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lunes, 12 de diciembre de 2011

Besamanos

El “besamanos”, que antiguamente implicaba el homenaje de los cortesanos a su monarca en fechas significativas, se ha aplicado por extensión, en el protocolo moderno, al momento de la recepción formal de invitados durante un banquete de gala. En ámbitos reales, las normas varían desde el desfile de asistente antes los anfitriones y sus invitados de honor, como en el caso de España, hasta el saludo del invitado de honor a los asistentes ya presentes en el acto –que forman una fila de recepción-, como sucede en el Reino Unido.



Cena de gala durante la visita de Estado de Elizabeth II a Holanda (1958). En la foto, Lady Clementine Churchill saluda a ambas soberanas.


Visita de Estado del Rey y la Reina de Grecia a Thailandia (1963).



Visita de los Emperadores de Irán a Thailandia (1968).


Los Príncipes de Mónaco saludan al Sha y la Emperatriz de Irán durante el gran banquete en Persépolis por los 2.500 años de la fundación del imperio persa (1967).

Cena de gala en el Palacio de Oriente durante la visita de los Emperadores de Japón (1994).


El Presidente de Gobierno Felipe González, saluda a la Infanta Cristina en la cena de gala en honor del Presidente de Méjico, Ernesto Zedillo (1995).


Diana, Princesa de Gales, llega a la Serpentine Gallery de Londres (1995).


Cena de gala en el Palacio de Oriente durante la visita del Presidente de Corea del Sur, Roh Moo-Hyun (2007).


Elizabeth II arriba a las premières y recibe el saludo de las celebridades en la fila de recepción:


Kirk Douglas, 1952


Marilyn Monroe, 1956


Barbra Streisand, 1975



Lady Gaga, 2011

jueves, 31 de marzo de 2011

Nobleza de nuevo cuño

Cuatro nuevos marquesados otorgados por el Rey Juan Carlos a personalidades de la vida pública y social del país han devuelto a muchos nobles españoles al limbo de la perplejidad y la sorpresa, un lugar que parece que están visitando con excesiva frecuencia en estos tiempos. De esa manera llegan a 49 los títulos concedidos por el monarca español desde su asunción en 1975 (ver entrada 21/05/2010)

La firma del Rey

Los agraciados con estas nuevas mercedes nobiliarias (no hay entre ellas ninguna Grandeza de España) son Mario Vargas Llosa, insigne premio Nobel que se enorgullece allá donde va de su estrecha vinculación con España; Aurelio Menéndez, ex presidente del Tribunal Constitucional y ex ministro de educación; Juan Miguel Villar Mir, empresario de la construcción - presidente de OHL- y Vicente del Bosque, entrenador de la Selección Española de Fútbol.


Nuevos marqueses

Pero la propia designación elegida para los nuevos títulos carece de originalidad dentro de esa línea de tecnicismo que en los últimos tiempos ha caracterizado la concesión de nuevas mercedes nobiliarias, pues únicamente el Marquesado de Ibias, el que ha correspondido a Aurelio Menéndez, hace gala de una cierta imaginación frente a los Marquesados de Vargas Llosa, de Villar Mir y de Del Bosque.

De acuerdo con lo dispuesto por el Rey, estos cuatro títulos pasarán también a los sucesores de sus titulares, siguiendo lo establecido en la normativa española sobre títulos nobiliarios. En la exposición de motivos de la ley 33/2006 se apunta que actualmente la posesión de un título nobiliario no otorga ningún estatuto de privilegio, al tratarse de una distinción meramente honorífica cuyo contenido se agota en el derecho a usarlo y a protegerlo frente a terceros.


Corona heráldica de Marqués

En la concesión de dignidades nobiliarias de carácter perpetuo, a su naturaleza honorífica hay que añadir la finalidad de mantener vivo el recuerdo histórico al que se debe su otorgamiento, razón por la cual la sucesión en el título queda vinculada a las personas que pertenezcan al linaje del beneficiario de la merced. Este valor puramente simbólico es el que justifica que los títulos nobiliarios perpetuos subsistan en la actual sociedad democrática, regida por el principio de igualdad de todos los ciudadanos ante la ley.

Los títulos conllevan una especie de patente de uso, protegida por los tribunales. Al respecto es relevante recordar que el Tribunal Supremo dictó una sentencia en la que consideró una intromisión ilegítima el etiquetado de un vino con el nombre de Marqués de Bradomín, un personaje de ficción creado por Valle Inclán, aprovechado por el rey Juan Carlos para crear ese título que concedió a su hijo Carlos Valle en 1981. Es decir, quien quiera usar el nombre de un título como marca comercial debe pagar al titular del mismo.


El Marqués de Ibias

La nobleza española se ve una vez más dividida entre su afecto a la Corona y su incomprensión del trato que recibe como estamento, que se ve perjudicado con los últimos cambios en las leyes y con algunas de estas nuevas mercedes nobiliarias que, al entender de muchos, no hacen sino “democratizar a la baja” dañando en su esencia a una institución centenaria. Todo ello facilita que surjan grandes preguntas. ¿Qué es lo que se premia?, ¿cuáles son los valores que hacen a la nobleza? o ¿acaso será todo ello parte de esa intención de “plebeyizar la monarquía” y, con ella, una institución tan íntimamente vinculada a la Corona como la nobleza?

Porque una cosa, dicen algunos, es un escritor de incuestionable renombre internacional como Mario Vargas Llosa, que cuadra bien con su flamante título de Marqués, y otra distinta son un entrenador de fútbol como Vicente del Bosque o un empresario como Juan Miguel Villar Mir, cuyo grupo empresarial en los sectores inmobiliarios, de la construcción y de los servicios, se define como “comprador y consolidador de empresas en graves dificultades”. Para estos últimos, opinan muchos, se podría haber pensado en otros premios y distinciones del Estado como la digna Orden de Carlos III o la también prestigiosa Orden de Isabel de la Católica. Pero ¿acaso no importa la vanidad?

El Marqués de Del Bosque

Don Juan Carlos justifica la concesión del título nobiliario a Del Bosque por su "gran dedicación" al deporte español y su "contribución al fomento de los valores deportivos" que merecen ser reconocidas de manera "especial". De Vargas Llosa destaca su "extraordinaria contribución" a la lengua y literatura españolas, "apreciada universalmente", mientras quiere reconocer la "valiosa y fecunda labor" del abogado Menéndez en el ámbito de la docencia universitaria y las ciencias jurídicas "al servicio de España y de la Corona". Del empresario Villa Mir, subraya su "destacada y dilatada trayectoria al servicio de España y de la Corona".

En los círculos aristocráticos no se habla de otra cosa y se dice que este proceder es una copia de la forma de actuar de la monarquía británica, pues Elizabeth II no duda en otorgar la dignidad de “Sir” a personajes como David Beckham, Elton John o Sean Connery. Pero la sobria monarquía española, hasta ahora muy prudente al momento de conceder nuevos títulos de nobleza, no puede competir con la riqueza de la que hace gala la británica en la concesión anual de títulos y mercedes nobiliarias de distintas naturalezas y rangos a numerosas personalidades de todo el país.


El Marqués de Villar Mir

Y es que Su Graciosa Majestad se guarda mucho de crear nuevos títulos hereditarios, como estos de nueva creación en España, que solo reserva para ocasiones y personalidades muy singulares. Es generosa, en cambio, con las mercedes vitalicias y de rango menor, que mueren con el concesionario y que premian el esfuerzo y la dedicación de personalidades que se distinguen por méritos propios en muchos y muy distintos ámbitos de actividad. Una vez más la polémica está servida, pues también son muchos los ciudadanos de a pie que ven en este gesto un acercamiento de la Corona a un necesario premiar los méritos de la calle.


