Mostrando entradas con la etiqueta Eugénie. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eugénie. Mostrar todas las entradas

viernes, 6 de abril de 2012

El guardarropa de la Emperatriz Eugenia

Como Emperatriz de los franceses entre 1853 y 1870, Eugenia de Montijo reveló una predilección por la ropa fina, à-la-mode y tomaba su vestuario muy en serio. Para los historiadores, el nombre de Eugenia está indisolublemente unido a la historia de la moda. Con sus hermosos ojos azules, cabello pelirrojo, tez perfecta, y pies pequeños, la andaluza fue un icono de la moda en Francia en la segunda mitad del siglo XIX, al punto que las señoras copiaban sus peinados y hasta se teñían el pelo de rojo.




En 1860, a los treinta y dos años, Eugenia era considerada una de las mujeres más bellas de Europa. George Sand dijo que todos los hombres estaban enamorados de la emperatriz. Pero tal vez uno de los mejores elogios fue escrito por un periodista inglés, George Augustus Sala: "la belleza y la gracia de [Eugenia] parecen reflejar [...] la bondad y la ternura de su corazón". En 1867, la Princesa de Metternich recordó que en un baile de corte que la emperatriz estaba "vestida con un traje blanco con lentejuelas de plata y luciendo sus más bellos diamantes. Había arrojado descuidadamente sobre sus hombros una especie de albornoz de color blanco bordado de oro y los murmullos de admiración la seguían como un reguero de pólvora encendida."


La Condesa de Teba con una mantilla española (1846)


Una revista de modas, The Englishwoman’s Domestic Magazine, de mayo-octubre de 1861, está llena de descripciones de sus vestidos, y en particular el tamaño y la extravagancia de sus faldas y enaguas: “Una falda de seda y satén negro está decorada con strass y los botones llevan el monograma VR, por Victoria Regina, lo que sugiere que la falda le fue dada a la emperatriz por su amiga la reina Victoria”.”Una enagua de acero de tamaño moderado, y una de muselina -con, por supuesto, una lisa sobre ella- hace un vestido de muselina muy bello. La emperatriz por lo general lleva una de estas enaguas de muselina, con una serie de volantes estrechos a la cintura”. “Las enaguas de la emperatriz son muy ligeras, pero se destacan mucho y, siguiendo su ejemplo, todas las damas de París están usando sus faldas muy anchas y amplias, una moda muy agradable para el clima cálido”. “Durante la estancia de la emperatriz en Fontainebleau, ella y algunas de las damas llevaban sus vestidos enrollados a lo largo de las enaguas de seda a rayas de colores muy vivos”.




La evidencia presenta una base sólida sobre la cual basar un análisis de la ropa que llevaba Eugenia. Decadentes y voluminosas capas de tul, seda y encaje llenan las descripciones en publicaciones periódicas de 1857 a 1862, todo lo cual sirve para afirmar la percepción ampliamente proliferada de la emperatriz Eugenia como amante del lujo, así como los numerosos informes de los contemporáneos, incluyendo la reina Victoria. Disponible en combinación con estas pruebas son una variedad de fuentes pictóricas que ilustran cómo Eugenia eligió la presentación de su propia "formal" (y por lo tanto, imperial) personalidad. Las representaciones de Winterhalter reflejan en todos los sentidos las largas descripciones en la Ladies ' Magazine y otros textos.


Así como se apasiona por la caza, siempre conservó el interés por la ropa. Hacía frecuentes visitas a la tienda de Charles Worth (primer couturier de Eugenia a partir de 1860), en el nº 7 de la Rue de la Paix, en compañía de su amiga, la Princesa de Metternich. Se demoraba otro tanto en casa del joyero Mellerio o de la modista Caroline Reboux. En cuanto aparecía alguna novedad, Eugenia no dudaba en adoptarlo desde el momento en que le gustaba, así se tratara de sombreros de plumas de garza o de aves del paraíso, pañoletas, chales de Cachemira, albornoces e incluso audaces escotes. Gracias a ella, la Rue de la Paix partirá a la conquista del mundo. Por supuesto, la oposición liberal no omitía denunciar los despilfarros de la soberana. Y es cierto que gastaba mucho dinero, aunque tal vez menos de lo que pretendían sus adversarios. Además, ¿acaso el lujo no formaba parte de su oficio?.

Eugenia podía abanicarse con opulento lujo gracias a este regalo de las mujeres judías de Argel (1860)

Más tarde, en 1894, Eugenia confiará a Lucien Daudet, que “me han acusado de frívola y de amar demasiado la ropa, pero es absurdo; eso equivale a no darse cuenta del papel que debe desempeñar una soberana, que es como el de una actriz ¡aunque aquél es más difícil! ¡La ropa forma parte de ese papel!”. Siempre tenía esa sensación de estar en escena, que unas veces la divertía, otras la irritaba. Según la opinión de numerosos familiares de Las Tullerías y, especialmente una de sus camareras, Marie de Larminat, “cuando la etiqueta no la obligaba a mostrarse en público y a arreglarse como una soberana, vestía con extrema sencillez”. Este vaivén permanente de la etiqueta a la sencillez también era posible encontrarlo en su propio comportamiento, así fuera en las Tullerías, en Saint-Cloud, en Fontainebleau o en Compiègne.

A caballo, 1853


La emperatriz sentía profundamente las restricciones impuestas sobre ella y ciertamente, apreciaba las necesidades de la ropa práctica. Relatos contemporáneos denotan que "las señoras de la casa siempre aparecían en escotados vestidos durante la noche, como lo hacía la emperatriz, y en ocasiones ordinarias llevaban pocas joyas, como era la costumbre habitual de la época. Eugenia, según lo dictado por los rigores de su estación, hacía cambios frecuentes en su ropa durante el transcurso de un día, siendo el resultado una gran demanda de nueva moda sobre una base regular. Hasta cierto punto, es perceptible que su exaltada posición la llevó a sentir que a ella le incumbía promover los negocios de lujo. Pero era un hecho que en Francia y en otros lugares la monarquía tenía la responsabilidad de "dar el ejemplo de lujo", a pesar de la negatividad extrema que a menudo surge con esta notable muestra de la riqueza.

