martes, 24 de agosto de 2010

María José de Bélgica, Reina de Italia

Sorprendente, inconformista, original y sobre todo con dignidad real. La Reina María-José de Italia se mantuvo así durante toda su vida. Instalada durante sus últimos años en su casa de Cuernavaca, México, la antigua soberana italiana demostraba la misma curiosidad a los 90 años que a los 15. Su villa blanca y el jardín circundante, vibrante de buganvillas y exótica vegetación, estaban llenos de encanto. María-José había descubierto México en compañía de la princesa María-Beatriz de Saboya, su hija menor, y eligió ese país de residencia para estar cerca de su hija y nietos. Adquirió una mansión cercana a la de su familia, con una excelente acústica que le permitía ofrecer conciertos de piano a familiares y amigos –había traido su excelente piano Bechstein, que le fuera obsequiado en 1930 por sus padres, los reyes Alberto I y Elizabeth de Bélgica, también ellos amantes de la música-.

La música siempre desempeñó un papel importante en la vida de la reina. "Soy músico, mis padres eran músicos, he sido capaz de satisfacer a los más grandes virtuosos y compositores. Para fomentar la creatividad he creado el Premio Internacional Reina María José para la composición musical en 1960…". Asistía asiduamente a conciertos en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México y era visitada constantemente por jóvenes músicos mexicanos.

Sin embargo, los días de la reina no estaban sólo dedicados a la música. La Historia, su otra pasión, siempre desempeñó un papel importante en su vida. Leyendo una biografía de su tía abuela, la reina María de Nápoles, esposa del rey Francisco II de las Dos Sicilias, María-José recordó: “Cuando era niña me recuerdo visitando a mi vieja tía, cuyo marido fue destronado por los Saboya en 1860 durante la unificación italiana. Después de saludarla, me apuntó con el dedo y dijo… ‘Y tú, espero que nunca te cases con ese pequeño Umberto de Saboya!’”. Curiosamente, Maria-José se casó con ese príncipe de Saboya. Su tía María fue la última reina de las Dos Sicilias, María-José fue la última reina de Italia.

La última soberana de Italia era una princesa de Bélgica.Marie José Charlotte Sophie Louisa Amélie Henriette Olga Gabrielle había nacido en Ostende, con el título de Princesa de Sajonia-Coburgo-Gotha hasta que su uso fue interrumpido al final de la Primera Guerra Mundial. Recibió ese nombre por su abuela materna, María Josefa de Braganza, Infanta de Portugal.
Desde temprana edad fue destinada por sus padres a casarse con Umberto, Príncipe de Piamonte, el heredero al trono italiano, con quien se reunió brevemente en 1916. Con este futuro en mente, sus padres la enviaron al Colegio de la Santissima Annunziata en Florencia, por lo que aprendería a hablar italiano con fluidez. A fin de completar su "italianización", a partir de su salida del colegio y durante 10 años, recibió clases de Anna Licari Barberini, una institutriz florentina de gran cultura.

María-José mantuvo un "diario del corazón" bajo llave donde grabó sus pensamientos más íntimos y sus emociones. A los 18 años, bajo el título "Impresión", habló de su anhelo por su futuro esposo, "Beppo" de Saboya. María José y Umberto son descriptos a menudo como una pareja unida sólo por razones de Estado, completamente opuesta en carácter. Sin embargo, tenían mucho en común: dignidad interior, preocupación por la justicia social, simpatía por el arte y la literatura. Llevada a amar a Umberto, María José empezó a verlo como la perfección de un hombre joven... Como le confió a su diario:

"No sé por qué la vida a veces parece aburrida, cansada, vacía. Sin embargo, hay tantas cosas que son interesantes, hermosas, divertidas, buenas y útiles. Nos encontramos con muchas personas que son inteligentes, buenas y sinceras. Pero, a pesar de ello, siempre estamos buscando algo más. Qué estúpidos somos. Beppo, eres quien yo quiero, tal vez es por eso que todo parece aburrido, cuando no estás aquí. Ven, ven a mí, y déjame venir a ti, y vamos a permanecer siempre juntos. No quiero vivir sin ti, no puedo, te amo.Ahí está la razón de todo mi mal humor.Sólo tú puedes darme la verdadera alegría de este mundo.” (citado en italiano por Luciano Regolo en Il re signore, 1998). Era una joven romántica, pero lamentablemente rara vez pudo encontrar la intimidad conyugal y la felicidad que deseaba.


En 1929 la Corte Real de Bélgica anunció solemnemente el compromiso de la única hija del rey con el príncipe heredero de Italia. El 8 de enero de 1930 la princesa de Bélgica se convirtió en princesa de Saboya, en el Palacio del Quirinal en Roma. La fecha de la boda, de conformidad con el deseo del novio, coincidió con el cumpleaños 57 de su madre, la reina Elena de Italia. Fue un día agitado y agotador para la joven pareja.

Aunque María-José se levantó muy de mañana, horas antes de la ceremonia, estuvo a punto de llegar tarde al altar. Desafiando las supersticiones, Umberto había ido a ver a su novia antes de la boda. Con su atención a los detalles y el perfeccionismo estético (rasgos que María-José a veces encontraría frustrantes), él se enfureció al ver que las mangas de su vestido habían sido cosidas de manera equivocada. Tal vez nadie lo hubiera advertido, pero el príncipe insistió en remediar la situación (al final, las mangas fueron completamente eliminadas y reemplazadas por largos guantes blancos). Era irónico, pero María-José ni siquiera había querido llevar este vestido, prefiriendo un atuendo más simple, más moderno, pero Umberto había insistido en la grandeza extrema (Había, de hecho, ayudado personalmente a diseñar el vestido, una elaborada creación en blanco y plata). "¡Me veo como una Virgen en procesión!" había murmurado la novia.


Después de todo este retraso, el cortejo nupcial comenzó finalmente, atravesando el palacio hasta la Cappella Paolina. En el altar, según la tradición, cuatro príncipes de la Casa de Saboya sostenían un velo, símbolo de pureza y protección, sobre la novia y el novio. A las 11 horas, Humberto y María-José eran marido y mujer.

Acabada la ceremonia, los recién casados se trasladaron a otra parte del palacio para firmar los documentos del matrimonio. Mussolini, que estaba presente, quería que Maria-José utilizara la forma italiana de su nombre, "Maria Giuseppina". La joven de carácter fuerte, sin embargo, para gran vergüenza de su marido, se negó obstinadamente a hacerlo (Ella siempre firmaría orgullosamente "María José", creando una situación incómoda para la prensa italiana). El resto del día estuvo ocupado por deberes protocolares; apariciones en el balcón, visitas oficiales, celebraciones y aplausos.

