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jueves, 16 de agosto de 2012

La Medialuna de Kapurthala


El 28 de enero de 1908 una española de 17 años, sentada a lomo de un elefante lujosamente enjaezado, hace su entrada en una ciudad del norte de la India. El pueblo entero está en la calle rindiendo un cálido homenaje a la nueva princesa de tez tan blanca como las nieves del Himalaya. Así fue la boda de la andaluza Anita Delgado con el riquísimo Maharajá de Kaphurtala y así empezó una gran historia de amor y ambición alrededor de una joya.

Que un personaje tan poderoso económicamente y de tanta influencia como Jagatjit Singh se enamorara de una casi analfabeta bailarina de danza española, como lo era Anita Delgado, es un hecho increíble y bien podría tratarse de un cuento de hadas a no ser porque los acontecimientos históricos así lo reflejan. Existen uniones como la de Rainiero de Mónaco con la actriz Grace Kelly o la de Felipe de Borbón con la periodista Letizia Ortiz, que pueden servir de ejemplos contemporáneos -ellos príncipes y ellas de procederes tan distintos como las artes escénicas o el periodismo-, pero no se pueden comparar dada la formación cultural de Grace o Letizia; en cambio, Anita se hizo reina solo por su gracia andaluza y su belleza según los cánones de la época (los rasgos agitanados, el cuerpo rellenito y el cabello negro, al igual que su tez morena, eran ingredientes más que suficientes para el gusto de un hindú, que aún sin ser de su raza sí la acercaba, eso sí, con un toque exótico).



En los días históricos en que el rey Alfonso XIII se casaba con Victoria Eugenia de Battenberg y la nobleza de todo el mundo se daba cita en Madrid, uno de los personajes invitados quedó prendado de la joven bailarina malagueña. El Maharajá de Kapurthala, de 34 años, aunque le doblaba la edad, quiso conocerla, pero cuentan que ella no sólo lo rechazó sino que lo hizo con la vehemencia andaluza. Los acontecimientos se precipitaron y los invitados abandonaron aprisa la capital española debido al atentado terrorista sufrido contra los reyes en la calle Mayor. Jagatjit Singh no se quedó conforme con la respuesta y desde París insistió, pidiéndole en una carta que se casara con él. La joven andaluza viajó entonces a París y de ahí a la India, donde se casó.

La pareja se convirtió en unas de las más admiradas de la época, sus constantes viajes eran un imán para los reporteros gráficos, quienes los perseguían por todas partes. Y entre los exquisitos regalos con los que la agasajaba su marido, se encontraban las mejores joyas.



El culto a las joyas

Creyéndose "divinos", los maharajás de la India hacían gala de una demostración extravagante de tesoros y posesiones que les hacía vivir en un mundo aparte. Todo, desde la pastilla de jabón más pequeña hasta los grandiosos palacios de mármol, todo era "hecho para el maharajá". Vivían de la tierra y de las inmensas fortunas familiares amasadas durante generaciones a costa de sus súbditos.



En la época del Raj británico, estos príncipes construyeron algunos de los palacios más espectaculares de la India, decorándolos con lo mejor de cada lugar. Los edificios atesoraban carísimas alfombras, delicada porcelana, piezas de jade verde transparente y ámbar rojo y cantidades de marfil. Cartier para las joyas, Louis Vuitton para los artículos de piel y Rolls Royce para los coches, se convirtieron en los proveedores reales favoritos. Sólo comían en vajillas de porcelana de Royal Worcester o Minton y bebían únicamente en cristalerías de Lalique o Baccarat.

Los maharajás fueron también famosos por la ostentación de sus joyas. Les rendían verdadero culto, que era en ellos de naturaleza casi religiosa, pues atribuían a las piedras preciosas una esencia mística provista de inmensos poderes. Algunas de esas piezas databan de la época de los mogoles, quienes las habían regalado a sus favoritas. Otras eran encargadas a las casas más importantes como Cartier, Boucheron, Van Cleef & Arpels y Harry Winston.



