jueves, 21 de abril de 2011

Las vicisitudes de Zogú y Geraldina de Albania

Por los avatares del destino, Ahmed Zogú, que fue elegido presidente de la República de Albania en 1925, fue quien convirtió el país en monarquía constitucional. Pero no fue por pura vanidad, sino que tenía sus motivos: estaba modernizando una atrasadísima Albania y necesitaba no sólo los fuertes poderes que ya tenía, sino también una autoridad moral mucho más consistente para poder terminar su actuación. Transformando a Albania en reino, la ponía en condiciones de igualdad con las grandes potencias europeas, que en 1928 eran mayormente monárquicas (incluyendo a sus vecinos más próximos: Italia, Yugoslavia y Grecia).


Los albaneses, al ser conscientes de que el novel rey estaba dándole un salto al progreso, deseaban que esa monarquía arraigara más todavía, que se perpetuara. Pero Zogú era soltero. Albania necesitaba una reina y, después, un heredero al trono.


Muchas presiones llegaban hasta Zogú sugiriendo nombres de bellas jóvenes. Tres corrientes las presentaban: los miembros de eminentes familias albanesas, el Imperio turco y Roma. Esta dos últimas proposiciones las dejó de lado diplomáticamente. Su hermana Senija ya estaba casada con un hijo del sultán Abdul Hamid. Por ese lado, Turquía ya estaba relacionada con la familia real albanesa. Hacer reina a una otomana sería demasiado protagonismo para quienes fueron invasores de su pueblo durante siglos y que aún eran recordados desfavorablemente.






La firma del rey


Por otro lado, Italia también había invadido sus territorios en varias ocasiones; incluso la nombró “protectorado” suyo y todavía sostenía tener derechos sobre algunas partes de Albania. Tampoco era conveniente una reina italiana. ¿Una albanesa? Impensable. No “daría el tono”. Entre las grandes familias del país, ni una sola de ellas poseía un árbol genealógico presentable. Él mismo no pertenecía a ninguna dinastía. Era Zogú quien creaba la suya propia, así que era indudable que necesitaba una aristócrata de fuera de las fronteras.


El rey estudiaba estas circunstancias tanto en vistas a una buena acogida de sus compatriotas como a la de formalizar el enraizamiento de su monarquía entre los demás reinos de Europa. Sin embargo, estaba firmemente dedicado a los asuntos de Estado, por lo que no tenía tiempo para realizar viajes al extranjero y visitar los palacios reales, el método más normal en aquella época para formalizar noviazgos en el ámbito de la realeza.


El hallazgo de la consorte ideal fue una mezcla de, por parte de Zogú, “flechazo” a distancia, casi como una compra por catálogo y, de parte de la elegida, amor a la aventura y a la literatura infantil.



En una revista ilustrada húngara, Zogú vio el retrato de una joven cuya belleza lo atrajo enormemente. Al pie se leía: Condesa Geraldina Apponyi. Durante varios días se lo llevaba a la alcoba para observarlo antes de dormirse y soñar con ella. Cada día más se sentía encandilado por la hermosura de aquel rostro de mujer. Se había enamorado y, con la tenacidad y eficacia de que hacía gala, ordenó indagar sobre ella.


Geraldina tenía 22 años (veinte años menos que él). No era un problema. ¿Era soltera? Sí. ¿De familia aristocrática, puesto que era condesa? Una de las más consideradas de Hungría, cuyo origen databa del siglo XIII. Su padre, el Conde Gyula Apponyi de Nagy-Apony, había sido chambelán en la corte de Viena durante el gran Imperio austro-húngaro. Su madre, Gladys Virginia Stewart, era norteamericana, hija de un cónsul de Estados Unidos. (“Mejor, también interesa estar a bien con ese gran país… Y ¿por qué no?, sangre occidental”). Tras la muerte del conde Apponyi se había vuelto a casar con un coronel francés (“Otra nación más a favor”).




La sangre americana de la condesa Geraldina le hizo emanciparse, en parte, de la rutinaria vida social húngara. Sin renunciar a su lugar privilegiado entre las grandes damas de la aristocracia, trabajaba (¡en aquellos tiempos!) como secretaria en un museo de Budapest. Esto aún la calificó mejor a los ojos de Zogú.


Una vez convencido, el rey envió a su ayudante de campo a que expusiese su pretensión al Conde Carlos Apponyi, un tío segundo de la joven que se encargaba de administrar su educación y su vasta herencia. Como iniciación al posible noviazgo, invitaba a Geraldina y a sus eventuales acompañantes al baile de fin de año que el rey Zogú ofrecía anualmente en su palacio de Tirana.
El conde Apponyi reunió al consejo de familia y en él se decidió algo que era obvio: la propia Geraldina debía tomar la determinación. Y la sangre americana de la condesa (la de los cuentos infantiles y el amor a la aventura) la llevó a embarcar hacia Albania, acompañada solo de una amiga y del ayudante de campo del rey. El 30 de diciembre de 1937 anclaban en Durrës. El chambelán de la corte esperaba en el muelle para escoltar a Geraldina y su amiga a un palacete que Zogú ponía a su disposición.



El compromiso


La noche siguiente, la joven condesa húngara y el rey de Albania se veían por primera vez. Pero no estaban solos: los rodeaban los dos mil invitados al baile. Zogú quedó deslumbrado, pues Geraldina era mucho más hermosa al natural que en la fotografía. Ella, por su parte, agregaba a su sueño americano la amabilidad, el buen porte y el savoir faire de su enamorado. Así que el día 1º de enero de 1938 ella aceptó a la proposición de matrimonio.


El 30 del mismo mes, el Parlamento albanés dio su aprobación a la boda. El rey quería que se respetasen totalmente los trámites legales. La ceremonia se celebró el 23 de abril, con asistencia de la madre de Geraldina y varios miembros de su aristocrática familia húngara. Zogú había avisado que la solemne ceremonia pública sólo se haría ante el juez. Quería dar el ejemplo a su pueblo con respecto a la separación entre la Iglesia y el Estado y a la tolerancia que debía existir en la institución del matrimonio (él era musulmán y ella católica). Entre los muchos invitados representantes de varias naciones destacaban los dos que Italia había enviado: el duque de Bérgamo (primo de Víctor Manuel III) y el conde Ciano (yerno de Mussolini y Ministro de Asuntos Exteriores).



La boda


Un año después, Mussolini (que contaba con sus fuerzas militares y el apoyo de Hitler) solicitó al rey Zogú la cesión de bases militares en Albania, además de que su ejército y su marina se pusiesen bajo el control de Italia. El pretexto era la protección de tan estratégica puerta del Adriático. Zogú se negó rotundamente a acceder a esas pretensiones.


El 5 de abril de 1939, la reina Geraldina daba a luz a un príncipe heredero. ¡La dinastía tendría continuidad! Se le llamó Leka (Alejandro), en recuerdo de Skanderberg.


Al día siguiente, jueves santo, todo el cuerpo diplomático acreditado en Tirana fue a presentar sus cumplidos y parabienes a Zogú y Geraldina. El embajador de Italia, Francesco Giacomini di San Savino, comunicó al rey, además, el ultimátum del Duce: si en dos horas no se aceptaban sus propuestas, Italia invadiría su país. Esta vez Zogú tuvo que dudar algo, pero volvió a declinar la “protección”, aún sabiendo que su minúsculo ejército y su escasa flota de guerra no podrían enfrentarse a las poderosas fuerzas armadas italianas. Pero no podía admitir un Anschluss como el que había hecho Hitler un año atrás comiéndose Austria, ni las condiciones en que vivían los checoslovacos desde hacía menos de un mes. Quizá el pueblo albanés, consciente de su nacionalidad y de que volvía a jugarse su independencia, podría retardar la caída a base de guerrillas hasta que estallase la guerra mundial ya latente y que llegara ayuda de parte de las potencias enemigas del Eje Berlín-Roma.




Mussolini empezó el ataque inmediatamente vencido el plazo de dos horas. En el ínterin, el rey había enviado a toda su familia camino a Grecia mientras se dirigía a las montañas a organizar las guerrillas.


El traslado de la familia real a la frontera griega fue dramático. Llovía y hacía un frío atroz. Los caminos rústicos que tomaban los automóviles para evitar las carreteras amenazadas hacían dificultosa la marcha. La reina tenía fiebre y sufrió una hemorragia. Por fin arribaron a Grecia entrada la noche.


En cuanto el rey Jorge de Grecia se enteró de la presencia de la reina Geraldina en su país, le envió médicos y un tren especial para que se desplazase a Atenas. Ella no quiso moverse de la frontera. Allí se le reunió, dos días después, el rey Zogú con el gobierno en pleno, muchos diputados y la mayoría de los jefes del ejército. La avalancha italiana había sido tan aplastante que comprendieron que no había forma alguna de resistir.


Con su Zogú, Geraldina sí aceptó instalarse en Atenas.



