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jueves, 27 de mayo de 2010

La etiqueta española en los siglos XVI y XVII

El desafío práctico más general y apremiante para la etiqueta fue la amenaza de desorden e indisciplina siempre presente. Las necesidades diarias del rey y de su familia, de los ministros y oficiales superiores de su casa podían ser atendidas sólo si la enorme corte funcionaba como una máquina. Sin embargo, su sola dimensión hacía que esto fuera casi imposible.

Hacia mediados del siglo XVIII, el rey tenía el enorme palacio nuevo de Madrid; el Buen Retiro, también en la capital; y los reales sitios en Aranjuez, El Pardo, El Escorial y La Granja. Junto a estas grandes residencias había cotos de caza, varias capillas y casas monásticas, y otras instituciones, como la Biblioteca Real -abierta al público por Felipe V-, las cuales dependían más o menos directamente de la corte. También había extensos jardines, parques y vastas reservas de caza, algunas de ellas abiertas también al público, que empleaban a cientos de personas que no se encontraban inscritas en los libros oficiales de la casa. Una enorme dotación de empleados velaba por la familia real y sus posesiones.


El Palacio y los Jardines del Buen Retiro

Una estimación muy cautelosa de 1760, basada en documentos de la casa de Carlos III disponibles en el Archivo General de Palacio de Madrid, cifra la corte en 2.500 o 3.000 personas. Ésta incluye a los alabarderos y a tres compañías de guardias de deberes restringidos exclusivamente a la corte y tiene en cuenta a un modesto número de artistas y artesanos asalariados del rey. El cómputo no incluye, sin embargo, a las sirvientas de las damas de la corte que vivían en el palacio, ni tampoco a los trabajadores del exterior, que coyunturalmente trabajaban en él, que se contaban por cientos. Algunos contemporáneos bien informados sugieren cifras mucho más elevadas. El marqués de la Villa de San Andrés, cortesano y escritor satírico de la vida en la corte, da un total de 6.000, por ejemplo.

Además, durante los siglos XVII y principios del XVIII, el palacio de Madrid se abría al público, quien compraba en los puestos alineados en sus dos grandes patios. A aquéllos que habían sido presentados en la corte -y esto no era un logro inusual para las personas respetables o educadas, como mínimo en el siglo XVIII- se les permitía subir la escalera y pasearse por la residencia del rey como si se tratara de un lugar común de reunión o de un museo gratuito. Esta apertura, así como el gran número de cortesanos y trabajadores que afluían a palacio, hacía difícil imponer un orden en él, pero más amenazador era el desorden de la cultura cortesana en los siglos XVI y XVII.


El palacio real de Madrid (Real Alcázar), principios del siglo XVII

La corte era el lugar donde los grandes egos aristocráticos se rozaban entre sí en una época en la cual el código del honor personal era muy respetado. Esa corte estaba dominada por hombres, a menudo jóvenes, cuyas carreras podían depender de eclipsar a sus rivales. Los aristócratas, entre ellos, a menudo se identificaban como guerreros y la mayoría de los hombres en la corte -incluso humildes trabajadores de sus cocinas humildes- parecían haber sido autorizados a llevar espada. Con numerosos jóvenes influyentes y ricas damas cortesanas solteras por los alrededores, se hacían inevitables los desafíos, duelos y ataques entre hombres bien nacidos. El autocontrol no se mantenía mejor en los escalafones más bajos. Por lo tanto, mientras las damas de la reina cometían molestas y venales ofensas de mal gusto, parloteaban ruidosamente y se reían entre ellas o coqueteaban con sus galanteadores, los señores y los trabajadores se ocupaban en derramar la sangre de los demás.

La esposa de Felipe II, Isabel de Valois, se hallaba presente cuando un cortesano fue asesinado por dos sirvientes de palacio, mientras que, en otra ocasión, tres cortesanos de alto rango se pelearon con espadas, otra vez ante la reina. En 1658, estalló una disputa en la cocina del rey entre galopines y algunos soldados de la guardia que acabó con la muerte de cinco o seis hombres, con veinte o más heridos y el encarcelamiento de otros tantos. O la muy solemne ceremonia de juramento del joven Baltasar Carlos como príncipe de Asturias y heredero del trono en 1632 -uno de los más destacados e importantes rituales regidos por los libros de etiqueta, y que tuvo lugar en la iglesia real monástica de San Jerónimo-, donde una confrontación sin precedentes desembocó en dos violentas peleas ante el mismo rey.


Baltasar Carlos, Príncipe de Asturias, con el Conde-Duque de Olivares en las cuadras reales (1636)

Menos violenta pero quizás más perturbadora fue la inacabable dificultad que los oficiales superiores, tanto hombres como mujeres, tenían para hacer cumplir cada día los requisitos que imponían la etiqueta y la moral. Felipe II y sus sucesores Habsburgo, sobre todo Felipe IV, frecuentemente ordenaban a los cortesanos cumplir sus tareas convenientemente, comportarse de una manera menos escandalosa, abandonar conductas rudas y bulliciosas, abstenerse de «la embriaguez, de decir palabrotas y de otros vicios y desórdenes», y parar el constante coqueteo entre los caballeros del rey y las damas de la reina. En esto último parecía que tanto damas como caballeros se resistían a la autoridad. El embajador veneciano, Contarini, informaba a principios del XVII que tanto las damas como las doncellas a menudo se «rebelaban» contra la camarera mayor -la dama de mayor rango en la casa de la reina- y entre ellas.

