miércoles, 9 de marzo de 2011

La Casa de Alba

La Casa de los Duques de Alba de Tormes (o Casa de Alba) tiene sus orígenes en la nobleza castellana del siglo XIV. La casa ducal debe su nombre al Ducado de Alba de Tormes, que está en posesión de la misma. Según afirma el padre Antonio Ossorio en su biografía sobre el Gran Duque de Alba, “nada reprochable ni vergonzoso ha habido en la Casa de Alba, en el transcurso de tantos siglos de existencia, sino el que, demasiado preocupada por la fama de su nombre, olvidóse por completo de acumular riquezas cuantiosas”. Visión no del todo verdadera.

Escudo actual de la Casa de Alba, desde la unión a los Fitz-James Stuart (con los emblemas de Inglaterra, Escocia e Irlanda).


La familia de los Álvarez de Toledo (originaria de Alba de Tormes) surge en la historia nobiliaria española al obtener en el siglo XIV los señoríos de Oropesa y Valdecorneja como recompensa por los servicios prestados al rey Enrique II de Castilla. Es decir, el origen de la fortuna de los Alvarez de Toledo estaría cimentado en lo que los medievalistas llaman “mercedes enriqueñas”. El ascenso de la familia vendrá, fundamentalmente, a partir del siglo XV, merced al apoyo prestado a la corona en sus conflictos con la nobleza castellana.

En 1429 Gutierre Álvarez de Toledo, obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla y Toledo, obtiene de Juan II el señorío de Alba de Tormes, localidad próxima a Salamanca (España), heredado por su sobrino Fernando Álvarez de Toledo, al que Juan II convierte en Conde de Alba de Tormes en 1438. Será con su hijo García Álvarez de Toledo, marqués de Coria y conde de Salvatierra, cuando el título se eleve a ducado, convirtiéndose, por tanto, en el primer Duque de Alba en 1472 por concesión de Enrique IV de Castilla. El verdadero artífice del espectacular incremento de la fortuna familiar fue este último, codicioso y astuto, que acumuló ciudades, tierras, el extenso y fértil dominio de Oropesa y la mitad de las rentas de la feria de Medina del Campo. Ostentó, además, los cargos de virrey de León y de Castilla durante el reinado de Enrique IV y, muerto éste, gozó de la buena estima de Fernando el Católico, hasta el extremo de tomar por esposa a María Enríquez, hermana de la reina Juana (madre del rey don Fernando).



Iglesia de San Juan de la Cruz, en el señorío de Alba de Tormes

Posteriormente, los Reyes Católicos otorgaron la capitanía general de sus ejércitos al segundo Duque de Alba, Fadrique Álvarez de Toledo. Éste y el tercer Duque, Fernando Álvarez de Toledo, conocido como el Gran Duque de Alba, son los que tuvieron mayor notoriedad histórica. Don Fadrique daría muestras de un altruismo y fidelidad hacia la monarquía que marcaría a sus descendientes e imprimiría una impronta especial a la Casa de Alba: mientras el resto de la nobleza apuntalaba las fortunas logradas durante la Reconquista y las guerras civiles de los siglos XIV y XV, la Casa de Alba proporcionaba soldados profesionales dispuestos a batirse allá donde ordenara el rey. En 1520 Carlos V incluyó a los Duques de Alba de Tormes entre los 25 primeros Grandes de España.

El Gran Duque de Alba, llamado don Fernando en honor al rey católico, heredó, aparte de tierras y prebendas, un orgullo de casta y un conocimiento bien informado de las hazañas de sus antepasados, lo que después, como sistema de valores asumido y articulado, sería transmitido casi despiadadamente para conformar el carácter de sus vástagos. Siempre de viaje, de guerra en guerra, don Fernando Alvarez de Toledo forjó un curriculum militar impresionante: desde España a Túnez, luego a Italia y Francia, Alemania, Italia nuevamente, los Países Bajos y el último florón a su mérito y lealtad con el rey fue la conquista de Portugal para la Corona de España. Fue generalísimo, virrey de Nápoles, Gobernador de Flandes, caballero del Toisón de Oro y mayordomo del Rey.

El Gran Duque de Alba (1507-1582)


Actualmente, el título ya no corresponde a la antigua familia de los Álvarez de Toledo, habiendo pasado, merced a matrimonios y defunciones a una rama de la familia Fitz-James Stuart, duques de Berwick. El 12º Duque de Alba, don Fernando, en realidad era hijo de don Manuel José de Silva, de la prestigiosa Casa del Infantado (Alvarez de Toledo por parte materna). Al morir su único descendiente varón, don Francisco de Paula, el título recayó en su hija, doña María Pilar de Silva Alvarez de Toledo, que murió también sin sucesión. Entonces el ducado pasó a manos de Carlos Miguel Fitz-James Stuart de Silva Alvarez de Toledo, sobrino-bisnieto de don Fernando. El duque de Berwick y de Liria era descendiente del mariscal Berwick, hijo natural de Jacobo II de Inglaterra. Casó en 1844 con doña María Francisca de las Sales Portocarrero y Kilpatrick, condesa de Montijo, hermana de la emperatriz de los Franceses, Eugenia.

Con el tiempo, en virtud de herencias y matrimonios, la Casa de Alba ha ido añadiendo nuevos títulos, habiéndose convertido en la casa noble con mayor cantidad de éstos en España. A lo largo de su dilatada historia se fue convirtiendo en un auténtico museo vivo.


Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, XVII Duque de Alba, el día de su boda con María Del Rosario de Silva Fernández de Ixar Portugal y Guterbey, IX Marquesa de San Vicente del Barco, hija de los Duques de Aliaga y heredera del inmenso patrimonio de la Casa de Híjar (7 de octubre de 1920)


Rol histórico y patrimonio

La Casa de Alba y, con ella su actual titular, encarnan más de 500 años de historia europea, española y americana. La familia reúne una rama ilegítima de la Casa de los Estuardo de Escocia, luego reyes de Inglaterra, junto a enlaces con la dinastía portuguesa y las casas nobiliarias españolas de los Duques de Veragua y del Conde-Duque de Olivares. El mismo Cristóbal Colón es ancestro de la actual duquesa.

Una gran fortuna material y supervivencia histórica explican como los Alba poseen una de las mejores colecciones privadas de arte de Europa, conservada en más de veinte palacios y castillos repartidos por toda la geografía española, algunos de los cuales están cedidos a instituciones públicas para su mejor conservación y uso.


El Salón Español del palacio de Liria. Allí se puede recibir a las visitas rodeado de Velázquez, El Greco, Zurbarán, Murillo e incluso un Rubens que representa a la infanta Isabel Clara Eugenia y su esposo el archiduque Alberto.


Aunque la colección de arte de la Casa es gigantesca, por diversos avatares no conserva todos los tesoros que pasaron por ella. El Palacio de Liria, en Madrid, contiene la mayor y más valiosa parte de la herencia cultural de los Alba. Más de 30.000 libros conforman la biblioteca, destacando la famosa Biblia de Alba de 1433, primera traducida al castellano o 21 documentos autógrafos de Cristóbal Colón. En la pinacoteca lucen pinturas de Tiziano, Rubens, Goya, Velázquez, El Greco o Rembrandt, del que conserva uno de los 15 paisajes que pintó a lo largo de su vida.