La reina Geraldina con el traje nacional albanés



Una vez pasadas las muestras de condolencia y simpatía convencionales por parte de Grecia, la política hizo su aparición: el gobierno heleno le tenía miedo a Italia. Si Alemania se había apoderado tranquilamente de Austria y, no mucho después, de Checoslovaquia, ¿quién podía asegurar que Italia, tras Albania, no pensase en su vecina Grecia?... Por lo menos, no darles un motivo: la presencia allí de Zogú era inconveniente.


Aunque se le insinuó con extremada cortesía y en absoluto secreto, la noticia se hizo pública rápidamente. De inmediato, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia expresaron a Zogú que él y toda su real familia serían bien acogidos en sus respectivas naciones. Ya se preveía que el mundo occidental se dividiría en dos bandos.


Geraldina escogió París: allí encontraría a su madre, su padrastro y sus hermanos, nacidos del segundo matrimonio. Por su parte, Zogú también tenía en la capital francesa a su hermana Senije, pues estaba casada con el encargado de la legación de Albania. Para evitar pasar por Italia y Alemania, tuvieron que seguir la ruta Rumania-Polonia-Suecia-Noruega-Bélgica, con sus correspondientes embarques entre Polonia y Suecia y entre Noruega y Bélgica. ¡Enorme vuelta para una época en la que se podía viajar directamente de Atenas a París sin cambiar de tren!



Los reyes albaneses en Suecia


Una vez en Francia, la familia real fue alojada en el castillo de La May, cerca de Versailles. Después se trasladaron al de Pontoise. Pero cuando estalló la guerra, en setiembre, el avance de las tropas alemanas los hizo huir, como a tantos millones de franceses, hacia el sur y hacia el oeste. Y, al igual que ellos, muchas noches tuvieron que dormir en el automóvil al borde de la carretera.


Al arribar a Burdeos, totalmente ocupado por refugiados, el alcalde pudo instalarlos en un convento. Pero como las tropas alemanas seguían avanzando, Zogú y los suyos debían salir de allí como fuese. No podían caer en manos de los aliados de Italia: el conde Ciano, en abril de 1939, había conseguido reunir una Asamblea que declarase traidor y destronado a Zogú. La corona se ofrecía al rey de Italia. A Ciano le había costado mucho encontrar quienes se aviniesen a esa decisión. Víctor Manuel III tuvo que aceptar esa nueva soberanía. Su representante en Tirana, una especie de virrey, sería el embajador Giacomini di San Savino. Zogú y su familia se convertían, pues, en unos malhechores prófugos para las autoridades italianas.





En Burdeos, Zogú envía un desesperado telegrama al rey Jorge VI de Gran Bretaña. Éste responde el mismo día, dando orden a su cónsul para que embarque al rey albanés y a su familia hacia Inglaterra. Siendo imposible hacerlo desde Burdeos, el cónsul consigue llevarlos a San Juan de Luz. Desde allí, un barco británico destinado a la familia real albanesa es asaltado por cientos de personas que huyen también de los alemanes. Zogú no les niega ayuda hasta que el capitán ordena que se impida la subida a más gente pues puede peligrar la estabilidad de la pequeña nave. El rey, la reina, el príncipe heredero y las dos princesas hermanas del rey comparten los apretones con franceses, judíos, polacos, checos y otros antifascistas, tan desafortunados como ellos en esos momentos.


En Londres, Zogú establece contactos con los demás reyes y gobernantes en el exilio. Soporta los bombardeos como un londinense más. Y lee, con tristeza, en los periódicos, que los albaneses enrolados en el ejército italiano participan contentos en la invasión de Grecia. El Foreign Office le ofrece, un día, la opción de trasladarse a Grecia para organizar un cuerpo de voluntarios albaneses. El rey acepta con prontitud, pero llegada la hora de partir le avisan de Atenas que el gobierno griego no permite la estancia de la familia real albanesa en su tierra. Al día siguiente, Zogú se entera que el avión donde tenía que haber viajado él se había estrellado, en ruta, y todos sus pasajeros resultaron muertos. Había salvado su vida, pero también había perdido, quizá, la última oportunidad de salvar a su pueblo.



Zogú y su familia (1942)


En 1943, Italia pedía el armisticio. Las tropas alemanas reemplazaron a las italianas en Albania. Después de la evacuación alemana, en 1944, tocó el turno a los soviéticos. A fines de aquel año, Enver Hodja (un intelectual que había sido co-fundador del Partido Comunista Albanés y elegido secretario general provisional) ya controlaba casi toda Albania. Ayudado por las tropas soviéticas, Hodja se hizo con la totalidad del país y, en enero de 1946, Albania se constituía en “República Popular”.


Entonces Zogú y Geraldina, acompañados de su hijo, de las hermanas del rey y de los hijos de éstas, continuaron su exilio embarcando hacia Egipto. El rey Faruk había dado órdenes de que su invitado fuera tratado como soberano reinante. Cuando la familia real albanesa desembarcó en Port Said, el jefe del gobierno egipcio y sus ministros se hallaban en el muelle, esperándoles. Un destacamento militar les rindió honores.


Desde Alejandría, donde se instalaron, Zogú intentó establecer lazos con los pocos albaneses exiliados, pero le resultaba difícil porque estaban dispersos por todas partes del mundo. Expresaba en público su posición política: “Yo represento la legitimidad… La monarquía que yo regía era muy distinta del sistema opresivo de origen extranjero impuesto ahora al pueblo albanés”. Incluso se instaló en El Cairo una legación de “Albania libre”.





Pero sus cuitas no habían terminado. En 1952, el general Naguib derrocó a Faruk de Egipto y poco a poco fueron desapareciendo las amabilidades que acunaban a Zogú. Se le cerró la legación de “Albania libre” y con ella la asistencia pecuniaria que figuraba en las listas del Ministerio de Asuntos Exteriores, se le prohibió hacer manifestaciones políticas… y hasta se le difamó en la prensa, acusándole falsamente de haber realizado estafas y negocios sucios con el extranjero a través de la valija diplomática (privilegio que le había concedido Faruk y del que, prácticamente, no había hecho casi uso). Era un prisionero, aunque no entre rejas.


En el verano de 1955 se le permitió salir de Egipto. La familia se instaló en Cannes, Francia, donde el rey, aquejado de varias dolencias, se dedicó a escribir sus memorias. En 1961, encontrándose en la región parisina, se vio atacado de una fuerte crisis y el 9 de abril murió en el hospital Foch, en Suresnes, donde había sido trasladado. La reina Geraldina y el príncipe Leka se fueron a vivir a Madrid, porque España era el país más barato de la Europa no comunista. Zogú había muerto prácticamente en la miseria y los hermanos de Geraldina también habían sido expropiados por los comunistas húngaros.




Armas reales de Albania


Mucho se habló de que, al huir de Albania en dirección a Grecia, Zogú había sacado grandes cantidades de dinero procedentes del Tesoro nacional. Pero éste no era precisamente muy boyante y Zogú pasó la frontera griega sólo con lo puesto. En cuanto al viaje de Geraldina (cuya salud preocupaba dada su reciente maternidad), la reina no se ocupó de nada, ya que no estaba en condiciones de hacerlo. Su esposo sólo puso en sus maletas, además de ropa, una cantidad respetable de monedas de oro procedente de la venta de unos bosques del propio patrimonio húngaro de Geraldina. Y sus joyas, piezas que se fueron vendiendo, sobre todo en la última etapa egipcia y francesa, cuando no los amparaba nadie. Antes, los gobiernos anfitriones les proporcionaban un razonable medio de vida, sin boato, pero lo suficientemente generoso para mantener a una familia real en el exilio. Eran invitados de esos gobiernos: Grecia, Francia, Inglaterra y el Egipto de Faruk.


En España, para poder vivir, Geraldina vendía sus recuerdos a la prensa rosa. La belleza que, cuando se casó con Zogú, asombró a Europa, aún conservaba su prestancia. Leka se puso a trabajar en una empresa privada española. Lo evidente era que, si a Zogú no se le hubiera interpuesto en su camino uno de los prolegómenos de la Segunda Guerra (la invasión italiana, al mejor estilo alemán), había podido acabar de modernizar el país.


La reina madre Geraldina, con su hijo Leka I, la esposa de éste, Susan y el heredero Leka II

martes, 19 de abril de 2011

Albania: tierra de águilas y montañas

El nombre autóctono del país, Shqipëria, significa "Tierra de las águilas". Fue adoptado a partir de la rebelión contra los turcos dirigida por "Skanderbeg" (“el jefe Alejandro”, en turco) en 1433. En esa época, la población libre del territorio adoptó el gentilicio de shqipëtar, ya que la bandera usada por Skanderbeg poseía como emblema principal el águila imperial bicéfala heredada de los bizantinos. El nombre Albania, en cambio, es ajeno a los nativos y deriva del latín albus, blanco, en referencia a la nieve de las montañas.



Bandera de Albania (1928)



El pueblo más antiguo conocido que habitó el centro y norte del actual territorio de Albania fue el de los ilirios, de los cuales los shqipëtarët o albaneses son supuestos descendientes. En el 35 a. C., los romanos conquistaron los sitios más accesibles y civilizados, denominándoles provincias de Ilírico y Epiro, aunque los territorios más montañosos y remotos nunca llegaron a estar bajo control del Imperio romano.