El Maharajá de Kapurthala era un hombre culto que hablaba seis lenguas y a quien entusiasmaba la historia. También era un francófilo declarado que sentía fascinación por todo lo francés, desde la literatura hasta el arte, la comida, la moda, las mujeres y la arquitectura. De alguna manera intentó imbuir a Kapurthala de la joie de vivre parisina. Por ejemplo, contrató a algunos de los mejores arquitectos franceses para que construyeran una réplica de Versailles -incluso el personal debía vestir con uniformes franceses del siglo XVII- y encargó a Cartier piezas de joyería que hoy son legendarias.

Digna de una reina

En 1909, Anita acudió con su esposo al palacio de las mujeres, en el centro de la ciudad, para asistir a la puja del cumpleaños, una de las ceremonias consideradas íntimas por la familia. Esa nueva imposición del rajá hizo que la guerra fuera abierta entre el peso de la tradición, que reclamaban sus mujeres, y la voluntad del soberano. La maharaní caminaba erguida, el porte altivo, vestida con un sari que le ocultaba parte del rostro y adornada con las joyas que le había ido regalando el rajá. Llevaba en la frente una espléndida esmeralda en forma de medialuna.



Como todo se pega con la convivencia, a mí se me contagió la afición que tenía mi marido por esas chucherías y poco a poco me iba haciendo con un joyero de bonitas piezas”, escribiría en su diario. La esmeralda ha sido el último de los regalos, un capricho de Anita, que intuía que las joyas eran su única seguridad. Esta piedra su utilizaba para adornar al elefante más viejo de la cuadra de palacio, a modo de talismán protector, hasta que Anita, al asistir a su primer desfile, se fijó en ella. Iba cosida a un arnés de seda a la altura de los ojos y estaba rodeada de perlas.  “Era una pena que un elefante luciese una esmeralda tan hermosa, así que se la pedí al rajá”.



Pero él pensaba que era demasiado grande y tosca para un adorno de mujer.  Como quiera que Anita insistió tanto que el maharajá decidió regalársela el día que ella pudiese hablar bien el urdu. La joven se aplicó tanto que pasaba las tardes enteras estudiando en su alcoba. El día de su decimonoveno cumpleaños, el príncipe apareció en las habitaciones de la maharani muy temprano, seguido del viejo tesorero de palacio que portaba una gran bandeja de plata con un paquete. Dentro estaba la codiciada esmeralda.



La magnífica piedra era enorme y con los bordes engarzados en un fino marco de oro: tenía en las esquinas dos pequeños orificios. Con sumo cuidado, Anita le había hecho un boquetito y deslizado un hilillo dorado entre el engarce y la gema, a la altura de los dos ángulos de la luna. De ese modo, una vez peinada y oculto el hilo entre el cabello, la esmeralda resplandecería colgada sobre la frente como si verdaderamente fuese un tocado oriental hecho ex profeso. “Ya puedes decir que has conseguido la luna –le dijo el rajá-, aunque me ha costado trabajo dártela”.



Y es verdad, no había sido fácil. Quitarle la joya al elefante para dársela a Anita había supuesto un desafío a la tradición, un gesto que seguramente provocara cascadas de rumores. Pero lo había hecho adrede, para apoyar a su mujer, a sabiendas de que todo lo que hacía se escudriñaba y comentaba detalladamente en la corte. “¡El rajá le ha regalado la luna del elefante!”. La noticia no había tardado en extenderse. El mensaje subrepticio que conllevaba su decisión quería dejar bien sentado que era capaz de cualquier cosa por su mujer. Más que un regalo, había sido un acto político.

Anita, discreta y presente a la vez, le siguió el juego. Para la puja del cumpleaños había cuidado su atuendo y su maquillaje con esmero. Quería estar resplandeciente, porque inconscientemente sabía que ése era su mejor argumento.