El Marqués de Vargas Llosa

martes, 8 de marzo de 2011

Madrid noble



La afluencia de nobles a Madrid comenzó cuando Felipe II decidió fijar su hasta entonces Corte ambulante en esa villa a mediados del siglo XVI. Los nobles se trasladaron a la entonces pequeña población, al amparo de la Corte real, manteniendo estrechos contactos con el Rey a través del aparato cortesano. Su presencia fue haciendo poco a poco de Madrid una de las ciudades más animadas de Europa, convirtiéndose en el principal foco de atracción social. Pasó así de ser una población principalmente agraria a girar en torno a la aglomeración de refinamiento que exigía la Corte. Como consecuencia y aunque la industria era mínima, comenzó a desarrollarse en su seno un verdadero comercio del lujo (desde joyeros a bordadores de plata y oro y sombrereros).


La Reina Isabel


La llegada a la capital de los nobles llevó consigo grupos sociales de baja extracción procedentes de zonas rurales, sabiendo de la demanda de sirvientes por parte de la aristocracia. De hecho, el tener mayor o menor número de empleados era un signo de mayor o menor estatus. Como lo era también en otra dimensión el número de coches que se poseyera, o el número de caballos que tiraban de ellos.

La nobleza constituyó desde un principio la cúspide social de la capital. Pero no sólo la social, sino también la económica y la política. Sus cargos en palacio les facilitaron los contactos con los centros de poder, formándose fuertes camarillas. Por lo que Madrid seguía siendo en el siglo XIX como centro de poder político un foco de atracción para las élites. De esta forma la nobleza madrileña fue monopolizando los altos cargos políticos del gobierno. La gran parte de los escaños del Senado y de los cargos diplomáticos, estaban ocupados por los Grandes de España por derecho propio (como contemplaría la Constitución de 1876), igualmente seguían ocupando los cargos en la Corte como el de Tesorero real, Secretario del rey y otros muchos relacionados con la administración de palacio.

Pedro de Alcantara Tellez-Girón y Beaufort Pimentel, 11º Duque de Osuna


El desempeño de esas actividades les hizo adquirir gran prestigio, lo que unido a la suntuosidad que rodeaba su estilo de vida con palacios, comodidades, fiestas y todo tipo de símbolos externos que los identificaban, proporcionó que esta élite influyera y fuera envidiada por todas las clases sociales. Este prestigio les acompañó hasta bien entrado el siglo XX, aunque la situación económica, social e ideológica de este grupo sufriese fuertes transformaciones a lo largo del siglo XIX.

La principal base económica de la nobleza era la tierra rural. Aunque la nobleza de cuna se había ido instalando alrededor de la corte, había dejado en el interior vastas tierras de las que percibían el mayor porcentaje de las rentas nacionales, lo que aseguraba el futuro a los viejos nobles, y propiciaba que la tierra pasara de de generación en generación.

Pero la nobleza contaba también con amplias propiedades urbanas, principalmente fincas que se hallaban dispersas por la ciudad y solían tener arrendadas. Este tipo de posesiones les vino muy bien cuando en momentos determinados las tierras agrícolas no conseguían dar la liquidez necesaria poder mantener el alto nivel de vida de sus dueños. Era entonces cuando recurrían a vender esas fincas urbanas, ya que como éstas sólo desempeñaban un papel complementario en sus ingresos, no invertían en ellas.


La Duquesa de Castro-Enríquez


De esta manera comenzó un repliegue nobiliario, causado porque la nobleza reprodujo hábitos y comportamientos tradicionales del Antiguo Régimen. Incluso a pesar de que había comenzado a finales del XVII a impulsar una actividad económica algo más activa, no se alteraron las estructuras de producción y propiedad. Es decir, que trataron de maximizar la producción para conseguir más dinero líquido, pero sin llevar a cabo transformaciones industriales.

Con el fin de aumentar la producción sin salir del modelo tradicional de propiedad, subieron los gastos dirigidos a mejoras de infraestructura. Al mismo tiempo el consumo suntuario de la aristocracia se incrementaba, debido a su transformación en una clase más cosmopolita, más abierta a las influencias francesas, y que tenía que destinar gran parte de sus ingresos a gastos fijos para mantener su estatus, marcado por la nueva moda de grandes y nuevos palacios, la adquisición de obras de arte, etc.


La suntuosidad de una residencia noble


El cambio de coyuntura a finales del siglo XVIII y principios del XIX, el entorpecimiento de las exportaciones de lana, el coste del aprovisionamiento de las rentas durante la Guerra de la Independencia, el descenso de los precios agrarios, el cuestionamiento de los privilegios señoriales y el cortocircuito de las rentas provenientes de la corona como consecuencia de la quiebra de la Hacienda Pública, frenaron la expansión de la economía nobiliaria. Se produjo entonces un desfase entre gastos e ingresos comenzando una crisis patrimonial que duró hasta los años setenta, en la que perdieron posiciones económicas.

Se hizo necesario por ello un proceso de saneamiento que permitiera la recuperación. Fue entonces cuando la nobleza demostró su capacidad de resistencia, pues la mayoría consiguió reconstruir su situación sin abandonar del todo su componente agrícola y sin tener que participar de una forma decidida en los nuevos sectores económicos (Deuda Pública, construcción, negocios, etc.). En general a lo largo del XIX la nobleza mantuvo su patrimonio.

El saneamiento conllevaba la abolición del mayorazgo y el fin de la propiedad vinculada, además de la intervención del Estado Liberal que va a transferir a la vieja nobleza indemnizaciones por la desamortización de sus bienes. Las indemnizaciones eran utilizadas por sus destinatarios como el elemento de liquidez que tanto ansiaban y no como medio de engrosar el patrimonio.


A la izquierda el antiguo Palacio del Marqués de Alcañices, que se derribó en 1884 para construir el Banco de España. A la derecha la estatua de la diosa Cibeles y su fuente.

El hecho de que la nobleza no participase de forma decidida en los nuevos sectores económicos no significó, sin embargo, su ausencia total en los mismos. Entre 1840 y la Restauración, la aristocracia madrileña buscó un nuevo punto de equilibrio económico que les ayudara a salir de bache, proporcionándoles mayores beneficios y una gestión más eficaz de los recursos. Por ejemplo, la casa de Medinaceli transfirió propiedad rústica o valores por un valor efectivo de 58 millones de reales (lo mismo que el duque de Alba, el conde de Altamira o el marqués de Alcañizes).

Para la pequeña nobleza la política de saneamiento suponía un mayor esfuerzo, y podía suponerles la liquidación total de su patrimonio. Se trataba de economías con una excesiva presencia de bienes improductivos, por lo que la enajenación de las fincas agravaba el desfase y dificultaba la reactivación posterior.


La Condesa de Vilches


Como excepción y no como norma, algunas familias nobles no supieron o no pudieron recuperarse, llegando a la quiebra definitiva de sus patrimonios. Entre otros motivos se encuentra el hecho de que se endeudaran con banqueros madrileños. Este es el caso de los Altamira, Híjar, Salvatierra y Osuna.

Una consecuencia de la crisis de la nobleza fue el hecho de que muchos aristócratas dejaran de engrosar las filas carlistas para pasar a la de los liberales, ya que desde ahí podían controlar la reconversión de sus propiedades, superar la crisis y recuperar el prestigio político (aunque nunca habían perdido su influencia social). Es que se trata de un liberalismo moderado, por lo que durante la Restauración se les verá en el partido conservador de Cánovas.

