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jueves, 12 de enero de 2012

Los festivales cortesanos de Catalina de Médici

Los festivales cortesanos de Catalina de Médici fueron una serie de lujosos y espectaculares entretenimientos, a veces llamados magnificences, “magnificencias”, organizados por la reina consorte de Francia – y luego reina madre- a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI. Como reina consorte de Enrique II de Francia, Catalina se mostró interesada en las artes y el teatro, pero no fue hasta que alcanzó el verdadero poder político y financiero como reina madre que comenzó la serie de torneos y diversiones que deslumbraron a sus contemporáneos y siguen fascinando a los académicos. Su biógrafo Leonie Frieda sugiere que "Catherine, más que nadie, inauguró los fantásticos entretenimientos por los cuales los monarcas franceses posteriores también se hicieron famosos".


Catalina de Médici llega a la corte de Francia

Para Catalina, estos espectáculos servían a un propósito político que los hizo valer su gasto colosal. Ella presidía el gobierno real en un momento en que la monarquía francesa estaba en declive. Con tres de sus hijos en la sucesión al trono y el país desgarrado por la guerra civil religiosa, Catalina trató de mostrar no sólo los franceses, sino también a las cortes extranjeras, que la monarquía Valois era tan prestigiosa y magnífica como lo había sido durante los reinados de su suegro Francisco I y de su esposo Enrique II. Al mismo tiempo, creía que estos elaborados entretenimientos y suntuosos rituales cortesanos, los cuales incorporaron deportes marciales y torneos de todo tipo, mantendrían ocupados a sus nobles feudales y los distraerían de la lucha de uno contra otro en detrimento del país y la autoridad real.


Es claro, sin embargo, que Catalina consideraba estas fiestas como algo más que ejercicios políticos y pragmáticos: se reflejaba en ellos como un vehículo para sus dones creativos. Mujer de gran talento artístico, Catalina tomó la iniciativa en la elaboración y planificación de sus propios shows musicales mitológicos. A pesar de que fueron efímeros, sus "magnificencias"-como el comentarista contemporáneo Pierre de Bourdeille, señor de Brantôme los llamó- son estudiadas por los eruditos modernos como obras de arte. El historiador Frances Yates ha llamado a Catalina "una gran artista creativa en festivales". La reina empleó los principales artistas y arquitectos de la época para crear los dramas, la música y los efectos escénicos necesarios para estos eventos, los cuales fueron dedicados por lo general al ideal de paz y basados sobre temas mitológicos.


La Reina Catalina de Francia: una party planner renacentista




Es difícil para los investigadores reconstruir la forma exacta de los espectáculos, pero las pistas han sido recogidas de relatos escritos, guiones, obras de arte y tapices que derivaron de estas famosas ocasiones. Aunque estas fuentes deben ser tratadas con precaución, ya que contienen inexactitudes y contradicciones demostrables, proporcionan evidencia de la riqueza y la escala de los festivales cortesanos de Catalina de Médici.

Fiestas


Las inversiones de Catalina de Médici en magníficos espectáculos eran parte de un consciente programa político. Ella recordaba la creencia de suegro, el rey Francisco I, que la corte debía ser físicamente activa y constantemente entretenida. También declaró su intención de imitar a los emperadores romanos, que conservaron sus súbditos lejos de las intrigas ocupándolos con juegos y diversiones. Por lo tanto, adoptó una política de distracción de sus nobles imponiéndoles irresistibles entretenimientos y deportes en la corte.



Baile en la corte de Enrique III

Catalina también mantenía cerca de ochenta atractivas damas de honor en la corte, a quien supuestamente utilizaba como herramientas para seducir a los cortesanos con fines políticos. Estas mujeres eran conocidas como su "escuadrón volante". La reina no dudó en utilizar a los encantos de sus damas, como una atracción de la corte. En 1577, por ejemplo, dio un banquete en el que la comida era servida por las mujeres con el pecho desnudo. En 1572, la hugonote Juana de Albret, reina de Navarra, escribió a la corte para advertir a su hijo Enrique que Catalina presidía una "viciosa y corrupta" atmósfera, en la que las mujeres hacían las insinuaciones sexuales y no los hombres. Por otro lado, Brantôme, en sus Memorias, elogiaba la corte de Catalina como "una escuela de total honestidad y virtud".



En la tradición de las fiestas reales del siglo XVI, las magnificencias de la reina de Francia se llevaban a cabo durante varios días, con un espectáculo diferente cada jornada. A menudo, los nobles o miembros de la familia real eran responsables de la preparación de un espectáculo determinado. Espectadores y participantes, incluidos los que participaban en deportes marciales, se vestirían con trajes que representaban temas mitológicos o románticos. Catalina introdujo gradualmente cambios en la forma tradicional de estos entretenimientos. Prohibió la pesada inclinación por el estilo de torneo que llevó a la muerte de su marido en 1559 y desarrolló y aumentó la importancia de la danza en los shows que llevaban a su clímax cada serie de entretenimientos. Como resultado, los ballets de cour, una distintiva forma de arte nuevo, surgió a partir de los creativos avances en entretenimientos de la corte ideados por ella.


Nobles aficionadas en un ballet de cour




Fontainebleau


En enero de 1564, Catalina y el joven Carlos IX se embarcaron en una gira real que iba a durar casi dos años y medio. Fueron acompañados por lo que ha sido descrita como una ciudad en movimiento, incluyendo el Consejo del Rey y los embajadores extranjeros, que Catalina esperaba que informaran a sus gobiernos sobre el esplendor del tren, compensando cualquier idea de que la monarquía francesa estaba al borde de la quiebra. La casa real incluía los cortesanos de Catalina y el "escuadrón volante", así como sus músicos y nueve enanos que viajaban en sus propios coches en miniatura. Además, viajaba todo el equipo y parafernalia necesaria para los festivales, fiestas, mascaradas y entradas reales que iban a tener lugar a lo largo de la ruta, incluyendo arcos de triunfo portátiles y las barcazas reales.


Catalina había ordenado que en el Château de Fontainebleau, cada noble importante debería dar un baile. Ella misma celebró un banquete en un prado en el tambo del castillo, donde sus cortesanos vistieron de pastores y pastoras.Esa noche, la corte vio una comedia en el gran salón de baile, que fue seguida por un baile donde 300 "bellezas vestidas de paño de oro y plata" representaron una coreografía.


Uno de los ocho tapices conocidos como Tapices Valois, que registran los entretenimientos en Fontainebleau, donde se produce un simulacro de rescate de doncellas cautivas en una isla encantada.


En Fontainebleau, Catherine dispuso entretenimientos que se prolongaron durante varios días, incluyendo justas y eventos de caballería en configuración alegórica. En el Mardi Gras, el día después del banquete en el prado, los caballeros vestidos como griegos y troyanos se disputaban damiselas en poca ropa atrapadas por un gigante y un enano en una torre sobre una isla encantada. La lucha llegó a su clímax con la torre perdiendo sus propiedades mágicas y envuelta en llamas. En otro espectáculo, sirenas cantantes nadaban frente al rey y Neptuno flotaba en un carro tirado por caballitos de mar.


Bayona


Como punto culminante del viaje real, Catalina programó una reunión con su hija Isabel de Valois, la tercera esposa de Felipe II de España. Catalina estaba tan decidida a provocar una magnífica impresión en la corte española que cayó en una juerga de gastos que resultó extravagante, incluso para sus propias normas. Con el fin de ayudar a pagar la pompa prevista y los entretenimientos, pidió restados 700.000 escudos de los bancos Gondi. Catalina había asumido que también se reuniría con el propio Felipe, pero al principio de la gira, el rey mandó a decir que no asistiría. En su lugar envió al "severo y feroz" Duque de Alba, con la orden de convencer a Catalina que perseguir, encarcelar y torturar a los hugonotes era la manera de tratar con los herejes, no haciendo tratados con ellos. En el evento, Catalina dejó a Alba aturdido con su mente aguda. La encontró mucho más interesada ​​en discutir alianzas matrimoniales y en mostrarle lo que la corte francesa podría realizar en la forma de entretenimientos fabulosos.


El Festival del Agua en Bayona, organizado para la cumbre Habsburgo-Valois de 1565 (de la ballena arponeada manaba vino tinto).


Isabel y su séquito español habían llegado al río Bidasoa, en la frontera española, con una gran escolta de nobles católicos franceses el 14 de junio de 1565. A continuación, entró en Saint-Jean de Luz, donde Catalina la saludó con lágrimas en los ojos, abrazos y besos. Durante las ceremonias de recepción, diez de los soldados de Catalina cayeron muertos por estar de pie demasiado tiempo en el calor de su armadura. Al día siguiente, Isabel hizo una entrada brillante en Bayona en un caballo cuyo arnés estaba salpicado de gemas por valor 400.000 ducados.



El encuentro entre las dos cortes se caracterizó por el intercambio ritual de regalos costosos y una muestra sostenida de ballets, justas, simulacros de batallas y artes decorativas. Un espectáculo, montado en el río Bidasoa, es un ejemplo particularmente famoso de los entretenimientos de Catalina como efímeras obras de arte. Los espectáculos comenzaron con un banquete en la Île d' Aguineau. Mientras los invitados eran transportados en barcos engalanados hacia la isla, pasaron, entre otros espectáculos, Arión montando dos delfines, arponeros lanceando una ballena artificial que arrojaba vino y seis tritones sentados sobre una tortuga gigante, soplando caracolas. Carlos IX fue transportado en una barcaza decorada como una fortaleza flotante. El banquete fue seguido por un ballet de ninfas y sátiros. Brantôme informó que la "magnificencia era tal en todo, que los españoles, que son muy despectivos de todos los demás salvo de ellos mismos, juraron que nunca había visto nada más fino".



