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martes, 26 de julio de 2011

Las joyas de El Pardo

En los tres acuartelamientos de la Guardia Real en El Pardo (El Rey, La Reina y El Príncipe) trabajan 1.700 militares: aviadores, marinos e infantes; alabarderos y lanceros; jinetes a caballo y artilleros, incluso perros adiestrados para localizar explosivos y buceadores de combate. La Guardia Real es una unidad de élite que no se parece a ninguna otra unidad del Ejército, forma parte de la Casa de Su Majestad el Rey y está diseñada para velar por la seguridad del monarca, rendirle escolta y honores, custodiar (al menos de forma simbólica) el palacio de la Zarzuela y los Reales Lugares y estar a su disposición para lo que necesite.

El Pardo


La Guardia Real es la depositaria de una de las mejores colecciones de coches del mundo, piezas únicas que cuidan con devoción. Son los vehículos históricos que Juan Carlos I heredó de Francisco Franco. Alguno se salvó de milagro del desguace e, incluso, del expolio por parte de la familia del dictador. Ese particular parque móvil que se ha logrado preservar está depositado en el cuartel El Rey, a espaldas del palacio de El Pardo, en el que Franco vivió y desde el que gobernó 35 años. No es fácil contemplar estos vehículos que durante décadas han permanecido ocultos; menos aún circular en ellos. Sin embargo, algunos todavía se usan en las grandes ceremonias del Estado, por lo que se les chequea y revisa a diario.

Siempre que se habla de Franco y de su época apenas se menciona nada sobre sus vehículos oficiales, un apartado que también ha escrito su propia historia. Todavía persisten en el recuerdo de los españoles aquellas caravanas de Cadillac negros entre los que destacaba el del Generalísimo, una limusina blindada en titanio que llevaba sobre sus aletas un banderín con cuatro estrellas.



Franco en su Rolls descapotable


A través de sus coches se pueden reconstruir décadas de la memoria de España. Suponen un peculiar manual de historia que muestra, por ejemplo, los saltos mortales de Franco en política exterior para eternizarse en el poder, que se materializaban en la nacionalidad del vehículo que usaba en cada momento para complacer a su aliado de turno. Desde su entrañable amistad con Adolfo Hitler (que le regaló en 1940 un Mercedes 540 todoterreno de seis ruedas) y su profunda admiración por el régimen nacionalsocialista (el otro imponente Mercedes, un 770 Pullman blindado y con motor de avión, es idéntico al que usaban Himmler y los jerarcas de las SS), a su súbito acercamiento a los americanos en cuanto los nazis perdieron la contienda (que se concretó en la compra de un Cadillac Fleetwood de 1948 y varios Buick Eight); su aproximación a los británicos en los ‘50 (que se tradujo en la compra de tres Rolls-Royce), hasta los intentos de presumir de poderío industrial (con un despampanante Chrysler Imperial que le fabricó a medida el empresario Eduardo Barreiros en 1964) y su vuelta al redil del complejo militar-industrial estadounidense, a partir de 1970 (con sucesivas generaciones de Cadillac Fleetwood, El Dorado y Brougham, que conservaría hasta el final de sus días).

Cuando Franco llegó a la Jefatura del Estado en 1939, el parque de vehículos era muy reducido. Se compraron vehículos Packard; tuvo el Ford 8 CV, que había sido fabricado en España y con el que tuvo un accidente en Cuenca, un Cadillac y un Hispano-Suiza 12 cilindros, regalo de la familia catalana Mateu, fabricantes de esta marca. Debido a los problemas y posterior cierre de Packard y al igual que la mayoría de la clientela americana de prestigio, Franco se pasó a Cadillac en los años cuarenta, entre otras razones porque eran berlinas muy lujosas, confortables, seguras y con resistentes carrocerías.


El Cadillac Fleetwood, hoy en venta


En las caravanas todos los Cadillac eran del mismo modelo y color y con el paso de los años se fueron renovando por otros más potentes y modernos. La Guardia Civil y la Guardia de Franco realizaban la escolta con estos vehículos. Al principio la mayoría eran descubiertos, pero poco a poco se impusieron los cerrados. Los escoltas que se situaban detrás utilizaban el modelo ElDorado, en el que el techo se plegaba. Dos barras de acero situadas detrás de los cabeceros de los asientos delanteros servían de asidero para los escoltas mientras iban de pie. En viajes largos, como los que se hacían todos los veranos a San Sebastián o Galicia, estos Cadillac servían para transportar material de todo tipo y equipaje personal de la familia. Gracias a su cambio automático, sobre la columna de dirección, su conducción era placentera.

En los años 60 la mayoría de los mandatarios extranjeros cambiaron sus coches oficiales y de representación por Mercedes-Benz. Sin una explicación aparentemente lógica, Franco decidió conservar los Cadillac hasta sus últimos días. Aunque Hitler le regaló los famosos Mercedes G4 y 770, el Generalísimo continuó usando vehículos de la firma estadounidense. También se adquirieron tres Rolls-Royce Phantom IV, pero aún así no hubo forma de “bajarlo” de los Cadillac.

Regalos de lujo

El primero de los obsequios de Adolfo Hitler fue el famoso Mercedes de seis ruedas. En el período de 1934 a 1940 hubo varios todo-terreno fabricados por la compañía alemana, de los cuales el más representativo fue el 540 G4: en su primer año de fabricación se montaron tres unidades con un acabado exclusivo, lo que ha inducido a creer que sólo se produjeran éstos. Dos de los tres Mercedes de tres ejes fueron regalados por Hitler a Benito Mussolini y Francisco Franco. Pero en 1935 se construyeron cuatro Mercedes TT más y, entre 1937 y 1939, se ensamblaron un par más cada año.


El célebre Mercedes de 6 ruedas, regalo de Hitler


El otro Mercedes Benz que se conserva en la Casa Real es un 770 Grosse (grande) Pullmann-Limousine de 1942. La línea de la carrocería es similar a la del 540, pero solo utiliza dos ejes y su filosofía de uso fue bastante diferente. El original se presentó en el Salón del Automóvil de París, en 1930: pesaba 2700 kilogramos, medía 5.6 metros y utilizaba un motor de 8 cilindros en línea de casi 8 litros. De esta primera serie se fabricaron solo cien unidades hasta 1938. El sustituto resultó ser muy parecido, un poco más largo y la gran novedad fue un compresor Roots elevaba la potencia de 150 a 230 caballos. De esta última serie se montaron 88 unidades, la mitad fueron descapotables, diez berlinas y solo ocho de los dieciocho que se fabricaron con carrocería limousine se blindó su parte trasera, como la de la Casa Real. Esta protección suponía un incremento de peso total hasta los 4300 kilogramos, que le impedían poder pasar de 80 o 90 kilómetros por hora. Los 770 fueron muy solicitados durante unos años en que los Jefes de Estado tenían la necesidad de imitar a Hitler en su parafernalia diaria de desfiles y paradas militares.

La gran excepción al uso cotidiano de los Cadillac fueron los tres Rolls-Royce que compró la Casa de Franco a la firma inglesa y que fueron entregados el 28 de marzo de 1952. Del modelo Phantom IV sólo se montaron dieciocho unidades que fueron vendidas a reyes, jefes de Estado y príncipes. Pero el dato más importante es que España posee tres unidades, mientras que la Casa real británica solo conserva dos. De eos tres, uno solo es convertible, el que fue utilizado en el enlace de la Infanta Cristina con Iñaki Urangarín en 1997 y luego en 2004, para la boda del Príncipe de Asturias con Doña Letizia Ortiz.


El primer desfile del rey Juan Carlos en el Rolls-Royce convertible (1975)


El silencioso propulsor que utilizan los Phantom es de 8 cilindros y desarrolla la “suficiente” fuerza -160 caballos-, ya que la marca Rolls-Royce nunca revela la potencia de sus coches. Cuando llegaron estos Rolls a España no traían ruedas y hubo que adaptarles unas de camión. En la década del ’90 todo fue sustituido por materiales de origen y en la actualidad las tres limusinas prestan sus servicios a la Casa Real sin plantear problema alguno. Son custodiados y mantenidos meticulosamente por personal especializado del propio ejército.

