Mostrando entradas con la etiqueta socialite. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta socialite. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de diciembre de 2011

Un toque distinguido

El estilo, tan importante para el desarrollo de la elegancia personal, se halla vedado para algunas casas reales y nobles de Europa. No es más que distinción –que es innata- con una pátina de sofisticación –que es adquirida-. Hay elementos de adorno que contribuyen al estilo innato del aristócrata y los que siguen son destacados por su sencillez, pues es sabido que la sencillez es la base de la elegancia suprema.



Los anteojos para el sol de la Princesa Grace




La mantilla de Charlotte Casiraghi



El sombrero-fascinator de la Duquesa de Cambridge



El frac gris perla del Príncipe de Gales



La flor blanca en el ojal del Duque de Windsor



El velo y el tocado de novia de la Princesa Consorte de Mónaco



Los bolsos Dior de Diana, Princesa de Gales



Las corbatas del Duque de Feria



Los turbantes de la Sheika –o Jequesa- de Qatar



La capellina de ala ancha de la Princesa de Hannover



Los guantes de Natividad Abascal, ex Duquesa de Feria

sábado, 30 de abril de 2011

Aristócrata y poeta: la Princesa Bibesco

Marthe Bibesco (versión francesa de Marta Bibescu), nacida Marta Lucia o Marthe Lucie Lahovary o Lahovari, fue una célebre escritora y socialite rumano-francesa.


Era la tercera hija de Ioan Lahovary y Emma, princesa Mavrocordat, y pasó su infancia en las tierras de la familia en Baloteşti y en el balneario de moda de la costa francesa, Biarritz. En su presentación en sociedad, en 1900, conoció al príncipe Ferdinand de Rumania, heredero aparente del trono rumano, pero después de un compromiso secreto de un año, Marthe casó a los 17 con el príncipe George III Valentin Bibescu, vástago de una de las familias aristocráticas de mayor prestigio, cuyo territorio principal se hallaba en Strehaia.
George III Valentin Bibescu era sobrino de Gheorghe Bibescu de Basaran, hospodar (o príncipe) de Valaquia entre 1843 y 1848. La jefatura de éste había coincidido con la marea revolucionaria que culminó en 1a revolución d
e 1848. Nacido en Craiova como primer hijo de Dimitrie Bibescu -miembro de una familia de boyardos-, Gheorghe había estudiado Derecho en París y se casó con Zoe Brâncoveanu, la última de esta familia, por lo cual heredó todos sus títulos y riqueza. El matrimonio no resultó, pues Zoe se volvió mentalmente inestable. Bibescu entró en conflicto con la Iglesia Ortodoxa cuando intentó divorciarse pero lo logró en 1845. En septiembre de ese mismo año se casó otra vez, con Maria Văcărescu. El patrimonio Brâncoveanu pasó al hijo de Zoe y Gheorghe Bibescu, el príncipe Grégoire Bibesco-Bassaraba (padre de Anna de Noailles, la célebre escritora francesa, primera mujer nombrada Comandante de la Légion d'honneur).


Bibescu tuvo un interés temprano en la aviación: voló un globo al que nombró “Rumania” y que obtuvo en Francia en 1905. Más tarde intentó aprender a volar un aeroplano Voisin, también traído de Francia, pero sin éxito. Luego del vuelo demostrativo de Louis Blériot en Bucarest, el 18 de octubre de 1909, fue a París y se enroló en la escuela de Blériot en Pau. El 23 de enero de 1910 obtuvo la Licencia Internacional de Piloto nº 20. El príncipe fue co-fundador del Automóvil Club Rumano (1901) y del Comité Olímpico de su país (1914). Rumania estaba entre los primeros seis países del mundo en organizar carreras de automóviles. En 1904 Bibescu ganó la carrera Bucharest-Giurgiu-Bucharest, con una velocidad promedio de 66 km/h.

Fluida en francés desde temprana edad (incluso antes de poder hablar rumano), Marthe pasó los primeros años de su matrimonio bajo la tutela de su suegra, la princesa Valentina (nacida condesa Riquet de Caraman-Chimay), quien notó la extensa educación en literatura e historia europea de Marthe. Una vieja campesina, Baba Uţa [Outza], vio que también era versada en cuentos y tradiciones folklóricas de Rumania. Mientras tanto, su esposo George perseguía automóviles de carrera y otras mujeres pero aumentaba la fortuna familiar al mis
mo tiempo.