El final

La rani malagueña que fue bailarina y vivió durante años en la India dejando atrás su pasado humilde, terminó separándose de su maharajá, quien le prohibió volver su país de adopción y la separó de su hijo. Anita se instaló en París, donde residió en su lujoso apartamento de la Avenida Víctor Hugo y su vida se tornó díscola, viviendo en una sucesión continua de festejos. Años más tarde fue fotografiada con su amante y amigo Ginés Rodríguez, su secretario durante su estancia en la India. Luego de la guerra civil regresó a Madrid, donde fijó su residencia hasta que falleció el 7 de julio de 1962.

Cuarenta y cinco años después, en 2007, ocho magníficas piezas de joyería de estilo art-déco que habían pertenecido a la quinta esposa de Jagatjit Singh, Maharajá de Kapurthala, fueron subastadas en Christie’s. Según palabras de Amin Jaffer, director de Arte Asiático de la célebre casa de subastas, las piezas "unen el espléndido patrocinio indio con la mejor artesanía y diseño europeos".  Lo que olvidó aclarar es que la medialuna de esmeralda que se encontraba entre ellas guardaba dentro de sí una triste historia de amor y ambición.








jueves, 9 de agosto de 2012

Las extravagancias de los maharajás


Los principados de la India eran tan dispares como quienes los gobernaban. En un extremo estaba Hyderabad, en el sur, un estado soberano que ocupaba un área grande como la mitad de España. En el otro extremo, minúsculos reinos en el oeste de sólo un kilómetro cuadrado. En la península de Kathiawar había 282 principados que, juntos, ocupaban la superficie de Irlanda.



Cada principado estaba gobernado por soberanos locales que ejercían un poder absoluto dentro de sus fronteras y que se llamaban de manera distinta según su propia tradición. El nombre cambiaba como también cambiaban las banderas y los uniformes de las fuerzas policiales y militares. Aunque los británicos no admitían que los rajás fueran denominados reyes (ya que en el imperio sólo cabía un rey, el de Inglaterra), eso no les impedía reivindicar la gloria de su linaje, como el Maharana de Udaipur, que se creía descendiente del Sol, al igual que el Maharajá de Udaipur. Otros, como los Holkar de Indore o los Gaekwads de Baroda, empezaron siendo ministros o generales y, gracias a su astucia y al poder político que supieron acumular, terminaron siendo soberanos.

El selecto grupo de los maharajás incluía personalidades extremas: unos cultos, otros muy burdos, unos encantadores y seductores, otros crueles o ascéticos, otros un poco locos y casi todos excéntricos. En su extravagancia se sentían herederos de los grandes príncipes y emperadores del pasado. Para todos ellos, ser excéntrico había sido siempre una forma de refinamiento.

Baste un ejemplo. El Rajá de Kapurthala, en un recorrido hacia Bombay en el Punjab Mail, en sus vagones privados enganchados al final de un tren que transportaba un millar de pasajeros, ordenó a su secretario particular que mandase detener el convoy durante diez minutos en la estación de Nasik para afeitarse. El jefe de estación le informó que no tenía autoridad para ello e inmediatamente telefoneó a su superior, quien le ordenó que hiciese partir el tren. El secretario insistió en pagar todos los gastos que la detención acarrease, mientras los guardaespaldas del rajá conminaban al maquinista a esperar unos minutos. De modo que el jefe de estación tuvo que aguantarse. Y los mil pasajeros, también. Luego mandó un informe elevando una protesta oficial ante las más altas instancias de administración del ferrocarril, que lo transmitieron al departamento político del Punjab. El rajá había hecho otra de las suyas. Su argumentación fue: “Si el tren no hubiera esperado unos minutos, hubiera podido lesionarme, lo que le hubiera costado más caro a la compañía del ferrocarril debido a los seguros que tengo contratados, que los gastos ocasionados por un pequeño retraso”.