Bajo los romanos, Iliria conoció una época de paz y prosperidad. Cuando el Imperio romano quedó dividido en el año 395 d.C., los ilirios fueron asimilados por el Imperio bizantino. Durante los siglos V y VI confluyeron con pueblos itinerantes como los visigodos, hunos, ostrogodos; y terminaron siendo vecinos (al norte y al este) de los eslavos, que asimilaron en esas zonas a los ilirios o macedonios.



Gjergj Kastrioti Skanderbeg



A fines de la Edad Media los turcos otomanos invadieron la península balcánica. Entre 1443 y 1468, Gjergj Kastriot, llamado Skanderbeg, dirigió en nombre de los albaneses las luchas conjuntas de serbios, búlgaros, rumanos y otros pueblos de la zona contra los turcos otomanos, convirtiéndose en el héroe nacional y un icono de la lucha contra el invasor islámico.


En ese largo período de ocupación sucedieron varios hechos determinantes para la actual cultura albanesa: gran parte de la población urbana ortodoxa se exilió, principalmente en el sur de Italia y Grecia, y en parte se emplearon como mercenarios, mientras que la mayoría de la población que se mantuvo en el país fue convertida al islam, a lo largo de los siete siglos de ocupación. Tras la progresiva conversión al islam (por interés y supervivencia) y la asimilación turca de gran parte de los albaneses, Albania se convirtió en un país privilegiado y leal a los otomanos, alcanzando altos cargos en la administración del Imperio y también como fuerzas de choque para mantener el control sobre Grecia, Serbia, el territorio de la actual República de Macedonia y Bulgaria. La emigración de parte de la población serbia del actual Kosovo llevó a los albaneses a hacerse mayoritarios en esa región.



El castillo Krujë en tiempos otomanos. Fue el centro de la batalla de Skanderbeg contra los invasores.


La historia de Albania como estado independiente comienza después de las Guerras Balcánicas (1912-1913). Era un país subdesarrollado y el hogar de algo menos de un millón de personas divididas en tres grandes grupos religiosos y dos distintas clases sociales: aquellos que eran dueños de la tierra y defendían sus derechos semifeudales, y aquellos que no lo eran. Los primeros siempre tuvieron el control de los puestos de poder en el centro y sur del país, por consiguiente esperaban mantener sus privilegios una vez que Albania se hiciera independiente. Sin embargo, la mayoría de la población había comenzado a cuestionar esa situación. Además, casi toda la aristocracia terrateniente profesaba la religión musulmana, así como la mayoría de los oficiales y funcionarios públicos entrenados por la administración del Imperio otomano. En consecuencia la mayoría de los puestos administrativos -en todos los niveles- era manejada por albaneses de religión musulmana.

Armas del Principado de Albania





En 1912, ante las sucesivas derrotas que sufrieron los turcos en las guerras balcánicas y la amenaza del expansionismo de Montenegro, de Serbia y de los griegos, los albaneses reclamaron su independencia y la consiguieron gracias al apoyo austríaco e italiano. Las potencias europeas (incluida Turquía) la reconocieron. Los albaneses, que no querían caer en manos de sus vecinos, decidieron constituirse en “un principado autónomo, soberano y hereditario”. Pero nadie en Albania llevaba sangre real en sus venas, así que se buscó un príncipe extranjero y los gobernantes europeos colocaron como soberano a Guillermo de Wied, de la Casa alemana de Wied-Neuwied. Fuera del país y en la correspondencia diplomática, sería tratado como “soberano príncipe”, pero en Albania se refería a él como mbret o rey.




Guillermo de Wied duró menos de un año en el trono albanés, porque durante la Primera Guerra Mundial el empobrecido territorio fue campo de batalla entre las fuerzas de la Entente Cordiale y las de los denominados Imperios Centrales, y al concluir la guerra se ratificó el control serbio-montenegrino sobre las zonas de mayoría albanesa del norte y el este. Oficialmente, el reinado del príncipe Guillermo llegó a su fin el 31 de enero de 1925, cuando el país fue declarado una república.



William de Wied, su esposa (la Princesa Sophie de Schönburg-Waldenburg) y su hija, la Princesa Marie Eleonore.



En 1918 en Argirópolis (pese a que esta ciudad estaba en la zona de ocupación griega) se proclamó la independencia formal de Albania, aunque la "Albania independiente" pronto pasó a ser en la práctica un protectorado italiano al mando inicialmente de Ahmet Zogu, perteneciente a una importante familia de la región de Mati. El 2 de diciembre de 1922 es nombrado primer ministro y en 1925 es elegido presidente de la nueva República de Albania.


Con todos los poderes en la mano, la moderniza de arriba abajo y en el verano de 1928 hace de Albania una monarquía. Él mismo se convierte en el rey Zogú I de Albania, siendo coronado solemnemente en Croia, cuna del famoso Skanderberg. Zogú es el único rey musulmán de Europa en esa época.




Zog I, Skanderbeg III de los Albaneses (1895-1961), nacido Ahmet Muhtar Bej Zogolli, fue rey de Albania de 1928 a 1939. Previamente fue Primer Ministro (1922-1924) y Presidente (1925-1928)




El 7 de abril de 1939 el ejército de la Italia fascista invadió Albania y Zogú huyó del país: primero a Grecia, luego a Francia, Gran Bretaña, Egipto y nuevamente Francia, donde muere en 1961. El gobierno italiano proclamó Rey de Albania al Rey de Italia y Emperador de Etiopía, Víctor Manuel III de Saboya (1939-1943).


Durante la Segunda Guerra Mundial se organizaron guerrillas contra los italianos, y al final de la guerra el partido comunista, creado en 1941 bajo la influencia de los bolcheviques, tomó el control del estado albanés, bajo el liderazgo de Enver Hoxha, quien había combatido en la resistencia. En 1955, Albania pasó a ser miembro del Pacto de Varsovia.


Escudo de la República Popular de Albania (1946-1991)




sábado, 16 de abril de 2011

Jelena de Serbia, Princesa de Rusia

Jelena Karađorđević (1884-1962) era la hija del rey Pedro (Petar) de Serbia y su esposa, la Princesa Zorka de Montenegro. Era hermana mayor de Jorge, Príncipe Heredero de Serbia y de Alejandro I, rey de Yugoslavia. Nació como princesa Jelena de Serbia y fue conocida como Jelena Petrovna, Hélène Petrovna o Elena Petrovna después de su matrimonio.

Su padre, Petar Karađorđević, se convirtió en rey de Serbia el 11 de junio de 1903, después de que una conspiración hubiese desembocado en el brutal asesinato de Alexander I, el último monarca de la dinastía Obrenovic, junto con su esposa, la tremendamente impopular reina Draga. Luego, en 1918, Petar I de Serbia se transformó en Rey de los Serbios, los Croatas y los Eslovenos, la futura Yugoslavia.

Cuando Petar se proclamó monarca de los serbios tenía ya cincuenta y nueve años. Había enviudado el 16 de marzo de 1890 de la princesa Zorka de Montenegro, la mayor de las hijas del rey Nikola I. Zorka había sido "una belleza balcánica", un tanto exótica desde la perspectiva occidental, que había muerto en Cetinje, capital de Montenegro, tras dar a luz a su quinto hijo, que tampoco logró sobrevivir. La muerte de Zorka dejó a Petar viudo con tres hijos: Jelena, Đorđe (George) y Aleksandar (Alexander). En esa etapa, era, simplemente, un príncipe serbio en el exilio, que dependía de la protección de sus suegros. Serbia había sido duramente disputada por dos grandes familias rivales, los Obrenovic y los Karađorđević: entonces reinaban los Obrenovic, lo que significa que los Karađorđević intrigaban sin tregua en un constante intento por recuperar el trono del que se consideraban desposeídos. Pero las aspiraciones de Petar dependían, en primer lugar, de cómo evolucionara la situación en Serbia e incluso en el conjunto de los Balcanes.


El Rey Petar de Serbia


Petar necesitaba conservar el apoyo de su suegro, el soberano de Montenegro, que había sabido maniobrar para que los rusos le considerasen su principal aliado en los Balcanes. Quizá por eso tomó la decisión de no llenar nunca en su vida el hueco que había dejado Zorka. Podía permitirse relaciones breves, esporádicas aventuras, pero no quería reemplazar a Zorka para no molestar a sus suegros.

De momento sólo podía aguardar la ocasión propicia para desplazar a Alexander Obrenovic. Decidió alternar largas estancias en Cetinje con otras en Génova. Tenía planes concernientes a la educación de sus hijos, aprobados por su suegro. Quería que Jelena, llegado el momento, estudiase en el célebre Instituto Smolny de San Petersburgo y que Đorđe y Aleksandar, tras completar una primera fase educativa en Génova, acudieran a la famosa escuela para cadetes imperiales en San Petersburgo. Mandar a su hija al famoso Smolny de San Petersburgo encajaba a la perfección en la tradición de la familia Karađorđević. La madre había sido una pensionista interna en el Smolny, al igual que la mayoría de sus tías, las hermanas de Zorka: Militza, Stana, Marija, Jelena y Anna. Sólo las menores, Xenia y Vera, se habían quedado sin pasar por aquel instituto.