El trousseau nupcial de la reina incluía mantos ceremoniales y trajes de corte. Uno de ellos estaba bordado con hilos de oro y plata metálica e incluía de cuatro a seis kilos de metales preciosos. El uso de hilo metálico que no se desvaneciera era una práctica tomada de los adornos bizantinos, con el fin de evocar la impresión de lujo y poder.Los trajes de corte usados para ceremonias oficiales y los largos, escotados y refinados vestidos de noche reflejaban la moda italiana de los ’30, la cual María-José representaba a la perfección.



Hubo una gran corriente de orgullo en Italia cuando se supo que el joven príncipe estaba confiando a la industria italiana de la moda la tarea de confeccionar el ajuar real. Sin embargo, pese a que los modistas del guardarropa real eran italianos, en su mayor parte los diseños se basaban en modelos de París. Se puede ver fácilmente la influencia de Madeleine Vionnet, Elsa Schiaparelli o Paul Poiret. Las hermanas Gori incluso se referían a sus creaciones como “diseño parisiense con el gusto de Turín”.Cuando María-José salió de Italia a raíz del referéndum de 1946, varios camiones viajaron con ella. Dentro de ellos uno de sus asistentes había embalado cuidadosamente una colección de vestidos y mantos que, durante los dieciséis años anteriores, habían acompañado a la Princesa de Piamonte en sus funciones oficiales.

María José era una mujer de una gran belleza y célebre por su elegancia. Llevó consigo algunas joyas heredadas muy preciadas, que no formaban parte de las célebres joyas de la corona italiana que el rey Umberto II dejó en un banco de su país cuando marchó al exilio ya que, como dijo en varias ocasiones, no tenía muy claro a quién pertenecían.

Aquella colección que permaneció guardada en la cámara acorazada del Banco de Italia, en Roma, incluía varias piezas destacadas: una tiara circa 1890 firmada por August Holmström, de la Casa Fabergé, realizada con seis diamantes de talla 'briolette', que perteneció a la Emperatriz Josefina y fue un regalo del zar Alejandro I tras su divorcio de Napoleón (María José la heredó en 1987 de su hermano Carlos Teodoro, Conde de Flandes, y jamás llegó a usarla); un diamante circular de color azul grisáceo, de la joyería Harry Winston -datada en 1920 y con 7,81 quilates-; una doble sarta de diamantes con 1.859 piedras preciosas; un collar de 10 vueltas de 684 perlas regalado por el rey Humberto I a su consorte la reina Margarita.

La colección incluía un aderezo de turquesas y diamantes regalado por sus padres cuando se casó con Umberto, que según muchos historiadores perteneció a una tía de María José, la trágica emperatriz Carlota de México. La Regina la llevó en una recepción dos días antes de su boda, con un traje de noche de Sartoria Ventura con bordados recreando esta 'parure'. Poseía además 25 piezas pertenecientes a la princesa Elizabeth de Yugoslavia, que las heredó de su bisabuela la Gran Duquesa María Pavlovna. Así que no es de extrañar que entre estas últimas haya varias alhajas firmadas por Fabergé, como un broche realizado en torno a las miniaturas del Príncipe Nicolás de Grecia y su mujer, la Gran Duquesa Elena Vladimirovna de Rusia.

Los primeros años de matrimonio fueron un desafío para la pareja. María-José confesaría en una entrevista muchos años después: "On n'a jamais été heureux" (Nunca fuimos felices). En algunos momentos pareció que su unión estaba cerca de llegar a un colapso total. Umberto era un playboy con especiales gustos sexuales que no discriminaban entre los sexos. María-José era una joven mujer tremendamente talentosa, con profundas inclinaciones artísticas e intelectuales. Sucedió que sus padres habían decidido ese matrimonio porque no había en Europa otro príncipe soltero descendiente de una dinastía católica reinante, con la perspectiva de ascender al trono.

En el momento del matrimonio de María-José y Umberto, Italia estaba bajo la dictadura política de Benito Mussolini. María-José, criada en el ambiente democrático de Bruselas, sentía una profunda aversión por la baja corriente fascista que se expandía por toda Europa. Se enfrentó constantemente con el gobierno de Italia, e incluso con Adolf Hitler durante la Segunda Guerra Mundial, intentando en vano de obtener la libertad de los prisioneros de guerra belgas.Ella fue uno de los pocos canales diplomáticos entre el campo germano-italiano y los otros países europeos envueltos en la guerra, así como era la hermana de Leopoldo III de Bélgica (mantenido rehén por las fuerzas alemanas) y al mismo tiempo cercana a algunos ministros del gabinete de Mussolini.

Gracias a su coraje para mantener contactos secretos con los Aliados y figuras importantes en el Vaticano, fue el primer miembro de la familia real italiana en utilizar estas conexiones para intentar poner fin a la guerra con Italia. De hecho, ella fue descripta como “el único hombre de la Familia Real de Saboya”. Sin embargo, independientemente de su popularidad personal, el referéndum selló su destino como reina.

La larga dictadura de Mussolini, así como la alianza alemana durante la Segunda Guerra Mundial, condenaron el futuro de la monarquía de los Saboya. Después de la invasión aliada de Italia, el viejo rey Víctor Manuel III, abdica en favor de su hijo en un último esfuerzo para salvar la monarquía italiana. El 9 de mayo de 1946, Umberto II y María José se convirtieron en los nuevos monarcas italianos. Su oposición con Mussolini les había ganado una vasta popularidad, sin embargo, la cooperación de la corona con el dictador fascista había llevado a la oposición generalizada de muchos italianos. La casa de Saboya se había contaminado al permitir, y contribuir, el ascenso de Mussolini al poder absoluto en Italia.



A pesar de que Humberto y María José trataron de restaurar la dañada imagen de los Saboya, sus esfuerzos llegaron demasiado tarde. Apenas un mes después de ascender al trono, Umberto II convocó un referéndum para decidir el futuro de la monarquía italiana. Los Saboya perdieron por un escaso margen. María-José obtuvo el afectuoso sobrenombre de “la reina de mayo” a partir de su efímero reinado del 9 de mayo al 2 de junio, del cual ella comentó que “… es un nombre que no me desagrada… pues mayo es ciertamente una hermosa estación en esta Italia nuestra”.

El referéndum de 1946 dio a los sectores republicanos una mayoría marginal. Muchos políticos cercanos a los Saboya intentaron convencer a Umberto II que luchara por los resultados. El fraude parecía haber sido extendido. La monarquía pudo haber tenido una oportunidad, pero tomando esta medida se sumiría al país en una guerra civil. Italia, ya devastada por la Segunda Guerra Mundial, casi no podía permitirse ningún conflicto más. Frente a estas opciones, Umberto II se negó a sumir al país en más violencia política. Él y María-José, acompañados por su familia, salieron de Italia sin abdicar a la corona y se unieron a los padres de Umberto en Egipto. Algún tiempo después, Umberto se instaló en Cascais, Portugal. María-José no pudo vivir con su marido por más tiempo, asentándose en Suiza.