A pesar del nacimiento de su hija, Valentina, en 1903, a pesar del amplio círculo de amistades, Marthe se aburría. Cuando George fue enviado por el rey Carol I en una misión diplomática a Mozzafar-al-Din en Irán, hacia 1905, ella impacientemente se embarcó en el viaje, registrando sus observaciones en un diario. Los príncipes iban acompañados por Leon Leonida y Mihai Ferekide, Maria, esposa de éste, y Claude Anet. Era el primer viaje en automóvil a Persia, partiendo desde Galaţi y recalando en Ispahan. El viaje fue descripto por el escritor francés Claude Anet en su libro como "La Perse en automobile à travers la Russie et le Caucase (Les Roses d'Ispahan)". Durante el camino, se detuvieron en Yalta, donde Marthe encontró al escritor exiliado Maxim Gorki. Fue en 1908, por sugerencia de Maurice Barrès, que la princesa terminó sus impresiones sobre el viaje a Persia y las publicó.


Los críticos y periodistas franceses fueron entusiastas en sus declaraciones. Las memorias del viaje, Les Huit Paradises ("The Eight Paradises"), la introdujeron en una carrera vitalicia como exitosa escritora. Se introdujo en la crema de la Belle Epoque parisiense, moviéndose fácilmente entre las élites literarias, aristocráticas y políticas del momento. Fue premiada con el trofeo de l’Academie Française y conoció a Marcel Proust, quien le envió una carta alabando su libro: “Usted no es sólo una espléndida escritora, princesa, sino una escultora de palabras, una música, una proveedora de aromas, una poeta.”


De vuelta en Bucarest, en 1908, Marthe fue presentada al príncipe heredero alemán, Wilhelm, quien, pese a que Marthe se refería a él como “el III”, nunca sucedió a Wilhelm II. El Kronprinz era casado, pero durante los siguientes quince años le escribió cálidas y afectuosas cartas a Marthe. Ella y su esposo fueron invitados en Alemania, durante el otoño de aquel mismo año, como invitados personales de Wilhelm, a visitar Berlín, Postdam, Weimar y tomar parte en la regata imperial a Kiel. Marthe obtuvo el supremo honor de acompañar a Wilhelm en la limousine, mientras pasaban a través de la Puerta de Brandenburgo, ocasión reservada sólo a miembros de la familia imperial. Él trató de envolver a Marthe en las relaciones internacionales de la Europa de pre-guerra, intentando que fuera la mediadora oculta entre Francia y Alemania en el conflicto de Alsacia-Lorena.


Entre la nobleza europea, el divorcio era la muerte social, pero el flirteo definitivamente no. Mientras Marthe y George continuaban lo que actualmente se conoce como relación de mutua supervivencia, ambos continuaron con sus propios intereses. El príncipe francés Charles-Louis de Beauvau-Craon, enamorado de Marthe, sostuvo con ella un affaire que duró una década.


Cansada de sus desilusiones sentimentales, Marthe se retiró a Argelia, en aquel entonces parte del imperio colonial francés, con una tía de su esposo (Jeanne Bibesco), pensando en divorciarse de George y casarse con el príncipe de Beauvau-Craon. Pero sintió que no debía hacerlo. George probaría ser sorprendentemente generoso y comprensivo, obsequiándole con el palacio Mogoşoaia en 1912.


Un par de meses antes de la Primera Guerra Mundial, Marthe visitó España, siguiendo los pasos de Chateaubriand, su escritor francés favorito. En mayo, estaba de vuelta en su país para recibir al zar Nicolás II y su familia mientras visitaban Rumania por invitación de la princesa María, esposa del príncipe Fernando.


Cuando Rumania entró en la guerra del lado de los Aliados, en 1916, Marthe trabajó en un hospital en Bucarest hasta que el ejército alemán incendió su hogar en Posada, en los Alpes transilvanos. Abandonó el país para encontrarse con su madre y hermana en Ginebra, después de un exilio impuesto por el invasor alemán en Austria-Hungría (como invitada de la familia de los príncipes Thurn-und-Taxis en Latchen). Allí continuó escribiendo y sólo sus diarios llenaron 65 volúmenes.


En Suiza comenzó a trabajar en Isvor, Pays des saules ("Isvor, Tierra de Sauces"). Fue la obra maestra de la Marthe rumana, donde brillantemente convergió el día a día y las costumbres de su pueblo, extraordinaria mezcla de superstición, profunda filosofía, resignación y esperanza y la lucha interminable entre las viejas creencias paganas y la fe cristiana. La tragedia que sacudió su vida, cuando madre y hermana se suicidan en 1918 y 1920, respectivamente, no cambiarían a Marthe.

Para los Bibesco la vida después de la guerra fue más cosmopolita que rumana. Marthe frecuentaba a Jean Cocteau, Paul Valéry, Rainer Maria Rilke, François Mauriac, Max Jacob, y Francis Jammes. En 1919 fue invitada a la boda londinense del primo hermano de su esposo, el príncipe Antoine Bibesco, con Elizabeth Asquith. Antoine Bibesco (en rumano, Anton Bibescu) era abogado, diplomático y escritor, sería Ministro de la Legación Rumana en Washington, D.C. (1920-1926) y luego en Madrid (1927-1931). Su esposa Elizabeth Charlotte Lucy era la primera hija de Herbert Henry Asquith (Primer Ministro Británico en 1908). Marthe ocuparía por muchos años un apartamento en la casa de Antoine en el Quai Bourbon, donde mantuvo un salón político y literario.



