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sábado, 28 de agosto de 2010

Diana, Princesa de Gales

La camarera del palacio de Kensington puede enorgullecerse de haber conocido, como pocos, la vida, intimidad y, principalmente, el gusto de Diana, Princesa de Gales. Su vestuario, controlado por un programa de computadora, tal vez sea el mejor retrato de esa mujer que hizo historia, lanzó modas y definió tendencias en una de las capitales más elegantes del planeta. Diana combinó estilo con comportamiento y fue mudando su ropa a medida que abandonaba el papel de esposa dedicada de los ’80 para transformarse, a fines de los ’90, en militante de causas humanitarias. Impecable pero casual visitó, en agosto de 1997, los campos minados de Bosnia, vistiendo un conjunto básico de pantalones jeans negros y camisa de algodón rosa, firmado por Giorgio Armani. Poco recordaba a la tímida profesora de primaria que a fines de los ’70 llevaba cuellos altos y vestidos llenos de volados.

Diana fue un fashion-icon y para nosotros, los ingleses, significaba un soplo de glamour, charme y elegancia dentro de una familia real que necesitaba desesperadamente de eso”, analiza Mimi Spencer, columnista londinense especializada en moda y que, británicamente, evita mencionar los vestidos de la Reina y los sombreros de la Reina madre. “Comenzamos a sentir orgullo de una princesa que era admirada, respetada y copiada en Francia, en Estados Unidos y en todo el mundo”.




Más o menos rebuscado, casual o de gala, el estilo Di se volvió casi una religión para millones de mujeres alrededor del planeta. En el Reino Unido, por ejemplo, cualquier cambio en el largo de sus cabellos motivaba una corrida a los estilistas, que rápidamente asimilaban el nuevo estilo como un modelo de buen gusto. No siempre lo era, pero, ¿a quién le importaba? Dueña de un carisma sin medida, Diana siempre robaba la escena. En junio de 1994, mientras el Príncipe Carlos asumía en la televisión que había traicionado a su mujer, ella apareció en una fiesta de la Serpentine Gallery, en Hyde Park, con un impactante vestido corto y escotado de Christina Stambolian, que dejaba sus hombros y piernas al descubierto y era una oda a la sensualidad. Delgada, alta y totalmente magnética frente a las cámaras, la princesa parecía impecable hasta cuando huía de los paparazzi al salir de la academia de gimnasia de Earl’s Court, vistiendo un ajustado short negro marca Nike y un suéter de la Universidad de Harvard. El conjunto, naturalmente, se volvió un modelo de uniforme para las adeptas al aerobismo.


Con una interminable agenda de compromisos oficiales para cumplir, la princesa poseía una de las mayores colecciones de vestidos del mundo; parte de ellos fue disputado, en junio de 1997, en una subasta en Christie’s de Nueva York y sus beneficios fueron destinados a obras de caridad. En los inicios de su vida como princesa de Gales, la inglesa Catherine Walker se convirtió en su diseñadora preferida. Las prendas de noche tenían vuelo, eran vaporosas, en telas ricas en bordados y pedrerías. Los escotes, siempre presentes, se podían definir como bien comportados. El denominador común: imprimir distinción en todo acontecimiento público con una imagen de princesa de cuento de hadas.

En los años ’90, separada del príncipe de Gales, quiso desprenderse de la imagen de mujer recatada que resultó traicionada y cambió volados y pedrería por escotes osados y diseños ajustados al cuerpo que revelaban su sensualidad. Entraron en su guardarropa Valentino, Jacques Azagury y Gina Fratini. El italiano Gianni Versace se convirtió en su amigo y también en proveedor de ropa tanto para cenas de gala como para visitas a hospitales y centros de caridad. Cuando presentó su primera colección para Casa Dior, el talentoso diseñador inglés John Galliano también mereció el privilegio de vestir su silueta elegante. Dior retribuyó su preferencia bautizando una cartera de mano de cuero, de formato cuadrado y asas cortas, con el nombre de “Lady Di”, lo que la transformó en uno de los diseños más codiciados y fila de espera para adquirirla, pese a su elevado precio de 2.000 dólares.

Para las casas de moda y los diseñadores, vestir a la Princesa de Gales fue siempre una certeza de éxito en los negocios antes de las liquidaciones. Ella tenía plena conciencia de ello y, casi con la misma dedicación que dedicó a los proyectos de caridad, dio prestigio a un considerable elenco de diseñadores ingleses: Bruce Oldfield y Catherine Walker, sus preferidos, Víctor Edelstein, Belville Sassoon y los hermanos Emanuel, responsables de su célebre vestido de novia.

Diana fue el primer miembro de la familia real británica en no considerar subconscientemente a sus diseñadores como “comerciantes”. Siempre estaba preparada para dar relieve a la cena de gala ofrecida a los compradores extranjeros en el Fishmonger’s Livery Hall por el Consejo Británico de la Moda, o a la gala en beneficio de Barnardo organizada por Bruce Oldfield en el hotel Grosvenor House. Al mismo tiempo, hizo dos contribuciones menos concretas: sostener la posición de Londres como la cuarta capital de la moda, proporcionando un foco global para la moda británica, con fotografías y explicaciones sobre sus diseñadores que aparecían incesantemente en publicaciones desde Nueva York a Tokio y desde Vancouver a Riyadh; y ayudar a crear un clima de conciencia de la moda en las principales calles británicas.

En los ’70, las noticias sobre la moda aparecían en los periódicos sólo una vez a la semana, en las páginas dedicadas a la mujer. Diana elevó la temperatura del país a tal grado que ningún director de diario podía dormir tranquilo si no publicaba una fotografía a cuatro columnas de su último vestido de noche con profundo escote en la espalda. Y el apoyo de la princesa a determinados diseñadores promovía la venta de vestidos porque, en contraste con Estados Unidos, era la única mujer de Gran Bretaña que vestía un amplio repertorio de prendas.

Se escribió tanto sobre los nuevos vestidos de la princesa y de su romántica transformación, de maestra de jardín de infancia a embajadora de la moda británica, que resultaba fácil olvidarse de las implicaciones comerciales locales. Los periódicos ingleses escrutaban las nuevas prendas de Diana con una fascinación reservada únicamente a la guerra: el nuevo diseñador, héroe del frente; el repentino e inesperado revés en la fortuna de algún modista; la retirada estratégica de la línea del dobladillo. Y, con todo, se preocupaban por los precios de las nuevas prendas. Si se le vendía con descuento un traje de noche (lo que ocurría con frecuencia), entonces se producían muestras de descontento por la desigualdad de oportunidades. Cuando pagaba el total del precio marcado, Inglaterra se sentía perpleja por el costo y se preguntaba angustiada si en realidad necesitaba tantos vestidos.