Desde el exilio en Portugal, Umberto II intentó en vano convencer al gobierno italiano que derogara la ley de exilio impuesto en 1947. Esta ley no permitía a los miembros masculinos de la Casa de Saboya entrar en territorio italiano. Como su vida en el exilio continuó sin la esperanza de una restauración real, Umberto II y María-José se separaron, aunque nunca se divorciaron. Los niños (María Pía, Victor Emanuel, María Gabriella y María Beatriz) se vieron profundamente afectados por el colapso de la vida familiar. Los divorcios, la drogadicción, los escándalos de amor y de los procedimientos judiciales se hicieron comunes entre la generación más joven de Saboya.

A lo largo de todos esos años, María-José se mantuvo cerca de sus sobrinos reales en Bélgica. Ella nunca había abandonado sus raíces belgas. En 1993 asistió al funeral del rey Balduino I en Bruselas y fue visitada por su otro sobrino, el rey Alberto II, mientras residía en Cuernavaca. Poco tiempo antes de su muerte, el parlamento italiano aprobó el decreto que permitía a la última reina regresar definitivamente a Italia, pero ella no aceptó esa invitación del Primer Ministro italiano alegando que no ingresaría a ese país si no se cambiaba la ley que prohibía el retorno de los varones descendientes del último rey. Ella aseguraba que sólo podría volver si lo hacía también su único hijo varón, Vittorio Emanuele, Príncipe de Nápoles, deseo que no se cumplió ya que María José falleció el 27 de enero de 2001 en Suiza.

La abadía de Hautecombe, en la Alta Saboya, fue el escenario de su entierro, donde fue despedida de forma multitudinaria y con honores de Reina. El Rey de España, el príncipe soberano de Mónaco, los reyes de Bélgica (acompañados de la reina Fabiola), los Grandes Duques de Luxemburgo y la antigua emperatriz de Irán Farah Diba acudieron para despedirla. En esta paradisíaca abadía, situada en una colina en medio de un lago, descansan sus restos junto a los de Umberto II.

La vida de la última reina de Italia estuvo marcada por muchas tragedias. Vivió dos guerras mundiales, un matrimonio infeliz, la agitación política, y el exilio. Desde 1934 a 1944 perdió a su padre, el rey Alberto, y a sus cuñadas, la reina Astrid de Bélgica y la princesa Mafalda de Saboya; en 1992 perdió a su nieto, Rafael, y en 1999 a su yerno –el esposo de María Gabriella- Luis Reyna Corvalán. Todos murieron de forma trágica y prematura. De su hija María Beatriz (cariñosamente llamada "Titti" en la familia), que fue destrozada por su doble pérdida, María-José comentó que las "tres cruces" en su nombre fueron precursoras de la tristeza.María-José, también, portaba muchas cruces; y, al decir de todos, con gran dignidad y fortaleza. Que ella, y sus trágicamente perdidos amores, descansen en paz.







sábado, 21 de agosto de 2010

Grace, Princesa Consorte de Mónaco


La ceremonia matrimonial de Grace Kelly con el príncipe Rainiero de Mónaco tuvo lugar el 19 de abril de 1956. Esa fecha marcó un antes y un después en la vida de la glamorosa estrella hollywoodense nacida en Filadelfia.

La actriz-princesa cuya vida de novela se aderezaba con un halo de elegancia natural, rodeada siempre por los representantes más exclusivos del beau monde, sigue dictando a los creadores cómo conferir a la mujer una femineidad delicada y elegante sin perder la sofisticación del glamour. En ella se mezclaban la practicidad estadounidense del american way of life, país que la vio nacer, crecer y triunfar, con el chic de la Europa decadente, donde la bellísima, diva del cine primero y miembro de la realeza después, creó su familia y fue una excepcional consorte. Su peculiar manera de vestir, mezclando lo clásico con lo vanguardista, consiguió convertirla en una verdadera musa atemporal de la moda, un icono que traspasó las décadas.


Edith Head, modista de la Paramount Pictures, creó el sugerente vestido de satén verde perla con el que Kelly recogió su único Oscar en 1954 por The Country Girl (“La angustia de vivir”), cuando tenía sólo 25 años. La legendaria diseñadora de vestuario que logró el Oscar en ocho ocasiones se tomó muy mal que Grace Kelly no le encargara su vestido de novia y tenía su punto de razón: la actriz nunca apareció más esplendorosa que en Rear Window (“La ventana indiscreta”) y To Catch a Thief, (“Para atrapar a un ladrón”), ambas dirigidas por Hitchcock, con el espectacular vestuario elaborado en el taller de Head.

Luego del anuncio del compromiso, el 5 de enero de 1956, aunque Rainiero dijo que Grace no volvería a actuar, la actriz se reincorporó a la filmación de High society (“Alta Sociedad”) y, al concluir, pidió un año libre a Metro Goldwyn Mayer, los estudios fílmicos con los cuales le quedaban cuatro años de contrato por cumplir. MGM quería mantener a su famosa actriz, lo cual explica que le regalara los vestidos que vistió en la película, y también el traje de novia. Helen Rose —la principal diseñadora de vestuario de MGM— fue la responsable del traje que lució Grace y que fue considerado el más caro salido nunca de los estudios de la Metro.


La filmación de High Society mantuvo muy ocupadas tanto a la futura novia como a la diseñadora; por lo que usaron como punto de partida una idea concebida para el vestuario de esa película. Grace pidió que le incorporara una cola; la parte superior fue hecha con un delicado encaje francés rosa pálido de un siglo de antigüedad y la amplia falda unida por un fajín. Tan pronto aprobó el diseño, 35 artesanos —modistas, bordadoras, especialistas en color— dedicaron 6 semanas a elaborarlo. Al encaje se añadieron veinticinco metros de tafetán y cien metros de tisú de seda. La tradición de llevar la novia algo azul, la cumplió con el detalle de adornar las tres enaguas superpuestas con lazos azules. Y el velo llevaba bordados miles de diminutas perlas.


Para empacarlo construyeron una caja de aluminio de 2,10 x 1,2 metros, donde iba el vestido (relleno de almohadillas y papel de seda), el velo, el devocionario y el traje para la ceremonia civil junto a un negligee e incontables motas de algodón empapadas de perfume para ‘que cuando lo abriera recibiera el aroma de miles de flores’. Grace ensayó a vestirse varias veces antes de la mañana del 19 de abril, cuando llena de solemnidad se desplazó por el pasillo de la catedral de San Nicolás para convertirse en Su Alteza Serenísima y detentar la lista de títulos más larga de la nobleza, aunque todos ellos fueran de menor entidad, ínfima la mayor parte de las veces.

