, título nobiliario con Grandeza de España, creado el 5 de octubre de 1562 por el rey Felipe II para Don Pedro Téllez-Girón, V conde de Ureña y VI señor de la ciudad andaluza de Osuna.

Fue tradición, durante siglos, que el heredero del ducado de Osuna llevara el título de Marqués de Peñafiel. Esta tradición se interrumpió a la muerte del XII duque de Osuna, Mariano Téllez-Girón y Beaufort-Sportín, recayendo este marquesado, a raíz del reparto que se hizo de sus numerosos títulos, en los Roca Togores. Esta familia lo ostentó hasta 1956, cuando lo heredó Ángela María de Solís-Beaumont y Téllez-Girón, con quien volvió a incorporarse a la Casa de Osuna.

Desde el siglo XVI la casa ducal fue creciendo en importancia y riqueza y tres siglos después era la más importante de España, al reunirse en la persona del duque de Osuna veinte Grandezas de España y los ducados de Arcos, de Béjar, de Benavente, de Gandía, del Infantado, de Medina de Rioseco, de Pastrana, de Plasencia, de Lerma, de Estremera, de Francavilla, y de Mandas y Villanueva. Estos trece ducados fueron ostentados junto con doce marquesados, trece condados y un vizcondado.


El 3r Duque de Osuna y Virrey de Nápoles, Don Pedro Téllez-Girón y Guzmán (1574-1624), conocido como "el Gran Duque de Osuna".


La Casa de Osuna desciende por vía paterna de la casa de los girones, de los Téllez de Meneses ricohombres de Castilla (Tierra de Campos), de los Condes de Haro, así como de las familias portuguesas de los Acuña (da Cunha) y de los Pacheco. Por vía materna, descienden los de la Cueva y de los Álvarez de Toledo. El 1r Duque de Osuna es hijo de María de La Cueva y Álvarez de Toledo, hija de Francisco Fernández de La Cueva, 2º Duque de Alburquerque y de Francisca Álvarez de Toledo, la hija del 1r Duque de Alba, García Álvarez de Toledo.


Casas de los Girones y de los Téllez de Meneses

El patronímico de la Casa de Osuna, Téllez-Girón, proviene de los apellidos del matrimonio entre Gonzalo Ruiz Girón y María Téllez de Meneses (siglo XIV). Los girones provienen originalmente (siglo XII) del Mayordomo Real Rodrigo Gutiérrez Girón. Su hijo Gonzalo Rodríguez Girón -de quien descendieron varios reyes de Portugal, Castilla y Aragón- y su nieto Rodrigo González Girón jugaron un papel clave al servicio de los reyes de Castilla durante el siglo XIII, contribuyendo al proceso de unificación con la corona de León. Por ello, recibieron diversas mercedes, entre las que destaca el señorío de Autillo. Por su parte María Téllez de Meneses desciende de Alfonso Téllez de Meneses el Viejo.

Entre el siglo XII y el XIV existen otros vínculos matrimoniales anteriores entre ambas familias, fuertemente relacionadas.

Castillo de Montealegre (Valladolid), construido a finales del siglo XIII o principios del XIV por Alfonso de Meneses, como principal fortaleza de la familia.


Los descendientes de este Girón conforman una serie de nobles de la máxima influencia durante el siglo XIII, cuestión ligada a su papel en la reconquista y a sus alianzas y relaciones con las otras poderosas familias de Tierra de Campos. Esta influencia se quiebra a mediados del siglo XIV cuando sufren la venganza del rey Pedro I de Castilla que da muerte al primogénito de los girones Alfonso Téllez Girón y a su hermano, hijos de doña María Téllez de Meneses y posteriormente cuando Alfonso Téllez Girón, sobrino que sucede a éstos y que permanece fiel al último de los Borgoña, padece el exilio a la muerte de este rey. Fue el último varón de su familia. Su hija única, doña Teresa Téllez Girón se casó en Portugal con Martín Vasques da Cunha (1357-1417), importante noble de ese reino que a su vez hubo de exiliarse de su patria junto con sus hermanos. El hijo de Martín y Teresa, Alfonso Téllez Girón se casó con María Pacheco, hija de Juan Fernández Pacheco, ricohombre portugués, Alcalde de Santarén, Guarda mayor de Juan I de Portugal y primer señor de Belmonte.


Señorío de Osuna y Condado de Ureña

La inmensa riqueza del Ducado tiene su origen en el belmonteño Don Pedro Girón (1423-1466), bisabuelo de Pedro Téllez-Girón y de la Cueva, 1r Duque de Osuna. Fue señor de Belmonte, Maestre de la Orden de Calatrava (1445-1466) y 1r Señor de Ureña. Junto con su hermano Juan Pacheco, Marqués de Villena y su tío, el Arzobispo de Toledo Alfonso Carrillo conformó la alianza familiar más poderosa de la corte de Enrique IV de Castilla. Recibió de este rey múltiples mercedes, entre otras la que le instituyó como primer señor de la villa de Osuna. Instituyó en su primogénito Alfonso Téllez-Girón el Condado de Ureña, título que en 1520 sería incluido entre los primeros Grandes de España y que subroga dicha grandeza en el Ducado de Osuna. Son ambos hermanos los responsables del retorno de la familia a la alta nobleza.


La Cruz de Calatrava, emblema de la Orden de la cual el 1r Señor de Ureña era Maestre


Como Maestre de Calatrava debía de permanecer célibe, pero tuvo cuatro hijos con Inés de las Casas, que serían legitimados por Enrique IV y por el papa Pío II en 1459, tres de ellos serían los primeros condes de Ureña:
  • Alfonso Téllez-Girón, que heredó el mayorazgo hecho por su padre y fue nombrado conde de Ureña, pero murió en 1469, a la edad de 16 años.
    Rodrigo Téllez Girón, que sucedió a su padre como maestre de la Orden de Calatrava.
    Juan Téllez Girón, que heredó las propiedades y el título de su hermano Alfonso, al morir éste. De él descienden a su vez sus hijos y sucesores en el Condado de Ureña Pedro Girón y Velasco y Juan Téllez-Girón el Santo.
Retrato anónimo de don Juan Téllez Girón, IV Conde de Ureña y padre del primer Duque, en el retablo de la capilla de la antigua Universidad de Osuna, de la que fue fundador.