Los mandatos reales sobre la decencia, el respeto y la disciplina indican la ausencia frecuente de los mismos y el instrumento tan importante que constituían las regulaciones escritas sobre el código borgoñón -particularmente durante el periodo Habsburgo- para asegurar el bienestar y la autoridad del monarca.


Retrato ecuestre de doña Isabel de Borbón, consorte de Felipe IV, realizado para decorar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro.


No obstante, el propósito fundamental de las elaboradas normas escritas no era práctico. Era como J. H. Elliot, enfatizando hasta qué punto la realeza española «se protegía de la contemplación del público», había escrito, «proteger y aislar la figura sagrada del rey [...] la majestuosidad era sacrosanta y debía permanecer inviolable». Pero al mismo tiempo, y tal y como se ha comentado en otras ocasiones, los reyes españoles no gustaban a los reyes ingleses y franceses, ya que en sus cortes no se experimentaban los grandes ritos de sagrada devoción familiar.

Los reyes españoles, siguiendo las costumbres de sus antepasados, los monarcas castellanos de la baja Edad Media, evitaban los rituales de coronación y de consagración. No pretendieron gobernar por derecho divino, ni utilizaron una corona -excepto con el único fin de ser identificados en las pinturas o en los ataúdes de sus funerales-. No había joyas pertenecientes “a la Corona”, ni prendas de vestir para rituales históricos. Tampoco los reyes españoles tuvieron nunca un gran mausoleo hasta 1654. No obstante, los que visitaban la corte, como el mariscal francés De Gramont en 1659, a menudo quedaban impresionados por «los aires de grandeza y majestuosidad [..] no vistos en lugar alguno».


Proclamación de Felipe II rey (1556)

Para conseguir esta atmósfera, los reyes españoles realizaban diariamente rituales y ceremonias especiales que eran abrumadoramente seculares por su naturaleza -tal y como lo fueron los de los monarcas medievales castellanos y los de los duques de Borgoña-. De la misma manera que éstos últimos, los Habsburgo españoles gobernaron tierras diversas y desunificadas, que hablaban lenguas diferentes y que también tenían diferentes costumbres. La corte y su etiqueta -adoptada siempre que fuera posible en las visitas del rey a sus diferentes tierras- eran importantes para unificar las instituciones, tanto cultural como geográficamente.

Los Borbones, aunque confiaron más intensamente en el poder militar y en la eficacia administrativa para reafirmar la unidad de España y su propia autoridad, entendieron la importancia del estilo borgoñón y la propaganda de la cultura cortesana. A la etiqueta, los monarcas añadían una arquitectura palaciega imponente, muebles, sirvientes y guardias uniformados, eventos musicales y teatrales, fuegos artificiales y elaborados y colosales ágapes para manipular la opinión de quien los contemplaba y para revestirse de majestuosidad.


Fernando VII y Bárbara de Braganza rodeados de su séquito

De las ceremonias especiales, quizás la más solemne era la del juramento en la cual el monarca, su heredero y los grandes señores, prelados y oficiales de la corte y del reino, se juraban lealtad uno a otro y a la ley. Este ritual tenía lugar normalmente en la iglesia medieval de San Jerónimo de Madrid ante la familia real congregada, enviados extranjeros, todos los grandes oficiales de la Casa Real, el gobierno y la ciudad, y con el primado, el arzobispo de Toledo, oficiando la misa. El juramento, aunque solemne y rodeado de grandes demostraciones de autoridad y esplendor, no era un elemento insoslayable de poder real. Algunos reyes, como Fernando VI (1746-1759), prescindieron de él totalmente, tal vez porque creían, como algunos expertos, que era «relativamente superficial».

Algunas veces el juramento se combinaba con otra ceremonia de gran importancia como lo era la entrada del rey en Madrid. Esta entrada era oficial, pública y solemne. Naturalmente, tenía lugar justo después de la coronación del monarca y se trataba de un destacado ejemplo de la importancia de continuar con los modelos franco-borgoñones. Tal y como lo hicieran los duques de Valois, los reyes españoles incorporaron religión, mitología, historia, ornamentos clásicos y numerosos festejos, tanto cortesanos como populares, en lo que era básicamente una serie de procesiones alrededor de la capital, desde un arco de triunfo (erigido temporalmente) a otro.


