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viernes, 27 de enero de 2012

Los ballets imperiales rusos

En el siglo XVIII en Rusia comienza a establecerse el arte coreográfico gracias a las condiciones favorables en que se hallaba el imperio respecto a la valoración de la estética por parte de su monarquía militar y feudal.

La influencia de ballets extranjeros en el imperio ruso se mantiene durante medio siglo y es durante estas primeras cinco décadas del siglo XIX que los intérpretes extranjeros visitan asiduamente dicho país. Nacido en el siglo XVI en las cortes italianas, para luego trasladarse a Francia a finales del mismo siglo, el ballet ya florecido en París se introdujo en Rusia dos siglos más tarde.


Dadas las virtudes artísticas del pueblo ruso, la popularidad de la danza en general y el apoyo oficial con su Dirección General de Teatros Imperiales, que solventaba económicamente el ballet y lo dirigía en su totalidad, se produjo el advenimiento de este arte en un país tan singular.


Las Escuelas Imperiales de baile en Rusia eran tres: la de San Petersburgo, la de Moscú y otra que se situaba en la ciudad de Varsovia. Allí además de tener una enseñanza general y de ballet, tenían un programa -de 8 a 9 años de estudio- compuesto por clases de música, dibujo, arte escénico, idiomas, además de otras materias vinculadas al arte de la danza. Todas ellas eran también supervisadas por el gobierno y dirigidas por renombrados maestros de baile.


Período del maestro Landé


El emperador Pedro el Grande introdujo reformas que cambiaron la vida de los rusos en su aspecto social, impulsando el arte de su nación para abandonar poco a poco la imitación de la danza de Europa Occidental. Tal es así que liberó a las damas de la aristocracia para que pudieran participar de reuniones sociales con gente de otras clases, lo cual anteriormente no les había estado permitido. Introdujo también danzas francesas como el minuet, la courante y la pavana, pero muchas veces pedía que el ritmo se acelerara un poco para que la danza fuese más veloz.

Landé


En 1738 el maestro Jean-Baptiste Landé fundó la primera de las escuelas imperiales de baile, la de San Petersburgo. El maestro Landé era un bailarín francés que había sido empleado en la corte polaca en Dresde hasta que fue contratado por el rey Federico I de Suecia en 1721. Hasta 1728 fue maestro de danza de la corte sueca, luego viajó a Dinamarca y por último a Rusia, donde, luego de una actuación ante la emperatriz Anna en 1735, pudo establecerse como ballet master de la Escuela Imperial de Ballet, llamada Escuela de Baile de Su Majestad. Sus primeros alumnos (doce chicos y doce chicas) fueron de las clases sociales más bajas y los bailarines no eran considerados más que simples instrumentos para la diversión y placer del monarca (recién a principios del siglo XIX los artistas de la danza lograron ser considerados).


Dos escuelas europeas estaban representadas en el plan de estudios. Danza «grave» basada en el minué francés fue enseñada por Landé, luego por sus alumnos. Métodos de danza cómica, derivados de la Commedia del'Arte, fueron enseñados por los italianos: el coreógrafo y bailarín Antonio Rinaldi, llamado Fuzano, y su esposa, Julia. Las estrictas formas de la escuela francesa y el virtuosismo de la italiana se fusionaron para extenderse en el estilo de actuación ruso.


Las trabas para que los rusos consideraran que podían tener un arte propio eran muchas. La mayoría continuaba pensando que el género nacional era de muy mal gusto. Lo primero que pudo lograr autonomía fue la literatura a partir del siglo XIX con Pushkin y Gogol. Luego hizo lo propio la música, con Tschaikovsky, Glinka y Dargomijsky y también la pintura. Para el ballet resultó más dificultoso que para el resto de las artes, ya que su técnica y terminología denotaban el origen extranjero del mismo, complicando la tendencia nacionalista.


La emperatriz Elizaveta Petrovna

A esto contribuyó la emperatriz Isabel Petrovna (segunda hija de Pedro el Grande), para quien los asuntos teatrales llegaron a ser preocupación de la corte. Amante del lujo y del ocio y ella misma una excelente bailarina, Isabel recomienda diversiones en palacio. Landé fue convocado desde el exterior para reabrir el estudio de baile y todos los recursos fueron lanzados a la organización de la celebración de la ascensión al trono. La coronación se celebró en Moscú en mayo de 1742, para la cual fueron representados dos ballets: “La Manzana de Oro en el Festín de los Dioses” y “El Juicio de Paris y la Felicidad del Pueblo ante la Aparición de Astrea en el Horizonte de Rusia y la Restauración de los Tiempos Dorados”. Estas alegorías de ballet representaban a la nueva zarina como patrona de las artes en favor de unirse a la cultura europea.


Durante su reinado, Landé tuvo la iniciativa de presentar ante su corte una obra con danzas rusas, que, si bien fue aceptada con éxito por la refinada y culta Isabel, éste no duró demasiado, ya que luego "lo nacional" fue despreciado por aquellos en quienes se depositaba el control y destino del ballet ruso. Por tanto, la danza durante su período no logró salir del círculo de los salones cortesanos.


Acto II de La Bayadére (1877)


Después de la muerte de Landé, Fuzano dirigió la escuela hasta 1750. A su vez, éste fue reemplazado por el maestro Josette. En 1758, el coreógrafo vienés Franz Hilverding llegó a San Petersburgo y obtuvo el reconocimiento europeo por su progresiva actividad creativa. Hilverding confiadamente llevó el ballet a la independencia, tratando de demostrar sus posibilidades en géneros tanto cómicos como trágicos.


La forma musical de la «ópera seria» sigue siendo la base fundamental sobre la que Hilverding unió pantomima y danza, aumentando así el hermoso templo de ballet. La novedad ideológica y estética de la creatividad de Hilverding demandó de los bailarines rusos desarrollo de métodos técnicos, perfección de movimiento y enriquecimiento de mímica.


Período del maestro Canziani


Fue Catalina la Grande quien finalmente le imprimió un carácter nacional al teatro, sacándolo del palacio real y poniéndolo al servicio de la sociedad toda. Desde ese momento, las funciones de ópera y ballet comienzan a ser parte de la vida social de los habitantes de San Petersburgo, tanto que se vuelven indispensables.


Les amazones

La formación del ballet fue mejorada notablemente en 1784, con la llegada del coreógrafo veneciano Giuseppe Canziani. Su actividad fue distinguida por un genuino cuidado hacia el arte ruso. Enseñó a sus alumnos cinco o seis horas al día, dedicando sus clases no sólo a ejercicios y ensayos, sino también a las conversaciones sobre Noverre y sus teorías, así como sobre otras destacadas figuras del ballet de la época. El coreógrafo no sólo preparó artistas pasivos, sino más bien desarrolló la capacidad de sus estudiantes para la creatividad independiente. Los brillantes resultados de la actividad docente de Ganziani fueron la graduación de varios bailarines rusos masculinos y femeninos, que alcanzaron posiciones prominentes en la compañía, así como figuras de origen ruso que lograron destacarse luego al reemplazar a las celebridades que iban a bailar a Rusia desde Occidente. Entre ellos estaba Iván Ivanovich Valberkh (Lesogorov), el primer coreógrafo ruso.


Tras la muerte de la Emperatriz, asume el reinado su hijo Pablo I y bajo su despotismo las artes volvieron a decaer.


Período del maestro Didelot


Al comenzar el nuevo siglo, comienza el período del nuevo zar, Alejandro I, desde 1801 a 1825. Junto a él las artes, y en particular el ballet, recobraron el terreno perdido años atrás y la danza logró avanzar aún más. Desde la misma fecha de la asunción al trono del nuevo emperador, asumió como profesor en San Petersburgo el gran Charles-Louis Didelot, moldeando la Escuela Teatral de aquella ciudad según las enseñanzas recibidas de Jean Dauberval en Francia y su propio criterio. Sus métodos e ideas fueron muy cuestionadas por su gran crueldad para con los niños que acudían a sus clases, y con todo su elenco de bailarines - tan dispuesto a someterse con tal de lograr una mejora en su posición social o tener éxito-.



Charles-Louis Didelot


A pesar de su mal carácter, su trabajo a lo largo de los 37 años que pasó en Rusia resultó útil y eficaz, ya que el público comenzó a considerar a sus bailarines como a verdaderos artistas, gracias al aporte en la enseñanza de su gran técnica y talento coreográfico; tanto que sus alumnas rusas consiguieron superar hasta la mismísima Marie Taglioni en cuanto a emoción dramática. Concretó, asimismo, cambios con respecto a la danza que llegarían a modificar los paradigmas antes establecidos. Por ejemplo, él mismo quitó los trajes utilizados tradicionalmente hasta el siglo XVIII, e introdujo el maillot color carne y las túnicas de gasa en escena.

Gracias a una casualidad, en medio de una de sus coreografías Taglioni - que hasta ese entonces bailaba en demi-pointe- se elevó sobre la punta de sus pies, asombrando a los espectadores. De esa manera transformó al ballet en "arte alado", al decir del poeta ruso Pushkin. En adelante, los coreógrafos han modificado sus danzas que ahora parecían tener posibilidad de simular a seres ultraterrenales y etéreos con el uso de las zapatillas de punta o pointes.