Durante la posguerra reconstruyó Posada, su hogar en la montaña, y comenzó a restaurar la otra propiedad familiar, Mogoşoaia, con su palacio de estilo bizantino. De vuelta en Londres en 1920, conoció a Winston Churchill, comenzando una cálida amistad que duró hasta su muerte en 1965. Cuando su hija Valentina casó con el príncipe rumano Dimitrie Ghika-Comăneşti (en octubre de 1925) en una deslumbrante y tradicional ceremonia, tres reinas asistieron, creando un rompecabezas en el protocolo (la Reina madre Sophia de Grecia, la Princesa consorte Aspasia Manos de Grecia y la Reina María de Yugoslavia).


Moviéndose alrededor de Europa, aclamada cada vez que aparecía un nuevo libro, Marthe gravitó hacia el poder político más que ninguna otra cosa. Sin olvidar el anterior Kronprinz, Marthe sostuvo un corto affaire con Alfonso XIII de España y otro con el representante socialista francés Henri de Jouvenel. En este último caso, las diferencias de clase trastornaron la relación, algo que Marthe usó como base para su novela Egalité ("Equality", 1936). El Primer Ministro británico, Ramsay MacDonald, la encontró fascinante. Ella lo visitó bastante seguido en Londres y fue su invitada en Chequers. El premier le escribía tiernas misivas, en una amistad que finalizó sólo con la muerte de él.


Acompañando a George, a quien le gustaba pilotar rápidos aviones, Marthe volaba a todas partes: el Reino Unido (contaba entre sus amigos al duque de Devonshire, al duque de Sutherland, Vita Sackville-West, Philip Sassoon, Enid Bagnold, Violet Trefusis, Lady Leslie y miembros de la familia Rothschild), Bélgica, Italia, (donde conoció a Benito Mussolini in 1936), la colonia italiana en Libia, Estambul, los Estados Unidos (en 1934, como invitados de Franklin D. Roosevelt y su esposa Eleanor), Dubrovnik, Belgrado y Atenas.




Con la Duquesa de Windsor en la Embajada norteamericana en París

Donde escribiera era un éxito de crítica y por lo tanto sus libros se vendían muy bien. Pero el dinero no era suficiente para cubrir los pesados gastos de su proyecto en Mogoşoaia (donde, por ejemplo, el pavimento del Gran Hall estaba cubierto de oro), por lo que comenzó a escribir romances bajo el seudónimo de Lucile Décaux y artículos para revistas de moda bajo su propio nombre. Mantuvo un largo contrato con The Saturday Evening Post y Paris-Soir.


En los ’20 y ’30 el palacio de Mogoşoaia se convirtió en “la segunda Liga de Naciones”, como le llamó el Ministro francés de Asuntos Extranjeros, Louis Barthou. Allí, anualmente, Marthe hospedaba a la realeza (entre otros, Gustavo V de Suecia y la reina de Grecia), la aristocracia (como los príncipes Faucigny-Lucinge, los príncipes de Ligne, los Churchill, los Cahen d'Anvers), políticos y ministros, diplomáticos y escritores (Paul Morand, Antoine de Saint-Exupéry).


Cuando los vientos de guerra empezaron a soplar nuevamente a través de Europa, la princesa se preparó. Visitó Alemania en 1938 para ver a Wilhelm y fue presentada a Hermann Göring; visitó el Reino Unido en 1939 para encontrarse con George Bernard Shaw. Su nieto Ion Nicolae Ghika-Comăneşti fue enviado a una escuela en Inglaterra aquel mismo año (y no volvería a ver a su tierra por 56 años). Rumania entró en la guerra en 1941, esta vez del lado perdedor.




El príncipe George III Bibesco murió junio de 1941; su relación se reforzó durante su enfermedad, aunque él mantuvo a sus amantes. Después de visitar París ocupada por los nazis y Venecia, hizo una visita secreta a Turquía en 1943 junto a su primo el príncipe Barbu II Ştirbey (Barbo Stirbey), tratando de negociar la retirada de Rumania. Cuando el Ejército Rojo invadió su país, la propiedad de Mogoşoaia fue expropiada en marzo de 1945: en abril, Marthe dio permiso a las nuevas autoridades para declarar al palacio como monumento histórico. Luego partió para no regresar, el 7 de setiembre de 1945.



Irónicamente no fue Marthe sino su prima Elizabeth, la esposa de Antoine, la última de los Bibesco en ser enterrada en los terrenos de Mogoşoaia luego de su muerte en abril de 1945. Ni Marthe ni Antoine retornarían a Rumania. Cuando el gobierno comunista tomó el poder en 1948, todas las propiedades Bibesco fueron confiscadas y el dominio de Mogoşoaia, palacio y parque incluidos, fue nacionalizado. Su hija Valentina y el esposo de ésta, Dimitrie Ghica-Comanesti, que habían heredado el palacio, fueron arrestados y les fue impuesta una residencia obligatoria en Curtea de Arges.



