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viernes, 11 de marzo de 2011

"Sevilla tiene un sabor especial"


La condesa de Romanones (nacida Aline Griffith), escribió estas vívidas estampas del entorno de los Alba en su libro “Sangre azul”. Me permití realizar estos extractos, ya que son un inmejorable y cálido registro de la visita de una noble española a Sevilla durante las fiestas típicas de la Feria de Abril.

Sevilla, 1966

“Llegamos a Las Dueñas. Con su habitual sonrisa de bienvenida, Juan, el guarda, abrió la enorme verja doble. Nuestro coche avanzó por el sendero de arena, flanqueado por hileras de naranjos en flor, en dirección al bello palacio del siglo XV de estilo arábigo. La fachada y los balcones estaban cubiertos de buganvillas de un intenso color rojo. A un lado, frente a los establos, aguardaban dos carrozas, un landó y una calesa. Los caballos, perfectamente emparejados, pura sangre cartujanos, estaban adornados con borlas y cintas de seda. Los cocheros vestían trajes de la época de Goya. Tanto la carroza como los caballos de los Alba lucían los colores de la familia, azul y amarillo. Al mirar el otro carruaje, cuyos colores eran azul y blanco, me di cuenta que había venido un antiguo conocido: Tomás Terry. Los invitados traían a veces sus propias doncellas o ayudas de cámara, pero Tomás había llegado con su propia carroza y su cochero.


El encanto del viejo palacio empezaba a ejercer su influjo sobre mí. Salí del coche, ansiosa por volver a ver el hermoso patio central, con sus altas y esbeltas columnas y las majestuosas arcadas. Al pasar bajo el arco de entrada me quedé embelesada, disfrutando de su perfecta simetría, de los exquisitos artesonados y, en la tranquilidad que se respiraba, del caprichoso y mágico rumor del correr del agua y del canto de los pájaros. Las palmeras, rectas y delgadas, destacaban por encima del balcón de piedra esculpido con filigranas, de donde se alzaba un surtidor de gran colorido formado por claveles rojos, buganvillas rosadas y rosas rojas que se elevaba hasta alcanzar el cielo. A mi alrededor las plantas verdes y los primorosos lirios inundaban el jardín del patio. La antigua fuente proyectaba hacia lo alto delgados chorros de agua que centelleaban al sol y creaban una sutil melodía al caer.

(…)

Al cabo de unos minutos, me obligué a abandonar ese paisaje hipnotizador y me dirigí hacia una escalera lateral que conducía a las habitaciones de los invitados, en el segundo piso. Al oír el sonido de mis tacones en el viejo suelo de baldosas, pensé en su historia. Hacía casi quinientos años, a su regreso del Nuevo Mundo tras la conquista de México, Hernán Cortés había subido aquellas escaleras cuando visitó ese palacio para ver a su hija. Mucho después, y en repetidas ocasiones, la emperatriz Eugenia de Francia, de origen español, había ascendido por aquellos peldaños cuando iba a ver a su hermana, la duquesa de Alba.

Sabía que Juan, el portero, habría avisado a Cayetana de mi llegada y que ella me buscaría a su debido tiempo, de modo que fui directamente a mi dormitorio. Mi ropa ya estaba colgada en el anticuado armario y las botas y las zahonas habían sido lustradas y reposaban junto al sofá que había a los pies de la cama con dosel. Desde el balcón abierto miré hacia el jardín repleto de flores y aspiré la fragancia del azahar. La vida podría ser maravillosa si…

(…)

- ¡Aaaandaaaa! – Del jardín que se extendía al pie de mi ventana llegó la voz gutural de un cochero y el restallido de un látigo.




Me precipité hacia el balcón. La rubia y encantadora Cayetana, radiante con la peineta y la amarillenta mantilla de encaje, estaba en la carroza lista para ir a los toros con dos de sus cinco hijos. Me llamó, al tiempo que se colocaba una mano a modo de visera para protegerse los ojos del sol.
- Temía que no fueras a llegar a tiempo para la corrida. El coche de Tomás saldrá dentro de unos minutos. Vístete rápido para que no tengan que esperarte. Tienes asiento de barrera y la señora Kennedy no llegará hasta más tarde.

Las palabras de Cayetana me devolvieron a la realidad. (…) Mientras me vestía a toda prisa para no llegar tarde a los toros, pensé en la anfitriona, una duquesa de Alba que probablemente sería más célebre que su antepasada, la otra Cayetana pintada por Goya. Mi amiga tenía una tupida melena, larga y sedosa, del color de la miel, una piel dorada, la nariz algo respingona, unos cálidos ojos pardos, una figura esbelta y un carácter a la vez tímido y valiente, a veces temerario. Bailaba flamenco mejor que las gitanas profesionales, era un ama de casa experimentada, experta en bellas artes, aficionada a los toros, una duquesa que mantenía las costumbres y tradiciones españolas y que comprendía y amaba a su pueblo. Su marido era alto, moreno, muy atractivo y elegante. Con sus cinco hijos varones y su hija recién nacida, constituían una familia impresionante.

Me coloqué una peineta en el moño y la sujeté con pinzas para que no se moviera. Además me envolví la cabeza con una larga mantilla negra de encaje que me llegaba a las rodillas y empleé una horquilla para engancharla al pelo por delante de la peineta, de modo que el encaje cubriera el peinado con unos pliegues convenientemente distribuidos. Con un alfiler sujeté la mantilla a los hombros del vestido. Aquello descargaba la coronilla del peso del tocado y hacía más fácil volver la cabeza a los lados sin derribar la peineta. A continuación cogí un broche de diamantes, con el que trabé varios pliegues en la parte posterior de la peineta, ya colocada. Aquello también me daba un aspecto brillante vista por detrás. Tomé tres claveles rojos de la cómoda y me los sujeté sobre la oreja izquierda. Cuando me levanté, el color rojo de mi vestido realzaba el primoroso diseño de las flores del encaje, que además enmarcaba mi rostro. Los claveles rojos contrastaban con la mantilla negra y con mi cabello, también oscuro. El efecto era exótico y gracioso. Casi sin aliento, me precipité escaleras abajo preparada para el paseo en la hermosa carroza descubierta.