Siempre que Franco asistía a presentaciones de factorías o inauguraciones era obsequiado con algún modelo de coche, aunque en algunas ocasiones los rechazara. Eduardo Barrientos, que inició su carrera transformando motores en Galicia y que posteriormente se instaló en Villaverde, fabricó una serie de Chrysler Imperial con el propósito de vender una veintena de unidades en España. Al final no hubo un público que respondiera a la fábrica de Barreiros y muchos de los Imperial se quedaron sin vender. La genial idea de su creador fue cederle tres unidades a la Casa de Franco y de este modo crearse un prestigio. El resultado fue muy satisfactorio y, tal como se pensó, todos los Imperial fueron vendidos a gente de alta representación. Franco lo usó menos que el Cadillac, aunque era utilizado por la escolta como coche de respeto en las caravanas. Esto es, cuando un coche se averiaba éste ocupaba su lugar. En la actualidad es uno de los pocos coches que, junto con los Cadillac y los Rolls, continúa dando servicio en la Casa real como vehículo de cortesía.

Los Reyes en otro de los Rolls-Royce Phantom IV


Aunque la mayoría de los coches fueron adquiridos por Franco, muchos otros que se conservan hoy en El Pardo han sido regalos de mandatarios o amigos personales a los Reyes. “Hace unos años”, cuenta una fuente, “surgió una gran polémica sobre la propiedad del Mercedes 540. Según la hija de Franco, este vehículo fue un regalo personal de Hitler a su padre, en 1940. El tiempo ha pasado y el Mercedes continúa en manos de la Guardia Real.

La herencia de un monarca sin corona

La colección de vehículos aporta otras pistas sobre su personalidad. Para empezar, dada su escasa estatura, detestaba los coches altos. Tampoco le gustaba que el conductor fuera más cómodo que él, como era el caso del Chrysler Imperial; disfrutaba con los descapotables y, aunque España estuviera en la ruina, siempre adquirió los mejores modelos de la época.

Cuando cogía manía a un coche oficial, se lo transfería a su mujer, Carmen Polo; por ejemplo, el Rolls-Royce Silver Wraith de 1950. La Señora (como se hacía llamar en su particular corte) más espigada que el general, prefería coches de techo más alto para acceder a ellos con sombrero o peineta. Hasta 1974, cuando Franco se hizo con una nueva flotilla de Cadillac Fleetwood, ninguno de sus vehículos incorporó aire acondicionado.



El Buick de caza (1949)


De este conjunto de coches históricos se deduce que Franco era un obseso por la caza, hasta el punto de hacerse instalar en la parte trasera de un Buick Eight de 1949 dos sofisticados sillones tipo barbero que giraban 360 grados para poder disparar en todas las direcciones mientras el vehículo marchaba descapotado a toda velocidad. Esos asientos están delicadamente tapizados en piel roja y el respaldo de los delanteros está diseñado para que Franco colocara tres escopetas. A sus pies se conservan unas mantas escocesas ribeteadas de piel para que no cogiera frío. Este modelo fue modificado en los talleres del Ejército en Torrejón de Ardoz (Madrid), al igual que un Land Rover con una pequeña torreta diseñada también para la caza. El mismo Mercedes de seis ruedas también lo utilizó una vez para ir de Valdepeñas a una montería, aunque el problema de todos estos coches era el peso tan elevado que tenían y la tracción tan mala que llevaban. El Buick se atascaba con gran facilidad en las zonas lodosas y lo mismo sucedía con el Mercedes, aún teniendo fuerza en los dos ejes posteriores. Otro de los vehículos que se conservan en perfecto estado es un camión-vivienda que usó Franco durante la Guerra Civil: tiene un despacho equipado y un dormitorio, entelado y alfombrado. En la misma línea también hubo un camión-cocina y un camión-comedor. Algunos de estos vehículos sirvieron después para las cacerías.

Como todo dictador que se precie, otra de sus manías era su seguridad. Todos los vehículos de Franco están blindados, alguno, como el Cadillac de 1948, con rudimentarios cristales de cuatro dedos de grosor que le fabricaron en la factoría de armas de Trubia (Asturias), y otros, con planchas de acero propias de un carro de combate, como el Chrysler de 1964. La mayoría solo lo están en su parte posterior (donde viajaba Franco), dejando al chófer a la intemperie. Por contra, la gran mayoría son descapotables, lo que parece un sinsentido.


El Rolls-Royce Phantom IV descapotable (1952)



Según el capitán Emilio Galindo, oficial a cargo de los vehículos históricos, "esa absurda idea sobre la seguridad que se limitaba a blindar los laterales y los bajos del coche y dejaba el techo descubierto duró hasta el atentado a Kennedy, en Dallas, en 1963, donde se demostró que un tirador apostado en una posición elevada podía acabar con un jefe de Estado. A partir de ahí se acabaron los descapotables. De hecho, cuando el Príncipe de Asturias contrajo matrimonio con doña Letizia, hubo que diseñar una pérgola de cristal a prueba de balas para cubrir el Rolls-Royce Phantom IV descapotable con el que iban a cruzar Madrid. Los atentados, desgraciadamente, nos dieron más lecciones de seguridad: era importante proteger la zona del conductor, porque si este era alcanzado, el automóvil quedaba inmovilizado y el jefe del Estado a merced de los terroristas. Y también era conveniente blindar el techo, porque alguien podía colocar un artefacto explosivo encima. Y lo mismo pasa con los escoltas en moto, que no es una cuestión estética, sino que son fundamentales para establecer una cápsula de seguridad en torno al jefe de Estado y que nadie pueda acercarse.”

Franco siempre temió por su vida. Cuando cruzó por primera vez el umbral del palacio de El Pardo, en la mañana del 15 de marzo de 1940, situó su dormitorio en el rincón más recóndito del edificio, con vistas a un patio sombrío, en el extremo opuesto de los impresionantes jardines que rodean la residencia. El conjunto palaciego, a siete kilómetros de Madrid, formaba parte del antiguo Patrimonio de la Corona y estaba inmerso en 15.000 hectáreas de bosques cercados y perfectamente conservados; un ecosistema único en Europa habitado por ciervos, gamos, jabalíes y gatos monteses, que suponía el último vestigio de las inmensas propiedades de los antiguos reyes de España y que el General Franco, monarca absoluto sin corona, eligió como hogar tras la contienda. La decisión de Franco (y su esposa) se basaba, según el historiador Paul Preston, en tres atractivos que tenía el enclave para la pareja: "Su pasado real, su seguridad y el hecho de que el monte que rodeaba la finca era ideal para la caza".



El 20 de noviembre de 1975 moría el dictador. El día 25, un decreto creaba la Casa de Su Majestad el Rey en la que se integrarían todos los miembros de la organización del anterior jefe del Estado. Don Juan Carlos heredaba la espesa maquinaria del franquismo. Sin embargo, nunca viviría en el palacio de Franco, continuaría en La Zarzuela, un palacete del siglo XVII situado en el mismo monte de El Pardo, al que había llegado de recién casado.

jueves, 31 de marzo de 2011

Nobleza de nuevo cuño

Cuatro nuevos marquesados otorgados por el Rey Juan Carlos a personalidades de la vida pública y social del país han devuelto a muchos nobles españoles al limbo de la perplejidad y la sorpresa, un lugar que parece que están visitando con excesiva frecuencia en estos tiempos. De esa manera llegan a 49 los títulos concedidos por el monarca español desde su asunción en 1975 (ver entrada 21/05/2010)

La firma del Rey

Los agraciados con estas nuevas mercedes nobiliarias (no hay entre ellas ninguna Grandeza de España) son Mario Vargas Llosa, insigne premio Nobel que se enorgullece allá donde va de su estrecha vinculación con España; Aurelio Menéndez, ex presidente del Tribunal Constitucional y ex ministro de educación; Juan Miguel Villar Mir, empresario de la construcción - presidente de OHL- y Vicente del Bosque, entrenador de la Selección Española de Fútbol.