Marie Taglioni como La Sílfide



Otro hecho importante en Rusia es el que se produjo entre 1803 y 1804 cuando, por decreto del zar, el gobierno imprime los cuatro tomos de "Cartas sobre la danza" de Jean-Georges Noverre (destacado coreógrafo y teórico de la danza de aquellos tiempos), que se constituyó en el diccionario del lenguaje coreográfico. Mientras tanto, el contacto con los bailarines y coreógrafos extranjeros que visitaban Rusia se mantuvo gracias a las giras de los cuerpos de ballets de otros países. Algunas de las figuras que viajaron hasta allí fueron: María Taglioni, Carlos Blasis, Lucile Grahn, Fanny Elssler, Julio José Perrot y Marius Petipa.

El maestro Petipa

Durante casi 20 años Marius Petipa fue el ballet master del Ballet Imperial ruso, convirtiéndose en uno de los nombres más célebres en la historia de la danza. Petipa fue un gran apasionado de las danzas tradicionales españolas, y sobre todo las andaluzas, como así demuestran sus ballets Don Quijote y Paquita (ballet que eligió para su presentación en San Petersburgo). Descolló en los pasos de carácter e introdujo en escena el baile de la polca. Tras debutar en Bruselas en 1838, se perfeccionó con Auguste Vestris y actuó por toda Europa como primer bailarín.


Casi una década después (1847), tras haber pasado una temporada en París, decidió volver a San Petersburgo, donde trabajó durante 60 años. En ese período creó 55 ballets en exclusiva, 21 en colaboración y 37 para diversas óperas. En 1858 fue nombrado maestro de baile del Ballet Imperial ruso, cargo ocupado hasta entonces por Jules Perrot y con este nombramiento se inició su época más productiva. Junto con Vsevoloiski, formó una dupla que duró 17 brillantes años. En la lista inmensa de creaciones de este periodo basta con recordar las tres obras supremas de Tchaikovsky, nervio principal de todos los repertorios (El Lago de los Cisnes, Giselle, La Bella Durmiente y El Cascanueces), así como las tardías pero eficaces partituras de Aleksandr Glazunov (Raymonda, Las Cuatro Estaciones, Astucias de amor).



Marius Petipa; Pierina Legnani como Odette (1895); Pavel Gerdt como el Príncipe Sigfrido (1895); Julia Nikolaievna Sedova como la Princesa Aspicia (1862); el coreógrafo Lev Ivanov, colaborador de Petipa.



El arte de Petipa estuvo hecho de rigor técnico, riqueza de medios y un sentido de la elegancia que huía de todo virtuosismo y de cualquier espectacularidad pomposa. Detestaba el acrobatismo de la escuela italiana y el lujo desanimado del tardío ballet francés. Intentó conservar y enriquecer la herencia romántica, llevando la tradición a sus más altos niveles. Reformó el papel del bailarín masculino y dio corporeidad diferenciada al hombre y a la mujer, de modo que se explotaran al máximo las propiedades anatómicas y enérgicas del bailarín. También suprimió la figura del favorito (o favorita), tratando a todos con igualdad.


En la redacción de sus coreografías era minucioso y científico, e iba escribiendo en una libreta las diversas evoluciones que la partitura exigía, incluyendo retratos y perfiles de las actitudes que imaginaba en los diversos personajes. El culmen de cada una de sus obras era el pas de deux entre los protagonistas, que empieza con un adagio a cargo de ambos, sigue con variaciones alternadas, una para ella y una para él, una lenta y otra rápida, y acaba con un nuevo dúo, exigente de técnica y resuelto con una pose entrelazada y estatuaria. Así pues, Petipa unió la tradición de la velocidad italiana con la herencia del elaborado adagio francés. Petipa fue quién dio el esplendor al llamado ballet imperial en Rusia.


El Ballet Mariinsky


El Ballet Mariinsky siguió a la formación de la primera escuela de danza rusa, la de San Petersburgo, en la década de 1740.



Bailarines del Mariinsky Imperial Ballet posan frente a la decoración de Orest Allegri para Raymonda, de Petipa (1898).



Hay poca información sobre los años formativos de la compañía de ballet, aunque es sabido que tanto la escuela como la compañía estaban vinculadas por el nombre: Escuela Imperial de Ballet y Ballet Imperial Ruso, que continuaron siendo usados hasta la abolición del régimen imperial. A finales del siglo XVIII y principios del XIX, la compañía alcanzó la prominencia y emplearía a los más influyentes y reconocidos nombres de la historia de la danza, como Charles Didelot, Marie Taglioni, Christian Johansson, Enrico Cecchetti, Jules Perrot, Fanny Cerrito y Carlotta Grisi.

Luego de la Revolución Rusa, el gobierno soviético decidió que la escuela y la compañía de ballet eran símbolos no queridos del régimen zarista y los cerraron. La compañía fue la primera en ser re-establecida, convirtiéndose en el Ballet Soviético, con la escuela re-abriendo más tarde como Escuela Coreográfica Estatal de Leningrado. En 1934, después del asesinato del revolucionario bolchevique Sergei Kirov, el entonces Ballet Soviético fue renombrado como Ballet Kirov, un nombre que es comúnmente usado para identificar a la compañía todavía hoy. Terminado el gobierno comunista, tanto la compañía de ballet como la de ópera del Teatro Mariinsky fueron vinculadas al teatro por el nombre, convirtiéndose en Ballet Mariinsky y Opera Mariinsky.




El Teatro Mariinsky (1900)


El Ballet Bolshoi


El Ballet Bolshoi es, junto con el Mariinsky, una de las más antiguas compañías de ballet clásico. Sus orígenes pueden ser encontrados en la creación de una escuela de danza para un orfanato en Moscú en 1773. En 1776, bailarines de esa escuela fueron empleados por el Príncipe Pyotr Urusov y el empresario teatral inglés Michael Maddox para formar para de su nueva compañía. Originalmente actuando en lugares privados, más tarde adquirieron el Teatro Petrovsky, el cual, luego de incendios y remodelaciones erráticas, sería reconstruido más tarde y es el actual Teatro Bolshoi.

La historia temprana del Ballet Bolshoi es muy superficial y, pese a poner en escena muchos ballets, luchaba por competir con la reputación del ballet imperial ruso, el actual Ballet Mariinsky. No fue hasta la designación de Alexander Gorsky como ballet master en 1900 que la compañía comenzó a desarrollar su propia y única identidad. Ese año, Alexander Gorsky fue nominado para ser Premier danseur (principal solista masculino) del Ballet Imperial de San Peterburgo, solo para ser movido al Ballet del Teatro Imperial Bolshoi de Moscú como régisseur (director) ocho días después. Lo que iba a ser un movimiento temporario se convirtió en permanente. Fue nombrado Premier Maître de Ballet del Teatro Bolshoi. En su enseñanza usó “libres movimientos de baile en contraste con las formas académicas, congeladas” del anterior estilo clásico del ballet. Gorsky estaba inspirado por Isadora Duncan, quien era famosa por rechazar el ballet pues creía que la danza debía ser una natural expresión del alma. Su inspiración era también el método de acción de Stanislavsky.



Arabesque



Alexander Gorsky coreografió, repuso y revivió muchos ballets. Creó varias obras propias, pero fue su re-elaboración de los ballets de Marius Petipa los que habrían de convertirse en conocidos. Algunos dicen que allanó el camino para la obra de Michel Fokine. Del repertorio clásico del Bolshoi, Gorsky revivió la versión Petipa-Ivanov de La Fille mal gardée por primera vez en 1903 (la versión de Gorsky se convertiría en la base para todas las producciones sucesivas representadas en Rusia y en Occidente durante décadas), la reposición de Petipa/Ivanov de El Lago de los Cisnes en 1901, Don Quijote en 1900, La Bayadère en 1904 y Raymonda en 1905, entre muchas otras.

lunes, 30 de mayo de 2011

Una musa para Tchaikovsky: la condesa von Meck

Nikolai Rubinstein, director del Conservatorio de Moscú, estudiaba una partitura cuando le anunciaron la llegada de la señora von Meck. De pronto febril, verificó de un vistazo su ropa en el espejo colocado detrás de su escritorio, alisó con gesto rápido su cabello y sus patillas y luego avanzó al encuentro de su visitante.

- Estimada Nadejda Filaretovna, mi muy querida amiga, es una alegría recibirla. Póngase cómoda, por favor.

Le ofreció un sillón, la invitó a sentarse, ordenó té, agitándose solícito. La riquísima viuda von Meck era una benefactora de la música y él esperaba mucho de ella, así que, como tal, merecía las mayores atenciones. Con más razón, justamente, porque tenía un joven músico que recomendarle. La señora von Meck sonrió tomando su taza de té. Adoraba ese lugar.