A la vez, como si de una cadena se tratara, el giro político de la nobleza provocó que esta clase social tomara contacto con otras élites de importancia, haciéndose más abierta, convirtiéndose así en la nobleza europea más liberal en ese aspecto. Por ello la alta burguesía comenzó a ennoblecerse y a engrosar las filas de la aristocracia, incluso muchas de las tierras que los nobles tuvieron que vender cuando enajenaron sus propiedades, pasaron a manos de la alta burguesía.


El Palacio de Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII marqués de Cerralbo, hoy Museo


Claro que esa apertura no fue compartida por la totalidad de la nobleza. Un sector patriarcal, con profundo y arraigado sentido del hogar, desdeñaba a los burgueses por considerar que contaminaban la sangre, el código social y el modo de vida aristocrático.


Muy a pesar de los disconformes la creación de una nueva nobleza, surgida de la élite económica de los negocios, fue un hecho, especialmente significativo en el reinado de Isabel II y de Alfonso XII.

Uno de los ejemplos más notables de las nuevas élites surgidas en época de Isabel II, fue el marqués de Salamanca, quien encarna lo que significó la burguesía ennoblecida y sus diferencias con la nobleza de cuna, principalmente económicas. Mientras los segundos valoraban su patrimonio como simple fuente de rentas, y empleaban los excedentes en el lujo y no en la reinversión, los primeros se embarcaban en distintos negocios e inversiones en bolsa, consiguiendo aumentar su capital si les salían bien, pero corriendo el riesgo de arruinarse en caso contrario.


Un joven Marqués de Salamanca


El marqués de Salamanca nació en Málaga en 1811, en el seno de una familia acomodada que se pudo permitir pagarle los estudios de leyes. Ejerció como jurista, lo que le permitió codearse con grandes personajes. Su matrimonio con Petronila Livermore Salas, de padre inglés, hizo que emparentara con grandes empresarios, de los que fue aprendiendo. Poco a poco fue abandonando su carrera para dedicarse exclusivamente a los negocios y la política. Así, llegó a Madrid por primera vez como diputado por Málaga en las cortes Constituyentes celebradas en octubre de 1836. Y de ahí, pasó al Ministerio de Hacienda. Esto viene a demostrar que la mayoría de los títulos que se concedieron en el XIX, fueron a parar a manos de políticos y de militares.

Fértil en ideas, invirtió en numerosos negocios (la Bolsa, la banca, el ferrocarril, los bienes raíces), algunos de creación propia. Lo verdaderamente asombroso de este hombre es que a pesar de sus momentos de apuros económicos e incluso quiebras, conseguía recuperarse de manera sorprendente. Algo que no ocurrió con otros nuevos nobles.


La sociabilidad de la nobleza madrileña (segunda mitad del siglo XIX)


Durante el reinado de Alfonso XII, se mantuvo la tendencia de otorgar títulos nobiliarios que había comenzado durante el reinado de su madre y que continuará posteriormente, durante la Regencia de María Cristina y el reinado de Alfonso XIII. Con ello se pretendía crear una nueva nobleza, aunque también se beneficiaran de esta política personas que poseían títulos con anterioridad.

Durante la Restauración, la necesidad de encontrar simpatizantes con la causa para consolidar el régimen, llevó a premiar con títulos a aquellos que contribuyeron a restablecer a la monarquía borbónica en el trono español y a los que la rendían fidelidad. Por eso fueron principalmente militares, hombres de negocios y políticos los que adquirieron dichos títulos, quienes eran el principal apoyo del sistema recién implantado.

Por cada título, que sólo podía ser otorgado por el Rey, había que pagar un importe que estaba en relación con la calidad del mismo, pudiendo aspirar a uno u otro, o a más de uno, según el poder adquisitivo. En algunos casos se les eximía del correspondiente pago a la Hacienda, por ejemplo, a los militares que habían prestado un servicio especial a su advenimiento al trono, luchando contra los carlistas. Entre los políticos que ascendieron estaban el marqués de Rubalcaba o Fernández Calderón. También se concedieron títulos a propietarios de grandes haciendas en Cuba, que aportaron gran cantidad de dinero a la causa alfonsina, como el marqués de Álava, o el marqués de Santa Rita.


La Condesa de Muguiro


Pero si en los casos citados la buena posición o la política facilitaron el ennoblecimiento, en otros fue la elevada posición económica de la alta burguesía industrial la que abrió las puertas de la entrada en la nobleza y en una carrera política. Es el caso del marqués de Comillas, que compartía junto a Manuel Girona la hegemonía del Banco Hispano Colonial.

El apogeo de la venta de títulos se dio al principio de la Restauración cuando se intentaba consolidar el régimen, decayendo según se vaya asentando. Al mismo tiempo se concedieron más títulos en las épocas del gobierno conservador de Cánovas, que en las del liberal de Sagasta. Y también fue durante los gobiernos conservadores cuando se dio mayor número de nobles en las cortes.

Conclusión: la nobleza del XIX no era un grupo social homogéneo. Dentro de la vieja nobleza están los Grandes de España, que eran el más alto escalafón y la nobleza sin Grandeza, diferenciada a su vez según la importancia de su patrimonio. Este cuadro vino a complicarse con la nueva nobleza, que se diferenciaba de los anteriores, sobre todo, por su comportamiento económico más que social.

El siglo XIX para la nobleza madrileña fue un paso más en la evolución que comenzó cuando se asentó la Corte. Así, en el XVI empezó a echar raíces en la capital, en el XVII tomó cuerpo, en el XVIII se consolidó y en el XIX sufrió una transformación, convirtiéndose en una élite abierta, con gran capacidad de reproducción, basada en la captación y asimilación de otros individuos ajenos.



El Palacio de Medinaceli, con la estatua de Colón en medio de la rotonda del Paseo de Recoletos (1960)




Mi agradecimiento a la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. Dirección: Luis Enrique Otero Carvajal, Profesor Titular de Historia Contemporánea.

domingo, 6 de marzo de 2011

Los rangos nobiliarios españoles

En 2009 existían en España 2.974 títulos nobiliarios en posesión de 2.205 personas, según el Ministerio de Justicia. De éstos, cerca de 405 poseen la distinción de Grandes de España (representada por el Consejo de la Diputación Permanente de la Grandeza de España). Solo entre las 9 mayores casas ducales (Alba, Alburquerque, Fernán Núñez, Infantado, Medinaceli, Medina Sidonia, Osuna, Peñaranda, y Villahermosa) suman unos 199 títulos (36 ducados).

En España la posesión de un título de nobleza no supone, hoy en día, ningún privilegio, es una distinción de carácter honorífico acompañada del tratamiento de Excelentísimos Señores para aquellos títulos que poseen la dignidad de Grandes de España y de Ilustrísimos Señores para los demás. Los consortes legales de quienes ostentan las dignidades nobiliarias así como los cónyuges viudos, mientras permanezcan en este estado, disfrutan del mismo tratamiento y honores que sus cónyuges.

El “Caballero de la mano en el pecho”, de El Greco, imagen magistral del noble español del siglo XVI, hombre de la vieja Castilla de honor y profundo sentido religioso


Los títulos nobiliarios estuvieron legalmente abolidos durante la Segunda República Española mediante el Artículo 25 de la Constitución de 1931, restaurándose en 1947 con la promulgación de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, por la que Francisco Franco se arrogó el derecho de reconocer y conceder títulos nobiliarios. En la actualidad, los títulos nobiliarios encuentran su encuadre legal en el artículo 62 de la Constitución Española que regula el Derecho de Gracia. Esta legislación protege a sus poseedores legales frente a terceros; los títulos nobiliarios españoles no son, en ningún caso, susceptibles de compra ni venta ya que su posesión se encuentra estrictamente reservada para los parientes consanguíneos de mejor derecho del primer poseedor del título. El uso indebido de títulos nobiliarios está perseguido por la Ley.