La pinacoteca fue iniciada por Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel. En esta época, la documentación menciona obras de Domenichino, Allori, Gentileschi, Ribera, Velázquez, Rafael o Correggio. Más tarde, en el siglo XVIII ingresaron importantes lienzos encargados a Raphael Mengs y, gracias al mecenazgo de la 13ª Duquesa de Alba, amiga y modelo de Goya, se enriqueció con varios lienzos de este artista, entre los que destaca el retrato de la duquesa. Su fallecimiento supuso el desmembramiento de casi toda la pinacoteca. Algunas obras pasaron a manos de Manuel de Godoy, otras las legó la duquesa a diversos allegados y su sucesor el duque Carlos Miguel apenas recibió una treintena de obras.


Cayetana, duquesa actual, en el palacio madrileño de Liria, bajo uno de los retratos que Goya hiciera de su antepasada homónima


De todas formas, el 14º duque de Alba y 6º duque de Berwick, gran enamorado del arte, adquirió en un largo viaje por Europa piezas de Fra Angelico y Rembrandt. En 1821 tenía pensionados en Roma a una docena de artistas, con los que quiso montar una academia. Cinco años después solicitó al gobierno español permiso para entrar a Madrid, sin abrirlos en Alicante, más de 70 cajones de obras de arte adquiridas en sus viajes que sumaban unos dos millones de reales. Pero, dada la mala situación financiera de la Casa, tras múltiples peripecias de acreedores, créditos, deudas impagas… sólo llegaron al palacio ducal 117 cuadros, más 58 vasos pintados, 6.000 estampas y algunas estatuas de mármol.

En el siglo XIX, la colección se completó con algunas obras inglesas a las que, ya entrado el siglo XX, se sumaron pinturas de Madrazo, Sorolla, Zuloaga y Sotomayor, así como algunas piezas del impresionismo francés adquiridos por la actual duquesa.

La Casa de Alba posee una de las fortunas más grandes de España, conformada por palacios, terrenos agrícolas, propiedades inmobiliarias, sociedades y participaciones bursátiles. Considerada su titular una de las terratenientes más importantes del país ibérico, se calcula que controla unas 34.000 hectáreas (equivalente a más de 170 veces el Principado de Mónaco), muchas de ellas vestigio de los antiguos señoríos jurisdiccionales que, tras su supresión, la familia conservó bajo su propiedad. Casi cada título nobiliario que la Casa posee, está relacionado con alguna propiedad territorial.

El palacio neoclásico de los Duques de Alba en Piedrahita, Ávila


Entre sus posesiones destacan algunos de los castillos y palacios más relevantes del patrimonio histórico español, en su mayoría hoy integrados en la Fundación Casa de Alba.

En Sevilla: el Palacio de las Dueñas, las fincas La Pizana en Gerena y Las Arroyuelas en Carmona. En Salamanca: el Palacio de Monterrey.
En San Sebastián: el Palacio de Arbaizenea.
En Segovia: el Castillo de Coca, cedido al Ministerio de Agricultura a cambio de su restauración.
En Madrid: el Palacio de Liria, de 3.500 metros cuadrados.
En Marbella: la finca Las Cañas.
En Ibiza: la finca "Sa Ufabaguera".
En Alba de Tormes: el Castillo de los Duques de Alba.
En Rivilla de Barajas: el castillo-palacio de Castronuevo.
En Loeches: el Panteón Familiar de la Casa de Alba, en el Monasterio de la Inmaculada Concepción.
En Valdunquillo: el Palacio de los Osorio.


Títulos en posesión de María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart

Títulos con Grandeza de España:

  1. XVIII duquesa de Alba de Tormes (1955)
  2. XI duquesa de Berwick (1955)
  3. III duquesa de Arjona (1955)
  4. XVII duquesa de Híjar (1957)
  5. XI duquesa de Liria y Jérica (1955)
  6. XIV condesa-duquesa de Olivares (1955)
  7. XVI marquesa del Carpio (1955)
  8. Condesa de Aranda (1957)
  9. XXII condesa de Lemos (1955)
  10. XIX condesa de Lerín-condestablesa de Navarra (1955)
  11. XX condesa de Miranda del Castañar (1955)
  12. XVI condesa de Monterrey (1955)
  13. XX condesa de Osorno (1955)
  14. Condesa de Palma del Río (1957)


Ha sido recurrente por parte de algunas publicaciones decir que la actual jefa de la Casa es veinte veces Grande de España. En realidad Doña Cayetana fue dieciocho veces Grande de España sólo antes de que fueren legados cuatro títulos nobiliarios a sus hijos, cada uno con Grandeza, quedando con cuatro Grandezas menos. Los ducados de Huéscar y Aliaga habrían pasado a posesión de sus dos hijos mayores directamente desde el XVII Duque Alba de Tormes luego de su muerte, sin haber estado nunca en sus manos. Por estas razones Cayetana de Alba es sólo catorce veces Grande de España. Cabe destacar además, que el Ducado de Liria y Jérica posee en conjunto una sola Grandeza, al igual que sus títulos de Condesa de Lerín y Condestable de Navarra.


María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva (hija del XVII Duque de Alba) el día de su boda con Luis Martínez de Irujo en 1947, en Sevilla. Casarse en el Altar Mayor de la Catedral de Sevilla es un privilegio sólo al alcance de pocos, que deben ser miembros de la Realeza y Grandes de España, y depende exclusivamente de la decisión del propio Arzobispo. En todo el siglo XX sólo cuatro bodas se han podido realizar allí.


Títulos nobiliarios sin Grandeza:

  • 17 Marquesados: XII marquesa de la Algaba (1955), XII marquesa de Almenara (1957), XXI Marquesa de Barcarrota (1955), Marquesa de Castañeda (1995), XIX marquesa de Coria (1955), XII Marquesa de Eliche (1955), Marquesa de Mirallo (1986), XX Marquesa de la Mota (1955), XX Marquesa de Moya (1955), XVII Marquesa de Orani (1991), XI Marquesa de Osera (1955), XVI Marquesa de San Leonardo (1955), XIX Marquesa de Sarria (1955), XII Marquesa de Tarazona (1955), Marquesa de Valdunquillo (1986), XXI Marquesa de Villanueva del Fresno (1955), XVI Marquesa de Villanueva del Río (1955)
  • 12 Condados: XX condesa de Villalba (1955), XXV condesa de San Esteban de Gormaz (1955), X condesa de Santa Cruz de la Sierra (1955), XVIII condesa de Andrade (1955), XV condesa de Ayala (1955), XIV condesa de Casarrubios del Monte (1955), XIV condesa de Fuentes de Valdepero (1955), X condesa de Fuentidueña (1955), XVI condesa de Galve (1955), XVII condesa de Gelves (1955), Condesa de Guimerá (2007), Condesa de Ribadeo (1957)
  • 1 Vizcondado: X vizcondesa de la Calzada (1955)
  • 1 Señorío: XXIX Señora de Moguer (1955)