Cuando se realizó el viaje a Italia del Príncipe y la Princesa de Gales en 1985, el londinense Daily Star lo anticipaba de esta forma: “LA EXCURSIÓN DE CIEN MIL LIBRAS DE DIANA. LA PRINCESA HA ADQUIRIDO SETENTA Y CINCO NUEVOS VESTIDOS PARA DESLUMBRAR A LOS ITALIANOS”. Pero terminaba la nota diciendo: “Bellísima… es la única palabra para describir a la radiante Princesa Diana”.

Pero bellísima no era la palabra que la prensa norteamericana elegía con más frecuencia. La relación entre los periodistas de modas neoyorquinos y el vestuario de Diana era tan compleja que sólo un psicoanalista especializado en el desarrollo de productos podría llegar a desentrañarla. Por un lado alababan sin cesar a la princesa por su buen gusto (“sólo la Princesa Diana podría llevar un sencillo suéter de Edina Ronay y conseguir que la luz de los focos se apartara del príncipe, en el campo de polo, para enfocarla a ella”, Detroit Free Press). Luego la vapuleaban por sus errores, como W, en su suplemento sobre las víctimas de la moda de 1985: “Extrajo a antiguos favoritos, como Emanuel, de la división de prendas olvidadas para hacerlos resurgir como los peores conjuntos del viaje italiano; una tiesa chaqueta de cuadros verde esmeralda con el atractivo de una manta de caballo. La bufonada se completó con el añadido de un amplio y amorfo sombrero esmeralda”.

Los diez años de matrimonio de hecho la princesa permaneció leal a los productos ingleses, al menos en público. En privado vestía algún Ralph Lauren, adquirido en la tienda de New Bond Street y unos pocos jerseys de Armani. Los lugares relativos dentro de los doce favoritos de Diana dependían en grado sumo de los diseñadores rivales. El vestuario real para los viajes a Australia y Canadá en 1984 presentó una diferencia con las tendencias de la princesa de seis años después. El viaje australiano duró el bíblico número de cuarenta días y cuarenta noches. El recorrido por Canadá fue más corto, sólo duró dieciocho días. En conjunto, Diana tuvo actos oficiales durante cuarenta y siete de aquellos días y cuarenta y tres de las noches y vistió un total de ochenta y dos conjuntos.

Después de tres meses de compras y de pruebas con varios de los nombres que eran nuevos para ella, se empaquetaron prendas de diecinueve diseñadores (desde seis piezas de Donald Campbell a una sola de Emanuel, pasando por The Chelsea Design Co., Jacques Azagury, Jasper Conran o Haachi) dentro de los noventa baúles monogramados que se cargaron a bordo del Boeing 707 de la RAF con destino a Woomargarma. Allí había también veintisiete sombreros de John Boyd, un par de blusas de Oscar de la Renta (única prenda de un diseñador extranjero que usó en un viaje oficial), además de zapatos de Blahnik y Rayne. El amplio alcance y el gran número de diseñadores a quienes Diana concedió su confianza eran prueba de su creciente familiaridad con la reducida condición de la moda británica. Aunque hubiera sido más conveniente que se restringiera a tres o cuatro diseñadores (igual que sus mayores en la familia real hacían con Hardy Amies y Norman Hartnell), en lugar de rastrear por todas partes e ir por ahí explicando lo que deseaba.

Cinco años más tarde, la princesa solicitaba menos consejo a los expertos (Anna Harvey, directora del Vogue británico, fue en gran medida quien creó el estilo de la Princesa de Gales). Se sentía a gusto en compañía de los diseñadores y había reducido su repertorio: Edelstein, Oldfield, Jasper Conran, Catherine Walker y Edna Ronay. Según David Sassoon, “al principio, ella revivió el romanticismo, luego optó por una moda más audaz; ahora ha regresado al romanticismo. Ha dado un giro total en seis años”.


Ha lucido desde las faldas anchas hasta las ceñidas, ha experimentado con todos los colores (según la etiqueta, tenía que llevar colores vivos para resaltar en medio de la multitud pero lo hacía con estampados hasta encontrar los tonos enteros que luego la favorecieron), pero sus telas favoritas eran el terciopelo, el tafetán y el satén. Según Victor Edelstein: “La Princesa de Gales ha optado por la silueta Y, que le sienta de maravilla”, dijo refiriéndose a sus trajes de hombros amplios y faldas estructuradas y angostas.
La belleza y la juventud de la princesa son tan fuertes que no necesita adornos artificiales –concluía el diseñador norteamericano Bill Blass en 1988-. Su imagen nocturna es buena porque tiene la ventaja de poseer grandes joyas y de poder lucir vestidos sin tirantes”. Arnold Scaasi, otro norteamericano, coincidía que “…es muy joven y bonita, pero también posee una cualidad que resulta… muy aristocrática. ¿Es esa la palabra? Creo que Jackie Onassis tenía esa cualidad. Resulta muy bonita, pero hay en ella una cierta elegancia y porte que la hace muy señorial. Esa cualidad es un don.”
Diana adoraba los colores vivos. Usaba el rojo, el rosa oscuro o el azul cielo para descollar en medio de la multitud y eran agradables a la vista. El azul lo utilizaba para dar realce a sus ojos. Los tonos pálidos y el blanco los llevaba a menudo como contraste a su cabello rubio y su cutis de rosa. El negro lo reservaba para la noche y lo acompañaba con brillantes joyas. Para las cenas oficiales lucía los opulentos aderezos que le regalaba la Reina o el príncipe de Gales, pero a veces rompía todos los moldes variando la forma de usarlas. No era raro verla con un diseño de noche y un collar de perlas anudado sobre la espalda desnuda. En otras ocasiones daba vueltas a sus gargantillas y las convertía en brazaletes o colocaba un choker en la frente, a modo de bandana india. Muchos de sus trajes de noche dejaban un hombro al desnudo y eran creados especialmente para ella por el japonés Haachi. Llevaba también muchos trajes de dos tonos para verse menos alta.