La joven Jelena con sus dos hermanos, Đorđe y Aleksandar, en sus uniformes de la escuela de cadetes de San Petersburgo, y su primo hermano, Pavel.


La formación allí había derivado en que las princesas montenegrinas aumentasen sus posibilidades de ingresar por matrimonio en el grand cercle de los Romanov. Militza se casó con el gran duque Peter Nicolaevich de Rusia a finales de julio de 1889. En agosto de ese mismo año, Stana se casó con Georgi, 6º Duque de Leuchtenberg, príncipe Romanov pues descendía directamente del zar Nicolás I a través de su hija María Nicolaevna (Stana se divorciaría de él en 1907 para casarse con Nicolasha, el hermano de su cuñado Peter) Estas bodas a la rusa de Militza y Stana inflaron de orgullo a sus padres, pues podían abrir las puertas a futuros enlaces prestigiosos para el resto de sus hijas y, sin duda, para su nieta Jelena, que mezclaba en sus venas la sangre de los Petrović-Njegoš montenegrinos con la de los Karađorđević serbios.

De momento, lo sustancial, a ojos de Jelena, era que el Smolny parecía un lugar propicio para las princesas de su estirpe. Tía Militza y tía Stana, que formaban parte de lo más granado de la sociedad montenegrina, podían supervisar su crianza. Además, en el Smolny todavía estudiaba la tía homónima de la niña, Jelena de Montenegro, una belleza morena, enigmática, de modales impecables y magnífica educación que en 1896, en la coronación del zar Nicolás II, conoció al príncipe Vittorio Emanuele, heredero del trono de Italia, y que, después de renunciar a su fe ortodoxa para convertirse en católica, pasó a ser su reina consorte.

La princesa Jelena siguió siendo una ilustre interna del Smolny que visitaba asiduamente la corte imperial y después una joven casadera que residía bajo tutela de sus extravagantes y controvertidas parientas. Margaretta Alexandra Eagar, la institutriz principal de las cuatro hijas del zar –las Grandes Duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia-, tuvo ocasión de ver con frecuencia a la princesa Jelena entre 1898 y 1904 y la evocaría como una muchacha de dulces rasgos, ojos oscuros y brillantes y aspecto apacible y amable. A las princesas imperiales les agradaba de manera instintiva cuando Jelena acudía a tomar el té a palacio acompañada de otra de sus tías, la princesa Vera de Montenegro.

Su otra tía, la reina Elena de Italia, fue quien la presentó al Príncipe Iván Constantinovich de Rusia, hijo del Gran Duque Constantino Constantinovich y bisnieto del zar Nicolás I. Los hijos del Gran Duque Constantino no llevaron el título de grandes duques de Rusia, sino el de príncipes de Rusia, en conformidad a la reforma hecha por Alejandro III el 14 de julio de 1886. Según esta ley, solo los hijos y nietos de un zar, hijos de matrimonio dinasta, podrían ser grandes duques, los demás llevarían el título de príncipes de Rusia y el tratamiento de Alteza Imperial. Así los Constantinovich, bien que hijos de matrimonio dinasta, eran bisnietos de un zar. El objetivo de la ley era de restringir el número de personas con derecho a rentas del estado.


La familia del Gran Duque Constantino en 1905. De izq a der: Príncipe Jorge, Príncipe Igor, Príncipe Oleg, Príncipe Constantino, Princesa Tatiana, Príncipe Gabriel, Príncipe Iván, Gran Duquesa Isabel y Gran Duque Constantino.


El Príncipe Iván era descripto por sus contemporáneos como una persona religiosa y gentil, apodado Ioannchik por sus parientes. Iván le propuso matrimonio poco después. Fue una boda por amor, una sorpresa para la familia porque el suave, introvertido Iván había pensado en convertirse en monje de la Iglesia Ortodoxa Rusa. La pareja se casó el 21 de agosto de 1911, en ​​San Petersburgo. La noche anterior a la boda hubo una gran cena para 1000 invitados en Peterhof. Ella estaba ubicada entre el Zar a su izquierda y la Gran Duquesa Vladimir a su derecha. Años después Elena recordaría que el zar le pidió que lo llamara Nicki, ya que ella ahora formaba parte de su familia. Elena se rehusó y le dijo que por primera vez desobedecería una orden imperial. En realidad, estaba temerosa de su padre, el rey Petar, que estaba sentado cerca de la emperatriz. Cuando Helena era pequeña, el rey llamaba a la zarina “la pétroleuse”, como Louise Michel, un famoso anarquista de la época.


La elegante pareja de recién casados en Peterhof


Luego de su boda, Elena estudiaría medicina, una carrera que debió abandonar cuando tuvo su primer hijo, el Príncipe Vsevelod Ivanovich en 1914. Su hija, la Princesa Catalina Ivanovna, nació en 1915. Esta última fue el último miembro de la Familia Imperial en nacer antes de la caída de la dinastía.

Voluntariamente siguió a su marido al exilio, cuando el Príncipe Iván fue detenido tras la Revolución Rusa de 1917 y trató de obtener su libertad. Iván fue encarcelado por los bolcheviques, primero en Ekaterimburgo, Siberia y más tarde fue trasladado a Alapaevsk, una ciudad en Sverdlovsk Óblast, donde fue asesinado el 18 de julio de 1918, junto con sus hermanos Constantino e Igor, la Gran Duquesa Isabel Fiódorovna, el Gran Duque Sergei Mijailovich, su primo lejano el Príncipe Vladimir Pavlovich Paley, el secretario del Gran Duque Sergei, Fyodor Remez y Varvara Yakovleva, una monja del convento de la Gran Duquesa Isabel. Todos fueron conducidos al bosque por los bolcheviques locales, empujados a una mina abandonada y luego fueron lanzadas granadas al interior de la mina.



Iván había convencido a Elena a abandonar Alapaevsk y regresar con sus dos pequeños hijos, a quienes había dejado con su suegra, la Gran Duquesa Elizaveta Mavrikievna, pero la princesa fue detenida en Ekaterimburgo y encarcelada en Perm en 1918. Durante su encarcelamiento, los bolcheviques trajeron a su celda una chica que se llamaba Anastasia Romanova y le preguntaron si la muchacha era la Gran Duquesa Anastasia Nikolaievna de Rusia, la hija del zar Nicolás II. Elena dijo que no reconoció a la niña y los guardias se la llevaron.

Diplomáticos suecos obtuvieron permiso para que la suegra de Elena saliera de Rusia con sus nietos Vsevelod y Catalina y sus dos hijos menores, Jorge Constantinovich y Vera Constantinovna, en octubre de 1918, a bordo del buque sueco Angermanland. Elena permaneció encarcelada en Perm hasta que diplomáticos noruegos la localizaron y la transfirieron. Estuvo prisionera en el Palacio del Kremlin antes de serle permitido salir y reunirse con sus hijos en Suecia. Finalmente se estableció en Niza, Francia y nunca volvió a casarse. Como princesa de Yugoslavia recibió una pensión con la que ella subsistió mientras existió este reino, pero a fines de 1945 el dinero dejó de fluir y pasó sus últimos años en situación de penuria.



La Princesa Helena Petrovna en los años ‘50

Su sobrino, el Príncipe Tomislav de Yugoslavia, escribió sobre ella en sus memorias: “En 1959 estuve con mi esposa Margarita en el sur de Francia. Entonces descubrí que la Tía Jaba –los hijos de su hermano Alexander la llamaban así, apodo que en francés era “Jabé”- estaba en Niza. Yo había oído que estaba viviendo con grandes dificultades en un apartamento rentado, empobrecida, sin ningún ingreso y faltándole hasta los alimentos. Intenté encontrarla y ayudarla. Ella, sin embargo, rechazó cualquier ayuda e incluso un encuentro. Nadie, ni siquiera yo, tenía permitido verla en aquella triste condición. Persistió en ello hasta su muerte”.




Villa Trianon, en Saint-Jean Cap Ferrat, donde Elena vivió entre 1919 y 1953.

viernes, 15 de abril de 2011

Consortes serbias: la "reina negra"

Fue uno de esos acontecimientos que, cuando ocurren, no reflejan en absoluto la trascendencia que llegarán a tener. Alexander fue calurosamente acogido por Natalija en Biarritz. Ella hizo los honores de anfitriona asistida en la tarea por el personal que la rodeaba en su grandiosa villa. Entre sus damas había una viuda llamada Draga, que, en serbio, significa "la muy querida". Draga había nacido con el apellido Lunjewitza, pero, desde hacía años, utilizaba el apellido de casada: Maschin. Natalija había tomado a Draga a su servicio movida por la piedad. Se compadecía sinceramente de aquella muchacha de oscura belleza que había tenido que vivir duramente. Por otro lado, en esa etapa, Draga parecía la dama de compañía ejemplar: seria, eficiente, reservada, discreta y con la adecuada dosis de charme.