No era la primera mujer de su país que accedía como consorte al trono del principado, ya que le había precedido Alice Heine, de Nueva Orléans, quien casó con Alberto I de Mónaco, pero sí fue la más admirada, la más querida, la más criticada cuando perdió su silueta de cisne y la más llorada el día de su entierro. Y también la menos conocida en su dimensión humana, para ceder el lugar a un escenario de opereta y un personaje de “princesa de cuento de hadas”, como diría la prensa. Sin tener sangre real en sus venas, Grace Kelly supo mantenerse en su puesto con una elegancia y discreción dignas de la mejor cuna. Desde el momento en que contrajo matrimonio con Rainiero nadie pudo poner el más mínimo reparo a su comportamiento y llegó incluso a controlar la calificación moral de las películas exhibidas en su principado.



En poco tiempo, la que había sido famosa estrella de cine, estilizada modelo y portada de las más prestigiosas revistas especializadas, se había convertido en lo que sería su imagen fiel hasta su muerte: la marca de fábrica de la dama de alta sociedad solitaria y aburrida. Consciente de su destino y de su obligación de vender con dignidad el atractivo turístico y el refugio financiero que daba Mónaco, Grace había decidido dar a su público lo que le pedía. Su rubia melena de diario y sus moños, chignons o complicados postizos en las recepciones serían invariables, incluso en el catafalco. Ni un asomo de cardado, de mechas, ni un cambio en esa forma de peinarse que la definiría.


Una sonrisa digna, de perlados dientes. Gafas negras en sus encuentros al aire libre con la prensa. Zapatos de medio tacón, para no destacar ante la talla de su marido y superarle. Foulards blancos al cuello de los discretos trajes de chaqueta. En la mano derecha, bolso de Chanel o de Roberta di Camerino y unos impolutos guantes claros de cabritilla, como los que usaba la reina Isabel de Inglaterra, la soberana que la consideraba una advenediza. No hubo congreso, festival de televisión o concierto que no contara, aunque solo fuera por breves minutos, con la presencia de la nueva princesa. Una presencia que costaba una fortuna, pero que hacía de Montecarlo el punto más exquisito y elegante de la Costa Azul.


Prematuramente madura, con unos cuantos años más de su edad real a causa de los clásicos modelos con que se vestía y embebida de sus sueños tradicionales, la norteamericana intentó llevar hasta el fin sus ideas. La fidelidad matrimonial, una profunda religiosidad y la defensa de imponer una educación tradicional a sus futuros hijos, fueron desde
el primer día sus objetivos.
El ingreso de Kelly en el mundo de la realeza transmutó aquel estilo clásico de los cincuenta en un gusto por la alta costura que tuvo en Dior, Balenciaga, Givenchy y Saint Laurent sus grandes favoritos. Fue un vestido de gasa azul de Christian Dior el que permitió a la princesa proclamar desde la portada de Paris Match, en 1956, que las mujeres embarazadas podían seguir transmitiendo un chic innato. Utilizó un elegante traje verde de Givenchy para una visita oficial a la Casa Blanca en 1961, donde fue recibida por JFK y su esposa, Jacqueline. En 1981 eligió un fabuloso vestido morado de Yves Saint Laurent para una gala benéfica en el Royal Opera House, de Londres, donde coincidió con lady Diana Spencer, futura princesa de Gales.

Por el día elegía pañuelos de Hermès con todos los motivos y temas de la historia universal: abstractos, con motivos art-decó, de animales, selvas u otros lugares geográficos. Los maravillosos carrés de seda de la maison francesa de maletas y complementos servían a la princesa para proteger sus cabellos del sol, cuidar su garganta del frío o para ser anudados como simple adorno de sus bolsos, cinturones o vestidos.

Otro de los básicos de Grace Kelly eran las gafas de sol -que elegía enormes-, los vestidos tipo túnica, tan de moda en los ’70 y los grandes bolsos con herrajes de inspiración joya. No por nada la casa de alta costura favorita de la dama, Hermès, bautizó a uno de sus bolsos estrella, que hoy sigue editando con diferentes materiales, con el nombre de la princesa, el Kelly bag. Grace había puesto de moda ese modelo al ser fotografiada varias veces con él. En cuanto a los bolsos de noche, usaba pequeños clutches cuajados de brillantes. Las pamelas o grandes sombreros le encantaban, así como los lazos anudados a la cintura.

La ropa de ballet fue otra de sus grandes fuentes de inspiración: tules, sedas, organdí, el color rosa casi blanco de las bailarinas enamoraba a la princesa, que en repetidas ocasiones pidió a los modistos esta clase de diseños para la noche. Los vestidos vaporosos ceñidos al talle en colores pastel llenaban sus armarios. Avanzada su vida de princesa se decantó por sinuosos vestidos de noche muy ceñidos, en satén, raso, organza y seda. Su color favorito para las grandes ocasiones era el negro, seguido del rosa claro y el azul. Chanel era su modista ideal para los trajes sastre, que adoraba confeccionados en tela de tweed.


Grace daba rienda suelta a su fantasía cuando iba a un baile de disfraces. Para aumentar los fondos de la Cruz Roja organizó un baile anual de beneficencia a favor de la institución, que resultó el acontecimiento social más esplendoroso del año en la Costa Azul y uno de los más selectos del mundo. En el curso de los años asistieron al evento algunos de los personajes más conocidos del orbe, todos ataviados con trajes espectaculares. Pero los disfraces más fantásticos los lucía Grace, que un año tuvo que trasladarse a la gala en una furgoneta, porque su tocado, compuesto por largas agujas doradas, no cabía en el coche real. “Parecía radio Montecarlo”, bromeó la princesa. Esta gala fue siempre su diversión favorita, porque le daba la oportunidad de ver a sus antiguos amigos, vestirse de manera extravagante y conseguir gran cantidad de dinero para una causa con la que se había comprometido de corazón.

Pero en ella siempre estaba presente la contradicción. La princesa, tan comprometida y ocupada, era capaz de olvidarse, en ciertos momentos, de todas sus responsabilidades, de una manera casi infantil. Una de sus damas de honor recuerda que una vez fue a buscar a Grace a palacio para que asistiese a una asamblea de la Cruz Roja y olió que algo se quemaba. Rápidamente abrió la puerta de la biblioteca. Grace estaba allí jugando con un sello que Rainiero le había regalado con el escudo de armas de su familia. Estaba calentando diversas ceras de colores para ver cuál de ellas iba mejor. “Cuando me vio –escribió la joven- dio un salto pequeño como una niña cogida en falta. Por toda la estancia había cera fundida; la mesa redonda y la alfombra estaban llenas de cerillas y de sobres arrugados. Grace continuó jugando hasta que, de pronto, vio la hora que era y comprendió que ya no podía acudir a la asamblea”.

