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martes, 24 de abril de 2012

El vestuario de Diana, Princesa de Gales

"La inspiración para esta venta maravillosa proviene de una sola persona... nuestro hijo William. "


Con estas palabras, Diana, Princesa de Gales, dio su bendición a un evento sin precedentes en el mundo de la realeza británica: una gran subasta de vestidos de cóctel y de noche ya usados por una princesa. Celebrada en Christie’s de Nueva York el 25 de junio de 1997 y titulada "Vestidos de la colección de Diana, Princesa de Gales", la subasta fue un encuentro de alto perfil con el cual recaudar fondos para determinadas organizaciones benéficas contra el cáncer y el SIDA en los Estados Unidos y el Reino Unido. La subasta se llevó a cabo sobre una base sin fines de lucro.



Diana eligió 79 de sus vestidos para la subasta, posando en varios de ellos para las fotografías de catálogos. Todos fueron confeccionados por diseñadores británicos, entre ellos Victor Edelstein, Hartnell, Zandra Rhodes, Bruce Oldfield, Sassoon Bellville y los Emanuels. Más de la mitad eran de la diseñadora favorita de la princesa, Catherine Walker. Sólo un vestido, diseñado por Cristina Stamboulian, no se hizo específicamente para Diana. El primer modelo databa de 1981, mientras que el más reciente fue hecho en 1996. La mayoría de los trajes elegidos reflejaba el período en la vida de Diana en que asistía a numerosos compromisos oficiales como la esposa del Príncipe de Gales.

La decisión de Diana de llevar a subasta su colección de vestidos para la caridad causó una sensación inmediata. El 25 de junio, en sólo dos horas y media, todos los vestidos se vendieron, recaudando más de $ 3.6 millones para la caridad. Las ofertas finales oscilaron entre un mínimo de 19.000 dólares a un récord máximo de US $ 225.000 para un vestido de Victor Edelstein. La oferta en este último caso causó entusiasmo considerable: era el vestido que la princesa llevó a una cena en la Casa Blanca en 1985 durante la cual bailó con el actor John Travolta. Irónicamente, el vestido batió el récord anteriormente en poder de la venta del traje blanco usado por Travolta en la película “Saturday Night Fever.”


La Princesa de Gales con los responsables de algunos de los diseños llevados por ella

A partir de esta subasta –y mucho más a raíz de su trágica desaparición física en agosto de ese año- se produjeron varias muestras de los trajes de Diana, sin duda, una de las mejores representantes de la elegancia anglosajona durante las últimas décadas del siglo XX, e incluso nuevas subastas. De hecho, el diseño de Víctor Eldestein con el que Diana bailó con John Travolta fue vendido en subasta el 24 de junio de 2011 en Toronto,Canadá, por algo más de 800.000 dólares.

La última de estas exposiciones ha tenido lugar con la reapertura al público del Palacio de Kensington, antigua residencia oficial de los reyes de Inglaterra, con el nombre ‘Diana: Destellos de una princesa moderna’, en la que se exhiben cinco vestidos de gala que pasaron a la historia por su estilo y por los momentos en los que fueron lucidos. Según los organizadores del certamen, la elección de los vestidos pretende ilustrar la evolución del estilo de Diana y el importante papel que la moda jugó en la creación de su imagen pública.





La prenda estrella de la última exhibición es la que Diana llevó en 1981 en la Royal Opera House durante la que fue su primera aparición pública tras su compromiso con el Príncipe de Gales: un modelo strapless, de tafeta negra, obra de David Emmanuel, diseñador que también se encargó de su vestido de novia.





Izquierda: Con este vestido estilo sari de seda y gasa fucsia y púrpura, diseño de Catherine Walker, acudió a una gala en Bangkok (1988). Derecha: Este vestido negro con cuello cabestro en crepé de seda Clerici negro (Catherine Walker) fue llevado por Diana en el Palacio de Versalles para la 'LaNuit Deuxiéme Internacional de L'enfrance' organizada por la UNESCO, en 1994. También fue usado durante la sesión de fotos hoy mundialmente famosa de Mario Testino para la edición 1997 de la revista Vanity Fair.




Este vestido de seda salvaje color lila, en suite con un bordado bolero de manga larga, fue diseñado para el viaje de Estado a la India en 1992 y es un reflejo de la profundidad de la investigación llevada a cabo por Catherine Walker antes de diseñar un vestido tan importante como éste. Sus mangas largas y otras características destacadas están en consonancia perfecta con las normas culturales indias. Bordado en la moda mogol, el corpiño es un tapiz de flores rosadas y blancas, lentejuelas en forma de estrella de color verde y oro, mostacillas de vidrio dorado y trenzas de oro, dando la apariencia de joyas incrustadas.





Izquierda: Este vestido de crepé negro, estilo Imperio, con bordados de strass en el top de manga corta inspirados en la tiara Spencer fue adquirido a Catherine Walker en 1992 para su visita de Estado a la India en compañía del Príncipe de Gales. Derecha: Con la simplicidad clásica y el glamour hollywoodense del “vestido Grace Kelly”, la Princesa eclipsó a las estrellas en el Festival de Cine de Cannes 1987. Es un Catherine Walker de gasa de seda azul hielo intrincadamente drapeado y escondido bajo un canesú cruzado. Una estola de gasa a juego da el toque final.





Con este Victor Edelstein majestuoso y formal Diana asistió al banquete de Estado ofrecido por el Presidente francés y Madame Mitterrand en L’Elysée en noviembre de 1988. Es un strapless en satén duchesse color marfil con bolero bordado con cuentas de oro contorneando claveles y hojas de perlas artificiales, strass y abalorios miniatura plata y blanco. La artesanía tomó 60 horas para completar los bordados, lo que, a un costo de alrededor de £ 55,000, lo hizo el vestido más caro que hubiera comprado hasta entonces.





Izquierda: Largo vestido de noche de satén Clerici color marfil de Catherine Walker, asimétrico, que la Princesa lució durante una visita oficial a Brasil en 1991.Se compone de flores bordadas de lentejuelas color rosa, canutillos blancos e hilo de oro cosido a mano sobre satén de color marfil. Derecha: Vestido y frac de terciopelo de Catherine Walker. Inspirado por la vestimenta masculina de principios del siglo XIX, este es un diseño de vestido strapless en terciopelo de seda color burdeos, que se lleva bajo un frac de terciopelo de seda Bouton Renaud bordado con flores y hojas en hilos de oro y perlas. Fue usado por Diana en el estreno de la película Steel Magnolies en 1990 y durante su visita de Estado a Corea en 1992.




Largo vestido de seda y terciopelo de Catherine Walker. Es un diseño con el corpiño de terciopelo negro bordeado de terciopelo carmesí, con escote cuadrado y una falda amplia de seda verde, negra y roja en un diseño de cuadros escoceses. Diana lució este vestido en Balmoral, Escocia y en Guildhall para apoyar el Royal Marsden Cancer Hospital Fund en 1991.





Un Catherine Walker de inspiración sarong en crepé de seda gris fue llevado por Diana en la sesión de fotos de Mario Testino para una edición de 1997 de la revista Vanity Fair. Este modelo de noche cuenta con un corpiño bordado con sutiles perlas simuladas y lentejuelas.



Otro Catherine Walker formal de crepé de seda color crema. Originalmente diseñado para ser usado en un banquete real en honor del rey y la reina de Malasia en 1993, este vestido también fue usado por Diana en la  sesión de fotos de Mario Testino para la revista Vanity Fair.