El padre del 1r Duque de Osuna, Juan Téllez-Girón el Santo (1494-1558), nació en Osuna, fue el IV Conde de Ureña y uno de los ascendientes más destacados de la casa. Creó en la ciudad de Osuna el mayor y más deslumbrante conjunto monumental del renacimiento sevillano, con un patrimonio de edificios de interés difícilmente superable, que le convierten en el mecenas andaluz más importante de su época.


El engrandecimiento de la Casa

La obtención del ducado de Osuna tuvo lugar en 1562, cuando Felipe II concedió el privilegio al V Conde de Ureña, de nombre idéntico al del fundador de la dinastía: Pedro Girón. A este título hay que añadir otro de significativa relevancia, el de Marqués de Peñafiel, otorgado por el Rey Prudente en 1568 al 2º duque de Osuna y VI conde de Ureña, don Juan Téllez-Girón. Al ser este nuevo título superior al de conde de Ureña, fue el utilizado desde entonces por el heredero de la Casa.


Gaspar Téllez Girón y Pacheco Gómez de Sandoval Enríquez de Ribera (1625 - 1694), V Duque de Osuna y Duque consorte de Uceda, V Marqués de Peñafiel, IX Conde de Ureña y Grande de España.


De esta forma los Téllez-Girón pasaron a engrosar las filas de los Grandes de España y accedieron, por tanto a los más altos cargos de la administración del Estado. Este es el caso del 3r duque de Osuna, don Pedro Girón y Velasco, también llamado el Grande, que llegó a ejercer de virrey y capitán general de Sicilia y, posteriormente, de Nápoles. Hombre de proverbial justicia, se cuenta que, debiendo mostrar su ecuanimidad, en un caso en el que unos tutores retenían el capital de un menor y no demostraban flexibilidad alguna “so capa que tan sólo habían de entregarle un legado compuesto por lo que ellos quisieran”, les dijo: ‘No, no habéis interpretado el testamento. Manda que deis al hijo lo que queráis vosotros. Y ¿qué queréis? ¿La herencia? Pues eso habéis de darle. Yo os lo mando’. Y si proverbial resultó su forma de administrar justicia, no lo fue menos su singular vida, destacada siempre por la esplendidez y el lujo.

Una vez consolidados los tres estados (Osuna, Peñafiel y Ureña) en torno a los cuales se crearon la fama y la fortuna de la Casa, la política matrimonial, junto con la extinción de líneas directas de sucesión de terminados linajes que son absorbidos por otros, da lugar a una auténtica apoteosis y traspasos de títulos que se agregan a la Casa de Osuna. Baste un ejemplo: el matrimonio del 9º duque de Osuna con María Josefa de la Soledad de la Portería Alfonso Pimentel, condesa-duquesa de Benavente, a fines del siglo XVIII, y la muerte sin herederos en 1841 del XIII duque del Infantado, don Pedro Alcántara de Toledo, incrementaron los títulos de los Osuna con los ducados del Infantado, Arcos, Béjar, Gandía y Benavente, acumulando así cuatro Grandezas de España.

La esposa del 9º duque de Osuna, doña María Josefa de la Soledad, era rebelde y orgullosa. A ella se debe la adquisición de la famosa Alameda de Osuna, antigua prisión en la que estuvo encerrado el tercer duque de Osuna, donde ordenó levantar una fastuosa mansión de recreo que pudiera competir con el no menos esplendoroso palacio de la Moncloa (propiedad de su rival, la duquesa Cayetana de Alba) y que llamó “Mi capricho”. De su decidido y espontáneo espíritu dan cuenta las cuatro puñaladas que le propinó a retrato que de ella había pintado Esteve. ¿Acaso estaba mal hecho? No, fue inconformismo. Simplemente, doña María Josefa era una Pimentel, condesa-duquesa de Benavente, progenie, según algunos, “de lechuguinos impertinentes y puntillosos, cogollo y flor de la más emperifollada sociedad de la corte”.

Con la muerte prematura del 9º duque y la posterior desaparición del 10º (hijo primogénito del anterior), el título fue a parar a las manos del segundo hijo, don Mariano Téllez-Girón y Beaufort. Su fabulosa herencia, compuesta de títulos, oro, regios palacios y colecciones de arte, fue despilfarrada en cuarenta años. Lo ilustra esta anécdota. De viaje a la Rusia de los zares como enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Isabel II, una noche en la que debió asistir a una recepción en palacio y como no encontró sitio por haber llegado tarde, se sentó en el suelo, sobre el abrigo de armiño cargado de joyas y condecoraciones que le protegía del frío. Una vez concluida la sesión, el duque de Osuna se levantó y se retiró sin acordarse del armiño. Un ujier corrió tras él y, al hacerle notar el olvido, Osuna contestó: “Sepa usted que los embajadores de España no acostumbran llevarse los asientos”.

Así y todo. Fiestas eternas, deslumbrantes viajes, regalos… todo llevó a la debacle. Las razones del endeudamiento de la Casa eran muchas y diversas, e iban desde la presión fiscal o la ayuda solicitada por la corona para hacer frente a guerras y otros gastos suntuarios hasta la mala gestión administrativa. Don Mariano, víctima de su tiempo y de la revolución liberal burguesa, se vio en la necesidad de hacer frente a las deudas con la venta de su patrimonio, en esa época de venta libre tas la abolición de los mayorazgos. De haber nacido dos siglos antes, don Mariano hubiera dejado tantas deudas como íntegro su patrimonio. Pero no fue así.