El Palacio de Mogoşoaia


Marthe permaneció en París, primero viviendo en el Ritz entre 1946 y 1948 y luego en su apartamento del 45 Quai de Bourbon. Cuando visitaba Londres recibía a sus amistades en el Savoy, como en el caso del Rey de España, que la visitó bajo un nombre falso. Sus besos apasionados quedaron inmortalizados en los diarios de la escritora: “Nunca olvidaré su beso, tan extrañamente casto, insistente, buscando mis labios y sellándolos con los suyos… un momento que ambos habíamos sentido que demoraba en llegar”.


En 1955 fue aceptada como miembro de la Academia Belga de Lenguaje y Literatura Francesa, en el sitio previamente ocupado por su concuñada Anna de Noailles (nacida princesa Bassaraba de Brancovan). En 1962 fue premiada con la Légion d'honneur.



Ahora una grande dame, disfrutó su última gran amistad con un líder poderoso, Charles de Gaulle, quien la invitó en 1963 al palacio del Elíseo para asistir a una recepción en honor de los soberanos suecos. Cuando visitó Rumania en 1968 De Gaulle llevó con él una copia de Isvor, Pays des Saules para que se lo autografiara y ese mismo año le dijo a Marthe: “…usted, para mí, personifica a Europa”. Marthe tenía 82 años.



Últimos años en París

lunes, 9 de agosto de 2010

Su Gracia La Duquesa de Devonshire


Era el título y el tratamiento que le correspondían a la consorte del Duque de Devonshire y por el que fue conocida Lady Georgiana Spencer, reconocida belleza y figura social inglesa de la segunda mitad del siglo XVIII, quien tuvo una gran actividad política en una época en la que el sufragio femenino estaba a siglos de ser legalizado. Sin duda, Georgiana fue la primera “celebridad” de Gran Bretaña, admirada, copiada y denostada a partes iguales por la prensa y sus coetáneos.

Nacida en Althorp House, Northamptonshire, Georgiana era hija de Sir John Spencer, 1er Lord Conde Spencer y Vizconde de Althorp, y de Margaret Georgiana Poyntz, Lady Spencer. Su padre, aparte de pertenecer a un linaje ya famoso en el medioevo (los Despencer), era bisnieto del famoso general John Churchill, 1er Duque de Marlborough, vencedor de la batalla de Blenheim, y nieto de los Condes de Sunderland, que habían ocupado altos cargos del Gobierno y del Parlamento. Sin embargo, Sir John pertenecía a una rama menor y, por ley de primogenitura, se vio privado de la herencia paterna a excepción de algunas migajas que le relegaban al rango de gentilhombre provinciano con algunas pocas propiedades, además de su apellido de blasonada memoria. Puede que por eso ahogase sus desilusiones en alcohol y diese lugar a una convivencia infernal con sus borracheras.

Georgiana con su madre, Lady Spencer


Como todas las hijas de la alta aristocracia, Georgiana pasaría su infancia cuidada como un precioso peón en el ajedrez de las alianzas matrimoniales entre grandes familias de la élite británica. Su educación era básica y reunía todos los aspectos necesarios para ser una gran dama de la sociedad, una buena y prolífica madre y una irreprochable y digna consorte. No se le exigía nada más, mientras no rebasara los límites impuestos. A sus disposiciones naturales se unía una belleza física sobresaliente y un encanto personal que era reforzado por su notable ingenio, su esprit, como solían decir los franceses del siglo XVIII, aunque en Inglaterra se conociese mejor como humour.

De hecho, las relaciones de los Condes de Spencer con lo más granado de la sociedad y del mundo político londinense, serán un factor importante en la evolución de Lady Georgiana de niña a mujer. El trato con adultos de gran relieve y sus primeros pasos en la sociedad cosmopolita de la Inglaterra dieciochesca, acabarán por completar su formación y darla a conocer.

Lady Spencer se muestra extremadamente orgullosa de su primogénita, a la que llama cariñosamente "Gee" y a la que considera como su mayor "obra de arte", incluso después de que nacieran sus demás hijos. De hecho, la condesa considera a su otra hija Harriet nada agraciada, comparándola a su hija mayor. En cualquier caso, y a diferencia de su marido, Lady Spencer siempre tendrá una relación fluida y próxima con su prole. Georgiana creció feliz en un ambiente elegante, confortable, poblado de criados, gobernantas y preceptores que se encargaban de su bienestar, formación y educación académica. De su infancia y adolescencia, Georgiana guardaría una pasión incondicional por la literatura y la música, siendo muy diestra acariciando las cuerdas del arpa.