Era una sensación espléndida ir en el landó de Terry con los cascabeles tintineando y resonando por las hermosas, estrechas y tortuosas calles de Sevilla. Los cascos de los caballos repiqueteaban en los adoquines a un ritmo cadencioso. La gente saludaba a nuestro paso, disfrutando de la visión de la majestuosa carroza con los cinco caballos andaluces de pura raza emparejados a la perfección. Los cocheros también despertaban la admiración de los transeúntes: iban sentados en sus respectivos pescantes, muy erguidos y educados, soberbios con sus bufandas de seda coloreadas, las chaquetillas multicolores y las botas y las zahonas relucientes. Los caballos que iban en cabeza eran esbeltos y de color gris oscuro y los tres de varas eran casi idénticos. Este tipo de distribución del tiro era típica en el sur de España, y la llamaban “media potencia”, términos y costumbres que ya no existen en ningún otro lugar de Europa, pero que aquí, durante la Feria, crean un ambiente de nostalgia por los tiempos perdidos.

A la entrada de la plaza de toros, Tomás, Angelita Almenara, Bunting Teba y yo hicimos cola detrás de otros carruajes magníficos y saboreamos el ambiente que nos rodeaba; saludábamos con la mano y hablábamos con los amigos de los coches cercanos. Los caballos, nerviosos e impacientes, se agitaban y piafaban constantemente, haciendo tintinear los cascabeles en millares de tonos diferentes. La gente que se agolpaba en las verjas de la entrada rezumaba excitación y expectación. Las castañuelas sonaban por doquier, los buhoneros anunciaban a gritos su mercancía, las mujeres que vendían claveles rojos gritaban desaforadamente. Y como hacía mucho calor, los puestos improvisados estaban haciendo su agosto vendiendo abanicos pintados a mano y agua helada, que vertían en vasos de papel desde unos anticuados botijos de arcilla. Los hombres que vendían almohadillas para los duros asientos de la plaza no daban abasto para satisfacer la demanda de los asistentes. La tensión del ambiente presagiaba una gran corrida.

(…)




Con el tiempo justo, segundos antes de las seis en punto, entramos en la Maestranza. La arena del ruedo resplandecía como si fuese oro en polvo bajo el cálido sol cuando llegamos a nuestros asientos. Extendí mi mantón de manila, que llevaba enrollado en el brazo, encima de la barrera y luego contemplé la plaza en todo su esplendor. ¡Qué espectáculo tan fascinante! Bordeando el ruedo y sosteniendo un corto tejado, había un círculo de encantadoras columnas de granito, muy viejas, junto a las que se sentaban, en pequeños palcos, hermosas mujeres de todas las edades, deslumbrantes y espectaculares, con peinetas y delicadas mantillas de encaje, blancas o negras; todas lucían claveles en el pelo y agitaban sus abanicos primorosamente decorados. Los chales de seda doblados en artísticos pliegues sobre las vistosas barandillas de rejas daban esporádicas notas de color. Detrás de las mujeres estaban los hombres de pie, atractivos y vestidos de oscuro, que saludaban con la mano y llamaban a sus amigos mientras bebían jerez. La plaza estaba a rebosar y la atmósfera era electrizante. En breves instantes saldrían al ruedo los matadores más famosos de la temporada y se comentaba que los toros pesaban más de quinientos kilos.




La atención del público se centraba en los palcos.

- Todos quieren ver a la princesa Grace –nos explicó Tomás. Mi obsesión por el trabajo me había hecho olvidar que ella y Rainiero asistían aquel año a la Feria.

Junto a nosotros estaba Lola Flores, acompañada por su marido: hablamos apenas unos segundos. Más abajo, también en asientos de barrera, se encontraban Audrey Hepburn, arrolladora, con un vestido blanco y sombrero de paja, y Mel Ferrer. Ella agitaba un abanico negro de encaje genuinamente español y abarcaba con la mirada toda la plaza; era evidente que disfrutaba tanto como yo del pintoresco escenario. (…) Los toros eran bravos y Antonio Ordóñez tuvo una tarde espléndida, aunque la muerte siempre estaba presente en estos casos. Sus pases eran valientes y elegantes y las embestidas del toro, cuyos cuernos rozaban su cuerpo a cada instante, absorbieron por completo mi atención.

(…)

Ya en el yate de los Fribourg, hicimos planes para encontrarnos después de cenar en la caseta de Ybarra, donde según los rumores se celebraría la mejor sesión de flamenco de la noche. No tenía sentido llegar al recinto de la Feria antes que el flamenco estuviera en su apogeo. Solíamos abandonar el palacio alrededor de la una y regresar cada uno por su cuenta entre las cuatro y las ocho de la mañana, y luego dormíamos hasta el mediodía. Mientras estábamos en los toros había llegado Jackie Kennedy, de Madrid en un avión oficial, acompañada por el embajador americano, Angie Duke, y Robin, su bella esposa. La puerta de doble hoja que comunicaba nuestras habitaciones estaba cerrada, por lo que supuse que la señora Kennedy estaba descansando con el fin de recuperar fuerzas para la larga noche que se avecinaba, y decidí hacer lo mismo.





Cayetana me había pedido que la ayudara con Jackie Kennedy, una de sus invitadas de aquel año y a quien no conocía. Antonio Garrigues, el embajador español en Washington, le había propuesto a Cayetana que invitara a la Feria a la ex primera dama norteamericana para hacerle olvidar el trágico asesinato de su esposo hacía solo dos años y medio. Cayetana me había llamado antes que yo saliera de Madrid para preguntarme si tendría inconveniente en que Luis ocupara otra habitación, puesto que llegaría hacia el fin de semana, y así alojaría a la señora Kennedy en la habitación contigua a la mía. “La señora Kennedy no conoce a nadie por aquí. No quiero que se sienta desorientada. Si tú estás cerca, ella tendrá a alguien que le solucione los problemas”.

Le había dicho a Cayetana que me parecía bien. No podía decir mucho más. Añadí que había incluido en mi equipaje ropa de montar para Jackie. Me dijo que Fermín Bohórquez, el rejoneador, había enviado a Nevada, su caballo más espectacular, para que lo montara ella en el desfile diario, y que entre los veintidós huéspedes de la casa estarían algunos de los hombres más guapos de España. Había hecho todo lo posible por asegurarle a su ilustre invitada una feliz estancia.



Alrededor de las doce menos cuarto, vestida con un traje rojo de lunares blancos y con el mantón de Manila que había pertenecido a la abuela de Luis, recorrí la amplia galería del segundo piso para reunirme con los demás en el salón rojo. Mi falda gitana de volantes, rígidamente almidonada, producía tanto ruido con el roce que no me di cuenta de que Jackie me seguía hasta que se colocó a mi lado. Estaba arrebatadora, con un traje de shantung blanco de Oleg Cassini y una torera bordada en rojo, blanco y azul. Se había colocado dos claveles blancos a ambos lados de su reluciente pelo castaño oscuro. Cuando llegamos a la escalera principal, subían Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez. Después de las presentaciones, nos dirigimos todos juntos al salón. Las paredes estaban cubiertas de damasco rojo antiguo y dos hileras de retratos de familia circundaban la habitación. Había una chimenea de leña encendida. Hablamos de caballos, toros y flamenco hasta que, poco después de la medianoche, Gregorio, el mayordomo, anunció que la cena estaba preparada.

