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miércoles, 5 de enero de 2011

Borghese, Massimo, Chigi-Albani

Los Borghese

Borghese es el apellido de una familia de linaje noble originaria de Siena, cuyos miembros alcanzaron la prominencia durante el siglo XIII sosteniendo oficios en la comuna. El cabeza de familia, Marcantonio I, se trasladó a Roma en el siglo XVI y allí, siguiendo la elección de su hijo Camillo Borghese como Papa Pablo V, alcanzaron el poder y la riqueza.

Borghese de Siena

La casa se originó en el siglo XIII con Tiezzo da Monticiano, un comerciante sienés de lana, cuyo sobrino Borghese le dio el nombre a la familia. Entre los miembros importantes están:

§ Agostino (1390-1462), notable soldado de las guerras entre Siena y Florencia, nombrado Conde Palatino por el Papa Pío II y Conde del Sacro Imperio Romano por el emperador Segismundo.
§ Niccolò (1432-1500), hombre de letras, filósofo e importante figura política en la República Sienesa perteneciente al Monte dei Nove.
§ Pietro (1469-1527), nombrado senador de Roma por el Papa León X, muerto en el Saco de Roma.
§ Marcantonio I (1504-1574), político y abogado al servicio papal


Borghese de Roma

Marcantonio I Borghese se mudó a Roma en 1541 y su familia sienesa rápidamente accedió a la sociedad romana, culminando en la elección de su hijo Camillo como Papa en 1605. Pablo V fue un desvergonzado nepotista, nombrando a su hermano Francesco (1556-1620) duque de Rignano y general del ejército papal, a su otro hermano Giambattista (1554-1609) gobernador del Borgo y castellano de Sant’Angelo y a su sobrino Scipione Caffarelli (1576-1633) cardenal e hijo adoptivo. Este último, hijo de su hermana Ortensia, se convirtió en Scipione Borghese luego de su adopción y en 1609 obtuvo también del Papa el título de Príncipe de Vivero.


Estatua de bronce de Camillo Borghese, el futuro Papa Paulo V, en la plaza principal de Rimini


Como grupo, los Borghese se convirtieron en los mayores terratenientes de la Campagna romana, incrementando su riqueza por el estratégico control de sus propiedades y la política de monopolio de granos y el derecho de administrar posadas.

Así, la familia acrecentó su poder. Muchas de las inscripciones oficiales de Pablo V incluían la palabra ROMANUS después de su nombre, para reforzar la nueva conexión romana de su familia. Scipione fue un gran patron de las artes, protector de Bernini y la colección artística familiar floreció bajo su tutela (Anteriormente situada en la sede familiar en Roma, el Palazzo Borghese, desde 1903 fue establecida como Galleria Borghese en la antigua Villa del mismo nombre).


La Venus de Canova en Galleria Borghese


Marcantonio II (1598-1658), hijo de Giambattista, gracias a la influencia de su tío Pablo V, fue nombrado Príncipe de Sulmona con Grandeza de España en 1610 por Felipe III de España. En 1619 este príncipe casó con Camilla Orsini, convirtiéndose en heredero de las dos familias más poderosas de Roma. Su hijo Paolo (1624-1646) casó con Olimpia Aldobrandini, princesa de Rossano, y este matrimonio permitió a los Borghese reclamar el legado de la familia Aldobrandini, aunque este derecho fue solo reconocido en 1769 después de prolongadas batallas legales. Entre los títulos de Paolo, Olimpia entregó el de Príncipe de Rossano a su hijo Marcantonio III (1660-1729), quien también se convirtió en Virrey de Nápoles.


Escudo del cardenal Scipione Borghese, bibliotecario de la Santa Romana Iglesia (1609-1618), con el águila coronada y el dragón alado


Marcantonio IV (1730-1800), príncipe de Sulmona y de Rossano, era senador de la República Romana. Su hijo Camillo Filippo Ludovico (1775-1832) se enlistó en el ejército napoleónico y más tarde se convirtió en uno de sus generales. En 1803 casó con la hermana de Napoleón, Pauline Bonaparte, viuda del general Leclerc, y en 1806 fue nombrado duque de Guastalla y gobernador de Piamonte (1807-1814). A la caída de Napoleón, se separó de Pauline y se retiró a una vida apartada en Florencia, muriendo sin descendencia. El segundo hijo de Marcantonio IV, Príncipe Francesco Aldobrandini (1776-1839), también fue un general del ejército napoleónico y recibió toda la herencia de Camillo.

El Príncipe Scipione Borghese (1871-1927) fue un industrial y deportista recordado por su participación en el rally Pekín-París en 1907 con el periodista Luigi Barzini. Junio Valerio Borghese (1906-1974), oficial de la armada y ganador de la Medaglia d'Oro al valor Militare, fundó en 1967 la organización de extrema derecha Fronte Nazionale y tres años más tarde debió escapar a España tras las acusaciones de complotar un golpe de estado.