Nuevos marqueses

Pero la propia designación elegida para los nuevos títulos carece de originalidad dentro de esa línea de tecnicismo que en los últimos tiempos ha caracterizado la concesión de nuevas mercedes nobiliarias, pues únicamente el Marquesado de Ibias, el que ha correspondido a Aurelio Menéndez, hace gala de una cierta imaginación frente a los Marquesados de Vargas Llosa, de Villar Mir y de Del Bosque.

De acuerdo con lo dispuesto por el Rey, estos cuatro títulos pasarán también a los sucesores de sus titulares, siguiendo lo establecido en la normativa española sobre títulos nobiliarios. En la exposición de motivos de la ley 33/2006 se apunta que actualmente la posesión de un título nobiliario no otorga ningún estatuto de privilegio, al tratarse de una distinción meramente honorífica cuyo contenido se agota en el derecho a usarlo y a protegerlo frente a terceros.


Corona heráldica de Marqués

En la concesión de dignidades nobiliarias de carácter perpetuo, a su naturaleza honorífica hay que añadir la finalidad de mantener vivo el recuerdo histórico al que se debe su otorgamiento, razón por la cual la sucesión en el título queda vinculada a las personas que pertenezcan al linaje del beneficiario de la merced. Este valor puramente simbólico es el que justifica que los títulos nobiliarios perpetuos subsistan en la actual sociedad democrática, regida por el principio de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Los títulos conllevan una especie de patente de uso, protegida por los tribunales. Al respecto es relevante recordar que el Tribunal Supremo dictó una sentencia en la que consideró una intromisión ilegítima el etiquetado de un vino con el nombre de Marqués de Bradomín, un personaje de ficción creado por Valle Inclán, aprovechado por el rey Juan Carlos para crear ese título que concedió a su hijo Carlos Valle en 1981. Es decir, quien quiera usar el nombre de un título como marca comercial debe pagar al titular del mismo.


El Marqués de Ibias

La nobleza española se ve una vez más dividida entre su afecto a la Corona y su incomprensión del trato que recibe como estamento, que se ve perjudicado con los últimos cambios en las leyes y con algunas de estas nuevas mercedes nobiliarias que, al entender de muchos, no hacen sino “democratizar a la baja” dañando en su esencia a una institución centenaria. Todo ello facilita que surjan grandes preguntas. ¿Qué es lo que se premia?, ¿cuáles son los valores que hacen a la nobleza? o ¿acaso será todo ello parte de esa intención de “plebeyizar la monarquía” y, con ella, una institución tan íntimamente vinculada a la Corona como la nobleza?

Porque una cosa, dicen algunos, es un escritor de incuestionable renombre internacional como Mario Vargas Llosa, que cuadra bien con su flamante título de Marqués, y otra distinta son un entrenador de fútbol como Vicente del Bosque o un empresario como Juan Miguel Villar Mir, cuyo grupo empresarial en los sectores inmobiliarios, de la construcción y de los servicios, se define como “comprador y consolidador de empresas en graves dificultades”. Para estos últimos, opinan muchos, se podría haber pensado en otros premios y distinciones del Estado como la digna Orden de Carlos III o la también prestigiosa Orden de Isabel de la Católica. Pero ¿acaso no importa la vanidad?

El Marqués de Del Bosque

Don Juan Carlos justifica la concesión del título nobiliario a Del Bosque por su "gran dedicación" al deporte español y su "contribución al fomento de los valores deportivos" que merecen ser reconocidas de manera "especial". De Vargas Llosa destaca su "extraordinaria contribución" a la lengua y literatura españolas, "apreciada universalmente", mientras quiere reconocer la "valiosa y fecunda labor" del abogado Menéndez en el ámbito de la docencia universitaria y las ciencias jurídicas "al servicio de España y de la Corona". Del empresario Villa Mir, subraya su "destacada y dilatada trayectoria al servicio de España y de la Corona".

En los círculos aristocráticos no se habla de otra cosa y se dice que este proceder es una copia de la forma de actuar de la monarquía británica, pues Elizabeth II no duda en otorgar la dignidad de “Sir” a personajes como David Beckham, Elton John o Sean Connery. Pero la sobria monarquía española, hasta ahora muy prudente al momento de conceder nuevos títulos de nobleza, no puede competir con la riqueza de la que hace gala la británica en la concesión anual de títulos y mercedes nobiliarias de distintas naturalezas y rangos a numerosas personalidades de todo el país.


El Marqués de Villar Mir

Y es que Su Graciosa Majestad se guarda mucho de crear nuevos títulos hereditarios, como estos de nueva creación en España, que solo reserva para ocasiones y personalidades muy singulares. Es generosa, en cambio, con las mercedes vitalicias y de rango menor, que mueren con el concesionario y que premian el esfuerzo y la dedicación de personalidades que se distinguen por méritos propios en muchos y muy distintos ámbitos de actividad. Una vez más la polémica está servida, pues también son muchos los ciudadanos de a pie que ven en este gesto un acercamiento de la Corona a un necesario premiar los méritos de la calle.


El Marqués de Vargas Llosa

martes, 29 de marzo de 2011

Las residencias de la nobleza: palacios urbanos

A finales de siglo XVIII tuvo lugar en Madrid un cambio en la estructura residencial de la nobleza. Aunque siguieron en ellos los nuevos gustos de la monarquía borbónica que comenzó su reinado levantando el Palacio Real en el lugar donde se había erigido el antiguo Alcázar.


Hasta entonces los nobles de la capital española habían ocupado viejos caserones de presencia exterior más bien austera, que no correspondía con el magnífico lujo del interior, sus vajillas de plata, sus colecciones de cuadros y objects d’art. La construcción de nuevas casas no se había llevado a cabo, porque dentro del casco urbano no existía el espacio suficiente, ni las condiciones urbanísticas apropiadas, ya que predominaban las calles estrechas y laberínticas.


El antiguo palacio de Uceda, luego de Medinaceli, junto a la plaza de Colón, entre el Paseo de Recoletos y la calle de Génova.


Por eso cuando comenzó a llegar el gusto francés por los palacetes elaborados y grandes jardines, no quedó más remedio que buscar grandes solares en la periferia de la ciudad, que permitieran desarrollar el tipo de vivienda que la aristocracia demandaba. Se concentraron principalmente en la zona oriental y occidental, coincidiendo con la vecindad del Palacio Real y el del Buen Retiro. Los palacios de Liria, Buenavista, Villahermosa y Osuna son buenos ejemplos de ello. Pero también se buscaron lugares cercanos a monasterios y conventos prestigiosos (San Andrés), o a las rutas oficiales por donde pasaban los reyes en sus desplazamientos.


Hubo tres momentos a lo largo del siglo XIX, que podrían indicarnos la relación entre la construcción de palacios y la clase social que los ocupaba. El primero se dio en la primera mitad del siglo XIX, entre 1800 y 1840, en el que la construcción de palacios estuvo protagonizada por la nobleza de cuna; el segundo en los decenios centrales del siglo, coincidiendo con el reinado de Isabel II, entre 1840 y 1868, en el que la aristocracia de nueva creación adquirió un creciente protagonismo, ejemplificado en la construcción del palacio del marqués de Salamanca; y el tercero coincidiría con la Restauración borbónica, entre 1875 y 1900, representado por la alta burguesía ennoblecida, un ejemplo claro es el palacio de Linares . A la vez estos tres periodos se corresponderían con la secuencia de construcción Palacio-Palacete-Hotel.


Aires de palacio real: el Palacio de Liria, actual residencia de los Alba en la Calle de la Princesa


De los grandes palacios concebidos al modo tradicional y habitados por la antigua nobleza, estaban el de Villafranca, el de la Alameda de Osuna o el de Liria, junto a la Puerta de San Bernardo en el límite de la ciudad. Propios de la nobleza surgida gracias al dinero, los del marqués de Salamanca en Recoletos y el de Gaviria, ambos de influencia italiana. Poco más tarde, de influencia francesa, destacó el palacio del duque de Uceda en la plaza de Colón, o el de Portugalete en la calle Alcalá.