Históricamente, existía preferencia masculina a la hora de suceder en un título nobiliario, tal como estableció el Código de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio en el siglo XIII. No obstante, el Congreso de los Diputados aprobó el 18 de octubre de 2005 el inicio del trámite de una ley que ha igualado a hombres y mujeres en la sucesión de los títulos nobiliarios (no afecta a la Corona). Por lo tanto los títulos son heredados por el primogénito independientemente de su sexo, según la Ley 33/2006, de 30 de octubre, sobre igualdad del hombre y la mujer en el orden de sucesión de los títulos nobiliarios.



Armas de la Casa de Medinaceli, los castillos y leones como descendientes del rey Alfonso X y las lises como descendientes del rey Luis IX el Santo


Ducados

El título de Duque es el de superior rango de la escala nobiliaria. En 2005 existían 153 ducados en posesión de unas 100 familias (entre las casas de Medinaceli, Alba y Osuna suman 24 ducados).

Marquesados

En 2005 existían 1.350 marquesados, de los que 141 son Grandes de España, dignidad que les iguala a los Duques.

Condados

Existen 923 condados, 102 de cuyos titulares son Grandes de España.


La Condesa de Fernán-Núñez (vestida de maja), 1803


Príncipes

Los principados reales (Asturias, Gerona y Viana) son llevados por el heredero del trono español. Sólo un principado noble existe hoy, siendo creado para una familia de Nápoles, cuando la zona estaba bajo el dominio español. Se trata del Principado de Belmonte, que también tiene Grandeza de España.

Belmonte

El Príncipe o Princesa de Belmonte (Principe/Principessa di Belmonte) es un título creado en 1619 para la dinastía fundada por los Barones de Badolato y Belmonte, Condes hereditarios de Lavagna y descendientes directos de la familia papal de Fieschi, ennoblecidos como Condes Palatinos en el siglo XI. El título fue creado con la sucesión según la ley nobiliaria española.

En adición al título principesco, los Príncipes de Belmonte fueron hechos Grandes de España de Primera Clase en 1719 y en 1726 les fue concedido el rango de 'Reichsfürsten', Príncipes del Sacro Imperio Romano, con el tratamiento de Serena Alteza (Durchlaucht). También son portadores de títulos subsidiarios, incluyendo Duque de Acerenza (1593), Marqués de Galatone (1562) y Conde de Copertino (1562).



El Palazzo de los Príncipes de Belmonte, al sur de la costa Amalfitana


El actual poseedor del título mayor es Su Excelencia Don Angelo Granito Pignatelli di Belmonte, 13º príncipe, que sucedió a su padre en 1982. Este principado no se ha convertido en ducado como dispone la legislación moderna, por lo tanto, es probable que la dignidad no sea reconocida en España; la Grandeza correspondiente, sin embargo, no se vería afectada.


Santo Mauro

El título de Príncipe de Santo Mauro de Nápoles pertenecía a la Corona de Sicilia, en posesión española, y fue concedido por el Rey Felipe V de España a Diego de Veintimiglia y Rodríguez de Santisteban por Real Decreto de 11 de septiembre de 1705. En 1862 el título fue suprimido tras el fallecimiento de su última portadora, la VIII Princesa de Santo Mauro de Nápoles, María Dolores de Santisteban y Horcasitas.

Durante la Regencia del Reino en nombre de Alfonso XIII, la Corona española cursó la rehabilitación del título para Mariano Fernández de Henestrosa y Ortiz de Mioño, nieto de la última portadora. Fue habilitado como ducado y no como principado, siendo eliminado el término ¨Nápoles¨ que venía acompañando al principado y pasando a llamarse simplemente Ducado de Santo Mauro. La concesión se realizó por Real Decreto de 14 de junio de 1890.



Casilda de Silva y Fernández de Henestrosa, Duquesa de Santo Mauro, Marquesa de Santa Cruz, es sobrina de Luis Medinaceli


Casilda Fernández de Henestrosa y Salabert, III Duquesa de Santo Mauro y VI Condesa de Estradas, fallecida en 1987, sólo quedó con descendencia femenina, ya que su único hijo varón, Álvaro de Silva, falleció en 1944 durante su adolescencia, por lo que fue sucedida por su hija Casilda de Silva. En 2008 el título pasó al hijo de ésta, Álvaro de Fernández-Villaverde y Silva, que además era poseedor de los títulos de VI Duque de San Carlos, XVII Marqués de Viso y V Marqués de Pozo Rubio.


Rangos menores

Las baronías no existían en el Reino de Castilla, ni en el Reino de Navarra y los Reyes de España no crearon después ninguna baronía adjunta a estos reinos. Sin embargo, sí existen en el Reino de Aragón, tales como el Barón de Polop o Señor de la Baronía de Polop, título relacionado con el dominio de Polop de la Marina. Bajo el Reino de España, la baronía fue otorgada a Don Ruy Díaz de Mendoza y a través del matrimonio de su sobrina con Don Diego Fajardo, el título pasó a esta familia y sus herederos, quienes serían nombrados Marqueses de la Villa de Albudeyte, Condes de Montealegre y Vizcondes de Quintanilla de Flórez. Su última titular fue Doña Ana Agapita de Valda y Teijeiro, XX Baronesa de Polop (1781-1854).


Escudo de la baronía de Polop


La práctica de concesión de estos dominios fue originalmente introducida en España en la Edad Media, muchas veces con el fin de obtener fondos para la Corona, aunque hoy es prácticamente obsoleta como honor hereditario. La doctrina española considera que, mientras los derechos y responsabilidades de los poseedores de dominios fueron abolidos con la Constitución de 1812 en Cádiz, los títulos no y, así, los descendientes de las familias originales son autorizados a continuar usando nominalmente tales títulos.

El título de Señor está fuera de los rangos habituales de la nobleza española, lo que significa que no tiene lugar en el orden de precedencia y permanece único. Muchos de los señoríos españoles se encuentran entre los títulos de más antigua nobleza en España y por lo general se concede el poder político de su titular sobre el señorío.Aunque algunos señoríos fueron creados por los reyes de España, otros existían antes que ellos, y no han sido creados por ningún rey conocido. Por ejemplo, el señor de Vizcaya sería el jefe de Vizcaya, con un alto grado de independencia del rey de Castilla, a quien podría deber o no compromiso de soberanía, pero de quien no era, al menos al principio, un vasallo: cada nuevo señor de Vizcaya debía renovar su juramento al rey. En última instancia, sin embargo, los reyes de Castilla heredaron el señorío. Algunas familias que tienen un señorío son usualmente referidas con un rango baronial fuera de España, como en Rusia, Alemania y, a veces, Bélgica, Francia y Holanda. Un rango familiar a menudo se basa en la antigüedad de la familia.


Tras jurar los Fueros del Señorío de Vizcaya, el rey Fernando el Católico recibe la pleitesía de las Juntas Generales de Vizcaya, reunidas en Guernica, el 30 de julio de 1476.