Traje de seda de Lyon


Un ejemplo muy citado de esta responsabilidad política o nacional es un incidente por el cual Charles Worth presentó su primera creación a la emperatriz, un vestido de color beige de seda de Lyon con el diseño tomado de un abanico chino. La emperatriz reaccionó con disgusto: comparar el diseño fuera de moda con una tela de material para cortinas -"No voy a usarlo. Me haría ver como una cortina"- y considerar vestidos posteriores de apariencia similar sus "trajes politiques". Tomando nota de la reacción de Eugenia, Worth hizo un llamamiento a Luis Napoleón, al explicar la importancia económica de la promoción de la seda de Lyon, particularmente cuando una visita a la ciudad era inminente. La decisión del emperador de hacer caso omiso al gusto de Eugenia y apelar a sus deberes políticos sentó un precedente para Worth, quien entonces sintió que estaba en condiciones de acercarse a la emperatriz con cualquier artículo si él pensaba que sería beneficioso para la industria nacional o el comercio.



Fotografía sobre una pintura de Winterhalter, 1854


El primer encuentro de Eugenie y Worth fue un acontecimiento histórico. A pesar de que ella nunca antes se había obsesionado con la moda - "el gusto de la emperatriz por el lujo y la toilette ha sido a menudo objeto de exageración demasiado apasionada", recuerda una de sus damas, y el emperador a menudo se burlaba de sus gustos demasiado simples -, en la nueva era de los medios de comunicación sabía que su posición en la cúspide de la sociedad iba a ser analizada. Por lo que iba a tener que tomar su papel como árbitro de la moda muy en serio. Como resultado de ello se confabuló con su esposo en la creación de su imagen con estilo propio y, por extensión, la del Segundo Imperio. Era una cuestión de necesidad política para afirmar el poder y la magnificencia de la dinastía Bonaparte. Sería erróneo sin embargo, dar a entender que antes de este momento carecía Eugenia de estilo y gusto. Para llegar a su vestidor donde la audiencia iba a tener lugar, Worth tuvo que pasar a través de los tres salones principales del apartamento, respectivamente, decorados en azul, rosa y verde.




Eugenia recibió Worth en su espacioso, pero escasamente amueblado, vestuario, con sus espejos giratorios, su tocador-cubierto de encaje blanco y cintas azules- y un ascensor, ingeniosamente oculto por el cielorraso, a través del cual los vestidos de la emperatriz eran bajados de la sala de almacenamiento encima. También en este caso la conjunto era una prueba clara de una mujer de elegancia. Durante su entrevista, la emperatriz, que se vestía muy sencillamente cuando no tenía funciones públicas, dijo a Worth que inicialmente requería un traje de noche. Y el diseñador inglés tuvo el placer de descubrir que la soberana no estaba en contra de los cambios. Juntos, pensó, ellos revolucionarían el mundo de la moda.

Con un clásico miriñaque y amplia mantilla.

Poco después, Eugenia estaba ordenando todos sus trajes a Worth, desde los vestidos de corte, hasta los elaborados trajes de calle y los disfraces para las mascaradas. Esto representaba una gran cantidad de trabajo para el diseñador, porque Eugenia, mientras estaba de servicio público, cambiaba los vestidos varias veces al día. Y ninguna dama de sustancia iba a aparecer en las funciones de la corte llevando el mismo vestido dos veces. Y las sanciones por violar esta ley no escrita eran muy duras. La biblia americana de la moda, Godey’s Lady’s Book, en abril de 1869, contó cómo la esposa de un banquero americano de Nueva York había sido "notificada por el maestro de ceremonias de la emperatriz Eugenia que el permiso anteriormente concedido a [ella] para aparecer en las recepciones del lunes por la noche de la Emperatriz había sido retirado. La causa: vestido impropio en la última velada en las Tullerías". De hecho, una gran cantidad de ropa de moda era requerida por parte de todos aquellos que deseaban pasar un tiempo en la corte.



A caballo, en Biarrittz, 1855

Con regularidad, el couturier, acompañado por miembros de su equipo, visitaba a Eugenia en el palacio, hablando de nuevos modelos y diseños. No siempre estaban de acuerdo, pero las ideas del diseñador generalmente prevalecían. Ni Eugenia ni Worth gustaban de la crinolina, todavía de moda, pero sabían que no podían desplazarla por el momento. En cambio, Worth se acercó con cambios graduales que, en su mayor parte, la emperatriz abrazó de todo corazón. En 1862, Eugenia fue vista en las carreras, uno de los más elegantes eventos del año, sin un chal, algo inaudito para una dama de sociedad, por no hablar de la emperatriz. Ella no pudo haber sido lo suficientemente valiente para hacer tal movimiento si no hubiera sido por la Princesa de Metternich, quien sentía que era una verdadera lástima que una de las elegantes creaciones de Worth estuviera oculta bajo un chal o una capa. Su llegada causó sensación. El mundo de la moda rápidamente siguió su ejemplo y las calles de París pronto fueron un hervidero de señoras sin chales.

Estudio para el “Bautismo del Príncipe Imperial”, de Thomas Couture (1856)


En 1867, durante una visita de Estado a Salzburgo, la emperatriz audazmente usó un vestido (especialmente diseñado por Worth para la ocasión) que no cubría totalmente sus pies. Al día siguiente, la prensa austríaca estaba llena de comentarios sobre el nuevo estilo introducido por la emperatriz de los franceses. Pronto, las principales revistas de moda de París detallaban el último movimiento de Eugenia, llegando las noticias hasta los Estados Unidos. En su columna "Chitchat on Fashions", el Godey’s Lady’s Book reportaba cada novedad que la emperatriz introducía, si se trataba de un nuevo color, como el "azul Emperatriz" o un nuevo peinado "à l'Imperatrice". Los retratos de Eugenia se encontraban en exhibición en escaparates de tiendas en toda Europa y en América del Norte, como si fuera su mecenas.


Con espléndida corona de esmeraldas y escote plisado.