16 de marzo de 1978: la duquesa de Alba se casa por segundas nupcias, con Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, en el Palacio de Liria


Títulos en posesión de los hijos de la duquesa

  • Carlos Fitz-James Stuart y Martínez de Irujo:
    XVIII Duque de Huéscar (con Grandeza de España)
  • Alfonso Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    XVI Duque de Aliaga (con Grandeza de España)
  • Jacobo Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    XXIV conde de Siruela (con Grandeza de España)
  • Fernando Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    XI marqués de San Vicente del Barco (con Grandeza de España)
  • Cayetano Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    conde de Salvatierra (con Grandeza de España)
  • Eugenia Martínez de Irujo y Fitz-James Stuart:
    XI duquesa de Montoro (con Grandeza de España)


Señores de Alba de Tormes (1429-1438)

  1. Gutierre Álvarez de Toledo, señor de Alba de Tormes. También obispo de Palencia y arzobispo de Sevilla y Toledo.


Condes de Alba (1438-1472)

  1. Fernán Álvarez de Toledo
  2. García Álvarez de Toledo (elevado a duque en 1472)

Torre de los Escudos del Castillo de la Muela, Consuegra, Toledo. El escudo superior pertenece a D. Juan José de Austria, hijo de Felipe IV. El segundo escudo pertenece a los Álvarez de Toledo donde puede apreciarse el Blasón Ajedrezado perteneciente a esta Casa.


Duques de Alba de Tormes (desde 1472)

  1. García Álvarez de Toledo y Enríquez (1472-1488)
  2. Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez de Quiñones (1488-1531)
  3. Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel (1531-1582)
  4. Fadrique Álvarez de Toledo y Enríquez de Guzmán (1582-1585)
  5. Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont (1585-1639)
  6. Fernando Álvarez de Toledo y Mendoza (1639-1667)
  7. Antonio Álvarez de Toledo y Pimentel (1667-1690)
  8. Antonio Álvarez de Toledo y Beaumont (1690-1701)
  9. Antonio Martin Álvarez de Toledo Guzmán (1701-1711)
  10. Francisco Álvarez de Toledo (1711-1739)
  11. María Teresa Álvarez de Toledo (1739-1755)
  12. Fernando de Silva y Álvarez de Toledo (1755-1778)
  13. María del Pilar Teresa Cayetana de Silva y Álvarez de Toledo. Al no dejar descendencia, el título pasa a manos de su sobrino Carlos Miguel Fitz-James Stuart (1778-1802).
  14. Carlos Miguel Fitz-James Stuart (1802-1835)
  15. Jacobo Fitz-James Stuart (1835-1881)
  16. Carlos María Fitz-James Stuart y Portocarrero (1881-1901)
  17. Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó (1902-1953)
  18. María del Rosario Cayetana Fitz-James Stuart y Silva (1953-actual titular)


martes, 8 de marzo de 2011

Madrid noble



La afluencia de nobles a Madrid comenzó cuando Felipe II decidió fijar su hasta entonces Corte ambulante en esa villa a mediados del siglo XVI. Los nobles se trasladaron a la entonces pequeña población, al amparo de la Corte real, manteniendo estrechos contactos con el Rey a través del aparato cortesano. Su presencia fue haciendo poco a poco de Madrid una de las ciudades más animadas de Europa, convirtiéndose en el principal foco de atracción social. Pasó así de ser una población principalmente agraria a girar en torno a la aglomeración de refinamiento que exigía la Corte. Como consecuencia y aunque la industria era mínima, comenzó a desarrollarse en su seno un verdadero comercio del lujo (desde joyeros a bordadores de plata y oro y sombrereros).


La Reina Isabel


La llegada a la capital de los nobles llevó consigo grupos sociales de baja extracción procedentes de zonas rurales, sabiendo de la demanda de sirvientes por parte de la aristocracia. De hecho, el tener mayor o menor número de empleados era un signo de mayor o menor estatus. Como lo era también en otra dimensión el número de coches que se poseyera, o el número de caballos que tiraban de ellos.

La nobleza constituyó desde un principio la cúspide social de la capital. Pero no sólo la social, sino también la económica y la política. Sus cargos en palacio les facilitaron los contactos con los centros de poder, formándose fuertes camarillas. Por lo que Madrid seguía siendo en el siglo XIX como centro de poder político un foco de atracción para las élites. De esta forma la nobleza madrileña fue monopolizando los altos cargos políticos del gobierno. La gran parte de los escaños del Senado y de los cargos diplomáticos, estaban ocupados por los Grandes de España por derecho propio (como contemplaría la Constitución de 1876), igualmente seguían ocupando los cargos en la Corte como el de Tesorero real, Secretario del rey y otros muchos relacionados con la administración de palacio.

Pedro de Alcantara Tellez-Girón y Beaufort Pimentel, 11º Duque de Osuna


El desempeño de esas actividades les hizo adquirir gran prestigio, lo que unido a la suntuosidad que rodeaba su estilo de vida con palacios, comodidades, fiestas y todo tipo de símbolos externos que los identificaban, proporcionó que esta élite influyera y fuera envidiada por todas las clases sociales. Este prestigio les acompañó hasta bien entrado el siglo XX, aunque la situación económica, social e ideológica de este grupo sufriese fuertes transformaciones a lo largo del siglo XIX.

La principal base económica de la nobleza era la tierra rural. Aunque la nobleza de cuna se había ido instalando alrededor de la corte, había dejado en el interior vastas tierras de las que percibían el mayor porcentaje de las rentas nacionales, lo que aseguraba el futuro a los viejos nobles, y propiciaba que la tierra pasara de de generación en generación.

Pero la nobleza contaba también con amplias propiedades urbanas, principalmente fincas que se hallaban dispersas por la ciudad y solían tener arrendadas. Este tipo de posesiones les vino muy bien cuando en momentos determinados las tierras agrícolas no conseguían dar la liquidez necesaria poder mantener el alto nivel de vida de sus dueños. Era entonces cuando recurrían a vender esas fincas urbanas, ya que como éstas sólo desempeñaban un papel complementario en sus ingresos, no invertían en ellas.


La Duquesa de Castro-Enríquez


De esta manera comenzó un repliegue nobiliario, causado porque la nobleza reprodujo hábitos y comportamientos tradicionales del Antiguo Régimen. Incluso a pesar de que había comenzado a finales del XVII a impulsar una actividad económica algo más activa, no se alteraron las estructuras de producción y propiedad. Es decir, que trataron de maximizar la producción para conseguir más dinero líquido, pero sin llevar a cabo transformaciones industriales.

Con el fin de aumentar la producción sin salir del modelo tradicional de propiedad, subieron los gastos dirigidos a mejoras de infraestructura. Al mismo tiempo el consumo suntuario de la aristocracia se incrementaba, debido a su transformación en una clase más cosmopolita, más abierta a las influencias francesas, y que tenía que destinar gran parte de sus ingresos a gastos fijos para mantener su estatus, marcado por la nueva moda de grandes y nuevos palacios, la adquisición de obras de arte, etc.