En el comedor, la mesa ovalada de caoba, bañada por la vacilante luz de cuatro candelabros de plata maciza, estaba preparada para veinticuatro personas. De la pared colgaba un retrato ecuestre de Cayetana con una de sus tías, la duquesa de Santoña. A Jackie la sentaron entre Luis de Alba y el conde de Teba, que pronto se quedaron prendados de ella. La atención de todos estaba centrada en aquella mujer.



(…)


Cuando nos levantamos de la mesa, todos los varones estaban bajo los efectos de su encanto, mientras las mujeres intentábamos descubrir cómo lo habría conseguido. No sólo era hermosa, acordamos todos, sino que además, y más importante, era muy circunspecta. (…) Una vez finalizada la cena, como Jackie declaró que estaba demasiado cansada para ir a la Feria, yo me marché con los primeros invitados que se dirigían al recinto.

Por encima de las callejuelas que albergaban las casetas, el cielo brillaba con un millón de luces de colores. A ambos lados de la calzada sin asfaltar, los farolillos japoneses iluminaban las pequeñas terrazas de los tenderetes de lona donde resonaba la música de las guitarras y el zapateado. Caminamos despacio bajo la arcada de globos luminosos de papel, entremezclados con una multitud de matronas sevillanas ataviadas con sus mejores galas, jovencitas con largos trajes de volantes, niños retozones disfrazados y gitanos que tocaban ritmos embriagadores golpeando en recipientes de lata. A esa hora, las fiestas flamencas estaban en su mejor momento. Durante toda la semana, Sevilla se dedicaría al jolgorio.




La caseta estaba atestada, pero Antonio Ybarra nos vio y nos hizo señas para que nos acomodáramos en las sillas de la parte delantera. En el pequeño estrado, un gitanillo de unos ocho años bailaba y zapateaba al compás de la guitarra como un auténtico profesional. Uno tras otro, los artistas y algunos invitados que eran bailaores experimentados subieron a la plataforma a bailar por bulerías, fandangos y rumbas gitanas. Para todos los presentes en aquella caseta, el tiempo se detuvo…

(…)

Unas cuatro horas más tarde, todo el mundo se despertaba. Las botas estaban siendo lustradas, las zahonas anudadas, las ropas planchadas. Las mujeres que tenían intención de montar a caballo al estilo amazona iban de una habitación a otra, pidiendo a sus amigos que las ayudaran con las anchas fajas de montar y llamando a las peluqueras para que les hicieran el moño. Los hombres luchaban con las alas de sus sombreros cordobeses de fieltro, que se habían deformado durante el viaje. En las escaleras resonaban las espuelas de acero al raspar las baldosas. En el patio tintineaban los cascabeles de los caballos. Los cocheros estaban todavía sacando brillo a los arreos o poniendo bien las borlas. Todos se encontraban en alguna fase de los preparativos para el desfile de caballos y jinetes de aquel día. (…)



Fuimos al recinto ferial en la carroza de los Alba. El aire era húmedo y caliente y yo sudaba bajo mi chaquetilla de terciopelo verde. Jackie llevaba mi chaqueta de montar de terciopelo rojo, pantalones a rayas y zahonas recamadas; tenía un aspecto magnífico. Cuando Jackie montó a Nevada, el majestuoso caballo blanco, fue todo un espectáculo. Con los sombreros negros de ala ancha inclinados sobre un ojo, el cabello recogido en grandes moños, las chaparreras bordadas coquetamente anudadas por detrás de los muslos, una manta blanca a rayas para el caballo cruzada sobre la perilla de la silla de montar andaluza, iniciamos la marcha con el lento y solemne trote español. Después pasamos a un medio galope cadencioso.

- Aline, este caballo español es una preciosidad –Jackie estaba radiante de alegría-. Tan fuerte, y sin embargo tan dócil.





Montaba como la excelente amazona que era, algo que los sevillanos reconocían mejor que la mayoría de la gente. Los transeúntes se detenían para contemplarla y algunos bajaron a la calzada para verla más de cerca.

- Dime cómo se hacen esos pasos tan elegantes que le han enseñado a este caballo – me dijo Jackie, intentando no prestar atención a la creciente muchedumbre-. Esos pasos largos y esos giros a cámara lenta. Se los he visto en Viena a los caballos lipizzanos, pero nunca había montado uno que estuviera entrenado para hacerlos.

Me incliné hacia un lado y oprimí el flanco de mi montura con las espuelas y a continuación hice lo mismo en el otro costado. El caballo empezó a trotar, levantando mucho las patas delanteras. En cuanto Jackie se puso a hacer lo mismo, los fotógrafos y los admiradores se acercaron más todavía, hasta empujar a nuestros caballos, de modo que todos sus esfuerzos resultaban inútiles.

- ¡Oh, cómo odio las aglomeraciones! –exclamó con desesperación- ¡Y estoy hasta la coronilla de fotógrafos! Vaya donde vaya, me hacen la vida imposible.




El espectacular carruaje del marqués de Atienza, tirado por cuatro parejas de caballos blancos con uno más en cabeza enganchado por una soga de nailon invisible, avanzaba justo detrás de nosotros. Normalmente, la muchedumbre se echaba atrás y se quedaba mirando con reverencia, pero aquel día, en cambio, todos querían estar cerca de la famosa señora Kennedy. La multitud nos rodeaba, empujándose y agobiándonos cada vez más. Nuestras monturas se pusieron nerviosas y empezaron a caracolear. Para empeorar las cosas, hacia nosotros avanzaban, también con dificultad, Audrey Hepburn y Mel Ferrer. Ambos montaban a horcajadas en caballos de la cuadra de Ángel Peralta, el rejoneador más famoso del país. Me di cuenta que Audrey estaba asustada. Había sido arrojada del caballo en una película, pocos años antes y se había roto una vértebra lumbar. De modo que tampoco se estaba divirtiendo, precisamente.