En 1868, Worth y Eugenia decidieron que la crinolina ya había tenido su tiempo y juntos acordaron un nuevo diseño que iba a cambiar la silueta de la mujer para la siguiente década. El nuevo vestido iba a ser recto y estrecho en el frente, pegado a la figura, con una falda saliente en la parte posterior para formar un polisón. La emperatriz y la princesa de Metternich llevaron tal diseño en un baile. El éxito fue instantáneo.

Dos de sus trajes de baile con polisón.

Worth recibió un pedido de más de cien vestidos para la emperatriz en 1869 cuando ella y un gran séquito iban a viajar a Egipto para la inauguración oficial del Canal de Suez. La visita era de importancia diplomática primaria y Eugenia estaba decidida a lucir lo mejor posible para representar la gloria de Francia y el régimen imperial en una época de creciente inestabilidad política en el país. El modisto se puso a trabajar y los vestidos fueron entregados al palacio a tiempo para que la emperatriz saliera hacia Medio Oriente. Eugenia se mostró encantada, su modisto favorito había superado a sí mismo, usando oro y plata entretejida con seda y tul para diseñar trajes impresionantes, incluyendo una soberbia "toilette de ville de seda color paja cubierto de encaje blanco". Desde hacía años, Eugenia había utilizado sus apariciones públicas para promover su diseñador favorito. Los grandes bailes de Estado, las recepciones más íntimas en las Tullerías, las carreras de Longchamp tenían la misma función que las pasarelas de los desfiles de modas de hoy. El París del Segundo Imperio atraía a muchos extranjeros ricos que serían testigos de primera mano e informarían sobre la evolución en el arte de corte y confección. Muchos de ellos encontraron su camino a las Tullerías, multiplicando los efectos de la influencia de Eugenia.



Con este traje blanco para navegar, de fabricación británica, Eugenia llegó a Egipto en 1869


Capitalizando la nostalgia nacional por el Primer Imperio, Luis Napoleón optó por emular el protocolo empleado en la corte de Napoleón I. Como resultado de ello, las ocasiones oficiales veían a la mujer en el clásico blanco y los hombres en calzón corto. Luis Napoleón llegó a prohibir el uso de un vestido más de una vez; una constricción que se extendía en gran medida a los recursos de los cortesanos. Tales rigores parecen haber impactado más evidentemente en la propia Eugenia, aunque se ha sugerido que esta prohibición se aplicaba a los conjuntos oficiales y no a los vestidos de todos los días, algo que indicaría la posibilidad de que un gran número de vestidos ceremoniales, en la actualidad sin relación con la Emperatriz, todavía exista. Esto es particularmente probable a la luz del hecho de que sus vestidos se vendían a menudo en París a los norteamericanos, la costumbre era pasar un viejo traje a una de las damas quien, a su vez, los vendería más adelante, no siendo socialmente aceptable usarlos públicamente.


Esta política de mono-uso (y la rotación tan alta) también podría explicar las prolíficas donaciones caritativas de la emperatriz, que en los últimos años consistía en muchas cosas, incluyendo grandes cantidades de sus menudos zapatos. Eugenia tenía interés, además, en dar a conocer su filantropía y se destacó en particular por su apoyo a los niños y las mujeres jóvenes. En la época temprana de su reinado mostró una preferencia por donar tela o prendas de ropa con fines benéficos; esta tendencia también se puede ver durante el período de su exilio. Habiendo sido criada por su padre en un ambiente de austeridad, es probable que Eugenia le diera más importancia a la propiedad de los artículos textiles finos de lo que podría haber hecho si hubiera sido criada rodeada de cosas maravillosas.

Reclinada, con un traje folklórico.


Entendiendo qué motivó a la exiliada emperatriz a donar finos recuerdos textiles de su reinado para ser convertidos en vestiduras, es clave para entender su procedencia. Mientras que Eugenia era, por supuesto, conocida por su piedad y benevolencia, lo cual sería motivo suficiente para la donación, otro factor importante habría sido su necesidad real de estos elementos y su adopción a largo plazo de vestidos de luto. Hay indicios de que Eugenia comenzó su camino a la austeridad en el vestir durante los últimos días del Imperio, lo que afirmaría que el duelo podría ser adoptado como una "expresión de nacionalismo” o de conformidad familiar.

Con un traje de montar, en compañía del Príncipe Imperial.


Se sabe que Eugenia adoptó formalmente el luto de la muerte de su marido, según lo dictado por la etiqueta contemporánea. Se despidió del negro después del plazo prescripto a fin de no oscurecer demasiado la juventud de su hijo, para quien en ese momento todavía tenía expectativas brillantes. En 1879, Eugenia había perdido a su esposo e hijo y después de que el período formal de luto había terminado continuó llevando sus atavíos de viuda. Todas las fotografías de ella de esta época la muestran en colores muy oscuros; relatos orales afirman que estas prendas eran negras.


Durante su estancia en Inglaterra, Eugenia claramente tenía consigo muchos de sus vestidos franceses. Cuando la reina Victoria visitó la casa de la antigua emperatriz en Farnborough Hill, en 1884, vio "un pequeño sofá cubierto de satén color violeta claro con un diseño de flores el cual, la Emperatriz me dijo, fue hecho del último vestido que usó en las Tullerías". Además se cree por los monjes de la abadía de Farnborough, St Michael’s, que la tela usada en sus vestiduras eclesiásticas fue tomada del vestido de boda de Eugenia: cuidadosamente descosida y reutilizada. Al menos una casulla fue hecha por una de las damas de la emperatriz: “El vestido de boda de Su Majestad fue convertido en vestiduras blancas que son utilizadas en las grandes fiestas de la iglesia. La duquesa de Mouchy hizo una de las casullas”. Las partidas que componen el conjunto de boda son una casulla, una túnica, una dalmática, tres estolas y un velo de cáliz. El cuerpo principal de cada elemento está compuesto de seda o terciopelo épinglé color marfil o blanco estriado, muy cosidas entre sí.