Una vez hecho realidad el proyecto del ensanche, la nobleza pasó a contar con un barrio residencial propio donde estaba agrupada. Hasta entonces sus palacios habían estado más o menos dispersos por la ciudad. Y fue sobre este nuevo barrio donde el marqués de Salamanca proyectó la construcción de unos hoteles para la clase alta, que serían los antecedentes de las viviendas unifamiliares de la Ciudad Lineal y de la Ciudad Jardín.


El escudo familiar en el frontón del Palacio de Linares


Los palacios del XIX, a diferencia de los anteriores, mezclaba el lujo tanto interior como exterior. Las fachadas solían ser de ladrillo y piedra, formando con ello una combinación bicromática. En ellas se podían contemplar elegantes frisos, cornisas y portadas en las que se encajaban los escudos familiares. Avanzado el siglo, fueron apareciendo los balcones. Además, rodeaban el edificio enormes jardines con fuentes y pequeños estanques, limitados con formidables cerramientos que incluían monumentales puertas de entrada.


El interior de la residencia se dividía en tres plantas –que fueron aumentando con el tiempo- comunicadas por una suntuosa escalera principal: la planta baja donde se situaba la cocina, las caballerizas, las cocheras, y otros servicios, la planta principal, en la que se encontraban los salones donde se celebraban los actos sociales y las alcobas de los distintos miembros de la familia, alrededor de las cuales había antecámaras y gabinetes; el segundo piso, donde estaban los cuartos de criados. La división espacial que se creaba en el interior de estas lujosas casas, daba lugar a la aparición de microsociedades dentro de los palacios.


Los visitantes al Palacio de Liria ascienden una monumental escalera bajo cúpula, diseñada por Sir Edward Luytens durante una restauración a principios del siglo XX.


El lujo interior se reflejaba en espejos, pisos de mármol, tapices gigantescos, alfombras, cortinados dobles, papeles pintados en las paredes, frescos en los techos, vastas colecciones de pinturas, elaboradas lámparas de cristal, grandes ventanas que daban a los jardines, decoraciones al gusto mudéjar, grandes bibliotecas… Eso sí, sin perder nunca el estilo de vista francés que estaba en boga.


Escenarios de la vida social


La nobleza de viejo cuño sufría una crisis desde finales del siglo XVIII, especialmente, en el tránsito del Antiguo Régimen al Régimen Liberal. Crisis que tuvo que afrontar de diferentes modos. En este sentido, las pautas de comportamiento de la vieja nobleza iban a jugar un papel muy importante como manera de reafirmar su poder e influencia. Pero estas pautas no sólo venían determinadas por un sentimiento de amenaza respecto a su posición, sino que iban a dar una impronta propia a dicho grupo social a la vez que iban a servir de "modelo" a la nueva nobleza. Desde este punto de vista, la vida de sociedad tuvo una gran importancia como forma de mantener las viejas formas y perpetuar los complicados ceremoniales nobiliarios.


Despliegue de tapices en el salón comedor del palacio del Marqués de Manzanedo


Si bien a finales del siglo XIX -y hasta 1930 aproximadamente-, la mayor parte de la nobleza continuaba presente en la capital, la mayoría había perdido parte del poder político y económico, que en esos momentos tenía que compartir con la alta burguesía. Sin embargo, como respuesta a esa pérdida de poder, seguía monopolizando el poder social multiplicando fiestas y eventos. En aquella época, la principal dedicación de la nobleza era el ocio: las visitas, el paseo por Atocha y Recoletos, las fiestas palaciegas, las veladas de ópera en el Teatro Real. Aunque es verdad que, aunque a mediados del siglo XIX se produce un resurgir de los salones llevados por las aristócratas de cuño, su decadencia en relación al siglo XVIII es un hecho.


De esta manera, si bien la nobleza permitió el acceso a su ámbito de otros sectores sociales, dígase alta burguesía, lo hizo de una manera muy controlada y vigilada, es decir, que en cierto modo, puso resistencia a verse del todo sustituida por la nueva clase emergente. Así, incluso arruinada, hizo unos esfuerzos y sacrificios económicos con tal de mantener sus estatus social, no renunciando a su viejo modo de vida opulento y ostentoso.


Grupo de invitados a un baile de disfraces en el Palacio de Fernán Núñez


Dentro de los ámbitos de sociabilidad de la nobleza de Madrid, el salón fue considerado como el primer escenario de representación social y de la propia fusión con la alta burguesía, ya que ésta intentaba penetrar en los círculos aristocráticos y conseguir el ansiado ennoblecimiento, ya sea por favor o por medio del matrimonio. A este respecto, el salón fue un espacio de sociabilidad clave, ya que en él, además de albergar intrigas políticas o económicas, también sería escenario de intrigas amorosas. En estos momentos la estrategia matrimonial del grupo nobiliario consistía en maniobras a largo plazo, de fusiones con segundones, con la consiguiente creación de ramas familiares secundarias, buscando la consolidación de dicho grupo social. De ahí, que en definitiva, los salones dieron cobijo a la clase dirigente por excelencia, una clase que era producto de la fusión señalada.


La importancia de los salones y los bailes que en ellos se dieron, serán de capital importancia para la nueva nobleza porque le permitirá introducirse en el mundo aristocrático, en tanto en cuanto, ésta adoptó los usos y costumbres de la vieja aristocracia de sangre. Así, por ejemplo, los viejos palacios de la nobleza con un piso bajo de grandes ventanas enrejadas y otro piso alto, muy suntuosos por dentro y adornados con tapices y cuadros de gran valor, fueron sustituidos por los palacios burgueses, que trasladaron esa suntuosidad al exterior.


La elegante fachada del palacio de la Condesa de la Vega del Pozo


En cuanto a los bailes, algunos de ellos fueron celebrados en Palacio por la propia reina, Isabel II. Otros tuvieron lugar en los palacios de la alta aristocracia. Se trataba de unos bailes a los que podían asistir hasta cuatrocientas personas y su frecuencia era, si no diaria, al menos semanal. Según Azaña, en el invierno de 1849 a 1850, se dieron en las casas de la nobleza doscientos cincuenta bailes sin contar los de Palacio. Esto tenía lugar en un momento en que se reanudaba la vida de sociedad y llegaba la epidemia "que llaman pasión de riquezas, fiebre de lujo y de comodidades" que afectaba, sobre todo, a la nueva grandeza del comercio y del préstamo.


A este respecto, Guillermo de Cortázar ha señalado dos etapas en el comportamiento de la élite madrileña: la primera, que iría desde 1875 hasta el reinado de Alfonso XIII, caracterizada por la plena vigencia de los salones aristocráticos, la segunda desde 1914 a 1918, en la que tendría lugar la decadencia de estos salones y de una mayor aplicación y apertura de la élite. Así mismo tendría lugar un cambio en el espacio físico y urbano de Madrid, de tal manera que la construcción de los hoteles Ritz (1905) y Palace (1912) con sus respectivos salones, iban a permitir que esta élite se reuniera en ellos, a diferencia de la cerrada "vida de sociedad" de la época de la Regencia o del reinado de Alfonso XII.


El luminoso tocador de la Marquesa de Cerralbo, la Salita Imperio, que, al encontrarse junto al comedor de gala, servía para que las damas descansaran o se acicalaran después del almuerzo o la cena.



Pero volviendo al mundo de la vida social, cabe decir que asistía lo más granado de la juventud aristocrática, incluidos militares y oficiales de la Guardia. El cuerpo diplomático también estaba invitado y algunos embajadores como los de Rusia, Francia, Austria y Nápoles, incluso daban fiestas en sus propias residencias. Fernández de Córdova señala que hacia 1825, todos los domingos la duquesa de Osuna, condesa de Benavente, recibía "a la sociedad más selecta y escogida. Su base era el Cuerpo Diplomático extranjero y su propia familia". "La duquesa de la Roca era una señora de la primera Grandeza de España, daba los viernes bailes a donde era muy afortunado tener el privilegio de ir, pues escogía entre la juventud los más distinguidos". "Los sábados abrían los salones de la señora de Vallarino".


Otras señoras que cita son, por ejemplo, la duquesa de Benavente, la marquesa de Santa Cruz, la marquesa de Alcañices ("sin rival en la Corte"), Fernanda de Santa Cruz, condesa de Corres, la marquesa de Miraflores, la de Montelo, la condesa de Vilches (que solía acudir a la casa del conde de Ezpeleta), la duquesa de Castro Enriquez, etc. Es decir, que "las damas eran el principal ornamento de aquella sociedad".