A los cuarenta y cinco años, Nadezhda Filaretovna Frolovskaya acababa de enviudar y se sentía bastante aliviada por ello. No porque su difunto esposo fuese un mal hombre, todo lo contrario: Karl von Meck había sido un marido fiel y un gran trabajador. Cuando se casó con él a los 16 años, era un ingeniero doce años mayor perteneciente a una familia del Báltico alemán. Impulsado por su mujer y gracias a su talento como ingeniero, von Meck había hecho fortuna en los transportes ferroviarios (en 1860 había sólo 100 kilómetros de vías férreas establecidas en Rusia, veinte años más tarde había más de 15.000 y gran parte de esta explosión se debió a Karl). Después de años de pobreza, habían logrado una enorme opulencia.

Sin embargo, aunque tenía hermosa apostura, Nadejda no había conocido con él las emociones del amor. Las noches eran un verdadero castigo, tanto más penosas pues él sí se mostraba muy enamorado de su mujer. Juntos tuvieron 18 hijos, de los cuales 11 sobrevivieron hasta la edad adulta. Helada por abrazos decepcionantes, agotada por las numerosas maternidades, aspiraba a una vida apartada de los asuntos de la carne y consagrada a impulsos más sublimes.

Karl murió repentinamente en 1873. En su testamento le dio el control Nadejda sobre sus enormes participaciones financieras, lo que incluía dos redes ferroviarias, grandes propiedades y varios millones de rublos. Con siete de sus 11 hijos todavía en casa, se concentró en asuntos de sus negocios y en la educación de los niños que aún dependían de ella. Al quedar viuda, von Meck se alejó de toda la vida social. Se retiró a un aislamiento casi total. Incluso se negó a reunirse con los familiares de aquellos con quienes sus hijos iban a casarse. En todo sentido era imperiosa por naturaleza y presidía su casa como un déspota.


Karl von Meck


Con su gran riqueza y pasión por la música, Nadejda von Meck se convirtió en un motor importante en las artes escénicas de Rusia. La única excepción a su reclusión habitual era la serie de conciertos de la Sociedad Musical Rusa en Moscú, a los que asistía de incógnito, sentada sola en su palco. Al escuchar la música temblaba y vibraba trastornada; la música le procuraba todas las sensaciones y emociones que el amor le negara. A través de estos conciertos conoció a Nikolai Rubinstein, con quien mantenía una relación compleja. Aunque respetaba los talentos y la energía de Rubinstein, eso no le impedía estar fuertemente en desacuerdo con él a veces.

Ese día, el director del Conservatorio le expuso:

- Sé cuánto se interesa usted en los artistas y cuán generoso es su corazón. Por eso me permito hablarle de un caso particular. Se trata de un joven al que le tengo fe. En mi opinión, tiene el talento de un gran compositor pero carece de dinero y yo no tengo la posibilidad de procurarle una renta. Me da pena que tal vez se malogre un gran artista, falto de una ayuda pasajera. Por eso he pensado que…

Nadejda von Meck escuchaba, con los ojos brillantes. Entreveía ya la realización de uno de sus sueños: ser la protectora de un músico, gracias a la cual pudiera surgir un genio.


Mientras su marido todavía vivía, Nadejda había comenzado a apoyar activamente y promover a jóvenes músicos. Varios de éstos eran empleados continuamente por ella, viviendo en su casa y tocando sus obras favoritas. Incluso contrató a Claude Debussy como profesor particular de música para sus hijas.

Nikolai Rubinstein

- ¿Cómo se llama? –inquirió al director.

- Pyotr Ilich Tchaikovsky. Desde luego es orgulloso y una limosna lo lastimaría; pero yo querría que escuchara su música y, si le agrada, tal vez podría hacerle uno o dos encargos, que para él serían pan bendito.

La rica viuda estaba convencida. La perspectiva de una composición musical escrita especialmente para ella la entusiasmaba. Rubinstein continuó:
- ¿Puedo invitarla al próximo concierto? Escuchará una obra de ese joven y podrá juzgar.
- Con gusto.

Ella se impresionó verdaderamente con su poema sinfónico La tempestad y, tal vez urgida por el violinista Iosif Kotek, uno de los músicos que apoyaba y que, a su vez, era antiguo alumno y amigo de Tchaikovsky, Nadejda escribió al compositor. Se presentó como una ferviente admiradora y le encargó una pieza para violín y piano que pudiera tocar en su finca. Tchaikovsky, tal vez ya conocedor de la reputación de ella como mecenas, respondió rápidamente, poniendo manos a la obra.

El arreglo estuvo terminado para el 30 de diciembre y a Nadejda se le ocurrió escucharlo para empezar el año 1877. Finalmente le agradeció, escribiéndole: “su música me hace la vida más fácil y agradable”. Él le retribuyó diciéndole cuánto le había complacido ejecutar ese encargo. Se inició así una correspondencia entre ambos: Peter Ilich revelaba sus ambiciones musicales, Nadejda lo alentaba.

Por una suerte de acuerdo tácito, ella no reclamó conocerlo ni él expresó tampoco el deseo de hacerlo. Nadejda no buscaba una aventura ni una relación, sino un entendimiento intelectual. Por su parte, a Peter Ilich no le gustaban las mujeres, que lo asustaban, y vivía con dificultad su inclinación por los hombres, que ocultaba celosamente. Temía pues a una protectora que deseara una vinculación pasional.

Poco a poco las cartas se hicieron más familiares. A principios de la primavera, Tchaikovsky cayó, como le ocurría a menudo, en una melancolía depresiva. Confiaba sus estados de ánimo a Nadejda, que le aseguraba su apoyo y su deseo de ser su amiga y confidente. A su pedido, él le envió una foto. Ella le respondió con entusiasmo y le envió la suya. A partir de entonces se inundaron de fotografías.

Von Meck le encargó una segunda pieza para violín y piano. Peter Ilich, nada tonto, comprendió que se trataba de una forma de caridad; no obstante la aceptó con alegría, confesando sus problemas económicos. A medida que su relación se desarrolló, Nadejda le proporcionó una asignación financiera lo suficientemente grande (6.000 rublos al año) que le permitió dejar su cátedra en el Conservatorio de Moscú para centrarse en el trabajo creativo a tiempo completo (esto era una pequeña fortuna; un funcionario del gobierno de menor importancia en aquellos días tenía que mantener a su familia con 300 a 400 rublos al año).




La amiga afirmaba que ese gesto no le molestaba en absoluto, dada su inmensa fortuna, y que sería feliz de participar así en la eclosión de una obra. Gracias a su delicadeza, casi parecía que el compositor le hacía un favor consintiendo en recibir sus rublos. Era para Peter Ilich la solución de sus problemas y aceptó agradecido. Seguidamente pensó en dedicarse a la composición de una ópera cuya idea lo perseguía: Eugenio Oneguin, personaje de Pushkin.

Nadejda, transportada de alegría cuando él le comunicó su proyecto, se sentía una mecenas. Al no saber componer por sí misma, de esa manera estaría en el proceso de creación de una ópera. Estaba segura que el talento de Tchaikovsky crearía una obra potente sobre el personaje de Pushkin y lo alentó vivamente a trabajar. Eugenio Oneguin ocupó muchas de sus cartas. Peter Ilich exponía sus ideas, sus progresos; Nadejda le decía lo que pensaba.

Esa misma primavera, una alumna del Conservatorio de nombre Antonina se enamoró de Peter Ilich y se propuso casarse con él, pese a que el joven permanecía indiferente a sus avances. Ella le escribió gran cantidad de cartas encendidas, amenazó con suicidarse si seguía rechazándola, suplicándole aceptar verla y conocerla mejor. Lo hizo tan bien que el compositor, atormentado, ansioso, impresionado por el personaje de su ópera en ciernes y temiendo ser culpable, se dejó envolver por Antonina. Ella logró persuadirlo de que le traería el equilibrio del que carecía y que le sería muy útil en su casa. Peter Ilich, desorientado, se comprometió con ella; pura locura de su parte.

Peter Ilich y su esposa Antonina Miliukova (1877)

En una carta a Nadejda, se lo anunció como al descuido, después de varios párrafos dedicados a su ópera y a la sinfonía que pensaba terminar antes. Se hubiera dicho que esa boda era un hecho sin importancia.

El anuncio fue un golpe para Nadejda. Su visión de los asuntos del corazón era estrictamente moralista. Sin embargo, no creía en el matrimonio como institución social. Regularmente confesaba a Tchaikovsky que lo odiaba: "Usted puede pensar, mi querido Pyotr Ilich, que soy una gran admiradora del matrimonio", escribió el 31 de marzo de 1878, "pero para que no pueda estar equivocado en nada que se refiera a mí misma, le diré que soy, por el contrario, una enemiga irreconciliable de los matrimonios; sin embargo, cuando discuto la situación de otra persona, considero que es necesario hacerlo desde su punto de vista." En otra ocasión declaró más genialmente, pero no con menos fuerza, "La distribución de los derechos y obligaciones según lo determinado por las leyes sociales me parece especulativo e inmoral." Incluso con estos puntos de vista sobre el matrimonio, Nadejda se resignó a él como un medio de estabilidad social y procreación. Su propia experiencia pudo haberla obligado a reconocer sus beneficios.