A partir de los numerosos informes sobre el ajuar nupcial de la Emperatriz, se obtiene una imagen clara de las prendas en cuestión. Eugenia recurrió a Palmyre y Vignon y ordenó cincuenta y dos vestidos para su trousseau. Todos los fabricantes de textiles franceses habían sido requeridos para producir sus materiales más bellos, tafetanes y antiguas sedas moiré. El Illustrated London News obsequió a sus lectores con una extensa descripción del ajuar en su edición del 5 de marzo de 1853, señalando que aparentemente contenía numerosos vestidos lujosamente decorados de diversas maneras con “abejas y violetas en relieve de oro y plata”, "volantes y frunces dorados”, “redecillas salpicadas con ramos de violetas mezclados con oro y plata” entre profusión de encajes y tul.


El vestido de novia usado el 30 de enero de 1853, según la mayoría de los registros, tenía muchos volantes. De hecho, los volantes eran tan extensos que la única palabra alemana econtrada para la creación era "duft". El Illustrated London News informaba a sus lectores que "el vestido para el matrimonio religioso fue hecho por la señora Vignon, es en terciopelo épinglé, con una cola y cubierto con punto d'Angleterre; un ramillete en el corsage, adornado con diamantes. Punto d'Angleterre fue elegido para este vestido, a causa del velo, que no se pudo obtener en punto d’Alençon". Se presume que después de las festividades el vestido de la boda en cuestión estaba empacado a buen recaudo dentro de los apartamentos de vestuario de la emperatriz y, por tanto presente cuando el Conde D'Hérisson, oficial de Estado Mayor en el ejército francés, hizo su salvaje salvamento en nombre de Eugenia y, posteriormente, se encontró en uno de los quince baúles que llegaron a Inglaterra.



El 6 de septiembre de 1870, el gobierno republicano de la Defensa Nacional había secuestrado bienes de Luis Napoleón y ordenado su liquidación. Informes posteriores indican que los artículos personales de vestir no se encontraban en los efectos imperiales subastados por el Estado en 1871. Si este fuera el caso, y D’Hérisson no hubiera “… metido a empujones en las cajas, tal y como estaban, la totalidad de las pertenencias femeninas…”, la implicación hubiera sido que los restos del espléndido guardarropa de Eugenia podrían haberse quemado en el incendio de las Tullerías, perdiéndose así un testimonio imborrable de la historia de Francia.


lunes, 27 de diciembre de 2010

Dos coronas, dos consortes

En el ámbito de la joyería de la realeza existen dos piezas excepcionales, las coronas de Eugenia, Emperatriz de los Franceses y de Fabiola, Reina de los Belgas, que concitan un extraño emparejamiento. De una parte, pertenecieron a dos españolas, nacidas en la aristocracia pero ajenas al círculo de las familias reales, que llegaron a sentarse por derecho de cónyuge en dos tronos de Europa. Por otro lado, ambas coronas tuvieron un acusado parecido formal, ya que la de Eugenia, en su montaje de 1858, seguía un diseño heráldico mezclando elementos de las coronas ducal y marquesal, al igual que ocurría con uno de los montajes que aún en hoy puede adoptar la corona de la Reina Fabiola.


LAS ESMERALDAS DE LA EMPERATRIZ EUGENIA

Como es sabido, la granadina Eugenia de Guzmán Kirkpatrick Palafox y Portocarrero, condesa de Teba (1826-1920), era descendiente de nobles linajes españoles y llegaría a ser, por su matrimonio con Napoleón III en 1853, soberana de los franceses. Lógicamente, además de tener a su disposición las joyas de la Corona de Francia, Eugenia recibió numerosas alhajas a lo largo de su reinado, unas como regalos personales, otras por adquisiciones privadas o por herencia familiar. En 1870, cuando se derrumba el Segundo Imperio a raíz de la derrota de Sedán, la emperatriz gozaba de un fabuloso tesoro con que aparecía resplandeciente en las ceremonias oficiales y así la vemos en múltiples retratos.


Gran amiga de la reina Victoria de Gran Bretaña, Eugenia pensó casar a su hijo Luis Napoleón con la menor de las hijas de la soberana inglesa, la princesa Beatriz, más adelante Princesa de Battenberg por su matrimonio con el Príncipe Enrique. A pesar de que este proyecto se frustró por la prematura muerte del Príncipe Imperial, Eugenia guardó siempre un especial cariño a esta rama de la familia real británica y, especialmente, a la hija de la Princesa Beatriz, “Ena”, quien llegaría a ser reina de España. Eugenia se tomó gran interés en el destino de la bella Princesa de Battenberg, maniobrando activamente para hacer culminar en boda el noviazgo de Ena con Alfonso XIII.


Según Gerard Noel, cuando murió en 1920 la que fuera soberana de los franceses, su sobrino, el duque de Alba, se presentó ante la reina de España portando un estuche que contenía un bonito abanico. Doña Victoria Eugenia, como es bien sabido, era amante de las buenas joyas, pero debía de estar sobrada de abanicos, y no pareció quedar excesivamente satisfecha con la visión del legado imperial. Ante la insinuación del duque de que observase con más profundidad el estuche, la reina descubrió bajo el abanico un impresionante lote de esmeraldas colombianas que Eugenia de Montijo había recibido de Napoleón III y que lució en una impresionante corona realizada en 1858 por el joyero Fontennay.


Esta diadema tenía forma, entonces, de corona heráldica, entre ducal y marquesal, con la particularidad de presentar sólo siete florones en los cuales podía lucir zafiros o esmeraldas, o sustituirlos por perlas en forma de pera. Hay varias fotografías de Eugenia luciendo esta joya, de frente y de perfil, así como la miniatura, original de Pommeyrac, en la que también la muestra, en este caso engastada de zafiros.


Esta corona de Fontenney no debe ser confundida con la que realizó el también joyero Lemonnier y que hoy se conserva en el Louvre. Cuando cayó la monarquía bonapartista en 1870, ambas diademas fueron objeto de una larga discusión entre las autoridades de la Tercera República Francesa y la emperatriz quien, finalmente, recuperó la diadema de Fontenney. Aunque no hay noticia de que la usase durante su larguísimo exilio. Probablemente la haya desmontado, conservando las siete esmeraldas colombianas que legaría a la reina de España a su fallecimiento.

Ena de Battenberg hizo varias combinaciones con estas piedras. En un primer montaje, efectuado inmediatamente después de recibir las esmeraldas por la joyería madrileña Sanz, se lucían en un collar corto de gusto clásico, engastadas en un marco de roleos rococó de brillantes. Curiosamente, en este collar ya aparecen nueve esmeraldas, dos más de las siete que adornaban la diadema de la emperatriz Eugenia.


