Mostrando entradas con la etiqueta Borgoña. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Borgoña. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Las "Cortes de Amor" medievales


El amor cortés era una concepción medieval europea de noble y caballerosa expresión de amor y admiración. En general, era secreto y entre miembros de la nobleza y generalmente no se practicaba entre marido y mujer. El amor cortés se inició en las cortes ducales y principescas de Aquitania, Provenza, Champaña y Borgoña a finales del siglo XI. En esencia, era una experiencia entre el deseo erótico y el logro espiritual que hoy parece contradictoria, "un amor a la vez ilícito y moralmente elevado, apasionado y disciplinado, humillante y exaltante, humano y trascendente". Su interpretación, los orígenes y las influencias siguen siendo un tema de debate crítico.

Origen

El término amour courtois ("amor cortés") tuvo su definición original con Gaston Paris en 1883, en su "Etudes sur les romans de la Table Ronde: Lancelot du Lac, II: Le conte de la charrette". Paris dijo que el amour courtois era una disciplina ennoblecedora y un modelo a seguir. El amante (idolizer) acepta la independencia de la amante y trata de hacerse digno de ella, actuando con valentía y honor (noblemente) y haciendo cualquier cosa que ella pueda desear, sometiéndose a una serie de pruebas para demostrarle su ardor y compromiso. La satisfacción sexual, dijo Paris, podría no haber sido el resultado final, pero el amor no era del todo platónico, ya que estaba basado en la atracción sexual.

El término y la definición de Paris pronto fueron ampliamente aceptados y adoptados. A pesar de que el término "amor cortés" aparece en un solo poema provenzal existente (como cortez amors en una oda de finales del siglo XII por Pére d'Alvernhe), está estrechamente relacionado con el término fin'amor ("amor fino") que aparece con frecuencia en provenzal y francés, así como el alemán lo tradujo a hohe Minne. Además, otros términos y frases relacionados con "cortesía" y "amor" son comunes en toda la Edad Media. Aunque Paris utiliza el término con muy poco apoyo en la literatura contemporánea, no fue un neologismo y usualmente describe una determinada concepción del amor y se centra en la cortesía que se encontraba en su esencia.

La dama del castillo otorga una prenda de favor al caballero que parte a la batalla

Richard Trachsler dice que "el concepto de la literatura cortés está vinculada a la idea de la existencia de textos cortesanos, textos producidos y leídos por hombres y mujeres que comparten algún tipo de cultura elaborada que todos tienen en común". Argumenta que muchos de los textos que los eruditos dicen ser corteses también incluyen textos "no corteses" y que no hay una manera clara de determinar "dónde termina la cortesía y dónde comienza la no cortesía".

Historia

La práctica del amor cortés fue desarrollada en la vida de la corte de cuatro regiones: Aquitania, Provenza, Champaña y Borgoña, en época de la Primera Cruzada (1099). Eleanor de Aquitania trajo los ideales del amor cortés desde su ducado natal, primero a la corte de Francia, luego a Inglaterra, pues fue reina de dos reyes. Su hija Marie llevó el comportamiento cortés a la corte del Conde de Champagne. El amor cortés encontró su expresión en los poemas líricos escritos por trovadores, como Guillermo IX, Duque de Aquitania (1071-1126).



Los poetas adoptaron la terminología del feudalismo, declarándose el vasallo de la dama y dirigiéndose a ella como midons ("mi señor"), una especie de nombre en clave para que el poeta no tuviera que revelar el nombre de la dama, pero que era halagador dirigirse a ella como su señor. Modelo de dama ideal para el trovador era la esposa de su señor, una dama de alta alcurnia, por lo general la señora del castillo. Cuando su marido estaba fuera, en la Cruzada u otros negocios, ella dominaba la Casa y los asuntos culturales; a veces este era el caso incluso cuando el esposo estaba en el castillo. La dama era rica y poderosa y el poeta le daba voz a las aspiraciones de la clase cortesana, ya que solo aquellos que eran nobles podían participar en el amor cortés. Este nuevo tipo de amor veía la nobleza no basada en la riqueza y en la historia familiar, sino en carácter y acciones, atrayendo así a los caballeros más pobres que veían un camino para el ascenso social.

Ya que en el tiempo el matrimonio tiene poco que ver con el amor, el amor cortés era también una manera para los nobles de expresar el amor que no encontraban en su matrimonio. El término "amante" en el contexto del amor cortés, no se refería a las relaciones sexuales, sino más bien al acto de amor emocional. Estos "amantes" tenían citas breves en secreto, que escalaban mentalmente, pero no físicamente. Las reglas del amor cortés fueron codificadas por el muy influyente trabajo de Andreas Capellanus (Andrés el Capellán) titulado De Amore, a fines del siglo XII. Esta obra lista reglas tales como "El matrimonio no es una excusa real para no amar", "El que no es celoso no puede amar", "Nadie puede estar obligado por un doble amor" y "Cuando haces el amor público rara vez perdura".

La influencia islámica y andaluza

Muchas de las convenciones del amor cortés se remontan a Ovidio, a través de Andreas Capellanus, pero es dudoso que todas ellas sean trazables a este origen. Cuentas del amor cortés a menudo pasan por alto la hipótesis "arabista", que se ha planteado en alguna forma casi desde los inicios de las palabras "amor cortés" en la época moderna. Una fuente propuesta para las diferencias es la poesía árabe y de la España musulmana y el contacto europeo más amplio con el mundo islámico.

Escena de Layla y Majnun ("Layla y el Loco"), clásica historia de amor árabe del siglo VII popularizada por el poeta persa Nizami Ganjavi

Teniendo en cuenta que las prácticas análogas a las del amor cortés ya eran frecuentes en Al-Andalus y en otros lugares del mundo islámico, es muy probable que las prácticas islámicas influyeran las de los europeos cristianos. Guillermo de Aquitania, por ejemplo, estuvo involucrado en la Primera Cruzada y en la Reconquista de España, por lo que tendría que haber estado en contacto con la cultura musulmana en gran medida.

De acuerdo con G. E. von Grunebaum, hubo varios elementos que se desarrollaron en la cultura árabe. Las nociones de "amor por amor" y "exaltación de la mujer amada" han sido rastreadas a la literatura árabe de los siglos IX y X. La noción de "poder ennoblecedor" del amor fue desarrollada en el siglo XI por el sicólogo y filósofo persa Ibn Sina (conocido como "Avicena" en Europa), en su tratado Risala fi'l-Ishq ("Tratado sobre el Amor"). El último elemento del amor cortés, el concepto de "amor como deseo nunca cumplido", estaba a veces implícito en la poesía árabe, pero fue desarrollado por primera vez en una doctrina en la literatura europea, en la que los cuatro elementos del amor cortés estaban presentes.

De acuerdo con un argumento esbozado por María Rosa Menocal en El Papel Árabe en la Historia Literaria Medieval, en la España del siglo XI, un grupo de poetas errantes parecía que iban de corte en corte y en ocasiones viajaban a las cortes cristianas del sur de Francia, una situación que refleja lo que sucedería en aquella zona de Europa cerca de un siglo más tarde. Los contactos entre estos poetas españoles y los trovadores franceses eran frecuentes. Las formas métricas utilizadas por los poetas españoles fueron similares a los utilizados posteriormente por los trovadores.