Junio Borghese


Actualmente existen cuatro ramas de la familia Borghese:

§ Borghese, descendiente de Marcantonio V, hijo de Francesco
§ Borghese-Aldobrandini, descendiente de Camillo, hijo de Francesco
§ Borghese-Salviati, descendiente de Scipione, hijo de Francesco
§ Borghese-Torlonia, descendiente de Giulio, nieto de Francesco

Una generación joven, Príncipe Lorenzo Borghese, empresario de cosméticos

Los Massimo

Massimo es el nombre de una familia principesca romana de gran abolengo, cuya ascendencia, según larga tradición, se remonta al antiguo Máximo de la Roma republicana y a Quinto Fabio Máximo (275 a.c.-203 a.c.), llamado Cunctator (“el que retrasa”), cinco veces cónsul y dos veces dictador. La familia es generalmente reconocida como una de las más antiguas familias nobles de Europa. Proveyó de dos Papas a la Iglesia Católica, ambos Santos: el Papa Anastasio I (muerto en 401), quien denunció la herejía Origenista, y el Papa Pascual I (muerto en 824), quien fue elevado gracias a los reyes francos.


El Papa Anastasio I, hijo de Máximo


A partir de entonces la familia creció en influencia entre los barones romanos y jugó un considerable papel en la historia de la ciudad durante la Edad Media, produciendo numerosos cardenales, embajadores y líderes militares y civiles. Sus miembros eran importantes mecenas de las artes. Los hermanos Pietro y Francesco Massimi adquirieron fama por proteger y apoyar a los impresores alemanes Sweynheim y Pannartz, quienes llegaron a Roma en 1467, cuando los primero libros impresos en Italia eran producidos en el palacio Massimo. El Cardenal Camillo II Massimo fue célebre como patron de Velázquez y Poussin.


El Cardenal Camillo II Massimo


En el siglo XVI los Massimo eran los más ricos nobles de Roma. Un marquesado les fue conferido en 1544 y el señorío de Arsoli en 1574, entonces vino el título de Príncipes de parte del Papa. El Palazzo Massimo alle Colonne en Roma fue construido por el celebrado arquitecto sienés Baldassare Peruzzi por orden de Pietro Massimo, sobre las ruinas de un palacio destruido en el Saco de Roma en 1527. El cielorraso de entrada está decorado con un fresco de Daniele da Volterra, que representa la vida de Fabio Máximo. El palacio es considerado uno de las más importantes obras manieristas del temprano Renacimiento y permanece como la principal residencia de la familia, junto al Castello Massimo en Arsoli.

Piano nobile del castillo Massimo en Arsoli


Muchas de las princesas que casaron con miembros de la familia Massimo provienen de las más importantes familias reales de Europa. La Princesa Cristina de Sajonia casó con el Príncipe Camillo Massimiliano en 1796; la Princesa María Gabriella de Saboya, con el Príncipe Camillo Vittorio en 1827: la Princesa Beatriz de Borbón, hija del Duque de Madrid (pretendiente al trono español), con el Príncipe Fabrizio en 1897 y la Princesa María Adelaida de Saboya-Génova, hija del Duque de Génova y sobrina de Vittorio Emanuele III, contrajo matrimonio con el Príncipe Leone en 1935.


El Príncipe Leone Massimo, Sovrintendente Generale de los Correos Papales


A comienzos del siglo XX había dos ramas de la familia Massimo: los Príncipes Massimo, descendientes de Camillo Massimiliano (1770-1840) y los duques de Rignano, descendientes de Francesco Massimo (1773-1844). Actualmente solo permanece la rama principesca de la familia, que es representada por los Príncipes Filippo, Príncipe de Arsoli -cuyo heredero es el Príncipe Fabrizio Massimo-Brancaccio (nacido en 1963)- y Stefano, Príncipe de Roccasecca dei Volsci, cuyo heredero es el Príncipe Valerio Massimo (nacido en 1973).

El Príncipe y la Princesa Massimo con cinco de sus seis hijos en el Palazzo Massimo alle Colonne, Roma (1960)


Los Chigi-Albani


Chigi-Albani es una familia principesca romana de extracción sienesa cuyos ascendientes eran los condes de Ardenghesca, poseedores de castillos en Maremma, al sur de Toscana. La más antigua mención de ellos es en el siglo XIII, con un Alemanno Consejero de la República de Siena.

El primer miembro prominente fue Mariano (1439-1504), un banquero y dos veces embajador de Siena ante los Papas Alejandro VI y Julio II. Él fundó la rama romana de la familia, mientras que la otra rama fue comenzada por su hermano, Benedetto.