Farinelli dando un concierto a Fernando VI

La entrada de Carlos III, por ejemplo, duró unos diez días e incluyó un Te Deum, una corrida de toros, una obra de teatro en el Buen Retiro, fuegos artificiales, misas, luces, encuentros de las Cortes, concesión de títulos y la prestación de juramento. Al décimo día de su entrada, Carlos tuvo que soportar el ritual del besamanos.

Éste se celebraba tanto como ocho veces o más cada año, en los cumpleaños y los santos de los miembros más importantes de la familia real, y con la corte vestida de gala. En el besamanos, Grandes, nobles, oficiales de la Casa Real, del gobierno y de las Cortes, del ejército y la armada, alto clero, «caballeros de gran renombre», damas y esposas de oficiales superiores, formaban una ordenada fila en palacio, uno a uno, para arrodillarse y besar la mano al rey y a otros miembros de la familia real. Esto era, como el diplomático francés Jean François Bourgoing sugirió a finales del siglo XVIII, un acto de «lealtad y homenaje, una renovación del juramento de fidelidad», incluso a los príncipes y princesas más pequeños.


Estandarte Borbón del siglo XVIII

Los Borbones adquirieron esta reminiscencia del pasado, empleándola tal y como lo hicieran sus predecesores Habsburgo, para reafirmar su autoridad como señores y reyes; para manifestar a todos los presentes su única posición; para recordar su poder incluso al más orgulloso de los aristócratas, al colocarlo subordinado, en términos físicos, forzándolo a arrodillarse.

Tales solemnidades, cuidadosamente orquestadas para confirmar la unicidad de la autoridad del rey y el deber de sus súbditos a venerarlo, marcaban únicamente ocasiones especiales. Había pocos rituales diarios que reforzaran completamente la imagen real. Éste era el caso cuando el rey salía fuera, para asistir a un oficio religioso, para cazar o para visitar cualquiera de sus placenteros pabellones -como la Casa de Campo a las afueras de Madrid-. En tales casos, una completa panoplia de caballerizo mayor, capitanes y oficiales de la guardia, gentilhombres de su casa y otros oficiales de diferentes rangos le acompañaban. Sin embargo, dentro del palacio, no había un ceremonial preciso que obligase a la corte a asistir al despertar y al acostarse del rey, como sí lo había en Versalles.

Durante casi todo el día, el rey permanecía completamente aislado de la mayoría de los cortesanos y sirvientes, o pasaba rápida e informalmente por entre pequeños grupos de gente reunida en las salas públicas o exteriores de palacio. Sólo a la hora de la comida y la cena, cuando el rey comía en público, se desplegaba la espléndida pompa borgoñona para imponer respeto a sus súbditos.

Carlos II adorando la Santa Forma en El Escorial

Los duques Valois de Borgoña, comenzando con Felipe el Audaz en 1360, como otros potentados medievales, hicieron de las comidas copiosas y elaboradas un rasgo importante de su diplomacia y su política. Cenas, comidas y banquetes especiales habían sido diseñados para impresionar a los espectadores y deleitar a los participantes. A la hora de comer, la etiqueta había sido diseñada para magnificar la grandeza del soberano, y la abundancia, riqueza y ornamentación en la presentación de los platos servidos diseñados para mostrar su riqueza y probar su generosidad.
Como en la corte borgoñona, se trataba de un acto rígidamente ritualista y el porte del rey y sus sirvientes tendía a ser majestuoso en aquel espléndido escenario. Gran número de platos ostentosos y un servicio teatral y solemne eran la norma. Manjares importados, creaciones de mazapán doradas y ornamentadas, fruta escarchada, dispendiosas bebidas y refrigerios sabrosos eran típicos, incluso durante los días de dificultades financieras de las décadas de 1670 y 1680. La etiqueta a la hora de comer, escrita en instrucciones bien detalladas, se copió repetidamente para el uso de los oficiales de la casa, y se mantuvo sin modificaciones significantes desde el siglo XVI hasta el XVIII.

El estilo borgoñón requería tanto al monarca como a su consorte a comer en público, excepto en excepcionales circunstancias, solos y separados. Felipe V, antes que abandonar a su esposa, se reunía con ella en su palacio y seguían una etiqueta más relajada cenando «retirados», una fórmula destinada principalmente a aquellos monarcas que se encontraban indispuestos. Felipe II a finales de su reino también restringió sus comidas públicas, y que Felipe IV, a pesar de su entusiasmo por las reglas de «decencia y de respeto», cenaba públicamente solamente una vez por semana. Carlos III, famoso por su autodisciplina y regularidad de hábitos, fue uno de los pocos reyes que diariamente comía en público -pero incluso él lo hacía tan sólo a mediodía.