“Mi Capricho”, Palacio de la Alameda de Osuna


Lista de titulares

1562-1590 - Pedro Téllez-Girón y de la Cueva
1590-1600 - Juan Téllez-Girón y Pérez de Guzmán
1600-1625 - Pedro Téllez-Girón y Fernández de Velasco
1625-1656 - Juan Téllez-Girón y Enríquez de Ribera
1656-1694 - Gaspar Téllez-Girón y Sandoval
1694-1716 - Francisco de Paula Téllez-Girón y Benavides
1716-1733 - José María Téllez-Girón y Benavides
1733-1787 - Pedro Téllez-Girón y Pérez de Guzmán
1787-1807 - Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Pacheco
1807-1820 - Francisco de Borja Téllez-Girón y Pimentel
1820-1844 - Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Beaufort Spontin
1844-1882 - Mariano Téllez-Girón y Beaufort Spontin
1882-1901 - Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Fernández de Santillán
1901-1909 - Luis María Téllez-Girón y Fernández de Córdoba
1909-1931 - Mariano Téllez-Girón y Fernández de Córdoba
1931 - Ángela María Téllez-Girón y Duque de Estrada (actual titular
)


El título, hoy

La actual Duquesa de Osuna, doña Ángela María Téllez-Girón y Duque de Estrada, es también Condesa-duquesa de Benavente, Duquesa de Arcos, de Gandía, de Uceda, de Escalona y de Plasencia; Marquesa de Jabalquinto, con G. de E; condesa de Peñaranda de Bracamonte, con G. de E; marquesa de Lombay y condesa de Ureña, de Pinto y de La Puebla de Montalbán. Nueve veces Grande de España. Casó con Pedro de Solís-Beaumont y Lasso de la Vega, de los marqueses de Valencina, quien recuperó en gran medida el patrimonio de la Casa Ducal de Osuna. En segundas nupcias, casó con José María de Latorre y Montalvo, marqués de Montemuzo, ya fallecido.
Angela María Tellez Girón y Duque de Estrada, Duquesa de Osuna y Gandia, en su palacio de Sevilla ante un retrato de su padre.


La actual Duquesa de Osuna ha cedido:

  • A su hija mayor, Ángela María de Solís-Beaumont, el ducado de Arcos.
  • A su segunda hija, María de Gracia de Solís-Beaumont, el ducado de Plasencia y el marquesado de Frómista. María de Gracia es, por matrimonio, Princesa Ruspoli dei Principi di Cerveteri.
  • A su tercera hija, María del Pilar de Latorre, el ducado de Uceda y el marquesado de Belmonte.
  • A su cuarta y última hija, María Asunción de Latorre, el ducado de Medina de Rioseco y el condado de Salazar de Velasco.
  • A su nieta, Ángela María de Ulloa, hija de su hija mayor, el condado de Ureña, como futura duquesa de Osuna.
  • A su nieta, María Cristina de Ulloa, el marquesado de Jarandilla.
  • A su nieta, María de Gracia Rúspoli, hija de su hija María de la Gracia, el marquesado de Villar de Grajanejos.

domingo, 6 de marzo de 2011

Los rangos nobiliarios españoles

En 2009 existían en España 2.974 títulos nobiliarios en posesión de 2.205 personas, según el Ministerio de Justicia. De éstos, cerca de 405 poseen la distinción de Grandes de España (representada por el Consejo de la Diputación Permanente de la Grandeza de España). Solo entre las 9 mayores casas ducales (Alba, Alburquerque, Fernán Núñez, Infantado, Medinaceli, Medina Sidonia, Osuna, Peñaranda, y Villahermosa) suman unos 199 títulos (36 ducados).

En España la posesión de un título de nobleza no supone, hoy en día, ningún privilegio, es una distinción de carácter honorífico acompañada del tratamiento de Excelentísimos Señores para aquellos títulos que poseen la dignidad de Grandes de España y de Ilustrísimos Señores para los demás. Los consortes legales de quienes ostentan las dignidades nobiliarias así como los cónyuges viudos, mientras permanezcan en este estado, disfrutan del mismo tratamiento y honores que sus cónyuges.

El “Caballero de la mano en el pecho”, de El Greco, imagen magistral del noble español del siglo XVI, hombre de la vieja Castilla de honor y profundo sentido religioso


Los títulos nobiliarios estuvieron legalmente abolidos durante la Segunda República Española mediante el Artículo 25 de la Constitución de 1931, restaurándose en 1947 con la promulgación de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, por la que Francisco Franco se arrogó el derecho de reconocer y conceder títulos nobiliarios. En la actualidad, los títulos nobiliarios encuentran su encuadre legal en el artículo 62 de la Constitución Española que regula el Derecho de Gracia. Esta legislación protege a sus poseedores legales frente a terceros; los títulos nobiliarios españoles no son, en ningún caso, susceptibles de compra ni venta ya que su posesión se encuentra estrictamente reservada para los parientes consanguíneos de mejor derecho del primer poseedor del título. El uso indebido de títulos nobiliarios está perseguido por la Ley.

Históricamente, existía preferencia masculina a la hora de suceder en un título nobiliario, tal como estableció el Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII. No obstante, el Congreso de los Diputados aprobó el 18 de octubre de 2005 el inicio del trámite de una ley que ha igualado a hombres y mujeres en la sucesión de los títulos nobiliarios (no afecta a la Corona). Por lo tanto los títulos son heredados por el primogénito independientemente de su sexo, según la Ley 33/2006, de 30 de octubre, sobre igualdad del hombre y la mujer en el orden de sucesión de los títulos nobiliarios.



Armas de la Casa de Medinaceli, los castillos y leones como descendientes del rey Alfonso X y las lises como descendientes del rey Luis IX el Santo


Ducados

El título de Duque es el de superior rango de la escala nobiliaria. En 2005 existían 153 ducados en posesión de unas 100 familias (entre las casas de Medinaceli, Alba y Osuna suman 24 ducados).

Marquesados

En 2005 existían 1.350 marquesados, de los que 141 son Grandes de España, dignidad que les iguala a los Duques.

Condados

Existen 923 condados, 102 de cuyos titulares son Grandes de España.


La Condesa de Fernán-Núñez (vestida de maja), 1803


Príncipes

Los principados reales (Asturias, Gerona y Viana) son llevados por el heredero del trono español. Sólo un principado noble existe hoy, siendo creado para una familia de Nápoles, cuando la zona estaba bajo el dominio español. Se trata del Principado de Belmonte, que también tiene Grandeza de España.

Belmonte

El Príncipe o Princesa de Belmonte (Principe/Principessa di Belmonte) es un título creado en 1619 para la dinastía fundada por los Barones de Badolato y Belmonte, Condes hereditarios de Lavagna y descendientes directos de la familia papal de Fieschi, ennoblecidos como Condes Palatinos en el siglo XI. El título fue creado con la sucesión según la ley nobiliaria española.