Este vestido fue diseñado por Catherine Walker y decorado totalmente en lentejuelas color verde profundo por Jacob Schaepfer. Tiene cuello en V, ligeramente fruncido en el frente y abierto hasta la rodilla. La princesa de Gales lo usó en una visita de Estado a Viena en 1986 y luego un estreno cinematográfico en 1993.




El vestido de Elvis (The Elvis gown). El apodo, utilizado por la propia princesa, es un guiño a Elvis y sus trajes de lentejuelas, pero la imagen es de pura elegancia regia. El vestido strapless de seda blanca está totalmente cubierto de perlas cultivadas y lentejuelas, haciendo juego con una chaqueta bolero con cuello alto y mangas cortas. Catherine Walker hizo este conjunto en 1989, para el viaje de los Gales a Hong Kong, pero terminó haciendo su debut en los British Fashion Awards antes de la partida. El destino original, sin embargo, sirvió de inspiración para el diseño: Walker dijo más tarde que las perlas se veían apropiadas para una visita a Asia. El bordado fue terminado por S. Lock Ltd.





Victor Edelstein encontró inspiración en los vestidos de noche eduardianos para crear este modelo que se haría célebre. Está confeccionado en seda y terciopelo azul medianoche, tiene mangas cortas caídas e intenso drapeado en el corpiño y la cadera. Diana lo usó por primera vez en su visita de Estado a Estados Unidos en 1985, para la cena de gala en la Casa Blanca. Esa noche la Princesa de Gales bailó con Clint Eastwood, Neil Diamond y –su pareja más famosa- John Travolta.



Vestido strapless de terciopelo negro cortado como un pastiche de un frac con bordes de seda grosgrain y con tres botones grandes de strass en el frente. Este vestido era un favorito de la Princesa de Gales; fue fotografiada a menudo con él durante el invierno de 1988/1989. Las líneas limpias y sofisticadas de este traje muestran cómo Diana se iba alejando de los diseños de volantes, casi infantiles, de los primeros años de su matrimonio. Victor Edelstein se convirtió en uno de los diseñadores favoritos de la princesa.


jueves, 8 de marzo de 2012

Boda real

Una boda real es la ceremonia del matrimonio de un miembro de una familia real. Las bodas de los príncipes –principalmente los herederos del trono- o los de los propios monarcas, son importantes ocasiones de Estado y atraen significativa atención nacional e internacional.

La Princesa Elizabeth y el Duque de Edimburgo en 1947

Cuando una boda es al mismo tiempo una fiesta familiar y un acontecimiento nacional, las monarquías de Europa, del Cercano y Lejano Oriente y de África envían sus representantes, monarquías que todavía perduran porque ayudan a conservar, con su influencia actual, atenuada y anodina, la unidad nacional. Un presidente de la República es encarnación del Estado; un soberano es encarnación del país. La boda del hijo del presidente es un asunto de familia; la boda del hijo del rey, especialmente la del príncipe heredero, es algo que concierne a una nación entera.


Varios príncipes herederos se han casado con plebeyas, diluyendo la sangre azul de la estirpe. La tendencia igualitaria ha incitado a los royals a actuar como burgueses, opacando esa aureola que sobrevivía del tiempo en que las monarquías deslumbraban. El Príncipe de Gales protagonizó la primera de las bodas de los herederos europeos al casarse con la malograda Lady Diana Spencer –por lo demás, la novia real con más sangre noble de todas las que vinieron después-. Puede decirse que, dado el papel que los medios de comunicación jugaron ese 29 de julio de 1981, hubo un antes y un después de la boda de Carlos y Diana. Fue para Gran Bretaña la ocasión de mostrar la fuerza del sistema monárquico. Lo que la familia real inglesa hizo ese día no hubieran podido hacerlo ni un gran jefe de Estado de un régimen presidencial, ni el más conciliador de los presidentes de un régimen parlamentario. Mientras duró esta fiesta deslumbrante, un ballet estudiado a la perfección, fotografiado y filmado para todo el mundo, la Inglaterra de los desocupados y de los manifestantes formó un todo con el país amante de las tradiciones y apegado a los antiguos privilegios.




Sin embargo, el desastre matrimonial de Carlos y Diana cambió el destino del resto de los herederos. Ninguno quiso un matrimonio dentro de las viejas reglas de la monarquía y todos apostaron por su libre albedrío, es decir, casarse por amor sin tener en cuenta el origen de su pareja. Desde Pavlos de Grecia –heredero en el exilio- con Marie-Chantal Miller en 1995, hasta Alberto II de Mónaco con Charlene Wittstock en 2011, las novias reales no pertenecen a la realeza. En 1999, Felipe de Bélgica se casó con la pedagoga Matilde d’Udekorn, quien, por su parte, pertenece a la nobleza no titulada de Bélgica (jonkheer) por vía paterna y su madre es la condesa polaca Anna Maria Komorowska. Por lo tanto la Duquesa De Brabante es actualmente una de las dos princesas herederas consortes de una casa reinante europea con ascendencia noble. La otra es la princesa consorte de Liechtenstein, Sofía, hija del Príncipe Max-Emanuel de Baviera y de la Condesa sueca Elisabeth Christina Douglas. Su padre había añadido en 1973 el tratamiento de Duque en Baviera, por un primo suyo que había hecho lo mismo años antes y desde entonces había sido llamada Duquesa Sofía en Baviera. A partir de su casamiento con Alois de Liechtenstein recibe el tratamiento de Su Alteza Serenísima, La Princesa Heredera de Liechtenstein, Condesa de Rietberg.


Los Duques de Brabante protagonizaron la última boda real del siglo XX


Códigos de vestimenta


En las celebraciones inglesas exigen que las mujeres invitadas a una boda real cubran su cabeza con sombreros, según la tradición de la iglesia griega ortodoxa o la iglesia anglicana. A partir de ello se toman las precauciones necesarias para usar cubrecabezas discretos, pues no es idea convertir la ocasión en un nuevo Royal Ascot. Pero ahora ha nacido un nuevo accesorio que bien puede sustituir al sombrero tradicional; el tocado o fascinator -hechos con plumas, flores o encaje- una tendencia completamente inglesa.


Para una boda de día, las mujeres deben ir de corto (hasta la rodilla o un poco por debajo de ella) y, como se ha dicho, con sombrero o pamela. No es casualidad que las soberanas nunca coincidan en el color de sus trajes; detrás hay una labor entre secretarías. Éstas se encargan de averiguar, discretamente, los tonos elegidos por cada Casa Real para evitar momentos incómodos.


Cuando la ceremonia se celebra de tarde, como es común en las bodas nórdicas (Noruega, Dinamarca, Suecia), es de rigor vestir de alta gala, es decir, con vestido largo, la cabeza descubierta y el pelo retirado del rostro. Generalmente los complementos estrella son las tiaras, deslumbrantes obras de arte que destacan en los tocados femeninos. Los caballeros lucen frac o uniforme militar y guantes blancos. Las bandas y medallas de las órdenes dinásticas se despliegan tanto en damas como en caballeros.





Los vestidos de novia han sido creaciones únicas, oscilando de los más recatados a los escotados, de los de buen gusto a los más fantasiosos. Como corresponde a una boda real, no deben ser strapless ni de excesivo escote. De hecho, algunos pocos han tenido escote tan alto y tan austeros que se parecían más a hábitos monjiles (como el de la Princesa Real Ana de Inglaterra), si no fuera por las fantásticas tiaras que coronaban los conjuntos. Luego hubo un par, como el de Gloria, Princesa von Thurn und Taxis, y el de Clotilde, Princesa de Saboya, cuyos atuendos nupciales fueron diseñados para ocultar sus embarazos (definitivamente, no monjiles).