Con estos puntos de vista en mente, es fácil ver cómo la misoginia aparente de Tchaikovsky y la aversión confesa de él al matrimonio pudo atraer a alguien como Nadejda. Tampoco la homosexualidad de él necesariamente le causaría indignación. Ella sentía por Peter Ilich un amor cerebral poco profundo y no imaginaba que pudiera existir en su vida, junto a su comunión espiritual, un amor carnal. Instintivamente odió a Antonina como a una rival.


Una carta del compositor a su musa (15/7/1877)


Sin embargo, continuaron escribiendo incluso cuando el matrimonio de él siguió su breve aunque tortuoso curso. Y las cartas de ella iban cargadas de dinero. Dejar de hacerlo habría sido una bajeza.

Tchaikovsky estaba agradecido por el apoyo financiero de su amiga. Sin embargo, le creó un cierto malestar emocional y una tensión subyacente. Ambos eventualmente manejaron esta incomodidad con considerable delicadeza. Aunque Tchaikovsky no podía dejar de sentirse vagamente incómodo por los favores que ella le brindaba. Le escribió francamente acerca de esto: "…en mis relaciones con usted está la delicada circunstancia de que cada vez que nos escribimos el uno al otro, el dinero aparece en la escena."

Von Meck apoyaba totalmente a Tchaikovsky y todas sus obras, pero su vínculo con él dependía de que no se encontraran. Esto no era simplemente porque no sería capaz de cumplir sus expectativas. Nadejda deseaba pensar de Peter Ilich como su ideal de compositor-filósofo, al igual que el Übermensch o Superhombre de quien Friedrich Nietzsche escribiría. Tchaikovsky entendió esto y le escribió: "Tiene usted razón, Nadezhda Filaretovna, para suponer que yo soy de una disposición favorable a sus propios e inusuales sentimientos espirituales, que entiendo completamente." Se encontraron en dos ocasiones, por pura casualidad, pero no cruzaron
palabra.

Nadejda Filaretovna poseía, además de su casa de Moscú y de su dacha en el campo, una villa en la Riviera italiana, cerca de San Remo. Amaba el sol y pasaba en ella frecuentes temporadas. Se encontraba allí, planeando quedarse todo el otoño de 1877, cuando recibió de Peter Ilich una carta desesperada. “Solo pienso en huir, no importa a qué lugar. ¿Pero a dónde y cómo? Es imposible”, decía. De no haber sido por el acuerdo mutuo de escribirse sin conocerse, habría acudido a Moscú. Luego se enteró de que Peter Ilich había intentado suicidarse arrojándose a las aguas del Moscova, pero se había salvado al precio de una neumonía. Tras haber estado a punto de caer en la locura como consecuencia de una alteración nerviosa, resultado de su intento de suicidio y de su enfermedad, había recobrado la razón.

Conmovida, Nadejda decidió asignarle una mayor renta fija anual, que le permitiría a Peter Ilich llevar una existencia desahogada. Él la aprovechó para efectuar un viaje a Europa occidental, permaneciendo algún tiempo en Suiza, cuya calma le aportó la tranquilidad regeneradora. Luego prosiguió su viaje recorriendo Italia antes de regresar por Viena. Casi todos los días escribía a Nadejda, hablándole de su amor por Venecia, expresando sus emociones y sobre todo sus interrogantes metafísicos, morales o religiosos. Nadejda respondía y su larga discusión epistolar se convertía en el interés esencial de su vida. Se sentía cerca de él y su corazón daba un vuelco al leer: “Me parece que usted ama tanto mi música porque yo aspiro, como usted, al ideal.”

Tchaikovsky, como signo de apreciación, le dedicó su Sinfonía Nº 4. Esto era importante porque, debido a la naturaleza del mecenazgo artístico en la sociedad rusa, el mecenas y el artista eran considerados iguales. Dedicatorias de obras a los patrons eran expresiones de asociación artística. Al dedicar la 4ª Sinfonía a Nadejda, estaba afirmando que ella era un igual en su creación.


Su relación, por propia definición, satisfizo las necesidades más profundas de von Meck. La viuda concebía el erotismo en términos sentimentales más que físicos. Su visión negativa del matrimonio llevaba consigo un pragmático, inclusive puritano enfoque sobre la sexualidad. Esto probablemente dio lugar en su mente a la incandescencia de la pasión platónica que caracterizaba su actitud hacia Tchaikovsky. Por lo tanto, podría permitir que sus emociones crecieran libremente hacia él, excluyendo lo que ella consideraba desagradable, vulgar, vergonzoso y humillante asociado con el amor sexual. Finalmente había encontrado ese amor espiritual apartado de la carne; un amor de almas que colmaba su exaltación eslava.

En agosto de 1878, Peter Ilich había terminado Eugenio Oneguin. Nadejda lo felicitó calurosamente y le ofreció aprovechar su dacha de Brailov, cediéndosela mientras ella iba a pasar el verano a Florencia. Él aceptó entusiasmado e, inspirado por la naturaleza, esbozó su primera suite orquestal.


El palacio von Meck en Brailov


En Florencia, viviendo en la suntuosa Villa Oppenheim, Nadejda pensaba en Tchaikovsky casi sin cesar. Le parecía que lo oía componer. Llegó a proponerle ir a Florencia, a un apartamento que alquilaría para él. A Peter Ilich le encantó el ofrecimiento, pues amaba los viajes y lejos de Moscú se disipaban sus angustias. Cuando llegó a Italia y ocupó un apartamento a quinientos metros de la Villa Oppenheim, Nadejda, encantada, le hizo llegar un mensaje que detallaba sus horas de paseo, a fin de no correr el riesgo de encontrarse por descuido. Esa atención lo conmovió. Estaba curioso por ver a aquella cuyos estados de ánimo conocía tanto, pero lo temía también. Ambos tenían la sensación de que su vínculo, a la vez fuerte y frágil, se rompería tal vez, y querían preservarlo.

Un día, sin embargo, Peter Ilich se cruzó con la calesa de Nadejda. La entrevió, con su rostro semioculto bajo las anchas alas del sombrero y tuvo la seguridad que ella lo había reconocido. Fue algo fugaz e intenso. Él regresó trastornado; ella tembló de emoción. En adelante, una imagen viviente se sumaba a las fotos, imagen que alimentaría el amor idealizado que sentía el uno por el otro.

En Tchaikovsky los momentos de felicidad se traducían en una gran efervescencia musical. Transportado por su encuentro fugaz con Nadejda, se puso a trabajar y compuso el Concierto para Violín y luego el Capricho italiano. Le ayudaba la inspiración, pero no la esperaba, convencido de que su tarea era componer sin tregua. Así se lo escribía a Nadejda: “No podemos permitirnos la inspiración. Ella no visita a los perezosos; se presenta a quien la llama.”



Von Meck conservó hasta el final de su relación, al menos sobre el papel, su imagen exaltada de Tchaikovsky como su "amado amigo". Con los años, sus cartas revelaban las numerosas deficiencias personales de las dos partes implicadas. Ambos eran neuróticos y propensos a la depresión, que ellos llamaban "misantropía".Ambos eran excéntricos y caprichosos. Peter Ilich era a veces casi transparentemente falso. Nadejda era a menudo molesta e inconsistente. Sin embargo, ambos trascendieron estos rasgos menores. A pesar de su alejamiento final, su devoción mutua, por el alto nivel alcanzado, podría ser considerada un modelo de relaciones entre dos personas espiritualmente complejas.

Ambos mantuvieron una significativa correspondencia, intercambiando más de 1.200 cartas entre 1877 y 1890. Los detalles que compartían eran extraordinarios para dos personas que nunca se conocieron. Él era más abierto con ella sobre gran parte de su vida y sus procesos creativos que con cualquier otra persona. Sus comentarios llegaron a ser tan importantes para él que, después de las críticas arremetidas contra su Quinta Sinfonía, ella le proporcionó el apoyo para perseverar en su composición. Nadejda murió creyendo que estas cartas habían sido destruidas. Cuando Tchaikovsky recibió su requerimiento en ese sentido, le aseguró que había cumplido, pero luego guardó este escrito con el resto para que la posteridad lo encontrara.


Nikolai von Meck y Anna Davidova


En 1883, Nikolai von Meck, hijo de Nadejda se casó con la sobrina de Tchaikovsky, Anna Davydova, después de cinco años de esfuerzos del compositor y su protectora. Esta última, que se encontraba en Cannes en aquel momento, no asistió, manteniéndose fiel a su costumbre de evitar todo contacto con las familias de los cónyuges de sus hijos. El compositor sí concurrió, encontrándose con el resto del clan von Meck.

Al principio tanto Nadejda como Peter Ilich se regocijaron con este acontecimiento, viendo en él una consumación simbólica de su propia relación. Los eventos posteriores los harían cuestionar su intención. Anna, extremadamente voluntariosa, dominaba a su marido y también se opuso a su suegra con respecto a los asuntos de familia -lo más revelador fue una pelea entre su hijo mayor y socio de negocios, Vladimir, y el resto de la familia-.