En adición al título principesco, los Príncipes de Belmonte fueron hechos Grandes de España de Primera Clase en 1719 y en 1726 les fue concedido el rango de 'Reichsfürsten', Príncipes del Sacro Imperio Romano, con el tratamiento de Serena Alteza (Durchlaucht). También son portadores de títulos subsidiarios, incluyendo Duque de Acerenza (1593), Marqués de Galatone (1562) y Conde de Copertino (1562).



El Palazzo de los Príncipes de Belmonte, al sur de la costa Amalfitana


El actual poseedor del título mayor es Su Excelencia Don Angelo Granito Pignatelli di Belmonte, 13º príncipe, que sucedió a su padre en 1982. Este principado no se ha convertido en ducado como dispone la legislación moderna, por lo tanto, es probable que la dignidad no sea reconocida en España; la Grandeza correspondiente, sin embargo, no se vería afectada.


Santo Mauro

El título de Príncipe de Santo Mauro de Nápoles pertenecía a la Corona de Sicilia, en posesión española, y fue concedido por el Rey Felipe V de España a Diego de Veintimiglia y Rodríguez de Santisteban por Real Decreto de 11 de septiembre de 1705. En 1862 el título fue suprimido tras el fallecimiento de su última portadora, la VIII Princesa de Santo Mauro de Nápoles, María Dolores de Santisteban y Horcasitas.

Durante la Regencia del Reino en nombre de Alfonso XIII, la Corona española cursó la rehabilitación del título para Mariano Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño, nieto de la última portadora. Fue habilitado como ducado y no como principado, siendo eliminado el término ¨Nápoles¨ que venía acompañando al principado y pasando a llamarse simplemente Ducado de Santo Mauro. La concesión se realizó por Real Decreto de 14 de junio de 1890.



Casilda de Silva y Fernández de Henestrosa, Duquesa de Santo Mauro, Marquesa de Santa Cruz, es sobrina de Luis Medinaceli


Casilda Fernández de Henestrosa y Salabert, III Duquesa de Santo Mauro y VI Condesa de Estradas, fallecida en 1987, sólo quedó con descendencia femenina, ya que su único hijo varón, Álvaro de Silva, falleció en 1944 durante su adolescencia, por lo que fue sucedida por su hija Casilda de Silva. En 2008 el título pasó al hijo de ésta, Álvaro de Fernández-Villaverde y Silva, que además era poseedor de los títulos de VI Duque de San Carlos, XVII Marqués de Viso y V Marqués de Pozo Rubio.


Rangos menores

Las baronías no existían en el Reino de Castilla, ni en el Reino de Navarra y los Reyes de España no crearon después ninguna baronía adjunta a estos reinos. Sin embargo, sí existen en el Reino de Aragón, tales como el Barón de Polop o Señor de la Baronía de Polop, título relacionado con el dominio de Polop de la Marina. Bajo el Reino de España, la baronía fue otorgada a Don Ruy Díaz de Mendoza y a través del matrimonio de su sobrina con Don Diego Fajardo, el título pasó a esta familia y sus herederos, quienes serían nombrados Marqueses de la Villa de Albudeyte, Condes de Montealegre y Vizcondes de Quintanilla de Flórez. Su última titular fue Doña Ana Agapita de Valda y Teijeiro, XX Baronesa de Polop (1781-1854).


Escudo de la baronía de Polop


La práctica de concesión de estos dominios fue originalmente introducida en España en la Edad Media, muchas veces con el fin de obtener fondos para la Corona, aunque hoy es prácticamente obsoleta como honor hereditario. La doctrina española considera que, mientras los derechos y responsabilidades de los poseedores de dominios fueron abolidos con la Constitución de 1812 en Cádiz, los títulos no y, así, los descendientes de las familias originales son autorizados a continuar usando nominalmente tales títulos.

El título de Señor está fuera de los rangos habituales de la nobleza española, lo que significa que no tiene lugar en el orden de precedencia y permanece único. Muchos de los señoríos españoles se encuentran entre los títulos de más antigua nobleza en España y por lo general se concede el poder político de su titular sobre el señorío.Aunque algunos señoríos fueron creados por los reyes de España, otros existían antes que ellos, y no han sido creados por ningún rey conocido. Por ejemplo, el señor de Vizcaya sería el jefe de Vizcaya, con un alto grado de independencia del rey de Castilla, a quien podría deber o no compromiso de soberanía, pero de quien no era, al menos al principio, un vasallo: cada nuevo señor de Vizcaya debía renovar su juramento al rey. En última instancia, sin embargo, los reyes de Castilla heredaron el señorío. Algunas familias que tienen un señorío son usualmente referidas con un rango baronial fuera de España, como en Rusia, Alemania y, a veces, Bélgica, Francia y Holanda. Un rango familiar a menudo se basa en la antigüedad de la familia.


Tras jurar los Fueros del Señorío de Vizcaya, el rey Fernando el Católico recibe la pleitesía de las Juntas Generales de Vizcaya, reunidas en Guernica, el 30 de julio de 1476.


Otros títulos

  • Infanzón: los descendientes de los hijos del Rey de Aragón que no heredaron el trono.
  • Hidalgo: todos los nobles con título o sin él.
  • Ricohombre: se utilizó durante la Reconquista, es un equivalente a Barón.En el siglo XVII era sinónimo de noble.
  • Condestable: es título hereditario utilizado en los Reinos de Castilla y León para referirse a la segunda persona en poder en el reino, después del rey.
  • Caballero: era muy raro en el reino de Castilla, pero común en el reino de Aragón, donde había cuatro tipos de caballeros:
    * De Espuela Dorada: utilizado por los infanzones que habían sido nombrado caballeros.
    * De Privilegio Real: era un título personal y no heredable a sus descendientes, otorgado por el rey a los Doctores en Derecho (titulares de Doctorado en Derecho). Era utilizado raramente por sus titulares, ya que el grado de doctorado tenía mayores privilegios.
    * Mesnadero: se refería a los hijos no primogénitos de un ricohombre. Desapareció durante el siglo XVIII, cuando los reyes Borbón cambiaron los rangos de la nobleza.
    * Franco: se refería a aquellos que habían sido previamente hijosdalgos o infanzones, pero tenían origen plebeyo.
  • Potestad: sólo en el reino de Aragón, su equivalente es el italiano podestà, un título relacionado con la administración. Desapareció en 1713.
  • Doctor: de hecho, cualquier titular de un doctorado tenía privilegios iguales a los de la alta nobleza. Por ejemplo, los médicos estaban exentos de descubrir su cabeza en presencia del Rey, un privilegio compartido sólo por los Grandes.