Dibujo de Antoine Caron sobre el Festival del Agua


Al día siguiente, el rey Carlos y su hermano Enrique tomaron parte en un torneo, liderando equipos vestidos como caballeros ingleses e irlandeses. El tema del torneo, "la virtud y el amor", estuvo representado por dos carrozas, una conteniendo damas vestidas como las cinco virtudes, la otra llevando a Venus y Cupido y muchos mini-cupidos. En el torneo en sí, pequeñas bolas de fuego fueron lanzadas entre los caballos que cruzaban. La tribuna real tenía colgadas tapicerías de oro y seda que ilustran el triunfo de Escipión, que Giulio Romano había diseñado para Francisco I. Brantôme recordó en sus memorias que "los señores y damas españoles lo admiraron grandemente, nunca habían visto nada igual en posesión de su rey". Otro espectador francés registró: "Extranjeros de todas las naciones se vieron obligados ahora a reconocer que en estas cosas, Francia había superado, con estos desfiles, bravura, glorias y magnificencias, a todas las demás naciones, e incluso a sí misma".


Catalina creyó que había mostrado a España que la monarquía francesa, lejos de estar financieramente arruinada y en guerra con sus nobles, permanecía siendo una fuerza gloriosa a tener en cuenta, capaz de muestras de financiación en una escala impresionante, respaldada por una corte unificada. El punto se perdió en el siniestro duque de Alba, sin embargo. Sus cartas revelan la frustración que sentía porque los espectáculos de Catalina interrumpían el negocio de discutir la manera de hacer la guerra a los protestantes. Al final, los españoles decidieron que toda la reunión fue una pérdida de tiempo, ya que Catalina se había negado a cambiar su política hacia los hugonotes en lo más mínimo.



Tres sirenas del Ballet Comique de la Reine



Boda real


Las celebraciones tras el matrimonio de la hija de Catalina, Margarita de Valois, con el protestante Enrique de Navarra en París el 18 de agosto de 1572, se basaron en temas hugonotes. El casamiento fue polémico debido a que el novio era un hugonote. El Papa se negó a conceder una dispensa para el matrimonio y las diferentes creencias de los novios contribuyeron a un inusual servicio de bodas. Después de un almuerzo nupcial, se produjeron cuatro días de bailes, mascaradas y banquetes.


A pesar de la tensión entre fuerzas católicas y hugonotes en la ciudad, la fiesta continuó en un buen cauce. La noche después de la boda, se llevó a cabo un magnífico baile de máscaras, que incluyó la realización de un pantomime tournoi, o torneo de pantomima, llamado el "paraíso de amor". El rey Carlos y sus dos hermanos defendían doce ninfas angélicas contra los hugonotes. Ellos enviaban a los hugonotes, encabezados por Enrique de Navarra, hasta un infierno, donde, según un observador, "un gran número de diablos y diablillos estaban haciendo infinitas y ruidosas bufonadas". Las ninfas entonces bailaron un ballet. A ello siguió un combate entre caballeros, acompañados de explosiones de pólvora. El rey y sus hermanos llegaron a su clímax mediante el rescate de los hugonotes del infierno, que fue separado del paraíso por un río en el que flotaba el barquero Caronte en su barca.




La boda de Enrique de Borbón y Margarita de Valois en presencia de Catalina.



El resto de festividades fueron canceladas después de un intento de asesinato contra el líder de los hugonotes, el Almirante Coligny, quien recibió un disparo en una casa por un arcabucero. El día antes, el rey y sus hermanos habían vestido como Amazonas para luchar contra Navarra y sus amigos, que llevaban turbantes y túnicas de oro en el papel de turcos. La lucha estalló de verdad entre los católicos y los hugonotes en la Masacre de San Bartolomé, que comenzó el 24 de agosto, cuando Carlos IX ordenó la masacre de todos los dirigentes hugonotes en París, provocando matanzas de los hugonotes en Francia.


Las Tullerías


Un año después de la masacre, en agosto de 1573, Catalina organizó otra serie de espléndidos espectáculos, esta vez para los embajadores polacos que habían llegado a ofrecer el trono de Polonia a su hijo Enrique, duque de Anjou. Fueron puestos en escena deportes, incluyendo torneos, combates simulados, artes marciales y carreras en el ring. Catalina celebró un gran baile o "Festín" en el palacio de las Tullerías, que Jean Dorat describió en su ilustrado Magnificentissimi spectaculi. Dieciséis ninfas, en representación de cada una de las provincias francesas, bailaron una intrincada danza, distribuyendo artefactos a los espectadores en el proceso. Brantôme llama a esta actuación "el mejor ballet que fue dado nunca en este mundo" y elogió a Catalina por traer a Francia tanto prestigio con "todas estas invenciones". El cronista Agrippa d'Aubigné registró que los polacos se maravillaron ante el ballet.



El baile ofrecido en las Tullerías en honor de los enviados polacos



Las magnificencias Joyeuse


Una espectacular fête se llevó a cabo durante el reinado del hijo de Catalina, Enrique III, para celebrar el matrimonio de su cuñada, Margarita de Lorena, con su favorito, Anne, duque de Joyeuse, el 24 de septiembre de 1581. Hubo entretenimientos casi todos los días durante dos semanas después de la boda, en lo que el historiador de arte Roy Strong ha llamado "el punto culminante del festival de arte Valois". El artista principal empleado para diseñar las magnificencias fue Antoine Caron, quien fue ayudado por el escultor Germain Pilon. Entre los escritores estaban Dorat, Ronsard y Philippe Desportes y la música fue escrita por Claude Le Jeune y el Señor de Beaulieu, entre otros. Un programa para un entretenimiento con el tema del sol y la luna anunciaba que "doce portadores de antorchas serán hombres y mujeres disfrazados de árboles... los frutos de oro de los cuales colgarán lámparas y antorchas". La decoración visual incluía dos galerías, una brillando como un sol, para representar al rey y el otro como una luna, para representar a los recién casados. Las arcadas estaban unidas a un anfiteatro en voladizo con cielo artificial de planetas y constelaciones y alusiones al emblema personal de Catalina, el arco iris. En este anfiteatro, el rey iba a entrar en un carruaje, vestido como el sol.





El baile de bodas del Duque de Joyeuse y Margarita de Lorena



Otra de las magnificencias Joyeuse fue el Ballet Comique de la Reine, ideado y presentado por la reina Luisa, quien dirigió su propio equipo de escritores y músicos. El tema de la animación era una invocación de las fuerzas cósmicas para acudir en ayuda de la monarquía, la cual en ese momento estaba amenazada por la rebelión no sólo de los hugonotes, sino de muchos nobles católicos. Los hombres eran mostrados como reducidos a bestias por Circe, que tenía su corte en un jardín en un extremo de la sala. La reina y sus damas bailaron ballets y las Cuatro Virtudes Cardinales hicieron un llamamiento a los dioses para descender a la tierra y derrotar a los poderes de Circe. Con un trueno, Júpiter descendió sentado en un águila, acompañado por "la música más culta y excelente que había sido cantada o escuchada". Júpiter transfirió el poder de Circe a la familia real, protegió a Francia de los horrores de la guerra civil y bendijo al rey Enrique con la sabiduría para gobernar. Al final del show, Catalina de Médici hizo que la reina Luisa diera a Enrique una medalla de oro representando un delfín. El gesto expresaba el deseo de Catalina que la pareja tuviera un heredero varón (un delfín) para continuar la dinastía.



Ilustración contemporánea de la carroza de la fuente del Ballet Comique de la Reine (1581). El carruaje, diseñado como una fuente, llevaba a la Reina Luisa, sus damas y los músicos. La narrativa de la danza se basa en el mito de Circe, que convertía a los hombres en bestias. Esto simboliza el estado de guerra civil en Francia en ese momento.

domingo, 15 de agosto de 2010

La Emperatriz Eugenia

Doña María Eugenia Ignacia Augustina de Palafox de Guzmán Portocarrero y Kirkpatrick, 18ª Marquesa de Ardales, 18ª Marquesa de Moya, 19ª Condesa de Teba, 10ª Condesa de Montijo y Condesa de Ablitas, se convirtió por su matrimonio con Napoleón III Bonaparte en Eugénie, Emperatriz de los Franceses, 475ª Dama de la Real Orden española de María Luisa.

Hasta su propio matrimonio en 1853, Eugenia usaba los títulos de condesa de Teba (19º en su nombre, heredado luego de la muerte de su padre) o condesa de Montijo, pero algunos títulos familiares heredados legalmente por su hermana mayor, “Paca”, pasaron luego de su matrimonio a la Casa de Alba. Eugenia utilizó frecuentemente como apellido el de Guzmán, en lugar de los de Palafox Portocarrero y Kirkpatrick, por ser titular del mayorazgo fundado en 1463 por doña Inés de Guzmán sobre el señorío de Teba, elevado a condado en 1522 por Carlos V. Sus sobrinos, hijos de su hermana Francisca y del duque de Alba, utilizaron como segundo apellido el de Portocarrero.

Eugenia fue educada en París en el convento católico del Sacré Coeur. Cuando Luis Napoleón se convirtió en presidente de la Segunda República, ella aparecía junto a su madre en los bailes que daba el príncipe-presidente en el Palacio del Elíseo; allí conocería a su futuro esposo. Y debió ocurrir un flechazo, un coup de foudre, como se hubiera dicho en su lengua. Luis Napoleón quedó hechizado ante la joven aristócrata granadina, aunque, de acuerdo a los cánones actuales, su belleza era corriente, lo insuperable era su gracia y elegancia.

