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jueves, 9 de septiembre de 2010

El día de la Reina

Hoy hablaremos de un día habitual en la vida de las tres últimas soberanas consortes del Antiguo Régimen, la de Luis XIV, la de Luis XV y la de Luis XVI.


La corte de damas de la reina, sin contar a la superintendente, se componía de catorce personas. La primera, única en su especie, era la dama de honor. No se apartaba de la soberana, a quien acompañaba de la mañana a la noche, desde que se levantaba hasta que se acostaba. La dama de honor recordaba a la reina sus obligaciones cotidianas, le evitaba todo error de etiqueta o protocolo, por lo que debía ser perfecta conocedora de los arcanos cortesanos. Luego estaba la azafata o dama de tocador, que tenía por misión velar sobre el inmenso guardarropa real; con la reina, elegía los atuendos, la ayudaba a vestirse y luego a cambiarse, lo que ocurría varias veces por día. Las damas de palacio eran doce: debían asistir a la dama de honor, rodear a la reina en sus ceremonias, acompañarla en sus desplazamientos. Servían por turnos rotativos de dos en dos. Por consiguiente, cada una de ellas cumplía su turno cada seis semanas, pero si ellas lo querían o si la reina expresaba el deseo, podían asumir sus funciones aunque no les correspondiera esa semana.


La consorte española


María Teresa de Austria, además de las damas francesas que le fueron asignadas cuando contrajo matrimonio, tenía una camarera española que hacía las tareas de doncella y dama de tocador y una damisela enana que, además de dama de compañía, hacía de bufón de corte. Asimismo, el duque de Beaufort le obsequió el mismo año de su llegada a Francia un niñito del Sudán que le tocaba música y la divertía.


La reina, devota, murmuraba sus primeras oraciones antes de levantarse. Su camarera la calzaba y la envolvía en una bata hasta que los pajes traían el agua, la palangana, el jabón de Venecia y los perfumes para las primeras abluciones. Una taza de chocolate era su primer desayuno. Luego entraba en escena la dama de tocador para ponerle su camisa, vestirla con una falda de seda blanca tan estrecha que se ajustaba a sus formas y ajustarle un corsé ligero de tela fina pero bien provisto de ballenas y ajustado por medio de lazos, para afinar la cintura.


La azafata peinaba entonces sus magníficos cabellos, los pajes traían las enaguas y el vestido que había elegido la reina asistida por su camarera española; después, la dama de compañía le colocaba las joyas en el peinado y la garganta, le alcanzaba los guantes y le daba el toque de perfume. Finalmente, escoltada por su dama de honor y su escudero y seguida por Nabo, el negrito sudanés que le llevaba el misal, María Teresa se dirigía a los aposentos de la reina madre, su suegra.


Luego de unos minutos de salutaciones, ambas reinas, rodeadas de sus damas –los domingos se le sumaban los gentileshombres de sus casas- atravesaban los aposentos del Louvre hacia la capilla, donde se encontraban con el rey para asistir a la misa de diez. De regreso a su habitación, la reina conversaba con sus damas, jugaba con Nabo o su enana, tocaba la guitarra, siempre rodeada de su séquito. Acostumbrada a la penumbra de los palacios españoles, donde las personas reales recibían una especie de culto, María Teresa no se adaptaba a las continuas corrientes de aire de la vida en los palacios franceses, que cualquier cortesano podía atravesar cuando quería. En los primeros tiempos del matrimonio la corte, itinerante, iba del Louvre a Vincennes, a Saint-Germain, a Compiègne y finalmente a Fontainebleau, con un breve intermedio en Versailles, donde Luis XIV se proponía construir el palacio más magnífico del mundo y donde, mientras tanto, daba fiestas en el parque del pequeño castillo construido años atrás por Luis XIII.


Ya instalada en el nuevo palacio de Versailles, la reina almorzaba con el rey en público y luego paseaba por los jardines o salía a cabalgar. Era una excelente amazona. En sus flamantes grandes apartamentos se habían instalado mesas de juego donde, previo a la cena y con el círculo real resplandeciente de joyas, se jugaba cartas y se oía música.


En tiempos del Rey Sol, la cena de gran gala reunía obligatoriamente a todos los miembros de la familia real, todos los Borbón-Condé, todos los Borbón-Conti. El rey, ubicado en una cabecera, se sentaba en un sillón ligeramente elevado mientras en la tribuna se hacían oír las doce violas y los doce violines. Esa cena duraba casi dos horas, era mortalmente aburrida. Cada servicio de alimentos era presentado y probado previamente por un séquito de veedores de viandas. Se presentaban en la mesa alrededor de cincuenta platos diferentes.


Antes de irse a la cama nuevamente, María Teresa permanecía un largo momento en su oratorio.