Felipe IV en traje de corte

En aquellas ocasiones especiales en que el rey compartía su comida formalmente con otros, la etiqueta aseguraba que su única y superior condición se enfatizara más que nunca. Sólo en tres ocasiones el monarca comía públicamente con sus súbditos: en la boda de una dama de la casa de la reina; con los caballeros del Toisón de Oro, para conmemorar su capítulo anual del día de San Andrés, y con el conde de Ribadeo, quien disfrutaba del antiguo privilegio de comer una vez al año con el monarca. Durante estos eventos, el rey se sentaba en una silla, mientras que sus súbditos lo hacían en bancos; el monarca, y también la reina, durante el banquete de boda de una de sus damas, comían sobre una tarima, bajo un toldo; sus platos -tanto los entrantes como el postre y las viandas- les eran servidos por los oficiales de más alto rango, y de manera diferente; sólo su plato (o el de la reina) se traía cubierto, sólo su comida era traída desde la cocina por caballeros con la cabeza descubierta, sólo su comida y bebida eran catadas de antemano para prevenir un posible envenenamiento.

Los libros de etiqueta estipulaban las tres comidas del día en todas las demás ocasiones. En la comida o cena retirada, el monarca, solo o con su consorte, comían de manera privada y eran servidos por relativamente pocos cortesanos de alto rango mientras que los oficiales y sirvientes de menor grado asistían desde fuera de la cámara real, ya que a éstos no debían ser vistos por el monarca. La comida pública ordinaria era la que tenía lugar con más frecuencia. Duraba, en los días de Carlos III, una hora más o menos -un tiempo sorprendentemente corto dado el grado de ceremonia que comportaba- y era presidida por el semanero, aunque el mayordomo mayor se podía hacer cargo de ella si lo deseaba. El rey debía ser servido por gentilhombres de la boca en funciones de copero, trinchante y panetier, y éstos eran ayudados por una docena o más de ujieres, oficiales de la despensa, de la cocina, de la bodega, guardias, asistentes, otros oficiales y uno de los capellanes del rey -o bien su limosnero mayor-.


Carlos III comiendo ante su corte

La comida pública solemne era ofrecida en ocasiones especiales, tales como la Epifanía, cuando el conde de Ribadeo iba a comer con el rey o cuando el rey deseaba impresionar a algún comensal. El mayordomo mayor, acompañado por maceros, supervisaba la presentación de las viandas del rey en la cocina y, con guardias, gentilhombres de la boca, ujieres y otros, las acompañaba al comedor donde eran servidas, consumidas y sus restos retirados con música de trompetas y tambores. La presencia de estos oficiales con espléndidos uniformes y de los cortesanos con ricas vestiduras ofrecía una imagen impresionante.

Hubo otros tiempos, sin embargo, en que los reyes comían de manera mucho más informal de la estipulada por la etiqueta borgoñona. Cuando viajaban o cazaban, sencillamente tomaban comidas o tentempiés u organizaban pequeñas expediciones, como hacía a menudo Carlos II, a un pabellón o al Pardo, llevaban en su séquito al personal y los suministros necesarios para una comida informal. Lo que la etiqueta prescribía para tales excursiones no está nada claro. De vez en cuando, los monarcas llegaban al extremo de cocinar ellos mismos. A María Luisa Gabriela de Saboya, la primera esposa de Felipe V, le gustaba hacerse sopa de cebolla en su palacio. A Carlos IV le gustaba escapar de la rigidez de la corte, por lo que iba a una de sus encantadoras y elegantes casitas y cocinaba él mismo cordero frito, tortillas de ajo y otras exquisiteces similares. Y Carlos III disfrutaba preparando ocasionalmente fiestas para amigos íntimos y familiares durante las cuales él, sus hijos y algunos cortesanos cocinaban diversos platos sencillos para compartirlos con los demás. Sin embargo, Carlos III nunca comía en estos eventos, porque debía volver a su palacio para comer en público.

Carlos IV a caballo

Siempre que Carlos III y otros monarcas comían en público, eran servidos por oficiales de alto rango de la Casa Real. De entre el numeroso personal de la cocina, sólo el más importante, el cocinero de la servilleta del rey, tenía el derecho de estar presente -y se requería que estuviera de pie justo al lado de la puerta de la sala en la que su señor comía-. El mayordomo mayor era siempre un Grande; los mayordomos, gentilhombres de la boca e, incluso, el gran limosnero eran normalmente grandes o pertenecientes a familias sólidamente aristocráticas. Probablemente, lo que más impresionaba a cualquier testigo era la posición social que tenían quienes servían al rey y la manera en que lo hacían. Los mayordomos, caballeros y guardias oficiales de alto rango eran hombres, o hijos jóvenes de hombres importantes y con fortuna, los cuales imponían respeto y ejercían poder sobre los súbditos del rey. Sin embargo, cuando le servían la comida prácticamente se humillaban.

En España, como en otras monarquías modernas, la etiqueta y la ceremonia se combinaban con la pintura y la arquitectura, las artes decorativas y la literatura y la música para mantener el absolutismo del Antiguo Régimen. La cultura de la corte española y la etiqueta borgoñona proporcionaban un sistema de poder político y de disciplina diseñados para promover el bienestar del rey, su seguridad y buena salud, así como también una disciplina diaria a sus sirvientes y cortesanos.