Habitualmente las princesas consortes recurren patrióticamente a firmas de moda de su propio país para el diseño del traje nupcial. Letizia, Princesa de Austrias, usó un vestido del español Manuel Pertegaz; Mathilde, Duquesa de Brabante, uno del belga Edouard Vermeulen; Masako de Japón, un modelo de Hanae Mori; Mary de Dinamarca, uno del danés Uffe Frank; Mette-Marit de Noruega, uno del noruego Harder Finseth; Victoria de Suecia fue con un vestido del sueco Par Engsheden. Grace Kelly recurrió a la diseñadora de la MGM Helen Rose para el que muchos consideran el más bello de los vestidos de novia. Por su parte, las novias británicas siempre han favorecido a los modistas británicos. La Princesa Elizabeth –luego reina- y su hermana la Princesa Margarita recurrieron a Norman Hartnell. Lady Diana Spencer eligió a David y Elizabeth Emmanuel para su controversial pero icónico traje, mientras que Sarah Ferguson usó un modelo de Lindka Cierach. Catherine Middleton, cuando contrajo matrimonio con el Príncipe William, tercero en línea de sucesión al trono británico, fue con un diseño de Sarah Burton, para Alexander McQueen.





Hay excepciones. El italiano Valentino creó el traje de la Princesa Máxima de los Países Bajos y de Marie-Chantal, Princesa Heredera de los Helenos; el inglés Bruce Oldfield fue el responsable del vestido bordado en oro de Rania de Jordania y el también italiano Giorgio Armani diseñó tanto el modelo como el ramo nupcial de Charlene, Princesa consorte de Mónaco.


Casos reales


Las bodas de miembros de la realeza, con el paso de los años y las circunstancias históricas, han revestido características diferentes, como en estos ejemplos que he recogido.


1895


Greg King, en su libro The Last Empress, relata vívidamente la boda de Alix de Hesse, nieta por vía materna de la Reina Victoria, con el zar Nicolás II de Rusia. La ceremonia tuvo lugar el frío 26 de noviembre de 1895, en el Palacio de Invierno de San Petersburgo, una semana después del funeral del zar Alejandro III.


“Finalmente aparecieron Alejandra y Nicolás. Caminaban tomados del brazo, siguiendo la larga cinta de la alfombra carmesí que pasaba de una sala a otra; atravesando los pisos de parquet, de mármol y de madreperla; bajo los techos de estuco, los cuadros y los dorados; a través de las cámaras con sus columnas de mármol, malaquita y jaspe, de perfume en perfume –rosas en vasos de porcelana, orquídeas y lirios del valle, todo esto enviado a través de la nieve y traído de Crimea en tren-. Formaron una procesión que se extendía a largo de cuatrocientos metros y atravesaba las salas atestadas de oficiales uniformados y damas cubiertas de diamantes. Los soldados de los regimientos de la guardia desenfundaban los sables y saludaban al paso de la procesión: cosacos con chaquetas escarlatas y doradas, húsares vestidos de rojo, lanceros de azul. Detrás de Alejandra y Nicolás marchaban los padrinos de boda, los Grandes Duques Jorge y Miguel, los hermanos del zar; su tío, el Gran Duque Sergio y su primo Cirilo. Venían después las madrinas, con los blancos vestidos de corte, los velos largos y las colas de terciopelo carmesí. La procesión necesitó casi media hora para pasar frente a los tres mil invitados que esperaban en los salones y para llegar a las puertas lustradas de la capilla…”


“... Esperando, con las relucientes estolas de plata y las capas pluviales y mitras salpicadas de diamantes, los ancianos sacerdotes de cabellos blancos esperaban en el umbral (…) Alejandra y Nicolás avanzaron a lo largo de la capilla blanca y dorada, sonriendo a los miembros de la familia y los amigos que ocupaban el lugar. Paso a paso Alejandra se adelantó, la cara casi oculta bajo los velos que descendían de los diamantes distribuidos sobre su cabeza, la cola y los vestidos descendiendo en una sucesión de capas de gasa de plata y brocado, las joyas resplandeciendo con cada movimiento, con cada giro, mientras ella flotaba sobre la alfombra roja y las armonías gloriosas de los coros resonaban en el salón (…) Unos pasos más y ella y Nicolás ya estaban sobre el estrado, bajo la cúpula, flanqueados por enormes canteros de orquídeas y lirios, rodeados por los miembros de la familia, frente al iconostasis, el altar recamado de joyas, que relucía en la semipenumbra de las lámparas votivas.”

“Un sacerdote entregó cirios encendidos a Alejandra y Nicolás y después presentó una bandeja de plata, sobre la cual descansaban las dos alianzas. Lentamente, el anciano metropolitano de San Petersburgo trazó el signo de la cruz sobre ellos y anunció: ‘La servidora de Dios Alejandra se compromete con el servidor de Dios Nicolás’. Los dos prometidos intercambiaron tres veces los anillos, como signo de reconocimiento de la Santa Trinidad, mientras los sacerdotes cantaban y balanceaban los incensarios dorados. Una vez intercambiadas las alianzas, Alejandra y Nicolás se arrodillaron, mientras el coro entonaba el Salmo 77, extraña y sombría elección tratándose de una boda”.


“(…) Tomados de la mano, Alejandra y Nicolás rodearon tres veces el altar y después se arrodillaron a rezar. Cuando se reincorporaron, besaron una cruz de oro y un icono y poco después de la una de la tarde Alejandra se convirtió en Su Majestad Imperial, la Emperatriz Consorte de Rusia”.


1937


En el Castillo de Candé, todo estaba listo. Había grandes floreros con peonías blancas y rosadas a los lados de la mesa nupcial y cuatro sillas delante de ella: para la novia, el novio, Herman Rogers, vocero ante la prensa y el Mayor Edward “Fruity” Metcalfe, el padrino. En otra mesa había más flores y una serie de banderas norteamericanas… una gran chimenea de piedra y una tercera mesa junto a la ventana mostraban otro despliegue de flores… En aquel cuarto inundado por la luz del sol había un total de dieciséis invitados. Sin duda, una extraña boda para un hombre que, sólo seis meses antes, había sido el rey de Inglaterra y emperador de la India, soberano de 500.000 personas que vivían sobre 20.000.000 km2 del mundo.


Primero tuvo lugar la ceremonia civil efectuada por el cohibido alcalde de Monts, quien no dejó de ajustar nerviosamente su fajín rojo, blanco y azul, con sus borlas doradas. Leyó la breve fórmula, informó a la novia que debía obedecer a su marido y dijo al novio que debía mantener a su esposa. Ambos dijeron “Oui” y luego firmaron el Registro de Matrimonios y el correspondiente registro británico. El duque se frotaba el mentón pensativamente, luego cruzaba y descruzaba los dedos a su espalda, con los ojos brillantes de excitación.


Marcel Dupré, el destacado organista francés, ejecutaba piezas de Bach y Schumann y una fuga de la que era autor. Luego inició una marcha del oratorio de Haendel Judas Macabeo y el duque y su padrino se dirigieron al altar. Dos minutos más tarde, Dupré tocó una marcha nupcial que había compuesto y entró Wallis del brazo de Herman Rogers. Resultaba apropiado que fuese él quien entregara a la novia; después de todo, durante largo tiempo había sido el responsable de ella.