En lugar de unir más al compositor con su mecenas, la unión entre Anna y Nikolai puede haber ayudado a abrir una brecha entre ellos. Tchaikovsky prácticamente repudió a su sobrina en un esfuerzo por evitar un quiebre de sus relaciones. Von Meck le ocultó sus verdaderos sentimientos acerca de lo que estaba ocurriendo.


La noche de inauguración del Carnegie Hall de Nueva York (5 de mayo de 1891) Tchaikovsky dirige la orquesta.


En aquella época las composiciones de Peter Ilich se tocaban no sólo en Rusia, sino también en el extranjero. Aumentaban los derechos de autor. Con el éxito, numerosas relaciones iban constantemente a visitarlo, acaparando su tiempo. No sabía cerrar la puerta y se dio cuenta que ya no lograba componer, tan ocupado estaba en obligaciones sociales y profesionales. Además, vivía en la casa de su hermano, en medio de una familia bulliciosa. Pensó pues instalarse en las afueras de Moscú y, a comienzos de 1885, alquiló una casa en Klin, cerca de la capital rusa. Pensaba escribir una nueva ópera.

A Nadejda von Meck no le gustó mucho la idea del traslado de su amigo. Tenía la impresión de que Peter Ilich se le escapaba. Además, no amaba la ópera, a la que encontraba vulgar, prefiriendo las sinfonías y la música de cámara, que consideraba más elevadas. A pesar de su reprobación, Tchaikovsky se empecinaba en componer óperas, pues estimaba que ello le permitiría entrar en contacto con las masas. Como para darle la razón a von Meck, La Bella Durmiente del Bosque, representada al año siguiente, tuvo muy mala acogida de la crítica y el público.

En octubre de 1890, mientras Peter Ilich descansaba en Tiflis, Nadejda le envió una subvención de un año de antelación, junto con una carta terminando su patrocinio. Afirmaba que estaba en bancarrota y terminaba diciendo: “No me olvide. Piense de vez en cuando en mí.” El compositor no podía creer a sus ojos. Que la pensión se interrumpiera solo le molestaba un poco –ahora disponía de suficientes derechos de autor para vivir-, pero no comprendía que, por una cuestión de dinero, ese bello vínculo de amor-amistad fuese cortado de golpe. Herido, le respondió rápidamente: “Mi bienamada, mi muy querida amiga: no puedo pensar en mí sin pensar por eso mismo en usted…”




Lo más sorprendente acerca de la ruptura fue su extrema rapidez. Apenas una semana antes, ella le había enviado una carta típicamente íntima, amorosa y confesional, donde trataba en gran medida sobre cómo sus hijos estaban dilapidando su futura herencia. Era una irritación persistente para ella y no necesariamente una advertencia de su interrupción. Sin embargo, una explicación lógica de esa concesión a Tchaikovsky sería que Nadejda temía no tener fondos para enviarle más tarde su habitual arreglo en cuotas mensuales.

Debido a lo repentino de su acción, algunos creen que ella terminó su patrocinio porque había aprendido de la homosexualidad de Tchaikovsky. Otros descartan esta idea. Lo más revelador es que Nadejda le pidió a Tchaikovsky, en su última carta, que no la olvidara. Ella no habría hecho tal solicitud si hubiera actuado por resentimiento ante la percepción de una falla moral. Tal vez sea más probable que su familia había amenazado con revelar públicamente las preferencias sexuales de Peter Ilich. Nadejda habría cortado la relación con él para protegerlo del escándalo.


Uno de los últimos retratos del compositor


Dos hechos jugaron en la decisión de Nadejda von Meck. En 1890, estaba gravemente enferma, en la última etapa de la tuberculosis y una atrofia de su brazo le hizo casi imposible escribir. Dictar cartas a un tercero habría sido incómodo, sobre todo por los mensajes de estilo franco, informal y personal que ella intercambiaba con Tchaikovsky. Por otro lado, se encontraba bajo intensa presión de la familia para poner fin a la relación. Sus hijos estaban avergonzados por la cercanía de su madre con Tchaikovsky. Hubo rumores en la sociedad sobre el compositor y "la Meck." Cada vez más, al menos para los ojos de los familiares hostiles, la situación parecía escandalosa.


Lo peor para ellos era que Tchaikovsky continuaba tomando libremente el dinero de ella después de haber recibido una generosa pensión del zar Alejandro III. Mientras la propia situación financiera de los hijos empeoraba, ellos creían más decididos a poner fin al acuerdo entre su madre y Tchaikovsky. En la segunda mitad de 1890, durante un período de dos meses, había sido visitada por al menos uno de sus hijos mayores. Es posible que incluso le se hubiera dado un ultimátum. La carta final y el pago de Nadejda a Peter Ilich fueron entregados por un funcionario de confianza de ella, Ivan Vasiliev, por quien él abrigaba cálidos sentimientos. Ella nunca le había enviado algo de esta manera, sino que siempre lo había hecho por correo. Si no pudiera controlar más su correspondencia personalmente y si quisiera ocultar esta acción de todo su entorno, resolvería esencialmente dos problemas con esta única acción.


El último hogar de Tchaikovsky en Klin, al noroeste de Moscú


Nadejda también sabía que Peter Ilich tenía a menudo necesidad de dinero en efectivo, a pesar de lo que ella le daba. Era un pobre administrador de su dinero. Entonces le pediría a ella sobre la asignación del año siguiente varios meses por adelantado. Sabiendo de este hábito, Nadejda podría haber anticipado su necesidad del dinero. Ella pudo haber comenzado a prepararse para la ruptura desde mediados de 1889, a sabiendas de que llegaría tarde o temprano.


Él no se repuso de ese golpe, que vivió como una gran pena de amor y partir de entonces envejeció prematuramente, cayó en la misantropía y en el pesimismo. Se refugió en la música, escribiendo al año siguiente el Cascanueces. Nunca la volvió a ver.

La musa de aquel joven músico devenido en gran compositor murió de tuberculosis el 13 de enero de 1894 en Niza, apenas dos meses después de la muerte de Tchaikovsky. Luego de la muerte de su suegra, Anna von Meck fue consultada sobre cómo la antigua mecenas había sufrido la muerte del compositor. Anna respondió: “Ella no lo pudo soportar”.


viernes, 20 de mayo de 2011

El affaire Dolgoruki y el Zar de Todas las Rusias

Cuando se produce el advenimiento del joven Pedro II al trono ruso, éste es consciente de no ser sino la sombra de un emperador, una Majestad de carnaval sometida a la voluntad del organizador del pintoresco espectáculo ruso. Haga lo que haga, deberá plegarse a la voluntad de Alexandr Ménshikov, uno de los “Aguiluchos” de Pedro el Grande (quien le había otorgado el título de Príncipe Serenísimo), el que prevé y organiza todo a su manera.


Pedro II, flamante Zar de todas las Rusias


Las preocupaciones matrimoniales por la zarevna Isabel, tía del zar, no le hacen perder de vista a Ménshikov la educación de su pupilo imperial. Recomienda al vicecanciller Andrei Ivanovich Osterman que refuerce su lucha contra la pereza natural del zar acostumbrándolo a unos horarios fijos, ya se trate de estudios o de solaz. El westfaliano es secundado en esta tarea por el Príncipe Alexei Grigorievich Dolgoruki, “gobernador adjunto”, quien se presenta a menudo en palacio con su joven hijo, el Príncipe Iván, un apuesto veinteañero, elegante y afeminado, que divierte a Su Majestad con su inagotable parloteo.


La zarevna Isabel visita diariamente, acompañada de su hermana Ana, a su querido sobrino en su jaula dorada. Escuchan sus confidencias de niño mimado, comparten su entusiasmo por Iván Dolgoruki, el efebo irresistible, y los acompañan a los dos en sus alegres francachelas nocturnas. Pese a las reconvenciones de sus carabinas masculinas, sobre este cuarteto de desvergonzados sopla un viento de locura.


En diciembre de 1727, Johann Lefort pone al corriente a su ministro en la corte de Sajonia de las calaveradas del joven Pedro II: “El señor no tiene más ocupaciones que recorrer día y noche las calles con la princesa Isabel y su hermana, visitar al chambelán Iván, a los pajes, a los cocineros y Dios sabe a quién más”. Después de dar a entender que el soberano bajo tutela tiene unos gustos contra natura y que el delicioso Iván lo arrastra a juegos prohibidos en lugar de combatir sus inclinaciones, Lefort prosigue: “Podría creerse que esos imprudentes (los Dolgoruki) favorecen los más variados desenfrenos instigando (en el zar) los sentimientos del más abyecto de los rusos. Sé de un aposento contiguo a la sala de billar donde el subgobernador (el príncipe Alexei Grigorievich Dolgoruki) le organiza encuentros galantes (…). No se acuestan hasta las 7 de la mañana.”