Año tras año los Spencer llevaban una vida reglamentada al milímetro, dividida en "temporadas" aquí y allá, que marcaban las pautas a seguir, como hacían los demás aristócratas y sus familias. Solían instalarse en su mansión londinense de Grosvenor Square durante la primavera, en que la capital se convertía en un hervidero social: visitas, bailes, fiestas en la corte o en residencias privadas, banquetes, tardes de té. A finales de la estación primaveral y al clausurarse el Parlamento, la familia se trasladaba a su residencia de Wimbledon Park, a las afueras de Londres, para pasar el verano. En otoño, época tradicionalmente dedicada a las grandes cacerías, se iban a pasar la temporada en su pabellón de Pytchley, organizando partidas de caza con sus invitados y vecinos. Cuando llegaba el mes de noviembre, y con él los vientos helados que precedían las nevadas, volvían a su casa solariega de Northamptonshire, Althorp House, para pasar unos meses de sosiego y recogimiento familiar, aunque frecuentemente salpicado de reuniones sociales.

Georgiana con sus hermanos, Henrietta y George

En plena adolescencia y un día antes de su 17 cumpleaños, Lady Georgiana se uniría en matrimonio con el 5º Duque de Devonshire, William Cavendish, el 6 de junio de 1774, tras un corto noviazgo que le fue impuesto por sus padres. Nada tenía que decir la hija más que aceptar su inevitable destino: abandonar el hogar paterno para casarse con el mejor pretendiente, darle hijos y ocuparse de su casa. La joven tenía todos los requisitos para ser un buen partido; su juventud, su sangre noble, su belleza, inteligencia y educación, su sensibilidad natural, su dote, sus buenas relaciones y el hecho de saber moverse con naturalidad en una sociedad compleja, exigente y regida por códigos inevitables.

Gran propietario rural y poseedor de una inmensa fortuna, el duque de Devonshire pasaba por ser un aristócrata muy al estilo dieciochesco; siempre rodeado de sus estimados perros de caza (lo que le valió el apodo de "Canis"), de sus caballos pura sangre, alternaba su vida campestre con la londinense de forma natural. En el aspecto privado, William mantenía una relación adúltera a la que se sumaría el nacimiento de una hija bastarda bautizada con el nombre de la madre.

Habiendo considerado las ventajas de matrimoniar con la primogénita de los Spencer, William entró en el juego de su futura suegra y siguió las pautas marcadas para llevar a cabo el proyecto de boda. Se puso por tanto a cortejar a la bella "Gee", sin más sentimiento que el de cumplir con su deber de caballero y de poderoso aristócrata, honrando así a sus predecesores en el título. La grandeza de su casa primaba por encima de todo.

Por su parte, Lady Georgiana asumía que su boda era de pura conveniencia aunque albergaba, quizás, la esperanza de que andando el tiempo llegaría el amor entre ellos dos o, en su defecto, una unión afectiva reconfortante. Alentada por su madre ilusionada, Gee eligió un carísimo ajuar de novia parecido al que tuvo la archiduquesa de Austria Maria-Antonieta en el momento de casarse con el futuro Luis XVI.

Se casó dos días antes del día que se anunció en la prensa, pues los Spencer temían una avalancha de gente incontenible. Los flamantes marido y mujer estaban predispuestos naturalmente a ser los líderes de un selectísimo grupo que decidía todo en Inglaterra, desde qué leyes se aprobaban hasta que color se ponía de moda cada temporada. Esta situación privilegiada despertó en Georgiana un interés político inusitado en la época, erigiéndose como la imagen del partido Whig. Adoptó los colores de la Armada Americana, y por supuesto de los Whigs, a todos y cada uno de sus atuendos y se convirtió en la mejor propaganda que el partido podía tener.


Chastworth House, residencia de los Cavendish en Derbyshire


Su unión con William levantó mucha expectación en Inglaterra. La gente peleaba por conocer a la pareja ducal hasta el punto que llegó a ser satirizada en el teatro por el dramaturgo Richard Brinsley Sheridan, con su "Escuela de maledicencia" en la que una joven dama, Lady Teazle, es engañada por las gentes de moda. Apenas con el anillo en el dedo, la joven duquesa de Devonshire se convirtió en la primera de las damas más populares y admiradas de Gran Bretaña. Agasajada, invitada a todas las fiestas de la temporada, Georgiana llegaría al colmo de la felicidad si no fuera por la fría indiferencia de su marido. Un día en el que se apea de su carruaje, un basurero irlandés la detiene para exclamarle: "Amor y bendición, milady, dejad que alumbre mi pipa con las llamas de vuestros ojos". Fue el mejor cumplido que jamás recibió y del que siempre se acordaría cuando otros caballeros alababan sus gracias, replicando: "Después del cumplido del basurero, todos los demás me resultan insípidos!".