Madame Carette, quien más tarde será su lectora, describe el vivo reflejo de su seducción: “Era más bien alta, sus rasgos eran regulares y la línea delicadísima del perfil tenía la perfección de una medalla antigua, con un encanto muy personal, un poco extraño incluso, que hacía que no pudiera comparársela con ninguna otra mujer. La frente, alta y recta, se estrechaba hacia las sienes; los párpados, que ella bajaba con frecuencia, seguían la línea de las cejas, velando así sus ojos bastante cercanos uno de otro, lo que constituía un rasgo particular de la fisonomía de la emperatriz: dos bellos ojos de un azul vivo y profundo rodeados de sombra, llenos de alma, de energía y de dulzura (…) Los hombros, el pecho y los brazos recordaban a las más bellas estatuas. La cintura era pequeña y redondeada; las manos, delgadas; los pies, diminutos. Nobleza y mucha gracia en el porte, una distinción nata, un andar ligero y suave (…)”.




Eugenia interesa, luego cautiva, luego maravilla al príncipe. Su vivacidad intelectual, el delicioso rubor que enciende sus mejillas en el calor de la conversación, esa libertad muy española, tan alejada de la púdica y aburrida reserva de las jóvenes francesas de la época, terminan por encantar al amo de Francia.

Dos años duró el cortejo entre Luis Napoleón y Eugenia. Y se cuenta que el futuro emperador tuvo que ser frenado en sus ansias carnales por la joven andaluza, lo que corresponde plenamente con el comportamiento y moral de cada uno. Luis Napoleón, tras su matrimonio, mantuvo públicas infidelidades con diversas amantes, mientras que Eugenia, rabiosamente conservadora y católica, mantenía estrechas relaciones con Roma y protegía económicamente a comunidades religiosas.

En el otoño de 1852 una partida de caza en el castillo de Fontainebleau va a precipitar los acontecimientos. Para ella, la caza es una de sus actividades predilectas. Cuando se presenta, orgullosamente montada sobre su alazán, el busto graciosamente erguido y la cintura grácil en un traje de montar Luis XV, su espléndida cabellera color caoba acentuada por un pequeño tricornio negro, Napoleón queda maravillado. A lo largo de todo el día la joven entusiasta hace caracolear su caballo a la cabeza de los cazadores, franqueando obstáculos cómodamente, ofreciendo a todos el espectáculo de una Diana cazadora irresistible. Por supuesto que cuando llega el momento de rendir los honores, a la luz de los candelabros, es ella quien los recibe y la sonrisa que ilumina el rostro de Eugenia es significativa.

En 1853 tendría lugar la boda y algunas cortes europeas, como en la conservadora Gran Bretaña, vieron con sorna tan desigual unión. Los periódicos ingleses lanzaron comentarios sarcásticos: una aristócrata española de 26 años, de título legítimo y antiguo linaje, no era considerada lo suficientemente buena para la Casa Bonaparte (surgida desde hacía apenas dos generaciones de la oscuridad de Córcega). Napoleón III tuvo que justificar ante el Senado francés su proyectado enlace matrimonial con Eugenia de Montijo, ya que, aunque esta era de noble estirpe, no llevaba sangre real en sus venas. Su argumento principal fue que, de esta forma, se rompía la tradición de los matrimonios por conveniencias dinásticas.

El domingo 29 de enero se viste de satén rosa y se toca de jazmines para el casamiento civil en las Tullerías. A la mañana siguiente, de blanco, va a Notre Dame. Al descender del carruaje delante del pórtico, tiene una idea brillante: volviéndose hacia la multitud le hace una reverencia, esa famosa reverencia tan “gran siglo” cuyo secreto posee. En un instante, los parisienses pasan de la indiferencia gentil al entusiasmo y las aclamaciones estallan por doquier. Esa calurosa acogida se repite cuando sale al balcón de las Tullerías luego de ser consagrado su matrimonio religioso, luciendo un vestido de terciopelo color rubí que le sienta de maravillas. Para visitar Versailles durante su luna de miel elige terciopelo azul bordado con arabescos de seda y cubre sus hombros con un gran mantón de cachemira blanco.

Gracias a su elegancia y charme, Eugenia contribuyó de forma destacada al brillo del régimen imperial. Su forma de vestir era alabada e imitada en toda Europa. Cuando usó las nuevas crinolinas en 1855, la moda europea siguió su ejemplo y cuando ella abandonó las vastas faldas al final de los ’60, estimulada por su legendario couturier, Charles Worth, la silueta de los vestidos femeninos siguió su dirección nuevamente. El esplendor de sus trajes y sus joyas legendarias están representadas en innumerables pinturas, especialmente las de su retratista favorito, Winterhalter. Su interés por la vida de la reina María Antonieta expandió la moda por el mobiliario y los interiores en estilo neoclásico, tan popular durante el reinado de Luis XVI.




Los primeros tiempos de su matrimonio los repartía entre salidas oficiales, bailes, recepciones y obras de caridad. Quiso consagrar una parte de sus actividades a la beneficencia, a la que había dedicado una parte de sus regalos de boda. De ahí en más, vestida de la manera más sencilla y con un par de anteojos negros, partía, acompañada de una sola dama de honor, a visitar hospicios y hospitales. Al actuar así, obedecía no solamente a su generosidad natural, sino además al deseo de conquistar a ese pueblo francés tan versátil en el amor. Y logró su objetivo, ya que si bien sus visitas se desarrollaban bajo la máscara del incógnito, la prensa anunciaba a tambor batiente la fama para festejar “la bondad de Su Majestad”. No había día en que no se magnificara de ese modo algún rasgo de la nueva soberana.

La oposición, en cambio, veía con malos ojos a la emperatriz, tal como había visto al emperador. Legitimistas, orleanistas y republicanos se pusieron de acuerdo para aplastar con su ironía a la consorte. El futuro presiden del Consejo de Napoleón III, Emile Ollivier, no se mostraba tierno con Eugenia, como tampoco lo iba a ser cuando llegara al poder: “Ayer, en el Gimnasio, vi a Napoleón y a su Montijo. ¡Cuánto embellece el poder! Esperaba ver a una maravilla ante la cual me quedaría embelesado: he visto a una mujer linda, como tantas otras. Hay en esa fisonomía algo mate y opaco. Ninguna claridad. No se siente el destello de ninguna lámpara interior. Puede que sea una mujer inteligente para la mayoría de las personas. No es, a las claras, una mujer superior que podría, llegado el caso, sostener con su mano un imperio que está al borde del precipicio.”




En aquella primera época, no habiendo sido atacada aún por el virus de la política, se contentaba con ser nada más que un ornamento de la Corona. Era pleno período autoritario del Imperio. Las actividades inherentes a su cargo se repartían esencialmente entre manifestaciones oficiales y visitas de caridad; sus actividades personales eran casi enteramente absorbidas por la compra de vestidos, sombreros, joyas y chucherías diversas. Una de sus preocupaciones era mostrarse a la altura de su cargo pues el emperador estaba muy apegado a la etiqueta y, en este terreno, Eugenia trataba de no decepcionarlo.

Insensiblemente la señorita de Montijo cederá el lugar a la emperatriz de los franceses. En Las Tullerías su departamento privado se componía, en primer lugar, de tres salones: el salón verde, reservado a las damas de honor, el salón rosa o salón de espera y el salón azul, donde tenían lugar las audiencias. El gabinete de trabajo que seguía a estos salones era el preferido de la emperatriz. Allí vivía a la española, reclinada, la mayoría de las veces, sobre un pequeño canapé, después de haber reemplazado sus elegantes vestidos por una falda y una blusa de seda. Al lado estaba su alcoba, ricamente decorada, que se abría a un pequeño balcón. El cuarto de baño contiguo era luminoso y espacioso y tenía como principales adornos una bañera de metal… y un pequeño oratorio en el que Eugenia rezaba cada mañana.



La emperatriz tenía la preocupación del orden y la manía de que todo estuviera en su sitio: inspeccionaba constantemente sus armarios, verificaba su imponente guardarropa, controlaba que no faltaran ni una cinta ni una puntilla. Cada vez que compraba un vestido nuevo éste quedaba catalogado en un fichero especial, al igual que todos los documentos, cartas e informes, que conservaba cuidadosamente. El cuarto de baño se comunicaba a través de un montacargas disimulado en un rosetón del techo con el piso superior, donde estaba ubicado su guardarropa, y por él descendía cada día el vestido que había decidido ponerse. Así se evitaba que pudiera arrugarse. Sobre la fiel Pepa, su camarera española, recaía la tarea –nadie sabía cuán delicada- de custodiar el guardarropa de su ama. Un verdadero ceremonial guiaba la operación cuando la emperatriz decidía mostrarse con uno de sus “vestidos políticos”, como llamaba a los fastuosos trajes que lucía en público –en cuanto se quedaba sola, se apresuraba a ponerse esos vestidos sencillos que tanto le gustaban-.

Esos vestidos, tratados con tanta precaución, eran siempre escotados, como en los tiempos en que la joven condesa de Teba dejaba admirar sus hombros. Cuando había una recepción, la emperatriz lucía todas sus joyas, bastante numerosas, y este alarde, destinado también a fines políticos, le valdrá la reputación de dilapidar los fondos del Estado. Toda su vida, o por lo menos, hasta el momento de su exilio, gastaba mucho dinero en sus prendas y cuando las usaba dos o tres veces las regalaba a sus camareras, quienes las revendían en América. Allí eran recibidas como verdaderas reliquias.



