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martes, 31 de agosto de 2010

S.A.R. La Princesa Heredera de Mónaco



En la lista anual de las mujeres más elegantes del mundo, el nombre de Caroline de Mónaco se repite una y otra vez. Y es que la hija mayor de la mítica Grace Kelly se caracteriza por su impecable forma de vestir y su acierto al adaptar las últimas tendencias a su estilo. Divorciada del playboy francés Philippe Junot, viuda del multimillonario Stefano Casiraghi, la actual esposa del polémico Ernst de Hannover y princesa heredera de Mónaco luego de la muerte de su padre en 2005 cuida su vestimenta hasta el último detalle. E incluso cualquier complemento es propicio para aportar un toque extra de distinción a su vestuario.


Caroline Louise Marguerite Grimaldi es por nacimiento Princesa de Mónaco y por matrimonio Princesa Titular de Hannover. Es primera en la línea de sucesión al trono monegasco y, de facto, primera dama del Principado desde 1982. Su tratamiento oficial, desde 2005, es Su Alteza Real La Princesa de Hannover, Princesa Heredera de Mónaco.

Según pasan los años...


La elegancia y porte que tiene esta princesa de Mónaco le viene de familia. El estilo, la confianza y la autoestima se nutre en el seno familiar y ella une la sangre de una mujer bellísima que es Grace Kelly y de un hombre de poder que es Rainiero III. En 1973 tuvo lugar su entrada en la vida mundana y frívola de la alta sociedad, en un baile ofrecido en Venecia por la novia de David de Rothschild. Acudió con la mejor introductora en fiestas y “guardaespaldas” que podía conseguir: mamá Grace. Las dos bellezas aparecieron en una góndola como resplandecientes valquirias. Discretamente, la madre indicaba a la hija quién era quién dentro de aquel desfile de vanidades. Y la nueva Venus de la jet set europea comprobaba por primera vez cuán gratificantes eran las miradas de admiración.

Pero este rotundo éxito social solo fue un ensayo general para su debut oficial en el tradicional Baile de la Cruz Roja, su entrada estelar en el gran circo de la frivolidad. Ella fue la encargada de abrir el baile del brazo de su orgulloso padre. Y lo hizo con gran estilo, demostrando que el relevo generacional había llegado para Grace. A partir de ahora debía compartir las imágenes, el éxito y el glamour con hija Caroline. De paso, Mónaco garantizaba que seguiría teniendo una buena relaciones públicas para promocionar el principado.

En su primera juventud era audaz, independiente. El temperamento dinámico y entusiasta de Caroline se avenía muy bien con los deportes, tenía muy definidas sus preferencias en la vida, aunque a veces era algo caprichosa. En los actos oficiales usaba abundantemente los recursos del buen vestir: joyas enormes, telas hermosas, adornos de cabeza, ¡escotes!, demostrando gran sensualidad e interés hacia los dictados de la moda. Exhibía con mucha frecuencia flores en sus manos, en sus cabellos, en los estampados de sus vestidos. Se la veía a menudo en jeans y camisetas pero no renegaba de los grandes modistos para las ocasiones importantes.

Pese a su cómoda posición, Caroline tenía gran preocupación por conservar su ropa. Guardaba y clasificaba sus viejos vestidos, así como sus zapatos, la mayoría de Charles Jourdan. Para los accesorios de noche prefería Bulgari y tenía una debilidad por los aros, porque estimaba que le alargaban el rostro. En cierta ocasión le preguntaron qué era lo que menos le gustaba de su cuerpo y ella contestó que su pelo. A pesar de ello, los cuidados que dedicaba a su cabellera castaña eran los normales en una joven de su edad: se lo lavaba ella misma y se lo enjuagaba con vinagre, “tengo el pelo muy seco y fino, como el de un bebé”. Sólo acudía a su peluquero –y el de toda la realeza- Alexandre para las salidas importantes.


Su primera boda, la de 1978, fue una ceremonia hermosa. Deslumbrada y radiante, Caroline quiso que todo el pueblo de Mónaco participara de sus esponsales. Al aire libre y bajo una capilla improvisada en el patio de honor del palacio, la primogénita de Grace y Rainiero era una Venus inmaculada en su traje de tul blanco de Dior, confeccionado en cinco talleres distintos para proteger el secreto. Su pelo recogido, que evocaba su amor por la danza, estaba adornado con un tocado de flores de naranjo y muguetes a modo de orejeras. La novia y su flamante esposo salieron a caminar por las calles monegascas, como quien pasea por los caminos de su finca, saludando amablemente a todos los súbditos de su señor padre. Y la princesa, madame Junot, brindó sus mejores perfiles a los cazadores de instantáneas, que a partir de entonces no la abandonaron ni a sol ni a sombra.

Luego de su divorcio, dos años después, la prensa seguía empeñada en hacer de ella una figura frívola que solo se preocupaba de la ropa y de su vida social. Las quejas al respecto se convirtieron en auténticos lamentos, en una especie de canto de cisne para oídos sordos: “Cuando empecé a ver esta imagen mía, de princesa, en los medios de comunicación, me dije: ¡No soy yo! Al principio me reía de ello, luego me empezó a herir. Además, como nada es verdad, me da la impresión de que leo la historia de otra persona (…) ¡Un folletín malo!”. Pocos se acordaban que detrás de aquella glamorosa princesa había una joven que hablaba cuatro idiomas, que era licenciada en filosofía con orientación en psicología infantil, que tenía el bachillerato inglés, que estudiaba griego e historia del arte por puro placer y que era también una lectora febril a quien le interesaban todos los géneros literarios.