La consorte polaca

María Leczinska se levantaba a las ocho de la mañana. Recibía enseguida la visita de su primer médico y de su cirujano. Luego de ponerse una bata se dirigía, acompañada por el capellán en cuarto, hacia el pequeño oratorio que había hecho instalar en su habitación. Después se sentaba en un sillón y la primera doncella le traía su desayuno, frugal: una simple taza de chocolate o a veces de café. Entraban entonces su dama de honor y la superintendente para asistirla en el petit lever, abluciones que serán largas y completas cuando la reina disponga de su propio cuarto de baño.


En el grand lever, o gran ceremonia después de levantarse, estaban presentes todas sus damas de palacio. Para vestir a la reina, la asistía la dama de turno durante ese trimestre. Pero el protocolo indicaba cuidar las precedencias y si una princesa de sangre real llegara a entrar en ese instante, a ella le correspondía el honor de tenderle la camisa. Las damas de atavío se encargaban de su arreglo personal, le ponían rouge en las mejillas, le arreglaban la peluca que elegía la soberana y luego la cubrían con una mantilla, un pañuelo de cabeza o hasta una toca.


El gusto de la reina por esa clase de tocados causaba asombro. ¿Pretendía envejecerse? Nada de eso; solamente tenía frío. Esa princesa del Norte debería estar habituada a los rigores del invierno, pero precisamente en Polonia sabían defenderse de él. En Versailles las chimeneas tiraban mal: en ellas se quemaban troncos de árboles enteros pero uno se asaba junto a ellas y se congelaba a veinte pasos de distancia. La consecuencia era que todos se resfriaban constantemente. Por eso María se cubría la cabeza para atravesar los salones y la Galería de los Espejos (Gallerie des Glaces), que bien merecía su mote de “galería de los hielos” (glaces).


En efecto, después de ponerse un vestido de cola, la reina atravesaba los grandes aposentos para saludar al rey, escoltada por su caballero de honor, su escudero y una o dos damas que le llevaban la cola. Luego regresaba a sus aposentos para cambiarse nuevamente de vestido. María tenía una gran variedad de ellos, aunque no era coqueta como lo sería su sucesora. Cuando le ofrecían nuevos modelos, siempre comenzaba por preguntar el precio y los que llevaba eran semejantes a los de las damas de su Casa.


Al finalizar la mañana la reina permanecía habitualmente en sus habitaciones, las cuales, gracias a una nube de doncellas, habían recuperado su aspecto solemne. En el gran gabinete concedía sus audiencias particulares. Al fondo del salón, frente a las ventanas, se encontraba el sillón de la reina y los taburetes reservados exclusivamente a las duquesas. Las otras damas de su casa permanecían de pie, salvo la esposa del caballero de honor que tenía derecho a una pequeña alfombra cuadrada en la que debía estar bastante incómoda. ¿Pero qué no se aceptaba para gozar de un privilegio real? En la cámara de la reina, apoyada en una inmensa mesa de mármol, María recibía en audiencia especial a los embajadores, a sus esposas y a personas importantes que habían obtenido el favor de una entrevista. Si no tenía ninguna obligación, escribía o conversaba con las damas de palacio.


Un poco antes de mediodía la reina oía misa en la capilla, con el rey y todos los cortesanos. Excepto fiestas muy importantes, el oficio era breve, de aproximadamente media hora. La reina y su séquito regresaban, ya sea a la cámara, a la antecámara o al gabinete, donde todo estaba listo para la comida. María almorzaba sola, rodeada de un semicírculo de damas y gentileshombres que la observaban comer. Los oficiales de boca le presentaban las fuentes y ella se servía abundantemente; cuando deseaba beber, el jefe de escanciadores exclamaba: “¡De beber para la reina!” y de inmediato se organizaba un pequeño ballet. Con paso solemne, cuatro escanciadores se dirigían hacia un trinchante. Uno de ellos tomaba la jarra de agua, otro la de vino, los otros dos las copas. El catador cumplía con su oficio. El pequeño grupo se acercaba a la mesa, se inclinaba en una profunda reverencia, vertía el agua y el vino. Al fin la soberana podía calmar su sed; había aguardado más de cinco minutos pero el respeto al protocolo le había enseñado a ser paciente. Al concluir el almuerzo, se lavaba las manos en un aguamanil y se levantaba de la mesa. Las damas de palacio iban a comer a su vez mientras la reina descansaba.


En la tarde, si sus obligaciones no incluían ni audiencia solemne ni ceremonias, María paseaba por el parque, siempre escoltada por su caballero de honor y su escudero. Las damas la seguían a alguna distancia. Luego de admirar los estanques y las estatuas, regresaba hacia sus aposentos sobre las cuatro o las cinco y dedicaba el tiempo que precedía a la cena a sus distracciones favoritas, la música y las cartas.