La idílica situación se hizo añicos repentinamente cuando Georgiana descubrió el affaire de su marido con Miss Charlotte Spencer y que ésta acababa de dar a luz a una hija. Pese al bofetón moral que suponía semejante descubrimiento para cualquier recién casada, la duquesa de Devonshire aceptó los hechos con elegante resignación y una buena dosis de filosofía digna de una mujer de mundo.


La duquesa de Devonshire y su hija mayor

Al principio, sus esperanzas de maternidad se traducen en sucesivos abortos y empieza a preocuparse por su reputación, puesto que las damas de su categoría eran valoradas tanto por su fertilidad como por sus dotes y relaciones. Pasarían 9 años antes de que su vientre diera frutos satisfactorios para el duque: en 1783 una hija bautizada con su mismo nombre de pila, dos años después una segunda niña, lady Henrietta. El marido espera de ella un heredero varón para continuar con el linaje ducal, puesto que las dos niñas no podían heredar los títulos y el mayorazgo de Devonshire. Finalmente la duquesa daría a luz, el 21 de mayo de 1790, a un varón: William George Spencer Cavendish, titulado Marqués de Hartington por cortesía, título que solía ser llevado por los primogénitos de los duques de Devonshire desde finales del siglo XVII.


Según la historiadora Amanda Foreman, por la crecente presión que estaba sobre sus hombros el no poder tener hijos Georgiana empezó a adquirir ciertas adicciones y enfermedades. Hubo un tiempo en que se volvió anoréxica, bebía constantemente y tomaba píldoras para poder calmarse. Tras el alumbramiento que, por fin, satisface a su marido, Georgiana deja de tener hijos, al menos con William. La vida conyugal no es paradisíaca como le habría gustado a Gee.


Sería recordada no solamente por sus desencuentros con su marido, sino por su papel desempeñado en el ámbito de los salones políticos de Londres. Georgiana abre sus salones a la élite parlamentaria y literaria, reuniendo a su alrededor a la flor y nata de la sociedad británica del momento. Precursora de las damas sufragistas de finales del siglo XIX, se lanza en los debates políticos y hace campaña para los Whigs en una época en que la Cámara de los Comunes estaba dominada por los partidarios del rey Jorge III y de su primer ministro William Pitt el Joven, sosteniendo particularmente a uno de sus parientes, Charles James Fox (hijo del político Lord Holland) y primo-hermano del duque de Richmond, de Lennox y de Aubigny.

En el momento de las elecciones generales de 1784, la duquesa de Devonshire no habría dudado en comprar votos a favor de Fox a cambio de sus besos. Ese peculiar y original episodio sería inmediatamente vilipendiado por Thomas Rowlandson en su pasquín "el Devonshire o el Método más referenciado de asegurar los votos". La realidad es bien distinta: la duquesa habría dado las gracias a un zapatero con un beso por dar éste su voto a Fox; luego, las malas lenguas se ocuparon en exagerar el incidente hasta convertirlo en un asunto de sobornos labiales.


Georgiana como la diosa Diana

Criticada y burlada por sus detractores, Georgiana sigue siendo la dama por excelencia que todo extranjero venido a Inglaterra quiere conocer y admirar. En la corte, se convierte en la apreciada amiga del Príncipe de Gales, apodado Prinny, y forma naturalmente parte esencial de su cenáculo en el que siempre se encuentra con Fox. Los rumores de entonces achacan a Fox el papel de amante de Georgiana para explicar la devoción de ésta por el personaje político tan controvertido y calificado de amoral por el mismísimo rey Jorge III.

A pesar de la grandilocuencia y de los esfuerzos de la duquesa, Fox perdería las elecciones frente a Pitt el Joven, viéndose reducido a continuar en la Cámara de los Comunes como diputado de Tain Burghs (un burgo escocés de Kirkwall en las Orcadas). El ascendente e influencia que tenía sobre el Príncipe de Gales, que tradicionalmente se oponía al padre y rey, hizo que fuera tomado en aversión por Jorge III.

Siendo una celebridad en aquella Europa cosmopolita, Georgiana fue conocida también por su buen gusto en el vestir como lo atestiguan los artistas que la inmortalizaron durante sus años de vida pública. Sir Joshua Reynolds, Thomas Gainsborough y el miniaturista Richard Cosmway dejaron de ella bellos retratos, sin olvidar los caricaturistas y dibujantes que encontraron en la duquesa un filón inagotable de inspiración. El famoso retrato de Gains
borough en el que la duquesa aparece con un gran sombrero, fue robado de la Art Gallery de Londres por Adam Worth y de
alguna manera fue recuperado por la agencia americana de
detectives Pinkerton.