Caroline siempre se ha dedicado a cuidar su lado culto e intelectual, que los demás le niegan, incluso en su época de esposa y madre feliz. En 1985 inauguró en Mónaco, en la Biblioteca Irlandesa Princesa Grace, un simposio internacional sobre James Joyce, para el cual redactó –¿osadía o seguridad en sí misma?- su propio discurso de apertura que luego leería ante decenas de eruditos en literatura irlandesa. Más tarde, en 1990, cuando sus labores de primera dama de Mónaco eran reconocidas mundialmente, viajó a Asuán para firmar la declaración que iniciaba la reconstrucción de la Biblioteca de Alejandría. Es verdad que se cambió seis veces de vestido en los dos días que duró su visita, pero su discurso, leído en perfecto francés, se asemejaba a una buena combinación literaria entre Milan Kundera y Marguerite Duras, que dejó boquiabiertos a los presentes, incluido el presidente Mitterrand.


Los Grimaldi, prototipos de la aristocracia posmoderna, recibieron en 1982 un terrible golpe: la muerte de Grace. Rainiero explicó con toda claridad y crudeza a sus hijos la necesidad de unirse y hacer frente a un futuro nada esperanzador. Era consciente de que la imagen que ellos cuatro proyectaban al mundo no era la ideal: un viudo envejecido, una caprichosa princesa divorciada, otra princesa menor de edad con síntomas de gran rebeldía y un varón heredero que padecía “alergia” al matrimonio. Ahora le tocaba a Caroline demostrar de lo que era capaz.

La hija mayor pasó a ocupar la presidencia del Festival Internacional de las Artes y de la Fundación Princesa Grace, se hizo cargo de las Guías de Mónaco y del Garden Club y creó la organización “Joven, te escucho”, que funcionaba como servicio telefónico de ayuda a jóvenes con problemas. También se ocupó de organizar una nueva compañía de ballet de Montecarlo, la gran pasión de su infancia. De hecho, se convirtió en la primera dama aunque sin título oficial. En calidad de tal, recibió de manos de su padre la Gran Cruz de San Carlos, la más alta condecoración de Mónaco.




El 29 de diciembre de 1983 volvió a casarse. Esta vez con el multimillonario italiano Stefano Casiraghi, tres años más joven que ella, en una sencilla ceremonia celebrada en la Sala de los Espejos del palacio y no en la Sala del Trono, como marca la tradición y como cabía esperar si la boda hubiese tenido un mayor esplendor. Además de las respectivas familias apenas hubo veintitrés invitados y Marc Bohan le
diseñó un leve vestido de satén color sepia, cruzado, cuyos pliegues disimulaban su embarazo de tres meses. Esta unión fue como un bálsamo para Rainiero, quien aún guardaba luto por su esposa. En rápida sucesión vendrán los hijos Casiraghi: en 1984 Andrea Albert Pierre; en 1986 Charlotte Marie Pomeline y, finalmente, en 1987 nació su tercer hijo, Pierre Rainier Stefano.


A mitad de sus veinte años, la princesa no acostumbraba tener ideas propias o renovadoras en lo que se refiere a la moda. De su madre, eso sí, ha heredado la forma tradicional de vestir en Europa y la costumbre de ser cliente asidua de Dior, Yves St. Laurent y Karl Lagerfeld, de la casa Chloé. En algunas ocasiones accedía a vestir las creaciones de Valentino. Y aunque a la rebelde princesa de Mónaco se le consideraba en el terreno privado “una muchacha algo frívola y orgullosa” era una mujer mucho más sensitiva de lo que se creía. Prueba de ello es haber logrado que su segundo vestido de novia (para casarse con Stefano Casiraghi) fuera diseñado por el mismo modista que creó para ella el modelo que lució en su primera boda: Marc Bohan, de Casa Dior. Naturalmente, la elegancia de Caroline distaba mucho de ser la de Grace, pues se dejaba llevar por muchos caprichos de juventud, pero tenía una elegancia muy personal.


La diferencia más notable entre Grace y Caroline es que la primera jamás fue sorprendida por las cámaras de los fotógrafos sin arreglar o con un atuendo que, por sencillo y casual que fuera, no lograse el debido impacto. Caroline, en cambio, fue fotografiada muchas veces con una indumentaria que rompía por completo la imagen conservadora de una princesa real. Usaba el cabello libre, lo que favorecía su aire ligero y juvenil. A veces se mostraba públicamente despeinada, cargada de paquetes y sin maquillaje, con prendas casuales y zapatos bajos, su atuendo preferido para salir de compras por París. La princesa Grace, por su parte, sabía mantener ¡hasta en su privacidad! la encantadora magia de su posición.

Lo más admirable de Caroline es que para cada evento sabía lucir exactamente la ropa apropiada: el diseño, la línea o el color, serán más o menos acertados… aunque no siempre los más adecuados a su belleza. Sin embargo, no cabe duda de que en ningún momento (sobre todo desde que comenzó a ocuparse de las funciones que estaban a cargo de la fallecida Princesa Grace y hasta hoy) desentona su forma de vestir con la jerarquía del acto a que debe asistir representando a su padre y al principado. Y en esto la ha ayudado muchísimo Marc Bohan, posiblemente el más paciente diseñador del mundo.