Peter y su tía Isabel Petrovna, de caza


Estas diversiones de juventud sedienta de placeres no inquietan a Ménshikov. Mientras Pedro y sus tías se entretengan con enredos amorosos y revolcones de segunda fila, su influencia política será nula. Tras la marcha a Kiel de Ana y su esposo, el duque Carlos Federico de Holstein, Ménshikov cae enfermo de consideración, produciéndose un vacío de poder. Isabel y su sobrino, inmersos en el torbellino de la vida galante, inventan todos los días nuevas ocasiones para retozar y embriagarse. Las cacerías alternan con las meriendas campestres improvisadas y los revolcones en algún pabellón rústico con las ensoñaciones a la luz de la luna. Un ligero perfume de incesto sazona el placer que Pedro experimenta acariciando a su joven tía. Nada como el sentimiento de culpa para salvar el comercio amoroso de las tristezas de la costumbre. Ceñidos a la moral, las relaciones entre un hombre y una mujer enseguida se vuelven aburridas como el cumplimiento de un deber.


Sin duda es esta convicción lo que incita a Pedro a entregarse a experiencias paralelas con Iván Dolgoruki. Para agradecerle las satisfacciones íntimas que éste le proporciona, con el asentimiento de Isabel, lo nombra chambelán y le concede la condecoración de la Orden de Santa Catalina, reservada en principio a las damas. En la corte, esto es motivo de burla y los diplomáticos extranjeros se apresuran a comentar en sus despachos las juergas de doble sentido de Su Majestad. Hablando de la conducta indecorosa de Pedro II durante la enfermedad de Ménshikov, algunos citan el dicho: “Cuando el gato no está, los ratones bailan”. Éste se recupera e intenta imponer orden nuevamente. Pero el zar ya no consiente que nadie, ni siquiera su futuro suegro, se permita oponerse a sus deseos. Ante un Ménshikov atónito y a punto de sufrir una apoplejía: “¡Yo te enseñaré quién manda aquí!”.


Aleksandr Menshikov


De allí hasta el desprecio y el exilio del Serenísimo hay un paso. Alentado con toda probabilidad por Isabel, Natalia y el clan de los Dolgoruki, Pedro ha ordenado detenerlo y confinarlo en Siberia. Los miembros del Alto Consejo empiezan a pelearse por el reparto del poder tras su caída. El vicecanciller Ósterman ha tomado desde el principio la dirección de los asuntos ordinarios, pero los Dolgoruki, basándose en la antigüedad de su apellido, se muestran cada vez más impacientes para suplantar al westfaliano. Sus rivales más directos son los Golitsin, cuyo árbol genealógico es, afirman ellos, como mínimo igual de glorioso. Cada uno de estos paladines quiere barrer para su casa, sin preocuparse demasiado ni de Pedro II ni de Rusia.


Puesto que el zar solo piensa en divertirse, no hay ninguna razón para que los grandes servidores del Estado se empeñen en defender la felicidad y la prosperidad del país, en vez de pensar en sus propios intereses. Los Dolgoruki cuentan con el seductor Iván para alejar al zar de su tía Isabel y de su hermana Natalia, cuyas ambiciones les parecen sospechosas. Dimitri Golitsin, por su parte, encarga a su yerno, el elegante y poco escrupuloso Alexander Buturlin, que arrastre a Su Majestad a placeres lo bastante variados como para apartarlo de la política. Pero Isabel y Natalia se han olido la maniobra de los Dolgoruki y los Golitsin y se unen para abrir los ojos del joven zar ante los peligros que lo acechan entre los dos validos de dientes afilados.




Pedro en su niñez, con su hermana Natalia


En este clima de libertinaje y de rivalidades intestinas es que los dirigentes políticos de Rusia preparan las ceremonias de la coronación en Moscú. El 9 de enero de 1728 Pedro se pone en camino, a la cabeza de un cortejo tan numeroso que hace pensar en el éxodo de todo San Petersburgo. La alta nobleza y la alta administración de la nueva capital se encaminan lentamente hacia los fastos del viejo Kremlin. Han sido los Dolgoruki los encargados de organizar las ceremonias.


Luego, el flamante zar continúa llevando su habitual existencia desordenada. Los Dolgoruki, los Golitsin y el ingenioso Ósterman, dispensados de rendirle cuentas de sus decisiones, aprovechan la situación para imponer su voluntad en toda circunstancia. No obstante, siguen desconfiando de la influencia que Isabel ejerce sobre su sobrino. Segura del poder que tiene sobre los hombres, se insinúa a unos y otros para mantener idilios sin consecuencias y relaciones sin futuro. Tras haber seducido a Alexandr Buturlin, su interés se dirige hacia Iván Dolgoruki, el valido titular del zar. ¿Acaso lo que la excita es la idea de atraer a sus brazos a un hombre cuyas preferencias homosexuales conoce? Su intriga diabólica la estimula como si se tratara de demostrar la superioridad de su sexo en todas las formas de perversidad amorosa. Sin duda es menos corriente, y por lo tanto más divertido, piensa ella, apartar a un hombre de otro hombre que quitárselo a una mujer.

El Zar


En las fiestas que Ana Petrovna y el duque de Holstein dan en Kiel para celebrar el nacimiento de su hijo, el zar abre el baile con su tía Isabel. Luego se retira a la estancia contigua para beber con un grupo de amigos. Después de vaciar unas copas, se percata de que Iván Dolgoruki, su habitual compañero de placeres, no está junto a él. Sorprendido, vuelve sobre sus pasos y lo ve bailando sin parar, en medio del salón, con Isabel. Ella parece tan excitada frente a aquel caballero que la devora con los ojos, que Pedro se enfurece y se retira para emborracharse. Pero ¿de quién está celoso? ¿De Iván o de Isabel?


La reconciliación entre tía y sobrino no tendrá lugar hasta después de Pascua. Dejando de lado por primera vez a Iván Dolgoruki, Pedro lleva a Isabel a una larga partida de caza, que tiene previsto dure varios meses. Un séquito de quinientas personas acompaña a la pareja. Matan tanto animales de pluma como caza mayor. Cuando hay que acorralar a un lobo, un zorro o un oso, se encargan de hacerlo lacayos que visten libreas verdes guarnecidas con trencilla plateada. Éstos atacan al animal con escopetas y venablos, ante la mirada atenta de los señores. La inspección de las piezas cobradas va seguida de un banquete al aire libre y de una visita al campamento de los comerciantes venidos de lejos con sus provisiones de telas, bordados, ungüentos milagrosos y joyas de fantasía.


En plenos festejos, el zar se entera que su tía Ana cae enferma y muere víctima de una pleuresía. Unos meses más tarde, la tisis que había enfermado a su hermana Natalia se agrava repentinamente y también se la lleva a la tumba. Aunque, como por azar, Pedro está ocupado yendo de aquí para allá y cazando, vuelve a San Petersburgo para acompañar su funeral. Pero luego se apresura a partir para Gorenki, la finca donde los Dolgoruki le organizan espléndidas partidas de caza. Esta vez no le pide a Isabel que lo acompañe. Aunque no está cansado de las atenciones y las coqueterías de la joven, siente la necesidad de renovar el personal de sus placeres, justificándose en la idea de que el juego de las revelaciones sucesivas siempre resulta más atractivo que la tediosa fidelidad.



El castillo de Gorenki



En el castillo de Gorenki lo espera una agradable sorpresa. Alexei, el jefe del clan de los Dolgoruki, le pone delante unas piezas que Pedro no se esperaba: las tres hijas del príncipe, frescas, libres y apetecibles bajo sus aires de provocadora virginidad. La mayor, Iekaterina –Katia para los íntimos-, posee una belleza que corta la respiración. De temperamento audaz, la joven aristócrata participa tanto en el acorralamiento de un ciervo como en las libaciones que cierran un banquete, en tranquilos juegos de sociedad o en bailes improvisados después de galopar durante horas por el campo. Todos los observadores coinciden en predecir que, en el corazón del voluble zar, Iván Dolgoruki no tardará en ser suplantado por su hermana, la graciosa Katia. De cualquier modo, la familia Dolgoruki se declarará vencedora y esa unión acarrearía la sumisión total del zar a su familia política, que pondría en vereda a los otros miembros del Alto Consejo secreto.


Pedro parece haber mordido tan bien el anzuelo lanzado por Katia que, nada más llegar a San Petersburgo, ya está pensando en irse de nuevo. Si se ha tomado la molestia de trasladarse durante unos días a la capital es únicamente para completar su equipo de caza. Así pues, tras comprar doscientos perros de busca y cuatrocientos lebreles, vuelve a Gorenki. Pero, una vez de regreso en el lugar de sus hazañas cinegéticas, ya no está tan seguro de que el placer sea tan excelso. Cuenta hastiado las liebres, los zorros y los lobos que ha matado a lo largo de la jornada. Una noche, cuando menciona los tres osos que figuran entre sus piezas cobradas, alguien lo felicita por esta última proeza. Con una sonrisa sarcástica, Pedro contesta: “He hecho cosas mejores que atrapar tres osos; llevo conmigo cuatro animales de dos patas”. Su interlocutor comprende que se trata de una alusión descortés al príncipe Alexei Dolgoruki y sus tres hijas. Semejante burla, dicha en público, hace suponer a los presentes que el zar ya no arde de pasión por Katia y que tal vez está a punto de abandonarla.