Una década después, la esposa de Alfonso XIII adaptó las gemas a la moda, imperante en aquellas fechas, de los largos collares en sautoir, para lo cual encargó a la Casa Cartier un nuevo montaje. Esta creación incluiría, además, una fabulosa cruz, tallada en una gran esmeralda de 45,02 kilates y cuatro centímetros de longitud. Curiosamente, esta cruz también está vinculada a la familia real española. Había sido propiedad de Isabel II y Francisco de Asís, de quienes la adquirió la emperatriz Eugenia para legarla años después a la Princesa Beatriz de Battenberg (madre de Ena).


Volvieron así a reunirse estas singulares esmeraldas de la española emperatriz de los franceses y de la reina Isabel II de España en propiedad de otra reina de España, Doña Victoria Eugenia. Con las esmeraldas de la Emperatriz y la cruz, Cartier entregó el 31 de marzo de 1931, pocos días antes de proclamarse la Segunda República, uno de los collares más fastuosos realizados por aquellos años y que se completaba con un par de pendientes a juego, por lo que Victoria Eugenia añadió varias esmeraldas, aunque de calidad claramente inferior a las colombianas originales. El gran fotógrafo Alfonso captó la imagen de la reina adornada con las alhajas en su nueva apariencia, retrato ejecutado en uno de los salones del Palacio Real de Madrid.


Ya en el exilio, Doña Victoria Eugenia vendió la esmeralda tallada en forma de cruz a Cartier quien, tras incluirla en 1937 en un nuevo collar, similar al que hizo en 1931 para la soberana, la vende a Madame Antenor Patiño, de quien la heredó su hija, Isabel Goldsmith.


Años después, quizás al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el resto de las esmeraldas fueron objeto de un nuevo montaje, que luce en una espléndida fotografía hasta ahora inédita, datada en 1949, cedida por la joyería Sanz, y con el que la soberana aparecerá retratada, esta vez en colores, en un reportaje publicado en el semanario norteamericano Life, en 1958. En esta ocasión, las piedras originales fueron montadas, nuevamente por la Casa Cartier, de la siguiente manera: una de las esmeraldas (de 16 quilates) se engarzó en una sortija, con dos brillantes en forma de gota y otros seis brillantes tallados en baguette; otra de las esmeraldas (de 18 quilates) en un broche, con cuatro grandes brillantes y ochenta pequeños. Finalmente, el collar ostentaba siete esmeraldas, seguramente las originales de la Emperatriz Eugenia, que sumaban 124 quilates, más cincuenta brillantes y otros 112 más pequeños. A este conjunto añadía Victoria Eugenia la diadema de brillantes de Cartier, cuyas perlas sustituía por esmeraldas cuadradas a juego con este aderezo, y que podrían proceder de alguna de las pulseras que luce en la fotografía de 1949.


En 1961, con objeto de conseguir liquidez económica para afrontar los gastos que se avecinaban con motivo de la próxima celebración de la boda de su nieto, el Príncipe de Asturias, Doña Victoria Eugenia puso en venta el collar, el anillo y el broche antes descritos. Fue comprado por la Casa Cartier y luego adquirido inmediatamente por Reza Pahlavi, Emperador del Irán. Esta joya, como tantas otras, pasó a formar parte del Tesoro Nacional iraní y quedó en Teherán al caer la monarquía de los Pahlavi en 1979, no teniéndose noticia de que haya sido enajenado por las autoridades islámicas de aquella república.


LA CORONA DE LA REINA FABIOLA

Fabiola Mora y Aragón es la esposa –hoy viuda- de Balduino, Rey de los Belgas. Hija del IV marqués de Casa Riera y conde pontificio de Mora, don Gonzalo Mora y Fernández, casó con el soberano belga el 15 de diciembre de 1960. Fabiola pertenecía a la aristocracia madrileña y su figura discreta generaba, en los medios que la trataban, una simpatía que se extendió a toda la sociedad española en cuanto se hizo pública la noticia de su compromiso. El monarca belga era un hombre que despertaba igualmente sentimientos benevolentes, aureolado de un cierto misticismo por rumores que veían en él una vocación al estado religioso.




Cuando se supo que doña Fabiola compartiría el trono con el rey Balduino se prodigaron los homenajes a su persona, muchos ellos en forma de regalos. Sin duda uno de más valiosos que recibió fue una joya de empaque auténticamente regio, que se le presentó en forma de corona marquesal, cuya posesión era ciertamente frecuente entre las casas tituladas de la época, aunque en su mayoría eran de factura decimonónica.


La pieza también puede lucirse como collar y como diadema, contando para ello con las monturas correspondientes. Como era el regalo de la nación española, le fue entregado por la esposa del entonces Jefe del Estado, doña Carmen Polo de Franco, quien se personó en el Palacio de la calle Zurbano y, ante una multitud de periodistas gráficos, entregó la corona en uno de los estuches a la futura reina de los Belgas. Sobre el escritorio rococó situado tras las dos damas quedaba un segundo estuche con la montura que permitía lucir la joya como diadema. Fabiola la escogería como tocado, en su forma de corona, para el baile que se celebró en el Palacio Real de Bruselas la noche anterior a la boda, gala en la que se dieron cita gran número de reyes y príncipes de la vieja Europa.


Aunque toda la prensa se hizo eco de la noticia, ninguna información trascendió del origen del presente. No se sabía la identidad del fabricante ni la identidad de sus anteriores propietarios, caso de que no se hubiese elaborado ex profeso para la ocasión. Años después, el periodista Jaime Peñafiel reveló que este regalo había sido adquirido por el Estado español de una familia titulada que había tenido depositada la corona durante muchos años en un convento para servir de ornato a una imagen de la Virgen. Esta circunstancia había dado oportunidad a las religiosas que custodiaban la joya de ir substituyendo las piedras preciosas que le daban color por vidrios sin ningún valor económico, vendiendo tales gemas para hacer frente a las sucesivas necesidades del convento. Así, los dos juegos de esmeraldas y rubíes, que se podían colocar en los florones de la tiara alternando sus diferentes tonalidades o combinándose como se estimase adecuado en cada ocasión, sirvieron a lo largo de los años para aliviar las penurias de la comunidad y, cuando los joyeros de la Corte belga examinaron la alhaja, quedaron impresionados ante la chocante situación que se detectaba. Según se dice, el Estado español adquirió presuroso un lote completo de esmeraldas y rubíes para renovar la ornamentación falsificada.