Avanzamos entre el gentío en dirección al estrado de los jueces del desfile. Cualquier fallo en el vestido o en la postura era advertido y los premios se concedían a los que cumplían las normas. Nadie, ni siquiera la primera dama de los Estados Unidos de América, ganaría un premio si había el menor fallo en su indumentaria. Nuestros pantalones a rayas eran un error: mi doncella los había incluido en mi equipaje accidentalmente en lugar de poner los negros pero, afortunadamente, Jackie no lo sabía (…)




El desfile de carrozas y jinetes fue todo un espectáculo. Detrás de algunos jinetes iban chicas sentadas al estilo amazona en la grupa del caballo, con claveles en el pelo, con las largas faldas gitanas de volantes y lunares extendidas artísticamente sobre los lomos del animal. Varios de aquellos atractivos jinetes eran toreros que se habían convertido en las estrellas de la semana, lo que hacía que el desfile fuera más seductor y emocionante para todos. Sobre el respaldo de los asientos de las carrozas se sentaban unas niñas vestidas con trajes de algodón de vivos colores. De un vehículo a otro pasaban las copas de jerez muy frío y de vez en cuando llegaban a algún jinete cercano. La música de las guitarras sonaba procedente de las casetas y, en su interior, grupos de chicas con trajes multicolores bailaban sevillanas. La gente se reía, charlaba animadamente y saludaba a los amigos desde lejos, los claveles volaban por el aire.

La muchedumbre que rodeaba a Jackie terminó por impedirle avanzar. Aquello era muy peligroso. Como caballeros andantes de armadura cabalgando en sus corceles, aparecieron Fermín Bohórquez y Álvaro Domecq y la salvaron milagrosamente del tumulto. Yo sabía que pensaban llevarla al parque de María Luisa, donde podrían montar en paz, lejos del gentío (…)




Hacia las cuatro de la tarde, subimos a la carroza de Cayetana para volver a Las Dueñas a comer. No había hora fija. Uno de los lujos de hospedarse allí era que cada invitado podía llegar cuando le pareciera. Aquel día, sin embargo, los camiones de la televisión y la prensa obstruían las calles que rodeaban el palacio y cuando logramos entrar eran casi las cinco. Los criados nos habían preparado un delicioso bufé, que aguardaba dispuesto sobre la larga mesa del comedor: gazpacho, pescado del Mediterráneo, langostinos y minúsculas gambas del Puerto de Santa María, chanquetes, diminutas angulas de Málaga, gruesos espárragos frescos de Aranjuez, jamón ahumado de Montánchez, lonjas de ternera fría de Salamanca, dulces y fruta. Sin embargo, los que pensábamos asistir a las corrida apenas tuvimos tiempo de probar un bocado.

(…)



Jackie bajaba las escaleras cuando yo salía al vestíbulo. Los caballos estaban inquietos y muchos de los huéspedes ya habían partido en dirección a la plaza de toros. Cuando finalmente nos pusimos en marcha, nuestra carroza tuvo problemas para pasar por la estrecha calle bloqueada por los camiones de la televisión y los periodistas. Afortunadamente, llegamos justo a tiempo. El público se puso en pie para contemplar a la señora Kennedy cuando subió al palco que íbamos a ocupar aquella tarde. La princesa Grace, arrebatadora con su mantilla blanca, estaba en otro palco, un poco más allá. Como la vez anterior, Cayetana y yo desplegamos nuestros chales de Manila bordados sobre la barandilla. Aquello tenía un efecto decorativo sobre la plaza, pero también una finalidad más práctica: los de abajo no podían vernos las piernas (…)





Antonio Ordóñez hizo dos grandes faenas y obtuvo una oreja por cada una; la primera se la dedicó a Grace y la segunda, a Jackie. No se permitía a los fotógrafos tomar fotos durante la corrida, pero cuando salimos de la plaza nada les impidió intentar sacar más fotografías de nuestra famosa invitada, ni siquiera un accidente de coche, en el cual una mujer fue atropellada cuando intentaba cruzar la calle. Los sevillanos hacían apuestas sobre cuál de las dos norteamericanas era la más popular. Los huéspedes de Las Dueñas decidieron que la ganadora era Jackie y aunque el día anterior se habían sentido muy halagados por estar bajo el mismo techo que una celebridad internacional de tanta envergadura, empezaban a sufrir los inconvenientes.

Por la noche, en lugar de ir al recinto ferial, nos fuimos a un gran baile que se celebraba en la Casa de Pilatos, otro magnífico palacio arábigo propiedad de la duquesa de Medinaceli (…)"



La Duquesa de Alba y la ex primera dama norteamericana en la Casa de Pilatos

miércoles, 9 de marzo de 2011

La Casa de Alba

La Casa de los Duques de Alba de Tormes (o Casa de Alba) tiene sus orígenes en la nobleza castellana del siglo XIV. La casa ducal debe su nombre al Ducado de Alba de Tormes, que está en posesión de la misma. Según afirma el padre Antonio Ossorio en su biografía sobre el Gran Duque de Alba, “nada reprochable ni vergonzoso ha habido en la Casa de Alba, en el transcurso de tantos siglos de existencia, sino el que, demasiado preocupada por la fama de su nombre, olvidóse por completo de acumular riquezas cuantiosas”. Visión no del todo verdadera.

Escudo actual de la Casa de Alba, desde la unión a los Fitz-James Stuart (con los emblemas de Inglaterra, Escocia e Irlanda).


La familia de los Álvarez de Toledo (originaria de Alba de Tormes) surge en la historia nobiliaria española al obtener en el siglo XIV los señoríos de Oropesa y Valdecorneja como recompensa por los servicios prestados al rey Enrique II de Castilla. Es decir, el origen de la fortuna de los Alvarez de Toledo estaría cimentado en lo que los medievalistas llaman “mercedes enriqueñas”. El ascenso de la familia vendrá, fundamentalmente, a partir del siglo XV, merced al apoyo prestado a la corona en sus conflictos con la nobleza castellana.

En 1429 Gutierre Álvarez de Toledo, obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla y Toledo, obtiene de Juan II el señorío de Alba de Tormes, localidad próxima a Salamanca (España), heredado por su sobrino Fernando Álvarez de Toledo, al que Juan II convierte en Conde de Alba de Tormes en 1438. Será con su hijo García Álvarez de Toledo, marqués de Coria y conde de Salvatierra, cuando el título se eleve a ducado, convirtiéndose, por tanto, en el primer Duque de Alba en 1472 por concesión de Enrique IV de Castilla. El verdadero artífice del espectacular incremento de la fortuna familiar fue este último, codicioso y astuto, que acumuló ciudades, tierras, el extenso y fértil dominio de Oropesa y la mitad de las rentas de la feria de Medina del Campo. Ostentó, además, los cargos de virrey de León y de Castilla durante el reinado de Enrique IV y, muerto éste, gozó de la buena estima de Fernando el Católico, hasta el extremo de tomar por esposa a María Enríquez, hermana de la reina Juana (madre del rey don Fernando).