A propósito de su apariencia, cuando Eugenia tuvo su primer contacto con el exterior como emperatriz, en Inglaterra, supo aprovechar su capacidad para salir adelante ante un apuro. En el castillo de Windsor todos se preparaban para la gran cena de bienvenida que la reina Victoria daría a sus huéspedes, cuando un cataclismo se abatió sobre Eugenia. El Pétrel, barco que seguía al de la emperatriz, atracó con retraso a causa de la niebla. Ahora bien, era la nave que transportaba sus maletas, sus joyas y… a Félix, su peluquero. Eugenia debió arreglárselas sola: como no tenía a mano ni vestido ni joyas, pidió prestado a una de sus damas de honor un vestido azul, que fue inmediatamente ajustado a su talle, y suplió la falta de joyas con nomeolvides, con los que adornó su cabellera y su vestido. Así ataviada cautivará a todos los invitados, impresión que se confirmará durante toda la visita, incluso a la propia soberana inglesa, quien hasta su muerte mantendrá con ella una perdurable amistad.

Además de las Tullerías y de Saint-Cloud, la pareja imperial poseía otras dos residencias: Fontainebleau y Compiègne. Esta última desempeñará, con el correr de los años, un papel cada vez más importante en el programa de actividades de la corte. Eugenia se trasladaba de un castillo a otro, esforzándose por animar cada uno de ellos, lo cual no era poca tarea. El General du Barail, que un día de junio cena en las Tullerías, cuenta que la atmósfera reinante allí es de lo más campechana. Después de cenar, alguien arroja una pelota en el salón de Apolo, que rueda hasta los pies de la emperatriz. Esta se pone de pie y “en una chiquillada verdaderamente encantadora”, le da un vigoroso puntapié. La pelota se eleva hasta una araña y apaga una vela. No hace falta más para que se desate un partido de pelota tan poco protocolar como inesperado en semejante sitio, al cual se pliega el emperador, que abandona así su actitud eternamente pensativa.



En el fondo, en medio de sus cuatro palacios y su nube de cortesanos todavía más solícitos que en el ancien régime, Napoleón y Eugenia llevaban una existencia de burgueses. Cuando el emperador estaba con su esposa utilizaba, aún en público, el tuteo, y todo el mundo se divertía cuando la llamaba a su modo: Ugenia. Más ceremoniosa, Eugenia lo trataba de “Señor” o de “Su Majestad”; sólo cuando estaban solos se permitía llamarlo Luis, que era el verdadero nombre de Napoleón. Un poco más adelante, cuando conoció sus infortunios conyugales, le haría escenas violentas, acompañadas de rotura de objetos diversos, como cualquier otra esposa engañada. Los primeros tiempos de vida conyugal Eugenia manifestaba cambios de humor frecuentes y en el transcurso de un mismo día podía ofrecer a sus visitantes dos rostros completamente disímiles.

La emperatriz adoraba pasar sus vacaciones en Biarritz, donde se sentía como en casa, pues tenía a España al alcance de su vista. En un acantilado que daba sobre el mar, Napoleón había hecho construir una amplia residencia que recibió el nombre de “Mansión Eugenia”. Desde la mañana, la joven realizaba grandes caminatas solo en compañía de su hermana, de visita, o de una de sus damas de honor, sustituyendo sus suntuosos atavíos por sencillos vestidos de percal y protegiendo su tez de leche de los ardores del sol con una sombrilla amarilla. Con el tiempo, tuvo la idea práctica de suprimir en el campo los vestidos que se arrastraban, lo que, por otra parte, hizo decir en el barrio de Saint Germain que había inventado la moda de pasear con falda corta “como las bailarinas de la Opera”. La sacrosanta etiqueta de las Tullerías también estaba de vacaciones.


En aquel escenario, la princesa Paulina de Metternich, esposa del embajador austríaco, había quedado impresionada por el atractivo físico de Eugenia y en sus “Memorias” ofrecía detalles sobre los artificios con lo que la andaluza cultivaba su belleza: “Lo que me sorprendió fue que la emperatriz subraya sus cejas y el contorno de sus ojos –y de modo muy evidente- con gruesos trazos de lápiz negro. Más tarde supe, y de sus propios labios, que había adquirido esa costumbre porque tenía horror a las cejas y pestañas blancas que, según decía, ‘¡daban un aspecto tonto e insignificante!’”.

En el otoño se producía otra tradición inamovible para la corte de Napoleón III: las “series de Compiègne”, un evento al que había que asistir cada año si quería preservar su rango dentro de la sociedad. La invitación se hacía en general por ocho días, eventualmente renovables si uno era aceptado o si formaba parte de los altos dignatarios del régimen. Al cabo de una semana, la primera tanda se de invitados se despedía para dejar su lugar a un segundo grupo. El emperador ponía un tren especial a disposición de sus huéspedes, quienes lo colmaban con maletas y criados. Eran una sucesión de cenas (verdaderos concursos de ostentación entre las damas), representaciones teatrales, conciertos, partidas de caza o tardes de té. Las veladas de Compiègne eran particularmente exitosas o, como escribió Stéphanie Tascher de La Pagerie: “¡Eran enloquecedoras de placer!”.




El 16 de marzo de 1856, Eugenia dio a luz a su único hijo, Eugène, que recibió el título de Príncipe Imperial. Como era una mujer educada e inteligente, después del nacimiento de su hijo decidió tomar parte activa en la política del Segundo Imperio. Ferviente católica, se opuso a la política de su marido en lo tocante a Italia y defendió allí los poderes y prerrogativas del Papa. Desempeñó la regencia del imperio en tres ocasiones: durante las campañas de Italia en 1859; durante una visita de su marido a Argelia en 1865 y en los últimos momentos del Segundo Imperio, ya en 1870. Poseedora de un carácter bastante enérgico -otros dicen que desagradable y engreído, ya que humillaba constantemente a los que estaban a su alrededor- ejerció una poderosa influencia sobre el emperador.

La emperatriz, entre otros errores políticos que cometió, apoyó la desafortunada expedición que intentó situar a Maximiliano de Austria en el trono de México y, en 1869, condujo a Napoleón III a la guerra contra Prusia, donde el emperador cayó prisionero y Francia perdió Alsacia y Lorena. Eugenia tuvo que abandonar precipitadamente París, junto con su único hijo, buscando refugio en Inglaterra y estableciéndose en Chislehurst, Kent, donde el emperador se le reunió tras haber sido destituido por la Asamblea.

A la muerte de Luis Napoleón en 1873, Eugenia mantuvo su residencia en Inglaterra aunque realizaba frecuentes viajes al continente. Su vida adquirió tintes de tragedia novelesca cuando su único hijo pereció en Sudáfrica en 1879, en una escaramuza en la guerra contra los zulúes, tras desobedecer una orden dada por sus superiores. Cuando en 1880 regresó a Inglaterra luego de haber visitado los lugares del martirio de su hijo, todavía le quedaban cuarenta años por vivir. Nacida durante el reinado del hermano de Luis XVI, mientras el Antiguo Régimen pretendía en un último intento gobernar aún sobre el principio del derecho divino, Eugenia conocerá la formidable revolución política, económica e industrial del siglo XX y la llegada de esos inventos que conmocionarán el universo, desde la aviación hasta la telegrafía sin hilos.

En 1885 se mudó a Farnborough, Hampshire, y alternaba su residencia allí con estadías en su villa “Cyrnos” (el antiguo nombre griego de Córcega), que se había hecho construir en Biarritz, cerca de Cannes. Allí vivía en retiro, absteniéndose de toda interferencia en la política de Francia, pero su salud comenzó a deteriorarse. Su médico recomendaba para ella estadías en Bournemouth, lugar que era, en tiempos victorianos, famoso como resort. Durante una de sus visitas un jardinero encendió cientos de pequeñas velas en los parques de Bournemouth para iluminar la senda que Eugenia seguía rumbo al mar durante la noche. Este evento todavía se conmemora anualmente con el encendido de velas en aquellos jardines cada verano.

La antigua emperatriz murió en julio de 1920, a la avanzada edad de 94 años, durante una visita a los duques de Alba en su nativa España. Fue enterrada en la cripta imperial de Saint Michael's Abbey, en Farnborough, con su esposo y su hijo. Así, los restos mortales de la controvertida aristócrata nacida en Granada, que llegó a emperatriz de los franceses, reposan para siempre en Inglaterra.


viernes, 13 de agosto de 2010

Paulina Bonaparte, Princesa Borghese

Considerada la mujer más bella y voluptuosa de su tiempo, Paulina Borghese, nacida Bonaparte, vivió uno de los períodos más intensos de la historia de Francia. Conoció la revolución, el Directorio, el Consulado, el Imperio y finalmente fue testigo de la brutal caída del hermano, a quien siempre mantuvo fidelidad.

Mientras Napoleón se impone en la escena mundial, Paulina se forma inspirándose en su cuñada Josefina, cuya elegancia es reconocida por todos sus contemporáneos y que luego será su rival. Se convierte así en una hermosa mujer, demasiado bella en opinión de su hermano, quien, preocupado por su frivolidad y
liviandad de costumbres, otorga su mano al joven General Leclerc. Enviados en misión militar a las Antillas, el general muere en Santo Domingo víctima de la fiebre amarilla.