Desde 1983 fue integrada en el Hall of Fame de las mujeres más elegantes del mundo. Pero había tanteado paso a paso su camino. En sus dos últimos años, cansada de ser perseguida por la prensa, parecía estar decidida a relajarse. Tuvo una etapa étnica, con trajes de estilo paquistaní. Eligió excepcionales trajes de chaqueta de Versace, Tomasz Starzewksi o Catherine Walker que ceñían su silueta, sutilmente insinuantes y acentuaban su porte distinguido. No perdía oportunidad de exhibir sus bien torneadas piernas o sus magníficos hombros; otra cosa que manejaba a la perfección era el arte de llevar los pequeños bolsos de mano, que elegía en lugar de los bolsos colgados del hombro para no estropear el look de su vestido. Jasper Conran, Lacroix, Chanel y nuevamente Versace elegía para los trajes de noche. Moschino era otro de sus favoritos. Sus reales pies preferían las etiquetas de Charles Jourdan y Manolo Blahnik, a las que solía añadir la de Christian Dior en las medias, que usaba en estudiada armonía (como todo lo demás) con el resto del vestuario. Su imagen, pese a ser cara, había puesto a la corona “en órbita”.

En sus vacaciones de verano en Saint Tropez combinó la alegría con la modernidad, aunque con ropa sofisticada de marca. Se vistió de playa con mallas enterizas bicolores y estrenó un modelo estampado atigrado. Con el pretexto de huir de los paparazzi usó anteojos oscuros de Versace. Paseaba de bermudas blancos, camisa y bolso de mano de Louis Vuitton. Vestía lo básico, pero parecía preparada para protagonizar un reportaje de primera página.


Cedió al asedio de las más célebres revistas de moda, como Vogue, Harper’s Bazaar y Vanity Fair, y posó como una top model real para los fotógrafos Patrick Demarchelier y Mario Testino. “Diana se convirtió en mi modelo preferida. La primera vez que la vi, quedé impresionado con la forma en que ella irradiaba su belleza”, así la elogia Demarchelier, que la vistió de Versace y Catherine Walker. Ya que no podía escaparse de los medios, decidió aprovecharse de ellos para incrementar sus proyectos personales y sociales. En esas fotos de estudio, parece una modelo profesional, cómoda, relajada y sexy. Tampoco economiza sonrisas, una marca registrada suya que, para mala suerte de los ingleses, fue la única característica que no se convirtió en moda en las islas británicas. Sus esfuerzos en el correr de los años para mejorar su persona, su imagen y dejar a su paso una bella estela fue un magnífico ejemplo de esfuerzo y de tenacidad.



jueves, 19 de agosto de 2010

Alexandra, Reina Consorte del Reino Unido

Cuando la Princesa Alexandra Caroline Marie Charlotte Louise Julia de Dinamarca -o "Alix", como era conocida entre su familia- desembarcó del yate real Victoria and Albert II en Gravesend, Kent, el 7 de marzo de 1863, Sir Arthur Sullivan compuso una pieza musical especialmente para su arribo y Alfred Tennyson, el Poeta Laureado, escribió una oda en su honor.



Había nacido en Copenhague –hija del Príncipe Christian de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg y de la Princesa Louise de Hesse-Cassel-, pero fue en el Castillo Real de Laeken, en Bélgica, donde Albert Edward, hijo primogénito de la reina Victoria, propuso matrimonio a la princesa danesa de 16 años. Se casaron 18 meses más tarde, en la capilla del castillo de Windsor, elección criticada en la prensa (al estar fuera de Londres las enormes multitudes de público no podrían ver el espectáculo), por invitados en prospecto (como el lugar de celebración era pequeño, muchas personas que esperaban invitación no la recibieron) y por los daneses (solo fueron invitados los parientes más cercanos de Alexandra). La corte todavía estaba de luto por el Príncipe Alberto, por lo que las damas estaban restringidas a usar gris, lila o malva.



Para el fin del año siguiente, el padre de Alexandra había ascendido al trono de Dinamarca, su hermano Georgios se había convertido en Rey de los Helenos, su hermana Dagmar estaba comprometida con el zarevitch de Rusia y Alexandra había dado a luz a su primer hijo, Albert Victor, dos meses prematuro. Sería una madre devota de sus hijos; según comentó un allegado, “estaba en la gloria cuando podía correr a la nursery, ponerse un delantal de franela, lavar ella misma los niños y verlos dormir en sus pequeñas camas”.

Como princesa de Gales ganó los corazones del pueblo británico y se volvió inmensamente popular; su estilo de vestir y su porte eran copiados por las mujeres seguidoras de la moda. Aunque estaba excluida totalmente de blandir cualquier poder político, Alix intentó infructuosamente influir en la opinión de los ministros y de su familia a favor de sus parientes reinantes en Grecia y Dinamarca.




En público Alexandra era digna y encantadora; en privado, afectuosa y divertida. Disfrutaba de las variadas actividades sociales, incluyendo el baile y el patinaje sobre hielo. Era una experta amazona y conductora de carruajes y le atraía la caza, para consternación de la reina Victoria, quien le pedía que se detuviera pero sin éxito. Incluso después del nacimiento de su primer hijo, ella continuó comportándose como antes, lo que condujo a fricciones entre la reina y la joven pareja, agravadas por el odio de Alejandra hacia los alemanes y la parcialidad de la reina hacia ellos. Todos los hijos de Alix y Bertie nacieron, al parecer, prematuramente; la princesa no quiso que su suegra estuviera presente en sus partos, así que deliberadamente engañó a la reina sobre sus probables fechas de nacimiento. Cuando dio a luz a su tercer hijo en 1867, la complicación añadida de un ataque de fiebre reumática amenazó la vida de Alexandra, dejándola con una cojera permanente.




Los Gales hicieron de Sandringham House su residencia preferida, con Marlborough House como su base londinense. Los biógrafos coinciden en que su matrimonio fue en muchos sentidos feliz; no obstante, algunos han afirmado que Bertie no dio a su esposa toda la atención que le hubiera gustado y que gradualmente fueron alejando uno del otro hasta que su ataque de fiebre tifoidea a finales de 1871 trajo la reconciliación. A lo largo de su matrimonio el príncipe continuó manteniendo relaciones con otras mujeres, la mayoría de las cuales con pleno conocimiento de su esposa, quien más tarde permitió a Alice Keppel visitara al rey mientras agonizaba. Alexandra, por su parte, se mantuvo fiel durante todo el matrimonio.