Iglesia de San Juan de la Cruz, en el señorío de Alba de Tormes

Posteriormente, los Reyes Católicos otorgaron la capitanía general de sus ejércitos al segundo Duque de Alba, Fadrique Álvarez de Toledo. Éste y el tercer Duque, Fernando Álvarez de Toledo, conocido como el Gran Duque de Alba, son los que tuvieron mayor notoriedad histórica. Don Fadrique daría muestras de un altruismo y fidelidad hacia la monarquía que marcaría a sus descendientes e imprimiría una impronta especial a la Casa de Alba: mientras el resto de la nobleza apuntalaba las fortunas logradas durante la Reconquista y las guerras civiles de los siglos XIV y XV, la Casa de Alba proporcionaba soldados profesionales dispuestos a batirse allá donde ordenara el rey. En 1520 Carlos V incluyó a los Duques de Alba de Tormes entre los 25 primeros Grandes de España.

El Gran Duque de Alba, llamado don Fernando en honor al rey católico, heredó, aparte de tierras y prebendas, un orgullo de casta y un conocimiento bien informado de las hazañas de sus antepasados, lo que después, como sistema de valores asumido y articulado, sería transmitido casi despiadadamente para conformar el carácter de sus vástagos. Siempre de viaje, de guerra en guerra, don Fernando Alvarez de Toledo forjó un curriculum militar impresionante: desde España a Túnez, luego a Italia y Francia, Alemania, Italia nuevamente, los Países Bajos y el último florón a su mérito y lealtad con el rey fue la conquista de Portugal para la Corona de España. Fue generalísimo, virrey de Nápoles, Gobernador de Flandes, caballero del Toisón de Oro y mayordomo del Rey.

El Gran Duque de Alba (1507-1582)


Actualmente, el título ya no corresponde a la antigua familia de los Álvarez de Toledo, habiendo pasado, merced a matrimonios y defunciones a una rama de la familia Fitz-James Stuart, duques de Berwick. El 12º Duque de Alba, don Fernando, en realidad era hijo de don Manuel José de Silva, de la prestigiosa Casa del Infantado (Alvarez de Toledo por parte materna). Al morir su único descendiente varón, don Francisco de Paula, el título recayó en su hija, doña María Pilar de Silva Alvarez de Toledo, que murió también sin sucesión. Entonces el ducado pasó a manos de Carlos Miguel Fitz-James Stuart de Silva Alvarez de Toledo, sobrino-bisnieto de don Fernando. El duque de Berwick y de Liria era descendiente del mariscal Berwick, hijo natural de Jacobo II de Inglaterra. Casó en 1844 con doña María Francisca de las Sales Portocarrero y Kilpatrick, condesa de Montijo, hermana de la emperatriz de los Franceses, Eugenia.

Con el tiempo, en virtud de herencias y matrimonios, la Casa de Alba ha ido añadiendo nuevos títulos, habiéndose convertido en la casa noble con mayor cantidad de éstos en España. A lo largo de su dilatada historia se fue convirtiendo en un auténtico museo vivo.


Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII Duque de Alba, el día de su boda con María Del Rosario de Silva Fernández de Ixar Portugal y Guterbey, IX Marquesa de San Vicente del Barco, hija de los Duques de Aliaga y heredera del inmenso patrimonio de la Casa de Híjar (7 de octubre de 1920)


Rol histórico y patrimonio

La Casa de Alba y, con ella su actual titular, encarnan más de 500 años de historia europea, española y americana. La familia reúne una rama ilegítima de la Casa de los Estuardo de Escocia, luego reyes de Inglaterra, junto a enlaces con la dinastía portuguesa y las casas nobiliarias españolas de los Duques de Veragua y del Conde-Duque de Olivares. El mismo Cristóbal Colón es ancestro de la actual duquesa.

Una gran fortuna material y supervivencia histórica explican como los Alba poseen una de las mejores colecciones privadas de arte de Europa, conservada en más de veinte palacios y castillos repartidos por toda la geografía española, algunos de los cuales están cedidos a instituciones públicas para su mejor conservación y uso.


El Salón Español del palacio de Liria. Allí se puede recibir a las visitas rodeado de Velázquez, El Greco, Zurbarán, Murillo e incluso un Rubens que representa a la infanta Isabel Clara Eugenia y su esposo el archiduque Alberto.


Aunque la colección de arte de la Casa es gigantesca, por diversos avatares no conserva todos los tesoros que pasaron por ella. El Palacio de Liria, en Madrid, contiene la mayor y más valiosa parte de la herencia cultural de los Alba. Más de 30.000 libros conforman la biblioteca, destacando la famosa Biblia de Alba de 1433, primera traducida al castellano o 21 documentos autógrafos de Cristóbal Colón. En la pinacoteca lucen pinturas de Tiziano, Rubens, Goya, Velázquez, El Greco o Rembrandt, del que conserva uno de los 15 paisajes que pintó a lo largo de su vida.

La pinacoteca fue iniciada por Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. En esta época, la documentación menciona obras de Domenichino, Allori, Gentileschi, Ribera, Velázquez, Rafael o Correggio. Más tarde, en el siglo XVIII ingresaron importantes lienzos encargados a Raphael Mengs y, gracias al mecenazgo de la 13ª Duquesa de Alba, amiga y modelo de Goya, se enriqueció con varios lienzos de este artista, entre los que destaca el retrato de la duquesa. Su fallecimiento supuso el desmembramiento de casi toda la pinacoteca. Algunas obras pasaron a manos de Manuel de Godoy, otras las legó la duquesa a diversos allegados y su sucesor el duque Carlos Miguel apenas recibió una treintena de obras.


Cayetana, duquesa actual, en el palacio madrileño de Liria, bajo uno de los retratos que Goya hiciera de su antepasada homónima


De todas formas, el 14º duque de Alba y 6º duque de Berwick, gran enamorado del arte, adquirió en un largo viaje por Europa piezas de Fra Angelico y Rembrandt. En 1821 tenía pensionados en Roma a una docena de artistas, con los que quiso montar una academia. Cinco años después solicitó al gobierno español permiso para entrar a Madrid, sin abrirlos en Alicante, más de 70 cajones de obras de arte adquiridas en sus viajes que sumaban unos dos millones de reales. Pero, dada la mala situación financiera de la Casa, tras múltiples peripecias de acreedores, créditos, deudas impagas… sólo llegaron al palacio ducal 117 cuadros, más 58 vasos pintados, 6.000 estampas y algunas estatuas de mármol.