En el mundo real

Un punto permanente de controversia es si el amor cortés era puramente literario o se practicaba verdaderamente en la vida real. No hay registros históricos que ofrezcan evidencia de su presencia en la realidad. El historiador John Benton no encontró ninguna evidencia docuemntal en códigos legales, casos judiciales, crónicas y otros documentos históricos. Sin embargo, la existencia del género de no ficción de los libros de cortesía es quizá la evidencia de su práctica. Por ejemplo, según el libro de cortesía de Christine de Pizan, llamado Libro de las Tres Virtudes (1405), que expresa la desaprobación del amor cortés, la convención estaba siendo utilizada para justificar y encubrir asuntos ilícitos de amor.

El amor cortés probablemente encontró expresión en el mundo real en costumbre como la coronación de Reinas del Amor y la Belleza en los torneos de caballería. Felipe el Bueno, en su Fiesta del Faisán en 1454, se basó en parábolas extraídas del amor cortés para incitar a sus nobles a jurar a participar en una cruzada prevista, mientras que hasta bien entrado el siglo XV numerosas convenciones políticas y sociales se basaban en gran medida en fórmulas dictadas por las "reglas" del amor cortés.
El "Asedio del Castillo del Amor" en una caja de marfil del siglo XIV

Las cortes de amor

Otro punto de controversia fue la existencia de "cortes de amor", mencionadas por primera vez por Andreas Capellanus. Se supone que estas cortes estaban formadas por tribunales de 10 a 70 mujeres que oirían un caso de amor y se pronunciarían sobre él basadas en las reglas del amor. Los historiadores del siglo XIX tomaron la existencia de estas cortes como un hecho; sin embargo, los historiadores posteriores, como Benton, señalaron que "ninguna de las abundantes cartas, crónicas, canciones y dedicatorias piadosas" sugieren que alguna vez existieron fuera de la literatura poética. De acuerdo con Diane Bornstein, una manera de conciliar las diferencias entre las referencias a las cortes de amor en la literatura y la falta de pruebas documentales en la vida real, es que eran como salones literarios o reuniones sociales, donde los participantes leían poemas, debatían cuestiones de amor y jugaban juegos de palabras, es decir, flirteaban.

De toda su influencia en la cultura, la época de Eleanor de Aquitania en Poitiers fue quizás el más crítico y, sin embargo, se sabe muy poco de lo que sucedió. El rey Enrique II estaba en otra parte, atendiendo sus propios asuntos después de escoltar a Eleanor a Poitiers. Fue aquí donde muchos estudiosos atribuyen la corte de Eleanor como "corte de amor", donde la reina, con la complicidad de su hija Marie, fundió y alentó las ideas de los trovadores, los caballeros y el amor cortés en una sola corte. La existencia y las razones de esta corte se debaten.



Palais des Comtes de Poitiers

En esos años Poitiers se impuso como gran foco cultural de Occidente; las justas poéticas, el idioma del cortejo y la ausencia de violencia dominaban escenarios por los que se movían los mejores autores de la época. Chrétien de Troyes o André Le Chapelain trabajaron gozosos bajo el influjo de Eleanor, quien no reparaba en gastos cuando se trataba de fomentar o difundir cualquier manifestación cultural. Desde todos los confines geográficos llegaban bardos, juglares y trovadores dispuestos a demostrar su valía en los alardes poéticos anuales que se celebraban. Cada vencedor, en esos torneos incruentos, recibía el agasajo verbal y reconocimiento de los allí presentes.

En El Arte del Amor Cortés, Andreas Capellanus se refiere a la corte de Poitiers. Él afirmaba que varias mujeres, incluyendo a Eleanor y su hija Marie de Champagne, se sentaban a escuchar las peleas de amantes y a actuar como jurado a las preguntas de la corte que giraban en torno a los actos del amor romántico. Las damas juzgaban los hechos ateniéndose a un código compuesto por treinta y un artículos que determinaban la conducta más correcta a seguir en cada caso. Él registra unos veintiún casos, el más famoso de ellos es un problema asignado a la mujer acerca de si el verdadero amor puede existir en el matrimonio o no. De acuerdo con Capellanus, las mujeres decidieron que no era nada probable.



Algunos eruditos notan que, debido a que la única evidencia de las cortes de amor estuvo en el libro El Arte del Amor Cortés, una corte influyente como ésta nunca existió. Y para reforzar su argumento, dicen que no hay evidencia de que Marie permaneciera con su madre en Poitiers, más allá de que su nombre se menciona en el trabajo de Andreas. Éste escribió para la corte del rey de Francia, donde Eleanor no era bien vista.

Otros, como Polly Schoyer Brooks, en un libro no académico y popular, sugiere que la corte existió, pero que no fue tomada muy en serio y que los actos del amor cortés eran sólo un "juego de salón" hechos por Eleanor y Marie a fin de poner un poco de orden sobre todos los jóvenes cortesanos que estaban allí. De todas maneras, el suceso literario más destacado de este período es la recopilación de las viejas narraciones celtas a cargo de especialistas consumados y, gracias a la reina Eleanor y su hija, reaparecieron con fuerza lugares y personajes ancestrales célticos como el rey Arturo y la isla de Avalon.



Esto no quiere decir que Eleanor inventara el amor cortés, ya que era un concepto que había comenzado a crecer antes que se creara la corte de Eleanor. Sin embargo, debido a que no hay mucha información sobre lo que pasó mientras Eleanor estaba en Poitiers, todo lo que se puede tomar de ella es que esta corte era más probablemente un catalizador para la creciente popularidad de la literatura del amor cortés en las regiones de Europa Occidental.

viernes, 11 de junio de 2010

El Duque de Borgoña

El Ducado de Borgoña fue uno de los estados más importantes de la Europa medieval, independiente entre 880 y 1482. El feudo del Duque de Borgoña correspondía aproximadamente con la región actual francesa de Borgoña. Gracias a su riqueza y vasto territorio, el ducado fue tanto política como económicamente muy importante. Técnicamente eran vasallos del rey de Francia, pero los duques de Borgoña supieron mantener una política propia.

La dinastía inicial de los Duques de Borgoña se extinguió en 1026, con la muerte sin descendientes del heredero de la casa, el duque Otón Guillermo. Pero el ducado ya había sido anexionado en 1016 por Enrique I que se convirtió en duque en 1016. Enrique concedió el ducado a su hermano Roberto, que funda la rama de la Dinastía de los Capetos. De esta línea descendiente proviene Alfonso Enríquez, el primer rey de Portugal. El último representante de la casa fue Felipe de Rouvres, que murió de peste en 1361. El ducado pasó a la corona francesa.


Juan II El Bueno, al igual que habían hecho ya otros reyes de Francia, repartió el reino entre sus hijos, si bien mantuvo la unidad de la Corona. A Felipe el Valiente, su hijo menor, le concedió en 1363 el ducado de Borgoña. Felipe se casó con Margarita III de Flandes, la única heredera de este condado, que integraba asimismo los de Nevers y Rethel, por lo que este Valois-Borgoña acabó poseyendo una parte tanto del nordeste de Francia como de los territorios pertenecientes ya al Imperio. El duque llevó a cabo una eficaz política matrimonial con sus hijos, a Margarita la casó con el conde de Hainault y de Holanda, a Juan, su heredero, primero con la hermana de este conde y luego con la nieta del emperador Wenceslao de Luxemburgo y a Antonio, conde de Rethel, con la heredera de Luxemburgo.