El vestido de Wallis rozaba el suelo. Era un Mainbocher de crespón de seda de un color intermedio entre un azul suave y un tono pastel. “Lo llamé el azul Wallis, un tono de color que nunca mostré a nadie”, recordaría el diseñador más tarde. Estaba hecho como un traje de dos piezas, con una falda larga y sencilla. La línea era simple, casi severa, de cuello alto. Su “algo viejo” era un trozo de encaje antiguo cosido a su ropa interior; “algo nuevo” era una moneda de oro acuñada para la coronación del rey Eduardo VIII, con su perfil, colocada en el tacón de su zapato; “algo prestado” era un pañuelo de la tía Bessie y “algo azul”, su traje de novia.




Junto al improvisado altar rodeado de flores, que tenía una sencilla cruz de oro facilitada por una iglesia protestante cercana, había dos cojines blancos sobre los que la pareja se arrodilló. El reverendo Jardine leyó la liturgia con voz fuerte. El duque, con su chaqué y sus pantalones a rayas, parecía sentirse totalmente relajado; se veía muy joven e increíblemente feliz. Llegado el momento, respondió: “Sí, quiero” con una voz tan alta y aguda que perturbó la quietud que reinaba en la habitación. En contraste la voz de Wallis pareció muy baja cuando prometió “obedecer, amar, honrar y servir” al duque. Jardine entonces pidió a los presentes que rezaran al Todopoderoso para que “bendijera a este hombre y esta mujer” y agregó su propia oración: “Que permanezcan siempre juntos en perfecta paz y amor”.


2010


Victoria de Suecia, la única mujer entre los actuales futuros reyes de Europa, contrajo matrimonio en 2010 con el plebeyo Daniel Westling y la ceremonia de su boda tuvo la particularidad, destacada entre el resto de los acontecimientos de ese tipo, que parte de la procesión nupcial se hizo en barca.

La ceremonia religiosa en la Catedral de Estocolmo fue emotiva. Una vez se encontraron los novios ante el altar, en donde reposaban como es tradición dos coronas reales en sendos almohadones de terciopelo azul (a tono con el resto de la tapicería del templo), se tomaron de la mano, que mantuvieron en todo momento entrelazadas y se prodigaron en el transcurso de la ceremonia continuas miradas de complicidad. Las de ella, más relajada y emotiva, acompañadas por una tímida sonrisa; las de él siempre comedidas durante el servicio religioso. El rito del intercambio de los votos y los anillos estuvo a la altura de las más románticas expectativas. A Daniel se le ahogó la voz al pronunciar su promesa de amor eterno a una emocionada Victoria de Suecia y cuando la princesa hizo lo propio y prometió amarle hasta que la muerte les separara, Daniel bajó la guardia de la contención y se enjugó una lágrima. La princesa Victoria besó emocionada la mano de él y bajó rápidamente la mirada para no llorar también. No fueron las únicas lágrimas de la ceremonia.


A la salida de la Catedral no se lanzaron ni confeti ni globos, ni hubo después fuegos artificiales, atendiendo el deseo de los novios y por motivos medioambientales. Tras el beso de rigor a la salida del templo a petición del público, Victoria y Daniel se montaron en su carroza de 1900 y, acompañados por un cortejo de ochenta caballos, hicieron un recorrido de casi siete kilómetros por el centro de Estocolmo, en cuyas calles recibieron el calor de unas 500.000 personas. Más de 6,000 soldados participaron en el desfile en honor de los novios, mientras unos 2,500 policías velaban por la seguridad, aunque no se registraron incidentes. Treinta bandas musicales, diecinueve de las cuales eran militares, amenizaron el trayecto.

Los príncipes se embarcaron entonces en la Vasaorden para hacer la última parte de la procesión. La Barcaza Real Vasaorden ha navegado desde su construcción por fechas claves y acontecimientos señalados de los Bernadotte. Se echó a la mar también el 19 de junio de 1976, siendo testigo del amor de los novios de Suecia de entonces: el rey Carlos Gustavo y su reina consorte, Silvia, se trasladaron en ella desde la isla de Skeppsholmen a Logård Steps en Skeppsbron. Cadetes de la escuela naval remaban la barcaza, mientras buques de guerra suecos y extranjeros atestaban la bahía de Estocolmo ondeando alto sus banderas. Durante la segunda parte del viaje, la Fuerza Aérea sueca tomó parte en las celebraciones con un espectáculo a 400 metros de altura sobre la barcaza entre Skeppsholmen y el Palacio Real. Tres unidades volaron en formación con ocho aviones por unidad, formando un corazón.

Las mismas características tuvo la procesión acuática treinta y cuatro años después. Hasta 18 aviones de combate cruzaron el cielo mientras la Vasaorden se acercaba a su lugar de desembarco en el Palacio Real. En las escaleras los esperaban los invitados al banquete y, detrás de las vallas, miles de suecos y turistas que estallaron en júbilo con la llegada de la pareja, homenajeada luego por un coro formado por 300 voces de nueve agrupaciones. Luego los invitados se dirigieron al interior del palacio, en cuya renovada Sala de Estado dio comienzo el banquete nupcial que se prolongó hasta la medianoche.




miércoles, 20 de julio de 2011

Automóviles de la Familia Real británica

La Familia Real británica tiene una larga historia de limusinas hechas a medida que se remonta a los modelos Daimler del rey Edward VII. En ocasiones de Estado, Elizabeth II usualmente viaja en uno de las dos tradicionales limusinas oficiales Bentley.





La Limusina Bentley es un vehículo de Estado creado para la Reina por la antedicha firma automotriz con ocasión de su Jubileo de Oro, en 2002. Este vehículo ha sido modificado de la versión R del Bentley Arnage, con una velocidad máxima de 130 mph (210 km/h). Es tres pies (91.44 cm) más largo que un Bentley Arnage estándar, 10 pulgadas (254 mm) más alto y 6 pulgadas (152.4 mm) más ancho. Está equipado con anchas puertas de apertura inversa (coach doors) que abren en la parte trasera casi 90 grados.



El interior del Bentley


Los fabricantes textiles Hield Brothers produjeron la tela de lana satinada utilizada para la tapicería de los asientos traseros. El coche también tiene una cubierta extraíble para el acristalamiento posterior con el fin de permitir una mayor visibilidad cuando el ocupante esté asistiendo a un evento público o una mayor privacidad cuando sea necesario.


Solo dos de estos vehículos fueron construidos, haciéndolo más raro aún que el Rolls-Royce Phantom IV -de los cuales fueron construidos solo dieciocho-.


El Bentley es usado solo en compromisos oficiales y siempre es escoltado por una selección de vehículos –identificados y no- del Royal Protection Squad, coches de la policía local y escoltas motorizados. La Reina también lo usa para ir a la iglesia cuando se encuentra en Balmoral y en Sandringham House. Al contrario que el presidente norteamericano, Elizabeth II no usa este automóvil cuando viaja al extranjero, prefiriendo utilizar cualquiera de los que son proveídos por sus anfitriones.


Su Majestad despide en Buckingham a un invitado oficial


Como todos los automóviles oficiales británicos, el Bentley tiene un montaje sobre el techo para un escudo iluminado y un gallardete, el cual puede ser insertado desde el interior del vehículo. Ambos usualmente muestran el Estandarte Real, aunque pueden ser usados otros símbolos en ocasiones de Estado. Cuando la Reina está a bordo, el ornamento del radiador de Bentley, el “Flying B”, es reemplazado por la mascota personal de Su Majestad, San Jorge imponiéndose el dragón.


En enero de 2009 fue anunciado que ambos modelos Bentley serían convertidos para funcionar con biocombustibles.