El Maharajá de Kapurthala con sus mujeres en la zenana


Estas actitudes eran menudencias comparadas con las de sus colegas. Un príncipe de un Estado del sur, gran cazador de tigres, acusado de utilizar bebés como cebo, se disculpó con el argumento de que no había fallado un solo tigre en su vida, lo que era cierto. El Maharajá de Gwalior mandó traer una grúa especial para izar sobre el tejado de su palacio al más pesado de sus elefantes, con el resultado de que el tejado se hundió y el animal acabó herido. Alegó que había decidido comprobar la solidez del tejado pues había comprado en Venecia un candelabro gigantesco para rivalizar con los que colgaban de los techos del Palacio de Buckingham.

Ese mismo maharajá era tan aficionado a los trenes que había mandado fabricar uno en miniatura cuyas locomotoras y vagones circulaban sobre una red de rieles de plata maciza entre las cocinas y la inmensa mesa de comedor de su palacio. El cuadro de mando estaba instalado en el lugar donde él se sentaba. Manipulando manivelas, palancas, botones y sirenas, el maharajá regulaba el tráfico de los trenes que transportaban bebidas, comida, cigarros o dulces. Los vagones cisterna, llenos de whisky o vino, se detenían ante el comensal que había pedido una copa. La fama de ese tren llegó hasta Inglaterra debido a que, durante un banquete ofrecido a la reina Mary, a causa de un cortocircuito en el cuadro de mandos, los vagones se lanzaron desbocados por el comedor, salpicando vino y jerez y proyectando pollo al curry sobre los vestidos de las señoras y los inmaculados uniformes de los caballeros. Fue el accidente de ferrocarril más absurdo de la historia.



La mesa del Maharajá de Gwalior y su tren de juguete


Si el rajá de Kapurthala se había negado a que el tren –el verdadero- que unía Delhi con los Estados del norte pasase por su Estado para no tener que molestarse en ir a saludar a todos los altos oficiales que viajasen por la línea, el soberano de uno de los Estados de Kathiawar también se negó a ello, pero por otra razón: era una ofensa a su religión pensar que los pasajeros que cruzasen su territorio podrían estar comiendo carne de vaca en el vagón restaurante.

Las extravagancias  no tenían límite. Un maharajá del Rajastán llevaba todos sus asuntos, incluidos los consejos de ministros y los juicios, desde el cuarto de baño, porque era el lugar más fresco del palacio. Otro, para reducir gastos, aunó en un mismo alto funcionario los puestos de Juez del Estado con el de Inspector General de Bailarinas, por lo que le pagaba cien rupias al mes. Otro compró doscientos setenta automóviles y el Maharajá Jay Singh de Alwar, que compraba los Hispano Suiza de tres en tres, los mandaba enterrar ceremoniosamente en las colinas de los alrededores de su palacio a medida que se iba cansando de ellos.

El último Nawab de Bhopal recibió una reprimenda de parte de la autoridad británica por haber gastado una suma colosal en la fabricación de un cuarto de baño portátil, con caldera de agua caliente, bañera, inodoro y lavabos… ¡para ir de caza! Su hermano, el general Obaidullah Khan, irritado ante la impaciencia de un dependiente en una relojería de Bombay, decidió comprar en el acto todas las existencias de la tienda. El Maharajá de Bharatpur nunca viajaba sin su estatua del dios Krishna; siempre había un asiento reservado para la deidad. La megafonía de los aeropuertos del mundo entero repetiría a menudo el mismo llamado: “Ésta es la última llamada para que el Sr. Krishna se presente en la puerta de embarque…”



Masiva cacería de tigres organizada por el Maharajá de Alwar en 1926 para invitados británicos: una docena de elefantes y unas 300 personas involucradas.