Dijon: Tumba de los Duques de Borgoña (Jean Sans Peur o Juan I y Margarita de Baviera)


Entonces, el ducado de Borgoña se convirtió en un poderoso principado, de situación estratégica, con dos ramas autónomas: la de los dos Borgoñas y el Charoles y la de Flandes y Artois. El ducado fue apetecido tanto por Francia como por Alemania, que se lo disputaron violentamente. En 1419, al ser asesinado Juan sin Miedo en la lucha por el poder francés, le sucedió como duque de Borgoña su hijo Felipe el Bueno, quien más tarde fundaría la Orden del Toisón de Oro. La corte ducal borgoñona alcanzó un destacado florecimiento artístico y cultural y llegó a ser, por su pompa ceremonial, el modelo de etiqueta para las cortes europeas de esa época.


La fortaleza y prosperidad de Borgoña contrastaban con la decadencia de la dividida Francia de Carlos VII. Primero Felipe el Bueno y luego Carlos el Temerario lucharon contra los sucesivos reyes franceses, quienes les impedían crear un extenso imperio borgoñón, mayor aún al sumar los territorios de Alsacia y el Rin cedidos por Segismundo de Austria a cambio de su apoyo contra los rebeldes suizos.




El Palacio de los Duques de Borgoña en Dijon



El poderoso Carlos de Borgoña solicitó del emperador Federico III de Habsburgo el título de rey, pero este le exigió en contrapartida que la heredera de Borgoña, María, se casase con su hijo, el archiduque Maximiliano. Tras largas negociaciones El Temerario aceptó pero no consiguió su objetivo de ser nombrado rey y fue derrotado y muerto el 5 de enero de 1477 en el sitio de Nancy.


Entonces, toda Europa quería su parte en la sucesión que correspondía a María de Borgoña, la prometida de Maximiliano de Habsburgo. El rey de Francia Luis XI tomó la delantera y se apoderó de las dos Borgoñas, de Picardía, del Artois y de la comarca de Bolonia. María se quedó solamente con los Países Bajos.


Posteriormente, al morir la duquesa de Borgoña en 1482, su esposo Maximiliano I se vio obligado a negociar con el rey de Francia. El Tratado de Arrás dejaba a la Corona francesa la Borgoña y la Picardía, mientras que el Artois y el Franco Condado serían la dote de Margarita de Austria, hija de Maximiliano y de María de Borgoña, que se comprometió en matrimonio al futuro Carlos VIII de Francia. La Casa de Austria conservó los Países Bajos.


El principado que constituía el ducado de Borgoña había dejado de existir. Los Valois-Borgoña también se acabaron, pues su última descendiente, María, al casarse con Maximiliano fortaleció a los Habsburgo y se integró con ellos, desapareciendo su linaje. A sus hijos, Felipe “el Hermoso” y Margarita, se les apellidaría ya “de Austria”. Felipe, casado con Juana la Loca de Castilla, tendría dos hijos emperadores, Carlos V y Fernando I, quienes, por tanto, fueron nietos de María, la última duquesa de una Borgoña autónoma que fue una potencia europea.



Presentación del Armorial ecuestre del Toisón de Oro al duque Philippe de Borgoña



Los duques de Borgoña


Bosónidas

880 - 921 : Ricardo I el Justiciero, primer duque de Borgoña (creado por Luis III)

921 - 923: Raúl I, hijo del anterior. En 923, se convirtió en rey de Francia y cedió el ducado a su hermano.


923 - 952: Hugo el Negro, hermano del anterior.


952 - 956: Gilberto de Chalon.



Robertinos (Capetos)

956 - 965: Otón Enrique, hijo de Hugo el Grande, se casó con Gerberga de Chalon, hija heredera de Gilberto de Chalon.

965 - 1002: Enrique I el Grande, hermano del anterior.


1002 - 1004: Otón Guillermo, Conde palatino de Borgoña, nieto del anterior.



Dominio real (1004-1032)


Roberto II el Piadoso, rey de Francia, sobrino de Otón Enrique y de Enrique I, conquistó el ducado de Borgoña y lo incorporó al dominio real.


Le sucedió su hijo Enrique, quien para terminar la revuelta de su hermano Roberto, le otorgó el ducado de Borgoña, de forma similar a un infantazgo, en 1032 a cambio de renunciar sus pretensiones al trono francés, originándose así una rama menor de la dinastía capetina, la Casa de Borgoña.



La excomunión de Roberto el Piadoso (por haberse negado a anular el matrimonio con su prima hermana Berta de Borgoña)



Casa de Borgoña (Capetos)

1032 - 1076: Roberto I el Viejo, hijo de Roberto II el Piadoso y hermano de Enrique I.


1076 - 1079: Hugo I, nieto del anterior.


1079 - 1102: Eudes I Borrel, hermano del anterior.


1102 - 1143: Hugo II el Pacífico, hijo del anterior.


1143 - 1162: Eudes II, hijo del anterior.


1162 - 1192: Hugo III, hijo del anterior.


1192 - 1218: Eudes III, hijo del anterior.


1218 - 1272: Hugo IV, hijo del anterior.


1272 - 1306: Roberto II, hijo del anterior.


1306 - 1315: Hugo V, hijo del anterior.


1315 - 1349: Eudes IV, hermano del anterior.


1349 - 1361: Felipe I de Rouvres, nieto del anterior.



Dominio Real (1361 - 1363)


A la muerte prematura del duque Felipe I sin descendencia, le sucedió su primo Juan II el Bueno, rey de Francia, según la proximidad de sangre, ya que según primogenitura le hubiese correspondido a Carlos II de Navarra, pero la nobleza borgoñona también sopesó las alianzas e influencias de ambos en la Guerra de los Cien Años. En 1363, Juan II otorgó en infantazgo a su hijo Felipe.

Casa de Valois

1364 - 1404: Felipe II el Atrevido, hijo del rey de Francia Juan II;

1404 - 1419: Juan I Sin Miedo, hijo del anterior;

1419 - 1467: Felipe III el Bueno, hijo del anterior;

1467 - 1477: Carlos I el Temerario, hijo del anterior.



Philippe III le Bon



Después de 1477


Después de la muerte de Carlos el Temerario en la Batalla de Nancy sin descendencia masculina, el rey Luis XI se apoderó del ducado de Borgoña y lo anexionó al dominio real, en base a que los infantazgos se habían reglamentado de forma que al agotarse la descendencia masculina debían incorporarse a la Corona. Pero María, la hija de Carlos el Temerario, se casó con el futuro emperador Maximiliano I de Habsburgo para defender su herencia, y no aceptó la pérdida del ducado, manteniendo así la titulación de duque de Borgoña. Lo mismo hicieron sus descendientes los reyes de España, debido al prestigio que otorgaba a su titular el ser Gran Maestre y Jefe Soberano de la Orden del Toisón de oro. Tanto es así que en la Paz de Cambrai (1529) el emperador Carlos V renunciaba al territorio específico del ducado de Borgoña pero no al título.