La agraciada viuda, ya en París, recibe el primero de los títulos: “la Bella entre las Bellas”, título que nadie piensa disputarle… con excepción de una rival de fuste, Madame de Contades, puro producto del ancien régime que no concede a Paulina más belleza que gloria a Napoleón. Una noche, invitada a una recepción en casa de Madame Junot, Paulina, dispuesta a un nuevo triunfo, aguarda pacientemente el mejor momento para hacer su entrada.
Así, su llegada es recibida con un largo murmullo de alabanzas, bastante descortés para el resto de las damas presentes. Los invitados masculinos se arremolinan solícitos a su alrededor y, casi llevada en triunfo, llega a una pequeña sala. Para resaltar su encantador peinado, comete el error de colocarse a plena luz y Madame de Contades, molesta al verse abandonada, irritada al oír los cumplidos sobre una rival y demasiado astuta para atacarla de frente, observa su talle, su rostro, su peinado. Luego se detiene en seco, como sorprendida, y se dirige a su compañero, en voz suficientemente alta para ser escuchada:

- ¡Ay, mi Dios, qué pena! ¡Una persona tan hermosa! ¿Pero cómo nadie ha visto antes esta deformidad? ¡Qué desgracia!
Un silencio helado acoge estas palabras sacrílegas y las mejillas de la víctima se arrebolan.
- ¿Acaso no veis esas dos enormes orejas plantadas a ambos lados de la cabeza? Si yo las tuviese parecidas me las haría cortar.

No ha terminado su frase cuando ya todas las miradas convergen en Paulina para juzgar la imperfección. En efecto, sus extrañas orejas parecen un pedazo de cartílago blanco al que la naturaleza olvidó ponerle un borde y, al lado de la admirable pureza del conjunto, rompen un tanto la armonía del rostro. Mal preparada para replicar, Paulina se siente mal y prorrumpe en sollozos. Desde ese día decide no confiar en ninguna mujer, por lo que no tendrá verdaderas amigas. Pero esa falta de afectos no la hará sufrir, tan numerosos son los candidatos a su corazón.

El Primer Cónsul le organiza un nuevo enlace, esta vez con la intención de lograr el apoyo de la nobleza italiana, pretendiendo asegurar tanto su interés personal como el encumbramiento de los suyos. Fija su objetivo en el príncipe Camilo Borghese, sobrino segundo del Papa Paulo V, quien en 1803 da el tono en los salones de París.

Descendiente de una familia ilustre, no carece de inteligencia aunque no ha recibido prácticamente ninguna educación, pues el padre decía que “sus hijos sabrían siempre lo suficiente para ser súbditos de un Papa”. Es de elegante apostura y sabe como na
die echar hacia atrás su capa forrada en satén bordado en oro. Ese gesto, para ojos nuevos, habla de lejos de su aristocracia, así como las plumas blancas que adornan su sombrero de tafetán negro o el jabot de encaje flotando sobre su pecho. Entre la jeunesse dorée parisiense ha puesto a la moda los trajes ingleses, los chalecos húngaros y los sombreros rusos y conduce con gracia los alazanes trotadores de su faetón.

Sus títulos hacen soñar a la nueva sociedad de advenedizos que frecuenta al Primer Cónsul: príncipe de Rosano y del Vivaro, príncipe de Sulmona, duque de Ceri y de Poggio Nativo, barón de Cropolatri, Grande de España de primera clase. A esos títulos se suman las mansiones y villas. Todo es determinante para que los Bonaparte consideren al príncipe digno de recibir la mano de Paulina.

La noticia del compromiso matrimonial cae como una bomba en Saint-Germain, el baluarte de la aristocracia. Desde el 18 Brumario, la ex nobleza, adulada en los salones de Josefina, había ido recuperando poco a poco su altivez. Y, si bien aceptaban que el señor Bonaparte era un gentilhombre, se ironizaba sobre este nuevo ascenso social. “Habrá pues una verdadera princesa en la familia Bonaparte”. Para esos aristócratas, ni los laureles de Egipto ni los de Italia podían compararse con un escudo de armas con las dos llaves en cruz pontificias.


Monseigneur el príncipe Borghese y Madame la princesa, su flamante esposa, partirán para Roma una semana después de la boda en París. Pero antes, la despedida de su cuñada en el palacio de Saint Cloud hace tambalear su tradicional dominio sobre los estilismos a los que está acostumbrada. Cuando el ujier anuncia la llegada de los príncipes Borghese, todos se ponen de pie, incluyendo Josefina. Pero ésta permanece frente a su sillón, dejando que la princesa avance hasta ella y atraviese así gran parte del salón. En vez de desagradarle el supuesto desaire de la emperatriz, a la princesa le conviene, porque, como le cuenta después a la duquesa de Abrantes, “… si hubiera venido a mi encuentro la cola de mi vestido no se habría desplegado, mientras que así pudo admirársela en toda su extensión”.

Paulina está esplendorosa con un vestido de terciopelo verde, delicado, nada llamativo, pero con la parte delantera y el ruedo bordados con verdaderos diamantes y llevando un aderezo también de diamantes complementado con una magnífica diadema de esmeraldas. Por último, para completar ese rico atavío, lleva a un lado un ramillete compuesto por esmeraldas y perlas en forma de pera, un adorno de incalculable valor. Tras un primer momento de asombro provocado por esas piedras preciosas derramadas en profusión sobre su vestido, Josefina se repone y la conversación se generaliza, dejando a la princesa exultante por su triunfo junto a la duquesa de Abrantes.

- Después de todo, ella está tan bien vestida –le dice, mirando a su cuñada-. El blanco y el oro combinan admirablemente con ese tapizado de terciopelo azul.

La princesa se detiene en la frase, sorprendida al parecer en un pensamiento. Mira alternativamente su vestido y el de Madame Bonaparte.

-
¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cómo no pensé en el color de los muebles del salón! ¡Y vos, Laurette, vos que sois mi amiga, cómo no me lo dijisteis?
-
¿Qué tendría que haberos dicho? ¿Que los muebles del salón de Saint Cloud son azules? Pero si lo sabíais tanto como yo.
- Pero en una ocasión como esta una se confunde, no se recuerda lo que se sabía. ¡Y ved lo que ha ocurrido! ¡Me he puesto un vestido verde para venir a sentarme en un sillón azul! ¡Este verde y ese azul! Debo de parecer horrible ¿verdad?


En la Ciudad Eterna la princesa Borghese madre recibe a la esposa de Camilo en el fabuloso palacio familiar, el Cembalo, luego es recibida en audiencia por Pío VII y, finalmente, tiene lugar el ricevimento de presentación: suscita admiración ante la nobleza romana y la extranjera, el Sacro Colegio, la prelatura y el cuerpo diplomático. Pronto el paseo por Roma de la joven princesa constituye un espectáculo que no desean perderse ni la nobleza ni el pueblo. La vista de “la mujer más bella del mundo” en su carroza iluminada por el sol, escoltada por un negrito travieso vestido a la turca en la parte trasera, petrifica a los romanos de admiración y estupor. Sus entradas en los salones de la aristocracia, a veces con todos los diamantes de la Casa Borghese prendidos de su vestido –en ese adorno llamado Matilde con el que protagoniza el incidente ante Josefina-, producen el mismo efecto.

Camilo Borghese, el hombre de moda en París, vuelve a ser un príncipe romano prisionero de la etiqueta. Poco acostumbrada a ese protocolo, Paulina soporta las nuevas reglas de conducta para agradar a su familia política, que ha sucumbido al encanto de la joven. Reina sobre modistas y sombrereros tan solemnes como ministros de Estado. Posa para Antonio Canova, el más famoso de los escultores de la época, como una Venus victoriosa recostada en un diván, desnuda hasta la cintura, obra sensual y conmovedora que sigue siendo todavía hoy una de las más hermosas piezas de la Galleria Borghese.



Paulina está con su madre, Letizia Bonaparte, cuando se entera por Le Moniteur del famoso decreto del 20 de abril: “Se dará a los príncipes franceses y a las princesas el título de altezas imperiales; las hermanas del emperador llevarán el mismo título”. Su madre no manifiesta ninguna alegría. Paulina, la única princesa auténtica de la familia hasta el momento, se muestra reservada. Y su vanidad sufre al ver una vez más a Josefina superarla pues será consagrada emperatriz.
Ese día en Notre Dame, aunque de mala gana, debe sostener el largo manto forrado en armiño de Josefina. La princesa Borghese lleva un vestido de satén blanco bordado en oro con una cola de varios metros de terciopelo azul igualmente bordada en oro y plata y va cargada de pesadas joyas. Acostumbrada a la pompa pontificia, Paulina ya ha asistido en Florencia y sobre todo en Roma a ceremonias muy suntuosas, por lo que considera a ésta como algo muy natural. Sin duda le halaga estar cerca del sol imperial, pero no se maravilla. Su superioridad sobre sus hermanas consiste en no dejarse deslumbrar jamás y en conservar una fuerza tranquila tanto ante la grandeza como ante la decadencia. Permanecerá siempre digna y cuando sus amigos realistas se permitan la ironía para hablar de la conducta de su hermano, ella les llamará severamente al orden y les hará notar que muchos de ellos solicitan prebendas en las Tullerías.


Fragmento de la pintura de David, “La consagración del emperador Napoleón”. De izquierda a derecha: Carolina Murat, Paulina Borghese y Elisa Bacchiochi, la esposa de Luis, Hortense, sosteniendo la mano del pequeño Príncipe Carlos y Julia, esposa de José.


De hecho, muchos realistas cohabitan ya con el nuevo régimen, comenzando en su círculo íntimo, donde consigue crear una evidente armonía. Aunque su caso es aislado, porque en la corte imperial los clanes están claramente delimitados y la amalgama es muy laboriosa entre la vieja nobleza que preside la actividad social y la nueva nobleza que imita a la antigua. Las esposas de los militares, las “mariscalas”, son el hazmerreír de los aristócratas.

Es una corte que se halla reglamentada con la rigidez de un general en jefe al mando de un ejército. Todo se desarrolla dentro de la más estricta disciplina, en el temor y el terror al emperador. El protocolo tan rígido hace envaradas las veladas y los conciertos, con los príncipes y las princesas imperiales o los grandes dignatarios en lugares fijados inalterablemente.