Inés Francisca de Silva-Bazán y Téllez Girón, marquesa de Alcañices y duquesa de Alburquerque.


Pero quizás lo más destacado de estas reuniones eran el lujo y la suntuosidad que las presidían. Las señoras llevaban sus joyas más suntuosas y se ponían sus más elegantes vestidos. Fernández de Córdova recuerda en sus memorias a la condesa de Cervellón, "que apenas podía soportar el peso de los diamantes en su preciosa cabeza y sobre su elegante traje" y a la Infanta doña Luisa Carlota "radiante de hermosura y de riquísimas joyas, siendo las únicas que pudieron rivalizar en tal conjunto con la Princesa de Pastrana" (refiriéndose a la anfitriona de una fiesta celebrada los jueves en la embajada de Nápoles). En ellas incluso se daban conciertos a los que acudían los más importantes cantantes de ópera y artistas del momento y es que la nobleza tenía especial predilección por el mundo operístico, especialmente por la ópera italiana.


El suntuoso salón de baile del Palacio Cerralbo


jueves, 3 de marzo de 2011

La Nobleza de España

Los Nobles españoles son las personas que poseen la condición jurídica de nobleza en el sistema de títulos y honores de España y de los antiguos reinos que la conforman. Algunos nobles poseen varios títulos que pueden ser heredados, pero la heredatoriedad y la creación de esos títulos están totalmente limitadas a la gracia del Rey de España. Durante el gobierno del General Francisco Franco, algunos de los nuevos títulos hereditarios concedidos a individuos y los títulos concedidos por los pretendientes carlistas fueron reconocidos oficialmente.

Tras la ascensión al trono de España de la persona de Juan Carlos de Borbón en 1975, la corte de nobles que ocupaban un cargo en la casa real no fue restaurada.

Escudo en la fachada del Palacio de los Duques de Medinaceli (o Palacio Ducal de Cogolludo), Guadalajara, España


Clasificación

Los nobles españoles se clasifican ya sea como Grandes de España o, simplemente, como nobles titulados.

En el pasado, los Grandes se dividían en primera, segunda y tercera clase, pero ahora esta división ha dejado de ser relevante en la práctica, manteniéndose como dignidad titular. En un tiempo cada una de las clases conllevaba privilegios especiales, tales como: (1) aquellos que hablaban al rey y recibían su respuesta con la cabeza cubierta, (2) aquellos que se dirigían al rey descubiertos, pero que se ponían sus sombreros para escuchar su respuesta y (3) aquellos que esperaban el permiso del rey antes de cubrirse.

Además, todos los Grandes eran abordados por el rey como mi Primo, mientras que los nobles ordinarios eran calificados solo como mi Pariente.


Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto (1925 – 1986), 17º duque de Veragua y descendiente directo del Gran Almirante, es dos veces Grande de España.


Un individuo puede ser portador de una Grandeza, ya sea en posesión de un título de nobleza o no. Normalmente, sin embargo, cada Grandeza se une a un título, que es automática en el caso de un título ducal. La concesión de una Grandeza con otros rangos de la nobleza siempre ha dependido de la voluntad del soberano. Con excepción de los duques y algunos títulos muy antiguos de marqueses y condes, la mayoría de los títulos en la nobleza española no tienen Grandeza.

Un Grande de cualquier rango supera a un noble que no es Grande, incluso si el título sin Grandeza es de un grado más alto, con excepción de los miembros de la Familia Real española, que de hecho no tienen ningún título en absoluto. Por lo tanto, un barón (título de menor rango) que es Grande goza de mayor precedencia de un marqués (título de mayor rango) que no es Grande.


María del Rosario Falcó y Osorio (1854-1904), 22ª Condesa de Siruela, G.E.


Desde 1987 los hijos de un Infante de España, que tradicionalmente se consideran parte de la familia real, han tenido derecho al rango y el tratamiento de un Grande de España, pero no lo son legalmente a menos que la Grandeza le fuere oficialmente otorgada por el soberano; una vez que la dignidad ha sido oficialmente otorgada, se convierte en hereditaria.

Algunas familias aristocráticas usan la partícula nobiliaria de antes de su apellido familiar.


Títulos con Grandeza

  • Duque (Todos los duques son Grandes de España)
  • Marqués (Los hay Grandes de España y otros que no lo son)
  • Conde (Sólo algunos son Grandes de España)
  • Vizconde (Rara vez se encuentra este título como Grande de España)
  • Barón (Rara vez se encuentra este título como Grande de España)
  • Grandeza Personal (A gente que merece ser Grande pero no tiene título)

(Para una información más detallada, remito al lector a la entrada de fecha 8/8/2009)


La Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza de España, encabezada por el Conde de Elda, Enrique Falcó y Carrión, en audiencia con S.S.M.M. Los Reyes en el Palacio de la Zarzuela (2008)


Rangos

Además de los cinco rangos clásicos en los que se divide la nobleza española (duque, marqués, conde, vizconde y barón) existe también un título que a menudo se pasa por alto, el de Príncipe, utilizado por los titulares de un principado.Habitualmente no es incluido en las listas de nobleza española debido a que los títulos principescos son generalmente reservados para el heredero al trono y derivan de los antiguos reinos que se unieron para formar España. Hay, sin embargo, un principado noble que fue creado por el soberano español para los Barones de Belmonte, que sigue en uso hoy en día. Aunque la legislación del siglo XX terminó con el reconocimiento oficial del título de príncipe fuera de la familia real, proveyó una disposición que permite al titular de un principado llevar esa dignidad convertida en un título ducal del mismo nombre.


Sucesión

La evidencia que apoya el reclamo a un título puede ser revisada por la Diputación de Grandes y Nobles Titulados del Reino. El cuerpo cuenta con ocho Grandes de España, ocho nobles que no son Grandes y un presidente que debe tener tanto una Grandeza y un título hereditario sin Grandeza.


Los Grandes de España poseen el derecho a representar sus armas sobre un manto de terciopelo de gules, forrado en su vuelta de armiños, derecho que comparten con los soberanos.


La sucesión de títulos nobiliarios españoles es hereditaria, pero no es automática. La patente original que crea el título determina el curso de la sucesión. Mientras que los títulos nobiliarios históricamente han seguido la regla de la primogenitura de preferencia masculina, una ley española que entró en vigor el 30 de octubre de 2006, después de la aprobación de ambas cámaras del Parlamento, estableció la herencia de títulos nobiliarios hereditarios por el hijo primogénito, independientemente de su sexo. La ley es retroactiva al 27 de julio de 2005.

Tras la muerte de un noble, el heredero principal puede solicitar al rey a través del Ministerio español de Justicia un permiso para utilizar el título. Si el heredero principal no hace una petición dentro de dos años, también otros herederos pueden hacerlo por sí mismos. Por otra parte, existe un límite global de cuarenta años en el que se puede reclamar un título.


Portada: Almudena de Arteaga y del Alcázar, Marquesa de Cea, la mayor de los cinco hijos del duque del Infantado.


El solicitante debe demostrar que él o ella es un hijo, nieto o descendiente directo en línea masculina de un noble (ya sea un Grande o no), o que él o ella pertenece a determinados organismos u órdenes de caballería consideradas nobles, o que la familia del padre es reconocida como noble (si sucede a una Grandeza, la familia de la madre también). Por otra parte, se debe pagar una cuota; los honorarios dependen de si el título se une a una Grandeza o no y si el heredero es un descendiente directo o pariente colateral del titular anterior. La petición se concede normalmente, excepto si el solicitante es un criminal.

Los títulos también pueden ser cedidos a herederos que no sean principales durante la vida del titular. Normalmente, el proceso se utiliza para permitir que los hijos más pequeños sucedan a los títulos, mientras que el título de mayor rango va al heredero principal. Sólo los títulos subsidiarios podrán ser cedidos; el título principal debe ser reservado para el heredero mayor. La cesión de los títulos sólo se puede hacer con la aprobación del monarca.