Finalmente, estaba la cena de gran gala, que se servía a las ocho de la noche. Luis XV había simplificado el ritual de su bisabuelo: solo asistían a la comida de gala los miembros de la familia real presentes en el palacio y se prescindía casi siempre de la música. El rey narraba los incidentes de su partida de caza; la reina, tímidamente, hablaba de sus paseos. Sin ser animadas, las conversaciones eran agradables y la cena duraba poco más de una hora. Algunos privilegiados, sentados aparte, cumplían el papel de comparsa muda. Luego se volvía al salón de juego, pero tanto al rey como a su esposa les agradaba acostarse temprano.


La consorte austríaca

El día de María Antonieta en Versailles empezaba a las ocho. Una dama de guardarropa entraba y depositaba una cesta cubierta, denominada el apresto del día, conteniendo camisas, pañuelos y cepillos, y comenzaba a hacer el servicio. La primera dama de atavío alcanzaba a la reina, que se despertaba, el libro del guardarropa. Trozos de tela estaban pegados en cada página, con la descripción resumida del vestido en cuestión. Con la ayuda de alfileres, la reina señalaba sus vestidos para los distintos momentos del día, desde la audiencia privada de la mañana hasta la cena en los apartamentos de Monsieur.


Realizado este “trabajo”, tomaba un baño en una tina en forma de zueco que se trasladaba a su habitación. No desnuda, sino envuelta en una gran camisa de franela inglesa. Una taza de chocolate o de café era su desayuno, que tomaba en la cama cuando no se bañaba. A su salida del baño, sus damas le ofrecían pantuflas de bombasí guarnecidas de encajes y colocaban sobre sus hombros una bata de tafetán blanco. Era la hora en que, recostada o levantada, recibía a los primeros cortesanos con derecho de entrada que tenían audiencia con ella. Por derecho, entraban el primer médico de la reina, su primer cirujano, su médico ordinario, su lector, su secretario de gabinete, los cuatro primeros ayudas de cámara del rey.


A mediodía se realizaba su atavío de presentación, el lever oficial. El tocador se llevaba al centro de la habitación. La dama de honor presentaba el peinador a la reina; dos damas vestidas con ropa de ceremonia reemplazaban a las dos damas que habían servido durante la noche. Entonces empezaban, con el peinado, las Grandes Entradas. Se colocaban asientos plegadizos en círculo a su alrededor en los que se colocaban la superintendente, las damas de honor y de atavío, la gobernanta de los infantes de Francia. Entraban los hermanos del rey, los príncipes de la sangre, los capitanes de la guardia, los altos funcionarios de la corona. Únicamente para los príncipes de la sangre insinuaba el movimiento de levantarse, apoyándose con las manos en el tocador.

Después venía la vestimenta del cuerpo. La dama de honor pasaba la camisa y vertía el agua para el lavado de las manos; luego la dama de atavío pasaba el faldón del vestido, ponía la pañoleta, anudaba el collar. Cada día la camisa le era colocada por una dama determinada, pero si por casualidad entraba a la habitación otra de un rango superior, le pasaba el derecho de colocársela. Menos paciente que sus predecesoras, María Antonieta decidirá a los pocos años de su reinado que la primera dama presente le alcance la camisa. Una vez vestida, la reina se colocaba en el centro de la habitación y firmaba los contratos presentados por el secretario de los mandatos; daba su venia a los coroneles para retirarse y, rodeada por sus damas de honor, por sus damas de palacio, por su caballero de honor, por su escudero y sus capellanes, avanzaba. Las princesas de la familia real, que llegaban seguidas de toda su casa, se le sumaban en la galería y el cortejo se dirigía a misa. La reina se ubicaba entonces con el rey en la tribuna.


Al regreso de misa, la reina debía comer todos los días a solas con el rey en público, pero en realidad esa comida pública no tenía lugar más que el domingo. El jefe de servicio de la reina, armado de un gran bastón de seis pies adornado con flores de lis de oro y con empuñadura en forma de corona, anunciaba que estaba servida, le entregaba el menú y, durante todo el tiempo que duraba la comida, permanecía detrás de la soberana, ordenando servir y levantar el servicio de la mesa.


La reina regresaba después a su apartamento y, luego de haberse quitado el miriñaque y la enagua, se pertenecía a sí misma únicamente entonces, tanto como lo permitía la presencia en ropa de ceremonia de sus damas, que tenían derecho a estar siempre presentes y acompañarla a todas partes. Eran horas dedicadas a la libertad, al juego de billar o de cartas, a la música, a la conversación. En sus gabinetes interiores, detrás del apartamento oficial, la reina recibía a sus amigos y a los proveedores. Las tardes en el Trianón traían la comodidad en las costumbres: los invitados de la reina llegaban a las dos para almorzar y regresaban a Versailles a medianoche para acostarse. Todo ese tiempo había ocupaciones campestres: merienda sobre la hierba, pesca en el lago, bordado e hilado en la rueca, juegos de granja en el Hameau.