Otros títulos

  • Infanzón: los descendientes de los hijos del Rey de Aragón que no heredaron el trono.
  • Hidalgo: todos los nobles con título o sin él.
  • Ricohombre: se utilizó durante la Reconquista, es un equivalente a Barón.En el siglo XVII era sinónimo de noble.
  • Condestable: es título hereditario utilizado en los Reinos de Castilla y León para referirse a la segunda persona en poder en el reino, después del rey.
  • Caballero: era muy raro en el reino de Castilla, pero común en el reino de Aragón, donde había cuatro tipos de caballeros:
    * De Espuela Dorada: utilizado por los infanzones que habían sido nombrado caballeros.
    * De Privilegio Real: era un título personal y no heredable a sus descendientes, otorgado por el rey a los Doctores en Derecho (titulares de Doctorado en Derecho). Era utilizado raramente por sus titulares, ya que el grado de doctorado tenía mayores privilegios.
    * Mesnadero: se refería a los hijos no primogénitos de un ricohombre. Desapareció durante el siglo XVIII, cuando los reyes Borbón cambiaron los rangos de la nobleza.
    * Franco: se refería a aquellos que habían sido previamente hijosdalgos o infanzones, pero tenían origen plebeyo.
  • Potestad: sólo en el reino de Aragón, su equivalente es el italiano podestà, un título relacionado con la administración. Desapareció en 1713.
  • Doctor: de hecho, cualquier titular de un doctorado tenía privilegios iguales a los de la alta nobleza. Por ejemplo, los médicos estaban exentos de descubrir su cabeza en presencia del Rey, un privilegio compartido sólo por los Grandes.

Ricohombre y su paje de lanza (1530)


Nobleza menor

La nobleza inferior portaba títulos como Hidalgo, Infanzón (en Aragón) o Escudero, pero éstos no se corresponden con Barón (un título desconocido en la España unida, pero sí en Cataluña). Hidalgo (plural: hijosdalgo) fue el más común. Contrariamente al resto de títulos nobiliarios, el de Hidalgo no se halla conectado a ningún feudo o posesión de tierra, y, por tanto, muchos eran tan pobres como los plebeyos, a pesar de que fueron exentos de impuestos y podían unirse a la administración pública o al ejército. Aunque durante la Edad Media este título era otorgado por el Rey de Castilla como recompensa por cualquier servicio a la Corona (o como forma de reconocer derechos, como en el caso de Vizcaya), de la misma forma “escudero” era otorgado por los logros militares. Cuando la Reconquista terminó, el título de hidalgo, siendo la forma más sencilla de probar la pura sangre, llegó a ser el único título menor en permanecer como rango de la nobleza española.


Ruy López de Villalobos (1500-1544), hidalgo español que exploró las Filipinas y trató, sin éxito, de colonizarlas y establecer una ruta comercial viable con los territorios españoles en América.



jueves, 3 de marzo de 2011

La Nobleza de España

Los Nobles españoles son las personas que poseen la condición jurídica de nobleza en el sistema de títulos y honores de España y de los antiguos reinos que la conforman. Algunos nobles poseen varios títulos que pueden ser heredados, pero la heredatoriedad y la creación de esos títulos están totalmente limitadas a la gracia del Rey de España. Durante el gobierno del General Francisco Franco, algunos de los nuevos títulos hereditarios concedidos a individuos y los títulos concedidos por los pretendientes carlistas fueron reconocidos oficialmente.

Tras la ascensión al trono de España de la persona de Juan Carlos de Borbón en 1975, la corte de nobles que ocupaban un cargo en la casa real no fue restaurada.

Escudo en la fachada del Palacio de los Duques de Medinaceli (o Palacio Ducal de Cogolludo), Guadalajara, España


Clasificación

Los nobles españoles se clasifican ya sea como Grandes de España o, simplemente, como nobles titulados.

En el pasado, los Grandes se dividían en primera, segunda y tercera clase, pero ahora esta división ha dejado de ser relevante en la práctica, manteniéndose como dignidad titular. En un tiempo cada una de las clases conllevaba privilegios especiales, tales como: (1) aquellos que hablaban al rey y recibían su respuesta con la cabeza cubierta, (2) aquellos que se dirigían al rey descubiertos, pero que se ponían sus sombreros para escuchar su respuesta y (3) aquellos que esperaban el permiso del rey antes de cubrirse.

Además, todos los Grandes eran abordados por el rey como mi Primo, mientras que los nobles ordinarios eran calificados solo como mi Pariente.


Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto (1925 – 1986), 17º duque de Veragua y descendiente directo del Gran Almirante, es dos veces Grande de España.


Un individuo puede ser portador de una Grandeza, ya sea en posesión de un título de nobleza o no. Normalmente, sin embargo, cada Grandeza se une a un título, que es automática en el caso de un título ducal. La concesión de una Grandeza con otros rangos de la nobleza siempre ha dependido de la voluntad del soberano. Con excepción de los duques y algunos títulos muy antiguos de marqueses y condes, la mayoría de los títulos en la nobleza española no tienen Grandeza.

Un Grande de cualquier rango supera a un noble que no es Grande, incluso si el título sin Grandeza es de un grado más alto, con excepción de los miembros de la Familia Real española, que de hecho no tienen ningún título en absoluto. Por lo tanto, un barón (título de menor rango) que es Grande goza de mayor precedencia de un marqués (título de mayor rango) que no es Grande.


María del Rosario Falcó y Osorio (1854-1904), 22ª Condesa de Siruela, G.E.


Desde 1987 los hijos de un Infante de España, que tradicionalmente se consideran parte de la familia real, han tenido derecho al rango y el tratamiento de un Grande de España, pero no lo son legalmente a menos que la Grandeza le fuere oficialmente otorgada por el soberano; una vez que la dignidad ha sido oficialmente otorgada, se convierte en hereditaria.

Algunas familias aristocráticas usan la partícula nobiliaria de antes de su apellido familiar.


Títulos con Grandeza

  • Duque (Todos los duques son Grandes de España)
  • Marqués (Los hay Grandes de España y otros que no lo son)
  • Conde (Sólo algunos son Grandes de España)
  • Vizconde (Rara vez se encuentra este título como Grande de España)
  • Barón (Rara vez se encuentra este título como Grande de España)
  • Grandeza Personal (A gente que merece ser Grande pero no tiene título)

(Para una información más detallada, remito al lector a la entrada de fecha 8/8/2009)


La Diputación Permanente y Consejo de la Grandeza de España, encabezada por el Conde de Elda, Enrique Falcó y Carrión, en audiencia con S.S.M.M. Los Reyes en el Palacio de la Zarzuela (2008)


Rangos

Además de los cinco rangos clásicos en los que se divide la nobleza española (duque, marqués, conde, vizconde y barón) existe también un título que a menudo se pasa por alto, el de Príncipe, utilizado por los titulares de un principado.Habitualmente no es incluido en las listas de nobleza española debido a que los títulos principescos son generalmente reservados para el heredero al trono y derivan de los antiguos reinos que se unieron para formar España. Hay, sin embargo, un principado noble que fue creado por el soberano español para los Barones de Belmonte, que sigue en uso hoy en día. Aunque la legislación del siglo XX terminó con el reconocimiento oficial del título de príncipe fuera de la familia real, proveyó una disposición que permite al titular de un principado llevar esa dignidad convertida en un título ducal del mismo nombre.


Sucesión

La evidencia que apoya el reclamo a un título puede ser revisada por la Diputación de Grandes y Nobles Titulados del Reino. El cuerpo cuenta con ocho Grandes de España, ocho nobles que no son Grandes y un presidente que debe tener tanto una Grandeza y un título hereditario sin Grandeza.


Los Grandes de España poseen el derecho a representar sus armas sobre un manto de terciopelo de gules, forrado en su vuelta de armiños, derecho que comparten con los soberanos.