Caroline, a pesar de su herencia norteamericana, confesó en muchas ocasiones que no era partidaria de la moda de aquel país. Nolan Miller, el modista de la serie “Dinastía” y el más cotizado durante los ’80 en los Estados Unidos, no le atraía porque “sus vestidos son demasiado recargados. En ningún momento dan la sensación de que la mujer pueda actuar con la debida desenvoltura, que es el secreto de la verdadera elegancia, porque la forma y los adornos de Miller obstaculizan gestos y movimientos…



La belleza meridional de Caroline era una pura expresión de vitalidad, un arrebato de poderío sensual alimentado desde los propios genes. A su lado, Casiraghi era un partenaire desdibujado, sin más patrimonio que su afición deportiva y cierta dosis de romanticismo al uso. Presente junto a la princesa en las ceremonias oficiales o las veladas mundanas, Stefano la dejó ejercer plenamente su papel, manteniéndose siempre detrás de ella y convirtiéndose en su compañero ideal al ofrecerle el equilibrio que ella necesitaba. Su muerte, el 3 de octubre de 1990, víctima de un accidente náutico, la convirtió en una joven y triste princesa viuda con tres hijos pequeños que cuidar. Acudió al funeral de negro riguroso, con un vestido entallado muy por debajo de las rodillas, mantilla española de blonda negra, medias y largos guantes. Caroline usó este tipo de larga y envolvente mantilla, como una especie de escudo protector, en los tres funerales importantes de su vida, el de su madre, el de su esposo y el de su padre.

Después de la muerte de Casiraghi vivió casi dos años de luto. Su primera aparición pública fue el 4 de mayo de 1991, en un concurso internacional de bouquets, donde, siguiendo la costumbre de la casa, eligió la comunicación no verbal. Como si se tratara de una novicia a punto de tomar los hábitos apareció con un impresionante corte de melena, un riguroso traje negro con blusa blanca y unas gafas de sol redondas. Ese cambio de imagen que entristecía su aspecto venía a significar también un cambio de actitud y de vida. Se retiró a vivir a Saint Rémy- de-Provence, lugar en que se paseaba como una campesina más con vestidos de pastorcilla estilo provenzal, estampados con florecitas blancas, que se hicieron famosos por lo sorprendente que resultaba verla con esos atuendos y porque empezaron inmediatamente a venderse en todo el mundo modelos similares. Su plácida existencia allí, en soledad, fue “amenizada” por la compañía el actor francés Vincent Lindon.





En 1999, el día en que cumplía 42 años, vino la boda con Ernst de Hannover, príncipe titular de la Casa de Hannover, Duque de Brunswick y Lünenburg, amigo de toda la vida de la princesa. Este tercer matrimonio fue el más discreto de los que protagonizó Caroline, pese a que el novio es el de mayor rango de sus tres maridos. Si en 1978 todo Mónaco salió a la calle para celebrar la primera boda de su princesa, en esta ocasión sólo hubo en la plaza del palacio Grimaldi un centenar de periodistas apuntando con sus cámaras a unos balcones que permanecieron cerrados. Caroline y Ernst no repitieron ni la salida al balcón que se produjo en 1983, cuando la princesa se casó por segunda vez. La estricta intimidad marcó un enlace que, según algunas fuentes, se precipitó por el estado de buena esperanza de la princesa, quien reincidía en esa costumbre.







Caroline sumaba a su título de Alteza Serenísima el de Alteza Real y formaba parte ahora del grupo de los reales primos de Europa, constituido por los miembros de todas las familias reales. Considerada casi una princesa de opereta de una dinastía de orígenes cuestionados, la hija mayor de Rainiero podrá ahora codearse con los grandes apellidos de la realeza. Sólo una foto oficial en la que puede verse un retrato formal de los novios -ella con traje gris perla, y él, con terno oscuro- demuestra que Caroline es, además de princesa de Mónaco, princesa de Hannover y, por tanto, súbdito de la reina Isabel II, quien había autorizado el enlace como cabeza de la extinta Casa Real de Hannover.


En el cambio de milenio su estilo seguía siendo impecable. Era muy amiga del diseñador Karl Lagerfeld, pero no necesariamente se vestía de Chanel. Siempre con el atuendo adecuado, sin exageraciones, sin artificios. A sus 40 años y del brazo de Ernst de Hannover, Caroline era una reina sin reino, había entrado por la puerta grande en la galería de la realeza milenaria de Europa y sus apariciones ya no se limitaban a una noche de ópera en un teatro de juguete, sino a las grandes veladas de gala en los principales palacios reales.

Al igual que muchas otras reinas o princesas, usa modernos sombreros para destacarse en la multitud. En su armario tienen cabida desde los trajes de noche sofisticados hasta la ropa deportiva, que utiliza cuando practica algunos de sus deportes preferidos como, por ejemplo, la caza y el esquí. También los trajes sastre, que ella utiliza en funciones públicas cuando tiene que verse muy propia, pero nada de una simple falda recta y chaqueta aburrida. Son diseños de alta costura, muy cuidados en el acabado, en los detalles y los adornos.


Parte de su imagen también se la debe a diseñadores importantes como, por ejemplo, Karl Lagerfeld o Jean Paul Gaultier, quienes han contribuido con sus creaciones para resaltar el estilo de primera dama. No está en las tendencias audaces, jamás se verá con fajas o transparencias exageradas. Peina su cabello de manera discreta, por lo regular lo encima del hombro, su maquillaje es natural, sencillo, no es una mujer que marca grandes tendencias de moda, pero sí tiene seguidoras en todo el orbe que quisieran ser como ella dentro de este estilo natural, clásico y real.


Un gusto distinguido que cada vez es más admirado. Quizá su madre, tristemente fallecida en la plenitud de su madurez, sea el modelo en el que Carolina se fije para ser, hoy, a sus 53 años, la dama perfecta. Lo cierto, es que tanto Grace como ella son dos de las mujeres más elegantes de la historia. Ambas tienen ahora en Charlotte –nieta e hija de éstas, respectivamente- a la mejor heredera de su estilo.


sábado, 21 de agosto de 2010

Grace, Princesa Consorte de Mónaco


La ceremonia matrimonial de Grace Kelly con el príncipe Rainiero de Mónaco tuvo lugar el 19 de abril de 1956. Esa fecha marcó un antes y un después en la vida de la glamorosa estrella hollywoodense nacida en Filadelfia.