Duques titulares de Borgoña (título Habsburgo)



Los Habsburgo continuaron reclamando el ducado de Borgoña, en vano, y reconocieron su pérdida -Paz de Cambrai (1529), Tratado de Cateau-Cambrésis (1559), tratado de Nimega (1678)-. Siguieron manteniéndose como duques titulares.



El matrimonio de Maximiliano I de Habsburgo y de María de Borgoña


1477 - 1482: María de Borgoña, hija de Carlos el Temerario, y esposa de Maximiliano I de Habsburgo, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.


1482 - 1506: Felipe IV el Hermoso, rey de Castilla, hijo de la anterior.


1506 - 1555: Carlos I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, rey de España, hijo del anterior.


1555 - 1598: Felipe II, rey de España y Portugal, hijo del anterior.


1598 - 1621: Isabel Clara Eugenia y Alberto de Austria, hija y yerno del anterior.


1621 - 1665: Felipe IV, rey de España y Portugal, sobrino de los anteriores y nieto de Felipe II.


1665 - 1700: Carlos II, rey de España, hijo del anterior. Tras la paz de Nimega, se desarticuló definitivamente la herencia territorial de los Valois borgoñones.


Los reyes de España como sucesores siguieron manteniendo la titulación como mero prestigio.



Duque de Borgoña (título francés)


Título del Antiguo Régimen


El título fue otorgado por el rey de Francia a los príncipes y a priori a los primogénitos del Delfín:

1682 - 1711: Luis de Francia (1682 - 1712), duque de Borgoña, hijo de Luis de Francia, llamado el Gran Delfín, y nieto de Luis XIV.

1751 - 1761: Luis de Francia (1751 - 1761), duque de Borgoña, primogénito de Luis de Francia, delfín, y nieto de Luis XV.




Luis de Francia (hijo de Luis XIV y de Maria Teresa de España), El Gran Delfín, y su esposa, Princesa María Ana de Baviera, con sus tres hijos: Luis, El Pequeño Delfín, Felipe (más tarde Felipe V de España) y Carlos (más tarde Duque de Berry).


Título de cortesía


1950 - 1975: Alfonso de Borbón, nieto de Jaime Enrique de Borbón (1908 - 1975), duque de Anjou y de Segovia, tomó de su padre el titulo de duque de Borbón y de Borgoña. En 1975, a la muerte de su padre, se adjudicó el título de duque de Anjou.

martes, 25 de mayo de 2010

La etiqueta borgoñona en la Corte de España

Borgoña en los siglos XIV y XV era un ducado vasallo del Rey de Francia: el tercer hijo del monarca galo era el titular. Era un ducado pequeño que había heredado una serie de territorios al Norte de Francia gracias a alianzas patrimoniales, convirtiéndose en el centro del poder económico europeo. El Duque Felipe el Bueno de Borgoña decide crear un protocolo fastuoso para imponer su autoridad y renombre frente a Inglaterra, Francia, Alemania y Castilla y Aragón, las grandes monarquías de entonces. Fue inventado para elevar la figura del soberano, el Duque, convirtiéndolo en un ser casi semi-divino, para así imponer la autoridad recibida de Dios frente a sus súbditos.

En este protocolo el orden era estrictamente riguroso: cada procedimiento estaba escrito, de modo que se sabía exactamente dónde se debía sentar cada persona, cómo se le servía y en qué orden. Existía una corte enorme, formada por personas con funciones específicas que debían cumplir estas normas con disciplina. La celebración de los actos era uniforme para los distintos territorios que poseía el ducado. Puesto que no existía una continuidad territorial entre dichas posesiones, se dictaminó que todas las ceremonias reunieran las mismas características, independientemente del lugar en que se organizasen.

Otto Cartellieri, uno de los pioneros en el estudio de la etiqueta en la corte borgoñona, creía que los duques de Borgoña y sus consejeros habían elaborado el protocolo con el fin de propagar la creencia que la autoridad ducal era semi-sagrada; que la pompa contribuía a convencer a sus súbditos que «nada era demasiado bueno para él... [que] la mano del soberano no podía tocar nada ordinario». Y, tal y como concluye Cartellieri, los duques de Borgoña, por muchas incomodidades e inconvenientes que les supusieran, «siempre prestaron suma atención a los asuntos ceremoniales y de preferencia».

Felipe El Bueno, duque de Borgoña, y su hijo, recibiendo el ejemplar de Las Crónicas de Hainaut.

Ya en 1360, los duques mostraban generosidad y magnificencia, solemnidad y «ceremonias esplendorosas y elaboradas». Gobernantes y cortesanos desarrollaron, desde la época medieval en adelante, una cultura cortesana de ceremonia y mecenazgo con la intención de realzar su autoridad y el poder del estado absolutista. De este modo, se manipulaba a la opinión pública por medio de coronaciones, entradas reales en las ciudades, ceremonias fúnebres reales y la popular festividad del Te Deum, entre otros rituales.

Tanto para los contemporáneos como para los historiadores, la etiqueta, utilizada debidamente, reforzaba la jerarquía e imponía un orden; y conseguir asentar la jerarquía y el orden era, de entre todos, el principal objetivo de las culturas política y cortesana de las primeras élites dominantes modernas. Y tal era así, que ya Lady Anne Fanshawe, esposa de un diplomático inglés de mediados del XVII y veterana cumplidora de la vida cortesana europea, elogiaba a la corte española describiéndola como la mejor ordenada en el mundo cristiano, por supuesto, después de la inglesa.

Durante estos siglos, incluso hasta las últimas décadas de la monarquía borbónica de principios del siglo XX, los observadores de la corte española a menudo quedaban impresionados por su etiqueta. Aparecía extraordinariamente rígida, ritualista, fría, y durante el XVII, degradante hacia los cortesanos y sirvientes que trabajaban de acuerdo con sus preceptos. Tanto monarcas como cortesanos parecían encadenados a unos ceremoniales heredados de un pasado lejano.


Armorial de Borgoña

La etiqueta española se basó en los principios y la organización de la corte del ducado borgoñón. Desde 1363, los duques de Valois y sus sucesores Habsburgo elaboraron tal estilo, regulando con sumo detalle casi todos los aspectos de la vida cortesana: dar a luz, atender la capilla, vestirse y desvestirse, recibir visitas, hacer regalos, organizar cenas con invitados y supervisar las cocinas ducales. Éstas y otras actividades se rodeaban de un ceremonial que creaba una «helada atmósfera» en la cual la familia real se movía.

Pero el ceremonial, combinado con enorme riqueza, generoso mecenazgo artístico y asiduo culto a los mitos caballerescos, así como la cruzada contra el Islam, ayudaron a crear una viva y espléndida corte donde la autoridad de los duques era realmente singular y su persona era considerada casi divina.