Un mayor grado de sordera, causada por la otosclerosis hereditaria, condujo al aislamiento social de Alejandra; pasaba más tiempo en casa con sus hijos y mascotas. Su sexto y último embarazo terminó en tragedia cuando su pequeño hijo murió después de un solo día de vida. La muerte de su primogénito, el príncipe Albert Victor, Duque de Clarence y Avondale, en 1892 fue un duro golpe para el tierno corazón de Alexandra, quien dijo: "He enterrado a mi ángel y con él mi felicidad". Cartas sobrevivientes entre Alix y sus hijos indican que eran mutuamente devotos.

Alexandra se comprometió a muchas funciones públicas; en palabras de la reina Victoria, “para ahorrarme la tensión y fatiga de las funciones. Ella abre bazares, asiste a conciertos, visita hospitales en mi lugar… ella no sólo no se queja, sino que se esfuerza en probar que ha disfrutado de lo que para otro sería un deber agotador”.

A la muerte de su suegra en 1901, Alexandra se convirtió en reina (del Reino Unido) y emperatriz (de India) consorte. Fue la primera mujer en ser Dama de la Jarretera desde 1495.

Los biógrafos han afirmado que Alexandra se le negó el acceso a los documentos de información del Rey y fue excluida de algunas giras reales al extranjero para evitar su intromisión en asuntos diplomáticos. Era profundamente desconfiada de los alemanes e invariablemente se oponía a cualquier cosa que favoreciera la expansión o los intereses alemanes. Despreciaba y desconfiaba de su sobrino Willy -el káiser Wilhelm II-, llamándolo en 1900 “interiormente nuestro enemigo”.

El sobrino Willy siempre había tenido un carácter destemplado, prepotente y arrogante hasta alcanzar la máxima cota de imperial soberbia. Alix se valía de su sordera para lidiar con el endemoniado temperamento del káiser alemán. Se cuenta que una vez Willy, en una de sus notables demostraciones de absoluta falta de tacto, había pronunciado ante sus tíos Bertie y Alix un vehemente discurso de orientación anti-británica. Alix se había mantenido imperturbable, sin revelar lo que pudiera pensar o sentir ante tal cantidad de invectivas pronunciadas por el káiser. Cuando Willy se detuvo, con el semblante enrojecido y sin aliento debido a la extensión de su perorata, la tía Alix le miró y esbozó una de sus radiantes sonrisas. Con voz muy dulce, declaró: “Willy, querido, temo no haber escuchado ni una sola de tus palabras”. La anécdota deja claras dos cosas: la primera, que Willy era un maleducado; la segunda, que Alix tenía un estilo propio para poner en su sitio a los maleducados.


Puesto que la realeza, por su misma definición, se halla siempre en un plano superior de la multitud, huelga decir que la moda de los monarcas era individual y única y establecía sus propias leyes rígidas. En la primera época en el trono de la reina Victoria, la realeza estaba empezando a limitarse a moldes conservadoramente burgueses.

Sin embargo, Alexandra fue seguramente quien creó la tradición moderna de ser árbitro de la moda y en aquel país se experimentó durante muchos años la influencia de la realeza en el vestuario. Acostumbraba llevar durante el día vestidos adornados con lentejuelas y abalorios, cosa que se convirtió después en una costumbre real aceptada. También llevaba chaquetas de mediana longitud cubiertas con cuentas de color púrpura o malva con un cuello Toby rizado, de tul. Aquellas eran prendas que hubiesen usado muchas mujeres en sus atavíos de noche; pero el hecho de que la princesa (luego soberana) las usase durante el día las situó en un plano distinto ayudando a aumentar el aura de distancia que se asocia con la idea de corte.


Un hecho que debe ser tenido en cuenta en primer término es que la realeza debe vestir para las muchedumbres; deben exhibirse y, tanto hoy como ayer, las damas reales debían usar sombreros que no ocultasen la cara, mientras que, de ser posible, debía de serles añadida altura a fin de que aquellos situados en la parte más alejada de la multitud pudieran, por lo menos, captar un nimbo de fieltro o un aigrette, evitándose así muchas desilusiones. Alexandra aprendió a apreciar las demandas exigidas por el público y sus apariciones con pequeñas tocas o sombreros de plumas fueron siempre aclamadas.

Cuando Alix se unió a la familia real, más de dos años habían pasado ya que el esposo de la reina Victoria, el Príncipe Alberto, había muerto. Sin embargo, Victoria todavía vivía de luto profundo. Había renunciado a todos los placeres y se había comprometido a llevar vestidos de triste crespón negro el resto de su vida como muestra de dolor. Alix descubrió que Victoria había amasado una enorme colección de joyas. Pero, después de la muerte de Alberto, la reina se había convencido de que la exhibición excesiva de joyas despertaba sentimientos anti-monárquicos en el pueblo inglés. La princesa intentó convencerla de usar sus bellas y brillantes piezas, pero no tuvo éxito. Fue sabido que Victoria se negó a llevar una corona al servicio de Acción de Gracias en honor a su Jubileo de Oro en 1887. La reina de Gran Bretaña llegó a la ceremonia oficial usando un simple bonete.




Considerando que Victoria había renunciado a todos los placeres, la princesa Alexandra recién empezaba a vivir. Ella había crecido en la pobreza y ahora era rica y la futura reina de Inglaterra. No estaba dispuesta a ser absorbida por el riguroso luto victoriano. Aunque su esposo Bertie era un adúltero en serie, Alexandra aceptó su infidelidad y se llevaba bien con su vida, moviéndose con él de fiesta en fiesta entre la sociedad de moda. Vestirse con finas joyas y ropa frívola se convirtió en su pasión y ella se entregó por completo.

Para ocasiones formales y oficiales, ella misma parecía enyesada desde la cabeza hasta la cintura en collares, diademas, cintas, y broches de perlas, diamantes y otras gemas. Sus largas cadenas de perlas se convirtieron en su sello inconfundible. El magnate estadounidense Cornelius Vanderbilt Jr., comentó que la reina Alexandra "poseía los hombros y el pecho más perfectos del mundo para la exposición de joyas."


Alexandra escondía una pequeña cicatriz en el cuello, que fue probablemente el resultado de una operación de la infancia, usando collares choker de perlas, los llamados collier de chien. En la década de 1900, la joyería más fina era blanca y hecha a base de diamantes blancos o perlas. Al usar collares de gargantilla y escotes altos, Alix sentó un precedente en el estilo de la moda. Su amor por las perlas comenzó cuando visitó la India, lugar donde se fascinó con la moda ornamental hindú en materia de joyería: contemplaba admirada aquellas piezas fantásticas usadas por los príncipes y pequeños reyezuelos. Cuando regresó a Inglaterra se dispuso a aplicar estos nuevos estilos y diseños en la fabricación de joyas. En cuanto a vestuario, se proveía sobre todo en las casas de moda de Londres; su favorito era Redfern’s, pero compraba ocasionalmente en Doucet y Fromont de París. La influencia de la reina Alexandra fue tan profunda que las damas de la sociedad copiaron enteramente su estilo por más de cincuenta años, incluso su andar con una pierna coja luego de su grave enfermedad de 1867.