Fabiola lleva la corona con aguamarinas en su visita oficial a Brasil en 1965.



La reina de los Belgas usando la corona con rubíes en la visita de Estado de la reina de Inglaterra a Bélgica en 1966.


Se dijo que la Reina Fabiola no volvió a usar la joya después de aquel fastuoso baile de la noche del 14 de diciembre de 1960, pero hay testimonios gráficos que demuestran lo contrario. La soberana belga escogió esta alhaja, como corona, para lucirla en sendas visitas oficiales, junto a la Reina de Inglaterra y a la Emperatriz del Irán, famosas ambas por sus soberbios aderezos. También la escogió para su estancia en Viena y, como diadema, se vio en Dinamarca, en Marruecos, en el Vaticano durante una visita al Papa Pablo VI, y en varias recepciones en Bruselas, junto al Mariscal Tito o los Grandes Duques de Luxemburgo.



Fabiola usando la corona estilo diadema con aguamarinas con un aderezo de aguamarinas brasileñas y diamantes.


Como collar, a guisa de ejemplo, brilló en el Palacio Real de Madrid cuando, en 1978, los monarcas belgas devolvieron a Don Juan Carlos y Doña Sofía su anterior visita de Estado a Bruselas. Para terminar, como diadema, Fabiola también la ha utilizado en un sinfín de oportunidades, como en su visita a la entonces República Federal alemana, en la que aparecieron las aguamarinas que le había regalado el Rey Balduino para, junto a las esmeraldas y los rubíes, combinar piedras de diferentes colores en pieza tan versátil. Ya viuda de Balduino, la diadema ha vuelto a brillar recientemente, con motivo de la visita de los Reyes de Suecia a Bélgica.



La reina de los Belgas usa las flores de la diadema montadas en un collar


La familia española que la tuvo en su propiedad antes de la Reina de los Belgas fue la Casa Ducal de Medinaceli, a la cual se la adquirió el Estado por indicación de Doña Carmen Polo, cuya amistad con tan egregio linaje era conocida en la época del enlace del Rey Balduino. Un retrato que Dubufe pintó de la duquesa Ángela, fechable en torno a la Navidad de 1859, conservado en el Hospital Tavera, de Toledo, nos muestra esta corona, ornada de rubíes.


Carmen Martínez Bordiú, nieta primogénita de la que después sería Señora de Meirás, cuenta en sus memorias cómo recibió, en su lecho de enferma, la visita de su abuela que portaba, como extraño juguete, la corona que se iba a regalar a Fabiola Mora. Textualmente narra: Quizá el acontecimiento que, por una serie de motivos, se me quedó más grabado en mi infancia y comienzo de la adolescencia fue la boda de Balduino y Fabiola. No olvidaré que días antes de que se casaran mi abuela entró en el dormitorio…, se sentó en mi cama y abrió una caja en la que estaba la corona que el Estado español le iba a regalar a Fabiola. Me quedé deslumbrada, porque era grande, llena de brillantes y esmeraldas. Era la primera vez que veía una joya así, tan importante.


María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, persiguió con ahínco, y consiguió que su hija Eugenia ciñese una corona imperial. La emperatriz tuvo poder e influencia, que simbolizaban las joyas como la que hemos estudiado detenidamente, pero todo se volatilizó por los avatares de la Historia. Fabiola de Mora, a diferencia de la condesa de Teba, nunca abrigó ningún interés en ocupar puestos destacados ni en ceñir ninguna corona real y fueron argumentos muy ajenos a las pompas cortesanas los que la llevaron a subir al trono belga junto a Balduino I.


Ninguna de las dos dejó descendencia biológica, pero sus trabajos han tenido muy diferente destino: mientras que el Segundo Imperio napoleónico hoy no es más que un recuerdo en la historia de Europa, la monarquía belga, tras violentas sacudidas, parece estabilizada y puede encarar su futuro en la Unión Europea confiadamente, ante la perspectiva de ver en los próximos decenios a los futuros Reyes, Felipe y Matilde, sobre la senda que trazaron, desde los años 60, sus tíos Balduino y Fabiola.


Las esmeraldas que Napoleón III regalara a Eugenia, efímeramente lucidas en la corte de Madrid por Doña Victoria Eugenia, adornaron durante unos años a la Emperatriz Farah, y hoy han quedado semiescondidas en la Banca Nacional de Teherán, con poca utilidad más que la que tenían en las minas colombianas originarias. Por el contrario, la corona que España regaló a Fabiola sigue haciendo sus funciones representativas en la corte de la brumosa Bélgica.


miércoles, 22 de diciembre de 2010

Las perlas, infaltables en un joyero real

La perla, como se sabe, ha ocupado en el mundo de las piedras preciosas un lugar muy especial. Reinas, princesas y aristócratas de buen gusto han hecho de ellas sus piezas maestras.

La reina María de Médicis

Los collares de Catalina de Médicis

En el siglo XVI, María de Médicis, reina de Francia, llegó a poseer 5.878 perlas redondas y en forma de pera. Su nuera, Ana de Austria, esposa de Luis XIII, aumentó la colección. Catalina de Médicis, esposa y madre d
e reyes de Francia, heredó valiosísimas joyas con estas gemas y uno de sus más preciados tesoros fue un magnífico collar de perlas de dos vueltas con siete enormes perlas colgantes, regalo de bodas de su tío, el Papa Clemente VII. La reina de Francia le regaló después esta joya a su nuera María Estuardo, la desdichada reina de los Escoceses.