Durante los banquetes que ofrecía, el Nawab de Rampur, conocido por su gran cultura, organizaba competiciones de palabrotas en punjabí, urdu y persa. El príncipe solía ganar siempre. Su récord lo obtuvo al desgranar palabrotas e insultos varios durante dos horas y media sin parar, mientras su rival más próximo se había quedado sin vocabulario al cabo de noventa minutos.

Los maharajás se gastaban bromas a la altura de sus excentricidades. Siempre estaban intercambiándose vírgenes, perlas y elefantes. Un joven príncipe medio arruinado, que había conseguido hacer un buen negocio vendiéndole una docena de “bailarinas” a un millonario parsi, en el último momento le dio el cambiazo incluyendo en el lote a tres ancianas, quedándose él con las tres bailarinas más jóvenes y núbiles.

En el Olimpo de las extravagancias, las del Nawab de Junagadh, un pequeño Estado al norte de Bombay, destacaban sobre las demás. El príncipe tenía pasión por los perros, de los que llegó a tener quinientos. Había instalado a sus favoritos en apartamentos con electricidad, donde eran servidos por criados a sueldo. Un veterinario inglés especializado en canes dirigía un hospital únicamente destinado a atenderlos. Los que no tenían la suerte de salir con vida de la clínica eran honrados con funerales al son de la Marcha Fúnebre de Chopin. El nawab saltó a la fama cuando se le ocurrió celebrar el matrimonio de su perra Roshanara con su labrador preferido, llamado Bobby, en el transcurso de una grandiosa ceremonia a la que invitó a príncipes y dignatarios, incluyendo al virrey, quien declinó la invitación “con gran pesar”. Cincuenta mil personas se apiñaron a lo largo del cortejo nupcial. El perro iba vestido de seda y llevaba pulseras de oro, mientras que la novia, perfumada como una mujercita, lucía joyas de pedrería. Durante el banquete, sentaron a la feliz pareja a la derecha del nawab y luego fueron conducidos a uno de los apartamentos para que allí consumaran su unión.



El Nawab de Junagadh y su mascota predilecta.


Generalmente, cuanto más ricos y poderosos eran, más excéntricos se mostraban. La autoridad indiscutida en el tema de los placeres de la carne y de las extravagancias era el Maharajá Rajendra Singh, que reinaba sobre los 6.000 kilómetros cuadrados de Patiala. Vivía en un palacio que medía medio kilómetro de largo y cuya fachada trasera daba a un enorme lago artificial; perros afganos, pavos reales y tigres encadenados en las charcas cubiertas de lotos poblaban los jardines. Se había construido su propia capital de verano cerca de la aldea de Chail, a sesenta kilómetros de Simla y a tres mil metros de altura. Allí mandó construir el campo de cricket más alto del mundo, donde equipos británicos, australianos e indios libraron grandes torneos, disfrutando de vistas espectaculares sobre los glaciares de Kailash y las cumbres del Himalaya.

Juerguista empedernido, Rajendra de Patiala fue definido en un informe oficial como “un alcohólico, un padre indiferente, un marido infiel y un terrible administrador”. Cuando el virrey mandó a un alto funcionario a hablar seriamente con el maharajá sobre su indiferencia respecto a los asuntos administrativos y su desorden financiero, Rajendra, sintiéndose ofendido, le espetó: “¡Pero si dedico hora y media al día a los asuntos de Estado!”. A Rajendra le gustaba más la compañía de los caballos que la de los hombres. En sus cuadras mantenía setecientos pura sangres, entre los cuales había treinta sementales de gran calidad que habían proporcionado a Patiala y a la India grandes campeones en las carreras. Por otro lado consiguió convertir a los Tigres, su equipo de polo –con uniformes de color naranja y negro- en el terror de la India.