Como la reina María Antonieta, con la que se sintió particularmente vinculada y por la que sentía especial admiración, Georgiana adoptó un estilo de vestimenta más cómodo, dejando de lado los tafetanes, los terciopelos y los muarés recargados y sus apabullantes miriñaques por vestidos vaporosos de lino, de algodón y de muselina. Estas prendas se conocerían como "vestidos a la inglesa" y arrasarían en la sociedad anglófila de París. La duquesa adornaba sus peinados de poufs con enormes sombreros a la francesa (de ala ancha), lo que le daba un aire más desenfadado y campestre conjugado con una elegante sencillez.


Todo lo que lucía se ponía instantáneamente de moda. En 1786 hubo un pequeño escándalo cuando una de sus modistas fue sobornada para desvelar los diseños de Georgiana, muchas damas de la sociedad pagaron por los dibujos pensando que serían las únicas en llevarlos. Pero se destapó el soborno cuando a las pocas semanas todas aparecieron en un baile con el mismo vestido.

Sus peinados consistían en una torre de cabellos que construía esculturalmente con la ayuda de una pomada y que coronaba en la cúspide con pequeños (y no tan pequeños) ornamentos. En ocasiones usaba pájaros, flores o frutas para adornarse e incluso recreaba escenas pastorales en su cabellera, coronándola con árboles y animales en miniatura. Para conseguir estos fascinantes estilismos se ayudaba de dos peluqueros que tardaban horas en conseguirlos.Otro de las aportes de la duquesa a la moda fueron las plumas de avestruz que enganchaba a sus cabellos y sombreros consiguiendo parecer mucho más alta y espectacular de lo que era en realidad. Con su instinto para el estilo y su desbordante personalidad Georgiana causaba sensación de inmediato; pese a sus recargados atuendos y estilismos siempre parecía natural y conseguía según sus biógrafos mantener varias conversaciones a la vez y hacer sentir a cada uno de sus interlocutores como el único importante.




También se sabe de su pasión por el juego, su derroche y sus deudas. Fuera en las cartas o en los vestidos, Georgiana no reparaba en gastos con tal de suplir su falta de amor y felicidad conyugal. Aunque tanto los Spencer como los Cavendish eran familias tremendamente ricas, Georgiana dejaría tras de sí un montón de deudas de juego, de apuestas y facturas impagas hasta en las modistas, dado el vertiginoso tren de vida que llevó.

En 1780, apareció el primer problema de salud de Georgiana: una molestia ocular que le supuso un tratamiento intenso hecho en casa que pareció surtir efecto. Ya con anterioridad, Georgiana solía sufrir de algunas migrañas que combatía con láudano (al que se aficionó) y con un encierro en su alcoba en la oscuridad más completa. En 1796, durante un episodio de fuerte migraña, su ojo derecho empezó a hincharse de tal modo que su madre, su hermana, su marido y su médico empezaron a alarmarse seriamente. Encerrada a cal y canto en su habitación, a oscuras, cualquier rayo de luz que se filtrase accidentalmente por las ranuras de las espesas cortinas le hacía gritar de un modo horrible. La hinchazón desfiguró el hermoso semblante de Georgiana.




Durante meses, y tras la intervención del mejor oculista de Inglaterra para salvarle el ojo afectado, Georgiana tuvo que permanecer en sus aposentos en una oscuridad casi completa. La luz del día le resultaba intolerable y le arrancaba agudos gritos de dolor; con su ojo derecho tapado con un espeso parche, había perdido casi la visión del izquierdo, percibiendo tan solo siluetas borrosas. Mujer acostumbrada a vivir de manera pública, Georgiana estuvo largo tiempo sin salir de su casa, avergonzada por la deformidad de su rostro y temiendo el rechazo público. Tardó en recuperarse de aquella inseguridad y, cuando se decidió a salir nuevamente a la calle, se arregló el cabello de manera que escondiese su ojo afectado.

Tenía solo 48 años cuando empieza a sentirse mal, en el invierno de 1806. En solo un mes su salud se degrada rápidamente y deja de vivir el 30 de marzo, rodeada de su madre, de su hermana y de su marido. La noticia de su defunción estremeció todo Londres. Muerta la duquesa, una muchedumbre de personas, mezcla de importantes figuras de la sociedad con gente sencilla del pueblo londinense, desfiló para despedirla en la mansión de Devonshire House.



La revitalización de la figura de Georgiana en la película "The Duchess"



viernes, 30 de abril de 2010

Las hermanas Miller




La historia de las hermanas Miller haría las delicias de cualquier cronista social. Pía Christina, Marie Chantal y Alexandra Natasha nacieron, respectivamente, en 1966, 1968 y 1972 en el seno de la familia Miller: el padre, Robert, nacionalizado inglés, era ya entonces el rey de los duty free. La madre, la ecuatoriana Chantal Pesantes, una perfecta esposa y madre de familia, guapa y pulida, cuyos armarios rebosaban modelos de alta costura.