Títulos vitalicios

Estos son los títulos nobiliarios concedidos por la Corona de España con carácter vitalicio (entre paréntesis figura el beneficiario):

1604 - Ducado de Cea (Cristóbal Gómez de Sandoval y de la Cerda)
1799 - Ducado de Lancáster (Agustín de Lancáster y Carvajal)
1802 - Ducado de Sedaví (Antonio de Barradas y Baeza)
1807 - Ducado de Almodóvar del Campo (Diego de Godoy y Álvarez de Faria)
1814 - Ducado de Alagón (Francisco Fernández de Córdoba)
1840 - Ducado de Morella (Baldomero Fernández Espartero)
1854 - Ducado de San Miguel (II) (Evaristo San Miguel y Valledor)
1928 - Ducado de Monteleón de Castilblanco (María Rosario Pérez de Barradas)
1933 - Ducado de Segovia (Jaime de Borbón y Battenberg)
1967 - Ducado de Badajoz (Pilar de Borbón y Borbón)
1981 - Ducado de Soria (Margarita de Borbón y Borbón)
1982 - Marquesado de Dalí de Pubol (Salvador Dalí i Domènech)
1995 - Ducado de Lugo (Elena de Borbón y Grecia)
1997 - Ducado de Palma de Mallorca (Cristina de Borbón y Grecia)



María del Rosario de Silva y Guturbay (1900-1934), 9ª Marquesa de San Vicente del Barco, G.E., 15ª Duquesa de Aliaga, Grande de España



lunes, 27 de diciembre de 2010

Dos coronas, dos consortes

En el ámbito de la joyería de la realeza existen dos piezas excepcionales, las coronas de Eugenia, Emperatriz de los Franceses y de Fabiola, Reina de los Belgas, que concitan un extraño emparejamiento. De una parte, pertenecieron a dos españolas, nacidas en la aristocracia pero ajenas al círculo de las familias reales, que llegaron a sentarse por derecho de cónyuge en dos tronos de Europa. Por otro lado, ambas coronas tuvieron un acusado parecido formal, ya que la de Eugenia, en su montaje de 1858, seguía un diseño heráldico mezclando elementos de las coronas ducal y marquesal, al igual que ocurría con uno de los montajes que aún en hoy puede adoptar la corona de la Reina Fabiola.


LAS ESMERALDAS DE LA EMPERATRIZ EUGENIA

Como es sabido, la granadina Eugenia de Guzmán Kirkpatrick Palafox y Portocarrero, condesa de Teba (1826-1920), era descendiente de nobles linajes españoles y llegaría a ser, por su matrimonio con Napoleón III en 1853, soberana de los franceses. Lógicamente, además de tener a su disposición las joyas de la Corona de Francia, Eugenia recibió numerosas alhajas a lo largo de su reinado, unas como regalos personales, otras por adquisiciones privadas o por herencia familiar. En 1870, cuando se derrumba el Segundo Imperio a raíz de la derrota de Sedán, la emperatriz gozaba de un fabuloso tesoro con que aparecía resplandeciente en las ceremonias oficiales y así la vemos en múltiples retratos.


Gran amiga de la reina Victoria de Gran Bretaña, Eugenia pensó casar a su hijo Luis Napoleón con la menor de las hijas de la soberana inglesa, la princesa Beatriz, más adelante Princesa de Battenberg por su matrimonio con el Príncipe Enrique. A pesar de que este proyecto se frustró por la prematura muerte del Príncipe Imperial, Eugenia guardó siempre un especial cariño a esta rama de la familia real británica y, especialmente, a la hija de la Princesa Beatriz, “Ena”, quien llegaría a ser reina de España. Eugenia se tomó gran interés en el destino de la bella Princesa de Battenberg, maniobrando activamente para hacer culminar en boda el noviazgo de Ena con Alfonso XIII.


Según Gerard Noel, cuando murió en 1920 la que fuera soberana de los franceses, su sobrino, el duque de Alba, se presentó ante la reina de España portando un estuche que contenía un bonito abanico. Doña Victoria Eugenia, como es bien sabido, era amante de las buenas joyas, pero debía de estar sobrada de abanicos, y no pareció quedar excesivamente satisfecha con la visión del legado imperial. Ante la insinuación del duque de que observase con más profundidad el estuche, la reina descubrió bajo el abanico un impresionante lote de esmeraldas colombianas que Eugenia de Montijo había recibido de Napoleón III y que lució en una impresionante corona realizada en 1858 por el joyero Fontennay.


Esta diadema tenía forma, entonces, de corona heráldica, entre ducal y marquesal, con la particularidad de presentar sólo siete florones en los cuales podía lucir zafiros o esmeraldas, o sustituirlos por perlas en forma de pera. Hay varias fotografías de Eugenia luciendo esta joya, de frente y de perfil, así como la miniatura, original de Pommeyrac, en la que también la muestra, en este caso engastada de zafiros.


Esta corona de Fontenney no debe ser confundida con la que realizó el también joyero Lemonnier y que hoy se conserva en el Louvre. Cuando cayó la monarquía bonapartista en 1870, ambas diademas fueron objeto de una larga discusión entre las autoridades de la Tercera República Francesa y la emperatriz quien, finalmente, recuperó la diadema de Fontenney. Aunque no hay noticia de que la usase durante su larguísimo exilio. Probablemente la haya desmontado, conservando las siete esmeraldas colombianas que legaría a la reina de España a su fallecimiento.

Ena de Battenberg hizo varias combinaciones con estas piedras. En un primer montaje, efectuado inmediatamente después de recibir las esmeraldas por la joyería madrileña Sanz, se lucían en un collar corto de gusto clásico, engastadas en un marco de roleos rococó de brillantes. Curiosamente, en este collar ya aparecen nueve esmeraldas, dos más de las siete que adornaban la diadema de la emperatriz Eugenia.


Una década después, la esposa de Alfonso XIII adaptó las gemas a la moda, imperante en aquellas fechas, de los largos collares en sautoir, para lo cual encargó a la Casa Cartier un nuevo montaje. Esta creación incluiría, además, una fabulosa cruz, tallada en una gran esmeralda de 45,02 kilates y cuatro centímetros de longitud. Curiosamente, esta cruz también está vinculada a la familia real española. Había sido propiedad de Isabel II y Francisco de Asís, de quienes la adquirió la emperatriz Eugenia para legarla años después a la Princesa Beatriz de Battenberg (madre de Ena).


Volvieron así a reunirse estas singulares esmeraldas de la española emperatriz de los franceses y de la reina Isabel II de España en propiedad de otra reina de España, Doña Victoria Eugenia. Con las esmeraldas de la Emperatriz y la cruz, Cartier entregó el 31 de marzo de 1931, pocos días antes de proclamarse la Segunda República, uno de los collares más fastuosos realizados por aquellos años y que se completaba con un par de pendientes a juego, por lo que Victoria Eugenia añadió varias esmeraldas, aunque de calidad claramente inferior a las colombianas originales. El gran fotógrafo Alfonso captó la imagen de la reina adornada con las alhajas en su nueva apariencia, retrato ejecutado en uno de los salones del Palacio Real de Madrid.


Ya en el exilio, Doña Victoria Eugenia vendió la esmeralda tallada en forma de cruz a Cartier quien, tras incluirla en 1937 en un nuevo collar, similar al que hizo en 1931 para la soberana, la vende a Madame Antenor Patiño, de quien la heredó su hija, Isabel Goldsmith.


Años después, quizás al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el resto de las esmeraldas fueron objeto de un nuevo montaje, que luce en una espléndida fotografía hasta ahora inédita, datada en 1949, cedida por la joyería Sanz, y con el que la soberana aparecerá retratada, esta vez en colores, en un reportaje publicado en el semanario norteamericano Life, en 1958. En esta ocasión, las piedras originales fueron montadas, nuevamente por la Casa Cartier, de la siguiente manera: una de las esmeraldas (de 16 quilates) se engarzó en una sortija, con dos brillantes en forma de gota y otros seis brillantes tallados en baguette; otra de las esmeraldas (de 18 quilates) en un broche, con cuatro grandes brillantes y ochenta pequeños. Finalmente, el collar ostentaba siete esmeraldas, seguramente las originales de la Emperatriz Eugenia, que sumaban 124 quilates, más cincuenta brillantes y otros 112 más pequeños. A este conjunto añadía Victoria Eugenia la diadema de brillantes de Cartier, cuyas perlas sustituía por esmeraldas cuadradas a juego con este aderezo, y que podrían proceder de alguna de las pulseras que luce en la fotografía de 1949.