El emblema personal de la Reina en el radiador del Bentley


Otros vehículos de Estado


Las Royal Mews contienen un raro Rolls-Royce Phantom IV, que fue adquirido por la entonces Princesa Elizabeth en 1950 y que se convirtió en un vehículo oficial cuando ascendió al trono como Elizabeth II en 1952. Hay también dos modelos Rolls-Royce Phantom VI, incluyendo el automóvil del Jubileo de Plata o Silver Jubilee Car, con el techo agrandado para un realce de la visibilidad, que fue un obsequio de la industria automotriz británica en 1977 y un modelo estándar de 1987. La flota es completada por tres limusinas Daimler DS420 -una de las cuales fue propiedad de la Reina Elizabeth, Reina Madre, hasta su muerte en 2002-, las cuales son utilizadas como vehículos de apoyo.


El RR Phantom V de la Reina Madre, entregado en 1962, lleva el emblema 'Britannia' sobre el radiador.


Los vehículos oficiales son usados algunas veces cuando la Reina viaja fuera del país y también están disponibles para Jefes de Estado en visita oficial al Reino Unido, así como para otros miembros de la familia real cuando se hallan en representación de la Corona. Bajo la ley británica, los coches oficiales del monarca no poseen matrícula registrada (con excepción de los tres modelos Daimler, que sí las tienen), pero sí son matriculados los vehículos que la soberana y su familia reservan para su uso personal.


Un Rolls-Royce Phantom V retirado, que fuera propiedad de la Reina y de la Reina Madre hasta 2002, puede ser observado en el garaje construido para tal propósito a bordo del antiguo Yate Real Britannia, en Edimburgo. Asimismo, otro vehículo oficial (generalmente un modelo Phantom IV, raramente usado) está en exposición en las Royal Mews de Buckingham Palace.

El emblema personal de la Reina Madre: 'Britannia' sobre un globo terráqueo, el cual fue creado originalmente para los Daimlers del rey George V.


Carlos, Príncipe de Gales, utiliza unos Bentley Turbo R, Range Rover, Jaguar XJ o Audi A6 blindados. En ocasiones oficiales, a menudo es visto en el Silver Jubilee Car, el cual perdió su designación de "Number One State Car" (el vehículo más frecuentemente usado por la Reina) luego de la entrega de las limusinas Bentley. La noche del 9 de diciembre de 2010, el automóvil fue atacado por protestantes estudiantiles cuando conducía al Príncipe de Gales y la Duquesa de Cornwall al Royal Variety Performance. La pareja no resultó herida, pero el automóvil, que no estaba blindado, fue salpicado con pintura y una de las ventanas laterales fue rota.


El Duque de York usa un Bentley Arnage 2008 con una placa de matrícula personalizada donde aparecen las letras “DOY” (Duke Of York).



El Rolls-Royce Phantom VI en una visita de Estado de los Reyes de Noruega


Vehículos personales de la Familia Real


En ocasiones no oficiales, la Reina usualmente es conducida en un Jaguar XJ blindado, similar al usado por el Primer Ministro, que es escoltado por los mismos vehículos, como un automóvil oficial. La Reina utiliza ocasionalmente un Range Rover, particularmente para visitas a áreas rurales y a eventos como shows en los condados del interior. Cuando se encuentra en Balmoral o Sandringham, gusta ponerse al volante de un Land Rover Defender. El Duque de Edimburgo es propietario de un Land Rover Discovery y un Metrocab, que él utiliza para visitas alrededor de Londres central.



El Jaguar XJ de la Reina


Otros miembros de la familia utilizan habitualmente modelos Audi A6 o Range Rover. La Princesa Real es propietaria de un Bentley Continental Flying Spur, que usa tanto en compromisos privados como oficiales. El Príncipe de Gales tiene también un Aston Martin V8 convertido para funcionar con biocombustible hecho a partir de excedentes de vino blanco local. Sus Jaguar, Audi y Range Rover utilizan biodiesel hecho de aceite de cocina reciclado.

sábado, 28 de agosto de 2010

Diana, Princesa de Gales

La camarera del palacio de Kensington puede enorgullecerse de haber conocido, como pocos, la vida, intimidad y, principalmente, el gusto de Diana, Princesa de Gales. Su vestuario, controlado por un programa de computadora, tal vez sea el mejor retrato de esa mujer que hizo historia, lanzó modas y definió tendencias en una de las capitales más elegantes del planeta. Diana combinó estilo con comportamiento y fue mudando su ropa a medida que abandonaba el papel de esposa dedicada de los ’80 para transformarse, a fines de los ’90, en militante de causas humanitarias. Impecable pero casual visitó, en agosto de 1997, los campos minados de Bosnia, vistiendo un conjunto básico de pantalones jeans negros y camisa de algodón rosa, firmado por Giorgio Armani. Poco recordaba a la tímida profesora de primaria que a fines de los ’70 llevaba cuellos altos y vestidos llenos de volados.

“Diana fue un fashion-icon y para nosotros, los ingleses, significaba un soplo de glamour, charme y elegancia dentro de una familia real que necesitaba desesperadamente de eso”, analiza Mimi Spencer, columnista londinense especializada en moda y que, británicamente, evita mencionar los vestidos de la Reina y los sombreros de la Reina madre. “Comenzamos a sentir orgullo de una princesa que era admirada, respetada y copiada en Francia, en Estados Unidos y en todo el mundo”.




Más o menos rebuscado, casual o de gala, el estilo Di se volvió casi una religión para millones de mujeres alrededor del planeta. En el Reino Unido, por ejemplo, cualquier cambio en el largo de sus cabellos motivaba una corrida a los estilistas, que rápidamente asimilaban el nuevo estilo como un modelo de buen gusto. No siempre lo era, pero, ¿a quién le importaba? Dueña de un carisma sin medida, Diana siempre robaba la escena. En junio de 1994, mientras el Príncipe Carlos asumía en la televisión que había traicionado a su mujer, ella apareció en una fiesta de la Serpentine Gallery, en Hyde Park, con un impactante vestido corto y escotado de Christina Stambolian, que dejaba sus hombros y piernas al descubierto y era una oda a la sensualidad. Delgada, alta y totalmente magnética frente a las cámaras, la princesa parecía impecable hasta cuando huía de los paparazzi al salir de la academia de gimnasia de Earl’s Court, vistiendo un ajustado short negro marca Nike y un suéter de la Universidad de Harvard. El conjunto, naturalmente, se volvió un modelo de uniforme para las adeptas al aerobismo.


Con una interminable agenda de compromisos oficiales para cumplir, la princesa poseía una de las mayores colecciones de vestidos del mundo; parte de ellos fue disputado, en junio de 1997, en una subasta en Christie’s de Nueva York y sus beneficios fueron destinados a obras de caridad. En los inicios de su vida como princesa de Gales, la inglesa Catherine Walker se convirtió en su diseñadora preferida. Las prendas de noche tenían vuelo, eran vaporosas, en telas ricas en bordados y pedrerías. Los escotes, siempre presentes, se podían definir como bien comportados. El denominador común: imprimir distinción en todo acontecimiento público con una imagen de princesa de cuento de hadas.

En los años ’90, separada del príncipe de Gales, quiso desprenderse de la imagen de mujer recatada que resultó traicionada y cambió volados y pedrería por escotes osados y diseños ajustados al cuerpo que revelaban su sensualidad. Entraron en su guardarropa Valentino, Jacques Azagury y Gina Fratini. El italiano Gianni Versace se convirtió en su amigo y también en proveedor de ropa tanto para cenas de gala como para visitas a hospitales y centros de caridad. Cuando presentó su primera colección para Casa Dior, el talentoso diseñador inglés John Galliano también mereció el privilegio de vestir su silueta elegante. Dior retribuyó su preferencia bautizando una cartera de mano de cuero, de formato cuadrado y asas cortas, con el nombre de “Lady Di”, lo que la transformó en uno de los diseños más codiciados y fila de espera para adquirirla, pese a su elevado precio de 2.000 dólares.