Agostino Chigi (1465-1520) fue el más célebre miembro de la familia durante el Renacimiento. Se convirtió en un banquero inmensamente rico y construyó el palacio y los jardines conocidos como la Farnesina, decorado por Rafael, siendo renombrado el esplendor de sus entretenimientos. El Papa Julio II hizo de él prácticamente su ministro de finanzas y le otorgó el privilegio de usar sus propias armas (el Papa era un Della Rovere) con las de los Chigi.


Alessandro VII, Fabio Chigi (1599-1667)


Fabio Chigi llegó a ser el Papa Alejandro VII en 1655 y confirió el patriciado romano a su familia. Su sobrino Agostino fue creado Príncipe del Sacro Imperio Romano (Reichsfürst) por el emperador Leopoldo I en 1659. Agostino casó con María Virginia Borghese (pariente del Papa Pablo V) y adquirió los principados de Farnese (1658), Campagnano (1661) y Ariccia, donde un famoso palazzo con el nombre de la familia todavía existe. El papa también tuvo dos sobrinos que se convirtieron en cardenales, Flavio I Chigi, uno de los principales coleccionistas de arte de la familia, y Sigismondo.


Palazzo Chigi-Albani de Soriano nel Cimino


En 1712, la familia recibió la dignidad de mariscales hereditarios de la Iglesia Católica y guardianes de los Cónclaves, lo que les daba prominencia ceremonial a la muerte de cada pontífice. Durante el siglo XVII, Flavio II se convirtió en Cardenal. Dos siglos después, su descendiente y homónimo Flavio III fue también Cardenal y Nuncio Apostólico en Francia.

Con el matrimonio en 1735 de otro Agostino Chigi (1710-1769) con Giulia Albani, heredera de los Albani –una familia patricia de Venecia-, su nombre fue agregado al de Chigi. Ludovico Chigi Albani della Rovere fue Gran Maestro de los Caballeros Hospitalarios de Malta de 1931 a 1951.


Príncipe Ludovico Chigi della Rovere Albani (1866 - 1951)


La familia es propietaria de grandes fincas en Siena. El palacio familiar en la romana Via del Corso (que no debe ser confundido con otro Palazzo Chigi en Ariccia) es actualmente sede del Gobierno italiano.


viernes, 13 de agosto de 2010

Paulina Bonaparte, Princesa Borghese

Considerada la mujer más bella y voluptuosa de su tiempo, Paulina Borghese, nacida Bonaparte, vivió uno de los períodos más intensos de la historia de Francia. Conoció la revolución, el Directorio, el Consulado, el Imperio y finalmente fue testigo de la brutal caída del hermano, a quien siempre mantuvo fidelidad.

Mientras Napoleón se impone en la escena mundial, Paulina se forma inspirándose en su cuñada Josefina, cuya elegancia es reconocida por todos sus contemporáneos y que luego será su rival. Se convierte así en una hermosa mujer, demasiado bella en opinión de su hermano, quien, preocupado por su frivolidad y
liviandad de costumbres, otorga su mano al joven General Leclerc. Enviados en misión militar a las Antillas, el general muere en Santo Domingo víctima de la fiebre amarilla.

La agraciada viuda, ya en París, recibe el primero de los títulos: “la Bella entre las Bellas”, título que nadie piensa disputarle… con excepción de una rival de fuste, Madame de Contades, puro producto del ancien régime que no concede a Paulina más belleza que gloria a Napoleón. Una noche, invitada a una recepción en casa de Madame Junot, Paulina, dispuesta a un nuevo triunfo, aguarda pacientemente el mejor momento para hacer su entrada.
Así, su llegada es recibida con un largo murmullo de alabanzas, bastante descortés para el resto de las damas presentes. Los invitados masculinos se arremolinan solícitos a su alrededor y, casi llevada en triunfo, llega a una pequeña sala. Para resaltar su encantador peinado, comete el error de colocarse a plena luz y Madame de Contades, molesta al verse abandonada, irritada al oír los cumplidos sobre una rival y demasiado astuta para atacarla de frente, observa su talle, su rostro, su peinado. Luego se detiene en seco, como sorprendida, y se dirige a su compañero, en voz suficientemente alta para ser escuchada:

- ¡Ay, mi Dios, qué pena! ¡Una persona tan hermosa! ¿Pero cómo nadie ha visto antes esta deformidad? ¡Qué desgracia!
Un silencio helado acoge estas palabras sacrílegas y las mejillas de la víctima se arrebolan.
- ¿Acaso no veis esas dos enormes orejas plantadas a ambos lados de la cabeza? Si yo las tuviese parecidas me las haría cortar.

No ha terminado su frase cuando ya todas las miradas convergen en Paulina para juzgar la imperfección. En efecto, sus extrañas orejas parecen un pedazo de cartílago blanco al que la naturaleza olvidó ponerle un borde y, al lado de la admirable pureza del conjunto, rompen un tanto la armonía del rostro. Mal preparada para replicar, Paulina se siente mal y prorrumpe en sollozos. Desde ese día decide no confiar en ninguna mujer, por lo que no tendrá verdaderas amigas. Pero esa falta de afectos no la hará sufrir, tan numerosos son los candidatos a su corazón.