Pedro II con la banda azul de la Orden de San Andrés


Pero los Dolgoruki se obstinan en acariciar, pese a las señales de alarma, la idea de una boda imperial en su beneficio. Aunque, para más seguridad, consideran que habría que unir no sólo a Iekaterina con Pedro II, sino también a la tía sobreviviente del zar con el bello Iván. Pero resulta que, según las últimas noticias, la loca de Isabel se ha encaprichado con el descendiente de otra gran familia, el conde Simón Narishkin. Urge poner coto a esa inesperada chifladura que puede comprometer todo el asunto.


Jugándose el todo por el todo, los Dolgoruki amenazan a Isabel con hacerla encerrar en un convento por conducta indecorosa si se empeña en preferir a Narishkin en perjuicio de Iván. Pero la joven, por cuyas venas corre sangre de Pedro el Grande, sufre un acceso de orgullo y se niega a obedecer. Entonces los Dolgoruki se desatan. Como controlan los principales servicios del Estado, Simón Narishkin recibe del Alto Consejo secreto la orden de partir inmediatamente en misión al extranjero. Lo dejarán allí el tiempo que sea necesario para que Isabel lo olvide, mientras ésta llora y trama despiadadas venganzas.




Isabel Petrovna, tía del zar



Los cotilleos cortesanos indican que el zar ha estado a punto de repudiar a Katia al enterarse que ésta había tenido citas clandestinas con otro pretendiente, un agregado de la embajada de Alemania en Rusia, el Conde de Millesimo. Alarmados por las consecuencias de tal ruptura e impacientes por impedirla, los Dolgoruki se las arreglan para preparar un encuentro de reconciliación de la pareja en un pabellón de caza. Esa noche, el padre de la joven aparece en el momento de las primeras caricias, se declara ultrajado en su honor y exige una reparación oficial. Lo más extraño de todo es que ese burdo subterfugio da resultado. En esta capitulación del enamorado sorprendido en flagrante delito por un pater familias indignado, es imposible saber si el “culpable” ha cedido finalmente a su inclinación por Katia, al temor de un escándalo o simplemente al cansancio.


Lo cierto es que el 22 de octubre de 1729, aniversario del nacimiento de Iekaterina, los Dolgoruki comunican a sus invitados que la joven acaba de ser prometida al zar. El 19 de noviembre el Alto Consejo secreto recibe el anuncio oficial de los esponsales y el 30 del mismo mes se celebra una ceremonia religiosa en el palacio Lefortovsky de Moscú, donde Pedro acostumbra residir durante sus breves estancias en la capital. La anciana zarina Eudoxia, abuela paterna del zar, ha accedido a salir de su retiro para bendecir a la joven pareja. Todos los dignatarios del imperio y los embajadores extranjeros se encuentran presentes en la sala, esperando la llegada de la elegida. Su hermano Iván va a buscarla al palacio Golovín, donde se ha alojado con su madre. El cortejo atraviesa la ciudad aclamado por una multitud sencilla y crédula que, ante tanta juventud y tanta magnificencia, está convencida de asistir al final feliz de un cuento de hadas.

El Palacio Lefortovksy



A la entrada del palacio Lefortovsky, la corona que adorna el techo de la carroza de la prometida se engancha con el montante superior del pórtico y cae al suelo con estrépito. Los supersticiosos interpretan este incidente como un mal presagio. En cuanto a Katia, no se inmuta. Cruza muy erguida el umbral del salón de ceremonias. El obispo Feofán Prokopovich la invita a acercarse junto con Pedro. La pareja se coloca bajo un palio de oro y plata sostenido por dos generales. Tras el intercambio de anillos, salvas de artillería y campanadas preludian el desfile de las felicitaciones. Siguiendo el protocolo, la zarevna Isabel Petrovna da un paso adelante y, tratando de olvidar que es la hija de Pedro el Grande, besa la mano de una “súbdita” llamada Iekaterina Dolgoruki.


Al cabo de un momento le toca a Pedro II dominar su despecho, pues el conde de Millesimo, tras aproximarse a Iekaterina, se inclina ante ella. La joven ya se dispone a tenderle la mano. Pedro querría impedir ese gesto de cortesía, que le parece incongruente, pero ella apura el movimiento y presenta espontáneamente sus dedos al agregado de embajada, que los roza con los labios antes de incorporarse, mientras el prometido imperial le dirige una mirada asesina. Al ver la expresión irritada del zar, los amigos de Millesimo se lo llevan y desaparecen con él entre la multitud.



Entonces es cuando el príncipe Vasili Dolgoruki, uno de los miembros más eminentes de esta numerosa familia, cree que ha llegado el momento de dirigir un pequeño discurso moralizador a su sobrina. “Ayer yo era tu tío –dice ante un círculo de oyentes atentos-. Hoy, tú eres mi soberana y yo soy tu fiel servidor. Sin embargo, apelo a mis antiguos derechos para darte este consejo: no mires al hombre con quien vas a casarte sólo como tu marido, sino también como tu señor y no te ocupes más que de complacerlo. (…) Si algún miembro de la familia te pide favores, olvídalo para no tener en cuenta más que el mérito. Será el mejor medio de garantizar toda la felicidad que te deseo.”



Iekaterina –Katia- Dolgorukaya


Estas doctas palabras tienen la virtud de ensombrecer el humor de Pedro. Hasta el final de la recepción permanece con el ceño fruncido. Ni siquiera durante los fuegos artificiales que clausuran la fiesta concede una mirada a la joven con la que acaba de intercambiar promesas de amor eterno. Cuanto más escruta los rostros alegres que lo rodean, más tiene la impresión de haber caído en una trampa.


Cuando se entera que su querido Iván Dolgoruki está pensando en casarse con la pequeña Natalia Sheremetievna, no tiene ningún inconveniente en ceder su valido de otros tiempos a una rival. Queda convenido que, para afianzar la amistad innata que une a los cuatro jóvenes, las dos bodas se celebren el mismo día. Sin embargo, este arreglo razonable sigue atormentando al zar. Todo lo decepciona e irrita. En ningún sitio está a gusto y ya no sabe con quién sincerarse.


Poco antes que acabe el año, Pedro se presenta sin anunciarse en casa de su tía Isabel, a quien ha descuidado en los últimos meses. La encuentra mal instalada, mal servida, privada de lo esencial, cuando debería ser la primera dama del imperio. Ha ido a quejarse ante ella de su desasosiego y es ella quien se queja ante él de su indigencia. Isabel acusa a los Dolgoruki de haberla humillado y arruinado y de disponerse a ejercer su dominio sobre él a través de la esposa que le han arrojado a los brazos. Conmovido por las quejas de su tía, a la que sigue amando en secreto, replica: “¡Yo no tengo la culpa! No me obedecen, pero pronto encontraré la manera de romper mis cadenas!”.



El Zar


Estas palabras son referidas a los Dolgoruki, que se consultan para elaborar una réplica a la vez respetuosa y eficaz. Además, hay otro problema familiar que solucionar urgentemente: Iván se ha peleado con su hermana Katia, la cual desde sus esponsales ha perdido todo sentido de la mesura y reclama los diamantes de la difunta Gran Duquesa Natalia, afirmando que el zar se los había prometido. Esta sórdida disputa en torno a un cofrecillo de joyas puede irritar a Pedro en el momento en que es más necesario que nunca adormecer su desconfianza. Pero ¿cómo hacer entrar en razón a una mujer menos sensible a la lógica masculina que al destello de unas piedras preciosas?


El 6 de enero de 1730, en la tradicional bendición de las aguas del Neva, Pedro llega tarde a la ceremonia y se queda de pie detrás del trineo descubierto donde está Iekaterina. En el aire gélido, las palabras del sacerdote y el canto del coro tienen una resonancia irreal. El zar tirita durante el interminable oficio. Al regresar al palacio, lo acometen escalofríos y se mete en la cama. Todos creen que se trata de un resfriado. Un mes después se encuentra mejor. Sin embargo, cinco días más tarde los médicos descubren en él los síntomas de la viruela.




El Zar en 1730




Ante el anuncio de esta enfermedad, con frecuencia mortal en la época, todos los Dolgoruki se reúnen, aterrorizados, en el palacio Golovín. El pánico ensombrece los semblantes. Ya se prevé lo peor y se buscan salidas para la catástrofe. Entre la agitación general, el príncipe Alexei afirma que sólo habría una solución en el caso que el zar llegara a desaparecer: coronar sin tardanza a quien él ha escogido por esposa, la pequeña Katia. Pero esta pretensión le parece demasiado al príncipe Vasili Vladimirovich. Protesta en nombre de toda la familia negándose a ser súbditos de Iekaterina por no estar casada.