Cuando Isabel I de Inglaterra ordenó ejecutarla y se apropió de algunas de sus joyas, María Estuardo envió el collar nuevamente a Francia. Se supo que la espléndida pieza cruzó el Canal de la Mancha pero no volvió a verse en público sino hasta tres siglos después, adornando el cuello de la emperatriz Josefina, como se ve en un grabado de la época. Luego del divorcio de Napoleón, el collar pasó a manos de una nieta de la emperatriz, Josefina de Leuchtenberg, reina de Suecia.

Otras perlas adquiridas por Isabel I fueron heredadas a través de la familia real, causando a principios del siglo XIX una batalla legal por su propiedad entre la reina Victoria y el Rey de Hannover. La mayoría fueron a parar a la familia real de Hannover, pero algunas de ellas hoy utiliza Isabel II.




La Tiara de la Emperatriz Eugenia

Fue mandada hacer por Napoleón III al joyero de la corte Gabriel Lemmonier, para obsequiársela a su esposa, la bella española Eugenia de Montijo: una tiara de espectaculares perlas engarzada en platino y montada en brillantes. La emperatriz la usó a menudo en las ceremonias e incluso aparece con ella en un retrato oficial realizado por Winterhalter.




El origen de las perlas usadas en esta joya se cree que proviene del magnífico aderezo que Napoleón Bonaparte obsequió a su segunda esposa, la Emperatriz María Luisa. Había sido encargado al joyero de la corte, Francois Regnault Nitot y el componente principal del conjunto era la extraordinaria tiara, confeccionada con 297 perlas y una pieza central, la enorme Perle Napoleon o “Regente”, en forma de gota y de 346.27 granos de peso. Otras piezas que incluía el set eran la peineta, un par de brazaletes, pendientes, un collar de tres vueltas, un enorme sautoir y otro collar simple de 408 perlas esféricas.

Luego de la caída de Napoleón, el aderezo fue a parar a las manos de Marie-Therese, hija de Luis XVI y María Antonieta, que se casaría con su primo Louis Antoine, Duque de Angulema. El aderezo de la emperatriz María Luisa fue rediseñado y la Perle Napoleon se utilizó como pieza central de una nueva tiara.



En 1853 Napoleón III ordenó que se confeccionara un aderezo enteramente nuevo para la emperatriz Eugenie utilizando las perlas que previamente habían pertenecido a María Luisa y María Teresa. El conjunto incluía, además de la tiara que pintara Winterhalter, un collar de seis vueltas, brazaletes y un stomacher de diamantes que incorporaba la Perle Napoleon. En 1855, cuando la emperatriz acompañó a su esposo a la visita de Estado a Gran Bretaña, Eugenia usó la Tiara de Diamantes y Perlas durante dos cenas consecutivas.

En 1887, luego de la venta de las joyas de la Corona por las autoridades de la Tercera República, la pieza fue subastada y vendida al artista Julius Jacob. Tres años después la joya fue a parar a Alemania, a la Casa Von Thurn und Taxis, cuando la adquirió el Príncipe Albrecht I como regalo de bodas para su esposa, la archiduquesa Margarethe de Austria. Continuó siendo usada por las consortes de sus príncipes durante fines del siglo XIX y primera mitad del XX, incluso la llevó la princesa Gloria el día de su boda con Johannes, el 11º Príncipe von Thurn und Taxis, en 1980.

Finalmente, la excepcional joya fue vendida en la millonaria subasta de esta colección realizada en Christie´s en 1992. Los compradores fueron la sociedad “Amis de Louvre”, que la destinaron al Museo del Louvre, como parte del gran legado histórico y cultural de Francia.


El Aderezo de Perlas de Orange-Nassau

La colección de Orange formada por diamantes, rubíes y perlas es un conjunto de una gran belleza. Las piezas de perlas fueron confeccionadas entre 1825 y 1860; sin ser específicamente un aderezo, aunque combinen perfectamente, el juego consistía en una tiara, un corsage, pendientes, broche y collar.




La tiara consiste en dieciocho arcos en punta de diamantes de los que cuelgan grandes perlas en forma de gota. El gran broche con forma de ramillete puede dividirse en dos piezas, y ambas pueden llevarse en el collar de perlas. Este collar puede llevarse con o sin el gran cierre de diamantes y perlas. Cuando se lleva con el cierre de diamantes, el cierre se lleva en la parte delantera del cuello. Algunas de las perlas son muy antiguas, de hecho, el rey Christian IV (1577-1648), fue retratado con un pendiente de perlas.

La tiara fue hecha para la princesa Luisa de Prusia, cuando contrajo matrimonio con el príncipe Federico de los Países Bajos (tatarabuelos de la actual reina Margarita II). La reina acabó regalándosela a su propia hija, la princesa Luisa, cuando se casó con el heredero al trono de Suecia y Noruega, el futuro rey Carlos XV, en 1859.


De Suecia la tiara viajó a Dinamarca como parte de los regalos de boda de la futura reina Luisa, hija de Luisa de Suecia y Noruega, en 1869. Luisa de Dinamarca conservó su conjunto hasta su muerte en 1926, cuando lo heredó la reina Alejandrina, que lo llevó mientras el rey Christian X estuvo vivo. Tras su muerte en 1947, ella cedió su conjunto a su sucesora, la reina consorte Ingrid, hija de Gustavo VI Adolfo de Suecia y Margarita de Connaught. La esposa de Federico IX de Dinamarca usó por primera vez esta joya durante su primera visita oficial a Suecia y, por segunda vez, durante las fiestas de coronación del Sha de Irán en 1967.


Siempre se ha pensado que el aderezo pertenecía a las joyas de la Corona, pero no es correcto, la tiara pertenece a una fundación, la Løsørfideikommis, fundada en 1910 por la reina Luisa. En esta fundación hay una gran colección de joyas que están declaradas no vendibles ni pueden ser subastadas o desgajadas en posibles herencias, sino que está pensada para pasar de generación en generación, por lo que muchas de las piezas que lleva Margarita son de este fondo y también otros miembros de la familia tienen permiso para llevarlas.

Dada su tendencia artística, la reina Margarita suele utilizar joyas de este conjunto en combinación con otras piezas de su colección privada.