Las noches de María Antonieta, luego de la cena temprana, incluían reuniones sociales de la más variada índole, desde una velada en la Opera de París hasta una partida de cartas en el apartamento de la princesa de Lamballe. Si había un acontecimiento oficial, como la visita de un soberano extranjero, era pretexto para una mascarada, un baile de gran fasto o un concierto en la gran galería. El rey gustaba acostarse sobre las once de la noche, pero la reina, la mayor parte de las veces, no se iba a la cama antes de la una de la madrugada.

martes, 11 de mayo de 2010

Su Majestad La Reina Consorte

De las veinticuatro esposas de Rey desde que España existe como nación consolidada (Isabel la Católica, Juana la Loca e Isabel II fueron soberanas por propio derecho), sólo una, María de las Mercedes de Orleáns, casada con Alfonso XII, ha sido española de nacimiento.
En la lista de Reinas consortes de los monarcas de España figura también el Consorte de la reina Isabel II (solo se encuentran las esposas de los reyes de la España unificada y no de los reinos anteriores a la Reconquista).

Casa de Habsburgo

  • Isabel de Portugal (1503–1539); Infanta de Portugal, Consorte de Carlos I (como reina de España) o Carlos V (como Emperatriz del Sacro Imperio Romano Germánico).
  • María I de Inglaterra (1516–1558); Reina de Inglaterra, primera Consorte de Felipe II
  • Isabel de Valois (1546–1568); Princesa de Francia, segunda Consorte de Felipe II
  • Ana de Austria (1549–1580); Archiduquesa de Austria, tercera Consorte de Felipe II
  • Margarita de Austria-Estiria (1584–1611); Archiduquesa de Austria, Consorte de Felipe III.
  • Isabel de Borbón (1602–1644); Princesa de Francia, primera Consorte de Felipe IV.
  • Mariana de Austria (1634–1696); Archiduquesa de Austria, segunda Consorte de Felipe IV.
  • María Luisa de Orleans (1662–1689); primera Consorte de Carlos II
  • Mariana de Neoburgo (1667–1740); segunda Consorte de Carlos II

Isabel de Valois

Casa de Borbón
  • María Luisa Gabriela de Saboya (1688–1714); primera Consorte de Felipe V
  • Isabel de Farnesio (1692–1766); segunda Consorte de Felipe V
  • Luisa Isabel de Orleans (1709–1742); Consorte de Luis I
  • Bárbara de Braganza (1711–1758); Infanta de Portugal, Consorte de Fernando VI
  • María Amalia de Sajonia (1724–1760); Consorte de Carlos III
  • María Luisa de Borbón-Parma (1751–1819); Princesa de Parma, Consorte de Carlos IV

María Luisa de Parma

Casa Bonaparte
  • Julia Clary (1771–1845); Princesa Imperial francesa, Consorte de José I.
Julie Clary
Primera Restauración Borbónica
  • Isabel de Braganza (1797–1818); Infanta de Portugal, primera Consorte de Fernando VII.
  • María Josefa de Sajonia (1803–1829); segunda Consorte de Fernando VII.
  • María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (1806–1878); Princesa de Nápoles, tercera Consorte de Fernando VII.
  • Francisco de Asís de Borbón (1822–1902); Duque de Cádiz, Consorte de Isabel II.

María Josefa de Sajonia

Casa de Saboya
  • María Victoria del Pozzo (1847–1876); Consorte de Amadeo I.

María Victoria del Pozzo

Segunda Restauración Borbónica
  • María de las Mercedes de Orleáns (1860–1878); Princesa de Orleáns, primera Consorte de Alfonso XII.
  • María Cristina de Habsburgo-Lorena (1858-1929); Archiduquesa de Austria, Princesa de Hungría y Bohemia, segunda Consorte de Alfonso XII.
  • Victoria Eugenia de Battenberg (1887-1969); Princesa de Battenberg, Consorte de Alfonso XIII.

Tercera Restauración Borbónica

  • Sofía de Grecia (1938- ); Princesa de Grecia y Dinamarca, Consorte de Juan Carlos I.

Reinas consortes que se encargaron de la regencia del reino por distintos motivos son:

  • Isabel de Borbón; durante 1640 pues su esposo Felipe IV se encontraba encargado de la Guerra de Cataluña.
  • Mariana de Austria; diez años a partir de 1665 hasta 1675 por la minoría de edad de su hijo Carlos II.
  • María Luisa Gabriela de Saboya; en 1702 durante la Guerra de Sucesión Española.
  • María Cristina de Borbón-Dos Sicilias; desde 1833 y hasta 1840 por la minoría de edad de su hija la reina Isabel II.
  • María Cristina de Habsburgo-Lorena; a partir de 1885 y hasta 1902, por la minoría de edad de su hijo Alfonso XIII.
Mariana de Austria

Las reinas consortes del siglo XX

De veinticuatro consortes dispares, las tres últimas reinas han tenido peso y presencia en la Historia española.