Probablemente, el jovencísimo Alexander se quedó prendado de Draga a simple vista. Pero la reina Natalija, ojo avizor, se percató de que la dama parecía absolutamente ajena al obvio encantamiento del muchacho. Natalija se tranquilizó: una muchacha aristocrática y virginal hubiese supuesto un peligro, pero una plebeya con un pasado bastante cargado de episodios dudosos sin duda sólo suponía un coup de foudre pasajero. Estaba lejos de imaginar que Draga sería, en poco tiempo, su peor pesadilla...

En 1896, hallándose otra vez en París, Natalija se enteró que su marido, aquel maduro licencioso aquejado de sífilis, mantenía una aventura con Draga Maschin. El episodio no tenía nada de novedoso: en sus primeros años de casada, Natalija había despedido a más de una dama de palacio por haberse dejado seducir por Milan. Furiosa por la "traición" de Draga luego de haberle dado su protección y una posición honorable, Natalija la expulsó sin ningún miramiento. No le dolía el corazón (su amor por Milan se había agotado) pero sí le dolía el orgullo femenino. La ex dama de honor, todavía resentida, tomó el camino hacia Dubrovnik.

La hermosa ciudad de la costa del Adriático le deparó un encuentro, puramente casual, con una mezzosoprano italiana a quien conocía ligeramente: Silvia Sciacca. La señora Maschin le hizo un relato de sus pesares, presentando el asunto como si Milan prácticamente la hubiese hecho suya en contra de su voluntad y como si Natalija la hubiese tratado con insoportable dureza. Conmovida, la Sciacca le ofreció la hospitalidad de su casa de vacaciones, lugar donde Draga iba a cruzarse de nuevo, en cuestión de días, con un joven rey que había acudido a Dubrovnik tras escuchar el rumor de que ella se hallaba en esa ciudad: Alexander.

Casi de inmediato, Sacha inició un cortejo al que Draga respondió de forma bastante calculada. Aceptaba su constante presencia y atenciones, pero, a la vez, mantenía la fuerte tensión sexual no cediendo en ese terreno. Alexander era un chico de veinte años que había heredado la intensa sensualidad de su padre, pero que, además, adolecía de una grave carencia afectiva debido a las circunstancias familiares. Draga, por su parte, tenía treinta y cinco años en los que había acumulado una gran experiencia en el manejo de sus relaciones y había adquirido una reputación cuanto menos dudosa. No pensaba convertirse en un mero pasatiempo para el monarca. Si tenía que ser su amante, pensaba hacerse rogar lo suficiente para sacar ventajas materiales e incluso tal vez podría aspirar a una relación del estilo de una maitresse-en-titre francesa del Antiguo Régimen.

Silvia Sciacca fue la primera beneficiada de aquel "romance real" de su protegida. Sacha, conmovido por la generosidad de la cantante, le ofreció magníficos regalos: el primero, por ejemplo, fue un anillo de rubíes de gran valor. Otras joyas fueron para Draga, que, asimismo, vio abonadas, de un día para otro, las deudas contraídas en los meses anteriores. Poco a poco, Draga se encargó de ir concediendo más favores a un Sacha completamente obnubilado hasta que él acabó siendo una figura de cera, fácilmente moldeable, en sus expertas manos.

Natalija, al recibir las primeras noticias al respecto, puso el grito en el cielo y su entorno le hizo eco. Milan había considerado a Draga apetecible para unas noches de lujuria, pero, como no era nada tonto, sabía que su hijo, con su notable inmadurez, corría otros riesgos con la viuda Maschin. No había nada que Milan y Natalija pudiesen hacer, excepto mostrar de manera inequívoca su oposición mientras se esparcían rumores insidiosos acerca de Draga para general un clima hostil a la viuda entre los serbios. Lo que no resultaba nada difícil. El matrimonio de Draga Lunjewitza con el ingeniero de minas de origen checo Swetozar Maschin había suscitado toda clase de comentarios años antes: los excesos de él, las infidelidades de ella y la muerte tan "oportuna" que le había sobrevenido al hombre. Se insinuaba que la esposa había recurrido al veneno para quitárselo de en medio porque esperaba más ventajas de la condición de viuda de las que le proporcionaba estar casada. Draga surgió en el imaginario popular como una mujer licenciosa, turbia, sombría, capaz de recurrir incluso a la brujería para someter a su voluntad al rey.

Destrozar por entero la reputación de Draga no sirvió para apartar a Sacha de su amante. Draga tenía una personalidad marcada y muy fuerte, en tanto que Sacha poseía un carácter débil y maleable. Era fácil para ella sujetarle cada día recurriendo a la amenaza constante de alejarse para "salvarse de la quema pública" y, sobre todo, "salvarle a él de las consecuencias de su mutuo amor". Sacha estaba experimentando su primera relación de importancia: la vivía con intensidad, pero Milan pensaba que sin duda ese sentimiento acabaría amortiguándose y diluyéndose. Draga, quince años mayor, se marchitaría poco a poco y su amante acabaría fijando su atención en alguna muchacha lozana y fresca. Además, las amantes no pasaban de ahí. Alexander conocía su deber hacia la estirpe de los Obrenovic y hacia Serbia: debía casarse con una mujer de su rango para asegurar la continuidad dinástica.

En ese sentido, se podía "presionar" a Sacha. Los sempiternos rivales de los Obrenovic, los Karageorgevich, habían ganado un punto importante cuando su "heredero legítimo del trono serbio", Petar, había matrimoniado con Zorka de Montenegro. Milan, en su habitual pangermanismo, consideró princesas alemanas. Había dos que le parecían particularmente interesantes: Sybille de Hesse-Cassel y Alexandra Bathildis de Schaumburg-Lippe. Por supuesto, eran protestantes, pero cualquiera de las dos podía convertirse a la ortodoxia para alcanzar la posición de reina de Serbia. Con el fin de contentar en cierto modo a Natalija, Milan añadió a la lista de potenciales candidatas dos princesas que ya eran ortodoxas: Ksenija de Montenegro y María de Grecia.

El debate en torno a la alianza que mejor les cuadraría se prolongó por espacio de meses. Alexander "delegó" esa importante decisión en su padre, tras haberle indicado a éste que él se casaría sin ninguna reluctancia con la que se eligiese finalmente. Entretanto, seguía viviendo su apasionada aventura con Draga, a la que llamaba "pequeña violeta". Con seguridad, la "pequeña violeta" estaba bastante más inquieta y preocupada por el asunto de la elección de una novia para Sacha que el mismo Sacha. Draga no era tonta: igual que Natalija no había querido recibir en palacio a las amantes de Milan, la princesa que se casase con Sacha, a poca sangre que tuviese en las venas, haría lo imposible por removerla a ella del país.

En 1900, Milan emprendió un viaje a Alemania para tomar las aguas en Karlsbaad, en el que, de paso, esperaba cerrar definitivamente la negociación que permitiría anunciar el matrimonio de Sacha con Alexandra de Schaumburg-Lippe. Pero en junio de ese año, Alexander dio la campanada. Draga estaba aprovechando la coyuntura para practicar, con consumado estilo, un chantaje sentimental antes de que se cerrase por entero la negociación de la boda del rey. Incluso llegó al punto de anunciarle a Alexander que estaba embarazada. ¿Qué íba a ser de ella? ¿Debía seguir los pasos de aquella Artemisia Hristic que se había quedado encinta a consecuencia de su aventura, nada discreta, con Milan? ¿Marcharse a Estambul a tener, en soledad, a su bastardo?



Alexander negó vehementemente esa posibilidad. Una de las principales barreras a un eventual matrimonio con Draga residía que ella, quince años mayor, se hallaba ya en edad avanzada sin haber tenido nunca hijos que probasen su capacidad para concebir y llevar a buen término la concepción. En ese sentido, el historial ginecológico de Draga está envuelto en controversia y misterio: es probable que la mujer hubiese recurrido al aborto en alguna que otra ocasión, para evitar el nacimiento de bastardos, lo que habría dañado su capacidad reproductiva, pero también se puede pensar que, simplemente, su edad la hacía vivir una pre-menopausia que mermaba de forma significativa su pasada fertilidad.

Alexander creyó sinceramente que Draga estaba embarazada, lo que suponía el posible nacimiento de un heredero Obrenovic. Entusiasmado ante la perspectiva, se jugó el todo por el todo: ordenó empapelar los muros de Belgrado con enormes pasquines en los que anunciaba su próximo matrimonio con Draga Lunjewitza. A fin de "venderle la idea" a sus súbditos, Alexander declaraba que se casaba, firmemente convencido, con una hija de Serbia, surgida del pueblo serbio, imitando en ello el ejemplo de su abuelo Milosh al tomar por esposa a Elena Marija Catargiu. No dudaba de que, junto a Draga, conformaría una familia real ejemplar.

Draga Lunjewitza, viuda de Maschin, sería su reina. La gente se quedó entre perpleja e incrédula por el giro de los acontecimientos. Milan sufrió una apoplejía al enterarse de aquel acto de desafío de Alexander. Aparte de que él mismo quedaba en vergüenza ante los Schaumburg-Lippe, encontraba absolutamente infame la perspectiva de que Draga se convirtiese en reina de Serbia. De inmediato, hizo saber que renunciaba a todos sus cargos en Serbia, incluido el rango de comandante en jefe del ejército, y que permanecería, exiliado, en Viena. El primer ministro Đorđević declaró, también, que dejaba de presidir el gobierno, pues se consideraba gravemente insultado por lo sucedido. Natalija se unió al coro de protestas: ella no tenía intención de vivir en Belgrado en cuanto "la serpiente" ocupase sus aposentos en el palacio real.