En el siglo XIX, la colección se completó con algunas obras inglesas a las que, ya entrado el siglo XX, se sumaron pinturas de Madrazo, Sorolla, Zuloaga y Sotomayor, así como algunas piezas del impresionismo francés adquiridos por la actual duquesa.

La Casa de Alba posee una de las fortunas más grandes de España, conformada por palacios, terrenos agrícolas, propiedades inmobiliarias, sociedades y participaciones bursátiles. Considerada su titular una de las terratenientes más importantes del país ibérico, se calcula que controla unas 34.000 hectáreas (equivalente a más de 170 veces el Principado de Mónaco), muchas de ellas vestigio de los antiguos señoríos jurisdiccionales que, tras su supresión, la familia conservó bajo su propiedad. Casi cada título nobiliario que la Casa posee, está relacionado con alguna propiedad territorial.

El palacio neoclásico de los Duques de Alba en Piedrahita, Ávila


Entre sus posesiones destacan algunos de los castillos y palacios más relevantes del patrimonio histórico español, en su mayoría hoy integrados en la Fundación Casa de Alba.

En Sevilla: el Palacio de las Dueñas, las fincas La Pizana en Gerena y Las Arroyuelas en Carmona. En Salamanca: el Palacio de Monterrey.
En San Sebastián: el Palacio de Arbaizenea.
En Segovia: el Castillo de Coca, cedido al Ministerio de Agricultura a cambio de su restauración.
En Madrid: el Palacio de Liria, de 3.500 metros cuadrados.
En Marbella: la finca Las Cañas.
En Ibiza: la finca "Sa Ufabaguera".
En Alba de Tormes: el Castillo de los Duques de Alba.
En Rivilla de Barajas: el castillo-palacio de Castronuevo.
En Loeches: el Panteón Familiar de la Casa de Alba, en el Monasterio de la Inmaculada Concepción.
En Valdunquillo: el Palacio de los Osorio.


Títulos en posesión de María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart

Títulos con Grandeza de España:

  1. XVIII duquesa de Alba de Tormes (1955)
  2. XI duquesa de Berwick (1955)
  3. III duquesa de Arjona (1955)
  4. XVII duquesa de Híjar (1957)
  5. XI duquesa de Liria y Jérica (1955)
  6. XIV condesa-duquesa de Olivares (1955)
  7. XVI marquesa del Carpio (1955)
  8. Condesa de Aranda (1957)
  9. XXII condesa de Lemos (1955)
  10. XIX condesa de Lerín-condestablesa de Navarra (1955)
  11. XX condesa de Miranda del Castañar (1955)
  12. XVI condesa de Monterrey (1955)
  13. XX condesa de Osorno (1955)
  14. Condesa de Palma del Río (1957)


Ha sido recurrente por parte de algunas publicaciones decir que la actual jefa de la Casa es veinte veces Grande de España. En realidad Doña Cayetana fue dieciocho veces Grande de España sólo antes de que fueren legados cuatro títulos nobiliarios a sus hijos, cada uno con Grandeza, quedando con cuatro Grandezas menos. Los ducados de Huéscar y Aliaga habrían pasado a posesión de sus dos hijos mayores directamente desde el XVII Duque Alba de Tormes luego de su muerte, sin haber estado nunca en sus manos. Por estas razones Cayetana de Alba es sólo catorce veces Grande de España. Cabe destacar además, que el Ducado de Liria y Jérica posee en conjunto una sola Grandeza, al igual que sus títulos de Condesa de Lerín y Condestable de Navarra.


María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva (hija del XVII Duque de Alba) el día de su boda con Luis Martínez de Irujo en 1947, en Sevilla. Casarse en el Altar Mayor de la Catedral de Sevilla es un privilegio sólo al alcance de pocos, que deben ser miembros de la Realeza y Grandes de España, y depende exclusivamente de la decisión del propio Arzobispo. En todo el siglo XX sólo cuatro bodas se han podido realizar allí.


Títulos nobiliarios sin Grandeza:

  • 17 Marquesados: XII marquesa de la Algaba (1955), XII marquesa de Almenara (1957), XXI Marquesa de Barcarrota (1955), Marquesa de Castañeda (1995), XIX marquesa de Coria (1955), XII Marquesa de Eliche (1955), Marquesa de Mirallo (1986), XX Marquesa de la Mota (1955), XX Marquesa de Moya (1955), XVII Marquesa de Orani (1991), XI Marquesa de Osera (1955), XVI Marquesa de San Leonardo (1955), XIX Marquesa de Sarria (1955), XII Marquesa de Tarazona (1955), Marquesa de Valdunquillo (1986), XXI Marquesa de Villanueva del Fresno (1955), XVI Marquesa de Villanueva del Río (1955)
  • 12 Condados: XX condesa de Villalba (1955), XXV condesa de San Esteban de Gormaz (1955), X condesa de Santa Cruz de la Sierra (1955), XVIII condesa de Andrade (1955), XV condesa de Ayala (1955), XIV condesa de Casarrubios del Monte (1955), XIV condesa de Fuentes de Valdepero (1955), X condesa de Fuentidueña (1955), XVI condesa de Galve (1955), XVII condesa de Gelves (1955), Condesa de Guimerá (2007), Condesa de Ribadeo (1957)
  • 1 Vizcondado: X vizcondesa de la Calzada (1955)
  • 1 Señorío: XXIX Señora de Moguer (1955)

16 de marzo de 1978: la duquesa de Alba se casa por segundas nupcias, con Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, en el Palacio de Liria


Títulos en posesión de los hijos de la duquesa

  • Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo:
    XVIII Duque de Huéscar (con Grandeza de España)
  • Alfonso Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    XVI Duque de Aliaga (con Grandeza de España)
  • Jacobo Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    XXIV conde de Siruela (con Grandeza de España)
  • Fernando Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    XI marqués de San Vicente del Barco (con Grandeza de España)
  • Cayetano Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    conde de Salvatierra (con Grandeza de España)
  • Eugenia Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    XI duquesa de Montoro (con Grandeza de España)


Señores de Alba de Tormes (1429-1438)

  1. Gutierre Álvarez de Toledo, señor de Alba de Tormes. También obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla y Toledo.


Condes de Alba (1438-1472)

  1. Fernán Álvarez de Toledo
  2. García Álvarez de Toledo (elevado a duque en 1472)

Torre de los Escudos del Castillo de la Muela, Consuegra, Toledo. El escudo superior pertenece a D. Juan José de Austria, hijo de Felipe IV. El segundo escudo pertenece a los Álvarez de Toledo donde puede apreciarse el Blasón Ajedrezado perteneciente a esta Casa.