El Primer Cónsul le organiza un nuevo enlace, esta vez con la intención de lograr el apoyo de la nobleza italiana, pretendiendo asegurar tanto su interés personal como el encumbramiento de los suyos. Fija su objetivo en el príncipe Camilo Borghese, sobrino segundo del Papa Paulo V, quien en 1803 da el tono en los salones de París.

Descendiente de una familia ilustre, no carece de inteligencia aunque no ha recibido prácticamente ninguna educación, pues el padre decía que “sus hijos sabrían siempre lo suficiente para ser súbditos de un Papa”. Es de elegante apostura y sabe como na
die echar hacia atrás su capa forrada en satén bordado en oro. Ese gesto, para ojos nuevos, habla de lejos de su aristocracia, así como las plumas blancas que adornan su sombrero de tafetán negro o el jabot de encaje flotando sobre su pecho. Entre la jeunesse dorée parisiense ha puesto a la moda los trajes ingleses, los chalecos húngaros y los sombreros rusos y conduce con gracia los alazanes trotadores de su faetón.

Sus títulos hacen soñar a la nueva sociedad de advenedizos que frecuenta al Primer Cónsul: príncipe de Rosano y del Vivaro, príncipe de Sulmona, duque de Ceri y de Poggio Nativo, barón de Cropolatri, Grande de España de primera clase. A esos títulos se suman las mansiones y villas. Todo es determinante para que los Bonaparte consideren al príncipe digno de recibir la mano de Paulina.

La noticia del compromiso matrimonial cae como una bomba en Saint-Germain, el baluarte de la aristocracia. Desde el 18 Brumario, la ex nobleza, adulada en los salones de Josefina, había ido recuperando poco a poco su altivez. Y, si bien aceptaban que el señor Bonaparte era un gentilhombre, se ironizaba sobre este nuevo ascenso social. “Habrá pues una verdadera princesa en la familia Bonaparte”. Para esos aristócratas, ni los laureles de Egipto ni los de Italia podían compararse con un escudo de armas con las dos llaves en cruz pontificias.


Monseigneur el príncipe Borghese y Madame la princesa, su flamante esposa, partirán para Roma una semana después de la boda en París. Pero antes, la despedida de su cuñada en el palacio de Saint Cloud hace tambalear su tradicional dominio sobre los estilismos a los que está acostumbrada. Cuando el ujier anuncia la llegada de los príncipes Borghese, todos se ponen de pie, incluyendo Josefina. Pero ésta permanece frente a su sillón, dejando que la princesa avance hasta ella y atraviese así gran parte del salón. En vez de desagradarle el supuesto desaire de la emperatriz, a la princesa le conviene, porque, como le cuenta después a la duquesa de Abrantes, “… si hubiera venido a mi encuentro la cola de mi vestido no se habría desplegado, mientras que así pudo admirársela en toda su extensión”.

Paulina está esplendorosa con un vestido de terciopelo verde, delicado, nada llamativo, pero con la parte delantera y el ruedo bordados con verdaderos diamantes y llevando un aderezo también de diamantes complementado con una magnífica diadema de esmeraldas. Por último, para completar ese rico atavío, lleva a un lado un ramillete compuesto por esmeraldas y perlas en forma de pera, un adorno de incalculable valor. Tras un primer momento de asombro provocado por esas piedras preciosas derramadas en profusión sobre su vestido, Josefina se repone y la conversación se generaliza, dejando a la princesa exultante por su triunfo junto a la duquesa de Abrantes.

- Después de todo, ella está tan bien vestida –le dice, mirando a su cuñada-. El blanco y el oro combinan admirablemente con ese tapizado de terciopelo azul.

La princesa se detiene en la frase, sorprendida al parecer en un pensamiento. Mira alternativamente su vestido y el de Madame Bonaparte.

-
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cómo no pensé en el color de los muebles del salón! ¡Y vos, Laurette, vos que sois mi amiga, cómo no me lo dijisteis?
-
¿Qué tendría que haberos dicho? ¿Que los muebles del salón de Saint Cloud son azules? Pero si lo sabíais tanto como yo.
- Pero en una ocasión como esta una se confunde, no se recuerda lo que se sabía. ¡Y ved lo que ha ocurrido! ¡Me he puesto un vestido verde para venir a sentarme en un sillón azul! ¡Este verde y ese azul! Debo de parecer horrible ¿verdad?