El Palacio Real de Madrid, hoy



domingo, 9 de mayo de 2010

Los Títulos de los Soberanos de España


Ha sido siempre costumbre encabezar las Leyes, Sentencias y Cartas de Ceremonia o de Cancillería con el nombre del Soberano y los títulos de cada uno de los Estados que posee, detallándolos por reinos y hasta por provincias.

Este “Título extenso” es el que se conoce por gran Título de un Soberano y el “Título pequeño” es el que se usa para la acuñación de moneda, por ejemplo. En este último no consta más que el nombre del Estado que gobierna.
La firma de Carlos V como Rey de España

Es costumbre también usar en el Título grande el nombre de los Estados que fueron poseídos por sus antepasados, como si todavía fueran sus soberanos. Dado que esta costumbre ha ocasionado controversias y reclamaciones se convino que al usar estos títulos se adoptaría la fórmula de non praejudicando, como se observa actualmente.

Carlos I de España usaba el gran Título como sigue:

CARLOS V, por la Divina clemencia, electo Emperador de Romanos, siempre Augusto y Rey de Alemania, de Castilla, de Aragón, de León, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Hungría, de Dalmacia, de Croacia, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar y de Islas Baleares, Islas Canarias, Indias y Tierra Firme del Mar Océano; Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Lorena, de Brabante, de Estiria, de Carinthia, de Carniola, de Limburgo, de Luxemburgo, de Güeldres, de Würtemberg, de Calabria, de Atenas, de Neopatria; Conde de Flandes, de Habsburgo, de Tirol, de Barcelona, de Artois y Borgoña; Conde Palatino de Henao, de Holanda, de Zelanda, de Ferrete, de Riburgo, de Namur, de Rosellón, de Cerdeña y Zutphen; Landgrave de Alsacia; Marqués de Burgovia, de Oristán y Gociano y del Sacro Romano Imperio; Príncipe de Suevia y Cataluña; Señor de Frisia, de la Marca Eslavona, de Puerto Naón, de Vizcaya, de Molina, de Salinas, de Trípoli y Malinas, etcétera.


D. Carlos, por la divina providencia emperador semper augusto


En 1875, el Consejo de Ministros acordó que para los Títulos reales, despachos, patentes y demás documentos se usase el Título pequeño de Su Majestad, según consta en la Real Orden circular del Ministerio de Estado de fecha 3 de abril del mismo año, que lo establecía de esta forma:


DON ALFONSO XII, por la gracia de Dios, Rey Constitucional de España, etcétera.

Pero como en las Cartas de Cancillería no se puede prescindir del Título grande, porque al hacerlo con los que no lo han abolido se reconocería implícitamente la superioridad del otro soberano, durante el reinado de Don Alfonso XII se usó este Título en la misma forma que se empleó para la notificación del fallecimiento de S.M. Don Fernando VII y de la proclamación de S.M. Doña Isabel II.



En junio de 1886, el Consejo de Ministros acordó que la fórmula que se debía emplear en el encabezamiento de los títulos fuera la siguiente:

DON ALFONSO XIII, por la gracia de Dios y la Constitución, Rey de España, y en su Real nombre y durante su menor edad, la Reina Regente del Reino.

Y para los decretos, al terminar la parte dispositiva:

“… en nombre de Mi augusto Hijo el Rey Don Alfonso XIII y como Reina Regente del Reino, Vengo en… etcétera

Y finalmente, para las Reales órdenes:
S.M. el Rey (q. D. g.) y en su Real nombre la Reina Regente del Reino, etcétera

De modo que el Título pequeño de Su Majestad será:

DON ALFONSO XIII, por la gracia de Dios y la Constitución, Rey de España, etcétera.



El Título grande, como lo usó su antecesor, es:

DON ALFONSO XIII, por la gracia de Dios y la Constitución, Rey de España, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina, etcétera, usado con la fórmula de non praejudicando por los Estados de familia de que ya no es soberano.


Títulos y Honores de Don Juan Carlos I

Tratamientos:

5 enero 1938 – 15 enero 1941: Su Alteza Real El Infante Juan Carlos de España
15 enero 1941 – 21 julio 1969: Su Alteza Real El Príncipe de Asturias
21 julio 1969 – 22 noviembre 1975: Su Alteza Real El Príncipe de España
22 noviembre 1975: – : Su Majestad El Rey



Títulos en uso oficial:

Los títulos de Juan Carlos I son (los marcados con * son títulos en pretensión, puramente nominales y ceremoniales):

Rey de España, de Castilla, de León, de Aragón, de Dos Sicilias (Nápoles y Sicilia)*, de Jerusalén*, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña*, de Córdoba, de Córcega*, de Murcia, de Menorca, de Jaén, de las Algarves*, de Algeciras, de Gibraltar*, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales y de las Islas y Tierras de la Mar Océana*; Archiduque de Austria; Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, de Atenas y de Neopatria; Conde de Habsburgo, de Flandes, de Tirol, del Rosellón y de Barcelona; Señor de Vizcaya y de Molina; etcétera.