Ella entendía muy poco de dinero. En las palabras de su nieto, Eduardo VIII (más tarde el duque de Windsor), "su generosidad era una fuente de vergüenza para sus asesores financieros. Cada vez que ella recibía una carta solicitando dinero, un cheque era enviado por el próximo correo, independientemente de la autenticidad del mendicante y sin haber sido investigado el caso”. Aunque no siempre fue extravagante (tenía sus viejas medias zurcidas para ser reusadas y sus vestidos viejos eran reciclados como cubiertas para muebles), desestimaría las protestas por sus elevados gastos con un gesto de la mano o diciendo que no había oído.


En 1910, luego de la muerte de su esposo Bertie, le dijo a Frederick Ponsonby: "Me siento como si hubiera sido convertida en piedra, incapaz de llorar, incapaz de comprender el significado de todo esto." Tal y como fueron las cosas, había reinado como consorte durante solo nueve años. Es un lapso de tiempo muy corto, sobre todo teniendo en cuenta que había lucido el título de princesa de Gales, asociado por tradición a la esposa del heredero del trono británico, durante nada menos que treinta y ocho años. Su hermana pequeña Minnie, por ejemplo, había sido esposa del zarevitch de Rusia a lo largo de dieciséis años y consorte del zar durante trece.


Dado que la reina Victoria se había distinguido por su longevidad, el príncipe de Gales se había convertido en el Rey Edward VII con sesenta años de edad. Nadie había esperado sacar un gran soberano de él, empezando por su propia madre, que le hacía de menos constantemente y por sistema le excluía de cualquier asunto “serio”. Pero Bertie demostró un profundo sentido de la responsabilidad en cuanto falleció Victoria. En principio, le irritó mucho que por su propia causa, debido a un inoportuno ataque de apendicitis, hubo que retrasar la ceremonia de coronación.



A partir de ahí, Bertie reinó para bien. Como monarca, puso especial interés en los asuntos exteriores y en los militares. No sólo estaba conectado por vínculos familiares con todos los monarcas de la época, sino que su afición a escaparse a territorio francés con relativa frecuencia le había proporcionado allí una excelente imagen pública, por ejemplo. Bertie aprovechó para sellar alianzas que, de momento, hicieron que sus súbditos le apodasen Peacemaker, “El Pacificador”.

A la muerte del rey, Alix quedó literalmente abrumada por la pena y la angustia. Había vivido un matrimonio de cuarenta y siete años, tiempo en el cual había tenido que encajar con el hecho de que Bertie no era ni sería nunca un fiel y devoto esposo. Se había casado con un crápula, un hombre que vivía para sus carreras de caballos, sus cartas, sus opíparas cenas, sus cigarrillos, sus aventuras amorosas. Bertie jamás había dejado de buscar nuevas sensaciones fuera del ámbito hogareño. Y Alix había aprendido a sacarle partido a su progresiva sordera, que le permitía aislarse de los constantes rumores en torno a los escándalos en los que se veía inmerso su díscolo marido.


Pero Bertie siempre había rodeado a Alix de afecto y respeto. La admiraba por su belleza y su porte, así como por su naturaleza cándida y compasiva. En ella había genuina bondad y nunca perdió la capacidad para experimentar sincera empatía hacia las desgracias ajenas. Una historia muy bonita que tiene a Alix por coprotagonista es la de su amistad con Joseph Carey Merrick, el denominado “hombre elefante”.

No se sabe exactamente qué padecía Merrick, pero bien puede haber sido el caso más grave jamás descubierto de síndrome de Proteus. Las terribles malformaciones que le afectaban desde la temprana edad de dieciocho meses hicieron que se le maltratase en la niñez y que luego se le exhibiese en los circos de la época, con una notoria falta de respeto hacia su drama personal. Pese a esas vicisitudes, no creció resentido y amargado, sino dulce y extremadamente educado. Cuando Alix le conoció, en un hospital en el que se encargaba de él el prestigioso Sir Frederick Treves, ella supo “ver” más allá de la monstruosa apariencia de Merrick y le trató con una natural delicadeza, algo por lo que él quedaría eternamente embelesado. Merrick lloró de emoción al recibir una fotografía de Alix, enviada por ella misma, y le correspondió con una breve pero sentidísima carta.

Esa clase de historia, que revela el gran corazón de Alix, hacía que Bertie, aún sin haber estado “enamorado”, la quisiese muchísimo. Los dos habían atravesado por distintas fases. Habían tenido seis hijos, de los cuales uno (Alexander John) había muerto a las veinticuatro horas de nacer y el otro (Albert Victor “Eddie”) a los veintiocho años de edad. Esas pérdidas les habían afectado intensamente a los dos. Asimismo, se habían regocijado juntos con las bodas de tres de sus retoños (Louise, Georgie y Maudie), pero, en especial, con la aparición en sus vidas de los nietos comunes. Sin duda, existía una gran vinculación emocional entre Bertie y Alix.

Ella había aprendido a “pasar con garbo” por encima de los escándalos de cualquier tipo, incluidos los que ocasionaban los líos de faldas. La aspiración de los dos radicaba en poder entenderse igual de bien en una larga vejez. Por eso, Alix, al perder a Bertie, perdía sus cuatro puntos cardinales.




El cortejo fúnebre del rey Eduardo fue uno de los mayores eventos de su tiempo. Acudieron testas coronadas de todos los rincones del continente europeo: los reyes de Grecia, de España, de Rumania, de Bélgica, de Portugal, el káiser de Alemania - sobrino carnal de Bertie-, el archiduque Franz Ferdinand, presumible heredero del Imperio Austro-Húngaro y, en representación del zar de Rusia, su hermano, el gran duque Mikhail “Misha” Alexandrovich.