MARÍA CRISTINA DE HABSBURGO. En la Historia de España hubo sólo una reina consorte que alumbró un rey: María Cristina de Habsburgo, quien dio a luz a Alfonso XIII, el hijo póstumo de Alfonso XII. Esta reina hubo de asumir la carga de superar, con su buen hacer, el peso de la memoria de la infortunada María de las Mercedes, primera esposa de Alfonso XII. Con María Cristina, el pragmatismo sucedía al romanticismo en la vida del Rey.

La futura reina de España había nacido el 21 de julio de 1858 en Gross Seelowitz (Austria), con el rango de archiduquesa de Austria-Este-Módena. La viudez prematura de Alfonso XII llevó a la Corte a poner la vista en ella, como candidata idónea para un segundo matrimonio del monarca. La boda se celebró en 1879 en la Basílica de Nuestra Señora de Atocha. Al año siguiente María Cristina dio a luz a su primera hija, María de las Mercedes, Princesa de Asturias, malograda al poco de nacer. En 1882, vino al mundo María Teresa, quien falleció joven. Sólo habían transcurrido seis años de matrimonio cuando Alfonso XII muere en El Pardo, hallándose la reina encinta. La situación sucesoria era muy delicada y la nación temió que se desbordasen los acontecimientos en una España que había sufrido las Guerras Carlistas y en la que también emergían facciones republicanas.

Sin embargo, la reina, después de dar a luz a Alfonso XIII, mantuvo firme el pulso como regente y supo arbitrar una etapa de estabilidad apoyada en la alternancia de los Gobiernos liberales de Sagasta y los conservadores de Cánovas del Castillo. Con la coronación de su hijo en 1902, la reina abandonó el primer plano de la política nacional. Murió en 1929.



VICTORIA EUGENIA DE BATTENBERG. La dignidad y la categoría intelectual y humana de Reina Victoria Eugenia queda desdibujada por la sombra de la hemofilia, la enfermedad de carácter hereditario que Ena (sobrenombre con el que se la conocía en familia) llevó a la dinastía. La hija de la Princesa Beatriz de Inglaterra y del Príncipe Enrique de Battenberg nació en Balmoral Castle, en Escocia, el 24 de octubre de 1887. Alfonso XIII la conoció en Londres en la primavera de 1905.

Los acontecimientos no se hicieron esperar y a los pocos meses se anunció oficialmente el compromiso. El 31 de mayo de 1906 se celebró el enlace en la madrileña iglesia de San Jerónimo el Real. La boda, sin embargo, tuvo un broche funesto y bien conocido: la bomba del anarquista Mateo Morral. Pese a estos negros augurios, Ena hizo un esfuerzo de integración en su nueva patria, aunque su impecable labor pública tuvo el revés en su vida familiar, en la que la hemofilia causó estragos. Su primer hijo, Alfonso Pío, Príncipe de Asturias, nació en 1907 afectado por la enfermedad, y lo mismo ocurrió con el menor de sus vástagos, Gonzalo Manuel, nacido en 1914. El 14 de abril de 1931, día de la proclamación de la República, Victoria Eugenia marchó, con el Rey y sus hijos, rumbo al exilio, primero en París y después en Fontainebleau. Más tarde, viuda ya, se estableció en Lausana, donde murió el 15 de abril de 1969.



SOFÍA DE GRECIA. La Reina actual es para todos los españoles un referente inequívoco, por la talla humana e institucional que viene demostrando, día a día, desde que en 1962 contrajo matrimonio con el Príncipe Juan Carlos. Sofía Margarita Victoria Federica Schleswig-Holstein Sonderburg nació en la localidad griega de Psychiko, cerca de Atenas, el 2 de noviembre de 1938. Fue la primera hija de Pablo I de Grecia y de la Reina Federica.

Su infancia fue muy azarosa, pues cuando contaba con sólo dos años Mussolini invadió Grecia, lo que obligó a su abuelo Jorge III, y a sus padres a exiliarse durante cinco años. Pudieron regresar a su país en 1946 y un año después Pablo de Grecia fue proclamado Rey. Doña Sofía estudió primero en una pequeña escuela pública, austera y sin ningún tipo de privilegios, y su formación prosiguió en Alemania. Cursó puericultura, bellas artes y arqueología, estas últimas dos de sus grandes pasiones.

Sofía conoció al príncipe Juan Carlos de Borbón en 1954 durante un crucero por las islas griegas, pero fue en 1960, en una fiesta organizada por los duques de Württemberg cuando surgió el mutuo interés y comenzó el noviazgo. En 1961 tuvo lugar la petición de mano en Lausana, lugar de residencia de la Reina Victoria Eugenia y la boda se celebró en Atenas el 14 de mayo de 1962. De su unión con Don Juan Carlos, la Reina ha manifestado que «somos compañeros de viaje».