Ricohombre y su paje de lanza (1530)


Nobleza menor

La nobleza inferior portaba títulos como Hidalgo, Infanzón (en Aragón) o Escudero, pero éstos no se corresponden con Barón (un título desconocido en la España unida, pero sí en Cataluña). Hidalgo (plural: hijosdalgo) fue el más común. Contrariamente al resto de títulos nobiliarios, el de Hidalgo no se halla conectado a ningún feudo o posesión de tierra, y, por tanto, muchos eran tan pobres como los plebeyos, a pesar de que fueron exentos de impuestos y podían unirse a la administración pública o al ejército. Aunque durante la Edad Media este título era otorgado por el Rey de Castilla como recompensa por cualquier servicio a la Corona (o como forma de reconocer derechos, como en el caso de Vizcaya), de la misma forma “escudero” era otorgado por los logros militares. Cuando la Reconquista terminó, el título de hidalgo, siendo la forma más sencilla de probar la pura sangre, llegó a ser el único título menor en permanecer como rango de la nobleza española.


Ruy López de Villalobos (1500-1544), hidalgo español que exploró las Filipinas y trató, sin éxito, de colonizarlas y establecer una ruta comercial viable con los territorios españoles en América.



jueves, 3 de marzo de 2011

La Nobleza de España

Los Nobles españoles son las personas que poseen la condición jurídica de nobleza en el sistema de títulos y honores de España y de los antiguos reinos que la conforman. Algunos nobles poseen varios títulos que pueden ser heredados, pero la heredatoriedad y la creación de esos títulos están totalmente limitadas a la gracia del Rey de España. Durante el gobierno del General Francisco Franco, algunos de los nuevos títulos hereditarios concedidos a individuos y los títulos concedidos por los pretendientes carlistas fueron reconocidos oficialmente.

Tras la ascensión al trono de España de la persona de Juan Carlos de Borbón en 1975, la corte de nobles que ocupaban un cargo en la casa real no fue restaurada.

Escudo en la fachada del Palacio de los Duques de Medinaceli (o Palacio Ducal de Cogolludo), Guadalajara, España


Clasificación

Los nobles españoles se clasifican ya sea como Grandes de España o, simplemente, como nobles titulados.

En el pasado, los Grandes se dividían en primera, segunda y tercera clase, pero ahora esta división ha dejado de ser relevante en la práctica, manteniéndose como dignidad titular. En un tiempo cada una de las clases conllevaba privilegios especiales, tales como: (1) aquellos que hablaban al rey y recibían su respuesta con la cabeza cubierta, (2) aquellos que se dirigían al rey descubiertos, pero que se ponían sus sombreros para escuchar su respuesta y (3) aquellos que esperaban el permiso del rey antes de cubrirse.

Además, todos los Grandes eran abordados por el rey como mi Primo, mientras que los nobles ordinarios eran calificados solo como mi Pariente.


Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto (1925 – 1986), 17º duque de Veragua y descendiente directo del Gran Almirante, es dos veces Grande de España.


Un individuo puede ser portador de una Grandeza, ya sea en posesión de un título de nobleza o no. Normalmente, sin embargo, cada Grandeza se une a un título, que es automática en el caso de un título ducal. La concesión de una Grandeza con otros rangos de la nobleza siempre ha dependido de la voluntad del soberano. Con excepción de los duques y algunos títulos muy antiguos de marqueses y condes, la mayoría de los títulos en la nobleza española no tienen Grandeza.

Un Grande de cualquier rango supera a un noble que no es Grande, incluso si el título sin Grandeza es de un grado más alto, con excepción de los miembros de la Familia Real española, que de hecho no tienen ningún título en absoluto. Por lo tanto, un barón (título de menor rango) que es Grande goza de mayor precedencia de un marqués (título de mayor rango) que no es Grande.


María del Rosario Falcó y Osorio (1854-1904), 22ª Condesa de Siruela, G.E.


Desde 1987 los hijos de un Infante de España, que tradicionalmente se consideran parte de la familia real, han tenido derecho al rango y el tratamiento de un Grande de España, pero no lo son legalmente a menos que la Grandeza le fuere oficialmente otorgada por el soberano; una vez que la dignidad ha sido oficialmente otorgada, se convierte en hereditaria.

Algunas familias aristocráticas usan la partícula nobiliaria de antes de su apellido familiar.


Títulos con Grandeza

  • Duque (Todos los duques son Grandes de España)
  • Marqués (Los hay Grandes de España y otros que no lo son)
  • Conde (Sólo algunos son Grandes de España)
  • Vizconde (Rara vez se encuentra este título como Grande de España)
  • Barón (Rara vez se encuentra este título como Grande de España)
  • Grandeza Personal (A gente que merece ser Grande pero no tiene título)

(Para una información más detallada, remito al lector a la entrada de fecha 8/8/2009)


La Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza de España, encabezada por el Conde de Elda, Enrique Falcó y Carrión, en audiencia con S.S.M.M. Los Reyes en el Palacio de la Zarzuela (2008)


Rangos

Además de los cinco rangos clásicos en los que se divide la nobleza española (duque, marqués, conde, vizconde y barón) existe también un título que a menudo se pasa por alto, el de Príncipe, utilizado por los titulares de un principado.Habitualmente no es incluido en las listas de nobleza española debido a que los títulos principescos son generalmente reservados para el heredero al trono y derivan de los antiguos reinos que se unieron para formar España. Hay, sin embargo, un principado noble que fue creado por el soberano español para los Barones de Belmonte, que sigue en uso hoy en día. Aunque la legislación del siglo XX terminó con el reconocimiento oficial del título de príncipe fuera de la familia real, proveyó una disposición que permite al titular de un principado llevar esa dignidad convertida en un título ducal del mismo nombre.


Sucesión

La evidencia que apoya el reclamo a un título puede ser revisada por la Diputación de Grandes y Nobles Titulados del Reino. El cuerpo cuenta con ocho Grandes de España, ocho nobles que no son Grandes y un presidente que debe tener tanto una Grandeza y un título hereditario sin Grandeza.