La época eduardiana de opulencia no había sobrepasado una década. El prestigio de Eduardo VII era tan grande que su muerte trajo consigo una primera sugestión del profundo trastorno orgánico que había de sufrir la sociedad occidental en las tres décadas siguientes. El aspecto más significativo del período de duelo en Inglaterra por la muerte del rey Eduardo fue el “Ascot de luto” (Black Ascot), en el cual, durante la primera temporada de carreras que siguió al fallecimiento del popular monarca, toda la buena sociedad se presentó en el hipódromo de Ascot vestida de negro de pies a cabeza. Los hombres llevaban sombreros de copa con gasa de luto y eran negros sus chaquetas y pantalones, chalecos y corbatas, incluso el paraguas arrollado apretadamente. Hasta donde la vista podía extenderse había vestidos negros, sombrillas de finas sedas negras y enormes sombreros del mismo color, más anchos aún de lo acostumbrado, que eran como ruedas de fuegos artificiales, con aquellas plumas negras de avestruz mezcladas con las de águila y aves del paraíso y combinadas con tules fúnebres.

Obviamente, por imprevista e intempestiva que hubiese sido la muerte de Edward VIII, ascendía al trono George, príncipe de Gales, como George V y el protocolo británico establecía que la nueva primera dama de la nación y sus dominios era la esposa del nuevo rey, Mary. La viuda Alexandra quedaba relegada. Buckingham ya no constituía su residencia londinense: tenía a su disposición Marlborough House. En cuanto a Sandringham, pasaba a manos de los nuevos soberanos, igual que Balmoral en Escocia. Por supuesto, hablando de tantas y tan extensas propiedades, no había problema para albergar a Alix en cada una de ellas siempre que se le antojase, pero la nueva señora de esas casas se llamaba Mary.


Alix no asistió a la coronación de su hijo en 1911, pues no era costumbre para una reina coronada estar presente en la coronación de otro rey o reina, pero, por otro lado continuaría con el lado público de su vida, dedicando tiempo a sus causas caritativas. Una de ellas era el Alexandra Rose Day, en el cual rosas artificiales confeccionadas por discapacitados eran vendidas a beneficio de los hospitales por mujeres voluntarias.



Alexandra conservaba una apariencia juvenil en sus primeros años, pero durante la guerra su edad se le vino encima. Comenzó a usar elaborados velos y pesado maquillaje, el cual, de acuerdo a los chismes, hacía ver su cara “esmaltada”. Dejó de hacer viajes al extranjero y sufrió problemas de salud cada vez mayores. En 1920, un vaso sanguíneo hizo explosión en su ojo, dejándola temporalmente ciega de forma parcial. Hacia el final de su vida, su memoria y su habla entraron en el deterioro. Murió en 1925 en Sandringham después de sufrir un ataque cardíaco y fue enterrada junto a su esposo en el mismo lugar donde se casó con él, la capilla de San Jorge en el castillo de Windsor.


domingo, 28 de marzo de 2010

Tratamientos


Señora de los Ingleses


La Emperatriz Matilda, también conocida como Matilde de Inglaterra o Maud, era hija y heredera de Henry I de Inglaterra. Ella y su hermano menor, William Adelin, fueron los únicos hijos legítimos del rey en llegar a la edad adulta. Cuando su hermano murió en 1120, Matilda se convirtió en la última heredera por línea paterna de su abuelo William I el Conquistador.


Cuando niña, Matilda fue destinada a Enrique V, Sacro Emperador Romano, con quien se casaría más tarde. Pese a que fue popularmente conocida como Emperatriz desde este matrimonio, el derecho de Matilda a ese título era dudoso. Nunca fue coronada como Sagrada Emperatriz Romana por un Papa legítimo, ceremonia que normalmente se requiere para obtener el título; de hecho, años más tarde alentó a los cronistas a creer que había sido coronada por el Papa. En aquel momento era llamada “Reina Germana” por los obispos de su esposo, mientras que su título formal era “Reina de los Romanos”. Sin embargo, “Emperatriz” era un adecuado título de cortesía para la esposa de un emperador que había sido coronado por el Papa.



Matilda (o Maud) de Inglaterra

Cuando enviudó en 1125, contrajo matrimonio con Geoffrey de Anjou, con quien tuvo tres hijos, el mayor de los cuales se convertiría en Henry II de Inglaterra. Plantagenet fue el nombre dinástico de la poderosa línea de reyes ingleses descendiente de Matilda y Geoffrey.


Matilda fue el primer gobernante femenino del Reino de Inglaterra. En abril de 1141 sus fuerzas derrotaron y capturaron al rey Stephen en la Batalla de Lincoln. El monarca fue hecho prisionero y efectivamente depuesto. Cuando Matilda arribó a Londres, la ciudad estaba lista para darle la bienvenida y apoyar su coronación. Usó entonces el título “Señora de los Ingleses” (Lady of the English) y planeó asumir el título de “reina” con la coronación (la tradición que fue seguida por sus nietos, Richard y John). Sin embargo, rehusó al requerimiento de los londinenses de reducir sus impuestos y, debido a su propia arrogancia, le cerraron las puertas de la ciudad y reiniciaron la guerra civil en junio del mismo año.


Henry II de Inglaterra


Como nunca fue coronada y fracasó al consolidar su gobierno (legal y políticamente) es normalmente excluida de las listas de monarcas ingleses, mientras que su rival (y primo) Stephen de Blois aparece como monarca por el período 1135-1154. La rivalidad entre ambos por el trono llevó a los años de guerra civil en Inglaterra que ha sido llamada “La Anarquía”. Ella sí aseguró su herencia al Ducado de Normandía –a través de las hazañas militares de su esposo Geoffrey- y protagonizó una campaña sin descanso por la herencia de su hijo mayor, viéndolo ascender al trono en 1154.


Mi Señora La Madre del Rey


Por única vez en la historia de Inglaterra se usó el título de Milady The King’s Mother con Margaret Beaufort, madre de Henry VII, en 1485. Había nacido en el castillo de Bletsoe, Bedfordshire, el 31 de mayo de 1443, siendo la única hija legítima de John Beaufort el Joven, duque de Somerset y conde de Kendal, y de Margaret de Beauchamp, heredera de la baronía de Bletsoe.


Margarita Beaufort


En el año 1449, siendo apenas una niña de 6 años, se casó con Juan de la Pole, segundo duque de Suffolk, pero dos años más tarde (1452), el matrimonio fue anulado. A los 12 se casó con el medio-hermano de Henry VI, Edmund Tudor, conde de Richmond, segundo de los hijos de Catalina de Francia, viuda del rey Henry V, en su ilegal segunda unión con Owen Tudor. Viuda a los 13 años y embarazada de 7 meses, se refugia en el castillo de Pembroke, en Gales, al amparo de su cuñado Jasper Tudor; fue allí donde, el 28 de enero de 1457, da a luz a su hijo, Henry. El difícil parto la dejó incapacitada para tener más hijos. Sin embargo, Margaret se casó (en 1462) con el que sería su tercer marido, Sir Henry Stafford, hijo del primer duque de Buckingham. Después de la muerte de éste en 1471, Margarita hizo voto de castidad, lo que no evitó que se casara por cuarta vez, esta vez con Lord Thomas Stanley, en 1473.