No es de sorprender que el esplendor borgoñón hubiera impresionado sumamente a Maximiliano de Habsburgo, el último Sacro Emperador Romano, como su mito deslumbró al hijo de éste, Felipe el Hermoso. Maximiliano, a través del matrimonio, y Felipe, por herencia, accedieron al trono ducal de Borgoña, así como al complicado ceremonial que eclipsó todo a cuanto la familia Habsburgo había estado acostumbrada. Maximiliano y su hijo, inevitablemente, asumieron los hábitos de la corte borgoñona y elevaron la etiqueta imperial Habsburgo al nivel de los duques de Valois. Fue Carlos V, Sacro Emperador Romano y el primer rey Habsburgo de una España unida, quien incorporó sistemáticamente el ritual borgoñón a la corte española.

Felipe el Hermoso y Juana de Castilla, padres de Carlos I (1500)

Durante toda su vida, Carlos I (V) se enorgulleció de su herencia borgoñona y pensó mucho acerca de cómo él había representado a los duques de Valois -como gran caballero cristiano, defensor del catolicismo, destacado mecenas de artistas, rico y héroe defensor de muchos de los valores medievales tardíos-. Hacia 1547 exigió a un agente en España, el tercer duque de Alba, que supervisara el establecimiento de la etiqueta borgoñona en casa de su hijo y heredero, el futuro Felipe II, quien era al mismo tiempo el sustituto del emperador en la Península. A partir de entonces, el estilo borgoñón se convertirá en la columna vertebral característica de la estructura, ceremonia y etiqueta de la Casa Real.

La imposición del estilo borgoñón en casa de Felipe fue intencionada para inculcar a los futuros súbditos la continuidad de la autoridad de los Valois y para asociar a su nombre el esplendor de sus ancestros ducales, así como satisfacer su inclinación personal y prescribir sus gustos. Además, Carlos, nacido en Gante y educado en la Corte holandesa borgoñona, se sentía fuertemente ligado a la etiqueta con la que había crecido y naturalmente deseaba ver como la gloria de Borgoña se reflejaba en su corte española. Era adecuado que los españoles, destinados a gobernar los Países Bajos, compartieran su cultura cortesana.

El III Duque de Alba

Aunque el estilo borgoñón era incómodo y rígido; tendía a aislar al monarca y a su familia entre un pequeño e íntimo círculo de grandes y sirvientes palaciegos y socavaba la tradicional simplicidad de las casas de los monarcas medievales de la Península, además de que era enormemente caro de mantener, ni Felipe II ni sus sucesores anularon lo que Carlos V había decretado. Felipe tenía demasiado respeto a su padre como para hacer tal cosa, mientras que los últimos Habsburgo aceptaron el estilo borgoñón como característica inevitable y como un recuerdo de las glorias políticas y militares del poder español.

Felipe IV, de entre todos los reyes del antiguo régimen español, fue el más resuelto a mantener la etiqueta en la corte en todo su rigor, entendió la etiqueta como un pilar del poder Habsburgo, una fuente de orden y fortaleza moral.


Felipe IV, en traje de caza

Los reyes Borbones del siglo XVIII, ansiosos a menudo por enfatizar la continuidad con el pasado Habsburgo, también conservaron el sistema borgoñón. Por entonces, además, hombres y mujeres con intereses creados -cortesanos aristócratas, oficiales, sirvientes, artistas y artesanos, oportunistas y traficantes de influencias y mecenazgos- se beneficiaron del extravagante estilo borgoñón y se resistieron a los pocos intentos serios hechos para una reforma indispensable. No sorprende, por tanto, ver que el intento hecho por Felipe V para reestructurar la Casa Real fallara.

Presionado, aparentemente, por el cardenal Alberoni, Felipe V, en 1718, impuso una reforma de la estructura y de la contabilidad financiera de la corte, proponiendo el recorte de costes y la mejora de rendimientos. Los departamentos tradicionales de la Casa Real -cada uno de ellos encabezado por un aristócrata eminente o por un prelado influyente- habrían perdido su independencia con respecto a la nueva figura del intendente general de la Casa Real de España. Por eso, la denominación oficial de la Casa Real como la Casa de Borgoña se extinguiría. Pero unos días después de que Alberoni perdiera el poder en 1719, Felipe revocó su reforma, la Intendencia General fue abolida y la estructura departamental borgoñona totalmente restaurada. Por lo tanto, una vez más, el estilo borgoñón triunfó sobre sus detractores.


El Cardenal Alberoni

En cualquier caso, la etiqueta borgoñona se adaptó a los gustos reales y a las variables circunstancias financieras, políticas e ideológicas. Esto fue así tanto en la corte ducal borgoñona bajo los Valois, como también bajo sus sucesores Habsburgo.

El carácter de su casa y de sus ceremonias y la rigidez de su etiqueta varió de reinado a reinado. Los reyes españoles, asimismo, moldearon y remodelaron el protocolo y a menudo lo olvidaron totalmente. Aunque la estructura de la casa, los nombres de sus empleados y la descripción de sus tareas, así como su posición relativa dentro de las detalladas jerarquías de los departamentos, permanecieron básicamente intactas de siglo en siglo, otros aspectos fueron de vez en cuando reformados. Los monarcas ocasionalmente decretaron nuevas reglas.

Se ha dicho, por ejemplo, que al hacerse viejo, Felipe II dejó de cenar en público; y que Carlos IV (1788-1808) y su consorte, María Luisa de Parma, relajaron el protocolo para tomar parte en los entretenimientos que ofrecían los Grandes -algo que los monarcas españoles no habían hecho de manera regular desde hacía más de dos siglos-.


El trono con dosel de Carlos IV, circundado por los retratos del rey y su consorte

Las ordenanzas reales, instrucciones y edictos modificando la etiqueta se hacían públicos una vez casi cada diez años, como mínimo, desde 1547 hasta 1720. Mientras Felipe II y Felipe IV tendían a utilizar estos métodos para intensificar el protocolo e imponer una disciplina estricta sobre sus cortesanos, muchos monarcas actuaron de manera totalmente diferente y «reblandecer las normas».

Tal «reblandecimiento», u olvido total de las normas borgoñonas, dio flexibilidad al sistema y ganó la lealtad, más o menos entusiasta, de todos los monarcas españoles de la Edad Moderna. Sin embargo, esta flexibilidad no fue el simple producto de la negativa real a vivir con un protocolo que podía parecer sin sentido o demasiado estricto, sino que resultó también de una profunda perversión del sistema borgoñón experimentada a finales del XVII. Por entonces, las costumbres originalmente franco-holandesas de los duques de Valois habían quedado diluidas primeramente por los hábitos alemanes.

Después, debido a las quejas en las Cortes de 1558, en España, tanto Carlos V como Felipe II habían permitido deliberadamente que algunas de las antiguas costumbres castellanas se mezclaran con las borgoñonas.

Isabel de Avis y Trastámara, Infanta de Portugal, Consorte de Carlos I

Además, la etiqueta cortesana portuguesa fue importada a España por la esposa de Carlos I y muchas de las prácticas de la Casa Real de Lisboa se aceptaron y se codificaron en las Ordenanzas de 1575. Más tarde, durante sus primeros años en Madrid, Felipe V complicó aún más el asunto cuando impuso algunas peculiaridades menores de organización y ritual traído de Versalles. De este modo, hacia mediados del siglo XVIII, la pureza que quedaba del protocolo borgoñón era escasa, a pesar de la esperanza que había expresado Felipe IV en 1631.