En la Ciudad Eterna la princesa Borghese madre recibe a la esposa de Camilo en el fabuloso palacio familiar, el Cembalo, luego es recibida en audiencia por Pío VII y, finalmente, tiene lugar el ricevimento de presentación: suscita admiración ante la nobleza romana y la extranjera, el Sacro Colegio, la prelatura y el cuerpo diplomático. Pronto el paseo por Roma de la joven princesa constituye un espectáculo que no desean perderse ni la nobleza ni el pueblo. La vista de “la mujer más bella del mundo” en su carroza iluminada por el sol, escoltada por un negrito travieso vestido a la turca en la parte trasera, petrifica a los romanos de admiración y estupor. Sus entradas en los salones de la aristocracia, a veces con todos los diamantes de la Casa Borghese prendidos de su vestido –en ese adorno llamado Matilde con el que protagoniza el incidente ante Josefina-, producen el mismo efecto.

Camilo Borghese, el hombre de moda en París, vuelve a ser un príncipe romano prisionero de la etiqueta. Poco acostumbrada a ese protocolo, Paulina soporta las nuevas reglas de conducta para agradar a su familia política, que ha sucumbido al encanto de la joven. Reina sobre modistas y sombrereros tan solemnes como ministros de Estado. Posa para Antonio Canova, el más famoso de los escultores de la época, como una Venus victoriosa recostada en un diván, desnuda hasta la cintura, obra sensual y conmovedora que sigue siendo todavía hoy una de las más hermosas piezas de la Galleria Borghese.



Paulina está con su madre, Letizia Bonaparte, cuando se entera por Le Moniteur del famoso decreto del 20 de abril: “Se dará a los príncipes franceses y a las princesas el título de altezas imperiales; las hermanas del emperador llevarán el mismo título”. Su madre no manifiesta ninguna alegría. Paulina, la única princesa auténtica de la familia hasta el momento, se muestra reservada. Y su vanidad sufre al ver una vez más a Josefina superarla pues será consagrada emperatriz.
Ese día en Notre Dame, aunque de mala gana, debe sostener el largo manto forrado en armiño de Josefina. La princesa Borghese lleva un vestido de satén blanco bordado en oro con una cola de varios metros de terciopelo azul igualmente bordada en oro y plata y va cargada de pesadas joyas. Acostumbrada a la pompa pontificia, Paulina ya ha asistido en Florencia y sobre todo en Roma a ceremonias muy suntuosas, por lo que considera a ésta como algo muy natural. Sin duda le halaga estar cerca del sol imperial, pero no se maravilla. Su superioridad sobre sus hermanas consiste en no dejarse deslumbrar jamás y en conservar una fuerza tranquila tanto ante la grandeza como ante la decadencia. Permanecerá siempre digna y cuando sus amigos realistas se permitan la ironía para hablar de la conducta de su hermano, ella les llamará severamente al orden y les hará notar que muchos de ellos solicitan prebendas en las Tullerías.


Fragmento de la pintura de David, “La consagración del emperador Napoleón”. De izquierda a derecha: Carolina Murat, Paulina Borghese y Elisa Bacchiochi, la esposa de Luis, Hortense, sosteniendo la mano del pequeño Príncipe Carlos y Julia, esposa de José.


De hecho, muchos realistas cohabitan ya con el nuevo régimen, comenzando en su círculo íntimo, donde consigue crear una evidente armonía. Aunque su caso es aislado, porque en la corte imperial los clanes están claramente delimitados y la amalgama es muy laboriosa entre la vieja nobleza que preside la actividad social y la nueva nobleza que imita a la antigua. Las esposas de los militares, las “mariscalas”, son el hazmerreír de los aristócratas.

Es una corte que se halla reglamentada con la rigidez de un general en jefe al mando de un ejército. Todo se desarrolla dentro de la más estricta disciplina, en el temor y el terror al emperador. El protocolo tan rígido hace envaradas las veladas y los conciertos, con los príncipes y las princesas imperiales o los grandes dignatarios en lugares fijados inalterablemente.


Paulina toma del protocolo imperial lo que le conviene y reúne a su alrededor una pequeña corte: el arzobispo de Génova encabeza los dignatarios, siguen los capellanes, el chambelán, el escudero, la dama de honor, las damas de compañía, las lectoras. De todas las casas de los Bonaparte, la de Paulina es la más variada, la más brillante en apellidos ilustres, la más provista de mujeres hermosas y la más instruida en la etiqueta. En aquel tiempo otro título obtiene del emperador: el ducado de Guastalla.

La reina de esa corte en
miniatura convierte su habitación en un santuario. A partir de las diez de la mañana comienza su arreglo personal, verdadera ceremonia que se inicia con abluciones generales y continúa con la limpieza del rostro con leche aguada para suavizar la piel; luego se perfuma el cuerpo con agua de rosas. El primero de los oficiantes, asistido por dos ayudantes, es Hipólito, el peinador de moda. Luego comienza el desfile de los proveedores. Mademoiselle Olive, la bordadora, el perfumista Dulac, el plumajero Dufour y las modistas Madame Germon y Madame Coutant. A veces llama al célebre Leroy, quien imagina para su cliente batas “virginales” cargadas de encajes, espumosas y aéreas, o abrigadas, orladas de plumas de cisne o de pieles de zorro azul, vestidos de fiesta de satén adornados de puntillas o bordados de perlas, o caftanes de satén con gargantillas de tul de oro en la blusa. El atavismo familiar la hace rehusar, regatear o bajar los precios, siempre con éxito, pues, aun perdiendo, esos comerciantes adquieren fama al servir a la princesa Borghese.