La discusión sube de tono. El príncipe Sergei habla de sublevar a la Guardia para apoyar la causa de la prometida del zar. Pero el general Vasili Vladimirovich se niega y abandona la reunión. Tras su marcha, el príncipe Vasili Lukich, miembro del Alto Consejo secreto, se sienta junto a la chimenea donde arde un enorme fuego y, sin pedir la opinión de nadie, redacta un testamento para presentárselo al zar mientras éste todavía tenga fuerzas para leer y firmar. Los demás miembros de la familia se congregan a su alrededor e intervienen sugiriendo una frase o una palabra para redondear el texto.



Vassili Dolgoruki


Cuando el príncipe termina de escribir, entre los presentes se alza una voz que expresa el temor de que mentes malintencionadas pongan en duda la autenticidad del documento. Inmediatamente interviene un tercer Dolgoruki, Iván, el valido de Pedro, quien saca un papel del bolsillo y falsifica alegremente la firma del zar.


Los testigos están estupefactos, pero ninguno se indigna. Todos se inclinan sobre su hombro, maravillados de su letra idéntica. A continuación, los conspiradores, más tranquilos, intercambian miradas y ruegan a Dios que les libre de tener que utilizar ese documento. De vez en cuando envían emisarios a palacio en busca de noticias del zar. Éstas son cada vez más alarmantes.


El Zar de todas las Rusias se extingue a la una de la madrugada del lunes 19 de enero de 1730, a la edad de catorce años y tres meses. Su reinado habrá durado poco más de dos años y medio. El día de su muerte es la fecha que él mismo había fijado unas semanas antes para su boda con Iekaterina Dolgoruki.




jueves, 12 de mayo de 2011

Los Tolstoy

Tolstoy, o Tolstoi, es una prominente familia de la nobleza rusa descendiente de Andrey Kharitonovich Tolstoy el Gordo, quien sirvió bajo Vasily II de Moscú. Los “salvajes Tolstoys”, como eran conocidos en la alta sociedad de la Rusia imperial, han dejado un perdurable legado en política rusa, historia militar, literatura y bellas artes.


Andrey Kharitonovich Tolstoy era bisnieto de un tal Indris, un hombre de distinguidos ancestros que llegó al Principado de Chernigov proveniente de las tierras de César (el Sacro Imperio Romano), acompañado de sus hijos Litvinos y Zimonten y una fuerza de tres mil hombres. Esta leyenda familiar es incomprobable.



La familia comenzó a alcanzar la prominencia a fines del siglo XVII por sus conexiones con el clan Miloslavsky, al cual pertenecía la primera esposa del zar Alexis I. Fue okolnichi Pyotr Andreyevich Tolstoy (1645-1729) quien decidió la fortuna familiar al optar por el partido de Pedro el Grande. El okolnichi era un alto cargo de la Corte, cuyo titular se encargaba de organizar los viajes de los zares y grandes príncipes, así como acoger a los embajadores extranjeros y presentarlos en la corte. Él gradualmente ganó la confianza del zar sirviendo primero como embajador en Constantinopla, luego como jefe de la policía secreta. Aunque detestado por sus contemporáneos, Tolstoy fue hecho Conde por su aporte al asegurar el trono para Catalina I. Más tarde se enfrentaría con el poderoso Príncipe Menshikov, fue desprovisto de sus títulos y exiliado al Solovki. Títulos y propiedades fueron restauradas a sus nietos treinta años después.


Pyotr Andreyevich Tolstoy, prominente estadista durante el reinado de Pedro el Grande.



El más famoso Tolstoy del siglo XIX fue el Conde Dmitri Andreevich (1823–1889), sucesivamente Ministro de Educación, Ministro del Interior y Presidente de la Academia de Ciencias. Durante su mandato puso en práctica un vigoroso programa de “rusificación” en Polonia y Ucrania, por el cual es principalmente recordado.



Dos miembros de la familia estuvieron activos durante las Guerras Napoleónicas. El Conde Peter Alexandrovich (1761–1844) sirvió bajo Suvorov en las guerras contra Polonia y Turquía, fue hecho general adjunto en 1797, fue como embajador a París en 1807 y trató de persuadir a Alejandro I de preparar la guerra contra Francia, aunque sin mucho éxito. Fue gobernador de San Petersburgo y Kronstadt desde 1828 hasta su muerte.



Alexander Ivanovich Tolstoy (1770–1857), derivado de una rama colateral de la familia, heredó el título condal y las propiedades de su tío Ivan Ostermann, quien murió sin hijos como el último de los Ostermanns. Primero se distinguió en la batalla de Charnova (1807), donde su regimiento peleó por 15 horas contra el ejército completo comandado por Napoleón. Uno de los más admirados generales de la coalición anti-napoleónica, fue premiado por su coraje en las batallas de Pultusk y Eylau. En Guttstadt fue herido tan seriamente que temieron por su vida.


La Galería Militar del Palacio de Invierno, donde el Conde Alexander Ivanovich ocupa un lugar destacado.



En la gran batalla de Borodino, comandó brillantemente las posiciones clave hasta que fue traumatizado y retirado del campo de batalla. Ostermann-Tolstoy fue una vez más herido en la batalla de Bautzen (1813) pero no se dio por vencido al comandar sus fuerzas. Coronó sus logros con la Victoria de Kulm (agosto de 1813), que le costó la amputación de su brazo izquierdo. Cuando la guerra terminó, peleó con el emperador, y resignado pasó el resto de su vida en Europa.

Los otros Tolstoy



El Conde Feodor Petrovich Tolstoy (1783–1873), mencionado por Alexander Pushkin en "Eugene Oneguin", fue uno de los más conocidos dibujantes y pintores rusos de la década de 1820. Aunque realizó finas ilustraciones para Dushenka, de Ippolit Bogdanovich, su genuina vocación fue modelaje en cera y diseño de medallas. Como gradualmente fue quedando ciego debió renunciar al dibujo y comenzó a escribir ballets y libretos para óperas. Fue nombrado Vice- Presidente de la Academia de Artes en 1828. Muchos de sus trabajos pueden ser vistos en el Museo Ruso de San Petersburgo.





El Conde Feodor Petrovich en su casa de Moscú



El Conde Feodor Ivanovich Tolstoy (1782–1846) fue un notorio alcohólico, gastrónomo y duelist. Se dijo que había matado once personas en duelos. En 1803 participó en la primera circunnavegación rusa alrededor de la Tierra. Peleó bravamente en la Guerra de 1812 pero escandalizó a su familia nuevamente al casarse a una cantante gitana en 1821.



Muchos de los Tolstoy dedicaron su tiempo libre a actividades literarias. Por ejemplo, el Conde Alexei Konstantinovich (1817–1875) fue cortesano pero también uno de los más populares poetas rusos de la época. Escribió admirables baladas, una novela histórica, algunos versos licenciosos y sátiras publicadas bajo el seudónimo de Kozma Prutkov. Su última contribución a la literatura rusa fue una trilogía de dramas históricos, modelados a partir del "Boris Godunov" de Pushkin.


Conde Fyodor Ivanovich Tolstoy, también conocido como el "Americano". En 1803 hizo la primera circunnavegación alrededor del mundo en un navío (el velero Nadezhda) de bandera rusa.



El Conde Lev Nikolaevich (1828–1910), más conocido como Leon Tolstoy, es aclamado como uno de los grandes novelistas de todos los tiempos. Después de empezar su carrera militar, primero dibujaba libros ya escritos cuando sirvió en Chechenya y ya su primera novela, Kazaky (“Los Cosacos”) era algo muy diferente a cualquier cosa escrita antes que él. Fue en la propiedad familiar Yasnaya Polyana, cerca de Tula, donde creó dos de sus novelas, "Guerra y Paz" y "Anna Karenina", consideradas entre las mejores novelas jamás escritas.



De los trece hijos que tuvo Leon, la mayoría pasó su vida promocionando las enseñanzas de su padre o denunciándolas. Su hija menor y secretaria, Alexandra Lvovna (1884–1979), tuvo una vida particularmente problemática. Aunque compartió con su padre la doctrina de no-violencia, sintió que era su deber tomar parte en los eventos de la Primera Guerra Mundial.


Lev Tolstoy en Yasnaya Polyana (1908), la primera fotografía color tomada en Rusia



El Conde Aleksei Nikolaevich Tolstoy (1883–1945) pertenecía a una rama diferente de la familia. Sus primeras historias cortas, publicadas en 1910, fueron criticadas por excesivo naturalismo y cruel erotismo.



Después de la Revolución de 1917 emigró brevemente a Alemania, pero entonces cambió su visión política y retornó a la Unión Soviética. Sus novelas de ciencia ficción de 1923 y 1927 todavía son populares entre los lectores del género. En sus últimos años publicó dos extensas novelas de temas históricos: "Pedro Primero" (1929-1945) y "Camino al Calvario" (1922-1941). Como firme partidario de Stalin, comenzó a ser conocido como el Conde Rojo o el Camarada Conde y su trabajo fue reconocido como clásico de la literatura soviética.



Su bisnieta Tatiana Tolstaya (nacida en 1951) es una de las primeras escritoras rusas de historias cortas. Otro miembro sobreviviente de la familia es Nikolai Tolstoy-Miloslavsky (nacido en 1935), un controversial historiador británico.


Tatiana Tolstaya