La sucesión de títulos nobiliarios españoles es hereditaria, pero no es automática. La patente original que crea el título determina el curso de la sucesión. Mientras que los títulos nobiliarios históricamente han seguido la regla de la primogenitura de preferencia masculina, una ley española que entró en vigor el 30 de octubre de 2006, después de la aprobación de ambas cámaras del Parlamento, estableció la herencia de títulos nobiliarios hereditarios por el hijo primogénito, independientemente de su sexo. La ley es retroactiva al 27 de julio de 2005.

Tras la muerte de un noble, el heredero principal puede solicitar al rey a través del Ministerio español de Justicia un permiso para utilizar el título. Si el heredero principal no hace una petición dentro de dos años, también otros herederos pueden hacerlo por sí mismos. Por otra parte, existe un límite global de cuarenta años en el que se puede reclamar un título.


Portada: Almudena de Arteaga y del Alcázar, Marquesa de Cea, la mayor de los cinco hijos del duque del Infantado.


El solicitante debe demostrar que él o ella es un hijo, nieto o descendiente directo en línea masculina de un noble (ya sea un Grande o no), o que él o ella pertenece a determinados organismos u órdenes de caballería consideradas nobles, o que la familia del padre es reconocida como noble (si sucede a una Grandeza, la familia de la madre también). Por otra parte, se debe pagar una cuota; los honorarios dependen de si el título se une a una Grandeza o no y si el heredero es un descendiente directo o pariente colateral del titular anterior. La petición se concede normalmente, excepto si el solicitante es un criminal.

Los títulos también pueden ser cedidos a herederos que no sean principales durante la vida del titular. Normalmente, el proceso se utiliza para permitir que los hijos más pequeños sucedan a los títulos, mientras que el título de mayor rango va al heredero principal. Sólo los títulos subsidiarios podrán ser cedidos; el título principal debe ser reservado para el heredero mayor. La cesión de los títulos sólo se puede hacer con la aprobación del monarca.


Títulos vitalicios

Estos son los títulos nobiliarios concedidos por la Corona de España con carácter vitalicio (entre paréntesis figura el beneficiario):

1604 - Ducado de Cea (Cristóbal Gómez de Sandoval y de la Cerda)
1799 - Ducado de Lancáster (Agustín de Lancáster y Carvajal)
1802 - Ducado de Sedaví (Antonio de Barradas y Baeza)
1807 - Ducado de Almodóvar del Campo (Diego de Godoy y Álvarez de Faria)
1814 - Ducado de Alagón (Francisco Fernández de Córdoba)
1840 - Ducado de Morella (Baldomero Fernández Espartero)
1854 - Ducado de San Miguel (II) (Evaristo San Miguel y Valledor)
1928 - Ducado de Monteleón de Castilblanco (María Rosario Pérez de Barradas)
1933 - Ducado de Segovia (Jaime de Borbón y Battenberg)
1967 - Ducado de Badajoz (Pilar de Borbón y Borbón)
1981 - Ducado de Soria (Margarita de Borbón y Borbón)
1982 - Marquesado de Dalí de Pubol (Salvador Dalí i Domènech)
1995 - Ducado de Lugo (Elena de Borbón y Grecia)
1997 - Ducado de Palma de Mallorca (Cristina de Borbón y Grecia)



María del Rosario de Silva y Guturbay (1900-1934), 9ª Marquesa de San Vicente del Barco, G.E., 15ª Duquesa de Aliaga, Grande de España



jueves, 27 de mayo de 2010

La etiqueta española en los siglos XVI y XVII

El desafío práctico más general y apremiante para la etiqueta fue la amenaza de desorden e indisciplina siempre presente. Las necesidades diarias del rey y de su familia, de los ministros y oficiales superiores de su casa podían ser atendidas sólo si la enorme corte funcionaba como una máquina. Sin embargo, su sola dimensión hacía que esto fuera casi imposible.

Hacia mediados del siglo XVIII, el rey tenía el enorme palacio nuevo de Madrid; el Buen Retiro, también en la capital; y los reales sitios en Aranjuez, El Pardo, El Escorial y La Granja. Junto a estas grandes residencias había cotos de caza, varias capillas y casas monásticas, y otras instituciones, como la Biblioteca Real -abierta al público por Felipe V-, las cuales dependían más o menos directamente de la corte. También había extensos jardines, parques y vastas reservas de caza, algunas de ellas abiertas también al público, que empleaban a cientos de personas que no se encontraban inscritas en los libros oficiales de la casa. Una enorme dotación de empleados velaba por la familia real y sus posesiones.


El Palacio y los Jardines del Buen Retiro

Una estimación muy cautelosa de 1760, basada en documentos de la casa de Carlos III disponibles en el Archivo General de Palacio de Madrid, cifra la corte en 2.500 o 3.000 personas. Ésta incluye a los alabarderos y a tres compañías de guardias de deberes restringidos exclusivamente a la corte y tiene en cuenta a un modesto número de artistas y artesanos asalariados del rey. El cómputo no incluye, sin embargo, a las sirvientas de las damas de la corte que vivían en el palacio, ni tampoco a los trabajadores del exterior, que coyunturalmente trabajaban en él, que se contaban por cientos. Algunos contemporáneos bien informados sugieren cifras mucho más elevadas. El marqués de la Villa de San Andrés, cortesano y escritor satírico de la vida en la corte, da un total de 6.000, por ejemplo.

Además, durante los siglos XVII y principios del XVIII, el palacio de Madrid se abría al público, quien compraba en los puestos alineados en sus dos grandes patios. A aquéllos que habían sido presentados en la corte -y esto no era un logro inusual para las personas respetables o educadas, como mínimo en el siglo XVIII- se les permitía subir la escalera y pasearse por la residencia del rey como si se tratara de un lugar común de reunión o de un museo gratuito. Esta apertura, así como el gran número de cortesanos y trabajadores que afluían a palacio, hacía difícil imponer un orden en él, pero más amenazador era el desorden de la cultura cortesana en los siglos XVI y XVII.


El palacio real de Madrid (Real Alcázar), principios del siglo XVII

La corte era el lugar donde los grandes egos aristocráticos se rozaban entre sí en una época en la cual el código del honor personal era muy respetado. Esa corte estaba dominada por hombres, a menudo jóvenes, cuyas carreras podían depender de eclipsar a sus rivales. Los aristócratas, entre ellos, a menudo se identificaban como guerreros y la mayoría de los hombres en la corte -incluso humildes trabajadores de sus cocinas humildes- parecían haber sido autorizados a llevar espada. Con numerosos jóvenes influyentes y ricas damas cortesanas solteras por los alrededores, se hacían inevitables los desafíos, duelos y ataques entre hombres bien nacidos. El autocontrol no se mantenía mejor en los escalafones más bajos. Por lo tanto, mientras las damas de la reina cometían molestas y venales ofensas de mal gusto, parloteaban ruidosamente y se reían entre ellas o coqueteaban con sus galanteadores, los señores y los trabajadores se ocupaban en derramar la sangre de los demás.

La esposa de Felipe II, Isabel de Valois, se hallaba presente cuando un cortesano fue asesinado por dos sirvientes de palacio, mientras que, en otra ocasión, tres cortesanos de alto rango se pelearon con espadas, otra vez ante la reina. En 1658, estalló una disputa en la cocina del rey entre galopines y algunos soldados de la guardia que acabó con la muerte de cinco o seis hombres, con veinte o más heridos y el encarcelamiento de otros tantos. O la muy solemne ceremonia de juramento del joven Baltasar Carlos como príncipe de Asturias y heredero del trono en 1632 -uno de los más destacados e importantes rituales regidos por los libros de etiqueta, y que tuvo lugar en la iglesia real monástica de San Jerónimo-, donde una confrontación sin precedentes desembocó en dos violentas peleas ante el mismo rey.