Los Grandes de España poseen el derecho a representar sus armas sobre un manto de terciopelo de gules, forrado en su vuelta de armiños, derecho que comparten con los soberanos.


La sucesión de títulos nobiliarios españoles es hereditaria, pero no es automática. La patente original que crea el título determina el curso de la sucesión. Mientras que los títulos nobiliarios históricamente han seguido la regla de la primogenitura de preferencia masculina, una ley española que entró en vigor el 30 de octubre de 2006, después de la aprobación de ambas cámaras del Parlamento, estableció la herencia de títulos nobiliarios hereditarios por el hijo primogénito, independientemente de su sexo. La ley es retroactiva al 27 de julio de 2005.

Tras la muerte de un noble, el heredero principal puede solicitar al rey a través del Ministerio español de Justicia un permiso para utilizar el título. Si el heredero principal no hace una petición dentro de dos años, también otros herederos pueden hacerlo por sí mismos. Por otra parte, existe un límite global de cuarenta años en el que se puede reclamar un título.


Portada: Almudena de Arteaga y del Alcázar, Marquesa de Cea, la mayor de los cinco hijos del duque del Infantado.


El solicitante debe demostrar que él o ella es un hijo, nieto o descendiente directo en línea masculina de un noble (ya sea un Grande o no), o que él o ella pertenece a determinados organismos u órdenes de caballería consideradas nobles, o que la familia del padre es reconocida como noble (si sucede a una Grandeza, la familia de la madre también). Por otra parte, se debe pagar una cuota; los honorarios dependen de si el título se une a una Grandeza o no y si el heredero es un descendiente directo o pariente colateral del titular anterior. La petición se concede normalmente, excepto si el solicitante es un criminal.

Los títulos también pueden ser cedidos a herederos que no sean principales durante la vida del titular. Normalmente, el proceso se utiliza para permitir que los hijos más pequeños sucedan a los títulos, mientras que el título de mayor rango va al heredero principal. Sólo los títulos subsidiarios podrán ser cedidos; el título principal debe ser reservado para el heredero mayor. La cesión de los títulos sólo se puede hacer con la aprobación del monarca.


Títulos vitalicios

Estos son los títulos nobiliarios concedidos por la Corona de España con carácter vitalicio (entre paréntesis figura el beneficiario):

1604 - Ducado de Cea (Cristóbal Gómez de Sandoval y de la Cerda)
1799 - Ducado de Lancáster (Agustín de Lancáster y Carvajal)
1802 - Ducado de Sedaví (Antonio de Barradas y Baeza)
1807 - Ducado de Almodóvar del Campo (Diego de Godoy y Álvarez de Faria)
1814 - Ducado de Alagón (Francisco Fernández de Córdoba)
1840 - Ducado de Morella (Baldomero Fernández Espartero)
1854 - Ducado de San Miguel (II) (Evaristo San Miguel y Valledor)
1928 - Ducado de Monteleón de Castilblanco (María Rosario Pérez de Barradas)
1933 - Ducado de Segovia (Jaime de Borbón y Battenberg)
1967 - Ducado de Badajoz (Pilar de Borbón y Borbón)
1981 - Ducado de Soria (Margarita de Borbón y Borbón)
1982 - Marquesado de Dalí de Pubol (Salvador Dalí i Domènech)
1995 - Ducado de Lugo (Elena de Borbón y Grecia)
1997 - Ducado de Palma de Mallorca (Cristina de Borbón y Grecia)



María del Rosario de Silva y Guturbay (1900-1934), 9ª Marquesa de San Vicente del Barco, G.E., 15ª Duquesa de Aliaga, Grande de España



sábado, 28 de agosto de 2010

Diana, Princesa de Gales

La camarera del palacio de Kensington puede enorgullecerse de haber conocido, como pocos, la vida, intimidad y, principalmente, el gusto de Diana, Princesa de Gales. Su vestuario, controlado por un programa de computadora, tal vez sea el mejor retrato de esa mujer que hizo historia, lanzó modas y definió tendencias en una de las capitales más elegantes del planeta. Diana combinó estilo con comportamiento y fue mudando su ropa a medida que abandonaba el papel de esposa dedicada de los ’80 para transformarse, a fines de los ’90, en militante de causas humanitarias. Impecable pero casual visitó, en agosto de 1997, los campos minados de Bosnia, vistiendo un conjunto básico de pantalones jeans negros y camisa de algodón rosa, firmado por Giorgio Armani. Poco recordaba a la tímida profesora de primaria que a fines de los ’70 llevaba cuellos altos y vestidos llenos de volados.

Diana fue un fashion-icon y para nosotros, los ingleses, significaba un soplo de glamour, charme y elegancia dentro de una familia real que necesitaba desesperadamente de eso”, analiza Mimi Spencer, columnista londinense especializada en moda y que, británicamente, evita mencionar los vestidos de la Reina y los sombreros de la Reina madre. “Comenzamos a sentir orgullo de una princesa que era admirada, respetada y copiada en Francia, en Estados Unidos y en todo el mundo”.




Más o menos rebuscado, casual o de gala, el estilo Di se volvió casi una religión para millones de mujeres alrededor del planeta. En el Reino Unido, por ejemplo, cualquier cambio en el largo de sus cabellos motivaba una corrida a los estilistas, que rápidamente asimilaban el nuevo estilo como un modelo de buen gusto. No siempre lo era, pero, ¿a quién le importaba? Dueña de un carisma sin medida, Diana siempre robaba la escena. En junio de 1994, mientras el Príncipe Carlos asumía en la televisión que había traicionado a su mujer, ella apareció en una fiesta de la Serpentine Gallery, en Hyde Park, con un impactante vestido corto y escotado de Christina Stambolian, que dejaba sus hombros y piernas al descubierto y era una oda a la sensualidad. Delgada, alta y totalmente magnética frente a las cámaras, la princesa parecía impecable hasta cuando huía de los paparazzi al salir de la academia de gimnasia de Earl’s Court, vistiendo un ajustado short negro marca Nike y un suéter de la Universidad de Harvard. El conjunto, naturalmente, se volvió un modelo de uniforme para las adeptas al aerobismo.