En esas circunstancias, Alexander y Draga se casaron en un plazo de apenas dos meses. El motivo para tal apresuramiento está claro: Alexander aún creía a Draga embarazada y deseaba que el enlace tuviese lugar cuando a ella aún no se le advirtiera el estado de buena esperanza, para hacer pasar el hijo por legítimo.

La reina Draga estaba destinada a ser, desde el principio, claramente impopular. En Belgrado, no había nadie que estuviese verdaderamente a favor de aquel enlace a no ser el clan de los Lunjewitza. El primer problema de Draga se planteó al cabo de tres meses de matrimonio. Para entonces, su abdomen no se había abultado como debería en una mujer embarazada de, al menos, seis meses. No podía mantener su farsa ante Alexander por más tiempo. Se produjo una escena matrimonial, en la que, posiblemente, Draga trató de aparecer como si hubiese sufrido un "embarazo psicológico". Pero, desde luego, ese hecho dejó su huella en la relación de ambos.

El rey Milan murió inesperadamente en Viena el 11 de febrero de 1901. La noticia del casamiento de su hijo había supuesto un serio quebranto en su salud; permaneció vivo durante apenas seis meses, rumiando su vergüenza y su amargura por la "traición" de Alexander a los Obrenovic. Sabía que la boda de su hijo había llevado a la ruina a la dinastía. Ni siquiera había nadie más en la familia que pudiese significar una esperanza, a no ser una joven prima, Natalija Constantinovich, “Lily”, nieta por línea paterna de Anka Obrenovic, y que se había casado con el príncipe Mirko de Montenegro.

Para entonces, Alexander seguía sin tener hijos de su criticada unión con Draga. El rey Nikola de Montenegro, con la astucia a ras de suelo propia de un campesino montañés, pensaba que si fallecía el rey de Serbia sin herederos, él podía plantear dos opciones para reclamar el trono: o bien su yerno Petar Karageorgevich, viudo de su hija Zorka, o bien su hijo Mirko, casado con Lily, una Obrenovic después de todo, aunque no llevase el apellido dinástico. En cualquiera de los dos casos, Nikola de Montenegro salía ganando. Alexander, al darse cuenta, estalló de puro enojo ante la inminente boda de su prima Lily. Pero en Serbia esa noticia produjo cierto entusiasmo popular.

La impopularidad creciente de Alexander y Draga constituía una firme base para la simpatía hacia Mirko y Lily. Draga, por su parte, necesitaba desesperadamente apuntalar su posición con un heredero si es que quería mantenerse en el trono. Seguramente, una Anne Boleyn hubiese podido entender su profunda desazón a medida que transcurría el tiempo sin que pudiese cumplir esa expectativa concreta.

Luego del hervidero de rumores sobre fallidos embarazos de la reina, el hecho que estuviese o no embarazada se había convertido en una cuestión fundamental. La corte rusa, particularmente interesada en dilucidar ese enigma que traía de cabeza a los distintos países balcánicos, no se privó de enviar a un ilustre facultativo para que examinase a la esposa de Alexander...y ella no tuvo más remedio que someterse. Por desgracia, no había tal embarazo y Draga parece que sufrió una crisis histérica de grandes proporciones, donde hasta habría amenazado de muerte al doctor.

Esa imposibilidad de Draga de lograr un "auténtico" embarazo y su subsiguiente tendencia a los embarazos falsos estaba causando una seria quiebra en el matrimonio. En 1903 ya se especulaba con que Alexander, convencido de la esterilidad de su esposa, tenía en mente un divorcio. Incluso se apuntaba hacia la princesa Ksenija de Montenegro como una eventual nueva esposa, la cual hubiese representado un gran partido desde el punto de vista del entramado de alianzas balcánicas.

La situación de Draga se hacía cada vez menos grata. Pero hizo más esfuerzos que nunca por aislar a Alexander de quienes podían estar "maniobrando" contra ella. Paralelamente, se supone que pudo empezar a sugerirle a Alexander que, a falta de hijos, podían hacer heredero a quien les diese la gana, preferiblemente al hermano favorito de ella, el teniente Nikodije Lunjewitza. La imagen pública de la reina se había deteriorado hasta tal punto que se la creía capaz de "embrujar" a su marido para guiarlo hacia dónde a ella se le antojase, inclusive el nombramiento de Nikodije como príncipe heredero. Aunque quizá esa posibilidad estaba más en la mente de la gente que en la de la propia Draga.

De cualquier forma, cuando en marzo de 1903, en una especie de golpe de estado, Sacha suspendió la Constitución vigente durante media hora para poder emitir una serie de decretos como si se tratase de un monarca absoluto, el pueblo, atónito ante el ramalazo autoritario del rey, lo atribuyó al deseo de éste y de su consorte de tener una clase política "mansa y sumisa" para nombrar a Nikodije heredero.

Cada vez había más movimiento en las sombras. Un aspecto ominoso de esta historia es que Sacha y Draga parecían ser los únicos que no percibían el peligro inminente, a medida que se urdía una amplia conspiración para derrocarles violentamente. Se dispusieron a preparar una gran fiesta en el palacio de Konak para conmemorar el tercer aniversario del anuncio oficial de su boda, sin pensar siquiera que podía ser la última fiesta de sus vidas.

Por entonces surgió una "sociedad secreta" llamada Ujedinjenje ili Smrt (“Unificación o Muerte”), que sería más conocida por el nombre de Crna Ruka ("Mano Negra"). Estaba conformada por ardientes paneslavistas, partidarios acérrimos de una Gran Serbia integrada por todos los territorios balcánicos en los que hubiese un porcentaje de población serbia. En conjunto, hombres exaltados dispuestos a emplear la violencia para lograr sus fines: quitar de en medio al rey Alexander y a su "maldita reina" Draga. Así, se abría el camino hacia el trono para Petar Karageorgevich, representante de la dinastía rival de los Obrenovic. La conspiración se nutrió, básicamente, de miembros descontentos del ejército que estaban más o menos vinculados a su líder.


En la madrugada del 11 de junio de 1903, Alexander y Draga permanecen en sus aposentos. Ignoran que hay un amplio grupo de conspiradores que, esa noche, han sostenido un encuentro en el parque Kallmedgen. El sexto regimiento de infantería avanza hasta encontrarse con el séptimo regimiento de infantería. Juntos emprenden la marcha hasta el palacete Konak, al que toman con considerable estruendo, disparando a los "fieles" de la monarquía que van hallando a su paso y destrozándolo todo, incluso los retratos de los anteriores reyes, Milan y Natalija. Sacha y Draga buscan refugio en el interior de un armario camuflado en la pared de sus aposentos, donde confían en que no les encontrarán. Pero uno de los sirvientes de la pareja, acorralado por la tropa, acaba señalando el armario. De inmediato cae sobre él una lluvia de balas mientras los militares, sobreexcitados, acceden al escondite de los monarcas.

A partir de ahí, se produjo una masacre. Algunos oficiales opinaban que bastaba con forzar la abdicación de Alexander y mandarle a un perdurable exilio junto a su Draga. Pero la mayoría no estaban dispuestos a hacer tal concesión a la pareja que había "deshonrado a Serbia". Al menos treinta balazos recibió Alexander, pero con quien se ensañaron decididamente los soldados fue con Draga. La reina no sólo fue asesinada, sino salvajemente mutilada: algunas versiones indican, de manera muy gráfica, que le abrieron el vientre a bayonetazos. Luego, el último agravio: los cuerpos semidesnudos fueron conducidos hasta los ventanales, para ser arrojados desde las alturas a la explanada en torno del palacete Konak.

Mientras los cadáveres rebotaban en el suelo empedrado, los gritos de júbilo se sucedían: ¡Larga vida a Serbia! ¡Larga vida al ejército! ¡Larga vida a Karageorgevich!

martes, 12 de abril de 2011

Consortes serbias: la "reina blanca"


Hubo en la historia de Serbia dos mujeres diametralmente opuestas que, además, acabaron siendo enemigas irreconciliables: Natalija Keshko (la reina Natalija Obrenovic) y Draga Lunjevica Mashin (la reina Draga Obrenovic). Suegra (Natalija) y nuera (Draga). Anteriormente, Draga, la nuera, había sido una de las damas de compañía de la posterior suegra. Y, según rumores, había mantenido una aventura con Milan, su suegro, años antes de comprometerse con Alexander, el hijo de Milan.

Si esta historia fuese un tablero de ajedrez, Natalija sería la reina blanca, mientras que Draga sería la reina negra. No pudo haber dos mujeres más dispares para marcar la última etapa, claramente dramática, de la dinastía Obrenovic en Serbia; Natalija era un rayo de luz, en tanto que a Draga siempre la envolvió la oscuridad.