Paulina toma del protocolo imperial lo que le conviene y reúne a su alrededor una pequeña corte: el arzobispo de Génova encabeza los dignatarios, siguen los capellanes, el chambelán, el escudero, la dama de honor, las damas de compañía, las lectoras. De todas las casas de los Bonaparte, la de Paulina es la más variada, la más brillante en apellidos ilustres, la más provista de mujeres hermosas y la más instruida en la etiqueta. En aquel tiempo otro título obtiene del emperador: el ducado de Guastalla.

La reina de esa corte en
miniatura convierte su habitación en un santuario. A partir de las diez de la mañana comienza su arreglo personal, verdadera ceremonia que se inicia con abluciones generales y continúa con la limpieza del rostro con leche aguada para suavizar la piel; luego se perfuma el cuerpo con agua de rosas. El primero de los oficiantes, asistido por dos ayudantes, es Hipólito, el peinador de moda. Luego comienza el desfile de los proveedores. Mademoiselle Olive, la bordadora, el perfumista Dulac, el plumajero Dufour y las modistas Madame Germon y Madame Coutant. A veces llama al célebre Leroy, quien imagina para su cliente batas “virginales” cargadas de encajes, espumosas y aéreas, o abrigadas, orladas de plumas de cisne o de pieles de zorro azul, vestidos de fiesta de satén adornados de puntillas o bordados de perlas, o caftanes de satén con gargantillas de tul de oro en la blusa. El atavismo familiar la hace rehusar, regatear o bajar los precios, siempre con éxito, pues, aun perdiendo, esos comerciantes adquieren fama al servir a la princesa Borghese.

Esta costumbre diaria del arreglo personal muestra hasta qué punto Paulina mantendrá siempre el culto de su cuerpo. Un día que se encuentra en el salón de la Princesa Ruspoli, la conversación recae en sus bonitos pies:
- ¿Queréis verlos? –dice tranquilamente la princesa Borghese-. Venid mañana al me
diodía.
Grande fue el asombro de la princesa Ruspoli. Madame du Montet cuenta que “…no había modo de eludir esa singular invitación. Acudió pues, y fue introducida en un delicioso gabinete. La princesa se hallaba negligentemente tendida en un diván, sus pequeños pies bastante en evidencia, pero eso no era lo mejor. Entró un paje, bello como un ángel y vestido como los efebos de los cuadros de la Edad Media, sosteniendo un rico aguamanil, un recipiente de plata dorada, una fina toalla de batista, perfumes y otros cosméticos. Colocó un banquillo de terciopelo junto al diván; la princesa extendió en él graciosamente una de sus piernas: el pequeño paje le quitó la media, hasta creo que la liga y comenzó a manipular, frotar, enjugar, perfumar ese hermoso pie, verdaderamente incomparable. La operación fue larga y el asombro de las espectadoras tan grande, que perdieron la facultad de alabar con el entusiasmo que sin duda se esperaba… Mientras el pequeño paje calzaba, descalzaba, perfumaba los bellos pies, limaba y embellecía las uñas de la princesa, ella conversaba y parecía completamente indiferente a esos cuidados”.






Este comportamiento puede parecer provocativo, en realidad es sencillamente regio. Lo mismo sucede con su aseo personal. A diferencia de la mayoría de las francesas, Paulina convierte el baño en un rito. Sus prendas de vestir son tan transparentes y exhibe su cuerpo con tanta frecuencia, que considera que la limpieza es una necesidad. La conversación de la bella bañista, envuelta en una bata apenas cerrada, dentro del círculo de hermosas mujeres que la rodean, es interrumpida por la llegada de su fiel sirviente negro Paul, que la sigue desde Santo Domingo. Con toda la naturalidad que da la perfección, ella se quita la bata y el atleta la carga en sus brazos para sumergirla en una tina llena con veinte litros de leche mezclada con agua caliente. Tendida allí suele recibir con frecuencia a sus admiradores varones, a quienes gusta dejar que admiren su mórbido pecho.

Terminadas las abluciones, el precioso fardo es llevado de vuelta en un capullo de encajes. Un paje avanza ahora para masajear los pies de su ama. En efecto, la hipotensión de Paulina la hace muy sensible a los enfriamientos y la obliga a recurrir a veces al calor comunicativo de las mujeres de su séquito. Cuando es así, la dama elegida desabrocha su vestido y se tiende en el suelo; la princesa posa entonces sus pies sobre los senos de la belleza yacente, paseándolos por ella con agradecimiento. Este espectáculo habitual en Santo Domingo pero sorprendente en Francia deja a los espectadores en estado de beatitud.

Luis XIV tenía sus grandes y pequeños levers en los que se apretujaban las primeras familias del reino y los “señores del algodón” consideraban un honor frotar la espalda del Rey Sol. El lavado de pies de Paulina, así como su baño de inmersión o sus masajes, son sin duda algo profano, pero tienen la ventaja de ofrecer una fiesta a los ojos y al espíritu.



En otras fiestas, los bailes multitudinarios de las Tullerías, la princesa Borghese deslumbra a la corte imperial. Cuando se representa “La Cuadrilla de los Incas” y ella se reserva el papel principal: aparece como una salvaje ricamente desvestida, es decir, cubierta de diamantes; toda la corte la devora con los ojos, incluso las mujeres jóvenes aplauden para ocultar su despecho ante lo innegable. En otra ocasión, al presentar “La Cuadrilla de las Horas”, decide encarnar a Italia con una túnica de muselina de la India bordada en oro, retenida por un magnífico camafeo sobre una coraza de oro. Corona sus rizos oscuros con un casco de oro adornado con plumas de avestruz, calza sandalias sujetas con tirillas de púrpura y camafeos, ciñe sus brazos desnudos con brazaletes de diamantes. Esa criatura ideal, suave, con movimientos delicados y lánguidos, es adorable como una sílfide.

Incapaz de considerar la abstinencia como una virtud, seduce a todos los hombres de los que se siente enamorada, en despecho de la destrucción de su matrimonio por interés. Coronel, actor o diplomático, nadie escapa al canto de esa sirena de ojos embrujadores… Esta Venus victoriosa continúa con alegría la tradición libertina del siglo XVIII. Sin embargo, la más inconstante de las esposas, la más caprichosa de las amantes, se mantendrá fiel al coloso derrumbado, a quien no cesará de sostener. Su naturaleza alegre y optimista probablemente haya sido uno de los pocos motivos de felicidad que tendrá Napoleón en una época de traiciones y abandonos.



Para 1809, separada de Borghese, tendrá un vasto terreno y un palacio en Neuilly, verdadera joya cuyo parque desciende hasta el Sena. En Fontainebleau asiste a las cacerías imperiales donde, junto con sus hermanas, tiene la oportunidad de vestir soberbios atuendos: chaquetas de terciopelo verde sobre faldas de satén blanco, pero no por eso las jornadas de caza dejan de ser terribles pruebas de cerca de seis horas. Para celebrar el nacimiento del rey de Roma da una fiesta para setecientos elegidos en Neuilly y luego parte a Aquisgrán con el habitual desfile de carruajes, entre los cuales va su “calesa sanitaria” que transporta su bañera y su bidet cuidadosamente protegidos bajo sus cubiertas de tafilete rojo y el famoso palanquín que la sigue desde Santo Domingo. Ese nomadismo de lujo extenúa a sus allegados. Apenas se instala en alguna parte, ya está de nuevo inquieta y vuelve a partir, nunca sola, sino precedida o seguida siempre por sus muebles, cuadros, platería, mantelería y ropa blanca.



Pocas mujeres han vivido con más suntuosidad o riqueza. Si la dama de corazones del palacio de Neuilly conoce en grado sumo el arte del amor, sabe también cómo adornar su belleza. ¡Cuántas joyas! En un año, su proveedor Devoix le venderá un aderezo de coral y diamantes, otro de rubíes y uno de amatistas. Se hace montar un cinturón de esmeraldas falsas, rodeado sin embargo de diamantes verdaderos, que le cuesta trece mil francos pero parece valer un millón, lo que se convertirá pronto en un verdadero acontecimiento parisino. Las mujeres sueñan con él mientras Paulina ríe.

Para 1813, 1814, 1815, gira la rueda del destino. Dramáticos acontecimientos afectan la salud de la princesa: Elba, Waterloo, la caída del Imperio, problemas financieros angustiantes. Pío VII, con generosidad de alma poco común, la invita a instalarse nuevamente en Roma. Sus apariciones son verdaderos acontecimientos en los que la pequeña hermana del proscrito medirá la magnitud de su poder. Todos quieren conocer esa belleza célebre, desconcertante, fuera de lo común, ni perversa ni inmoral, pues la moral hace mella en una mujer ignorante de los convencionalismos.

La princesa Borghese, literalmente, tiene a la Ciudad Eterna a sus pies. Es el tema de todas las conversaciones, incluidas las de los cardenales. El Sacro Colegio asiste todas las semanas a la mesa imperialmente servida de Villa Paolina y la anfitriona, cada día más débil, preside comidas que apenas toca. El gobierno pontificio extrema la amabilidad hasta proporcionarle una pequeña escolta para protegerla de los asaltantes y permitirle ir a las termas de Lucca.

A sus quebrantos de salud se agregan las terribles nuevas de la muerte del bienamado primero, en 1821, y de su padre adoptivo, Pío VII, en 1823. Tiene cuarenta y cuatro años cuando regresa al techo conyugal y, por intercesión del nuevo papa León XII, el príncipe Camilo abandona su vida a orillas del Arno para aceptar a la bella penitente en el palazzo florentino. Muy menuda en su chaise-longue, donde retoma instintivamente la pose en que la inmortalizó Canova, recoge los homenajes y los augurios de una sociedad reconocida. Descubren con asombro su bondad de carácter, su humor afable, su clarividencia, su sentido de la observación tan fino, su ausencia de pretensiones. Cuando dice algo importante, lo acompaña con una sonrisa y da a sus palabras el barniz de la frivolidad. Logra así hacerse perdonar su belleza.