Para las casas de moda y los diseñadores, vestir a la Princesa de Gales fue siempre una certeza de éxito en los negocios antes de las liquidaciones. Ella tenía plena conciencia de ello y, casi con la misma dedicación que dedicó a los proyectos de caridad, dio prestigio a un considerable elenco de diseñadores ingleses: Bruce Oldfield y Catherine Walker, sus preferidos, Víctor Edelstein, Belville Sassoon y los hermanos Emanuel, responsables de su célebre vestido de novia.

Diana fue el primer miembro de la familia real británica en no considerar subconscientemente a sus diseñadores como “comerciantes”. Siempre estaba preparada para dar relieve a la cena de gala ofrecida a los compradores extranjeros en el Fishmonger’s Livery Hall por el Consejo Británico de la Moda, o a la gala en beneficio de Barnardo organizada por Bruce Oldfield en el hotel Grosvenor House. Al mismo tiempo, hizo dos contribuciones menos concretas: sostener la posición de Londres como la cuarta capital de la moda, proporcionando un foco global para la moda británica, con fotografías y explicaciones sobre sus diseñadores que aparecían incesantemente en publicaciones desde Nueva York a Tokio y desde Vancouver a Riyadh; y ayudar a crear un clima de conciencia de la moda en las principales calles británicas.

En los ’70, las noticias sobre la moda aparecían en los periódicos sólo una vez a la semana, en las páginas dedicadas a la mujer. Diana elevó la temperatura del país a tal grado que ningún director de diario podía dormir tranquilo si no publicaba una fotografía a cuatro columnas de su último vestido de noche con profundo escote en la espalda. Y el apoyo de la princesa a determinados diseñadores promovía la venta de vestidos porque, en contraste con Estados Unidos, era la única mujer de Gran Bretaña que vestía un amplio repertorio de prendas.

Se escribió tanto sobre los nuevos vestidos de la princesa y de su romántica transformación, de maestra de jardín de infancia a embajadora de la moda británica, que resultaba fácil olvidarse de las implicaciones comerciales locales. Los periódicos ingleses escrutaban las nuevas prendas de Diana con una fascinación reservada únicamente a la guerra: el nuevo diseñador, héroe del frente; el repentino e inesperado revés en la fortuna de algún modista; la retirada estratégica de la línea del dobladillo. Y, con todo, se preocupaban por los precios de las nuevas prendas. Si se le vendía con descuento un traje de noche (lo que ocurría con frecuencia), entonces se producían muestras de descontento por la desigualdad de oportunidades. Cuando pagaba el total del precio marcado, Inglaterra se sentía perpleja por el costo y se preguntaba angustiada si en realidad necesitaba tantos vestidos.

Cuando se realizó el viaje a Italia del Príncipe y la Princesa de Gales en 1985, el londinense Daily Star lo anticipaba de esta forma: “LA EXCURSIÓN DE CIEN MIL LIBRAS DE DIANA. LA PRINCESA HA ADQUIRIDO SETENTA Y CINCO NUEVOS VESTIDOS PARA DESLUMBRAR A LOS ITALIANOS”. Pero terminaba la nota diciendo: “Bellísima… es la única palabra para describir a la radiante Princesa Diana”.

Pero bellísima no era la palabra que la prensa norteamericana elegía con más frecuencia. La relación entre los periodistas de modas neoyorquinos y el vestuario de Diana era tan compleja que sólo un psicoanalista especializado en el desarrollo de productos podría llegar a desentrañarla. Por un lado alababan sin cesar a la princesa por su buen gusto (“sólo la Princesa Diana podría llevar un sencillo suéter de Edina Ronay y conseguir que la luz de los focos se apartara del príncipe, en el campo de polo, para enfocarla a ella”, Detroit Free Press). Luego la vapuleaban por sus errores, como W, en su suplemento sobre las víctimas de la moda de 1985: “Extrajo a antiguos favoritos, como Emanuel, de la división de prendas olvidadas para hacerlos resurgir como los peores conjuntos del viaje italiano; una tiesa chaqueta de cuadros verde esmeralda con el atractivo de una manta de caballo. La bufonada se completó con el añadido de un amplio y amorfo sombrero esmeralda”.

Los diez años de matrimonio de hecho la princesa permaneció leal a los productos ingleses, al menos en público. En privado vestía algún Ralph Lauren, adquirido en la tienda de New Bond Street y unos pocos jerseys de Armani. Los lugares relativos dentro de los doce favoritos de Diana dependían en grado sumo de los diseñadores rivales. El vestuario real para los viajes a Australia y Canadá en 1984 presentó una diferencia con las tendencias de la princesa de seis años después. El viaje australiano duró el bíblico número de cuarenta días y cuarenta noches. El recorrido por Canadá fue más corto, sólo duró dieciocho días. En conjunto, Diana tuvo actos oficiales durante cuarenta y siete de aquellos días y cuarenta y tres de las noches y vistió un total de ochenta y dos conjuntos.

Después de tres meses de compras y de pruebas con varios de los nombres que eran nuevos para ella, se empaquetaron prendas de diecinueve diseñadores (desde seis piezas de Donald Campbell a una sola de Emanuel, pasando por The Chelsea Design Co., Jacques Azagury, Jasper Conran o Haachi) dentro de los noventa baúles monogramados que se cargaron a bordo del Boeing 707 de la RAF con destino a Woomargarma. Allí había también veintisiete sombreros de John Boyd, un par de blusas de Oscar de la Renta (única prenda de un diseñador extranjero que usó en un viaje oficial), además de zapatos de Blahnik y Rayne. El amplio alcance y el gran número de diseñadores a quienes Diana concedió su confianza eran prueba de su creciente familiaridad con la reducida condición de la moda británica. Aunque hubiera sido más conveniente que se restringiera a tres o cuatro diseñadores (igual que sus mayores en la familia real hacían con Hardy Amies y Norman Hartnell), en lugar de rastrear por todas partes e ir por ahí explicando lo que deseaba.

Cinco años más tarde, la princesa solicitaba menos consejo a los expertos (Anna Harvey, directora del Vogue británico, fue en gran medida quien creó el estilo de la Princesa de Gales). Se sentía a gusto en compañía de los diseñadores y había reducido su repertorio: Edelstein, Oldfield, Jasper Conran, Catherine Walker y Edna Ronay. Según David Sassoon, “al principio, ella revivió el romanticismo, luego optó por una moda más audaz; ahora ha regresado al romanticismo. Ha dado un giro total en seis años”.