La actriz-princesa cuya vida de novela se aderezaba con un halo de elegancia natural, rodeada siempre por los representantes más exclusivos del beau monde, sigue dictando a los creadores cómo conferir a la mujer una femineidad delicada y elegante sin perder la sofisticación del glamour. En ella se mezclaban la practicidad estadounidense del american way of life, país que la vio nacer, crecer y triunfar, con el chic de la Europa decadente, donde la bellísima, diva del cine primero y miembro de la realeza después, creó su familia y fue una excepcional consorte. Su peculiar manera de vestir, mezclando lo clásico con lo vanguardista, consiguió convertirla en una verdadera musa atemporal de la moda, un icono que traspasó las décadas.


Edith Head, modista de la Paramount Pictures, creó el sugerente vestido de satén verde perla con el que Kelly recogió su único Oscar en 1954 por The Country Girl (“La angustia de vivir”), cuando tenía sólo 25 años. La legendaria diseñadora de vestuario que logró el Oscar en ocho ocasiones se tomó muy mal que Grace Kelly no le encargara su vestido de novia y tenía su punto de razón: la actriz nunca apareció más esplendorosa que en Rear Window (“La ventana indiscreta”) y To Catch a Thief, (“Para atrapar a un ladrón”), ambas dirigidas por Hitchcock, con el espectacular vestuario elaborado en el taller de Head.

Luego del anuncio del compromiso, el 5 de enero de 1956, aunque Rainiero dijo que Grace no volvería a actuar, la actriz se reincorporó a la filmación de High society (“Alta Sociedad”) y, al concluir, pidió un año libre a Metro Goldwyn Mayer, los estudios fílmicos con los cuales le quedaban cuatro años de contrato por cumplir. MGM quería mantener a su famosa actriz, lo cual explica que le regalara los vestidos que vistió en la película, y también el traje de novia. Helen Rose —la principal diseñadora de vestuario de MGM— fue la responsable del traje que lució Grace y que fue considerado el más caro salido nunca de los estudios de la Metro.


La filmación de High Society mantuvo muy ocupadas tanto a la futura novia como a la diseñadora; por lo que usaron como punto de partida una idea concebida para el vestuario de esa película. Grace pidió que le incorporara una cola; la parte superior fue hecha con un delicado encaje francés rosa pálido de un siglo de antigüedad y la amplia falda unida por un fajín. Tan pronto aprobó el diseño, 35 artesanos —modistas, bordadoras, especialistas en color— dedicaron 6 semanas a elaborarlo. Al encaje se añadieron veinticinco metros de tafetán y cien metros de tisú de seda. La tradición de llevar la novia algo azul, la cumplió con el detalle de adornar las tres enaguas superpuestas con lazos azules. Y el velo llevaba bordados miles de diminutas perlas.


Para empacarlo construyeron una caja de aluminio de 2,10 x 1,2 metros, donde iba el vestido (relleno de almohadillas y papel de seda), el velo, el devocionario y el traje para la ceremonia civil junto a un negligee e incontables motas de algodón empapadas de perfume para ‘que cuando lo abriera recibiera el aroma de miles de flores’. Grace ensayó a vestirse varias veces antes de la mañana del 19 de abril, cuando llena de solemnidad se desplazó por el pasillo de la catedral de San Nicolás para convertirse en Su Alteza Serenísima y detentar la lista de títulos más larga de la nobleza, aunque todos ellos fueran de menor entidad, ínfima la mayor parte de las veces.

No era la primera mujer de su país que accedía como consorte al trono del principado, ya que le había precedido Alice Heine, de Nueva Orléans, quien casó con Alberto I de Mónaco, pero sí fue la más admirada, la más querida, la más criticada cuando perdió su silueta de cisne y la más llorada el día de su entierro. Y también la menos conocida en su dimensión humana, para ceder el lugar a un escenario de opereta y un personaje de “princesa de cuento de hadas”, como diría la prensa. Sin tener sangre real en sus venas, Grace Kelly supo mantenerse en su puesto con una elegancia y discreción dignas de la mejor cuna. Desde el momento en que contrajo matrimonio con Rainiero nadie pudo poner el más mínimo reparo a su comportamiento y llegó incluso a controlar la calificación moral de las películas exhibidas en su principado.



En poco tiempo, la que había sido famosa estrella de cine, estilizada modelo y portada de las más prestigiosas revistas especializadas, se había convertido en lo que sería su imagen fiel hasta su muerte: la marca de fábrica de la dama de alta sociedad solitaria y aburrida. Consciente de su destino y de su obligación de vender con dignidad el atractivo turístico y el refugio financiero que daba Mónaco, Grace había decidido dar a su público lo que le pedía. Su rubia melena de diario y sus moños, chignons o complicados postizos en las recepciones serían invariables, incluso en el catafalco. Ni un asomo de cardado, de mechas, ni un cambio en esa forma de peinarse que la definiría.


Una sonrisa digna, de perlados dientes. Gafas negras en sus encuentros al aire libre con la prensa. Zapatos de medio tacón, para no destacar ante la talla de su marido y superarle. Foulards blancos al cuello de los discretos trajes de chaqueta. En la mano derecha, bolso de Chanel o de Roberta di Camerino y unos impolutos guantes claros de cabritilla, como los que usaba la reina Isabel de Inglaterra, la soberana que la consideraba una advenediza. No hubo congreso, festival de televisión o concierto que no contara, aunque solo fuera por breves minutos, con la presencia de la nueva princesa. Una presencia que costaba una fortuna, pero que hacía de Montecarlo el punto más exquisito y elegante de la Costa Azul.