Esta costumbre diaria del arreglo personal muestra hasta qué punto Paulina mantendrá siempre el culto de su cuerpo. Un día que se encuentra en el salón de la Princesa Ruspoli, la conversación recae en sus bonitos pies:
- ¿Queréis verlos? –dice tranquilamente la princesa Borghese-. Venid mañana al me
diodía.
Grande fue el asombro de la princesa Ruspoli. Madame du Montet cuenta que “…no había modo de eludir esa singular invitación. Acudió pues, y fue introducida en un delicioso gabinete. La princesa se hallaba negligentemente tendida en un diván, sus pequeños pies bastante en evidencia, pero eso no era lo mejor. Entró un paje, bello como un ángel y vestido como los efebos de los cuadros de la Edad Media, sosteniendo un rico aguamanil, un recipiente de plata dorada, una fina toalla de batista, perfumes y otros cosméticos. Colocó un banquillo de terciopelo junto al diván; la princesa extendió en él graciosamente una de sus piernas: el pequeño paje le quitó la media, hasta creo que la liga y comenzó a manipular, frotar, enjugar, perfumar ese hermoso pie, verdaderamente incomparable. La operación fue larga y el asombro de las espectadoras tan grande, que perdieron la facultad de alabar con el entusiasmo que sin duda se esperaba… Mientras el pequeño paje calzaba, descalzaba, perfumaba los bellos pies, limaba y embellecía las uñas de la princesa, ella conversaba y parecía completamente indiferente a esos cuidados”.






Este comportamiento puede parecer provocativo, en realidad es sencillamente regio. Lo mismo sucede con su aseo personal. A diferencia de la mayoría de las francesas, Paulina convierte el baño en un rito. Sus prendas de vestir son tan transparentes y exhibe su cuerpo con tanta frecuencia, que considera que la limpieza es una necesidad. La conversación de la bella bañista, envuelta en una bata apenas cerrada, dentro del círculo de hermosas mujeres que la rodean, es interrumpida por la llegada de su fiel sirviente negro Paul, que la sigue desde Santo Domingo. Con toda la naturalidad que da la perfección, ella se quita la bata y el atleta la carga en sus brazos para sumergirla en una tina llena con veinte litros de leche mezclada con agua caliente. Tendida allí suele recibir con frecuencia a sus admiradores varones, a quienes gusta dejar que admiren su mórbido pecho.

Terminadas las abluciones, el precioso fardo es llevado de vuelta en un capullo de encajes. Un paje avanza ahora para masajear los pies de su ama. En efecto, la hipotensión de Paulina la hace muy sensible a los enfriamientos y la obliga a recurrir a veces al calor comunicativo de las mujeres de su séquito. Cuando es así, la dama elegida desabrocha su vestido y se tiende en el suelo; la princesa posa entonces sus pies sobre los senos de la belleza yacente, paseándolos por ella con agradecimiento. Este espectáculo habitual en Santo Domingo pero sorprendente en Francia deja a los espectadores en estado de beatitud.

Luis XIV tenía sus grandes y pequeños levers en los que se apretujaban las primeras familias del reino y los “señores del algodón” consideraban un honor frotar la espalda del Rey Sol. El lavado de pies de Paulina, así como su baño de inmersión o sus masajes, son sin duda algo profano, pero tienen la ventaja de ofrecer una fiesta a los ojos y al espíritu.



En otras fiestas, los bailes multitudinarios de las Tullerías, la princesa Borghese deslumbra a la corte imperial. Cuando se representa “La Cuadrilla de los Incas” y ella se reserva el papel principal: aparece como una salvaje ricamente desvestida, es decir, cubierta de diamantes; toda la corte la devora con los ojos, incluso las mujeres jóvenes aplauden para ocultar su despecho ante lo innegable. En otra ocasión, al presentar “La Cuadrilla de las Horas”, decide encarnar a Italia con una túnica de muselina de la India bordada en oro, retenida por un magnífico camafeo sobre una coraza de oro. Corona sus rizos oscuros con un casco de oro adornado con plumas de avestruz, calza sandalias sujetas con tirillas de púrpura y camafeos, ciñe sus brazos desnudos con brazaletes de diamantes. Esa criatura ideal, suave, con movimientos delicados y lánguidos, es adorable como una sílfide.