Apartado especial

Hija del Infante don Carlos de Borbón y Borbón, Príncipe de las Dos Sicilias (viudo de una hermana de Alfonso XIII), nació el 23 de diciembre de 1910 María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias y Orléans, quien nunca fue reina consorte ni reina madre, pero sí madre de rey.

Infanta de España por concesión de Alfonso XIII y Princesa de las Dos Sicilias por su nacimiento, María de las Mercedes contrajo matrimonio en Roma con el entonces Príncipe de Asturias, Don Juan de Borbón, el 12 de octubre de 1935. Ambos vivieron los años de exilio en Cannes, Roma y Lausana, ciudad esta última donde residieron durante la Segunda Guerra Mundial. Al finalizar la contienda se trasladaron a Estoril (Portugal) y allí decidieron junto con el General Franco que su hijo Juan Carlos residiera en España para proseguir su educación.

Una fractura de cadera y diversos problemas de salud le obligaron a permanecer sus últimos años en una silla de ruedas, hecho que no impidió su asistencia a determinados actos oficiales, así como a las corridas de toros, de las que fue gran aficionada. Don Juan y Doña María de las Mercedes tuvieron cuatro hijos, fuente de duras tragedias, como el nacimiento de su tercera hija ciega y la muerte prematura de su cuarto hijo, un adolescente, a raíz de un accidente. A estas tragedias hay que añadir los ataques llenos de insultos, difamaciones e infamias que desde el Régimen se prodigaban contra su esposo, el conde de Barcelona, a quien Franco engañó en reiteradas ocasiones. De todo fue silente testigo Doña María, siempre a la sombra de su esposo, callada y sufridora.

Doña María de las Mercedes falleció el 2 de enero de 2000 rodeada de toda la familia real durante las vacaciones en Lanzarote. Nada hacía presagiar tan repentino final de una de las vidas de trayectoria más dramática no sólo sobrellevada, sino superada, con una admirable dignidad. El 4 de enero fue enterrada en el Monasterio de El Escorial con Honores de Reina de España.

viernes, 12 de marzo de 2010

Los Consortes reales


  • Las esposas de los monarcas británicos reciben el título de Reina Consorte del Reino Unido. Anteriormente la esposa del rey de Inglaterra era llamada Reina Consorte de Inglaterra. Todas las esposas de rey han sido Reina Consortes, mientras que el único Rey Consorte fue Felipe II de España, rey con autoridad de nombre, pero no de hecho. Los otros tres consortes varones han sido llamados de distintas maneras que se indicarán en la siguiente lista.
Reina consorte en vestimenta de coronación
(Adelaida, esposa de Guillermo IV, en su coronación en Westminster Abbey, 8 de setiembre de 1831)


Evolución del título
  1. En 1031 Guillermo el Conquistador contrae matrimonio con Matilde de Flandes, la primera en ostentar el título de Reina Consorte de Inglaterra.
  2. Durante el reinado de Enrique VIII, el señorío de Irlanda se convirtió en Reino, siendo la consorte Reina Consorte de Inglaterra e Irlanda.
  3. La muerte de la reina Isabel I (Casa de Tudor) sin descendencia, provocó el acceso al trono de Jacobo I (Casa de Estuardo), hijo de María Estuardo, que era también rey de Escocia como Jacobo VI, siendo la esposa Reina Consorte de Inglaterra, Escocia e Irlanda.
  4. Durante el reinado de Ana I, se firmó el Acta de la Unión (1707), que unía a las coronas de Inglaterra y Escocia, convirtiéndose en el Reino de Gran Bretaña, dándosele al consorte el título de Reina Consorte de Gran Bretaña, que estaría vacante hasta el reinado de Jorge II.
  5. La muerte de la reina Ana (Estuardo) provocó que heredara su pariente más cercano protestante, Jorge I (Casa de Hannover), también rey de Hannover.
  6. Durante el reinado de Jorge III, se unieron las coronas de Gran Bretaña e Irlanda, que pasaron a conformar el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda, y la consorte pasó a llamarse Reina Consorte del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda.
  7. La muerte de Guillermo IV del Reino Unido significó la separación de Hannover, en el que existía la Ley Sálica, quedando el Reino Unido para Victoria I y Hannover para Jorge V.