Henry VII de Inglaterra


Una vez sentado su hijo en el trono como Henry VII, era la madre del rey, pero como nunca había sido reina consorte no pudo ostentar el rango de Reina Madre, dándosele a cambio en la corte el título de "Mi Señora la Madre del Rey". Murió en el palacio de Westminster, el 29 de junio de 1509, a los 66 años de edad y sólo dos meses después de la muerte de su hijo el rey, siendo sepultada en la abadía de Westminster.



Tratamiento a través del matrimonio


Los tratamientos pueden ser adquiridos a través del matrimonio, aunque tradicionalmente esto aplica más a esposas que a esposos de titulares. Así, en el Reino Unido, la Princesa Real es tratada Su Alteza Real pero su esposo actual, Timothy Laurence, no tiene tratamiento y no habría especial arreglo para darle uno. En contrapartida, cuando Sophie Rhys-Jones casó con el Príncipe Edward, se convirtió en Su Alteza Real La Princesa Edward, Condesa de Wessex, es decir, automáticamente adquirió el tratamiento en virtud de su matrimonio con un príncipe real hijo del monarca británico.



El Conde y la Condesa de Wessex


Sólo aquellos miembros masculinos en la Línea de Sucesión al Trono reciben títulos y tratamientos reales automáticamente a menos que haya una dispensación especial por parte del monarca para dar a un hijo suyo y los descendientes de éste ciertos títulos de cortesía, por ejemplo, el de Vizconde Severn al Príncipe James, hijo del Conde de Wessex. Su Alteza Real Sophie, Condesa de Wessex, comparte todos los títulos que porta su esposo y la única diferencia está en que ella ejerce las derivaciones femeninas de dichos títulos.


Esta diferenciación de género continúa en la siguiente generación en las familias reales tradicionales. Así, mientras los hijos del Príncipe de Gales y las hijas del Duque de York tienen el tratamiento de Alteza Real, los hijos de La Princesa Real no reciben automáticamente tratamiento alguno, a menos que la Reina se los otorgara especialmente.



La Reina y sus nietos mayores, los hijos de la Princesa Real


Títulos y tratamientos pueden terminar cuando el matrimonio se disuelve. Diana, Princesa de Gales tenía el tratamiento de Su Alteza Real durante su matrimonio con El Príncipe de Gales. Su estatus marital era indicado por el título “La Princesa de Gales”. Cuando la pareja se divorció, ella perdió su tratamiento pero no su título, el que existía en virtud de su matrimonio: ella se convirtió en Diana, Princesa de Gales, aunque podía tener el tratamiento de “Lady” como hija de un conde. Pero como el título principesco pesó más que el de Lady fue conocida por el anterior y no por éste. El título “Princesa de Gales” no precedido por el artículo definitorio indica que era una anterior Princesa de Gales. Cuando se aplica a la actual Princesa de Gales, el tratamiento incluye el artículo (“LA” Princesa de Gales). Si Diana se hubiera casado nuevamente, entonces habría perdido definitivamente el título.



S.A.R. La Princesa de Gales (1985)


Como Su Alteza Real El Príncipe de Gales se casó en segundas nupcias con Camilla Parker-Bowles, ella es oficialmente Su Alteza Real La Princesa de Gales, pero debido al extendido uso del título y el reconocimiento de éste por el público como correspondiente a Diana, Camilla usa el título de cortesía de La Duquesa de Cornwall con el tratamiento de Su Alteza Real.


En su momento existió la opción de darle el tratamiento de Alteza Real a Diana, Princesa de Gales, dada su capacidad personal (lo que se hubiera justificado en el hecho de que era la madre de un futuro rey) pero se decidió no otorgárselo y, como resultado, desde el momento de su divorcio hasta su muerte en 1997, Diana no tuvo ningún tratamiento real. De manera similar, cuando Sarah, Duquesa de York, se divorció de Su Alteza Real El Duque de York, perdió el tratamiento real pero retuvo el título ducal.



La Duquesa de Windsor



En 1937 Wallis Simpson no obtuvo el tratamiento de Alteza Real por parte de Jorge VI cuando contrajo matrimonio con su hermano menor, por entonces conocido como Su Alteza Real El Duque de Windsor. No había precedente para un divorciado casándose con un miembro de la familia real, menos con un antiguo rey, y temieron que, si la pareja se divorciara, ella podría tratar de usar el tratamiento de todos modos, socavando su estatus, ya que aún sería conocida como La Duquesa de Windsor independientemente de su divorcio del duque.




viernes, 19 de marzo de 2010

Princesa de Gales



Princesa de Gales es un título de cortesía cuyo titular es la esposa del Príncipe de Gales.

Contrario a la creencia general, la Princesa de Gales no es una princesa por propio derecho. Algunas princesas del pasado como Alexandra de Dinamarca y Mary de Teck eran llamadas Princesa Alexandra y Princesa Mary porque les correspondía por derecho de nacimiento (de Dinamarca y Teck, respectivamente) al momento de su matrimonio. Aunque Diana, Princesa de Gales, era comúnmente llamada Princesa Diana luego de su matrimonio con el Príncipe Charles, esto era oficialmente incorrecto, como Diana misma lo puntualizó, porque ella no era una princesa por propio derecho. De la misma manera Camilla, Duquesa de Cornwall, segunda esposa del Príncipe Charles, es Duquesa Camilla antes que Princesa Camilla.



Diana, Princesa de Gales (1961-1997)


Existe una notable excepción a la regla en la historia inglesa. Durante su juventud, Mary I fue investida por su padre, Henry VIII, con muchos de los derechos y propiedades tradicionalmente dados al Príncipe de Gales, incluyendo el uso del sello oficial de Gales para la correspondencia. Mientras Mary fue la única y legítima heredera de su padre, habitualmente era referida como “la Princesa de Gales”, pese a que nunca había sido creada formalmente como tal e incluso sus contemporáneos la trataban como tal.