Igual que en otras cortes y en otros sistemas de protocolo, la etiqueta era ante todo un instrumento que los gobernantes manipulaban, como hemos visto, para glorificarse ellos y su dinastía y para mantener el orden y reforzar la convencional jerarquía social, rodeándose de inexpugnables muros de historia y de tradición. Los reyes españoles utilizaron la etiqueta para hacer que su persona fuera prácticamente inviolable. De ahí que Felipe IV advirtiera a sus gentilhombres de cámara, que no debían permitir que nadie tocara ni las sábanas ni los visillos de su cama «a menos que fueran gentilhombres y ayudas de cámara con el fin de prepararla o para alguna otra cosa necesaria a su mantenimiento, y aun entonces debía de ser hecho con la mayor decencia y respeto».

Las normas de etiqueta de la corte también servían para necesidades prácticas. La seguridad la proporcionaban los alabarderos y otras compañías de guardias y las reglas protegían al rey y a su familia de envenenamientos y otros peligros y salvaguardaban la Casa Real de intrusos y ladrones -aunque los robos incesantes de plata y lino indican que tales medidas no eran del todo eficaces-. Incluso las cocinas reales necesitaban una cuidadosa custodia contra los intrusos y Felipe II tuvo grandes dificultades, según cuenta un empleado de la corte, para mantener a los bribones a raya. Así que Felipe II tuvo que intensificar las reglas desde entonces.

Capítulos enteros de regulaciones, en las Ordenanzas de 1575 o en muchas órdenes de Felipe IV, se dedicaron en particular a mantener a hombres y mujeres separados. Los gobernantes del XVI y del XVII tenían que recordar a los galanes y a las jóvenes damas de la corte el modo de comportarse. Éstas y otras normas aseguraban, cuando se hacían cumplir con efectividad, que las sucesivas reinas, infantas y sus damas y sirvientas estuvieran prácticamente aisladas del mundo exterior.

Felipe II en el banquete de los monarcas (1596)

Otras reglas protegían la salud real y la limpieza de los palacios y de aquéllos que trabajaban en estas tareas: se lavaban las manos -incluyendo las del rey-; se fregaban las mesas; se barrían los suelos, y la comida se almacenaba y se servía cuidadosamente de acuerdo con los preceptos de los libros de etiqueta y otras órdenes. Otras fórmulas regulaban la gradación de los cortesanos, prescribiendo, por ejemplo, en qué lugar tenía que sentarse cada uno cuando los oficiales de alto rango se encontraban para comer o para conducir los negocios de la casa. Estas fórmulas fomentaban la eficacia y la puntualidad, y se aplicaban a supervisar los gastos a través de exámenes contables frecuentes y a asegurar la buena calidad de los productos adquiridos para la Corte.

martes, 4 de mayo de 2010

Los reinos de la Península Ibérica

La historia y la cronología de los reinos que se crearon tras la caída del Imperio Romano de Occidente y las invasiones de distintos pueblos germánicos se remontan al 400 de la era cristiana.

Aunque la configuración de España como estado moderno da comienzo tras el final de la Guerra de Sucesión, la unificación bajo una misma corona de los distintos reinos cristianos que vinieron a conformarse tras la invasión musulmana de 711 sucedió con los Reyes Católicos, que unificaron las coronas de Castilla y Aragón para finalizar la conquista del hasta entonces territorio musulmán e invadir el reino de Granada. Posteriormente Fernando el Católico, una vez fallecida Isabel I, invadió el reino cristiano de Navarra, que, tras una larga guerra heredada por Carlos I, llevó al control de la Alta Navarra, al sur de los Pirineos.


Fernando el Católico


El orden numérico de los reyes españoles fue secuenciado a posteriori, partiendo siempre de la realeza asturiana, considerada entonces la dinastía legítimamente hispana, heredera de los visigodos; luego la leonesa, continuadora de la asturiana, y más tarde la castellana. En un principio la monarquía asturiana —como la visigoda— no era hereditaria sino electiva, si bien la Corona solía recaer en hijos o parientes de reyes. Por ello, la actual monarquía española desciende directamente de Bermudo I (no de Don Pelayo, pues su estirpe terminó con su bisnieto Alfonso II el Casto de Asturias). Este linaje entroncará sin interrupción hasta Juan Carlos I, lo que la convierte en la dinastía reinante más antigua del mundo, sólo por detrás de la japonesa.



Alta Edad Media: los reinos bárbaros



A comienzos del siglo IV reinaban en la Península los vándalos con Gunderico, los visigodos con Ataúlfo y los suevos con Hermerico. En el año 585 los suevos son conquistados definitivamente por los visigodos, de los cuales el rey Agila II se opone a los musulmanes y sólo gobierna la Septimania hasta el año 725.


Al-Ándalus


Con Abderramán I (756-788) se inició el control de la dinastía Omeya en España y la fundación del emirato de Córdoba, independiente de Damasco.

Desde que el califa Hisham II es obligado a abdicar en 1009 hasta el año de la abolición formal del califato en 1031 se suceden en el trono de Córdoba nueve califas, de las dinastías omeya y hamudí, en medio de una anarquía total que se refleja en la independencia paulatina de las taifas de Almería, Murcia, Alpuente, Arcos, Badajoz, Carmona, Denia, Granada, Huelva, Morón, Silves, Toledo, Tortosa, Valencia y Zaragoza. Cuando el último califa Hisham III es depuesto y proclamada en Córdoba la república, todos los coras (provincias) de al-Ándalus que aún no se habían independizado se autoproclaman independientes, regidas por clanes árabes, bereberes o eslavos.


Abderramán III


Durante el apogeo de los reinos de taifas (siglo XI y después a mediados del siglo XII), los reyes de las taifas compitieron entre sí no sólo militarmente, sino sobre todo en prestigio. Para ello, trataron de patrocinar a los más prestigiosos poetas y artesanos.

La conquista de Toledo en 1085 por parte de Alfonso VI de León y Castilla hizo palpable que la amenaza cristiana podía acabar con los reinos musulmanes de la península. Ante tal amenaza, los reyes de las taifas pidieron ayuda al sultán almorávide del norte de África, Yusuf ibn Tasufin, el cual pasó el estrecho y no sólo derrotó al rey de León (1086), sino que conquistó progresivamente todas las taifas.

Cuando el dominio almorávide empezó a decaer, surgieron los llamados segundos reinos de taifas (1144-1170), que fueron posteriormente sometidos por los almohades, que habían sucedido a los almorávides en su dominio del norte de África.


Detalle de la Gran Mezquita de Córdoba


Tras el fin del periodo almohade en 1212, hubo un corto periodo denominado terceros reinos de Taifas, que terminó en la primera mitad del siglo XIII con las conquistas cristianas en el Levante de Jaime I de Aragón (Valencia, 1236) y en Castilla de Fernando III el Santo (Córdoba, 1236 y Sevilla, 1248) y perduró en Granada con la fundación del reino nazarí, que no capituló hasta el 2 de enero de 1492, fecha que pone fin a la Reconquista.