En aquella ciudad, en 1825, baja por última vez sus párpados sobre aquellos ojos que tanto han fascinado al mundo y se duerme in somno pacis. Hoy esa Eva pagana reposa en Roma, entre dos Papas de la casa Borghese: el fastuoso Paulo V y el devoto Clemente VIII.




miércoles, 11 de agosto de 2010

Josefina, Emperatriz de los Franceses

Desde el 18 de mayo de 1804, en que el Senado la saluda con el título de emperatriz, al 16 de diciembre de 1809, cuando se disuelve su matrimonio con el emperador, Josefina de Beauharnais sólo reinó cinco años y siete meses como Emperatriz de los Franceses. Mademoiselle de Tascher de la Pagerie, divorciada y luego viuda del vizconde Alejandro de Beauharnais, finalmente Madame Bonaparte y emperatriz consorte hasta su repudio, fue la primera soberana del Primer Imperio francés y ancestro directo de las casas reales actuales de Bélgica, Suecia, Dinamarca, Grecia, Noruega, Luxemburgo, Liechtenstein y Mónaco.

El 2 de diciembre de 1804 la gracia majestuosa de Josefina impresiona a los cortesanos. El deslumbrante atuendo de consagración la rejuvenece veinte años gracias a la obra de peinadores y modistas: luce un vestido de satén blanco con abejas de oro bordadas y salpicado de diamantes, los cabellos recogidos en un rodete y rizados como en tiempos de Luis XIV sostienen una diadema de amatistas, tras ella se extiende el manto imperial rojo y oro. Se la creería nacida en un trono, a tal punto son naturales sus gestos. Sonriente, disfruta hoy las delicias del éxito, pues ha sabido vencer muchas resistencias, superar intrigas, desbaratar maquinaciones hasta de su familia política.

En Notre Dame, la personalidad misma de Josefina provoca un movimiento general de admiración. Despliega tanta gracia, camina tan bien hacia el trono, se arrodilla de una manera tan elegante, que satisface a todas las miradas. Napoleón se ciñe la corona de oro de hojas de laurel, luego desciende las gradas del altar, avanza hacia su esposa y la corona con sus propias manos. La emperatriz se levanta para subir al trono. Pero las princesas sostienen su manto con tanta negligencia y mala voluntad que, arrastrada hacia atrás por el peso de los terciopelos y los armiños, Josefina no puede moverse. Estalla un altercado que no pasa desapercibido a Napoleón, quien con una orden seca y firme llama al orden a sus hermanas. El papa Pío VII bendice al emperador y estalla el Vivat imperator in aeternum. Josefina ya no es la misma. Ahora está por encima de las reinas de Francia, pues, con excepción de María de Médicis, ninguna de ellas ha recibido la unción de la consagración.


A partir de ese momento feérico, vivió el tiempo de su estadía como emperatriz recorriendo Francia y Europa en todas direcciones. Residió sólo por períodos intermitentes en las Tullerías y en Saint Cloud, sus dos principales moradas, y menos aún en los otros palacios de los alrededores de París: Rambouillet, brevísimo, y Fontainebleau, durante el otoño de 1807 y 1809, estadías que cuentan entre las más brillantes del Imperio. Poco antes del divorcio, se acondiciona el palacio del Elíseo para recibir a Sus Majestades, aunque es demasiado pequeño. Cuando comienza el buen tiempo se traslada a Malmaison, su adorada residencia de campo. Sin embargo, es en los escenarios oficiales donde su vida cotidiana aparece reglamentada por la severa etiqueta prescrita por el emperador.




El Château de Malmaison con una diferencia de 200 años


Tanto en las Tullerías como en Saint Cloud, los aposentos de la emperatriz y los del emperador se dividen en dos partes bien diferenciadas: el primer aposento, o aposento de honor, tiene carácter oficial y sólo sirve para las ceremonias públicas. Se compone de una antecámara, de un primer salón, de un segundo salón, del salón de la emperatriz, de un comedor y de una sala de música. El segundo, o apartamento interior, comprende el dormitorio, la biblioteca, el tocador, el saloncito privado y el baño. Malmaison y el Elíseo, más pequeños y aislados, son utilizados para un relajamiento de la etiqueta.



En estos lugares es donde hay que imaginar la vida de Josefina. Si el decorado es diferente, el entorno es el mismo y, sobre todo, la vida está ordenada de la misma manera, realizándose la misma actividad a la misma hora, se encuentre donde se encuentre.

Josefina consideraba a Malmaison como su propiedad particular y buscaba reunir en ella todas las obras de arte imaginables. Las colecciones de Josefina son por demás eclécticas. Junto a objetos etnográficos se ven esculturas, pinturas y antigüedades. Desde la época del Consulado, las ciudades conquistadas por su esposo la colman de obsequios y le envían objetos valiosos y curiosidades de todo tipo, muebles, cuadros, telas, porcelanas, mármoles. Josefina siente verdadera atracción por la escultura de su época y más especialmente por la de Canova, del que posee cinco obras. Pero no olvida en sus pedidos a los grandes escultores franceses: Cartellier, Chaudet, Bosio. Ella ama en especial las obras graciosas y femeninas, de pronunciado carácter sentimental. Recurre frecuentemente a los mismos artistas para ejecutar sus retratos o los de los miembros de su familia.

La colección de estatuas antiguas, sin ser considerable, es de primerísima calidad. Posee además bronces, mosaicos y una serie inigualada de vasos griegos. Sus cuadros son considerables y se hallan repartidos en las galerías de Malmaison, en los castillos de Navarra, en Normandía y de Prègny, en Suiza. Su elección de obras contemporáneas refleja mejor su gusto en pintura antes que los maestros de la antigüedad, los cuales admira más por convencionalismos que por gusto verdadero. Josefina concedió un trato privilegiado a sus pintores favoritos y supo rodearlos de todas las consideraciones debidas a su talento.



La botánica era otra de las pasiones –si no la verdadera- de Josefina y agobiaba a sus allegados con disertaciones botánicas, señalándoles todas las plantas más raras. Su gusto por las flores era tal, que para ella ése era el mejor obsequio que podía hacérsele. Al ser emperatriz, seguía con interés las conquistas del emperador y no dejaba de reclamar las plantas que todavía no poseía. Además, completaba sus colecciones comprando semillas y plantas a los mejores viveros europeos. En Malmaison construyó magníficos invernaderos llenos de plantas exóticas y cuyas importantes superficies vidriadas lo hacían superior al propio Jardín Botánico.

El gusto de Josefina en materia de decoración era el de una mujer del siglo XVIII. Sus habitaciones estaban amuebladas con infinito esmero y demostraban una búsqueda cuidadosa en lo que se refiere al buen gusto y la elegancia pero también la magnificencia y la riqueza. Encargaba los muebles a los mejores ebanistas, entre los que se destacan los hermanos Jacob, con incrustaciones de limonero, de estaño o de ébano. Poseían una gracia que ya no tendrían las pesadas creaciones del Imperio triunfante. Los tapiceros transformaban para ella los tejidos de armoniosos colores en elegantes combinaciones. En sus aposentos las muselinas bordadas y drapeadas en colgantes, las sedas plegadas tubularmente o los volantes festoneados y los moños constituían adornos que alababan los contemporáneos, pero que no agradaban al emperador, que se rebela contra esas frivolidades “de mujer mantenida”.

Físicamente, Madame Bonaparte era de estatura mediana, sus ojos azul oscuro tenían una mirada extremadamente dulce. Sus cabellos largos y sedosos combinaban perfectamente con su cutis que, algo oscuro por naturaleza, parecía deslumbrante de frescura gracias al rubor que se ponía en las mejillas y al polvo blanco con que cubría su rostro. La única nota desagradable la daba una mala dentadura de la que la duquesa de Abrantes decía: “Si hubiese tenido dientes, no digo hermosos o feos, sino solamente dientes, habría eclipsado por cierto en la corte consular a muchas mujeres que no valían lo que ella”.

Muy refinada en los cuidados del cuerpo y del rostro, Josefina abusaba de los afeites como toda mujer que se sentía envejecer y trataba todavía de agradar (al momento de la coronación tenía 41 años). Hacía traer de Grasse su agua de rosas, el agua de grosellas y una leche de rosas destinada a conservar un cutis delicado. Su Casa contaba con una guardia de atavíos y cuatro damas, asistidas por dos jóvenes del guardarropa. Cada día su dama de atavíos le presentaba varios vestidos para que ella eligiera uno, lo que a veces daba lugar a largas meditaciones. Luego entraba el ayuda de cámara principal, su peinador regular, Herbault, que también peinaba a todas las damas de la corte. Josefina contaba además con otros tres ayudas de cámara comunes a su servicio.


Terminado su arreglo personal, Josefina pasaba a su salón, donde recibía a sus proveedores, por lo general comerciantes de artículos de moda que venían a mostrarle sus últimas novedades. Abusaban de la bondad de la emperatriz y de su gusto por la ropa e invadían así sus aposentos. El emperador no lograba poner orden en ellos y decidía aceptar ese estado de cosas.