Prematuramente madura, con unos cuantos años más de su edad real a causa de los clásicos modelos con que se vestía y embebida de sus sueños tradicionales, la norteamericana intentó llevar hasta el fin sus ideas. La fidelidad matrimonial, una profunda religiosidad y la defensa de imponer una educación tradicional a sus futuros hijos, fueron desde
el primer día sus objetivos.
El ingreso de Kelly en el mundo de la realeza transmutó aquel estilo clásico de los cincuenta en un gusto por la alta costura que tuvo en Dior, Balenciaga, Givenchy y Saint Laurent sus grandes favoritos. Fue un vestido de gasa azul de Christian Dior el que permitió a la princesa proclamar desde la portada de Paris Match, en 1956, que las mujeres embarazadas podían seguir transmitiendo un chic innato. Utilizó un elegante traje verde de Givenchy para una visita oficial a la Casa Blanca en 1961, donde fue recibida por JFK y su esposa, Jacqueline. En 1981 eligió un fabuloso vestido morado de Yves Saint Laurent para una gala benéfica en el Royal Opera House, de Londres, donde coincidió con lady Diana Spencer, futura princesa de Gales.

Por el día elegía pañuelos de Hermès con todos los motivos y temas de la historia universal: abstractos, con motivos art-decó, de animales, selvas u otros lugares geográficos. Los maravillosos carrés de seda de la maison francesa de maletas y complementos servían a la princesa para proteger sus cabellos del sol, cuidar su garganta del frío o para ser anudados como simple adorno de sus bolsos, cinturones o vestidos.

Otro de los básicos de Grace Kelly eran las gafas de sol -que elegía enormes-, los vestidos tipo túnica, tan de moda en los ’70 y los grandes bolsos con herrajes de inspiración joya. No por nada la casa de alta costura favorita de la dama, Hermès, bautizó a uno de sus bolsos estrella, que hoy sigue editando con diferentes materiales, con el nombre de la princesa, el Kelly bag. Grace había puesto de moda ese modelo al ser fotografiada varias veces con él. En cuanto a los bolsos de noche, usaba pequeños clutches cuajados de brillantes. Las pamelas o grandes sombreros le encantaban, así como los lazos anudados a la cintura.

La ropa de ballet fue otra de sus grandes fuentes de inspiración: tules, sedas, organdí, el color rosa casi blanco de las bailarinas enamoraba a la princesa, que en repetidas ocasiones pidió a los modistos esta clase de diseños para la noche. Los vestidos vaporosos ceñidos al talle en colores pastel llenaban sus armarios. Avanzada su vida de princesa se decantó por sinuosos vestidos de noche muy ceñidos, en satén, raso, organza y seda. Su color favorito para las grandes ocasiones era el negro, seguido del rosa claro y el azul. Chanel era su modista ideal para los trajes sastre, que adoraba confeccionados en tela de tweed.


Grace daba rienda suelta a su fantasía cuando iba a un baile de disfraces. Para aumentar los fondos de la Cruz Roja organizó un baile anual de beneficencia a favor de la institución, que resultó el acontecimiento social más esplendoroso del año en la Costa Azul y uno de los más selectos del mundo. En el curso de los años asistieron al evento algunos de los personajes más conocidos del orbe, todos ataviados con trajes espectaculares. Pero los disfraces más fantásticos los lucía Grace, que un año tuvo que trasladarse a la gala en una furgoneta, porque su tocado, compuesto por largas agujas doradas, no cabía en el coche real. “Parecía radio Montecarlo”, bromeó la princesa. Esta gala fue siempre su diversión favorita, porque le daba la oportunidad de ver a sus antiguos amigos, vestirse de manera extravagante y conseguir gran cantidad de dinero para una causa con la que se había comprometido de corazón.

Pero en ella siempre estaba presente la contradicción. La princesa, tan comprometida y ocupada, era capaz de olvidarse, en ciertos momentos, de todas sus responsabilidades, de una manera casi infantil. Una de sus damas de honor recuerda que una vez fue a buscar a Grace a palacio para que asistiese a una asamblea de la Cruz Roja y olió que algo se quemaba. Rápidamente abrió la puerta de la biblioteca. Grace estaba allí jugando con un sello que Rainiero le había regalado con el escudo de armas de su familia. Estaba calentando diversas ceras de colores para ver cuál de ellas iba mejor. “Cuando me vio –escribió la joven- dio un salto pequeño como una niña cogida en falta. Por toda la estancia había cera fundida; la mesa redonda y la alfombra estaban llenas de cerillas y de sobres arrugados. Grace continuó jugando hasta que, de pronto, vio la hora que era y comprendió que ya no podía acudir a la asamblea”.

Cuando no tenía algún asunto serio entre manos, o ninguna diversión, la princesa sucumbía al aburrimiento sin intentar llenar aquellos espacios de libertad. Aquel decaimiento le impedía actuar correctamente en algunas ocasiones y cumplir con sus responsabilidades cuando éstas coincidían con ese estado anímico, lo que era bastante frecuente. Grace trataba de aliviarlo como podía. Era, según un amigo, “infantil” respecto a las fiestas y le excitaba mucho ver a sus amistades. Era infatigable en las reuniones, a veces se resistía a volver a palacio y se quedaba bebiendo champaña hasta altas horas de la madrugada. Esto sucedía también cuando recibía a sus amistades, con quienes jugaba. Y recordaba tiempos pasados hasta el amanecer.