La suntuosidad de una residencia noble


El cambio de coyuntura a finales del siglo XVIII y principios del XIX, el entorpecimiento de las exportaciones de lana, el coste del aprovisionamiento de las rentas durante la Guerra de la Independencia, el descenso de los precios agrarios, el cuestionamiento de los privilegios señoriales y el cortocircuito de las rentas provenientes de la corona como consecuencia de la quiebra de la Hacienda Pública, frenaron la expansión de la economía nobiliaria. Se produjo entonces un desfase entre gastos e ingresos comenzando una crisis patrimonial que duró hasta los años setenta, en la que perdieron posiciones económicas.

Se hizo necesario por ello un proceso de saneamiento que permitiera la recuperación. Fue entonces cuando la nobleza demostró su capacidad de resistencia, pues la mayoría consiguió reconstruir su situación sin abandonar del todo su componente agrícola y sin tener que participar de una forma decidida en los nuevos sectores económicos (Deuda Pública, construcción, negocios, etc.). En general a lo largo del XIX la nobleza mantuvo su patrimonio.

El saneamiento conllevaba la abolición del mayorazgo y el fin de la propiedad vinculada, además de la intervención del Estado Liberal que va a transferir a la vieja nobleza indemnizaciones por la desamortización de sus bienes. Las indemnizaciones eran utilizadas por sus destinatarios como el elemento de liquidez que tanto ansiaban y no como medio de engrosar el patrimonio.


A la izquierda el antiguo Palacio del Marqués de Alcañices, que se derribó en 1884 para construir el Banco de España. A la derecha la estatua de la diosa Cibeles y su fuente.

El hecho de que la nobleza no participase de forma decidida en los nuevos sectores económicos no significó, sin embargo, su ausencia total en los mismos. Entre 1840 y la Restauración, la aristocracia madrileña buscó un nuevo punto de equilibrio económico que les ayudara a salir de bache, proporcionándoles mayores beneficios y una gestión más eficaz de los recursos. Por ejemplo, la casa de Medinaceli transfirió propiedad rústica o valores por un valor efectivo de 58 millones de reales (lo mismo que el duque de Alba, el conde de Altamira o el marqués de Alcañizes).

Para la pequeña nobleza la política de saneamiento suponía un mayor esfuerzo, y podía suponerles la liquidación total de su patrimonio. Se trataba de economías con una excesiva presencia de bienes improductivos, por lo que la enajenación de las fincas agravaba el desfase y dificultaba la reactivación posterior.


La Condesa de Vilches


Como excepción y no como norma, algunas familias nobles no supieron o no pudieron recuperarse, llegando a la quiebra definitiva de sus patrimonios. Entre otros motivos se encuentra el hecho de que se endeudaran con banqueros madrileños. Este es el caso de los Altamira, Híjar, Salvatierra y Osuna.

Una consecuencia de la crisis de la nobleza fue el hecho de que muchos aristócratas dejaran de engrosar las filas carlistas para pasar a la de los liberales, ya que desde ahí podían controlar la reconversión de sus propiedades, superar la crisis y recuperar el prestigio político (aunque nunca habían perdido su influencia social). Es que se trata de un liberalismo moderado, por lo que durante la Restauración se les verá en el partido conservador de Cánovas.

A la vez, como si de una cadena se tratara, el giro político de la nobleza provocó que esta clase social tomara contacto con otras élites de importancia, haciéndose más abierta, convirtiéndose así en la nobleza europea más liberal en ese aspecto. Por ello la alta burguesía comenzó a ennoblecerse y a engrosar las filas de la aristocracia, incluso muchas de las tierras que los nobles tuvieron que vender cuando enajenaron sus propiedades, pasaron a manos de la alta burguesía.


El Palacio de Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII marqués de Cerralbo, hoy Museo


Claro que esa apertura no fue compartida por la totalidad de la nobleza. Un sector patriarcal, con profundo y arraigado sentido del hogar, desdeñaba a los burgueses por considerar que contaminaban la sangre, el código social y el modo de vida aristocrático.


Muy a pesar de los disconformes la creación de una nueva nobleza, surgida de la élite económica de los negocios, fue un hecho, especialmente significativo en el reinado de Isabel II y de Alfonso XII.

Uno de los ejemplos más notables de las nuevas élites surgidas en época de Isabel II, fue el marqués de Salamanca, quien encarna lo que significó la burguesía ennoblecida y sus diferencias con la nobleza de cuna, principalmente económicas. Mientras los segundos valoraban su patrimonio como simple fuente de rentas, y empleaban los excedentes en el lujo y no en la reinversión, los primeros se embarcaban en distintos negocios e inversiones en bolsa, consiguiendo aumentar su capital si les salían bien, pero corriendo el riesgo de arruinarse en caso contrario.


Un joven Marqués de Salamanca


El marqués de Salamanca nació en Málaga en 1811, en el seno de una familia acomodada que se pudo permitir pagarle los estudios de leyes. Ejerció como jurista, lo que le permitió codearse con grandes personajes. Su matrimonio con Petronila Livermore Salas, de padre inglés, hizo que emparentara con grandes empresarios, de los que fue aprendiendo. Poco a poco fue abandonando su carrera para dedicarse exclusivamente a los negocios y la política. Así, llegó a Madrid por primera vez como diputado por Málaga en las cortes Constituyentes celebradas en octubre de 1836. Y de ahí, pasó al Ministerio de Hacienda. Esto viene a demostrar que la mayoría de los títulos que se concedieron en el XIX, fueron a parar a manos de políticos y de militares.

Fértil en ideas, invirtió en numerosos negocios (la Bolsa, la banca, el ferrocarril, los bienes raíces), algunos de creación propia. Lo verdaderamente asombroso de este hombre es que a pesar de sus momentos de apuros económicos e incluso quiebras, conseguía recuperarse de manera sorprendente. Algo que no ocurrió con otros nuevos nobles.


La sociabilidad de la nobleza madrileña (segunda mitad del siglo XIX)


Durante el reinado de Alfonso XII, se mantuvo la tendencia de otorgar títulos nobiliarios que había comenzado durante el reinado de su madre y que continuará posteriormente, durante la Regencia de María Cristina y el reinado de Alfonso XIII. Con ello se pretendía crear una nueva nobleza, aunque también se beneficiaran de esta política personas que poseían títulos con anterioridad.

Durante la Restauración, la necesidad de encontrar simpatizantes con la causa para consolidar el régimen, llevó a premiar con títulos a aquellos que contribuyeron a restablecer a la monarquía borbónica en el trono español y a los que la rendían fidelidad. Por eso fueron principalmente militares, hombres de negocios y políticos los que adquirieron dichos títulos, quienes eran el principal apoyo del sistema recién implantado.