Reinos cristianos durante la Reconquista


El Reino de Asturias es el más antiguo y se inicia con Don Pelayo en 718. Su nieto Alfonso I se autoproclama primer rey de Asturias. Luego estaban los reinos de Navarra, Aragón, Castilla, León, Galicia y Portugal. Ordoño II de Galicia también se proclama rey de León en el 910. Ramiro II de León unifica los reinos de León, Asturias, Galicia y Portugal en el 930. Fernando I, Conde de Castilla, se proclama en 1037 rey de León y a su muerte el Condado se convierte en Reino de Castilla.

Urraca de León y Castilla, que reinó entre 1109 y 1126, casó con Alfonso I de Aragón –entonces rey de Aragón y Navarra-. Su marido fue rey consorte hasta que la repudió en 1114. En 1157 se separan los tronos de Castilla y de León hasta que en 1230 Fernando III el Santo crea la Corona de Castilla uniendo ambos reinos. En Portugal, Alfonso Henriques, conde de Portugal, se convierte en su primer monarca como Alfonso I.



Urraca Regina


Para inicios del siglo XVI Catalina de Foix y Juan III de Albret reinaban en Navarra, Fernando el Católico en Aragón, Isabel I la Católica en Castilla, León, Asturias y Galicia y Manuel I en Portugal. Carlos I, nieto de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, se convirtió en 1517 en el primer rey de la España unida.

Monarcas de España de la Edad moderna

Isabel I de Castilla pertenecía a la Casa de Trastámara, una rama menor de la Casa de Borgoña, que reinó en Castilla (de 1369 a 1504 y de 1506 a 1516, en Aragón (de 1412 a 1516), en Navarra (de 1425 a 1479) y en Nápoles (de 1458 a 1501). La última soberana de esta Casa en gobernar en la península fue Juana I la Loca, que por su matrimonio con Felipe el Hermoso y a través del hijo de ambos, Carlos, dio paso al gobierno de España por reyes de la Casa de Austria.


Juana de Castilla con sus dos hijos mayores, Leonor y Carlos (quien llegará a ser Rex Imperator)

Carlos I (V del Sacro Imperio Romano Germánico) dejó tras de sí una monarquía española que fue también, por algún tiempo, soberana de los Países Bajos, de buena parte de Italia y de grandes territorios en ultramar; no obstante, el título de Emperador no pasó a los siguientes monarcas de España.

Tras la muerte del quinto monarca Habsburgo, Carlos II, sin descendencia, la titularidad de la Corona de España pasa a su sobrino-nieto, y nieto a su vez de Luis XIV de Francia, Philippe d'Anjou, siendo el primer miembro de la Casa de Borbón en España. Al ser nombrado Rey de España, Philippe cambia su nombre a Felipe, mientras que el apellido francés Bourbon se castellanizó como Borbón.

Se suceden seis Borbones (Felipe V, Luis I, Fernando VI, Carlos III, Carlos IV y Fernando VII) hasta 1808, en que el emperador Napoleón impone a su hermano Joseph como José I después de invadir España y hacer renunciar a Carlos IV. El título que usó José I fue Rey de las Españas y de las Indias, por la gracia de Dios y por la Constitución del Estado. La primera restauración borbónica tiene lugar en 1813 con Fernando VII, a quien veinte años después sucede su hija Isabel II. A partir de la Constitución de 1837, Isabel II pasa a denominarse Reina de las Españas.



Estandarte real de la Casa de Borbón (1761-1931)

En noviembre de 1870 sube al trono español Amadeo de Saboya, segundo hijo de Vittorio Emanuele II, rey de Piamonte-Cerdeña y luego de Italia. Fue elegido por las Cortes como tal después de la revolución de 1868 y la abdicación de Isabel II, siendo el único monarca de la Casa de Saboya. Su título fue Rey de España, por la gracia de Dios y la voluntad nacional.

La Casa de Borbón vuelve a restaurarse dos veces luego del paréntesis del rey Amadeo I. Primero con Alfonso XII y Alfonso XIII, que llevó a la dictadura de Primo de Rivera, la Segunda República Española y la dictadura de Francisco Franco, y por segunda vez con Juan Carlos I, que continúa hasta la actualidad.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Casa de Valois

La Casa de Valois es una rama menor de la Dinastía de los Capetos que gobernó Francia entre los años 1328 y 1589. Una rama de los Valois reinó como Duques de Borgoña de 1363 a 1482. Eran descendientes de Charles de Valois, cuarto hijo de Philippe III de Francia.

La Dinastía Capetina parecía segura durante y después del reinado de Philippe IV. Éste dejó tres hijos sobrevivientes, los futuros Louis X, Philippe V y Charles IV, y una hija, Isabel de Francia. Cada hijo varón se convirtió en rey a su turno pero murieron jóvenes y sin herederos masculinos (todos tuvieron hijas mujeres). Cuando Charles IV murió en 1328, la sucesión a la Corona francesa estaba abierta.


Bajo la Ley Sálica, que sólo reconocía a la línea masculina, el trono pasaría a través de los descendientes masculinos de Charles de Valois. Philippe, hijo de éste, era el más cercano heredero masculino, nieto de Philippe III, sobrino de Philippe IV y primo de los tres hijos de éste. Irónicamente sería conocido como “El Afortunado” por su escasa oportunidad de convertirse en rey.

Los Valois directos

La polémica sucesión hizo posible la pretensión al trono de los reyes de Inglaterra -que a su vez eran los señores feudales más importantes en Francia-. Eso originó la Guerra de los Cien Años, en la que los Valois fueron derrotados en un principio, hasta que el territorio sobre el que gobernaban quedó reducido a una mínima expresión. El juego de alianzas del resto de casas nobles, como la Casa de Borgoña, independiente en la práctica, hizo el conflicto interminable.

Las campañas de Juana de Arco cambiaron las tornas de la guerra, que dejó como misión sagrada de la dinastía, teñida de providencialismo, reunir bajo su soberanía la multiplicidad de entidades en que estaba dividido el territorio entre el río Rin y los Pirineos. Con Luis XI de Francia ya se consigue un poder real compatible con lo que serán en el contexto europeo occidental las monarquías autoritarias.



Charles V de Valois (1338-1380)


Ya en el siglo XVI reinaba Francisco I (desde 1515 hasta 1547) sucesor de Luis XII, uno de cuyos logros fue fortalecer el poder real, así como derrotar a los suizos y firmar el tratado de Noyon que le daba derechos sobre el Ducado de Milán. También era uno de los candidatos al trono del Sacro Imperio Romano Germánico. Su hijo Enrique II de Francia se casa con Catalina de Médicis y tienen tres hijos varones, los futuros Francisco II, Carlos IX y Enrique III, quienes por su incapacidad de gobernar, dejan un papel destacado a su madre. En este contexto - y con la intervención de Felipe II de España- se desatan las Guerras de Religión, que acaban destruyendo a la dinastía.

Reyes de Francia

Valois

  • Philippe VI el Afortunado (1328-1350), hijo de Carlos de Valois y Margarita de Anjou
  • Jean II el Bueno (1350-1364)
  • Charles V el Sabio (1364-1380)
  • Charles VI el Bienamado, más tarde conocido como el Loco (1380-1422)
  • Charles VII el Victorioso (1422-1461)
  • Louis XI el Prudente (1461-1483)
  • Charles VIII el Afable (1483-1498)

Valois-Orléans

  • Louis XII el Padre de Su Pueblo (1498-1515)

Valois-Angoulême


  • François I (1515-1547)
  • Henri II (1547-1559)
  • François II (1559-1560)
  • Charles IX (1560-1574)
  • Henri III (1574-1589)


Con la aplicación de la Ley Sálica se produce la extinción de la línea Valois por el lado masculino y la Casa de Borbón asumió el trono como descendiente de Louis IX.