Grace tardó varios años en sentirse a gusto entre los monegascos. Su falta de confianza en el buen desempeño de su papel le resultaba, a veces, un verdadero obstáculo. Su dificultad con el idioma, su falta de familiaridad con el protocolo, su temor a dejar en mal lugar a su esposo, incluso su miopía, la mantenían dentro de una “burbuja de plástico” durante sus apariciones en público. Y el resultado era que, una mujer que sus amigos conocían como cálida y llena de vida, no sólo estaba aislada de sus súbditos, sino que se distanciaba de relaciones sociales que hubiesen podido proporcionarle nuevas amistades para salir de su soledad.

Según la gente ajena a Mónaco, se había integrado perfectamente y con elegancia en los ambientes de la realeza. Su belleza deslumbraba al más indiferente de los jefes de Estado y su reserva, aunque hija del miedo, era considerada como una prueba de su rango. En la década del sesenta, la princesa Grace era considerada una de las mujeres más admiradas, celebradas e imitadas del mundo entero, hecho que confundió a algunos observadores. Maurice Zolotow, al dar el perfil de Grace en 1961, empezaba su artículo:

Una de las cuestiones más curiosas de la opinión pública es por qué todos continúan estando pendientes de cierta rubia alta y esbelta, de treinta y dos años de edad, que se casó y tiene dos hijos y que, durante seis años, no ha contribuido en nada, absolutamente, al desarrollo artístico, político, económico o social del mundo, para justificar la gran atención que consigue… Es una de las siete mujeres más populares de la pasada década en la prensa internacional, siendo sus rivales la princesa Margarita, Marilyn Monroe, Brigitte Bardot, Elizabeth Taylor, Jacqueline Kennedy y la reina Isabel II de Inglaterra. Se ha publicado mucho más acerca de la princesa Grace hoy en día, en las revistas y los periódicos de Europa y América, que en 1954, cuando se hallaba en el pináculo de la fama como una de las mejores estrellas de Hollywood…”


La mística de estrella de cine convertida en princesa le sirvió de mucho, pero también le ayudó la particularidad de ser la esposa de un jefe de Estado. Pocas personalidades políticas resultaban tan bellas, tan elegantes, tan encantadoras en las entrevistas personales como la princesa consorte de Mónaco. Las mismas atractivas cualidades que separaban a Jacqueline Kennedy de las otras esposas de presidentes eran las que distinguían a Grace.

El nacimiento de sus hijos, más que cualquier otra cosa, cimentó la unión de Grace con el príncipe y con el principado. Estaba decidida a ser la mejor de las esposas para su marido, la mejor de las madres para sus hijos y también la mejor princesa de Mónaco. William F. Buckley dijo de Grace que “si hubiese decidido ser monja en lugar de princesa, no habría existido la menor diferencia en la fidelidad de su vocación”.


La segunda mitad de la década de los sesenta fue el período más feliz de la vida conyugal de Grace. Casi todas las pruebas con las que había tenido que enfrentarse en sus primeros diez años como princesa habían quedado atrás; había superado correctamente su período de aprendizaje. Había aceptado el protocolo real y familiar y lo había integrado a su vida. Comprendía las costumbres y la idiosincrasia de los monegascos y les había demostrado su carácter por medio de sus actos y su ejemplo, con lo que había logrado su afecto y admiración.


Hasta los setenta Grace había demostrado una imperturbable apariencia de decoro. En público se mostraba como un compendio de reserva y compostura. En las entrevistas mantenía invariablemente su dignidad y sólo decía lo que se esperaba de ella, sin apenas revelar nada acerca de sí misma. Sonreía fríamente y dejaba sin respuestas aquellas preguntas que consideraba impertinentes. Ciertos reporteros la describieron como “repetitiva” y “rígida”, con una sonrisa “plástica” y “helada” y sus respuestas eran consideradas “aburridas”.

La proximidad de sus 40 años produjo en ella un cambio de actitud. Silenciosa y constante, en lugar de reducir sus actividades y obligaciones, Grace se imponía más. Prefería tener mucho trabajo y acabar exhausta, que disponer de excesivo tiempo libre, lo que la llevaría a aburrirse, a inquietarse y a sentir nostalgia de sus amigos. Se ocupaba además de proyectos propios, de empresas que satisfacían su creatividad y que la mantenían un poco al margen de sus problemas y responsabilidades: primero diseñó cuadros con flores disecadas, lo que resultaba sedante para ella, luego se dedicó a la lectura de poesía, que la llevó a hablar en público por toda Norteamérica y Europa. El escritor y director John Carroll dijo que “la princesa Grace posee un gran sentido del ritmo, el sentido de la perfección. Posee una voz suave, muy grata, con una maravillosa gama de tonos. Y posee, asimismo, un gran sentido del humor”.

Sus experiencias durante la segunda mitad de la década de los ’70 supusieron una dolorosa sucesión de problemas: rumores de infidelidades del príncipe, distanciamiento en la pareja, disgustos con sus hijos. Sus estados de nervios la llevaron a refugiarse en el alcohol. El resultado fue que no pudo controlar su peso y el último año de su vida engordó en exceso, aspecto que resultaba bastante extraño en una mujer que siempre había sido delgada. En 1982 un accidente de auto le quitó la vida, en la misma carretera de Mónaco en la que ella y Cary Grant hacen un picnic en la película To Catch a Thief.