Por cada título, que sólo podía ser otorgado por el Rey, había que pagar un importe que estaba en relación con la calidad del mismo, pudiendo aspirar a uno u otro, o a más de uno, según el poder adquisitivo. En algunos casos se les eximía del correspondiente pago a la Hacienda, por ejemplo, a los militares que habían prestado un servicio especial a su advenimiento al trono, luchando contra los carlistas. Entre los políticos que ascendieron estaban el marqués de Rubalcaba o Fernández Calderón. También se concedieron títulos a propietarios de grandes haciendas en Cuba, que aportaron gran cantidad de dinero a la causa alfonsina, como el marqués de Álava, o el marqués de Santa Rita.


La Condesa de Muguiro


Pero si en los casos citados la buena posición o la política facilitaron el ennoblecimiento, en otros fue la elevada posición económica de la alta burguesía industrial la que abrió las puertas de la entrada en la nobleza y en una carrera política. Es el caso del marqués de Comillas, que compartía junto a Manuel Girona la hegemonía del Banco Hispano Colonial.

El apogeo de la venta de títulos se dio al principio de la Restauración cuando se intentaba consolidar el régimen, decayendo según se vaya asentando. Al mismo tiempo se concedieron más títulos en las épocas del gobierno conservador de Cánovas, que en las del liberal de Sagasta. Y también fue durante los gobiernos conservadores cuando se dio mayor número de nobles en las cortes.

Conclusión: la nobleza del XIX no era un grupo social homogéneo. Dentro de la vieja nobleza están los Grandes de España, que eran el más alto escalafón y la nobleza sin Grandeza, diferenciada a su vez según la importancia de su patrimonio. Este cuadro vino a complicarse con la nueva nobleza, que se diferenciaba de los anteriores, sobre todo, por su comportamiento económico más que social.

El siglo XIX para la nobleza madrileña fue un paso más en la evolución que comenzó cuando se asentó la Corte. Así, en el XVI empezó a echar raíces en la capital, en el XVII tomó cuerpo, en el XVIII se consolidó y en el XIX sufrió una transformación, convirtiéndose en una élite abierta, con gran capacidad de reproducción, basada en la captación y asimilación de otros individuos ajenos.



El Palacio de Medinaceli, con la estatua de Colón en medio de la rotonda del Paseo de Recoletos (1960)




Mi agradecimiento a la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Dirección: Luis Enrique Otero Carvajal, Profesor Titular de Historia Contemporánea.

domingo, 6 de marzo de 2011

Los rangos nobiliarios españoles

En 2009 existían en España 2.974 títulos nobiliarios en posesión de 2.205 personas, según el Ministerio de Justicia. De éstos, cerca de 405 poseen la distinción de Grandes de España (representada por el Consejo de la Diputación Permanente de la Grandeza de España). Solo entre las 9 mayores casas ducales (Alba, Alburquerque, Fernán Núñez, Infantado, Medinaceli, Medina Sidonia, Osuna, Peñaranda, y Villahermosa) suman unos 199 títulos (36 ducados).

En España la posesión de un título de nobleza no supone, hoy en día, ningún privilegio, es una distinción de carácter honorífico acompañada del tratamiento de Excelentísimos Señores para aquellos títulos que poseen la dignidad de Grandes de España y de Ilustrísimos Señores para los demás. Los consortes legales de quienes ostentan las dignidades nobiliarias así como los cónyuges viudos, mientras permanezcan en este estado, disfrutan del mismo tratamiento y honores que sus cónyuges.

El “Caballero de la mano en el pecho”, de El Greco, imagen magistral del noble español del siglo XVI, hombre de la vieja Castilla de honor y profundo sentido religioso


Los títulos nobiliarios estuvieron legalmente abolidos durante la Segunda República Española mediante el Artículo 25 de la Constitución de 1931, restaurándose en 1947 con la promulgación de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, por la que Francisco Franco se arrogó el derecho de reconocer y conceder títulos nobiliarios. En la actualidad, los títulos nobiliarios encuentran su encuadre legal en el artículo 62 de la Constitución Española que regula el Derecho de Gracia. Esta legislación protege a sus poseedores legales frente a terceros; los títulos nobiliarios españoles no son, en ningún caso, susceptibles de compra ni venta ya que su posesión se encuentra estrictamente reservada para los parientes consanguíneos de mejor derecho del primer poseedor del título. El uso indebido de títulos nobiliarios está perseguido por la Ley.

Históricamente, existía preferencia masculina a la hora de suceder en un título nobiliario, tal como estableció el Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII. No obstante, el Congreso de los Diputados aprobó el 18 de octubre de 2005 el inicio del trámite de una ley que ha igualado a hombres y mujeres en la sucesión de los títulos nobiliarios (no afecta a la Corona). Por lo tanto los títulos son heredados por el primogénito independientemente de su sexo, según la Ley 33/2006, de 30 de octubre, sobre igualdad del hombre y la mujer en el orden de sucesión de los títulos nobiliarios.



Armas de la Casa de Medinaceli, los castillos y leones como descendientes del rey Alfonso X y las lises como descendientes del rey Luis IX el Santo


Ducados

El título de Duque es el de superior rango de la escala nobiliaria. En 2005 existían 153 ducados en posesión de unas 100 familias (entre las casas de Medinaceli, Alba y Osuna suman 24 ducados).

Marquesados

En 2005 existían 1.350 marquesados, de los que 141 son Grandes de España, dignidad que les iguala a los Duques.

Condados

Existen 923 condados, 102 de cuyos titulares son Grandes de España.


La Condesa de Fernán-Núñez (vestida de maja), 1803


Príncipes

Los principados reales (Asturias, Gerona y Viana) son llevados por el heredero del trono español. Sólo un principado noble existe hoy, siendo creado para una familia de Nápoles, cuando la zona estaba bajo el dominio español. Se trata del Principado de Belmonte, que también tiene Grandeza de España.

Belmonte

El Príncipe o Princesa de Belmonte (Principe/Principessa di Belmonte) es un título creado en 1619 para la dinastía fundada por los Barones de Badolato y Belmonte, Condes hereditarios de Lavagna y descendientes directos de la familia papal de Fieschi, ennoblecidos como Condes Palatinos en el siglo XI. El título fue creado con la sucesión según la ley nobiliaria española.

En adición al título principesco, los Príncipes de Belmonte fueron hechos Grandes de España de Primera Clase en 1719 y en 1726 les fue concedido el rango de 'Reichsfürsten', Príncipes del Sacro Imperio Romano, con el tratamiento de Serena Alteza (Durchlaucht). También son portadores de títulos subsidiarios, incluyendo Duque de Acerenza (1593), Marqués de Galatone (1562) y Conde de Copertino (1562).



El Palazzo de los Príncipes de Belmonte, al sur de la costa Amalfitana


El actual poseedor del título mayor es Su Excelencia Don Angelo Granito Pignatelli di Belmonte, 13º príncipe, que sucedió a su padre en 1982. Este principado no se ha convertido en ducado como dispone la legislación moderna, por lo tanto, es probable que la dignidad no sea reconocida en España; la Grandeza correspondiente, sin embargo, no se vería afectada.