Cuando no tenía algún asunto serio entre manos, o ninguna diversión, la princesa sucumbía al aburrimiento sin intentar llenar aquellos espacios de libertad. Aquel decaimiento le impedía actuar correctamente en algunas ocasiones y cumplir con sus responsabilidades cuando éstas coincidían con ese estado anímico, lo que era bastante frecuente. Grace trataba de aliviarlo como podía. Era, según un amigo, “infantil” respecto a las fiestas y le excitaba mucho ver a sus amistades. Era infatigable en las reuniones, a veces se resistía a volver a palacio y se quedaba bebiendo champaña hasta altas horas de la madrugada. Esto sucedía también cuando recibía a sus amistades, con quienes jugaba. Y recordaba tiempos pasados hasta el amanecer.



Grace tardó varios años en sentirse a gusto entre los monegascos. Su falta de confianza en el buen desempeño de su papel le resultaba, a veces, un verdadero obstáculo. Su dificultad con el idioma, su falta de familiaridad con el protocolo, su temor a dejar en mal lugar a su esposo, incluso su miopía, la mantenían dentro de una “burbuja de plástico” durante sus apariciones en público. Y el resultado era que, una mujer que sus amigos conocían como cálida y llena de vida, no sólo estaba aislada de sus súbditos, sino que se distanciaba de relaciones sociales que hubiesen podido proporcionarle nuevas amistades para salir de su soledad.

Según la gente ajena a Mónaco, se había integrado perfectamente y con elegancia en los ambientes de la realeza. Su belleza deslumbraba al más indiferente de los jefes de Estado y su reserva, aunque hija del miedo, era considerada como una prueba de su rango. En la década del sesenta, la princesa Grace era considerada una de las mujeres más admiradas, celebradas e imitadas del mundo entero, hecho que confundió a algunos observadores. Maurice Zolotow, al dar el perfil de Grace en 1961, empezaba su artículo:

Una de las cuestiones más curiosas de la opinión pública es por qué todos continúan estando pendientes de cierta rubia alta y esbelta, de treinta y dos años de edad, que se casó y tiene dos hijos y que, durante seis años, no ha contribuido en nada, absolutamente, al desarrollo artístico, político, económico o social del mundo, para justificar la gran atención que consigue… Es una de las siete mujeres más populares de la pasada década en la prensa internacional, siendo sus rivales la princesa Margarita, Marilyn Monroe, Brigitte Bardot, Elizabeth Taylor, Jacqueline Kennedy y la reina Isabel II de Inglaterra. Se ha publicado mucho más acerca de la princesa Grace hoy en día, en las revistas y los periódicos de Europa y América, que en 1954, cuando se hallaba en el pináculo de la fama como una de las mejores estrellas de Hollywood…”


La mística de estrella de cine convertida en princesa le sirvió de mucho, pero también le ayudó la particularidad de ser la esposa de un jefe de Estado. Pocas personalidades políticas resultaban tan bellas, tan elegantes, tan encantadoras en las entrevistas personales como la princesa consorte de Mónaco. Las mismas atractivas cualidades que separaban a Jacqueline Kennedy de las otras esposas de presidentes eran las que distinguían a Grace.

El nacimiento de sus hijos, más que cualquier otra cosa, cimentó la unión de Grace con el príncipe y con el principado. Estaba decidida a ser la mejor de las esposas para su marido, la mejor de las madres para sus hijos y también la mejor princesa de Mónaco. William F. Buckley dijo de Grace que “si hubiese decidido ser monja en lugar de princesa, no habría existido la menor diferencia en la fidelidad de su vocación”.


La segunda mitad de la década de los sesenta fue el período más feliz de la vida conyugal de Grace. Casi todas las pruebas con las que había tenido que enfrentarse en sus primeros diez años como princesa habían quedado atrás; había superado correctamente su período de aprendizaje. Había aceptado el protocolo real y familiar y lo había integrado a su vida. Comprendía las costumbres y la idiosincrasia de los monegascos y les había demostrado su carácter por medio de sus actos y su ejemplo, con lo que había logrado su afecto y admiración.


Hasta los setenta Grace había demostrado una imperturbable apariencia de decoro. En público se mostraba como un compendio de reserva y compostura. En las entrevistas mantenía invariablemente su dignidad y sólo decía lo que se esperaba de ella, sin apenas revelar nada acerca de sí misma. Sonreía fríamente y dejaba sin respuestas aquellas preguntas que consideraba impertinentes. Ciertos reporteros la describieron como “repetitiva” y “rígida”, con una sonrisa “plástica” y “helada” y sus respuestas eran consideradas “aburridas”.

La proximidad de sus 40 años produjo en ella un cambio de actitud. Silenciosa y constante, en lugar de reducir sus actividades y obligaciones, Grace se imponía más. Prefería tener mucho trabajo y acabar exhausta, que disponer de excesivo tiempo libre, lo que la llevaría a aburrirse, a inquietarse y a sentir nostalgia de sus amigos. Se ocupaba además de proyectos propios, de empresas que satisfacían su creatividad y que la mantenían un poco al margen de sus problemas y responsabilidades: primero diseñó cuadros con flores disecadas, lo que resultaba sedante para ella, luego se dedicó a la lectura de poesía, que la llevó a hablar en público por toda Norteamérica y Europa. El escritor y director John Carroll dijo que “la princesa Grace posee un gran sentido del ritmo, el sentido de la perfección. Posee una voz suave, muy grata, con una maravillosa gama de tonos. Y posee, asimismo, un gran sentido del humor”.

Sus experiencias durante la segunda mitad de la década de los ’70 supusieron una dolorosa sucesión de problemas: rumores de infidelidades del príncipe, distanciamiento en la pareja, disgustos con sus hijos. Sus estados de nervios la llevaron a refugiarse en el alcohol. El resultado fue que no pudo controlar su peso y el último año de su vida engordó en exceso, aspecto que resultaba bastante extraño en una mujer que siempre había sido delgada. En 1982 un accidente de auto le quitó la vida, en la misma carretera de Mónaco en la que ella y Cary Grant hacen un picnic en la película To Catch a Thief.