Baltasar Carlos, Príncipe de Asturias, con el Conde-Duque de Olivares en las cuadras reales (1636)

Menos violenta pero quizás más perturbadora fue la inacabable dificultad que los oficiales superiores, tanto hombres como mujeres, tenían para hacer cumplir cada día los requisitos que imponían la etiqueta y la moral. Felipe II y sus sucesores Habsburgo, sobre todo Felipe IV, frecuentemente ordenaban a los cortesanos cumplir sus tareas convenientemente, comportarse de una manera menos escandalosa, abandonar conductas rudas y bulliciosas, abstenerse de «la embriaguez, de decir palabrotas y de otros vicios y desórdenes», y parar el constante coqueteo entre los caballeros del rey y las damas de la reina. En esto último parecía que tanto damas como caballeros se resistían a la autoridad. El embajador veneciano, Contarini, informaba a principios del XVII que tanto las damas como las doncellas a menudo se «rebelaban» contra la camarera mayor -la dama de mayor rango en la casa de la reina- y entre ellas.

Los mandatos reales sobre la decencia, el respeto y la disciplina indican la ausencia frecuente de los mismos y el instrumento tan importante que constituían las regulaciones escritas sobre el código borgoñón -particularmente durante el periodo Habsburgo- para asegurar el bienestar y la autoridad del monarca.


Retrato ecuestre de doña Isabel de Borbón, consorte de Felipe IV, realizado para decorar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro.


No obstante, el propósito fundamental de las elaboradas normas escritas no era práctico. Era como J. H. Elliot, enfatizando hasta qué punto la realeza española «se protegía de la contemplación del público», había escrito, «proteger y aislar la figura sagrada del rey [...] la majestuosidad era sacrosanta y debía permanecer inviolable». Pero al mismo tiempo, y tal y como se ha comentado en otras ocasiones, los reyes españoles no gustaban a los reyes ingleses y franceses, ya que en sus cortes no se experimentaban los grandes ritos de sagrada devoción familiar.

Los reyes españoles, siguiendo las costumbres de sus antepasados, los monarcas castellanos de la baja Edad Media, evitaban los rituales de coronación y de consagración. No pretendieron gobernar por derecho divino, ni utilizaron una corona -excepto con el único fin de ser identificados en las pinturas o en los ataúdes de sus funerales-. No había joyas pertenecientes “a la Corona”, ni prendas de vestir para rituales históricos. Tampoco los reyes españoles tuvieron nunca un gran mausoleo hasta 1654. No obstante, los que visitaban la corte, como el mariscal francés De Gramont en 1659, a menudo quedaban impresionados por «los aires de grandeza y majestuosidad [..] no vistos en lugar alguno».


Proclamación de Felipe II rey (1556)

Para conseguir esta atmósfera, los reyes españoles realizaban diariamente rituales y ceremonias especiales que eran abrumadoramente seculares por su naturaleza -tal y como lo fueron los de los monarcas medievales castellanos y los de los duques de Borgoña-. De la misma manera que éstos últimos, los Habsburgo españoles gobernaron tierras diversas y desunificadas, que hablaban lenguas diferentes y que también tenían diferentes costumbres. La corte y su etiqueta -adoptada siempre que fuera posible en las visitas del rey a sus diferentes tierras- eran importantes para unificar las instituciones, tanto cultural como geográficamente.

Los Borbones, aunque confiaron más intensamente en el poder militar y en la eficacia administrativa para reafirmar la unidad de España y su propia autoridad, entendieron la importancia del estilo borgoñón y la propaganda de la cultura cortesana. A la etiqueta, los monarcas añadían una arquitectura palaciega imponente, muebles, sirvientes y guardias uniformados, eventos musicales y teatrales, fuegos artificiales y elaborados y colosales ágapes para manipular la opinión de quien los contemplaba y para revestirse de majestuosidad.


Fernando VII y Bárbara de Braganza rodeados de su séquito

De las ceremonias especiales, quizás la más solemne era la del juramento en la cual el monarca, su heredero y los grandes señores, prelados y oficiales de la corte y del reino, se juraban lealtad uno a otro y a la ley. Este ritual tenía lugar normalmente en la iglesia medieval de San Jerónimo de Madrid ante la familia real congregada, enviados extranjeros, todos los grandes oficiales de la Casa Real, el gobierno y la ciudad, y con el primado, el arzobispo de Toledo, oficiando la misa. El juramento, aunque solemne y rodeado de grandes demostraciones de autoridad y esplendor, no era un elemento insoslayable de poder real. Algunos reyes, como Fernando VI (1746-1759), prescindieron de él totalmente, tal vez porque creían, como algunos expertos, que era «relativamente superficial».

Algunas veces el juramento se combinaba con otra ceremonia de gran importancia como lo era la entrada del rey en Madrid. Esta entrada era oficial, pública y solemne. Naturalmente, tenía lugar justo después de la coronación del monarca y se trataba de un destacado ejemplo de la importancia de continuar con los modelos franco-borgoñones. Tal y como lo hicieran los duques de Valois, los reyes españoles incorporaron religión, mitología, historia, ornamentos clásicos y numerosos festejos, tanto cortesanos como populares, en lo que era básicamente una serie de procesiones alrededor de la capital, desde un arco de triunfo (erigido temporalmente) a otro.


Farinelli dando un concierto a Fernando VI

La entrada de Carlos III, por ejemplo, duró unos diez días e incluyó un Te Deum, una corrida de toros, una obra de teatro en el Buen Retiro, fuegos artificiales, misas, luces, encuentros de las Cortes, concesión de títulos y la prestación de juramento. Al décimo día de su entrada, Carlos tuvo que soportar el ritual del besamanos.

Éste se celebraba tanto como ocho veces o más cada año, en los cumpleaños y los santos de los miembros más importantes de la familia real, y con la corte vestida de gala. En el besamanos, Grandes, nobles, oficiales de la Casa Real, del gobierno y de las Cortes, del ejército y la armada, alto clero, «caballeros de gran renombre», damas y esposas de oficiales superiores, formaban una ordenada fila en palacio, uno a uno, para arrodillarse y besar la mano al rey y a otros miembros de la familia real. Esto era, como el diplomático francés Jean François Bourgoing sugirió a finales del siglo XVIII, un acto de «lealtad y homenaje, una renovación del juramento de fidelidad», incluso a los príncipes y princesas más pequeños.


Estandarte Borbón del siglo XVIII

Los Borbones adquirieron esta reminiscencia del pasado, empleándola tal y como lo hicieran sus predecesores Habsburgo, para reafirmar su autoridad como señores y reyes; para manifestar a todos los presentes su única posición; para recordar su poder incluso al más orgulloso de los aristócratas, al colocarlo subordinado, en términos físicos, forzándolo a arrodillarse.

Tales solemnidades, cuidadosamente orquestadas para confirmar la unicidad de la autoridad del rey y el deber de sus súbditos a venerarlo, marcaban únicamente ocasiones especiales. Había pocos rituales diarios que reforzaran completamente la imagen real. Éste era el caso cuando el rey salía fuera, para asistir a un oficio religioso, para cazar o para visitar cualquiera de sus placenteros pabellones -como la Casa de Campo a las afueras de Madrid-. En tales casos, una completa panoplia de caballerizo mayor, capitanes y oficiales de la guardia, gentilhombres de su casa y otros oficiales de diferentes rangos le acompañaban. Sin embargo, dentro del palacio, no había un ceremonial preciso que obligase a la corte a asistir al despertar y al acostarse del rey, como sí lo había en Versalles.