Incapaz de considerar la abstinencia como una virtud, seduce a todos los hombres de los que se siente enamorada, en despecho de la destrucción de su matrimonio por interés. Coronel, actor o diplomático, nadie escapa al canto de esa sirena de ojos embrujadores… Esta Venus victoriosa continúa con alegría la tradición libertina del siglo XVIII. Sin embargo, la más inconstante de las esposas, la más caprichosa de las amantes, se mantendrá fiel al coloso derrumbado, a quien no cesará de sostener. Su naturaleza alegre y optimista probablemente haya sido uno de los pocos motivos de felicidad que tendrá Napoleón en una época de traiciones y abandonos.



Para 1809, separada de Borghese, tendrá un vasto terreno y un palacio en Neuilly, verdadera joya cuyo parque desciende hasta el Sena. En Fontainebleau asiste a las cacerías imperiales donde, junto con sus hermanas, tiene la oportunidad de vestir soberbios atuendos: chaquetas de terciopelo verde sobre faldas de satén blanco, pero no por eso las jornadas de caza dejan de ser terribles pruebas de cerca de seis horas. Para celebrar el nacimiento del rey de Roma da una fiesta para setecientos elegidos en Neuilly y luego parte a Aquisgrán con el habitual desfile de carruajes, entre los cuales va su “calesa sanitaria” que transporta su bañera y su bidet cuidadosamente protegidos bajo sus cubiertas de tafilete rojo y el famoso palanquín que la sigue desde Santo Domingo. Ese nomadismo de lujo extenúa a sus allegados. Apenas se instala en alguna parte, ya está de nuevo inquieta y vuelve a partir, nunca sola, sino precedida o seguida siempre por sus muebles, cuadros, platería, mantelería y ropa blanca.



Pocas mujeres han vivido con más suntuosidad o riqueza. Si la dama de corazones del palacio de Neuilly conoce en grado sumo el arte del amor, sabe también cómo adornar su belleza. ¡Cuántas joyas! En un año, su proveedor Devoix le venderá un aderezo de coral y diamantes, otro de rubíes y uno de amatistas. Se hace montar un cinturón de esmeraldas falsas, rodeado sin embargo de diamantes verdaderos, que le cuesta trece mil francos pero parece valer un millón, lo que se convertirá pronto en un verdadero acontecimiento parisino. Las mujeres sueñan con él mientras Paulina ríe.

Para 1813, 1814, 1815, gira la rueda del destino. Dramáticos acontecimientos afectan la salud de la princesa: Elba, Waterloo, la caída del Imperio, problemas financieros angustiantes. Pío VII, con generosidad de alma poco común, la invita a instalarse nuevamente en Roma. Sus apariciones son verdaderos acontecimientos en los que la pequeña hermana del proscrito medirá la magnitud de su poder. Todos quieren conocer esa belleza célebre, desconcertante, fuera de lo común, ni perversa ni inmoral, pues la moral hace mella en una mujer ignorante de los convencionalismos.

La princesa Borghese, literalmente, tiene a la Ciudad Eterna a sus pies. Es el tema de todas las conversaciones, incluidas las de los cardenales. El Sacro Colegio asiste todas las semanas a la mesa imperialmente servida de Villa Paolina y la anfitriona, cada día más débil, preside comidas que apenas toca. El gobierno pontificio extrema la amabilidad hasta proporcionarle una pequeña escolta para protegerla de los asaltantes y permitirle ir a las termas de Lucca.

A sus quebrantos de salud se agregan las terribles nuevas de la muerte del bienamado primero, en 1821, y de su padre adoptivo, Pío VII, en 1823. Tiene cuarenta y cuatro años cuando regresa al techo conyugal y, por intercesión del nuevo papa León XII, el príncipe Camilo abandona su vida a orillas del Arno para aceptar a la bella penitente en el palazzo florentino. Muy menuda en su chaise-longue, donde retoma instintivamente la pose en que la inmortalizó Canova, recoge los homenajes y los augurios de una sociedad reconocida. Descubren con asombro su bondad de carácter, su humor afable, su clarividencia, su sentido de la observación tan fino, su ausencia de pretensiones. Cuando dice algo importante, lo acompaña con una sonrisa y da a sus palabras el barniz de la frivolidad. Logra así hacerse perdonar su belleza.

En aquella ciudad, en 1825, baja por última vez sus párpados sobre aquellos ojos que tanto han fascinado al mundo y se duerme in somno pacis. Hoy esa Eva pagana reposa en Roma, entre dos Papas de la casa Borghese: el fastuoso Paulo V y el devoto Clemente VIII.




sábado, 19 de diciembre de 2009

Los casos especiales de la nobleza

Existen dignidades nobiliarias otorgadas por los monarcas en casos muy especiales de acuerdo a características personales de la situación o el recipiendario. Los diferentes casos serán detallados en sucesivas entradas.