A pesar de la belleza y elegancia de su esposa, Robert Miller no consiguió quitarse nunca el barniz de vulgaridad que arrastraba junto a sus muchos millones (un reportero escribió que parecía “un carnicero de Detroit”). Entonces se prometió que sus tres hijas serían tan bellas como distinguidas, y, tras casarse espléndidamente, se convertirían en pilares de la alta sociedad internacional.


Robert y su esposa diseñaron para las tres niñas una perfecta estrategia educativa: colegio privado, internado suizo y estudios superiores en alguna universidad elitista, además del aprendizaje de idiomas e intensos periplos viajeros para desarrollar el cosmopolitismo propio de una dama.

Chantal se preocupó de inculcar en sus hijas el interés por la moda y la propia imagen: las pequeñas Miller se vistieron en las tiendas más exclusivas y fueron al peluquero y a la manicura desde que tuvieron uso de razón. Tantos esfuerzos dieron sus frutos: las hermanas Miller se convirtieron en exquisitas jóvenes de piel perfecta, lacios cabellos rubios y estilizada figura.



Cuando las tres alcanzaron la mayoría de edad, Robert Miller se dijo que era el momento del toque final, y encargó a Herb Ritts una sesión fotográfica de sus preciosas hijas, que aparecieron vestidas con apabullantes trajes negros de gusto impecable. Las fotos fueron enviadas a las principales revistas de sociedad americanas y europeas junto con un breve curriculum de cada chica y una información adicional: el magnate había dotado a cada una de ellas con una fortuna de 15 millones de euros.



En América, donde entonces vivía la familia, la “millermanía” no tardó en desatarse. Vanity Fair afirmó que las Miller eran “lo mejor que le había pasado a la sociedad estadounidense desde el desembarco, en los años treinta, de las hermanas Cushing”, en clara referencia a otras ricas herederas que reinaron sobre la sociedad neoyorquina en la época que sucedió al crash bursátil de 1929.


Las chicas Miller el día de la boda de Marie-Chantal (Londres, 1995)

La prensa dijo que las chicas Miller heredarían la tradición de otros iconos de la alta sociedad estadounidense, como Consuelo Vanderbilt o C.Z. Guest, y mientras las tres hermanas eran bombardeadas con invitaciones a bailes y fiestas, los pretendientes empezaron a zumbar alrededor de ellas como moscas sobre la miel. No todos eran del gusto de papá Miller, que se encargó de poner en fuga a los cazafortunas.

Después, los esfuerzos dieron sus frutos: la mayor de las hermanas, Pía Christina, mostró su intención de comprometerse con Christopher Getty, miembro de una de las familias que se incluyen por derecho propio en el Gotha norteamericano, y el noviazgo se hizo oficial sin problemas.

Pia

Pia y Christopher Getty: unión de dos fortunas


Otro tanto ocurrió cuando Alexandra, la menor de las Miller, empezó a salir con Alexander von Fürstenberg, uno de esos príncipes sin corona que hacen las delicias de los norteamericanos ricos. Además de un apellido larguísimo con una antigüedad de siglos, Alexander tenía negocios propios y una saneada cuenta corriente. No había nada que objetar. Alexandra se convertiría en Fürsten von Fürstenberg.

Alexandra

Alex & Alex en sociedad con sus hijos


¿Y Marie Chantal? La mediana de las tres jóvenes, seguramente también la más atractiva, no parecía dispuesta a decidirse por ninguno de los pretendientes que le gustaban a su padre. Las malas lenguas dicen que Miller puso la soltería de su hija en manos de un casamentero profesional, quien se las ingenió para que Marie Chantal fuese emparejada con el príncipe Pablo de Grecia, heredero de la Corona, durante una fiesta en Nueva Orleans.


Marie-Chantal


El flechazo fue inmediato, y Marie Chantal se convirtió en la segunda Miller con título de Alteza. Exudando satisfacción por todos sus poros, el escasamente refinado Miller llegó a decir que estaba dispuesto a emplear todos los medios a su alcance para reinstaurar la monarquía en Grecia y ver a su hija sentada en el trono de la Hélade. De momento, Pablo y Marie Chantal siguen siendo príncipes sin corona, pero se han convertido en reyes de la alta sociedad.




Sus Altezas Reales El Príncipe Heredero de Grecia y su esposa

La princesa, que después de tantos partos sigue manteniendo una figura envidiable, aparece cada año en las listas de mujeres mejor vestidas del mundo, tiene su propia firma de (carísima) ropa infantil y algunos diseñadores se refieren a ella como “la nueva Grace Kelly”. Sus detractores dicen que vive obsesionada por su imagen, que es fría, distante y soberbia, pero otros aseguran que tiene motivos para serlo: es guapa, elegante, joven, está casada con un príncipe… y algún día se repartirá con sus hermanas una herencia que se calcula en más de 1.500 millones de euros.


La familia Miller en pleno en la gran gala pre-boda de Marie-Chantal y Pablo de Grecia (1995)