Debido a la gran cantidad de títulos asociados a la Monarquía Hispánica, sólo se escribían los más importantes, terminando la lista con un «etc.» o «&c.». Refiriéndose así a títulos secundarios y en desuso. Estos son:

· Rey de Hungría, Dalmacia y Croacia
· Duque de Limburgo, Lotaringia, Luxemburgo, Güeldrés, Estiria, Carniola, Carintia y Würtemberg
· Landgrave de Alsacia
· Príncipe de Suabia
· Conde Palatino de Borgoña
· Conde de Artois, Hainaut, Namur, Gorizia, Ferrete y Kyburgo
· Marqués de Oristán y Gociano
· Margrave del Sacro Imperio Romano y Burgau
· Señor de Salinas, Malinas, la Marca Eslovena, Pordenone y Trípoli.


Honores en España

Rango militar

  • Capitán General de las Reales Fuerzas Armadas Españolas y su Supremo Comandante (22 de noviembre de 1975)

Con la venera del Toisón de Oro, la Cruz de Carlos III y las Grandes Cruces del Mérito Militar, Naval y Aeronáutico


Órdenes Hereditarias
  • Soberano Gran Maestre de la Insigne Orden del Toisón de Oro

  • Gran Maestre de la Real y Distinguida Orden de Carlos III

  • Gran Maestre de la Real Orden de Isabel La Católica

  • Gran Maestre de la Orden Real y Militar de San Hermenegildo

  • Gran Maestre de la Orden Real y Militar de San Fernando

  • Gran Maestre de la Orden de Montesa

  • Gran Maestre de la Orden de Alcántara

  • Gran Maestre de la Orden de Calatrava

  • Gran Maestre de la Orden de Santiago

  • Gran Maestre de la Orden de María Luisa

Órdenes militares y condecoraciones
  • Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar, distintivo blanco
  • Gran Cruz de la Orden del Mérito Naval, distintivo blanco
  • Gran Cruz de la Orden del Mérito Aeronáutico, distintivo blanco

Con uniforme militar, en el que figuran las veneras de las órdenes de Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa


Honores extranjeros


  • Gran Cordón de la Orden de Leopoldo (Bélgica)
  • Estrella de Primera Clase de la Orden del León Blanco (República Checa)
  • Caballero de la Orden del Elefante (Dinamarca)
  • Gran Cruz y Collar de la Orden de la Rosa Blanca (Finlandia)
  • Gran Cruz de la Legión de Honor (Francia)
  • Gran Cruz de la Orden Nacional del Mérito (Francia)
  • Gran Cruz, Clase Especial de la Orden del Mérito o Bundesverdienstkreuz (República Federal de Alemania)
  • Gran Cruz de la Orden del Redentor (Grecia)
  • Gran Collar de la Dinastía de Reza (Irán)
  • Gran Collar de la Reina de Saba (Irán)
  • Gran Cruz y Collar de la Orden del Mérito de la República Italiana
  • Caballero de la Orden de la Annunziata (Casa de Saboya, no reinante)
  • Caballero de la Ilustre y Real Orden de San Januario (Casa de las Dos-Sicilias, no reinante)
  • Bailío Gran Cruz de Justicia y Collar de la Sagrada Orden Militar Constantiniana de San Jorge (Casa de las Dos-Sicilias, no reinante)
  • Caballero de la Orden de la Nación (Jamaica)
  • Gran Cordón de la Suprema Orden del Crisantemo (Japón)
  • Cadena Dorada de la Orden de Vytautas el Grande (Lituania)
  • Collar de la Orden del Águila Azteca (México)
  • Gran Cruz de la Orden del León de los Países Bajos (Países Bajos)
  • Gran Cruz de la Real Orden Noruega de San Olav (Noruega)
  • Bailío Gran Cruz de Honor y Devoción de la Soberana Orden de Malta
  • Caballero de la Orden del Águila Blanca (Polonia)
  • Gran Collar de la Orden de la Torre y la Espada (Portugal)
  • Caballero de la Real Orden del Serafín (Suecia)
  • Caballero de la Orden de Rajamitrabhorn (Thailandia)
  • Caballero 974º de la Orden de la Jarretera (Reino Unido)
  • Caballero de la Orden del Imperio Británico (Reino Unido)
  • Collar de la Orden de la Estrella de Rumania (Rumania)
  • Gran Collar de la Orden de Adolf Nassau (Luxemburgo)



Como Caballero de la Orden de la Jarretera


domingo, 8 de noviembre de 2009

Casa de Austria


La Casa de Austria es el nombre con el que se conoce a la dinastía Habsburgo reinante en la Monarquía Hispánica en los siglos XVI y XVII; desde la Concordia de Villafáfila (27 de junio de 1506) en que Felipe I el Hermoso es reconocido como rey consorte de Castilla, quedando para su suegro Fernando el Católico la Corona de Aragón; hasta la muerte sin sucesión directa de Carlos II el Hechizado (1 de noviembre de 1700), que provocó la Guerra de Sucesión Española.