En 1961, con objeto de conseguir liquidez económica para afrontar los gastos que se avecinaban con motivo de la próxima celebración de la boda de su nieto, el Príncipe de Asturias, Doña Victoria Eugenia puso en venta el collar, el anillo y el broche antes descritos. Fue comprado por la Casa Cartier y luego adquirido inmediatamente por Reza Pahlavi, Emperador del Irán. Esta joya, como tantas otras, pasó a formar parte del Tesoro Nacional iraní y quedó en Teherán al caer la monarquía de los Pahlavi en 1979, no teniéndose noticia de que haya sido enajenado por las autoridades islámicas de aquella república.


LA CORONA DE LA REINA FABIOLA

Fabiola Mora y Aragón es la esposa –hoy viuda- de Balduino, Rey de los Belgas. Hija del IV marqués de Casa Riera y conde pontificio de Mora, don Gonzalo Mora y Fernández, casó con el soberano belga el 15 de diciembre de 1960. Fabiola pertenecía a la aristocracia madrileña y su figura discreta generaba, en los medios que la trataban, una simpatía que se extendió a toda la sociedad española en cuanto se hizo pública la noticia de su compromiso. El monarca belga era un hombre que despertaba igualmente sentimientos benevolentes, aureolado de un cierto misticismo por rumores que veían en él una vocación al estado religioso.




Cuando se supo que doña Fabiola compartiría el trono con el rey Balduino se prodigaron los homenajes a su persona, muchos ellos en forma de regalos. Sin duda uno de más valiosos que recibió fue una joya de empaque auténticamente regio, que se le presentó en forma de corona marquesal, cuya posesión era ciertamente frecuente entre las casas tituladas de la época, aunque en su mayoría eran de factura decimonónica.


La pieza también puede lucirse como collar y como diadema, contando para ello con las monturas correspondientes. Como era el regalo de la nación española, le fue entregado por la esposa del entonces Jefe del Estado, doña Carmen Polo de Franco, quien se personó en el Palacio de la calle Zurbano y, ante una multitud de periodistas gráficos, entregó la corona en uno de los estuches a la futura reina de los Belgas. Sobre el escritorio rococó situado tras las dos damas quedaba un segundo estuche con la montura que permitía lucir la joya como diadema. Fabiola la escogería como tocado, en su forma de corona, para el baile que se celebró en el Palacio Real de Bruselas la noche anterior a la boda, gala en la que se dieron cita gran número de reyes y príncipes de la vieja Europa.


Aunque toda la prensa se hizo eco de la noticia, ninguna información trascendió del origen del presente. No se sabía la identidad del fabricante ni la identidad de sus anteriores propietarios, caso de que no se hubiese elaborado ex profeso para la ocasión. Años después, el periodista Jaime Peñafiel reveló que este regalo había sido adquirido por el Estado español de una familia titulada que había tenido depositada la corona durante muchos años en un convento para servir de ornato a una imagen de la Virgen. Esta circunstancia había dado oportunidad a las religiosas que custodiaban la joya de ir substituyendo las piedras preciosas que le daban color por vidrios sin ningún valor económico, vendiendo tales gemas para hacer frente a las sucesivas necesidades del convento. Así, los dos juegos de esmeraldas y rubíes, que se podían colocar en los florones de la tiara alternando sus diferentes tonalidades o combinándose como se estimase adecuado en cada ocasión, sirvieron a lo largo de los años para aliviar las penurias de la comunidad y, cuando los joyeros de la Corte belga examinaron la alhaja, quedaron impresionados ante la chocante situación que se detectaba. Según se dice, el Estado español adquirió presuroso un lote completo de esmeraldas y rubíes para renovar la ornamentación falsificada.


Fabiola lleva la corona con aguamarinas en su visita oficial a Brasil en 1965.



La reina de los Belgas usando la corona con rubíes en la visita de Estado de la reina de Inglaterra a Bélgica en 1966.


Se dijo que la Reina Fabiola no volvió a usar la joya después de aquel fastuoso baile de la noche del 14 de diciembre de 1960, pero hay testimonios gráficos que demuestran lo contrario. La soberana belga escogió esta alhaja, como corona, para lucirla en sendas visitas oficiales, junto a la Reina de Inglaterra y a la Emperatriz del Irán, famosas ambas por sus soberbios aderezos. También la escogió para su estancia en Viena y, como diadema, se vio en Dinamarca, en Marruecos, en el Vaticano durante una visita al Papa Pablo VI, y en varias recepciones en Bruselas, junto al Mariscal Tito o los Grandes Duques de Luxemburgo.



Fabiola usando la corona estilo diadema con aguamarinas con un aderezo de aguamarinas brasileñas y diamantes.


Como collar, a guisa de ejemplo, brilló en el Palacio Real de Madrid cuando, en 1978, los monarcas belgas devolvieron a Don Juan Carlos y Doña Sofía su anterior visita de Estado a Bruselas. Para terminar, como diadema, Fabiola también la ha utilizado en un sinfín de oportunidades, como en su visita a la entonces República Federal alemana, en la que aparecieron las aguamarinas que le había regalado el Rey Balduino para, junto a las esmeraldas y los rubíes, combinar piedras de diferentes colores en pieza tan versátil. Ya viuda de Balduino, la diadema ha vuelto a brillar recientemente, con motivo de la visita de los Reyes de Suecia a Bélgica.



La reina de los Belgas usa las flores de la diadema montadas en un collar


La familia española que la tuvo en su propiedad antes de la Reina de los Belgas fue la Casa Ducal de Medinaceli, a la cual se la adquirió el Estado por indicación de Doña Carmen Polo, cuya amistad con tan egregio linaje era conocida en la época del enlace del Rey Balduino. Un retrato que Dubufe pintó de la duquesa Ángela, fechable en torno a la Navidad de 1859, conservado en el Hospital Tavera, de Toledo, nos muestra esta corona, ornada de rubíes.


Carmen Martínez Bordiú, nieta primogénita de la que después sería Señora de Meirás, cuenta en sus memorias cómo recibió, en su lecho de enferma, la visita de su abuela que portaba, como extraño juguete, la corona que se iba a regalar a Fabiola Mora. Textualmente narra: Quizá el acontecimiento que, por una serie de motivos, se me quedó más grabado en mi infancia y comienzo de la adolescencia fue la boda de Balduino y Fabiola. No olvidaré que días antes de que se casaran mi abuela entró en el dormitorio…, se sentó en mi cama y abrió una caja en la que estaba la corona que el Estado español le iba a regalar a Fabiola. Me quedé deslumbrada, porque era grande, llena de brillantes y esmeraldas. Era la primera vez que veía una joya así, tan importante.


María Manuela Kirkpatrick, condesa de Montijo, persiguió con ahínco, y consiguió que su hija Eugenia ciñese una corona imperial. La emperatriz tuvo poder e influencia, que simbolizaban las joyas como la que hemos estudiado detenidamente, pero todo se volatilizó por los avatares de la Historia. Fabiola de Mora, a diferencia de la condesa de Teba, nunca abrigó ningún interés en ocupar puestos destacados ni en ceñir ninguna corona real y fueron argumentos muy ajenos a las pompas cortesanas los que la llevaron a subir al trono belga junto a Balduino I.


Ninguna de las dos dejó descendencia biológica, pero sus trabajos han tenido muy diferente destino: mientras que el Segundo Imperio napoleónico hoy no es más que un recuerdo en la historia de Europa, la monarquía belga, tras violentas sacudidas, parece estabilizada y puede encarar su futuro en la Unión Europea confiadamente, ante la perspectiva de ver en los próximos decenios a los futuros Reyes, Felipe y Matilde, sobre la senda que trazaron, desde los años 60, sus tíos Balduino y Fabiola.