Ha lucido desde las faldas anchas hasta las ceñidas, ha experimentado con todos los colores (según la etiqueta, tenía que llevar colores vivos para resaltar en medio de la multitud pero lo hacía con estampados hasta encontrar los tonos enteros que luego la favorecieron), pero sus telas favoritas eran el terciopelo, el tafetán y el satén. Según Victor Edelstein: “La Princesa de Gales ha optado por la silueta Y, que le sienta de maravilla”, dijo refiriéndose a sus trajes de hombros amplios y faldas estructuradas y angostas.
“La belleza y la juventud de la princesa son tan fuertes que no necesita adornos artificiales –concluía el diseñador norteamericano Bill Blass en 1988-. Su imagen nocturna es buena porque tiene la ventaja de poseer grandes joyas y de poder lucir vestidos sin tirantes”. Arnold Scaasi, otro norteamericano, coincidía que “…es muy joven y bonita, pero también posee una cualidad que resulta… muy aristocrática. ¿Es esa la palabra? Creo que Jackie Onassis tenía esa cualidad. Resulta muy bonita, pero hay en ella una cierta elegancia y porte que la hace muy señorial. Esa cualidad es un don.”
Diana adoraba los colores vivos. Usaba el rojo, el rosa oscuro o el azul cielo para descollar en medio de la multitud y eran agradables a la vista. El azul lo utilizaba para dar realce a sus ojos. Los tonos pálidos y el blanco los llevaba a menudo como contraste a su cabello rubio y su cutis de rosa. El negro lo reservaba para la noche y lo acompañaba con brillantes joyas. Para las cenas oficiales lucía los opulentos aderezos que le regalaba la Reina o el príncipe de Gales, pero a veces rompía todos los moldes variando la forma de usarlas. No era raro verla con un diseño de noche y un collar de perlas anudado sobre la espalda desnuda. En otras ocasiones daba vueltas a sus gargantillas y las convertía en brazaletes o colocaba un choker en la frente, a modo de bandana india. Muchos de sus trajes de noche dejaban un hombro al desnudo y eran creados especialmente para ella por el japonés Haachi. Llevaba también muchos trajes de dos tonos para verse menos alta.

Desde 1983 fue integrada en el Hall of Fame de las mujeres más elegantes del mundo. Pero había tanteado paso a paso su camino. En sus dos últimos años, cansada de ser perseguida por la prensa, parecía estar decidida a relajarse. Tuvo una etapa étnica, con trajes de estilo paquistaní. Eligió excepcionales trajes de chaqueta de Versace, Tomasz Starzewksi o Catherine Walker que ceñían su silueta, sutilmente insinuantes y acentuaban su porte distinguido. No perdía oportunidad de exhibir sus bien torneadas piernas o sus magníficos hombros; otra cosa que manejaba a la perfección era el arte de llevar los pequeños bolsos de mano, que elegía en lugar de los bolsos colgados del hombro para no estropear el look de su vestido. Jasper Conran, Lacroix, Chanel y nuevamente Versace elegía para los trajes de noche. Moschino era otro de sus favoritos. Sus reales pies preferían las etiquetas de Charles Jourdan y Manolo Blahnik, a las que solía añadir la de Christian Dior en las medias, que usaba en estudiada armonía (como todo lo demás) con el resto del vestuario. Su imagen, pese a ser cara, había puesto a la corona “en órbita”.

En sus vacaciones de verano en Saint Tropez combinó la alegría con la modernidad, aunque con ropa sofisticada de marca. Se vistió de playa con mallas enterizas bicolores y estrenó un modelo estampado atigrado. Con el pretexto de huir de los paparazzi usó anteojos oscuros de Versace. Paseaba de bermudas blancos, camisa y bolso de mano de Louis Vuitton. Vestía lo básico, pero parecía preparada para protagonizar un reportaje de primera página.


Cedió al asedio de las más célebres revistas de moda, como Vogue, Harper’s Bazaar y Vanity Fair, y posó como una top model real para los fotógrafos Patrick Demarchelier y Mario Testino. “Diana se convirtió en mi modelo preferida. La primera vez que la vi, quedé impresionado con la forma en que ella irradiaba su belleza”, así la elogia Demarchelier, que la vistió de Versace y Catherine Walker. Ya que no podía escaparse de los medios, decidió aprovecharse de ellos para incrementar sus proyectos personales y sociales. En esas fotos de estudio, parece una modelo profesional, cómoda, relajada y sexy. Tampoco economiza sonrisas, una marca registrada suya que, para mala suerte de los ingleses, fue la única característica que no se convirtió en moda en las islas británicas. Sus esfuerzos en el correr de los años para mejorar su persona, su imagen y dejar a su paso una bella estela fue un magnífico ejemplo de esfuerzo y de tenacidad.



lunes, 29 de marzo de 2010

Retratos del futuro: los nietos reales

Su Majestad La Reina tiene ocho nietos -dos por cada uno de sus hijos- y seis de ellos, de acuerdo a una Patente real emitida en 1917 (y en uso actualmente), reciben el estatus de Príncipe y el tratamiento de Alteza Real por ser nietos en línea paterna del monarca reinante.


  • Hijos de SAR Charles, Príncipe de Gales, y Lady Diana Spencer :
    * SAR Príncipe William de Gales (1982)
    * SAR Príncipe Henry de Gales (1984)

  • Hijos de SAR Anne, Princesa Real, y Cap. Mark Philips :
    * Peter Philips (1977)
    * Zara Philips (1981)

  • Hijos de SAR Andrew, Duque de York, y Sarah Ferguson :
    * SAR Princesa Beatrice de York (1988)
    * SAR Princesa Eugenie de York (1990)

  • Hijos de SAR Edward, Conde de Wessex, y Sophie Rhys-Jones :
    * Lady Louise Windsor (2003)
    * James Mountbatten-Windsor, Vizconde Severn (2007)



Estampillas



En el Orden de Precedencia de Inglaterra y Gales, los nietos de la soberana se encuentran en la siguiente posición:

(Femenino)


1. Su Majestad La Reina
2. SAR La Duquesa de Cornwall
3. SAR La Condesa de Wessex
4. SAR La Princesa Real
5. SAR Princesa Beatrice de York
6. SAR Princesa Eugenie de York
7. Lady Louise Windsor
8. Miss Zara Philips
9. Serena Armstrong-Jones, Vizcondesa Linley
10. Lady Sarah Chatto
11. SAR La Duquesa de Gloucester
12. SAR La Duquesa de Kent
13. SAR Princesa Michael de Kent
14. SAR Princesa Alexandra, Hon. Lady Ogilvy
15. La Baronesa Royall of Blaisdon, PC, Presidente de la Cámara de Lores


Primos reales 1ª parte (1987)

(Masculino)

1. SAR El Duque de Edinburgh
2. SAR El Príncipe de Gales
3. SAR El Duque de York
4. SAR El Conde de Wessex
5. SAR Príncipe William de Gales
6. SAR Príncipe Henry de gales
7.
Vizconde Severn
8. Mr. Peter Phillips
9. David Armstrong-Jones, Vizconde Linley
10. SAR El Duque de Gloucester
11. SAR El Duque de Kent
12. SAR Príncipe Michael de Kent
13. Muy Rev. y Muy Hon. Rowan Williams, Arzobispo de Canterbury
14. Muy Hon. Jack Straw, MP, Secretario de Estado de Justicia, Lord Canciller
15. Muy Rev. y Muy Hon. John Sentamu, Arzobispo de York



Primos reales 2ª parte (2005)






* El Príncipe William nació el 21 de junio de 1982 y el Príncipe Harry el 15 de setiembre de 1984, ambos en el Hospital Saint Mary de Londres. El tratamiento completo de William es Su Alteza Real Príncipe William Arthur Philip Louis de Gales, Caballero Real de la Muy Noble Orden de la Jarretera. El tratamiento completo de Harry es Su Alteza Real Príncipe Henry Charles Albert David de Gales.


Como príncipes británicos, ni William ni Harry usan un apellido en su vida cotidiana. Para propósitos formales y ceremoniales, usan el nombre del territorio sobre el cual su padre sostiene el título, es decir, Gales (como las Princesas Beatrice y Eugenie usan York por su padre, el Duque de York). Hay precedentes de que tales apellidos basados en territories dejan de usarse en la edad adulta, después del cual es usado solo el título o el apellido familiar.