Santo Mauro

El título de Príncipe de Santo Mauro de Nápoles pertenecía a la Corona de Sicilia, en posesión española, y fue concedido por el Rey Felipe V de España a Diego de Veintimiglia y Rodríguez de Santisteban por Real Decreto de 11 de septiembre de 1705. En 1862 el título fue suprimido tras el fallecimiento de su última portadora, la VIII Princesa de Santo Mauro de Nápoles, María Dolores de Santisteban y Horcasitas.

Durante la Regencia del Reino en nombre de Alfonso XIII, la Corona española cursó la rehabilitación del título para Mariano Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño, nieto de la última portadora. Fue habilitado como ducado y no como principado, siendo eliminado el término ¨Nápoles¨ que venía acompañando al principado y pasando a llamarse simplemente Ducado de Santo Mauro. La concesión se realizó por Real Decreto de 14 de junio de 1890.



Casilda de Silva y Fernández de Henestrosa, Duquesa de Santo Mauro, Marquesa de Santa Cruz, es sobrina de Luis Medinaceli


Casilda Fernández de Henestrosa y Salabert, III Duquesa de Santo Mauro y VI Condesa de Estradas, fallecida en 1987, sólo quedó con descendencia femenina, ya que su único hijo varón, Álvaro de Silva, falleció en 1944 durante su adolescencia, por lo que fue sucedida por su hija Casilda de Silva. En 2008 el título pasó al hijo de ésta, Álvaro de Fernández-Villaverde y Silva, que además era poseedor de los títulos de VI Duque de San Carlos, XVII Marqués de Viso y V Marqués de Pozo Rubio.


Rangos menores

Las baronías no existían en el Reino de Castilla, ni en el Reino de Navarra y los Reyes de España no crearon después ninguna baronía adjunta a estos reinos. Sin embargo, sí existen en el Reino de Aragón, tales como el Barón de Polop o Señor de la Baronía de Polop, título relacionado con el dominio de Polop de la Marina. Bajo el Reino de España, la baronía fue otorgada a Don Ruy Díaz de Mendoza y a través del matrimonio de su sobrina con Don Diego Fajardo, el título pasó a esta familia y sus herederos, quienes serían nombrados Marqueses de la Villa de Albudeyte, Condes de Montealegre y Vizcondes de Quintanilla de Flórez. Su última titular fue Doña Ana Agapita de Valda y Teijeiro, XX Baronesa de Polop (1781-1854).


Escudo de la baronía de Polop


La práctica de concesión de estos dominios fue originalmente introducida en España en la Edad Media, muchas veces con el fin de obtener fondos para la Corona, aunque hoy es prácticamente obsoleta como honor hereditario. La doctrina española considera que, mientras los derechos y responsabilidades de los poseedores de dominios fueron abolidos con la Constitución de 1812 en Cádiz, los títulos no y, así, los descendientes de las familias originales son autorizados a continuar usando nominalmente tales títulos.

El título de Señor está fuera de los rangos habituales de la nobleza española, lo que significa que no tiene lugar en el orden de precedencia y permanece único. Muchos de los señoríos españoles se encuentran entre los títulos de más antigua nobleza en España y por lo general se concede el poder político de su titular sobre el señorío.Aunque algunos señoríos fueron creados por los reyes de España, otros existían antes que ellos, y no han sido creados por ningún rey conocido. Por ejemplo, el señor de Vizcaya sería el jefe de Vizcaya, con un alto grado de independencia del rey de Castilla, a quien podría deber o no compromiso de soberanía, pero de quien no era, al menos al principio, un vasallo: cada nuevo señor de Vizcaya debía renovar su juramento al rey. En última instancia, sin embargo, los reyes de Castilla heredaron el señorío. Algunas familias que tienen un señorío son usualmente referidas con un rango baronial fuera de España, como en Rusia, Alemania y, a veces, Bélgica, Francia y Holanda. Un rango familiar a menudo se basa en la antigüedad de la familia.


Tras jurar los Fueros del Señorío de Vizcaya, el rey Fernando el Católico recibe la pleitesía de las Juntas Generales de Vizcaya, reunidas en Guernica, el 30 de julio de 1476.


Otros títulos

  • Infanzón: los descendientes de los hijos del Rey de Aragón que no heredaron el trono.
  • Hidalgo: todos los nobles con título o sin él.
  • Ricohombre: se utilizó durante la Reconquista, es un equivalente a Barón.En el siglo XVII era sinónimo de noble.
  • Condestable: es título hereditario utilizado en los Reinos de Castilla y León para referirse a la segunda persona en poder en el reino, después del rey.
  • Caballero: era muy raro en el reino de Castilla, pero común en el reino de Aragón, donde había cuatro tipos de caballeros:
    * De Espuela Dorada: utilizado por los infanzones que habían sido nombrado caballeros.
    * De Privilegio Real: era un título personal y no heredable a sus descendientes, otorgado por el rey a los Doctores en Derecho (titulares de Doctorado en Derecho). Era utilizado raramente por sus titulares, ya que el grado de doctorado tenía mayores privilegios.
    * Mesnadero: se refería a los hijos no primogénitos de un ricohombre. Desapareció durante el siglo XVIII, cuando los reyes Borbón cambiaron los rangos de la nobleza.
    * Franco: se refería a aquellos que habían sido previamente hijosdalgos o infanzones, pero tenían origen plebeyo.
  • Potestad: sólo en el reino de Aragón, su equivalente es el italiano podestà, un título relacionado con la administración. Desapareció en 1713.
  • Doctor: de hecho, cualquier titular de un doctorado tenía privilegios iguales a los de la alta nobleza. Por ejemplo, los médicos estaban exentos de descubrir su cabeza en presencia del Rey, un privilegio compartido sólo por los Grandes.

Ricohombre y su paje de lanza (1530)


Nobleza menor

La nobleza inferior portaba títulos como Hidalgo, Infanzón (en Aragón) o Escudero, pero éstos no se corresponden con Barón (un título desconocido en la España unida, pero sí en Cataluña). Hidalgo (plural: hijosdalgo) fue el más común. Contrariamente al resto de títulos nobiliarios, el de Hidalgo no se halla conectado a ningún feudo o posesión de tierra, y, por tanto, muchos eran tan pobres como los plebeyos, a pesar de que fueron exentos de impuestos y podían unirse a la administración pública o al ejército. Aunque durante la Edad Media este título era otorgado por el Rey de Castilla como recompensa por cualquier servicio a la Corona (o como forma de reconocer derechos, como en el caso de Vizcaya), de la misma forma “escudero” era otorgado por los logros militares. Cuando la Reconquista terminó, el título de hidalgo, siendo la forma más sencilla de probar la pura sangre, llegó a ser el único título menor en permanecer como rango de la nobleza española.