La princesa Gracia Patricia de Mónaco sigue siendo un referente de la moda, su belleza y elegancia quedaron grabadas en la memoria colectiva y se transformó en todo un icono. Jean d’Ormesson, de la Academia Francesa, dijo de ella al momento de su muerte: “Era uno de esos escasos seres de leyenda que dan su gracia al mundo. Por una casualidad demasiado notable como para ser sólo una obra del azar, unía con belleza y encanto dos sueños de nuestra época, el uno dirigido al porvenir y el otro al pasado: los estudios de cine y los bailes de la corte, los reflectores y los palacios, el cine y el trono. La última pastora de corazones de nuestro tiempo había sido actriz antes que princesa. Había interpretado ese mundo antes que vivirlo y, en sus dos vidas sucesivas, había conocido la gloria y encarnado la felicidad para los millones de espectadores de su fulgurante carrera”.


jueves, 19 de agosto de 2010

Alexandra, Reina Consorte del Reino Unido

Cuando la Princesa Alexandra Caroline Marie Charlotte Louise Julia de Dinamarca -o "Alix", como era conocida entre su familia- desembarcó del yate real Victoria and Albert II en Gravesend, Kent, el 7 de marzo de 1863, Sir Arthur Sullivan compuso una pieza musical especialmente para su arribo y Alfred Tennyson, el Poeta Laureado, escribió una oda en su honor.



Había nacido en Copenhague –hija del Príncipe Christian de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg y de la Princesa Louise de Hesse-Cassel-, pero fue en el Castillo Real de Laeken, en Bélgica, donde Albert Edward, hijo primogénito de la reina Victoria, propuso matrimonio a la princesa danesa de 16 años. Se casaron 18 meses más tarde, en la capilla del castillo de Windsor, elección criticada en la prensa (al estar fuera de Londres las enormes multitudes de público no podrían ver el espectáculo), por invitados en prospecto (como el lugar de celebración era pequeño, muchas personas que esperaban invitación no la recibieron) y por los daneses (solo fueron invitados los parientes más cercanos de Alexandra). La corte todavía estaba de luto por el Príncipe Alberto, por lo que las damas estaban restringidas a usar gris, lila o malva.



Para el fin del año siguiente, el padre de Alexandra había ascendido al trono de Dinamarca, su hermano Georgios se había convertido en Rey de los Helenos, su hermana Dagmar estaba comprometida con el zarevitch de Rusia y Alexandra había dado a luz a su primer hijo, Albert Victor, dos meses prematuro. Sería una madre devota de sus hijos; según comentó un allegado, “estaba en la gloria cuando podía correr a la nursery, ponerse un delantal de franela, lavar ella misma los niños y verlos dormir en sus pequeñas camas”.

Como princesa de Gales ganó los corazones del pueblo británico y se volvió inmensamente popular; su estilo de vestir y su porte eran copiados por las mujeres seguidoras de la moda. Aunque estaba excluida totalmente de blandir cualquier poder político, Alix intentó infructuosamente influir en la opinión de los ministros y de su familia a favor de sus parientes reinantes en Grecia y Dinamarca.




En público Alexandra era digna y encantadora; en privado, afectuosa y divertida. Disfrutaba de las variadas actividades sociales, incluyendo el baile y el patinaje sobre hielo. Era una experta amazona y conductora de carruajes y le atraía la caza, para consternación de la reina Victoria, quien le pedía que se detuviera pero sin éxito. Incluso después del nacimiento de su primer hijo, ella continuó comportándose como antes, lo que condujo a fricciones entre la reina y la joven pareja, agravadas por el odio de Alejandra hacia los alemanes y la parcialidad de la reina hacia ellos. Todos los hijos de Alix y Bertie nacieron, al parecer, prematuramente; la princesa no quiso que su suegra estuviera presente en sus partos, así que deliberadamente engañó a la reina sobre sus probables fechas de nacimiento. Cuando dio a luz a su tercer hijo en 1867, la complicación añadida de un ataque de fiebre reumática amenazó la vida de Alexandra, dejándola con una cojera permanente.




Los Gales hicieron de Sandringham House su residencia preferida, con Marlborough House como su base londinense. Los biógrafos coinciden en que su matrimonio fue en muchos sentidos feliz; no obstante, algunos han afirmado que Bertie no dio a su esposa toda la atención que le hubiera gustado y que gradualmente fueron alejando uno del otro hasta que su ataque de fiebre tifoidea a finales de 1871 trajo la reconciliación. A lo largo de su matrimonio el príncipe continuó manteniendo relaciones con otras mujeres, la mayoría de las cuales con pleno conocimiento de su esposa, quien más tarde permitió a Alice Keppel visitara al rey mientras agonizaba. Alexandra, por su parte, se mantuvo fiel durante todo el matrimonio.

Un mayor grado de sordera, causada por la otosclerosis hereditaria, condujo al aislamiento social de Alejandra; pasaba más tiempo en casa con sus hijos y mascotas. Su sexto y último embarazo terminó en tragedia cuando su pequeño hijo murió después de un solo día de vida. La muerte de su primogénito, el príncipe Albert Victor, Duque de Clarence y Avondale, en 1892 fue un duro golpe para el tierno corazón de Alexandra, quien dijo: "He enterrado a mi ángel y con él mi felicidad". Cartas sobrevivientes entre Alix y sus hijos indican que eran mutuamente devotos.

Alexandra se comprometió a muchas funciones públicas; en palabras de la reina Victoria, “para ahorrarme la tensión y fatiga de las funciones. Ella abre bazares, asiste a conciertos, visita hospitales en mi lugar… ella no sólo no se queja, sino que se esfuerza en probar que ha disfrutado de lo que para otro sería un deber agotador”.

A la muerte de su suegra en 1901, Alexandra se convirtió en reina (del Reino Unido) y emperatriz (de India) consorte. Fue la primera mujer en ser Dama de la Jarretera desde 1495.

Los biógrafos han afirmado que Alexandra se le negó el acceso a los documentos de información del Rey y fue excluida de algunas giras reales al extranjero para evitar su intromisión en asuntos diplomáticos. Era profundamente desconfiada de los alemanes e invariablemente se oponía a cualquier cosa que favoreciera la expansión o los intereses alemanes. Despreciaba y desconfiaba de su sobrino Willy -el káiser Wilhelm II-, llamándolo en 1900 “interiormente nuestro enemigo”.

El sobrino Willy siempre había tenido un carácter destemplado, prepotente y arrogante hasta alcanzar la máxima cota de imperial soberbia. Alix se valía de su sordera para lidiar con el endemoniado temperamento del káiser alemán. Se cuenta que una vez Willy, en una de sus notables demostraciones de absoluta falta de tacto, había pronunciado ante sus tíos Bertie y Alix un vehemente discurso de orientación anti-británica. Alix se había mantenido imperturbable, sin revelar lo que pudiera pensar o sentir ante tal cantidad de invectivas pronunciadas por el káiser. Cuando Willy se detuvo, con el semblante enrojecido y sin aliento debido a la extensión de su perorata, la tía Alix le miró y esbozó una de sus radiantes sonrisas. Con voz muy dulce, declaró: “Willy, querido, temo no haber escuchado ni una sola de tus palabras”. La anécdota deja claras dos cosas: la primera, que Willy era un maleducado; la segunda, que Alix tenía un estilo propio para poner en su sitio a los maleducados.