Felipe el Hermoso, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, Brabante, Limburgo y Luxemburgo, Conde de Flandes, Habsburgo, Henao, Holanda, Zelanda, Tirol y Artois, y señor de Amberes y Malinas (1482–1506), y rey consorte de Castilla y de León (1506)


El Emperador Carlos V (Carlos I de España) acumuló un enorme complejo territorial y oceánico sin parangón en la historia, que se extendía desde Filipinas al este hasta México al oeste, y desde los Países Bajos al norte hasta el Estrecho de Magallanes al sur. Además de la expansión ultramarina, y algunas conquistas (como Milán), fue resultado de la adición dinástica de cuatro casas europeas: las de Borgoña (1506), Austria (1519), Aragón (1516) y Castilla (1555), y conformó la base de lo que se conoció como Imperio Español, sobre todo a partir de la división de su herencia (1554-1556) entre su hermano Fernando I de Habsburgo y su hijo Felipe II. Desde entonces puede hablarse de dos ramas de la casa de Austria, los Habsburgo de Madrid (que reinó hasta 1700) y los Habsburgo de Viena (que continuaron reinando en Austria hasta 1918).


Blasones de Carlos V, Imperator y Carlos I, Rex


La Monarquía Hispánica (también conocida como Monarquía Católica) fue durante toda esa época la mayor potencia de Europa. Durante los llamados Austrias mayores (Carlos V y Felipe II) alcanzó el apogeo de su influencia y poder, sobre todo con la incorporación de Portugal y su extenso imperio; mientras que los reinados de los llamados Austrias menores (Felipe III, Felipe IV y Carlos II), coincidentes con lo mejor del Siglo de Oro de las artes y las letras, significaron lo que se conoce como "decadencia española": la pérdida de la hegemonía europea y una profunda crisis económica y social.



Monasterio de El Escorial (1723)


La supremacía marítima española en el siglo XVI fue demostrada con la victoria sobre los otomanos en Lepanto (1571, más importante simbólicamente que por sus consecuencias) y, después del contratiempo de la Armada Invencible (1588, de consecuencias también sobrevaloradas) en una serie de victorias contra Inglaterra en la Guerra anglo-española de 1585-1604.


Sin embargo a mediados del siglo XVII el poder marítimo de la Casa de Austria sufrió un largo declive con derrotas sucesivas frente a las Provincias Unidas y después Inglaterra; durante los años 1660 estaba luchando desesperadamente para defender sus posesiones exteriores de piratas y corsarios.


En el continente europeo los Habsburgo de Madrid se involucraron en defensa de sus parientes de Viena en la vasta Guerra de los Treinta Años, que aunque comenzó con buenas perspectivas para las armas españolas, terminó catastróficamente tras la crisis de 1640, con la sublevación simultánea de Portugal (que se separó definitivamente), Cataluña y Nápoles. En la segunda mitad del siglo XVII los españoles fueron sustituidos en la hegemonía europea por la Francia de Luis XIV.


Felipe III de Austria, Rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, Duque de Milán, Duque titular de Borgoña (1578-1621)


Las últimas décadas del siglo XVII vieron la decadencia y el estancamiento completo en España; mientras el resto de Europa pasó por apasionantes cambios en el gobierno y la sociedad - la Revolución Gloriosa en Inglaterra y el reinado del "Rey Sol" en Francia - España continuó a la deriva y cerrada en sí misma. La burocracia española que se había forjado alrededor de los inteligentes Carlos I y Felipe II exigía un monarca sólido; la debilidad de los reyes Felipe III y IV llevó a la decadencia de España. Como sus deseos finales, el rey de España sin hijos deseó que el trono pasara al príncipe Borbón Felipe de Anjou, en vez de a un miembro de la familia que le había atormentado durante toda su vida. Carlos II murió en 1700, finalizando la línea de la Casa de Austria exactamente dos siglos después de que naciera Carlos I.



Escudo de armas de Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II de España


martes, 14 de julio de 2009

La Monarquía Católica

Con el nombre Monarquía Católica se hacía referencia al conjunto de los territorios gobernados por Su Católica Majestad y a su sistema de gobierno.

En la historiografía suelen considerarse sinónimos los términos Monarquía Católica y Monarquía Hispánica, ambos más apropiados que el de Reino de España, sólo aplicable con propiedad a partir de la Edad Contemporánea.

A pesar de que era corriente entre sus contemporáneos llamar Reyes de España a los Habsburgo de Madrid, el conjunto de territorios sobre los que gobernaban iban más allá de la Península Ibérica, tanto en el continente europeo, como en el inmenso imperio ultramarino. Los encabezamientos de las leyes o cartas eran siempre enumerativos, como se acostumbraba desde la Edad Media y se siguió haciendo con los Reyes Católicos y sus sucesores a pesar de la acumulación de títulos; de hecho, se observaban los diferentes numerales en cada reino.