Durante casi todo el día, el rey permanecía completamente aislado de la mayoría de los cortesanos y sirvientes, o pasaba rápida e informalmente por entre pequeños grupos de gente reunida en las salas públicas o exteriores de palacio. Sólo a la hora de la comida y la cena, cuando el rey comía en público, se desplegaba la espléndida pompa borgoñona para imponer respeto a sus súbditos.

Carlos II adorando la Santa Forma en El Escorial

Los duques Valois de Borgoña, comenzando con Felipe el Audaz en 1360, como otros potentados medievales, hicieron de las comidas copiosas y elaboradas un rasgo importante de su diplomacia y su política. Cenas, comidas y banquetes especiales habían sido diseñados para impresionar a los espectadores y deleitar a los participantes. A la hora de comer, la etiqueta había sido diseñada para magnificar la grandeza del soberano, y la abundancia, riqueza y ornamentación en la presentación de los platos servidos diseñados para mostrar su riqueza y probar su generosidad.
Como en la corte borgoñona, se trataba de un acto rígidamente ritualista y el porte del rey y sus sirvientes tendía a ser majestuoso en aquel espléndido escenario. Gran número de platos ostentosos y un servicio teatral y solemne eran la norma. Manjares importados, creaciones de mazapán doradas y ornamentadas, fruta escarchada, dispendiosas bebidas y refrigerios sabrosos eran típicos, incluso durante los días de dificultades financieras de las décadas de 1670 y 1680. La etiqueta a la hora de comer, escrita en instrucciones bien detalladas, se copió repetidamente para el uso de los oficiales de la casa, y se mantuvo sin modificaciones significantes desde el siglo XVI hasta el XVIII.

El estilo borgoñón requería tanto al monarca como a su consorte a comer en público, excepto en excepcionales circunstancias, solos y separados. Felipe V, antes que abandonar a su esposa, se reunía con ella en su palacio y seguían una etiqueta más relajada cenando «retirados», una fórmula destinada principalmente a aquellos monarcas que se encontraban indispuestos. Felipe II a finales de su reino también restringió sus comidas públicas, y que Felipe IV, a pesar de su entusiasmo por las reglas de «decencia y de respeto», cenaba públicamente solamente una vez por semana. Carlos III, famoso por su autodisciplina y regularidad de hábitos, fue uno de los pocos reyes que diariamente comía en público -pero incluso él lo hacía tan sólo a mediodía.


Felipe IV en traje de corte

En aquellas ocasiones especiales en que el rey compartía su comida formalmente con otros, la etiqueta aseguraba que su única y superior condición se enfatizara más que nunca. Sólo en tres ocasiones el monarca comía públicamente con sus súbditos: en la boda de una dama de la casa de la reina; con los caballeros del Toisón de Oro, para conmemorar su capítulo anual del día de San Andrés, y con el conde de Ribadeo, quien disfrutaba del antiguo privilegio de comer una vez al año con el monarca. Durante estos eventos, el rey se sentaba en una silla, mientras que sus súbditos lo hacían en bancos; el monarca, y también la reina, durante el banquete de boda de una de sus damas, comían sobre una tarima, bajo un toldo; sus platos -tanto los entrantes como el postre y las viandas- les eran servidos por los oficiales de más alto rango, y de manera diferente; sólo su plato (o el de la reina) se traía cubierto, sólo su comida era traída desde la cocina por caballeros con la cabeza descubierta, sólo su comida y bebida eran catadas de antemano para prevenir un posible envenenamiento.

Los libros de etiqueta estipulaban las tres comidas del día en todas las demás ocasiones. En la comida o cena retirada, el monarca, solo o con su consorte, comían de manera privada y eran servidos por relativamente pocos cortesanos de alto rango mientras que los oficiales y sirvientes de menor grado asistían desde fuera de la cámara real, ya que a éstos no debían ser vistos por el monarca. La comida pública ordinaria era la que tenía lugar con más frecuencia. Duraba, en los días de Carlos III, una hora más o menos -un tiempo sorprendentemente corto dado el grado de ceremonia que comportaba- y era presidida por el semanero, aunque el mayordomo mayor se podía hacer cargo de ella si lo deseaba. El rey debía ser servido por gentilhombres de la boca en funciones de copero, trinchante y panetier, y éstos eran ayudados por una docena o más de ujieres, oficiales de la despensa, de la cocina, de la bodega, guardias, asistentes, otros oficiales y uno de los capellanes del rey -o bien su limosnero mayor-.


Carlos III comiendo ante su corte

La comida pública solemne era ofrecida en ocasiones especiales, tales como la Epifanía, cuando el conde de Ribadeo iba a comer con el rey o cuando el rey deseaba impresionar a algún comensal. El mayordomo mayor, acompañado por maceros, supervisaba la presentación de las viandas del rey en la cocina y, con guardias, gentilhombres de la boca, ujieres y otros, las acompañaba al comedor donde eran servidas, consumidas y sus restos retirados con música de trompetas y tambores. La presencia de estos oficiales con espléndidos uniformes y de los cortesanos con ricas vestiduras ofrecía una imagen impresionante.

Hubo otros tiempos, sin embargo, en que los reyes comían de manera mucho más informal de la estipulada por la etiqueta borgoñona. Cuando viajaban o cazaban, sencillamente tomaban comidas o tentempiés u organizaban pequeñas expediciones, como hacía a menudo Carlos II, a un pabellón o al Pardo, llevaban en su séquito al personal y los suministros necesarios para una comida informal. Lo que la etiqueta prescribía para tales excursiones no está nada claro. De vez en cuando, los monarcas llegaban al extremo de cocinar ellos mismos. A María Luisa Gabriela de Saboya, la primera esposa de Felipe V, le gustaba hacerse sopa de cebolla en su palacio. A Carlos IV le gustaba escapar de la rigidez de la corte, por lo que iba a una de sus encantadoras y elegantes casitas y cocinaba él mismo cordero frito, tortillas de ajo y otras exquisiteces similares. Y Carlos III disfrutaba preparando ocasionalmente fiestas para amigos íntimos y familiares durante las cuales él, sus hijos y algunos cortesanos cocinaban diversos platos sencillos para compartirlos con los demás. Sin embargo, Carlos III nunca comía en estos eventos, porque debía volver a su palacio para comer en público.

Carlos IV a caballo

Siempre que Carlos III y otros monarcas comían en público, eran servidos por oficiales de alto rango de la Casa Real. De entre el numeroso personal de la cocina, sólo el más importante, el cocinero de la servilleta del rey, tenía el derecho de estar presente -y se requería que estuviera de pie justo al lado de la puerta de la sala en la que su señor comía-. El mayordomo mayor era siempre un Grande; los mayordomos, gentilhombres de la boca e, incluso, el gran limosnero eran normalmente grandes o pertenecientes a familias sólidamente aristocráticas. Probablemente, lo que más impresionaba a cualquier testigo era la posición social que tenían quienes servían al rey y la manera en que lo hacían. Los mayordomos, caballeros y guardias oficiales de alto rango eran hombres, o hijos jóvenes de hombres importantes y con fortuna, los cuales imponían respeto y ejercían poder sobre los súbditos del rey. Sin embargo, cuando le servían la comida prácticamente se humillaban.

En España, como en otras monarquías modernas, la etiqueta y la ceremonia se combinaban con la pintura y la arquitectura, las artes decorativas y la literatura y la música para mantener el absolutismo del Antiguo Régimen. La cultura de la corte española y la etiqueta borgoñona proporcionaban un sistema de poder político y de disciplina diseñados para promover el bienestar del rey, su seguridad y buena salud, así como también una disciplina diaria a sus sirvientes y cortesanos.


El Palacio Real de Madrid, hoy