La Diadema de Diamantes de George IV (1820)

Consortes de Inglaterra
  • Matilda de Flandes (1031-1083), esposa de Guillermo I
  • Edith de Escocia (1080-1118), esposa de Enrique I
  • Adela de Louvain (1103-1151), esposa de Enrique I
  • Matilda de Boulogne (1105-1152), esposa de Esteban I
  • Leonor de Aquitania (1122-1204), esposa de Enrique II
  • Berenguela de Navarra (1165-1230), esposa de Ricardo I
  • Isabel de Angulema (1187-1246), esposa de Juan I
  • Leonor de Provenza (1223-1291), esposa de Enrique III
  • Leonor de Castilla (1241-1290), esposa de Eduardo I
  • Margarita de Francia (1275-1317), esposa de Eduardo I
  • Isabel de Francia (1292-1358), esposa de Eduardo II
  • Felipa de Henaut (1311-1369) esposa de Eduardo III
  • Ana de Luxemburgo (1366-1394), esposa de Ricardo II
  • Isabel de Valois (1387-1409), esposa de Ricardo II
  • Juana de Navarra (1370-1437), esposa de Enrique IV
  • Catalina de Francia (1401-1437), esposa de Enrique V
  • Margarita de Anjou (1430-1482), esposa de Enrique VI
  • Isabel Woodville (1437-1492), esposa de Eduardo IV
  • Ana Neville (1456-1485), esposa de Ricardo III
  • Isabel de York (1466-1503), esposa de Enrique VII
  • Catalina de Aragón (1485-1536), primera esposa de Enrique VIII
  • Ana Bolena (1501-1536), segunda esposa de Enrique VIII
  • Jane Seymour (1507-1537), tercera esposa de Enrique VIII
  • Ana de Cleves (1515-1557), cuarta esposa de Enrique VIII
  • Catalina Howard (1520-1542), quinta esposa de Enrique VIII


Catalina de Aragón, reina consorte de Inglaterra

Consortes de Inglaterra e Irlanda
  • Catalina Parr (1512-1548), sexta y última esposa de Enrique VIII.

Consortes de Inglaterra, Escocia e Irlanda
  • Ana de Dinamarca (1574-1619), esposa del rey Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra.
  • Enriqueta María de Francia (1609-1669), esposa de Carlos I.
  • Catalina de Braganza (1638-1705), esposa de Carlos II.
  • María de Módena (1658-1718), esposa de Jacobo II.

Consortes de Gran Bretaña e Irlanda
  • Carolina de Brandenburgo-Ansbach (1683-1737), esposa de Jorge II.
  • Carlota de Mecklenburgo-Strelitz (1744-1818), esposa de Jorge III.

Consortes del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda

  • Carlota de Mecklenburgo-Strelitz (1744-1818), esposa de Jorge III.
  • Carolina de Brunswick-Wolfenbüttel (1768-1821), esposa de Jorge IV.
  • Adelaida de Sajonia-Meiningen (1792-1849), esposa de Guillermo IV.
  • Alejandra de Dinamarca (1844-1925), esposa de Eduardo VII.
  • María de Teck (1867-1953), esposa de Jorge V.
  • Isabel Bowes-Lyon (1900-2002), esposa de Jorge VI.

Carolina, reina consorte del Reino Unido (1820)


Príncipes

Los esposos de reinas británicas que por alguna razón no fueron reyes consortes son:


Consorte de Gran Bretaña e Irlanda

  • Jorge de Oldenburgo (1653-1708), esposo de la reina Ana de Gran Bretaña.

Consorte del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda

  • Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha (1819-1861), consorte de Victoria I del Reino Unido.

1º de mayo de 1851: La reina Victoria sostiene a su hijo, el Príncipe Arthur, mientras el Duque de Wellington le presenta un obsequio y detrás, protector, aparece Alberto, Príncipe Consorte.



Consorte del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte
  • Felipe de Edimburgo, actual Príncipe Consorte (1921 - ), esposo de la reina Isabel II.

Reyes

Sólo hubo un hombre, esposo de una soberana británica, que ostentó el título de rey consorte:

Consorte de Inglaterra e Irlanda

  • Felipe I de Inglaterra, esposo de la reina María la Sanguinaria, que fue también llamado El Prudente (1527 – 1598), fue Rey de España, de Nápoles y Sicilia y de Portugal y las Algarves (como Felipe I), realizando una ansiada Unión Ibérica que duró 60 años.



Felipe, Príncipe de Asturias, futuro consorte de María I Tudor y luego Rey de España como Felipe II (1551)



Remembranza de una Consorte: la Reina Mary

El elemento importante del reinado de George V fue la presencia de la extraordinaria reina Mary. Desde el comienzo de sus funciones, ésta se aboca a la tarea de redecora
r Buckingham Palace, de restaurarlo según su propio estilo, de eliminar los anacronismos, de anular el mal gusto. Ella amaba la unidad, la armonía y la belleza. Reunió la serie de muebles, cuadros y vajilla que se encontraba dispersa por doquier, barrió con las palmeras enanas, con las colgaduras de felpa roja, con los bronces informes; arregló los suntuosos baños y alentó a su hijo para que instalara la calefacción central. Fue realmente célebre su colección de objetos de arte.