Cuando el título fue solicitado por la futura Elizabeth II, se planteó la posibilidad de investirla como Princesa de Gales por propio derecho. Pero esta sugerencia fue rechazada, porque es un título de cortesía que corresponde a la esposa del Príncipe de Gales. Si era usado por la Princesa Elizabeth, degradaría su derecho como Princesa del Reino Unido a menos que una Patente real o Legislación dispusiera lo contrario. Además, surgiría el eventual problema sobre cómo llamar a su futuro esposo. Por este motivo, el rey George VI decidió no darle el título a su hija mayor.



Princesa Augusta de Saxe-Gotha, S.A.R. Princesa Viuda de Gales (1719-1772)


Debido a la tasa de mortalidad y el hecho de que algunos Príncipes de Gales no se casaron antes de ascender al trono, han habido de hecho sólo diez Princesas de Gales, cuya lista es la que sigue (entre paréntesis figura el período en el que tuvieron el título):

  • Joan de Kent (1361-1376) – convertida en princesa viuda cuando su esposo, Edward “el Príncipe Negro”, murió como Príncipe de Gales.
  • Anne Neville (1470-1471) – a través de su matrimonio con Edward de Lancaster, aunque no hay constancia de que haya usado el título. Se convierte en reina consorte cuando su segundo esposo sube al trono de Inglaterra como Richard III.
  • Catalina de Aragón (1501-1502) – convertida en princesa viuda cuando su primer esposo, Arthur, murió como Príncipe de Gales. Se convierte en reina consorte al casarse con el hermano de Arthur, Henry VIII. Luego de la controversial anulación de su matrimonio con el rey, Catalina fue oficialmente designada la “Princesa Viuda de Gales” hasta su muerte.
  • Carolina de Ansbach (1714-1727) – convertida en reina consorte cuando George II ascendió al trono.
  • Augusta de Saxe-Gotha (1736-1751) – viuda de su esposo Frederick, Príncipe de Gales.
  • Carolina de Brünswick (1795-1820) – convertida en reina consorte cuando George IV subió al trono.
  • Alexandra de Dinamarca (1863-1901) – reina consorte luego del ascenso de su esposo Edward VII. Fue el más largo período en que alguien tuvo el título (37 años, 10 meses, 12 días).
  • Mary de Teck (1901-1910) – reina consorte luego del ascenso de su esposo George V.
  • Lady Diana Spencer (1981-1996) – primera esposa de Charles, Príncipe de Gales. Cuando ambos se divorciaron en 1996, ella perdió el tratamiento de Alteza Real y asumió el de una Par divorciada, esto es, su nombre personal inmediatamente seguido del título. Si Diana se hubiera casado nuevamente, hubiera perdido de forma permanente todo uso del título Princesa de Gales.
  • Camilla Shand (2005-presente) – segunda esposa de Charles, Príncipe de Gales. Aunque su matrimonio la autoriza a ser llamada Princesa de Gales, Camilla es la primer Princesa de Gales cuyo esposo tuvo una anterior consorte oficial conocida como tal, por lo que ella eligió usar el título alternativo Duquesa de Cornwall como su título principal.

La mayoría de las Princesas de Gales se convirtieron en reinas consortes. Aquellas que no lo hicieron generalmente tomaron el título de “Princesa Viuda de Gales” luego de la muerte de sus esposos. Un caso especial fue el de Catalina de Aragón. Luego de la anulación de su matrimonio con Henry VIII, la reina oficialmente revirtió su anterior título de Princesa Viuda de Gales (como viuda de Arthur, Príncipe de Gales, hermano mayor del rey) porque Henry no quería reconocer que alguna vez estuvo casado legalmente con ella.


Catalina de Aragón, primero Princesa de Gales y luego Reina Consorte de Inglaterra (1485-1536)


Bajo la preferencia masculina de primogenitura en uso en el Reino Unido, es muy inusual para una mujer que sea Heredera Aparente, porque siempre es teóricamente posible para un monarca reinante tener un hijo que desplace a una hija; es mayormente posible que ella sea Presunta Heredera. La única excepción podría ser si el Heredero Aparente del monarca tuviera sólo hijas mujeres y ese Heredero falleciera, entonces su hija mayor se convertiría en Heredera Aparente.


Otros títulos

Una Princesa de Gales, en virtud de su matrimonio, también toma todos los títulos subsidiarios del Príncipe de Gales. Así, también es:

* Duquesa de Cornwall
* Duquesa de Rothesay (por el cual es conocida en Escocia)
* Condesa de Chester
* Condesa de Carrick
* Baronesa de Renfrew
* Princesa de Escocia



Fotografía de la boda real de 1981, autografiada por Diana, Princesa de Gales


De todos estos títulos usualmente sólo Princesa de Gales ha sido usado oficialmente, una princesa hecha de más alto rango que el resto de los títulos de nobleza. De todas maneras, un título subsidiario puede ser usado legalmente. Por ejemplo, cuando Diana, Princesa de Gales abrió una nueva sección del Chester Zoo en 1984, fue referida como “S.A.R. La Princesa de Gales, Condesa de Chester”.


En los casos en que el heredero al trono no es creado todavía Príncipe de Gales, su esposa es llamada Duquesa de Cornwall hasta que eso ocurra. Mary de Teck fue conocida como La Duquesa de York después de su boda en 1893 con el Príncipe George (entonces Duque de York, más tarde George V) y pasó a ser conocida como La Duquesa de Cornwall y de York entre enero de 1901 (muerte de Victoria I y ascenso de Edward VII) hasta noviembre de 1901 (cuando su esposo George fue creado Príncipe de Gales).



Mary de Teck, S.A.R. La Princesa de Gales (desde el 9 de noviembre de 1901 al 6 de mayo de 1910)


La Princesa es conocida como Duquesa de Rothesay en Escocia, tal como el Príncipe de Gales es conocido como Duque de Rothesay, ducado históricamente asociado con el heredero del trono escocés.


“Princesas” de Gales galesas


Las princesas de la pre-conquista, como Gwenllian de Gales, a veces son referidas como princesas de Gales, pero no son titulares del principado con el sentido legal que tienen en Inglaterra. Otras personas podrían haber reclamado el título, como resultado del matrimonio con príncipes nativos a quienes les fue dado o aspirado el título de Príncipe de Gales. Estas incluyen:


  • Joan, Lady of Wales

  • Eleanor de Montfort

  • Elizabeth Ferrers

  • Margaret Hanmer



Eleanor de Montfort, Princesa de Gales y Señora de Snowdon (1252-1282)