La princesa Gracia Patricia de Mónaco sigue siendo un referente de la moda, su belleza y elegancia quedaron grabadas en la memoria colectiva y se transformó en todo un icono. Jean d’Ormesson, de la Academia Francesa, dijo de ella al momento de su muerte: “Era uno de esos escasos seres de leyenda que dan su gracia al mundo. Por una casualidad demasiado notable como para ser sólo una obra del azar, unía con belleza y encanto dos sueños de nuestra época, el uno dirigido al porvenir y el otro al pasado: los estudios de cine y los bailes de la corte, los reflectores y los palacios, el cine y el trono. La última pastora de corazones de nuestro tiempo había sido actriz antes que princesa. Había interpretado ese mundo antes que vivirlo y, en sus dos vidas sucesivas, había conocido la gloria y encarnado la felicidad para los millones de espectadores de su fulgurante carrera”.


lunes, 28 de junio de 2010

Los Polignac

Polignac es el nombre de una renombrada familia originaria del Languedoc que tomó su nombre del Château de Polignac, del cual habían sido sieurs desde el siglo XI. Situado a 5 km al noroeste de Puy-en-Velay, hoy Alto Loira, el castillo (también conocido como la fortaleza de Polignac) domina el valle de Polignac y la cuenca del Puy.


Los vizcondes hereditarios de Velay tomaron su nombre y lo hicieron su residencia habitual hasta principios del siglo XVII. Los Polignac traen escudo fajado de seis piezas de plata y gules, soportado por dos grifos al natural, con la divisa "Sacer Custos Pacis".


Bien protegidos en su fortaleza, los señores de Polignac fueron capaces de ser dueños del lugar, "los reyes de la montaña"; aunque aliados de los reyes de Francia, eran de carácter independiente. La torre fue edificada por Randon Armand X, vizconde de 1385-1421, como lo indica una inscripción latina grabada sobre una piedra incrustada en la esquina noroeste. Su bóveda fue reparada a fines del siglo XVI por Philiberte de Clermont, vizcondesa viuda de Polignac.


El Château de Polignac a principios del siglo XIX


Durante las guerras de religión, los Polignac tomaron el partido de Enrique IV, por lo que la fortaleza fue el bastión de los realistas contra la liga católica de Puy. Abandonado en el siglo XVII por los vizcondes de Polignac, que prefirieron su castillo de verano en La Voûte-Polignac, la fortaleza ya estaba en ruinas al momento de la Revolución.


La Casa de Polignac como tal se extinguió a mediados del siglo XIV, cuando en 1349 la vizcondesa Valpurge de Polignac casó con Guillaume de Chalençon, perteneciente a esta antigua familia originaria del Vivarais. La rama principal formada por sus descendientes pasó a llamarse de Chalençon de Polignac.


Escudo de armas de la Casa Chalençon de Polignac


En el siglo XVII ya ostentaban el título de marqueses y con Jules François Armand de Polignac (1745-1817) fueron ascendidos a duques en 1780. El hijo de éste, Auguste Jules Armand Marie (1780-1847), duque de Polignac, fue nombrado Princeps Romanus por el Papa Pío VII en 1822 y le fue otorgado el segundo rango de Príncipe por el rey Luis I de Baviera en 1838. Sus descendientes portarían el título de Príncipe o Princesa de Polignac. Otros miembros masculinos de la familia usan el título “Conde de Polignac” y los miembros femeninos el apellido “de Polignac”.


Una rama menor de los Chalençon de Polignac accedió en 1949 al trono de Mónaco en la persona del príncipe soberano Rainiero III (1923-2005), hijo del Conde Pierre de Polignac (1895-1964), Duque de Valentinois y de Charlotte (1898-1977), hija natural de Louis II de Mónaco, de la Casa Goyon.



Aglaé Louis Françoise de Polignac, Duquesa de Guiche (1784)


Vizcondes de Polignac

Casa de Polignac

  • Armand de Randon, vizconde de Polignac (1334)
  • Marguerite de Polignac
  • Randonnet, seigneur de Randon
  • Randon, seigneur de Randon
  • Valpurge de Polignac, señora de Randon y de Randonnet, casó con Guillaume, seigneur de Chalençon (1349)

Casa de Chalençon

  • Pierre de Chalençon, vizconde de Polignac
  • Louis Armand, barón de Chalençon
  • Guillaume Armand, barón de Chalençon
  • Guillaume Armand, barón de Chalençon
  • François Armand, barón de Chalençon
  • Louis, barón de Chalençon
  • Gaspard Armand, marqués de Chalençon, barón de Randon
  • Scipion Sidoine Apolinaire Gaspard Armand, marqués de Chalençon
  • Héracle-Louis, vizconde de Polignac

Duques de Polignac

  • Jules, Conde luego Duque de Polignac (1745-1817)
  • Jules, Duque luego Príncipe de Polignac (1780-1847)
  • Armand, 3º duque de Polignac (1817-1890)
  • Héracle, 4º duque de Polignac (1843-1917)
  • Armand, 5e duque de Polignac (1872-1961)
  • Jean Héracle, 6º duque de Polignac (1914-1999)
  • Charles-Armand, 7º duque de Polignac (1946-)
Miembros notables de la familia





Melchior de Polignac (1661– 1742) era el hijo menor de Armand XVI, marqués de Polignac. En 1695 fue enviado como embajador a Polonia y en 1712 como ministro plenipotenciario de Luis XIV en el Congreso de Utrecht. Durante la regencia se vio envuelto en la conspiración Cellamare y fue relegado a Flandes por tres años. Entre 1725 y 1732 fue emisario francés en la Santa Sede. En 1726 recibió la Arquidiócesis de Auch.