La fórmula se fijó de forma más estable en 1556 tras las abdicaciones de Carlos V, que dejaban a su hijo Felipe II la mayor parte de sus estados, con excepción de la opción a la elección para el Sacro Imperio Romano Germánico, que quedó para la rama de los Habsburgo conocida como Austrias de Viena, quienes eran los que realmente regían el Archiducado de Austria a pesar de que siguiera figurando en el listado de los Austrias de Madrid junto con otros títulos pretendidos aunque de imposible ejercicio (rey de Jerusalén, ducados de Atenas y Neopatria).


Don Felipe (o según tocara), por la gracia de Dios, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, de las Islas y Terrafirme del Continente Oceánico, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante, de Atenas y Neopatria y de Milán, Conde de Absburg, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina, etc.

No obstante, hubo adiciones al listado con motivo de algunos hechos: el matrimonio de Felipe II con María de Inglaterra en 1554 le hizo ostentar como consorte los títulos de rey de Inglaterra y de Francia (éste último como pretensión pendiente de la corona inglesa desde la Guerra de los Cien Años): Don Felippe por la graçia de Dios, rey de Castilla, de León, de Aragón, de Yngalaterra, de Françia, de las dos Seçilias..., derecho que perdió con la muerte de la reina en 1558.

La crisis sucesoria en Portugal (1580) le dio al mismo Felipe II, y a sus dos siguientes sucesores (Felipe III y Felipe IV hasta la crisis de 1640) el de rey de Portugal: Don Phelipe, por la gracia de Dios, rey de Castilla, de Leon, de Aragon, de las Dos Çecilias, de Jerusalem, de Portugal, de Navarra, de Granada, de Toledo. ´

La forma en que las monedas presentaban habitualmente el título era Hispaniarum rex (rey de las Españas), refiriéndose no sólo a la pluralidad de reinos y coronas peninsulares presente en su tiempo, sino al recuerdo de las provincias hispanorromanas (Citerior-Ulterior, Tarraconense-Cartaginense-Betica-Lusitania, etc.) que dan a la monarquía una justificación imperial. A veces las formulaciones eran incluso más lapidarias y rimbombantes: Philippus II catholicus, Hispaniarum Rex et Indiarum Nouiq' Orbis Monarcha Potentissimus.

La separación de la también hispánica Portugal en 1640 y la pérdida de los territorios europeos por el Tratado de Utrecht en 1714 terminaron haciendo coincidir la Monarquía Católica con la actual España, con el añadido de Ultramar. Desde el siglo XVIII, con la dinastía Borbón, suelen utilizarse los términos España y Monarquía española con mucha mayor frecuencia.

La Constitución española de 1978 define a España como un Estado social y democrático de derecho y establece que la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria. Atendiendo a lo cual, el nombre oficial con que se designa al Estado español en las relaciones internacionales y en los actos públicos internos es el de Reino de España.

Origen del título

El título de Reyes Católicos fue concedido a Isabel de Castilla y Fernando de Aragón por Alejandro VI (el Papa Borgia, de origen valenciano) en la bula Si convenit expedida el 19 de diciembre de 1496 (posteriormente a las llamadas Bulas Alejandrinas de 1493). Redactada tras un debate en el Colegio Cardenalicio en el que por primera vez recibieron el nombre de rey y reina de las Españas y en el que se barajaron y descartaron otros posibles títulos (defensores o protectores), las razones que el texto de la bula invoca para la concesión del título son:

  • La liberación de los Estados Pontificios y del feudo papal del Reino de Nápoles, invadidos por el rey Carlos VIII de Francia.
  • Las virtudes personales de ambos Reyes manifestadas en la unificación, pacificación y robustecimiento de sus reinos.
  • La reconquista de Granada de manos del Islam.
  • La expulsión de los judíos que no hubiesen aceptado o aceptasen el bautismo en 1492.
  • Por los esfuerzos realizados por ambos monarcas en intentar llevar adelante la cruzada contra el Imperio Turco, a la que se seguían comprometiendo.


El título de “Católico” responde a una emulación entre las distintas monarquías autoritarias que se estaban formando en Europa Occidental: los reyes de Francia ya utilizaban el título de Rey Cristianísimo (Francia es la fille ainée de l'Eglise -la hija mayor de la Iglesia-). En 1521 Enrique VIII de Inglaterra obtuvo el de Defensor de la Fe (Defensor Fidei), por un libro polémico contra Lutero, Assertio septem sacramentorum -Aserto de los siete sacramentos-, escrito con el auxilio de Tomás Moro, no mucho antes de enemistarse con el Papa y ajusticiar a su co-autor).


El título de Rey Católico se volvió a dar a Carlos V en 1517, después de lo cual quedó incorporado al uso diplomático y de las cancillerías, y desde entonces se utilizó por sus sucesores, empezando por Felipe II y resto de los Habsburgo españoles, y desde 1700 por Felipe V y los Borbones españoles. Como la constitución española de 1978 reconoce al rey el uso de los títulos tradicionales de la Monarquía española, Juan Carlos I también puede utilizar el de Rey Católico o ser llamado Su Católica Majestad.