Duques de Alba de Tormes (desde 1472)

  1. García Álvarez de Toledo y Enríquez (1472-1488)
  2. Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez de Quiñones (1488-1531)
  3. Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1531-1582)
  4. Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez de Guzmán (1582-1585)
  5. Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont (1585-1639)
  6. Fernando Álvarez de Toledo y Mendoza (1639-1667)
  7. Antonio Álvarez de Toledo y Pimentel (1667-1690)
  8. Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont (1690-1701)
  9. Antonio Martin Álvarez de Toledo Guzmán (1701-1711)
  10. Francisco Álvarez de Toledo (1711-1739)
  11. María Teresa Álvarez de Toledo (1739-1755)
  12. Fernando de Silva y Álvarez de Toledo (1755-1778)
  13. María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo. Al no dejar descendencia, el título pasa a manos de su sobrino Carlos Miguel Fitz-James Stuart (1778-1802).
  14. Carlos Miguel Fitz-James Stuart (1802-1835)
  15. Jacobo Fitz-James Stuart (1835-1881)
  16. Carlos María Fitz-James Stuart y Portocarrero (1881-1901)
  17. Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó (1902-1953)
  18. María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva (1953-actual titular)


miércoles, 19 de mayo de 2010

Los Ducados reales



  • MONTBLANC

El primer ducado real de España ha sido el Ducado de Montblanc, un título creado por primera vez por el rey Juan I de Aragón para su hermano Martín, futuro Martín I, el 16 de enero de 1387. La intención de Juan I era conceder a su hermano un título inferior al de rey pero superior a todos los demás nobles. Se trataba, por tanto, de un título vitalicio pero no hereditario. En cuanto muriera el Infante Martín, el título debía volver a la corona de Aragón. Pero Juan I de Aragón murió sin descendencia en 1396 y fue coronado como tal el infante Martín, Duque de Montblanc, quien dejó de utilizar el título.

Al poco tiempo, la dinastía de la Casa de Aragón quedó sin heredero al morir Martín el Joven. Tras el Compromiso de Caspe se eligió para reinar a Fernando I de Aragón, de la dinastía castellana de los Trastámara. Cuando fue designado rey, en 1412, decidió regalar el título de Duque de Montblanc a su segundo hijo el infante Juan.


Martín I de Aragón

Pero unos años más tarde la historia se repitió: el rey Alfonso V el Magnánimo murió sin hijos legítimos y su hermano Juan fue coronado como nuevo monarca de la Corona de Aragón. Éste cedió su título a su segundo hijo el infante Fernando (el Católico). El 1461 murió el heredero Carlos de Viana y fue designado nuevo Príncipe de Gerona (título del heredero en la Corona de Aragón) el infante Fernando. Fernando decidió entonces que los títulos de Príncipe de Gerona y Duque de Montblanc irían unidos al heredero del reino. Así fue como el Ducado de Montblanc se convirtió en un título no vitalicio y hereditario, que designaba el heredero real hasta el fin de la dinastía Habsburgo.

Con la muerte del rey Carlos II de Aragón el 1700, el nuevo monarca fue el Borbón Felipe IV de Aragón. No se nominó a ningún heredero y, por lo tanto, los títulos de Príncipe de Gerona y Duque de Montblanc quedaron vacantes, al igual que los títulos de herederos del Reino de Castilla (Príncipe de Asturias) y del Reino de Navarra (Príncipe de Viana).
Escudo de Montblanc


En 1705, la Corona de Aragón se rebeló contra la monarquía y coronó nuevo rey al austriacista Archiduque Carlos de Austria como Carlos III de Aragón, quién tampoco designó heredero ya que se encontraba en mitad de la Guerra de Sucesión.

En 1714, los borbónicos ganaron la guerra en Cataluña (en 1707 habían ganado en Aragón y en Valencia, y en 1715 ocuparon Mallorca) y coronaron de nuevo a Felipe de Anjou como rey de Aragón. Poco después, se publicaron los Decretos de Nueva Planta que suprimieron la Corona de Aragón, con todas las consecuencias.

En el siglo XX, desde el 8 de septiembre de 1996, día del 7º centenario de la llegada de la Virgen de la Sierra de Montblanc, este título en su condición de heredero de la corona española corresponde al Príncipe Felipe de Borbón y Grecia, que es de hecho el primer Borbón que ha ostentado el título de Duque de Montblanc, al asumirlo, sin ceremonia oficial de investidura. Anteriormente ningún otro Borbón había tomado posesión ni había utilizado este título.


Escudo de los Duques de Montblanc, en el frontispicio de la iglesia de Santa María la Mayor, en la villa de Montblanc (Tarragona).


Los duques de Montblanc

Casa de Aragón-Barcelona (1387-1396)
  • Martín el Humano, 1387 - 1396
Casa de Trastámara (1412-1516)

  • Juan II de Aragón, 1412 - 1458
  • Fernando el Católico, 1458 - 1462
-Guerra Civil Catalana 1462 - 1472

  • Fernando el Católico, 1472 - 1479
  • Juan de Aragón, 1479 - 1497
  • Juana la Loca, 1497-1516
Casa de Habsburgo (1516-1700)
  • Carlos I de Aragón, 1516 - 1527
  • Felipe I de Aragón y II de Castilla, 1527 - 1556
  • Carlos de Habsburgo, 1556 - 1568
  • Felipe I de Aragón y II de Castilla, (2ª vez), 1568 - 1571
  • Fernando de Habsburgo, 1571 - 1578
  • Diego de Habsburgo, 1578 - 1582
  • Felipe II de Aragón y III de Castilla, 1582 - 1605
  • Felipe III de Aragón y IV de Castilla, 1605 - 1626
  • Baltasar Carlos de Austria, 1626 - 1640
-Sublevación de Cataluña 1640 - 1652

  • Felipe III de Aragón y IV de Castilla, (2ª vez), 1652 - 1657
  • Felipe Próspero, 1657 - 1661
  • Carlos II de Aragón, 1661 - 1700
Título vacante (1700 - 1996)

Casa de Borbón (1996-...)

  • Felipe de Borbón y Grecia, 1996 -
S.A.R. El Duque de Montblanc

Otros ducados

Los infantes e infantas de España reciben usualmente un ducado al momento del matrimonio (con excepción del Príncipe de Asturias). Es un título no hereditario pero trae consigo una Grandeza de España, lo que le da precedencia sobre todos los otros rangos del reino.