Yolande Martine Gabrielle de Polastron (1749–1793) casó con Jules François Armand, conde de Polignac, en julio de 1767. Ambos fueron presentados formalmente en la Corte en 1775. Allí la condesa inició una gran amistad con la reina María Antonieta y el hermano menor del rey, el conde de Artois (futuro Carlos X de Francia). Carismática y hermosa, Gabrielle se convirtió en la líder indiscutida del círculo de la reina y fue nombrada Gobernanta de los Hijos de Francia, obteniendo un apartamento de trece habitaciones cerca de la familia real y su propio cottage en el hameau de María Antonieta.


Su esposo, en tanto, fue promovido más tarde al rango de Duque. Este matrimonio fue cordial pero no exitoso, típico de los matrimonios arreglados de la aristocracia (ella mantenía un apasionado romance con un capitán de la Guardia Real, conde de Vaudreuil). Así y todo, tuvieron cuatro hijos. Luego de la toma de la Bastilla en 1789, Gabrielle y su familia escaparon a Suiza, donde mantenían contacto epistolar con la reina. En aquella estadía, la duquesa contrajo cáncer y murió en diciembre de 1793, poco tiempo después de la ejecución del rey y la reina de Francia.


Jules Auguste Armand Marie, Príncipe de Polignac (1780 – 1847) era hijo de Jules, duque de Polignac en 1780, y de Gabrielle de Polastron. En la Restauración recibió el título de Príncipe de parte del Papa y en 1823 fue hecho embajador ante la corte de Inglaterra. Sus ideas eran ultra-realistas y creía que el poder político en Francia debía ser restaurado a la monarquía y la nobleza. En 1829 Carlos X lo nombró Ministro de Asuntos Extranjeros y luego se convirtió en presidente del Consejo. Con otros ministros fue responsable de las Treinta Ordenanzas que causaron la revolución de julio de 1830, que terminó con el reinado de los Borbones. Fue capturado, enjuiciado, convicto y condenado en diciembre de 1830 a la mort civile: prisión de por vida y pérdida completa de sus derechos civiles. Beneficiado por la amnistía de 1836 partió al exilio en Inglaterra pero pudo regresar a su país donde murió en 1847.


Jules casó dos veces, primero con Barbara Campbell (1788-1819), y luego con Maria Charlotte Parkyns (1792-1864). Tuvo siete hijos: todos portaban por derecho de nacimiento el título de Príncipe de Polignac. Alphonse fue inventor de la teoría matemática de los gemelos primos; Ludovic , teniente coronel del ejército francés que participó en la colonización de Argelia; Camille, mayor general del ejército Confederado durante la Guerra Civil americana; Edmond, compositor y teórico de la escala octatónica.


Camille Armand Jules Marie, Príncipe de Polignac (1832 –1913) fue uno de los pocos generales de cuna francesa –y, además, noble- que se sumó al ejército de los Estados Confederados durante la Guerra Civil americana. A través de su primo Pierre de Polignac, se hallaba emparentado con los Grimaldi de Mónaco.


Desde 1853 pertenecía al ejército francés, fue segundo teniente durante la Guerra de Crimea y renunció en 1859 para viajar a América. En los ’60 perteneció al ejército Confederado y luego de la Guerra Civil regresó a Francia y al ejército de su país natal, comandando una división en la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871). Al igual que su padre, vivió dos matrimonios de los que tuvo descendencia. Continuó estudiando matemáticas y música hasta que su salud falló. Cuando murió en París a los 81 años, era el último general confederado viviente.


Edmond Melchior Jean Marie, Príncipe de Polignac (1834 - 1901) fue el último hijo de Auguste Jules Armand Marie de Polignac, malogrado ministro del gabinete de Carlos X. Compositor desde joven, comenzó escribiendo obras corales masculinas (orphéons) que proliferaban en Francia y ensembles de cámara. En 1879 descubrió la escala octatónica (que ha sido usado en la música folklórica rusa por centurias).

En diciembre de 1893, Polignac casó con Winnaretta Eugenie Singer, hija de Isaac Singer, magnate de las máquinas de coser, en un matrimonio de conveniencia. La flamante princesa se convirtió en patron de los círculos musicales franceses. Su salon era el centro del París musical y artístico de vanguardia, donde se daban cita figuras de la talla de Widor, Gigout, Fauré, Vierne y Guilmant. A partir de 1894 Marcel Proust era visita regular. El resto del tiempo la pareja viajaba por Europa –en aquella época adquirieron un palazzo en Venecia- y promocionaban las composiciones de Edmond. No tuvieron hijos, pues su matrimonio no era de facto dadas las inclinaciones sexuales de ambos. Edmond murió en 1901 y su esposa lo sobrevivió cuarenta años.

Pierre de Polignac, príncipe de Mónaco, duque de Valentinois (1895 – 1964) nació Conde Pierre Marie Xavier Raphael Antoine Melchior de Polignac, hijo del Conde Maxence Melchior de Polignac y de su esposa mexicana Susana María (Suzanne Marie) de la Torre y Mier.


Casó en 1920 con la Princesa Charlotte de Mónaco (nacida Charlotte Louise Juliette Louvet), hija ilegítima y más tarde adoptada de Luis II de Mónaco. Como una princesa Grimaldi sólo podía heredar el trono monegasco si su esposo era también un Grimaldi, Pierre de Polignac se convirtió en Príncipe Pierre Grimaldi de Mónaco un día antes de su matrimonio religioso. También adquirió, vía matrimonial, el título de Duque de Valentinois. En 1930 se separaron judicialmente y, por ordenanza del príncipe Luis II, se divorciaron en 1933. Tuvieron dos hijos:
§ Antoinette, Princesa de Mónaco (1920- )
§ Rainiero III, Príncipe soberano de Mónaco (1923 – 2005)