Ruy López de Villalobos (1500-1544), hidalgo español que exploró las Filipinas y trató, sin éxito, de colonizarlas y establecer una ruta comercial viable con los territorios españoles en América.



jueves, 3 de marzo de 2011

La Nobleza de España

Los Nobles españoles son las personas que poseen la condición jurídica de nobleza en el sistema de títulos y honores de España y de los antiguos reinos que la conforman. Algunos nobles poseen varios títulos que pueden ser heredados, pero la heredatoriedad y la creación de esos títulos están totalmente limitadas a la gracia del Rey de España. Durante el gobierno del General Francisco Franco, algunos de los nuevos títulos hereditarios concedidos a individuos y los títulos concedidos por los pretendientes carlistas fueron reconocidos oficialmente.

Tras la ascensión al trono de España de la persona de Juan Carlos de Borbón en 1975, la corte de nobles que ocupaban un cargo en la casa real no fue restaurada.

Escudo en la fachada del Palacio de los Duques de Medinaceli (o Palacio Ducal de Cogolludo), Guadalajara, España


Clasificación

Los nobles españoles se clasifican ya sea como Grandes de España o, simplemente, como nobles titulados.

En el pasado, los Grandes se dividían en primera, segunda y tercera clase, pero ahora esta división ha dejado de ser relevante en la práctica, manteniéndose como dignidad titular. En un tiempo cada una de las clases conllevaba privilegios especiales, tales como: (1) aquellos que hablaban al rey y recibían su respuesta con la cabeza cubierta, (2) aquellos que se dirigían al rey descubiertos, pero que se ponían sus sombreros para escuchar su respuesta y (3) aquellos que esperaban el permiso del rey antes de cubrirse.

Además, todos los Grandes eran abordados por el rey como mi Primo, mientras que los nobles ordinarios eran calificados solo como mi Pariente.


Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto (1925 – 1986), 17º duque de Veragua y descendiente directo del Gran Almirante, es dos veces Grande de España.


Un individuo puede ser portador de una Grandeza, ya sea en posesión de un título de nobleza o no. Normalmente, sin embargo, cada Grandeza se une a un título, que es automática en el caso de un título ducal. La concesión de una Grandeza con otros rangos de la nobleza siempre ha dependido de la voluntad del soberano. Con excepción de los duques y algunos títulos muy antiguos de marqueses y condes, la mayoría de los títulos en la nobleza española no tienen Grandeza.

Un Grande de cualquier rango supera a un noble que no es Grande, incluso si el título sin Grandeza es de un grado más alto, con excepción de los miembros de la Familia Real española, que de hecho no tienen ningún título en absoluto. Por lo tanto, un barón (título de menor rango) que es Grande goza de mayor precedencia de un marqués (título de mayor rango) que no es Grande.


María del Rosario Falcó y Osorio (1854-1904), 22ª Condesa de Siruela, G.E.


Desde 1987 los hijos de un Infante de España, que tradicionalmente se consideran parte de la familia real, han tenido derecho al rango y el tratamiento de un Grande de España, pero no lo son legalmente a menos que la Grandeza le fuere oficialmente otorgada por el soberano; una vez que la dignidad ha sido oficialmente otorgada, se convierte en hereditaria.

Algunas familias aristocráticas usan la partícula nobiliaria de antes de su apellido familiar.


Títulos con Grandeza

  • Duque (Todos los duques son Grandes de España)
  • Marqués (Los hay Grandes de España y otros que no lo son)
  • Conde (Sólo algunos son Grandes de España)
  • Vizconde (Rara vez se encuentra este título como Grande de España)
  • Barón (Rara vez se encuentra este título como Grande de España)
  • Grandeza Personal (A gente que merece ser Grande pero no tiene título)

(Para una información más detallada, remito al lector a la entrada de fecha 8/8/2009)


La Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza de España, encabezada por el Conde de Elda, Enrique Falcó y Carrión, en audiencia con S.S.M.M. Los Reyes en el Palacio de la Zarzuela (2008)


Rangos

Además de los cinco rangos clásicos en los que se divide la nobleza española (duque, marqués, conde, vizconde y barón) existe también un título que a menudo se pasa por alto, el de Príncipe, utilizado por los titulares de un principado.Habitualmente no es incluido en las listas de nobleza española debido a que los títulos principescos son generalmente reservados para el heredero al trono y derivan de los antiguos reinos que se unieron para formar España. Hay, sin embargo, un principado noble que fue creado por el soberano español para los Barones de Belmonte, que sigue en uso hoy en día. Aunque la legislación del siglo XX terminó con el reconocimiento oficial del título de príncipe fuera de la familia real, proveyó una disposición que permite al titular de un principado llevar esa dignidad convertida en un título ducal del mismo nombre.


Sucesión

La evidencia que apoya el reclamo a un título puede ser revisada por la Diputación de Grandes y Nobles Titulados del Reino. El cuerpo cuenta con ocho Grandes de España, ocho nobles que no son Grandes y un presidente que debe tener tanto una Grandeza y un título hereditario sin Grandeza.


Los Grandes de España poseen el derecho a representar sus armas sobre un manto de terciopelo de gules, forrado en su vuelta de armiños, derecho que comparten con los soberanos.


La sucesión de títulos nobiliarios españoles es hereditaria, pero no es automática. La patente original que crea el título determina el curso de la sucesión. Mientras que los títulos nobiliarios históricamente han seguido la regla de la primogenitura de preferencia masculina, una ley española que entró en vigor el 30 de octubre de 2006, después de la aprobación de ambas cámaras del Parlamento, estableció la herencia de títulos nobiliarios hereditarios por el hijo primogénito, independientemente de su sexo. La ley es retroactiva al 27 de julio de 2005.

Tras la muerte de un noble, el heredero principal puede solicitar al rey a través del Ministerio español de Justicia un permiso para utilizar el título. Si el heredero principal no hace una petición dentro de dos años, también otros herederos pueden hacerlo por sí mismos. Por otra parte, existe un límite global de cuarenta años en el que se puede reclamar un título.


Portada: Almudena de Arteaga y del Alcázar, Marquesa de Cea, la mayor de los cinco hijos del duque del Infantado.


El solicitante debe demostrar que él o ella es un hijo, nieto o descendiente directo en línea masculina de un noble (ya sea un Grande o no), o que él o ella pertenece a determinados organismos u órdenes de caballería consideradas nobles, o que la familia del padre es reconocida como noble (si sucede a una Grandeza, la familia de la madre también). Por otra parte, se debe pagar una cuota; los honorarios dependen de si el título se une a una Grandeza o no y si el heredero es un descendiente directo o pariente colateral del titular anterior. La petición se concede normalmente, excepto si el solicitante es un criminal.

Los títulos también pueden ser cedidos a herederos que no sean principales durante la vida del titular. Normalmente, el proceso se utiliza para permitir que los hijos más pequeños sucedan a los títulos, mientras que el título de mayor rango va al heredero principal. Sólo los títulos subsidiarios podrán ser cedidos; el título principal debe ser reservado para el heredero mayor. La cesión de los títulos sólo se puede hacer con la aprobación del monarca.