Henri III, Rey de Polonia entre 1573 y 1574 con el nombre de Henri de Valois (Henryk Walezy), y Rey de Francia entre 1574 y 1589.

Reyes de Polonia
  • Henry III de Francia (1573-1574)
Condes y Duques de Anjou (Casa de Valois-Anjou)
  • Louis I, duque (1360–1383), también rey de Jerusalén y Nápoles como Louis I, segundo hijo de Joan II de Francia
  • Louis II (1377–1417), también rey de Nápoles como Louis II
  • Louis III (1403–1434), también rey de Nápoles como Louis III
  • René I (1409–1480), también rey de Jerusalén y de Nápoles como René I
  • Charles IV (1436–1481)
Duques de Borgoña (Casa de Valois-Borgoña)
  • Philippe II el Calvo (1363–1404), cuarto hijo de Joan II de Francia
  • Joan II Sin Miedo (1404–1419)
  • Philippe III el Bueno (1419–1467)
  • Charles I el Calvo (1467–1477)
  • Marie I la Rica (1477–1482)
Duques de Brabante (Casa de Valois-Borgoña-Brabante)
  • Antoine I (1406–1415), segundo hijo de Philippe El Calvo de Borgoña
  • Joan IV (1415–1427)
  • Philippe I (1427–1430)

Escudo de armas de los Duques de Brabante y la dinastía de Borgoña


Condes de Nevers (Casa de Valois-Borgoña-Nevers)
  • Philippe II (1404–1415), tercer hijo de Philippe El Calvo de Borgoña
  • Charles I (1415–1464)
  • Joan II (1464–1491)

Condes y Duques de Alençon (Casa de Valois-Alençon)

  • Charles II, conde (1325-1346), segundo hijo de Charles de Valois
  • Charles III, conde (1346-1361)
  • Pierre II, conde (1361–1391)
  • Joan I, conde (1391–1414)
  • Joan I, duque (1414-1415)
  • Joan II, duque (1415-1424 y 1449–1474)
  • René I, duque (1478-1492)
  • Charles IV, duque (1492–1525)
Ramas ilegítimas

  • Casa de Valois-Dunois, condes de Longueville
  • Casa de Valois-Saint-Rémy, condes de Saint-Rémy

Château de los Duques d’Alençon (siglo XII)

domingo, 8 de noviembre de 2009

Casa de Austria


La Casa de Austria es el nombre con el que se conoce a la dinastía Habsburgo reinante en la Monarquía Hispánica en los siglos XVI y XVII; desde la Concordia de Villafáfila (27 de junio de 1506) en que Felipe I el Hermoso es reconocido como rey consorte de Castilla, quedando para su suegro Fernando el Católico la Corona de Aragón; hasta la muerte sin sucesión directa de Carlos II el Hechizado (1 de noviembre de 1700), que provocó la Guerra de Sucesión Española.


Felipe el Hermoso, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, Brabante, Limburgo y Luxemburgo, Conde de Flandes, Habsburgo, Henao, Holanda, Zelanda, Tirol y Artois, y señor de Amberes y Malinas (1482–1506), y rey consorte de Castilla y de León (1506)


El Emperador Carlos V (Carlos I de España) acumuló un enorme complejo territorial y oceánico sin parangón en la historia, que se extendía desde Filipinas al este hasta México al oeste, y desde los Países Bajos al norte hasta el Estrecho de Magallanes al sur. Además de la expansión ultramarina, y algunas conquistas (como Milán), fue resultado de la adición dinástica de cuatro casas europeas: las de Borgoña (1506), Austria (1519), Aragón (1516) y Castilla (1555), y conformó la base de lo que se conoció como Imperio Español, sobre todo a partir de la división de su herencia (1554-1556) entre su hermano Fernando I de Habsburgo y su hijo Felipe II. Desde entonces puede hablarse de dos ramas de la casa de Austria, los Habsburgo de Madrid (que reinó hasta 1700) y los Habsburgo de Viena (que continuaron reinando en Austria hasta 1918).


Blasones de Carlos V, Imperator y Carlos I, Rex


La Monarquía Hispánica (también conocida como Monarquía Católica) fue durante toda esa época la mayor potencia de Europa. Durante los llamados Austrias mayores (Carlos V y Felipe II) alcanzó el apogeo de su influencia y poder, sobre todo con la incorporación de Portugal y su extenso imperio; mientras que los reinados de los llamados Austrias menores (Felipe III, Felipe IV y Carlos II), coincidentes con lo mejor del Siglo de Oro de las artes y las letras, significaron lo que se conoce como "decadencia española": la pérdida de la hegemonía europea y una profunda crisis económica y social.



Monasterio de El Escorial (1723)


La supremacía marítima española en el siglo XVI fue demostrada con la victoria sobre los otomanos en Lepanto (1571, más importante simbólicamente que por sus consecuencias) y, después del contratiempo de la Armada Invencible (1588, de consecuencias también sobrevaloradas) en una serie de victorias contra Inglaterra en la Guerra anglo-española de 1585-1604.


Sin embargo a mediados del siglo XVII el poder marítimo de la Casa de Austria sufrió un largo declive con derrotas sucesivas frente a las Provincias Unidas y después Inglaterra; durante los años 1660 estaba luchando desesperadamente para defender sus posesiones exteriores de piratas y corsarios.


En el continente europeo los Habsburgo de Madrid se involucraron en defensa de sus parientes de Viena en la vasta Guerra de los Treinta Años, que aunque comenzó con buenas perspectivas para las armas españolas, terminó catastróficamente tras la crisis de 1640, con la sublevación simultánea de Portugal (que se separó definitivamente), Cataluña y Nápoles. En la segunda mitad del siglo XVII los españoles fueron sustituidos en la hegemonía europea por la Francia de Luis XIV.


Felipe III de Austria, Rey de España, Portugal, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, Duque de Milán, Duque titular de Borgoña (1578-1621)


Las últimas décadas del siglo XVII vieron la decadencia y el estancamiento completo en España; mientras el resto de Europa pasó por apasionantes cambios en el gobierno y la sociedad - la Revolución Gloriosa en Inglaterra y el reinado del "Rey Sol" en Francia - España continuó a la deriva y cerrada en sí misma. La burocracia española que se había forjado alrededor de los inteligentes Carlos I y Felipe II exigía un monarca sólido; la debilidad de los reyes Felipe III y IV llevó a la decadencia de España. Como sus deseos finales, el rey de España sin hijos deseó que el trono pasara al príncipe Borbón Felipe de Anjou, en vez de a un miembro de la familia que le había atormentado durante toda su vida. Carlos II murió en 1700, finalizando la línea de la Casa de Austria exactamente dos siglos después de que naciera Carlos I.



Escudo de armas de Felipe II, Felipe III, Felipe IV y Carlos II de España