Cronológicamente, la historia empieza con Natalija Keshko, quien nació en la hermosa ciudad italiana de Florencia, pero sus raíces eran puramente eslavas. Su padre, Piotrj Ivanovich Keshko, de orígen besarabio, ostentaba el rango de coronel en el ejército imperial ruso. Su madre era la princesa Pulcheria Sturdza, descendiente del gran caudillo moldavo del siglo XVII Ionn Sturdza.

Natalija creció en un entorno privilegiado. Los Keshko y Sturdza formaban parte de una élite: se relacionaban con familias tan encumbradas como los Troubetskoi, los Gagarin, los Cantacuzene o los Ghika. Al igual que su hermana Ekaterina, Natalija recibió una educación extensa y refinada en San Petersburgo. El resultado de esa profunda vinculación fue claro: las dos se convertirían en fervientes rusófilas y no menos convencidas paneslavistas.

Natalija era apenas una muchacha de dieciséis años cuando se le negoció un brillante matrimonio con el príncipe serbio Milan Obrenovic, de veintiuno. El asunto, si se consideraba con atención, era un apaño de familia: la abuela materna de Milan –Esmeralda Balsh- había sido hermana de la abuela paterna de Natalija –Natalija Balsh-, lo que les convertía en primos en sexto grado.

Ese enlace tan "apropiado" desde el punto de vista de los Obrenovic resultaría, cuando menos, tumultuoso. Pasados los primeros meses de la boda, se hizo evidente que los dos esposos iban a tomar direcciones opuestas en más de un sentido. Por un lado, en un plano meramente político, Milan mantuvo desde el principio una pauta acorde con los designios para el área balcánica de Austria, la gran potencia central que él tanto admiraba, mientras que Natalija, por supuesto, se alineó con la facción rusófila y paneslava. Ahí no había ningún punto de encuentro posible entre ambos. En un plano personal, Milan enseguida demostró fehacientemente que estar casado no le impedía seguir coleccionando aventuras más o menos esporádicas.

Para Natalija resultó muy humillante que su marido se dedicase a amoríos, bastante publicitados en todo el continente, mientras ella se entregaba a la tarea de asegurar la dinastía. Afortunadamente, en ese sentido Natalija no estuvo sometida a presiones porque rápidamente proveyó al reino del deseado príncipe heredero: Alexander. Dos años después, hubo un segundo embarazo que produjo otro varón, Sergei, si bien ese niño vivió apenas unos días, para gran desconsuelo de la joven madre. La prematura desaparición de Sergei proyectó una sombra, porque ninguna familia real se sentía cómoda dependiendo de un único posible heredero. Dado lo fácil que era que una enfermedad infantil o un accidente segasen una vida, siempre se aspiraba a tener, como mínimo, una "pieza de repuesto". Pero el matrimonio de Milan y Natalija no pudo o no quiso cumplir ese requerimiento. Se quedaron en un hijo único, en el que se centraron todas las expectativas de los padres y todas las expectativas del país.

A medida que crecía el pequeño Alexander, la atmósfera doméstica se hacía más y más densa, tan cargada de animosidad que en cualquier momento podía estallar un gran conflicto entre sus padres. El motivo era las dispares simpatías políticas dispares del matrimonio: Milan con Austria, Natalija con Rusia. Para rematar las cosas, Natalija fue informada que Milan había iniciado una apasionada relación con una aristócrata serbia, a la que tenía intención de convertir en su maitrêsse-en-titre versión balcánica. Natalija llevaba años soportando las flagrantes infidelidades de Milan, incluyendo una aventura que llamó la atención de la sociedad europea con la controvertida Jennie Jerome, lady Randolph Churchill. Pero lo que Natalija no pensaba tolerar es que su marido la tomase por una María Leczynska en tanto que hacía de la amante una Madame Pompadour.

Dispuesta a "hacerse valer", Natalija aprovechó un baile de gala en el palacio de Belgrado. Todos los caballeros y damas de la nobleza aguardaron su turno, en una fila ordenada con cuidado, para reverenciar a los soberanos. En el momento en que le tocó ejecutar su besamanos a Artemisia Hristic, la amante de Milan, Natalija se negó a ofrecer su mano a la mujer, dándole la espalda. La corte entera contuvo el aliento. La aristócrata, descompuesta, estuvo a punto de caer al suelo. Milan trató de resolver ese momento de tensión apelando al sentido del deber y al necesario decoro ante Natalija, pero ella se negó a ceder ni un palmo en su postura. En voz lo suficientemente clara para que se percibiese en medio salón, declaró que nadie iba a decirle cómo tenía que tratar a las queridas de su marido.

El resultado de esa -terca- actitud de Natalija fue una monumental discusión entre los esposos, que casi hizo temblar los cimientos del palacio de Belgrado.

El episodio tuvo un colofón que causó sensación en Europa: la reina Natalija cogió a su hijo pre-adolescente, Alexander, y abandonó Belgrado en dirección a la Crimea rusa. Milan se quedó estupefacto ante ese movimiento, perfectamente calculado, de su esposa. Los paneslavos se congregaron en territorio crimeano para proporcionar un recibimiento entusiasta a la reina que tanto luchaba por cumplir su ideario respecto a la zona balcánica. Los ecos enseguida alcanzaron la capital serbia, dónde la mayoría de la gente simpatizaba con la reina. Surgieron rumores acerca de un inminente divorcio entre Milan y Natalija, así como acerca de una posible abdicación de Milan en favor del jovencísimo Alexander.

Pero, hacia el mes de julio, una Natalija en la cúspide de su popularidad retornó a Belgrado con Alexander para escenificar la reconciliación con el rey Milan. Estaba meridianamente claro que ella negociaba esa reconciliación pública desde una posición de fuerza. Milan tendría que "atemperar" su austrofilia, permitiendo que adquiriesen mayor pujanza los movimientos paneslavistas dirigidos desde la Sagrada Rusia. Asimismo, Milan no podría buscarse ninguna Pompadour porque Natalija había demostrado que ella no tenía la delicadeza ni la mansa resignación de María Lezcynska. A mayores, el monarca hubo de conceder permiso para que, en otoño, Natalija emprendiese un viaje a Italia con el príncipe Alexander, pese a que suponía un riesgo dejar que ella se moviese por el continente teniendo a su lado al único heredero del trono.

Pero las grietas en el matrimonio seguían presentes, ensanchándose día a día. Milan podía mostrarse ligeramente más circunspecto en lo que atañía a su infidelidad, pero seguía vinculado a Artemisia Hristic (quien le había dado un hijo) y, a la vez, continuaba con sus noches alegres de juego y alcohol.

En el verano de 1888, Natalija partió hacia el opulento resort de Wiesbaden, en Hesse, llevando también consigo a su hijo Sacha. Pero esa vez, Milan decidió coger el guante que ella, con ese viaje, le arrojaba a la cara. Pese a que sus aliados austríacos le pidieron prudencia para no "exacerbar" los ánimos del pueblo y no provocar un alzamiento de consecuencias imprevisibles, Milan tomó dos firmes decisiones. Por un lado, remitió a Natalija un telegrama comunicándole que había remitido al Santo Sínodo una petición formal para que la iglesia ortodoxa serbia disolviese su matrimonio. Por otro lado, mandó a Wiesbaden al general Protitsch con una clara encomienda: hacerse con el pequeño Sacha y llevarle de vuelta a Belgrado. Efectivamente, Protitsch se presentó inopinadamente en Wiesbaden y logró "raptar" a Sacha.

Ante esa reacción fulminante de Milan, Natalija no iba a permanecer de brazos cruzados. Protestó enérgicamente a propósito de la demanda de divorcio de su marido. Ella, siendo consciente de su inocencia, no pedía piedad sino que demandaba justicia. Si bien el metropolitano de la iglesia ortodoxa serbia, Theodosius, estuvo dispuesto a otorgar la anulación matrimonial requerida por Milan, otros altos dignatarios eclesiásticos tomaron partido por la reina, hecho que generó un gran enojo entre la mayoría de los serbios. Resultaba fácil ver en Milan una versión balcánica de Henry VIII, tratando de deshacerse, por las malas, de una reina intachable.

El fenomenal conflicto suscitado por el divorcio repercutió de inmediato en las sesiones del parlamento serbio, en el cual los diputados se hallaban en proceso de elaboración de una nueva constitución. Para congraciarse con el pueblo al cual representaban, los diputados aprobaron un artículo por el que los hijos que naciesen de una eventual nueva esposa quedaban automáticamente excluidos de la línea sucesoria de los Obrenovic.

Con todo, el divorcio pasó una gran factura a Milan. Apenas le quedaron partidarios: empezaron a alejarse del monarca, porque les interesaba no comprometer por entero su posición cara al futuro. Los detractores del monarca cobraron fuerza. Mientras Natalija partía de Wiesbaden hacia Biarritz, Francia, a Milan le costaba cada día más sostenerse en el poder. En enero de 1889 se aprobó la flamante constitución, pero a principios de marzo el rey se decidió a abdicar a favor de su hijo Sacha, mientras Milan partía hacia un exilio dorado. Contrariamente a lo que muchos esperaban, no se dirigió hacia Viena ni mandó llamar a su lado a su amante Artemisia Hristic, que, entretanto, se había divorciado de su esposo y vivía con el hijo ilegítimo que había tenido del rey en la ciudad de Estambul. En cambio, marchó a París.