Títulos vitalicios

Estos son los títulos nobiliarios concedidos por la Corona de España con carácter vitalicio (entre paréntesis figura el beneficiario):

1604 - Ducado de Cea (Cristóbal Gómez de Sandoval y de la Cerda)
1799 - Ducado de Lancáster (Agustín de Lancáster y Carvajal)
1802 - Ducado de Sedaví (Antonio de Barradas y Baeza)
1807 - Ducado de Almodóvar del Campo (Diego de Godoy y Álvarez de Faria)
1814 - Ducado de Alagón (Francisco Fernández de Córdoba)
1840 - Ducado de Morella (Baldomero Fernández Espartero)
1854 - Ducado de San Miguel (II) (Evaristo San Miguel y Valledor)
1928 - Ducado de Monteleón de Castilblanco (María Rosario Pérez de Barradas)
1933 - Ducado de Segovia (Jaime de Borbón y Battenberg)
1967 - Ducado de Badajoz (Pilar de Borbón y Borbón)
1981 - Ducado de Soria (Margarita de Borbón y Borbón)
1982 - Marquesado de Dalí de Pubol (Salvador Dalí i Domènech)
1995 - Ducado de Lugo (Elena de Borbón y Grecia)
1997 - Ducado de Palma de Mallorca (Cristina de Borbón y Grecia)



María del Rosario de Silva y Guturbay (1900-1934), 9ª Marquesa de San Vicente del Barco, G.E., 15ª Duquesa de Aliaga, Grande de España



miércoles, 2 de marzo de 2011

Un honorífico: Don

Don, del latín dominus, es un tratamiento honorífico en España, Portugal e Italia. La versión femenina es Doña, Dona y Donna abreviado "Dª" o simplemente "D.".

Aunque originalmente era un tratamiento reservado a la realeza, nobles y jerarcas de la Iglesia, hoy es usualmente usado como señal de estima por una persona de distinción personal, social u oficial, tanto como a un líder comunitario de larga carrera, una persona de significativa riqueza o un noble. Como tratamiento, tanto para un título como para un rango, es usado con el nombre personal.


El ingenioso hidalgo “Don Quijote de la Mancha”, personaje literario de Miguel de Cervantes, en una ilustración de Gustave Doré.


Sintácticamente, es usado de la misma manera que Sir o Dame son usados en Inglaterra cuando se habla de o a una persona que ha sido nombrado Caballero (o Dama), seguido por el primer nombre o el nombre y el apellido. Como The Honourable en inglés, Don puede ser usado cuando se habla directamente a la persona, y, como Mister, debe ser usado con el primer nombre. Por ejemplo, “Don Diego de la Vega”, (o abreviando delante “señor”) “Sr. Don Diego de la Vega” o simplemente “Don Diego” son formas típicas. Pero “Don de la Vega” sería incorrecto.

España

Históricamente, el término fue usado para designar a miembros de la nobleza, como hidalgos o fidalgos. El tratamiento gradualmente se fue reservando para personas de sangre real y así demostraba nacimiento aristocrático: ser noble de Juro e Herdade, esto es, por derecho y herencia, o por la gracia del monarca.

Don Juan de Austria, hijo natural de Carlos V


El tratamiento de don y de doña solo se da a personas que pertenecen al mundo hispano, sea por su nacimiento o por matrimonio. Así lo confirma, por ejemplo, el caso de la española Fabiola de Mora y Aragón, que fue tratada de Doña hasta el día de su matrimonio, pero desde entonces solo se refiere a ella como la reina Fabiola de los Belgas. Por su parte, la Reina Sofía de España y su hermana Irene, nacidas princesas de Grecia; no recibían el tratamiento de Doña por su condición de extranjeras. Por el matrimonio de la primera con un príncipe español; ésta se convirtió en doña Sofía, pero su hermana nunca es tratada de doña Irene.

Pero para el siglo XX ya no estaba restringido su uso a las clases altas, ya que las personas con los medios o la educación, independientemente de su origen, llegaban a ser tratados como tales y actualmente se utiliza a menudo como si fuera una versión más formal de Señor, un término que también fue una vez título de nobleza.


Doña Sofía, Reina consorte de España


En Filipinas, Don/Dom o Doña/Dona es usado para referirse a personas de influyente riqueza en sustitución al más común “Señor” o “Señora”.

Portugal

En la nobleza portuguesa el título Dom era acordado por concesión real y pasaba en la mayoría de los casos a través de la línea masculina. Estrictamente hablando, sólo las mujeres nacidas de un noble poseedor del título Dom podrían ser tratadas como Dona, pero el tratamiento no era hereditario a través de las hijas mujeres. Las excepciones eran pocas y dependían solamente de las condiciones en las que el título había sido concedido.

En Portugal, actualmente, Dom es empleado ordinariamente por altos miembros del clero y por superiores de órdenes religiosas, así como miembros de la Orden de San Benedicto. Dom es usado de forma similar por la Orden Benedictina en los países de habla inglesa o francesa. En Francia, también es usado por miembros de la Orden de los Cartujos.


Dom Pedro de Alcántara (hijo de Juan VI de Portugal) y primer Emperador de Brasil


En Brasil Dom no era usado para referirse a los nobles sino que era reservado a la realeza (el rey y los príncipes) y, en los rangos del clero, sólo es usado para referirse a obispos y otros altos jerarcas eclesiásticos.

Italia

En la península itálica, era un término comúnmente utilizado, a partir de la mitad del siglo XIII, como prefijo al nombre, para indicar los nobles del patriciado milanés, napolitano, príncipes, duques, marchesi di baldacchino, eclesiásticos y religiosos.

En el siglo XVI pertenecía al reino de Nápoles y Sicilia durante el dominio español. Informalmente, especialmente en el campo, todo jefe italiano o noble debía ser tratado o referido como Don. Por ejemplo, el rey Carlos III de España era generalmente conocido en su reino napolitano como “Don Carlo”. Oficialmente, Don era el tratamiento reservado para un príncipe o duque (y para cualquier descendiente masculino legítimo) que era miembro de la nobleza, a diferencia de un príncipe o duque reinante que generalmente recibía el tratamiento más protocolario de Altezza.


Don Giovanni d’Médici, hijo natural del Gran Duque de Toscana Cosimo I de' Medici y de Eleonora degli Albizzi


A veces podía ser precedido por otros honoríficos como L'Illustrissimo o Il Magnifico dependiendo de su rango oficial o el tratamiento de su status. El femenino, Donna, estaba reservado para sus esposas e hijas. Hoy en día se reserva el título para estas clases de nobles por tradición, pero no tiene ningún derecho dentro del marco legal italiano.

Como en el uso español, Don es seguido por el nombre completo o por el primer nombre cristiano, nunca por el apellido solo. Un caballero sin título o un rico terrateniente podía ser tratado como Il Signor Don Francesco Gonzaga. Un sacerdote podía ser Don más el nombre más su posición: Don Marco Di Lorenzo, Arcipreste. O un obispo Monsignore Don Francesco Pignatelli, Vescovo di Benevento. Hoy en Italia, el título es usado para sacerdotes católicos o antiguos nobles de origen ducal o principesco. Algunos curas prefieren el título Sacerdote, abreviado por Sac.


Monseñor Don Filippo Archinto, Arzobispo de Milán (1556)