Puesto que la realeza, por su misma definición, se halla siempre en un plano superior de la multitud, huelga decir que la moda de los monarcas era individual y única y establecía sus propias leyes rígidas. En la primera época en el trono de la reina Victoria, la realeza estaba empezando a limitarse a moldes conservadoramente burgueses.

Sin embargo, Alexandra fue seguramente quien creó la tradición moderna de ser árbitro de la moda y en aquel país se experimentó durante muchos años la influencia de la realeza en el vestuario. Acostumbraba llevar durante el día vestidos adornados con lentejuelas y abalorios, cosa que se convirtió después en una costumbre real aceptada. También llevaba chaquetas de mediana longitud cubiertas con cuentas de color púrpura o malva con un cuello Toby rizado, de tul. Aquellas eran prendas que hubiesen usado muchas mujeres en sus atavíos de noche; pero el hecho de que la princesa (luego soberana) las usase durante el día las situó en un plano distinto ayudando a aumentar el aura de distancia que se asocia con la idea de corte.


Un hecho que debe ser tenido en cuenta en primer término es que la realeza debe vestir para las muchedumbres; deben exhibirse y, tanto hoy como ayer, las damas reales debían usar sombreros que no ocultasen la cara, mientras que, de ser posible, debía de serles añadida altura a fin de que aquellos situados en la parte más alejada de la multitud pudieran, por lo menos, captar un nimbo de fieltro o un aigrette, evitándose así muchas desilusiones. Alexandra aprendió a apreciar las demandas exigidas por el público y sus apariciones con pequeñas tocas o sombreros de plumas fueron siempre aclamadas.

Cuando Alix se unió a la familia real, más de dos años habían pasado ya que el esposo de la reina Victoria, el Príncipe Alberto, había muerto. Sin embargo, Victoria todavía vivía de luto profundo. Había renunciado a todos los placeres y se había comprometido a llevar vestidos de triste crespón negro el resto de su vida como muestra de dolor. Alix descubrió que Victoria había amasado una enorme colección de joyas. Pero, después de la muerte de Alberto, la reina se había convencido de que la exhibición excesiva de joyas despertaba sentimientos anti-monárquicos en el pueblo inglés. La princesa intentó convencerla de usar sus bellas y brillantes piezas, pero no tuvo éxito. Fue sabido que Victoria se negó a llevar una corona al servicio de Acción de Gracias en honor a su Jubileo de Oro en 1887. La reina de Gran Bretaña llegó a la ceremonia oficial usando un simple bonete.




Considerando que Victoria había renunciado a todos los placeres, la princesa Alexandra recién empezaba a vivir. Ella había crecido en la pobreza y ahora era rica y la futura reina de Inglaterra. No estaba dispuesta a ser absorbida por el riguroso luto victoriano. Aunque su esposo Bertie era un adúltero en serie, Alexandra aceptó su infidelidad y se llevaba bien con su vida, moviéndose con él de fiesta en fiesta entre la sociedad de moda. Vestirse con finas joyas y ropa frívola se convirtió en su pasión y ella se entregó por completo.

Para ocasiones formales y oficiales, ella misma parecía enyesada desde la cabeza hasta la cintura en collares, diademas, cintas, y broches de perlas, diamantes y otras gemas. Sus largas cadenas de perlas se convirtieron en su sello inconfundible. El magnate estadounidense Cornelius Vanderbilt Jr., comentó que la reina Alexandra "poseía los hombros y el pecho más perfectos del mundo para la exposición de joyas."


Alexandra escondía una pequeña cicatriz en el cuello, que fue probablemente el resultado de una operación de la infancia, usando collares choker de perlas, los llamados collier de chien. En la década de 1900, la joyería más fina era blanca y hecha a base de diamantes blancos o perlas. Al usar collares de gargantilla y escotes altos, Alix sentó un precedente en el estilo de la moda. Su amor por las perlas comenzó cuando visitó la India, lugar donde se fascinó con la moda ornamental hindú en materia de joyería: contemplaba admirada aquellas piezas fantásticas usadas por los príncipes y pequeños reyezuelos. Cuando regresó a Inglaterra se dispuso a aplicar estos nuevos estilos y diseños en la fabricación de joyas. En cuanto a vestuario, se proveía sobre todo en las casas de moda de Londres; su favorito era Redfern’s, pero compraba ocasionalmente en Doucet y Fromont de París. La influencia de la reina Alexandra fue tan profunda que las damas de la sociedad copiaron enteramente su estilo por más de cincuenta años, incluso su andar con una pierna coja luego de su grave enfermedad de 1867.


Ella entendía muy poco de dinero. En las palabras de su nieto, Eduardo VIII (más tarde el duque de Windsor), "su generosidad era una fuente de vergüenza para sus asesores financieros. Cada vez que ella recibía una carta solicitando dinero, un cheque era enviado por el próximo correo, independientemente de la autenticidad del mendicante y sin haber sido investigado el caso”. Aunque no siempre fue extravagante (tenía sus viejas medias zurcidas para ser reusadas y sus vestidos viejos eran reciclados como cubiertas para muebles), desestimaría las protestas por sus elevados gastos con un gesto de la mano o diciendo que no había oído.


En 1910, luego de la muerte de su esposo Bertie, le dijo a Frederick Ponsonby: "Me siento como si hubiera sido convertida en piedra, incapaz de llorar, incapaz de comprender el significado de todo esto." Tal y como fueron las cosas, había reinado como consorte durante solo nueve años. Es un lapso de tiempo muy corto, sobre todo teniendo en cuenta que había lucido el título de princesa de Gales, asociado por tradición a la esposa del heredero del trono británico, durante nada menos que treinta y ocho años. Su hermana pequeña Minnie, por ejemplo, había sido esposa del zarevitch de Rusia a lo largo de dieciséis años y consorte del zar durante trece.


Dado que la reina Victoria se había distinguido por su longevidad, el príncipe de Gales se había convertido en el Rey Edward VII con sesenta años de edad. Nadie había esperado sacar un gran soberano de él, empezando por su propia madre, que le hacía de menos constantemente y por sistema le excluía de cualquier asunto “serio”. Pero Bertie demostró un profundo sentido de la responsabilidad en cuanto falleció Victoria. En principio, le irritó mucho que por su propia causa, debido a un inoportuno ataque de apendicitis, hubo que retrasar la ceremonia de coronación.