Su estilo personal era eterno: durante los últimos cuarenta años de su vida vistió casi de la misma manera, trajes de noche adornados con abalorios, chaqueta y falda sastre, zapatos de punta larga y una sombrilla arrollada, con una gran toca puesta en lo alto del peinado haciendo las veces de corona. Este aspecto propio que cultivó servía de modelo para todo el tiempo, siendo bueno lo mismo para el sol que para la lluvia. Dondequiera que se la veía, su fina silueta sólida y pulcra indicaba la presencia de la realeza.


No contenta con apoyar al rey con su devoción absoluta, la reina Mary dio muestras de verdadero genio para hacer brillar la monarquía británica. Durante la Primera Guerra Mundial, decidió con su esposo que la corte renunciaría al alcohol “mientras duraran las hostilidades”. El rey difícilmente podía prescindir de su whisky con soda, pero la omnipresencia de la reina Mary le obligaba a no sucumbir. Un sacrificio muy comentado por la prensa: nadie podía imaginar tal renunciamiento, que los soberanos vivieran en el lujo mientras el pueblo debiera abstenerse.


Bajo la influencia de la soberana, la monarquía hizo una religión del deber y la devoción. Fatigándose a la cabecera de los heridos, Mary obligaba a las otras mujeres de la familia a seguir su ejemplo, de tal modo que una de ellas acabó por quejarse: “Estoy cansada y detesto los hospitales” y la reina replicó: “Usted pertenece a la familia real de Inglaterra. Nosotros jamás nos fatigamos y en verdad amamos todos los hospitales”.


Sin embargo, como lo ha hecho notar un biógrafo, “tanta devoción que ella mostró hacia el mito de la monarquía británica y a la persona sagrada del rey, jamás logró resolver un problema crucial: sus relaciones con sus hijos. El hijo mayor y heredero del rey refutaba casi todos los valores defendidos por sus padres, hasta tal punto que su breve y agitado reinado de 325 días causó la más grande crisis que jamás afrontó la casa de Windsor…”


viernes, 17 de julio de 2009

Los colores de la Realeza III

Blanco y negro



El blanco se asocia a la luz, la bondad, la inocencia y la virginidad. Se le considera el color de la perfección. En heráldica, representa fe y pureza. A diferencia del negro, el blanco por lo general tiene una connotación positiva, puede representar un inicio afortunado.

El armiño designa el blanco puro. Y significa la vía de la verdad, el camino hacia el espíritu. El plata también designa lo blanco y tiene un simbolismo similar: expresa la simplicidad, el despojo de todo lo terreno a favor de lo divino. Es aquel que es absolutamente neutral, que no juzga.

Tradicionalmente, las damas recibidas en audiencia privada por el Papa deben vestir de negro y tocarse de mantilla, al estilo español. Sólo las reinas católicas tienen el privilegio de vestirse de blanco con ocasión de un encuentro solemne con el Pontífice en las ceremonias vaticanas.

La Gran Duquesa de Luxemburgo y la Reina de España en San Pedro, de blanco
La Princesa Consorte de Mónaco con Pío XII, de negro

La Reina Consorte de Bélgica con Benedicto XVI, de blanco


La Reina de Inglaterra con Juan Pablo II, de negro


El negro, el color más enigmático, representa el poder, la elegancia, la formalidad, la fidelidad, la muerte y el misterio. Se asocia a lo desconocido y en heráldica simboliza autoridad, prestigio, fortaleza, intransigencia. Como se asocia con el dolor y la pena, en Occidente es el color universal del luto, mientras que, por el contrario, en las culturas orientales se utiliza el blanco. En Europa las reinas son las únicas que pueden llevar el luto blanco.
Con ocasión del funeral de Balduino de Bélgica en 1993, dos reinas de luto: la Consorte Reinante de negro y la Viuda de blanco.



Catalina de Médici en el siglo XV fue quien puso la moda del terciopelo negro con adornos de armiño en caso de luto real.




Diana de Poitiers (1499-1566), la amante de Enrique II de Francia, y la más grande líder de la moda de su tiempo, llevó luto durante toda su vida luego de la muerte de su esposo Luis de Brézé. Sólo vestía de negro pero con el agregado del blanco, combinación que se transformó en moda para las viudas aristocráticas. Hasta aquel momento los cortesanos acostumbraban vestirse con colores intensos, en telas recamadas de oro y plata, por lo que el estilo de Diana, con la absoluta simplicidad de sus atavíos blanco y negro o plata, contrastaba frente a ese suntuoso caleidoscopio, destacando como un haz de luz.







Cuando se realizó la coronación del rey Enrique, para asombro de los dignatarios presentes, en lugar del manto blanco o azul con la flor de lis dorada de Francia, el suyo fue negro y plata, ornado con medialunas entrelazadas formando un círculo. La corte, a partir de entonces, pasó a vestirse con esos colores.





Diana de Francia, hija ilegítima de Enrique II, ornada con los colores de moda.