La reina, por su parte, consideró algo inminente la vuelta a Belgrado ahora que la corona pertenecía a su único querido hijo de trece años de edad. A su favor, suponía ella, contaba también el hecho de que el consejo de Regencia, nombrado para gobernar hasta la mayoría de edad de Sacha, estaba presidido por el líder del Partido Liberal, su viejo amigo Jovan Ristics. Pero el consejo de Regencia prefería evitar mayores turbulencias en la atmósfera serbia. Ristics transmitió a Natalija un mensaje claro: se le permitiría visitar a Sacha dos veces al año, pero era preferible que ella permaneciese en Biarritz.


Natalija y su hijo Sacha

En esa tesitura, no cabe extrañarse de que Sacha se transformase en un joven inmaduro, egocéntrico, caprichoso y con una veta de tiranía casi infantil. Las circunstancias le habían privado de una infancia estable y reposada. Para que se conformase con su suerte, se le consentía más de lo que hubiera sido saludable o conveniente; se le permitía hacer casi lo que se le antojaba siempre que no metiese las narices en los asuntos de gobierno.

La dura espera de Natalija se prolongó por espacio de dos años. Recién en febrero de 1891 se creó un gobierno radical que autorizó el regreso definitivo de algunos personajes controvertidos, como la propia reina Natalija y el ex metropolitano ortodoxo Mihailo. Ante la entusiasta bienvenida del pueblo serbio, la reina ingresó al palacio decidida a no perder la posición de madre bien presente en la vida de un monarca de quince años. Empezó pronto, sin embargo, a manifestar sus propios puntos de vista y sus sugerencias respecto a la manera en que debían conducirse los asuntos de gobierno. No había sorpresas: en su línea habitual de pensamiento, Natalija buscaba reemplazar la influencia de Austria por la de Rusia, que entendía más beneficiosa para Serbia.


Aquello suscitó movimientos en la cancillería imperial austríaca. Enseguida buscaron a Milan, a quien exhortaron a salvar a su hijo y a su país de la influencia paneslavista de Natalija. En Belgrado se difundieron rumores según los cuales el rey anterior volvería reforzado quizá por un cuerpo de ejército austríaco para tomar de nuevo el poder. Con eso se mezcló el temor al estallido de una revuelta popular. Entonces el consejo de Regencia ordenó a Natalija que se marchase del país. Pero ella declaró en tono firme que sólo se iría si la echaban por la fuerza: asomándose a una ventana de palacio, solicitó, a voces, la ayuda del "buen pueblo de Belgrado". La gente se amotinó para favorecer a la soberana que apelaba a su lado emocional y sentimental, de forma que los soldados se quedaron sin saber qué camino tomar, prefiriendo, en última instancia, retirarse de escena.

Pero Natalija se equivocó al creer que podía haber triunfado con su espectacular gesto. El consejo de Regencia esperó a que el pueblo soliviantado se sosegase, se confiase y volviese a sus casas. Ya entrada la noche, otro retén de la guardia se presentó en busca de Natalija. Ella no tuvo nadie quien llamar "en su auxilio" y, con sus enseres rápidamente empacados, se encontró, de pronto, expulsada de Serbia. Casi simultáneamente, el consejo de Regencia había informado de ese detalle a Milan, ofreciéndole una asignación de un millón de francos si él se comprometía a no volver a Belgrado. Milan aceptó y, unos meses más tarde, renunció a su ciudadanía serbia en un gesto claro de que no pensaba regresar para no poner en aprietos a Sacha.

Una serie de enfrentamientos surgieron en el seno del consejo de Regencia, lo que tenía a los habitantes de Belgrado en una constante agitación, siempre al borde de un alzamiento de uno u otro signo. Aquella situación fue aprovechada de modo inesperado por Alexander, que ya tenía diecisiete años. Le faltaba un año, de hecho, para alcanzar la mayoría de edad. Pero no tenía ganas de seguir esperando doce meses a que llegase su momento, así que, en un coup palaciego, precipitó los acontecimientos. Se proclamó a sí mismo capaz de reinar, privó a los regentes de sus cargos y se dispuso a iniciar su etapa de monarca contando con un gobierno radical pero dentro del espectro de políticos más moderados de esa facción concreta.

Las cosas no mejoraron sustancialmente. El joven rey Alexander tenía que preocuparse por los contactos que mantenían distintas fuerzas políticas con otros eventuales posibles monarcas. Por ejemplo, los Obrenovic habían alcanzado el trono arrebatándoselo a los Karageorgevich, pero estos mantenían intactas sus aspiraciones de volver a reinar en Belgrado en cuanto cayese en desgracia la familia rival. En esa época, otro príncipe serbio, Petar Karageorgevich, constituía una posibilidad muy interesante que barajaban principalmente los rusos: el príncipe se había casado con una de las hijas de su fiel aliado el rey Nikola de Montenegro, viviendo con su esposa -Zorka- en Cetinje. Paralelamente, cobraba fuerza el rumor de que el zar estaba valorando una opción "ni Obrenovic ni Karageorgevich" sino "Romanov": se suponía que líderes radicales extremos estaban rogándole a San Petersburgo que les enviase a fundar una dinastía a cualquiera de los grandes duques de Rusia.

El panorama era complicado. Alexander necesitaba consigo a alguien que le asesorase desde la experiencia y le apoyase incondicionalmente, por lo que, a principios de 1893, tomó una decisión expeditiva: mandó llamar a su padre, Milan, que seguía en París.

Antes de volver a su país natal, Milan decidió dar un paso espectacular: visitar en Biarritz a su ex esposa Natalija. El encuentro debió resultar memorable. Se cuenta que ella había tratado de recubrirse por entero de una serena indiferencia ante la visita, pero que su compostura se hizo trizas al hallarse frente a frente con un hombre que temblaba ostensiblemente por una mezcla de nerviosismo y emoción. Milan explicó a Natalija que, habiendo sido llamado por Sacha, pensaba viajar de inmediato para ponerse a su servicio, pues un monarca tan falto de preparación y experiencia podía ser enseguida pasto de buitres. En ese aspecto, Natalija estaba plenamente de acuerdo con Milan. Ahora que se trataba de luchar por su único descendiente común, echaron al olvido los agravios y resquemores del pasado y decidieron reconciliarse de forma pública y notoria: los dos solicitarían, conjuntamente, la revocación de su decreto de divorcio.


Alexander

Así armado, Milan emprendió el largo trayecto. El gobierno serbio tuvo conocimiento de que su ex rey estaba a punto de llegar después de que éste emprendiese la última etapa de viaje, saliendo en tren de Budapest con destino Belgrado. Se produjo una notable conmoción entre los políticos. Si habían confiado en manejar a Alexander, desde luego no confiaban en poder manejar a Milan. El ex soberano constituía un elemento nuevo a tener en cuenta: volvía con ganas de poner su astucia política al servicio únicamente de su hijo.

Los acontecimientos se sucedieron rápido. En abril, un real decreto volvió a situar en una posición de privilegio dentro de la familia real a Milan y Natalija, cuyo divorcio se declaró nulo. En mayo, se reinstauró la constitución de 1869 y la reina Natalija regresó a Belgrado después de cuatro años de ausencia. Alexander, de pronto, se encontraba en una situación más favorable en todos los sentidos. Ya no estaba solo, contaba con dos sólidos apoyos y el futuro se extendía ante él como un cúmulo de dichosas posibilidades.


La reina Natalia (primera desde la izquierda) y Draga, entonces dama de la corte (tercera entre las de pie detrás), en 1893.

Aunque se estableciese en Belgrado, Natalija siguió pasando largas temporadas en Biarritz, lugar por el que sentía verdadera pasión, y, asimismo, realizaba frecuentes viajes a otros sitios que le resultaban atrayentes. Era, ya, una mujer que no podía permanecer quieta en la capital del reino de su hijo. Si se quedaba demasiado tiempo, además, se exponía a que la gente creyese que estaba entrometiéndose en asuntos que no le incumbían -y ya sabía por propia experiencia que así no iba a ninguna parte excepto al exilio-. En plena madurez, Natalija aceptaba que Alexander tuviera a Milan a su lado para aconsejarle y guiarle. Ella podía relajarse por completo en ese aspecto, lo que, aparte, le convenía porque le evitaba ulteriores problemas.

El verano de 1894 encontró a Natalija de nuevo en Biarritz. Allí disfrutaba de la animada temporada estival cuando recibió un telegrama de su hijo Sacha anunciándole que acudía a visitarla. Era la primera vez que Sacha viajaba a aquel balneario de moda, así que Natalija estaba entusiasmada. Por supuesto, no podía prever que esa visita de tendría efectos dramáticos sobre las existencias de todos ellos...


Imagen antigua del palacio de la reina Natalija en Biarritz, al que llamó "Sachino", el mismo diminutivo cariñoso que ella aplicaba a su hijo Aleksander, “Sacha” (de Sacha,Sachino).