Con una interminable agenda de compromisos oficiales para cumplir, la princesa poseía una de las mayores colecciones de vestidos del mundo; parte de ellos fue disputado, en junio de 1997, en una subasta en Christie’s de Nueva York y sus beneficios fueron destinados a obras de caridad. En los inicios de su vida como princesa de Gales, la inglesa Catherine Walker se convirtió en su diseñadora preferida. Las prendas de noche tenían vuelo, eran vaporosas, en telas ricas en bordados y pedrerías. Los escotes, siempre presentes, se podían definir como bien comportados. El denominador común: imprimir distinción en todo acontecimiento público con una imagen de princesa de cuento de hadas.

En los años ’90, separada del príncipe de Gales, quiso desprenderse de la imagen de mujer recatada que resultó traicionada y cambió volados y pedrería por escotes osados y diseños ajustados al cuerpo que revelaban su sensualidad. Entraron en su guardarropa Valentino, Jacques Azagury y Gina Fratini. El italiano Gianni Versace se convirtió en su amigo y también en proveedor de ropa tanto para cenas de gala como para visitas a hospitales y centros de caridad. Cuando presentó su primera colección para Casa Dior, el talentoso diseñador inglés John Galliano también mereció el privilegio de vestir su silueta elegante. Dior retribuyó su preferencia bautizando una cartera de mano de cuero, de formato cuadrado y asas cortas, con el nombre de “Lady Di”, lo que la transformó en uno de los diseños más codiciados y fila de espera para adquirirla, pese a su elevado precio de 2.000 dólares.

Para las casas de moda y los diseñadores, vestir a la Princesa de Gales fue siempre una certeza de éxito en los negocios antes de las liquidaciones. Ella tenía plena conciencia de ello y, casi con la misma dedicación que dedicó a los proyectos de caridad, dio prestigio a un considerable elenco de diseñadores ingleses: Bruce Oldfield y Catherine Walker, sus preferidos, Víctor Edelstein, Belville Sassoon y los hermanos Emanuel, responsables de su célebre vestido de novia.

Diana fue el primer miembro de la familia real británica en no considerar subconscientemente a sus diseñadores como “comerciantes”. Siempre estaba preparada para dar relieve a la cena de gala ofrecida a los compradores extranjeros en el Fishmonger’s Livery Hall por el Consejo Británico de la Moda, o a la gala en beneficio de Barnardo organizada por Bruce Oldfield en el hotel Grosvenor House. Al mismo tiempo, hizo dos contribuciones menos concretas: sostener la posición de Londres como la cuarta capital de la moda, proporcionando un foco global para la moda británica, con fotografías y explicaciones sobre sus diseñadores que aparecían incesantemente en publicaciones desde Nueva York a Tokio y desde Vancouver a Riyadh; y ayudar a crear un clima de conciencia de la moda en las principales calles británicas.

En los ’70, las noticias sobre la moda aparecían en los periódicos sólo una vez a la semana, en las páginas dedicadas a la mujer. Diana elevó la temperatura del país a tal grado que ningún director de diario podía dormir tranquilo si no publicaba una fotografía a cuatro columnas de su último vestido de noche con profundo escote en la espalda. Y el apoyo de la princesa a determinados diseñadores promovía la venta de vestidos porque, en contraste con Estados Unidos, era la única mujer de Gran Bretaña que vestía un amplio repertorio de prendas.

Se escribió tanto sobre los nuevos vestidos de la princesa y de su romántica transformación, de maestra de jardín de infancia a embajadora de la moda británica, que resultaba fácil olvidarse de las implicaciones comerciales locales. Los periódicos ingleses escrutaban las nuevas prendas de Diana con una fascinación reservada únicamente a la guerra: el nuevo diseñador, héroe del frente; el repentino e inesperado revés en la fortuna de algún modista; la retirada estratégica de la línea del dobladillo. Y, con todo, se preocupaban por los precios de las nuevas prendas. Si se le vendía con descuento un traje de noche (lo que ocurría con frecuencia), entonces se producían muestras de descontento por la desigualdad de oportunidades. Cuando pagaba el total del precio marcado, Inglaterra se sentía perpleja por el costo y se preguntaba angustiada si en realidad necesitaba tantos vestidos.

Cuando se realizó el viaje a Italia del Príncipe y la Princesa de Gales en 1985, el londinense Daily Star lo anticipaba de esta forma: “LA EXCURSIÓN DE CIEN MIL LIBRAS DE DIANA. LA PRINCESA HA ADQUIRIDO SETENTA Y CINCO NUEVOS VESTIDOS PARA DESLUMBRAR A LOS ITALIANOS”. Pero terminaba la nota diciendo: “Bellísima… es la única palabra para describir a la radiante Princesa Diana”.

Pero bellísima no era la palabra que la prensa norteamericana elegía con más frecuencia. La relación entre los periodistas de modas neoyorquinos y el vestuario de Diana era tan compleja que sólo un psicoanalista especializado en el desarrollo de productos podría llegar a desentrañarla. Por un lado alababan sin cesar a la princesa por su buen gusto (“sólo la Princesa Diana podría llevar un sencillo suéter de Edina Ronay y conseguir que la luz de los focos se apartara del príncipe, en el campo de polo, para enfocarla a ella”, Detroit Free Press). Luego la vapuleaban por sus errores, como W, en su suplemento sobre las víctimas de la moda de 1985: “Extrajo a antiguos favoritos, como Emanuel, de la división de prendas olvidadas para hacerlos resurgir como los peores conjuntos del viaje italiano; una tiesa chaqueta de cuadros verde esmeralda con el atractivo de una manta de caballo. La bufonada se completó con el añadido de un amplio y amorfo sombrero esmeralda”.

Los diez años de matrimonio de hecho la princesa permaneció leal a los productos ingleses, al menos en público. En privado vestía algún Ralph Lauren, adquirido en la tienda de New Bond Street y unos pocos jerseys de Armani. Los lugares relativos dentro de los doce favoritos de Diana dependían en grado sumo de los diseñadores rivales. El vestuario real para los viajes a Australia y Canadá en 1984 presentó una diferencia con las tendencias de la princesa de seis años después. El viaje australiano duró el bíblico número de cuarenta días y cuarenta noches. El recorrido por Canadá fue más corto, sólo duró dieciocho días. En conjunto, Diana tuvo actos oficiales durante cuarenta y siete de aquellos días y cuarenta y tres de las noches y vistió un total de ochenta y dos conjuntos.