A partir de ahí, Bertie reinó para bien. Como monarca, puso especial interés en los asuntos exteriores y en los militares. No sólo estaba conectado por vínculos familiares con todos los monarcas de la época, sino que su afición a escaparse a territorio francés con relativa frecuencia le había proporcionado allí una excelente imagen pública, por ejemplo. Bertie aprovechó para sellar alianzas que, de momento, hicieron que sus súbditos le apodasen Peacemaker, “El Pacificador”.

A la muerte del rey, Alix quedó literalmente abrumada por la pena y la angustia. Había vivido un matrimonio de cuarenta y siete años, tiempo en el cual había tenido que encajar con el hecho de que Bertie no era ni sería nunca un fiel y devoto esposo. Se había casado con un crápula, un hombre que vivía para sus carreras de caballos, sus cartas, sus opíparas cenas, sus cigarrillos, sus aventuras amorosas. Bertie jamás había dejado de buscar nuevas sensaciones fuera del ámbito hogareño. Y Alix había aprendido a sacarle partido a su progresiva sordera, que le permitía aislarse de los constantes rumores en torno a los escándalos en los que se veía inmerso su díscolo marido.


Pero Bertie siempre había rodeado a Alix de afecto y respeto. La admiraba por su belleza y su porte, así como por su naturaleza cándida y compasiva. En ella había genuina bondad y nunca perdió la capacidad para experimentar sincera empatía hacia las desgracias ajenas. Una historia muy bonita que tiene a Alix por coprotagonista es la de su amistad con Joseph Carey Merrick, el denominado “hombre elefante”.

No se sabe exactamente qué padecía Merrick, pero bien puede haber sido el caso más grave jamás descubierto de síndrome de Proteus. Las terribles malformaciones que le afectaban desde la temprana edad de dieciocho meses hicieron que se le maltratase en la niñez y que luego se le exhibiese en los circos de la época, con una notoria falta de respeto hacia su drama personal. Pese a esas vicisitudes, no creció resentido y amargado, sino dulce y extremadamente educado. Cuando Alix le conoció, en un hospital en el que se encargaba de él el prestigioso Sir Frederick Treves, ella supo “ver” más allá de la monstruosa apariencia de Merrick y le trató con una natural delicadeza, algo por lo que él quedaría eternamente embelesado. Merrick lloró de emoción al recibir una fotografía de Alix, enviada por ella misma, y le correspondió con una breve pero sentidísima carta.

Esa clase de historia, que revela el gran corazón de Alix, hacía que Bertie, aún sin haber estado “enamorado”, la quisiese muchísimo. Los dos habían atravesado por distintas fases. Habían tenido seis hijos, de los cuales uno (Alexander John) había muerto a las veinticuatro horas de nacer y el otro (Albert Victor “Eddie”) a los veintiocho años de edad. Esas pérdidas les habían afectado intensamente a los dos. Asimismo, se habían regocijado juntos con las bodas de tres de sus retoños (Louise, Georgie y Maudie), pero, en especial, con la aparición en sus vidas de los nietos comunes. Sin duda, existía una gran vinculación emocional entre Bertie y Alix.

Ella había aprendido a “pasar con garbo” por encima de los escándalos de cualquier tipo, incluidos los que ocasionaban los líos de faldas. La aspiración de los dos radicaba en poder entenderse igual de bien en una larga vejez. Por eso, Alix, al perder a Bertie, perdía sus cuatro puntos cardinales.




El cortejo fúnebre del rey Eduardo fue uno de los mayores eventos de su tiempo. Acudieron testas coronadas de todos los rincones del continente europeo: los reyes de Grecia, de España, de Rumania, de Bélgica, de Portugal, el káiser de Alemania - sobrino carnal de Bertie-, el archiduque Franz Ferdinand, presumible heredero del Imperio Austro-Húngaro y, en representación del zar de Rusia, su hermano, el gran duque Mikhail “Misha” Alexandrovich.

La época eduardiana de opulencia no había sobrepasado una década. El prestigio de Eduardo VII era tan grande que su muerte trajo consigo una primera sugestión del profundo trastorno orgánico que había de sufrir la sociedad occidental en las tres décadas siguientes. El aspecto más significativo del período de duelo en Inglaterra por la muerte del rey Eduardo fue el “Ascot de luto” (Black Ascot), en el cual, durante la primera temporada de carreras que siguió al fallecimiento del popular monarca, toda la buena sociedad se presentó en el hipódromo de Ascot vestida de negro de pies a cabeza. Los hombres llevaban sombreros de copa con gasa de luto y eran negros sus chaquetas y pantalones, chalecos y corbatas, incluso el paraguas arrollado apretadamente. Hasta donde la vista podía extenderse había vestidos negros, sombrillas de finas sedas negras y enormes sombreros del mismo color, más anchos aún de lo acostumbrado, que eran como ruedas de fuegos artificiales, con aquellas plumas negras de avestruz mezcladas con las de águila y aves del paraíso y combinadas con tules fúnebres.

Obviamente, por imprevista e intempestiva que hubiese sido la muerte de Edward VIII, ascendía al trono George, príncipe de Gales, como George V y el protocolo británico establecía que la nueva primera dama de la nación y sus dominios era la esposa del nuevo rey, Mary. La viuda Alexandra quedaba relegada. Buckingham ya no constituía su residencia londinense: tenía a su disposición Marlborough House. En cuanto a Sandringham, pasaba a manos de los nuevos soberanos, igual que Balmoral en Escocia. Por supuesto, hablando de tantas y tan extensas propiedades, no había problema para albergar a Alix en cada una de ellas siempre que se le antojase, pero la nueva señora de esas casas se llamaba Mary.


Alix no asistió a la coronación de su hijo en 1911, pues no era costumbre para una reina coronada estar presente en la coronación de otro rey o reina, pero, por otro lado continuaría con el lado público de su vida, dedicando tiempo a sus causas caritativas. Una de ellas era el Alexandra Rose Day, en el cual rosas artificiales confeccionadas por discapacitados eran vendidas a beneficio de los hospitales por mujeres voluntarias.



Alexandra conservaba una apariencia juvenil en sus primeros años, pero durante la guerra su edad se le vino encima. Comenzó a usar elaborados velos y pesado maquillaje, el cual, de acuerdo a los chismes, hacía ver su cara “esmaltada”. Dejó de hacer viajes al extranjero y sufrió problemas de salud cada vez mayores. En 1920, un vaso sanguíneo hizo explosión en su ojo, dejándola temporalmente ciega de forma parcial. Hacia el final de su vida, su memoria y su habla entraron en el deterioro. Murió en 1925 en Sandringham después de sufrir un ataque cardíaco y fue enterrada junto a su esposo en el mismo lugar donde se casó con él, la capilla de San Jorge en el castillo de Windsor.