El Swan Lake Suite de Diana, Princesa de Gales

Entre las diferentes piezas de joyería que lady Diana Spencer recibió de la colección p
ersonal de la reina al casarse con su hijo primogénito, sus favoritas eran las alhajas que incluían perlas, la más prominente de las cuales fue la Tiara Cambridge Lover’s Knot, pues estuvo siempre asociada a la princesa. Además usaba collares de una o dos vueltas para el día y la noche, pero los chokers fueron los más famosos y fue fotografiada en diferentes ocasiones usándolos, con vueltas de perlas que variaban de dos a once. Estos chokers estaban hechos solo de perlas blancas o, a veces, con alguna gema de color como pieza central. El ejemplo más clásico es el que llevaba un gran zafiro y que lució por primera vez en 1985, durante el banquete de Estado en la Casa Blanca con el presidente Reagan.

Hasta el final de su vida usó perlas y de diamantes y perlas fue la última joya que llevó en público oficialmente antes de su muerte, el collar de la Swan Lake Suite.



Este conjunto consiste en dos piezas, un collar de diamantes y perlas y un par de aretes de diamantes y perlas. El collar había sido creado por los joyeros Garrard en la primavera de 1997 con el conocimiento y la asistencia de Diana. Fue usado para la gala real del ballet “El Lago de los Cisnes” en el Royal Albert Hall el 3 de junio antes de ser devuelto a los joyeros para que fuera acompañado por los aretes. Desafortunadamente, fue su último compromiso oficial antes de su prematura muerte el 31 de agosto de 1997 y nunca tuvo la oportunidad de usar la suite completa.



El collar está confeccionado con 164 diamantes corte brillante y 14 diamantes corte marquesa e incluye cinco de las joyas favoritas de la princesa, las perlas de los Mares del Sur. Los aretes tienen un diseño floral montado en platino y están confeccionados con 15 brillantes y 3 marquesas cada uno y una perla esférica pendiente como gota.

Aunque la princesa había dado la orden a Garrard para su realización, no llegó a hacer ningún pago por el trabajo y, así, los joyeros de la corte seguían siendo sus dueños. El collar se convertía en la única joya lucida por la princesa de la cual no podía ser dispuesto su destino. Las piezas prestadas u obsequiadas de la colección de Elizabeth II regresaron a manos de la soberana; las que pertenecieron personalmente a la princesa, permanecen en custodia hasta que sus dos hijos, William y Harry, las reclamen algún día.



Finalmente, el conjunto conocido como “Diana, Princess of Wales Swan Lake Suite” fue adquirido por el director de Lehman Brothers, el banco de inversiones londinense, como presente de cumpleaños para su esposa. El 16 de diciembre de 1999, los dueños ingleses de la suite decidieron subastarla en Guernsey’s, de Nueva York, siendo vendida por 580.000 dólares al coleccionista de Texas James McIngvale.

Las “Queen Anne and Queen Caroline Pearls” de Elizabeth II

La soberana del Reino Unido y sus perlas forman una imagen que no puede ser concebida por separado. Elizabeth II posee una colección inestimable. Las que usa a menudo durante el día fueron obsequio de su abuelo, el rey Jorge V, cuando ella aún era joven. Hay además regalos de bodas, herencias familiares, presentes de todo tipo que incluyen estas gemas.

Las perlas de la Reina Ana y la Reina Carolina, en conjunto, fueron estimadas en más de 4 millones de libras el par. Ambos collares constan de un solo hilo de grandes perlas con broches también de perla. El collar de la Reina Ana era la pieza más valiosa de la última soberana Estuardo. Horace Walpole escribió en su diario: "La reina Ana tenía pocas joyas y todas indiferentes, a excepción de un collar de perlas que le dio el príncipe Jorge".




La Reina Carolina, por el contrario, tenía una gran cantidad de joyas valiosas, incluyendo por lo menos cuatro collares de perlas finas. Llevó todos sus collares de perlas durante su coronación, pero después seleccionó las mejores cincuenta perlas para hacer un collar grande. En 1947 ambos collares fueron obsequiados a la entonces Princesa Isabel por su padre como regalo de bodas.


Aquel 20 de noviembre de 1947, Isabel dio cuenta de que había dejado sus perlas en el palacio de St. James. Como la princesa deseaba usar particularmente las perlas, le pidió a su secretario privado John Colville que fuera hasta allí para recuperarlas. Colville terminó en el patio donde encontró el gran Daimler del rey Haakon VII de Noruega. El tráfico aquella mañana estaba detenido por lo que incluso el coche del rey de Noruega, con su bandera real volando, no podía llegar a ninguna parte. Colville continuó su viaje hacia el palacio a pie. Cuando llegó allí, tuvo que explicar su extraña historia a los guardias que custodiaban los más de 2600 regalos de boda de la princesa. Después de encontrar el nombre del secretario privado en un programa de la boda lo admitieron y Colville fue capaz de obtener las perlas de la princesa a tiempo para su retrato en el Salón de Música del Palacio de Buckingham.


La Diadema española de “La Chata”

La diadema bautizada como de 'La Chata' fue creada en el año 1867 por la joyería Mellerio, de París, por encargo de la reina de España Isabel II para la boda de su hija, la infanta María Isabel, con el príncipe Cayetano María de Borbón- Dos Sicilias. La pieza fue expuesta ese mismo año en París con motivo de la Exposición Universal.



Conocida también como la diadema de las conchas por sus motivos marinos (se representa el mar a través de las conchas y la espuma de las olas por la sucesión de las perlas pinjantes en forma de pera), destaca esta importante joya por el montaje sobre platino de los doce diamantes y las siete perlas que la componen (Tres perlas a los lados, de menor a mayor tamaño, y una muy grande en el centro con forma de lágrima. Intercalados, los 11 diamantes y uno muy grande debajo de la perla, también con forma de lágrima).

Cuando falleció la Infanta sin descendencia, la joya pasó a su sobrino, el Rey Alfonso XII, luego al hijo de éste, Alfonso XIII y de él a su hijo Don Juan, Conde de Barcelona, quien se la regaló a su nuera, la princesa Sofía de Grecia, por sus esponsales con el entonces príncipe Juan Carlos, en 1962. La Reina la lució en la boda de su hermano Constantino y aparece con ella en retratos oficiales y algún sello de correos.