Después de tres meses de compras y de pruebas con varios de los nombres que eran nuevos para ella, se empaquetaron prendas de diecinueve diseñadores (desde seis piezas de Donald Campbell a una sola de Emanuel, pasando por The Chelsea Design Co., Jacques Azagury, Jasper Conran o Haachi) dentro de los noventa baúles monogramados que se cargaron a bordo del Boeing 707 de la RAF con destino a Woomargarma. Allí había también veintisiete sombreros de John Boyd, un par de blusas de Oscar de la Renta (única prenda de un diseñador extranjero que usó en un viaje oficial), además de zapatos de Blahnik y Rayne. El amplio alcance y el gran número de diseñadores a quienes Diana concedió su confianza eran prueba de su creciente familiaridad con la reducida condición de la moda británica. Aunque hubiera sido más conveniente que se restringiera a tres o cuatro diseñadores (igual que sus mayores en la familia real hacían con Hardy Amies y Norman Hartnell), en lugar de rastrear por todas partes e ir por ahí explicando lo que deseaba.

Cinco años más tarde, la princesa solicitaba menos consejo a los expertos (Anna Harvey, directora del Vogue británico, fue en gran medida quien creó el estilo de la Princesa de Gales). Se sentía a gusto en compañía de los diseñadores y había reducido su repertorio: Edelstein, Oldfield, Jasper Conran, Catherine Walker y Edna Ronay. Según David Sassoon, “al principio, ella revivió el romanticismo, luego optó por una moda más audaz; ahora ha regresado al romanticismo. Ha dado un giro total en seis años”.


Ha lucido desde las faldas anchas hasta las ceñidas, ha experimentado con todos los colores (según la etiqueta, tenía que llevar colores vivos para resaltar en medio de la multitud pero lo hacía con estampados hasta encontrar los tonos enteros que luego la favorecieron), pero sus telas favoritas eran el terciopelo, el tafetán y el satén. Según Victor Edelstein: “La Princesa de Gales ha optado por la silueta Y, que le sienta de maravilla”, dijo refiriéndose a sus trajes de hombros amplios y faldas estructuradas y angostas.
La belleza y la juventud de la princesa son tan fuertes que no necesita adornos artificiales –concluía el diseñador norteamericano Bill Blass en 1988-. Su imagen nocturna es buena porque tiene la ventaja de poseer grandes joyas y de poder lucir vestidos sin tirantes”. Arnold Scaasi, otro norteamericano, coincidía que “…es muy joven y bonita, pero también posee una cualidad que resulta… muy aristocrática. ¿Es esa la palabra? Creo que Jackie Onassis tenía esa cualidad. Resulta muy bonita, pero hay en ella una cierta elegancia y porte que la hace muy señorial. Esa cualidad es un don.”
Diana adoraba los colores vivos. Usaba el rojo, el rosa oscuro o el azul cielo para descollar en medio de la multitud y eran agradables a la vista. El azul lo utilizaba para dar realce a sus ojos. Los tonos pálidos y el blanco los llevaba a menudo como contraste a su cabello rubio y su cutis de rosa. El negro lo reservaba para la noche y lo acompañaba con brillantes joyas. Para las cenas oficiales lucía los opulentos aderezos que le regalaba la Reina o el príncipe de Gales, pero a veces rompía todos los moldes variando la forma de usarlas. No era raro verla con un diseño de noche y un collar de perlas anudado sobre la espalda desnuda. En otras ocasiones daba vueltas a sus gargantillas y las convertía en brazaletes o colocaba un choker en la frente, a modo de bandana india. Muchos de sus trajes de noche dejaban un hombro al desnudo y eran creados especialmente para ella por el japonés Haachi. Llevaba también muchos trajes de dos tonos para verse menos alta.

Desde 1983 fue integrada en el Hall of Fame de las mujeres más elegantes del mundo. Pero había tanteado paso a paso su camino. En sus dos últimos años, cansada de ser perseguida por la prensa, parecía estar decidida a relajarse. Tuvo una etapa étnica, con trajes de estilo paquistaní. Eligió excepcionales trajes de chaqueta de Versace, Tomasz Starzewksi o Catherine Walker que ceñían su silueta, sutilmente insinuantes y acentuaban su porte distinguido. No perdía oportunidad de exhibir sus bien torneadas piernas o sus magníficos hombros; otra cosa que manejaba a la perfección era el arte de llevar los pequeños bolsos de mano, que elegía en lugar de los bolsos colgados del hombro para no estropear el look de su vestido. Jasper Conran, Lacroix, Chanel y nuevamente Versace elegía para los trajes de noche. Moschino era otro de sus favoritos. Sus reales pies preferían las etiquetas de Charles Jourdan y Manolo Blahnik, a las que solía añadir la de Christian Dior en las medias, que usaba en estudiada armonía (como todo lo demás) con el resto del vestuario. Su imagen, pese a ser cara, había puesto a la corona “en órbita”.

En sus vacaciones de verano en Saint Tropez combinó la alegría con la modernidad, aunque con ropa sofisticada de marca. Se vistió de playa con mallas enterizas bicolores y estrenó un modelo estampado atigrado. Con el pretexto de huir de los paparazzi usó anteojos oscuros de Versace. Paseaba de bermudas blancos, camisa y bolso de mano de Louis Vuitton. Vestía lo básico, pero parecía preparada para protagonizar un reportaje de primera página.


Cedió al asedio de las más célebres revistas de moda, como Vogue, Harper’s Bazaar y Vanity Fair, y posó como una top model real para los fotógrafos Patrick Demarchelier y Mario Testino. “Diana se convirtió en mi modelo preferida. La primera vez que la vi, quedé impresionado con la forma en que ella irradiaba su belleza”, así la elogia Demarchelier, que la vistió de Versace y Catherine Walker. Ya que no podía escaparse de los medios, decidió aprovecharse de ellos para incrementar sus proyectos personales y sociales. En esas fotos de estudio, parece una modelo profesional, cómoda, relajada y sexy. Tampoco economiza sonrisas, una marca registrada suya que, para mala suerte de los ingleses, fue la única característica que no se convirtió en moda en las islas británicas. Sus esfuerzos en el correr de los años para mejorar su persona, su imagen y dejar a su paso una bella estela fue un magnífico ejemplo de esfuerzo y de tenacidad.