El ejemplo más clásico es el del emblemático Duque de Windsor, creado en la Nobleza del Reino Unido en 1937. El destinatario fue el Príncipe Edward, anteriormente Edward VIII del Reino Unido, tras su abdicación en 1936 para casarse con la norteamericana Wallis Simpson. Esta creación beneficiaba sólo a él y a su esposa legítima, no así a sus descendientes.


Armas del Duque de Windsor


De otro orden es el título de Príncipe otorgado al Aga Khan, líder espiritual de los ismailíes. Al no ser hereditaria, la dignidad era concedida por la Corona británica a cada titular. En el caso del Aga Khan IV, también el Sha de Irán le otorgó el tratamiento de Alteza Real, pero siempre como dignidad personal.

El león de Ismael, cuya secta lidera el Aga Khan

El Vizconde Astor de Hever, el Conde Mountbatten de Burma, el Barón de Rothschild, el Barón von Thyssen-Bornemisza, son otros ejemplos de peculiares concesiones nobiliarias que, más antiguo en el tiempo, incluyen otros títulos como Marqués de Peralta, Duquesa de Guastalla o Princesa Francesa.


Armas de la Casa Borghese

Los Estados Pontificios dieron cabida a familias italianas poderosas que fueron elevadas a la nobleza por el Pontífice de turno –Colonna, Orsini, Borghese, Sforza- pero también a figuras cuyos títulos fueron otorgados por la Historia, como Ludovico Il Moro, Duque de Milán, de la familia Sforza, o Lorenzo Il Magnifico, un Médici, Señor de Florencia.


Armas de los Médici

Por su parte, en el ámbito de la realeza, existe el título de memoria, que utiliza un soberano o un príncipe heredero mientras no ostenta el ejercicio del poder, ya fuere por haber mudado la forma institucional del estado o por haber sido ocupado el trono por otra rama dinástica. Tal es el caso del Duque de Braganza, pretendiente al trono de Portugal, o el de Conde de Chambord, pretendiente legitimista al trono de Francia.

Armas de Enrique, Conde de Chambord


Generalmente los descendientes del monarca depuesto y en muchas ocasiones hasta él mismo asumen un Título de pretensión o memoria para señalarse como depositarios de los derechos soberanos de aquellos territorios donde reinaron efectivamente sus antepasados.

miércoles, 8 de julio de 2009

Los Títulos de la Nobleza

TÍTULOS HEREDITARIOS

Los Títulos hereditarios son, en sentido general, títulos de nobleza, posiciones o tratamientos que se heredan de generación en generación, ya sea por el primogénito, por el hijo mayor de otra generación o por todos los hijos de una misma dinastía. De esa manera tienden a permanecer dentro las mismas familias particulares.

El Príncipe de Mónaco (1689-1751)

TITULOS SUSTANTIVOS

Los Títulos Sustantivos son aquellos portados por un solo titular y obtenidos de forma personal o por herencia; lo contrario a los obtenidos por cortesía o por matrimonio. Son considerados sustantivos los títulos llevados por los Herederos Aparentes de las monarquías o aquellos otorgados a los miembros menores de las familias reales.


El Duque de Brabante (1478-1506)

TITULOS DE CORTESIA

Los Títulos de Cortesía, contrariamente a los Sustantivos, son aquellos usados por los hijos, las esposas y otros parientes muy cercanos a un Par del reino. Se les llama "de cortesía" porque sus usuarios no tienen por sí mismos los títulos sustantivos.

Consuelo, Duquesa de Marlborough (1876-1964)

TITULOS DE VICTORIA


Un Título de Victoria es un título honorífico otorgado a un comandante exitoso para conmemorar una gran victoria militar. Aunque en apariencia era hereditario, no se requería un feudo: era concedido al principal de una batalla donde el monarca simplemente no tenía autoridad constitucional para otorgar nada válidamente en virtud del derecho local.

Vizconde Wellington, de Talavera y de Wellington en el Condado de Somerset (1769-1852)

PAR DEL REINO


El Par del Reino Unido es un título de dignidad que forma parte de la nobleza. Hoy, existen más de setecientos Pares poseedores de títulos que pueden ser hereditarios. La dignidad de Par de Francia (hereditaria por vía masculina) era un título de la Corona y no un título de nobleza. Fue la fórmula con la que los reyes franceses distinguían a los nobles más importantes del reino.


5º Duque de Richmond y Lennox, 4º Duque d'Aubigny,
Par de Francia, Par de Inglaterra y Escocia (1791-1860)

PATRICIOS

Inicialmente, en el Medioevo, el Patricio era el miembro de un sector privilegiado de la sociedad urbana desde el punto de vista político y económico. Cuando a principios de la época Moderna los patricios comenzaron a adquirir títulos nobiliarios, se convirtió en un término vago usado para miembros de la élite aristocrática y burguesa de varios países.

Princesa Borghese Aldobrandini (1642-1718)