Títulos existentes hoy
  • BADAJOZ

El Ducado de Badajoz fue otorgado por primera vez por Enrique IV de Castilla en fecha desconocida a Hernán Gómez de Cáceres y Solís, señor de Salvatierra y de Barcarrota, alcalde de la ciudad de Badajoz, siendo revertido a la Corona en 1470.
Posteriormente fue ofrecido por Juan de Borbón y Battenberg a su sobrino Alfonso de Borbón y Dampierre en los años 1950, pero éste lo rechazó alegando que aún era joven y esperaba ostentar una dignidad mayor.


S.A.R. La Duquesa de Badajoz



Finalmente, y a instancias de Juan de Borbón y Battenberg, se facultó a ostentarlo en España con carácter vitalicio mediante decreto de 17 de abril de 1967, a su hija Doña Pilar de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, Infanta de España, por lo tanto hermana de Juan Carlos I, actual monarca español.



Las Duquesas de Soria y de Badajoz, Infantas de España


  • SORIA
El Ducado de Soria es uno de los títulos nobiliarios españoles de carácter hereditario más antiguo; fue otorgado por primera vez por Enrique II de Castilla en 1370 a Beltrán Duguesclín y revirtió a la Corona en 1375 a cambio de 240.000 doblas.



S.A.R. La Duquesa de Soria


Posteriormente fue creado por Juan de Borbón y Battenberg durante su exilio para su hija Doña Margarita de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, Infanta de España y duquesa de Hernani, aunque no fue legitimado hasta el 23 de junio de 1981, reinando ya en España su hermano Juan Carlos I. El título tiene carácter vitalicio, por lo que una vez haya fallecido su actual poseedora, la dignidad revertirá de nuevo a la Corona.



El Duque y la Duquesa de Soria


  • LUGO

El Ducado de Lugo es un título vitalicio concedido por S. M. el Rey de España a su hija la infanta Doña Elena de Borbón y Grecia en fecha 3 de marzo de 1995, con ocasión de su enlace matrimonial con don Jaime de Marichalar.



S.A.R. La Duquesa de Lugo



El ducado fue concedido a título vitalicio, por lo que su primogénito Felipe Juan Froilán (cuyo tercer nombre le fue impuesto por el patrón de Lugo) no lo heredará tras el fallecimiento de su madre. Su denominación hace referencia a la ciudad de Lugo, Galicia.




El Duque y la Duquesa de Lugo (hoy divorciados)

  • PALMA

El Ducado de Palma es un título vitalicio concedido por S. M. el Rey de España a su tercera hija, la infanta doña Cristina de Borbón y Grecia el 26 de septiembre de 1997, con ocasión de su enlace matrimonial con don Iñaki Urdangarín Liebaert. El título refiere a Palma de Mallorca, una de las islas Baleares.

S.A.R. La Duquesa de Palma de Mallorca





El Duque y la Duquesa de Palma



  • SEVILLA
El Ducado de Sevilla es el título que el rey Fernando VII concedió en 1823 a Enrique de Borbón, hijo de Francisco de Paula de Borbón, Infante de España, y nieto del rey Carlos IV. Su nombre se refiere a la ciudad andaluza de Sevilla.



El 1º Duque de Sevilla, nieto de Carlos IV


Titulares:

  1. Enrique de Borbón y Borbón-Dos Sicilias (1823-1870)
  2. Enrique Pío de Borbón y Castellví (1870-1894)
  3. María Luisa de Borbón y Parade (1894-1919)
  4. Enriqueta de Borbón y Parade (1919-1968)
  5. Francisco de Paula de Borbón y Escasany (1968-actualidad)


El actual Duque de Sevilla



Títulos no existentes hoy


  • SEGOVIA
El Ducado de Segovia fue creado el 23 de junio de 1933 por el rey Alfonso XIII, con carácter vitalicio, para su segundo hijo Jaime de Borbón y Battenberg. El hermano mayor de éste, Alfonso de Borbón y Battenberg, Príncipe de Asturias, aquejado de hemofilia, renunció a los derechos sucesorios al trono de España para casarse con la cubana Edelmira San Pedro.


S.A.R. El Duque de Segovia


La renuncia del primogénito convirtió a Jaime de Borbón y Battenberg en Príncipe de Asturias y heredero de su padre, el rey Alfonso XIII. Solo fue Príncipe de Asturias por diez días, ya que a instancias de su padre, el Rey, y en consideración a la sordomudez que padecía (y que le hubiera limitado para cumplir con sus responsabilidades), renunció a sus derechos al trono de España para sí y sus descendientes. El nuevo Príncipe de Asturias pasó a ser el tercer hijo varón del Rey, Juan de Borbón y Battenberg, padre de Juan Carlos I (que llegó al trono en 1975, a la muerte del dictador Francisco Franco).


Como compensación a su renuncia al trono de España, Jaime de Borbón y Battenberg, recibió el título vitalicio de Duque de Segovia. Esta denominación se dio en recuerdo a su lugar de nacimiento.

Los Duques de Segovia y su hijo

Con el tiempo, el Duque de Segovia quiso retractarse de su renuncia, pero el 19 de julio de 1969 y por petición de su hijo Alfonso de Borbón Dampierre, renunció a sus pretensiones y reconoció como rey de España a su sobrino Juan Carlos de Borbón, quién había sido nombrado "Príncipe de España", y sucesor a título de "Rey", por Francisco Franco.


  • CADIZ

El Ducado de Cádiz fue concedido a Rodrigo Ponce de León, III conde de Arcos, II Marqués de Cádiz, de la Casa de Arcos. Su nombre se refiere a la ciudad andaluza de Cádiz.

Una vez muerto el primer duque, los Reyes Católicos negociaron con su heredera, Francisca Ponce de León y de la Fuente, la abolición del marquesado y del ducado de Cádiz, reincorporando la ciudad y los títulos a la Corona tras la muerte de ésta, la segunda duquesa.


Escudo de la ciudad de Cádiz


Hasta el siglo XIX el título permaneció en desuso. Desde entonces el título de duque de Cádiz lo han ostentado varios miembros de la familia del rey: Francisco de Asís de Borbón, hijo primogénito del Infante de España Francisco de Paula de Borbón, y, tras su muerte, su hermano (de igual nombre) don Francisco de Asís de Borbón, rey consorte, quien apenas utilizó este título en vida, y a cuya muerte dicho título volvió a revertir a la Corona.

Por último, su descendiente don Alfonso de Borbón y Dampierre, hijo del infante Jaime de Borbón y Battenberg y nieto de Alfonso XIII, recibió el título por parte del abuelo de su esposa, el dictador Francisco Franco. Tras su muerte, el título volvió a revertir a la Corona una vez más. Actualmente nadie ostenta el título.



Don Alfonso de Borbón y Dampierre