Nadie sabía vestir como Josefina y la ropa que llevaba le sentaba de maravilla. Además, había sido educada en la religión de la vestimenta y los adornos y no sabía resistirse a sus caprichos y deseos. A las órdenes del emperador, que pretendía que los vestidos fueran de terciopelo o de seda nacional para dar trabajo a las buenas ciudadanas francesas, Josefina respondía con compras masivas de muselinas de las Indias o telas extranjeras que no vacilaba en introducir en el país eludiendo la aduana.



Josefina creaba la moda; se observaba su ropa, se la copiaba. Si la emperatriz llevaba un vestido de luto adornado con una guirnalda de flores negras, su cuñada Elisa Bonaparte encargaba de inmediato otro igual a la célebre modista Madame Rimbaud. Las más atrevidas combinaciones le sentaban de maravilla: un vestido de tul blanco bordado en plata con ruedo de amapolas lilas y rosas bordadas en felpilla o una asombrosa túnica bordada en acero acompañada por alhajas también de acero y con un gran ramo de flores. Las flores, artificiales o naturales, eran uno de los adornos obligados de su atuendo. Con ellas engalanaba su ropa, pero también su cabello. Siempre realzaba sus peinados con guirnaldas de anémonas o de jacintos.

Y el colmo del refinamiento: cuando podía, la emperatriz combinaba los tonos de su ropa con el tapizado del salón donde recibe. Frecuentemente optaba por armoniosas combinaciones en blanco y oro, lo que le sentaba admirablemente. A propósito de esta original costumbre, en 1803, cuando Paulina Bonaparte, la nueva princesa Borghese, se presenta en Saint Cloud antes de partir a Roma, se suscita una anécdota que da que hablar al círculo social de la futura emperatriz.



Para esa velada de despedida, Paulina no puede resistir a la tentación de manifestar su superioridad a Josefina y decide llevar un vestido verde al que ha prendido todos los diamantes de la Casa Borghese –un adorno llamado Matilde-, sin contar el despliegue de joyas que adornan su cabeza, su cuello y sus manos. Josefina, sin embargo, reserva una sorpresa a su cuñada. Cuando el príncipe Borghese y su esposa hacen su ingreso, no hace movimiento alguno. De pie delante de un sofá, en el fondo del salón, obliga a la pareja principesca a avanzar hacia ella. Al arreglo llamativo, a la descarada exhibición de joyas de Paulina, Josefina opone dos armas que le dan la victoria: en primer lugar su ropa, un sencillo pero encantador vestido blanco de muselina de la India sostenido en los hombros por dos cabezas de león de oro como únicas alhajas y luego la elección de un salón con muebles tapizados de seda azul, con el que hace desentonar el color verde del vestido de su adversaria. La esposa de Bonaparte parece una gran dama recibiendo a una saltimbanqui. Embriagada por su éxito como princesa, Paulina comprenderá la lección más tarde.

Los chales constituían una de las riquezas del guardarropa de Josefina. Eran tantos, que con ellos podían hacerse vestidos, mantas para la casa o hasta almohadones para sus perros. Los más bellos eran de cachemir y le fueron obsequiados por el sultán Selim III. Durante un tiempo adornaron su tocador de Compiègne donde, cosidos los unos a los otros, formaban suntuosas colgaduras. “Las damas quedan pasmadas y se desmayan al admirar semejante lujo”, se sorprendía el príncipe de Clary y Aldringen, “pero yo lamento ver allí arriba esos chales estirados por anchas franjas de oro. Sin embargo, como no han sido cortados sino simplemente cosidos juntos, la emperatriz podrá descolgarlos y ponérselos sobre los hombros. El emperador lo decía ayer, riendo.”


Louis-Hippolite Leroy era el amo de la moda y, por ende, de Josefina. Después de haberle confeccionado el vestido de la coronación por un valor de setenta y cuatro mil francos, el gran modista gozaba del apoyo indefectible de su augusta cliente, quien gastaba en él la mitad de las sumas dedicadas a su vestuario. Insustituible en la corte, Leroy diseñaba además para príncipes y duques –con ocasión de las estadías en Fontainebleau, creó un traje de caza para cada familia principesca; el de la emperatriz era de terciopelo color amaranto bordado en oro- y percibía sumas fabulosas. Fuera bueno o malo el año entregaba, por valor de diez o quince mil francos al mes, nuevas fantasías, encajes raros y suntuosas sedas. Hábilmente, el modista cobraba una suma irrisoria por la hechura del vestido, pero lo recuperaba en telas y adornos, aumentando el precio de sus obras en dos y tres mil francos. Después del divorcio, las sumas serán mucho menos importantes.


Toda la ropa de la emperatriz era debidamente inventariada dos veces al año: el 30 de enero por la dama del guardarropa y a mediados de año por la custodia del guardarropa. La emperatriz subía entonces a su vestidor y pasaba revista a sus prendas, sus gorros y sombreros, separando cierta cantidad para ser reformados. No se trataba solamente de objetos usados, sino también de ropa nueva o que había dejado de gustarle. Así, en 1809, se suprimieron quinientos treinta y tres artículos del inventario. Daba algunos a sus parientes, el resto se distribuía entre su servidumbre femenina.



Las listas se revelan impresionantes, de las que solo una enumeración, por monótona que sea, puede dar una idea. A título de ejemplo, el inventario de 1809 incluía, entre otros, cuarenta y nueve trajes de corte de gala, seiscientos setenta y seis vestidos, setenta y seis chales de cachemir, cuatrocientos noventa y seis otros chales y pañuelos de cabeza, cuatrocientas noventa y ocho camisas, cuatrocientos trece pares de medias de seda y de algodón, mil ciento treinta y dos pares de guantes, más de mil plumas de garza blanca o negra para adornos y setecientos ochenta y cinco pares de zapatos. En un solo año, Josefina encargó ciento treinta y seis vestidos, veinte chales de cachemir, setenta y tres corsés, ochenta y siete sombreros, setenta y un pares de medias de seda, novecientos ochenta y cinco pares de guantes y quinientos veinte pares de zapatos.

Al igual que por la ropa, Josefina tenía una pasión desmesurada por las joyas. Primero tenía a su disposición los fabulosos diamantes de la Corona, pero como sabía que sólo poseía su usufructo y no podía usarlos más que a petición escrita de la dama de honor y de la dama del guardarropa a la Corona, pronto formó una colección personal que se erigió en la más hermosa de Europa. Entre los numerosos joyeros a los que recurría, Foncier parece que gozó de su confianza desde el Consulado. A partir del Imperio, Marguerite sucedió a Foncier. Él fue quien efectuó la tasación de los diamantes y las joyas de Malmaison a la muerte de la emperatriz. Josefina hacía modificar y renovar constantemente los engarces, compraba, cambiaba, revendía, pagaba a cuenta, hasta tal punto que los joyeros se confundían al inventariar sus joyas y ya no sabían qué les pertenecía a ellos y qué a su cliente. Las órdenes y las contraórdenes se sucedían al antojo de sus caprichos.


Insaciable, siempre encontraba que no tenía suficientes alhajas, que no eran lo bastante buenas. Seguramente su aderezo más valioso era el de diamantes, pero poseía muchos otros, todos diferentes y a menudo de gran valor. Se componían de una diadema, un collar, un par de aros, una peineta y un cinturón. Tenía dos aderezos de rubíes, uno de esmeraldas, uno de ópalos, uno de zafiros, uno de turquesas y hasta uno de azabaches para los días de duelo. Junto a esas maravillas, poseía alhajas de coral o de esmalte por las que sentía particular predilección.


El divorcio no interrumpió el frenesí de compras de joyas y, a su muerte, debía aún más de doscientos mil francos a los principales joyeros de París: Friere, Lebrun, Nitot, Meller, Hollander y Pitaux. Cuando se repartieron las piezas entre sus hijos Eugenio y Hortensia, éstos se vieron obligados a venderlas y así desapareció lo que tal vez fuera la más maravillosa colección de joyas jamás formada por una soberana y de la que Napoleón decía, poco galantemente, que eran la compensación por los estragos de la edad.

En diciembre de 1809 Josefina vivió días de doloroso calvario. Ella, que había pasado la vida temiendo el divorcio, debía aceptarlo ahora. Durante la visita y agasajos a los soberanos alemanes invitados en ocasión de la firma del tratado de paz con Austria, mantuvo hasta el final una actitud de emperatriz reinante. En el salón del trono de las Tullerías, ante toda la familia imperial, los príncipes del Imperio, las damas de honor de la emperatriz y los grandes oficiales de la Corona, apenas pudo pronunciar las palabras del texto de su repudio dirigidas a Bonaparte, texto que terminó de leer Saint-Jean-d’Angély: “… al no conservar esperanza alguna de tener hijos que puedan satisfacer las necesidades de su política y el interés de Francia, me complazco en darle la mayor prueba de cariño y devoción que nunca se haya dado en este mundo (…) Creo agradecer todos sus sentimientos al consentir en la disolución de un matrimonio que ahora es un obstáculo para el bien de Francia…”

Con su muerte, en 1814, nació la leyenda de Josefina de Beauharnais, inventada pieza por pieza por algunos monárquicos deseosos de recuperar una popularidad que hubiese sido lamentable perder. La emperatriz, transfigurada por la pluma de los propagandistas, se convirtió en una especie de Mater Patriae, cuya bondad protegió a Francia de la ferocidad del corso. Era una figura refugio parecida a las Vírgenes medievales que cubrían a la cristiandad sufriente con su manto desplegado como las alas de un ave. Extraño destino el de Josefina que, después de ser elevada al más alto rango y luego fuera desposeída de él, reencontrara en la hora de su muerte todo el esplendor del que el divorcio la había despojado en parte. Había desaparecido en el momento apropiado, unánimemente celebrada por los sostenedores del Antiguo Régimen y por los hijos de la Revolución.