Para los nietos masculinos de Elizabeth II, sin embargo, hay actualmente cierta incertidumbre sobre la correcta forma de uso del apellido familiar, o si incluso hay un apellido. La Reina ha estipulado a todos sus descendientes en línea masculina que no portan la dignidad titular de príncipe deberán usar Mountbatten-Windsor como su apellido familiar aunque existan Patentes reales estipulando el nombre Windsor, pero con la misma advertencia.



Si el Príncipe William se casa antes de la muerte de la reina, es costumbre que reciba un ducado. Si su padre accede al trono, William obtendrá inmediatamente los títulos de Duque de Cornwall y Duque de Rothesay y debería ser investido como Príncipe de Gales, pues éste no es automático. Harry pasará a ser conocido como Su Alteza Real El Príncipe Henry.




Con respecto a sus ancestros, ambos Príncipes descienden de los reyes Henry IV, Charles II y James II (VII de Escocia). Cuando se convierta en rey, William será el primer monarca desde la reina Anne en descender de Charles I. A través de su madre, William y Harry son de verdadera sangre inglesa con remota ascendencia irlandesa y escocesa. Por su padre descienden de todos los reyes y reinas de Inglaterra, Gran Bretaña y Reino Unido con descendientes vivos desde William I en adelante excepto por estos cinco: Henry V, Henry VIII (ambas líneas están extintas), George IV, William IV (ninguno de ellos tuvo hijos legítimos sobrevivientes) y Edward VIII (no tuvo descendencia). También descienden de varios de los monarcas escoceses de la pre-Unión, de los de la pre-conquista de Inglaterra y de notables soberanos extranjeros como los Reyes Católicos, Catalina la Grande de Rusia, Jorge I de Grecia, Christian IX de Dinamarca, Alfonso I de Portugal y los primeros soberanos franceses.




* Peter Mark Andrew Phillips (nacido el 15 de noviembre de 1977) es el primogénito y único varón de La Princesa Ana, Princesa Real y su primer esposo, el Capitán Mark Phillips. Ocupa actualmente el puesto 11º en la sucesión al trono británico (al momento de su nacimiento ocupaba el 5º lugar y permaneció en tal hasta el nacimiento del Príncipe William). Su hermana, Zara Anne Elizabeth Phillips, MBE (nacida el 15 de mayo de 1981), es la doceava en la línea de sucesión al trono británico.



Peter Phillips no porta ningún título o tratamiento real y sus padres rehusaron el ofrecimiento de la Reina de permitirles ingresar a la nobleza. Phillips era así el primer nieto legítimo de un monarca en nacer sin un título o un tratamiento de cortesía por más de 500 años. Antes de él, los últimos nietos de rey nacidos sin ningún título o tratamiento fueron los hijos de Cecilia de York, hija de Edward IV. Cuando Peter nació, recibió un saludo de 41 cañonazos disparados desde la Torre de Londres, pero tanto la Princesa Anne como el Capitán Phillips intentaron asegurar a sus dos hijos una vida discreta, manteniéndolos fuera de las luces del escenario.



Peter conoció a Autumn Kelly en Canadá en 2003 y cinco años después se casarían en una ceremonia en St George’s Chapel del Castillo de Windsor. Phillips es el primero (y por ahora el único) de los nietos de la Reina en contraer matrimonio. Mantiene un bajo perfil público, no teniendo deberes reales y actualmente trabaja para el Royal Bank of Scotland en Hong Kong.




Zara se dedica profesionalmente a la hípica, siendo la Campeona Mundial del Concurso Completo Ecuestre durante el Campeonato Mundial en Aquisgrán, Alemania, y fue votada en 2006 como la “Personalidad Deportiva BBC del Año” por el público británico (un premio que su madre, La Princesa Anne, obtuvo en 1971). Fue hecha Miembro de la Orden del Imperio Británico (MBE) en 2007 por sus servicios a la hípica.





* La Princesa Beatrice de York (Beatrice Elizabeth Mary; nacida el 8 de agosto de 1988), ocupando el 5º lugar, es la primera mujer en la línea de sucesión al trono británico. Al momento de su nacimiento era la primera princesa nacida en la inmediata familia real desde la Princesa Anne en 1950. La Princesa Eugenie de York (nacida el 23 de marzo de 1990) es la hija más joven del Príncipe Andrew y Sarah Ferguson, 6ª en la línea de sucesión al trono y la segunda mujer en ocupar ese lugar.




Como nietas en línea masculina de un soberano británico, a ambas hermanas les corresponde portar el título de Princesa y el tratamiento de Su Alteza Real, y ellas son las únicas nietas de la Reina en hacerlo, aunque, por Patentes Reales publicadas por George V, su prima, Lady Louise Windsor también es legalmente una princesa pero no es tratada como tal por expreso deseo de sus padres y su otra prima, Zara Phillips, es nieta de la Reina a través de línea femenina, por lo que solo pueden llevar el título y tratamiento de su padre, Capitán Mark Phillips (que, en este caso, no lleva ninguno).



Como princesas británicas, ni Beatrice ni Eugenie utilizan apellido, sino que llevan el nombre del área sobre el que su padre sostiene el título, es decir, York. En la edad adulta se usa solo el título o, en el caso de usar un apellido, este es Mountbatten-Windsor (o la designación territorial de su padre, York).




* Lady Louise Windsor (nacida el 8 de noviembre de 2003) y James, Vizconde Severn (nacido el 17 de diciembre de 2007), son los miembros más jóvenes de la familia real. Ambos son los hijos del Príncipe Eduardo, Conde de Wessex y de su esposa, la Condesa de Wessex.




El Vizconde Severn es el octavo en la línea de sucesión al trono, la persona de más alta jerarquía en la línea de sucesión que no utiliza el tratamiento de Alteza Real. Legalmente James Mountbatten-Windsor es Su Alteza Real Príncipe James de Wessex. No obstante, cuando sus padres se casaron, fue anunciado que de acuerdo a sus deseos, ninguno de sus hijos llevaría un título de príncipe o princesa con el tratamiento de Alteza Real, en vez de esto prefirieron que llevara los títulos que se les otorgan a los hijos de un Conde. Los hijos mayores de un conde por costumbre llevan el título subsidiario de sus padres, y por ello James es referido como Vizconde Severn, a pesar que tiene el estatus legal de un príncipe.



ACTUALIZACION BIOGRAFICA



Con motivo de la boda de S.A.R. Príncipe William de Gales y Miss Catherine Middleton el día 29 de julio de 2011 y atendiendo a una tradición ancestral, Su Majestad La Reina ha decidido conceder a su nieto mayor un ducado, un condado y una baronía. El Secretario de Prensa de Palacio ha hecho público el siguiente comunicado:



The Queen has today been pleased to confer a Dukedom on Prince William of Wales. His titles will be Duke of Cambridge, Earl of Strathearn and Baron Carrickfergus.
Prince William thus becomes His Royal Highness The Duke of Cambridge and Miss Catherine Middleton on marriage will become Her Royal Highness The Duchess of Cambridge
.



"La Reina ha tenido hoy el placer de conferir un Ducado al Príncipe William de Gales. Sus títulos serán Duque de Cambridge, Conde de Strathearn y Barón Carrickfergus. El Príncipe William se convierte así en Su Alteza Real El Duque de Cambridge y Miss Catherine Middleton por matrimonio se convertirá en Su Alteza Real La Duquesa de Cambridge."