Las esmeraldas que Napoleón III regalara a Eugenia, efímeramente lucidas en la corte de Madrid por Doña Victoria Eugenia, adornaron durante unos años a la Emperatriz Farah, y hoy han quedado semiescondidas en la Banca Nacional de Teherán, con poca utilidad más que la que tenían en las minas colombianas originarias. Por el contrario, la corona que España regaló a Fabiola sigue haciendo sus funciones representativas en la corte de la brumosa Bélgica.


sábado, 18 de diciembre de 2010

Las "joyas de pasar" de la familia real de España

A diferencia de Inglaterra, España no tiene Joyas de la Corona en sentido estricto. Sólo se guarda una sencilla corona y un cetro de plata sobredorada en el Palacio Real, que simbolizan el Reino, y que presiden sobre un almohadón algunos actos solemnes de la monarquía. Quizás por esto, una inglesa, la reina Victoria Eugenia, creó las llamadas "Joyas de pasar", para que las reinas de España las usen y disfruten, pero no se dispersen entre los herederos, como ha venido ocurriendo. Son pocas joyas en número, pero importantes y significativas. Fue la Condesa de Barcelona la que acuñó la expresión joyas "de pasar", cuando la reina Victoria Eugenia (nacida princesa de Battenberg) le entregó las piezas históricas al morir su esposo, el rey Alfonso XIII. Doña María de las Mercedes no quiso aceptarlas mientras su suegra viviera y la única vez que las lució todas fue, a petición de la propia Victoria Eugenia, en la coronación de Isabel II de Inglaterra, "porque yo aquí estoy como princesa inglesa y reina madre, mientras que tú estás como reina de España", le dijo a doña María.


Doña María de las Mercedes, Condesa de Barcelona, en la coronación de Isabel II de Inglaterra (1953)


Doña Sofía, atenta a este nuevo espíritu, cedió la diadema helénica a la Princesa de Asturias el día de su boda en 2004. Doña Letizia va luciendo progresivamente algunas joyas de familia de modo institucional. Los observadores piensan que la reina ha decidido "pasar" su diadema de princesa a la actual Princesa de Asturias, para incrementar este tipo de joyas personales pero históricas de la monarquía. Desde la boda de Don Felipe la reina no ha vuelto a lucir la joya y, según fuentes fidedignas, hoy se custodia en el Pabellón de los Príncipes, a disposición de Doña Letizia.

La llegada de Victoria Eugenia a la corte madrileña supuso todo un cambio en las costumbres y tradiciones palaciegas. La Princesa de Battenberg era titular de una dote de cierta entidad que, en lo referente sólo a joyas, ascendía a 1.147.286 pesetas, cifra importante para aquellas fechas. A esta cantidad habría que sumar las alhajas recibidas como regalo de bodas por parte de Don Alfonso XIII y que, según tasación realizada en 1906, con ocasión de sus esponsales, ascendían a 1.158.000 pesetas. La suma total de más de 2.300.000 pesetas era verdaderamente astronómica: teniendo en cuenta que el sueldo anual de un alto cargo de palacio en aquellos años ascendía a tres mil pesetas, las joyas de Doña Victoria Eugenia equivalían al trabajo de un año de mil funcionarios de esta índole.

Entre las alhajas que le regaló Alfonso XIII, las piezas son enormemente representativas, y muchas de ellas alcanzaron fama internacional:

–Una pequeña corona real, obra de Cartier, que en la parte baja lucía cuatro esmeraldas rectangulares, cuatro rubíes y ocho brillantes de regular tamaño y ocho ornamentos de brillantes más pequeños. De la base se elevaban ocho florones de los que partían otras tantas diademas que se unían en un orbe rematado con una cruz, todo ello cuajado de brillantes. Es la que porta la reina en el cuadro de Comba que durante años se conservó en el Palacio Real de Madrid. En los años siguientes, la reina solía utilizarla en las ceremonias de apertura de Cortes y con ella se retrató en un conocido lienzo de Álvarez de Sotomayor.

–Un medio aderezo compuesto por el collar de perlas de la Reina Mercedes (su suegra), al que se le habían retirado cuatro de ellas, y un colgante de lazo cuajado de brillantes, descrito en su momento como de estilo Luis XV, que lleva en su centro una gran perla casi esférica de 85, 25 gramos y del que pende otra gran perla, en forma de pera, cuyo peso es de 218,75 gramos. Esta última es la que la familia real española considera como la «Peregrina» y Ansorena modificó su engarce para que pudiese colgar del collar antes descrito o de un broche, con una perla rodeada de brillantes, que han lucido con frecuencia la Condesa de Barcelona y la Reina Doña Sofía.


-Una diadema de brillantes, algunos excepcionales, con tres flores de lis, realizada por la casa Ansorena.

-Un collar rivière con 30 grandes brillantes montados a la rusa -en chatones con garras esmaltadas a lima- sobre platino, también de la firma Ansorena.

-Unos botones de brillantes, denominación que en la época se daba a los pendientes que no cuelgan, igualmente debidos a los talleres de Ansorena.

A esta fortuna habrán de añadirse los regalos hechos por otros miembros de la familia real:

-Una diadema de brillantes y perlas de estilo rococó y un collar de gruesas perlas de seis hilos, regalo de la Reina Madre, Doña María Cristina.



-Un colgante y pendientes de rubíes y brillantes de la Infanta Doña María Teresa.

-Un colgante de zafiros y diamantes de la Infanta Doña Isabel.

-Un brazalete de rubíes y brillantes del Príncipe viudo de Asturias, Don Carlos.


Con la Diadema de las Flores de Lis, el collar de perlas de la Reina María Mercedes, las pulseras gemelas, el broche art-déco de Cartier y los pendientes de brillantes gruesos.


Al advenimiento de la República las joyas de la Reina abandonaron España con ella en el verano de 1934, en una operación en la que intervino el consulado británico en Madrid. Victoria Eugenia no sólo puso a buen recaudo su colección, sino que se ocupó de hacer llegar al rey las de su madre, que Don Alfonso no pudo llevar consigo en su precipitada huida de España desde Cartagena.


Ya en el exilio, la reina, a la que gustaba modificar el aspecto de las joyas de su propiedad, hizo desmontar la pequeña corona que recibiera como regalo de bodas de su marido, ya que estaba pasada de moda y resultaba claramente inapropiada para una soberana en el exilio. Con sus brillantes se fabricaron dos pulseras, que Victoria Eugenia hizo «pasar» testamentariamente a su hijo Don Juan. Efectivamente, un codicilo testamentario sitúa en primer plano las ocho piezas descritas al vincular su propiedad, ya por tres generaciones, al Jefe de la Casa.


El testamento de Doña Victoria Eugenia comienza así: “Dado en Lausanne, a 29 de junio de 1963. Yo, doña Victoria Eugenia de Battenberg y Windsor, Reina que fui de España por mi matrimonio con el Rey Alfonso XIII, de cuyo enlace subsistieron al presente cuatro hijos, llamados Don Jaime, Don Juan, Doña Beatriz y Doña Cristina, por el presente testamento ológrafo ordeno mi última voluntad según las siguientes cláusulas…”. Cuando se hizo público, se encontraron dos codicilos también ológrafos y escritos en papel con el membrete de “Vieille Fontaine”.

En el primero de ellos se lee:

Las alhajas que recibí en usufructo del Rey Don Alfonso XIII y de la misma Infanta Isabel, que son:
- Una diadema de brillantes con tres flores de lis
- El collar de chatones más grande
- El collar con treinta y siete perlas grandes
- Un broche de brillantes del cual cuelga una perla en forma de pera llamada “La Peregrina”
- Un par de pendientes con un brillante grueso y brillantes alrededor
- Dos pulseras iguales de brillantes
- Cuatro hilos de perlas grandes
- Un broche con perla grande gris pálido rodeada de brillantes y del cual cuelga una perla en forma de pera.
Desearía, si es posible, se adjudicasen a mi hijo Don Juan, rogando a éste que las transmita a mi nieto Don Juan Carlos.
El resto de mis alhajas, que se repartan entre mis dos hijas
”.