Dos princesas de Patiala a bordo del De Dion Bouton


Pero la notoriedad de Rajendra surgió por el hecho de ser un pionero. Causó una auténtica conmoción al importar el primer automóvil a la India, un De Dion Bouton –matrícula Patiala 0-, que dejó atónitos a sus súbditos, quienes consideraban un milagro que pudiera desplazarse a 15 y 20 kilómetros por hora sin la ayuda de un camello, de un caballo o de un elefante. Mayor aún fue la conmoción cuando anunció su boda con una mujer inglesa. Era la primera vez que un príncipe indio se casaba con una europea. La mujer se llamaba Florence Bryan y era la hermana menor del jefe de las cuadras de Su Alteza. Cuando el virrey se enteró de su intención de contraer matrimonio, le transmitió su más firme reprobación. Las autoridades británicas y la nobleza de Patiala ignoraron el acto, al igual que los príncipes del Punjab.

Si el Maharajá de Patiala había alcanzado cotas altísimas de extravagancia, su hijo Bhupinder le sobrepasaría con creces, convirtiéndose en un personaje de leyenda. Con sus ciento treinta kilos de peso, este príncipe era conocido por su enorme apetito, tanto de comida –era capaz de engullir tres pollos seguidos- como de amor carnal –su harén llegó a contar con trescientas cincuenta esposas y concubinas-. Era un hombre que ardía de pasión animal, un monarca absoluto con un apetito sexual insaciable, mayor que el de su padre, al punto que en una ocasión no dudó en ordenar una incursión armada en las tierras de su primo, el Rajá de Nabha, para raptar a una joven rubia y de ojos azules que había avistado cuando cazaba.



El equipo de polo de los Tigres de Patiala. A la izquierda del trofeo está el Maharajá Bhupendra Singh.


Bhupinder de Patiala y Jagatjit de Kapurthala se hicieron célebres en Europa: por ser monarcas de dos Estados del Punjab y por su fuerte personalidad. A pesar de sus similitudes, eran personajes muy distintos. El número de concubinas de Jagatjit nunca se acercó al de Bhupinder. Éste era mucho más rico, más ostentoso y más guerrero. Bhupinder era un fanático del polo –siguió manteniendo al equipo de los Tigres en la cumbre del deporte nacional-; Jagatjit lo era del tenis. Ambos reconocían a los británicos como la única autoridad, aunque se resistían a hacerlo; si hubieran podido autoproclamarse reyes, lo hubieran hecho sin pestañear. El estilo de Bhupinder era el de un monarca oriental; Jagatjit quería parecerse más a los reyes de Francia.

A su manera ambos eran buenos padres. Los numerosos hijos de Bhupinder Singh vivían en un palacio llamado Lal Bagh. Eran atendidos por multitud de niñeras inglesas y escocesas y todos tenían derecho a la misma educación. Un visitante que pasó una temporada en Patiala contó un día cincuenta y tres cochecitos de niño aparcados frente a Lal Bagh. Tres mil quinientos sirvientes de todo tipo pululaban por el vasto palacio. El maharajá contrató a un mecánico inglés formado en la Rolls-Royce para que se encargara de sus veintisiete Silver Ghost, además de los noventa automóviles de otras marcas que iría adquiriendo.


El Château Kapurthala


Jagatjit levantó una mansión a unos cien kilómetros de Simla, en Mussoorie, una hill station,  como los ingleses llamaban a ese tipo de ciudades de veraneo cuya atmósfera era siempre frívola y desenfadada. Lo hizo inspirándose en uno de los castillos del Loira que tanto lo habían impresionado en su viaje a Europa, con torreones en forma cónica cubiertos de pizarra. Amuebló el interior al estilo francés, con cuadros, muebles de época, porcelanas y tapices y lo bautizó con el exótico nombre de Château Kapurthala. La mansión se hizo famosa por sus bailes de disfraces amenizados con grandes orquestas. El disfraz proporcionaba el anonimato necesario para que los aristócratas indios y las mujeres europeas mantuvieran relaciones a escondidas de los maridos de éstas, ausentes porque no podían permitirse el lujo de pasar cuatro meses de veraneo en familia. Al término de las fiestas del rajá, en secreto, las parejas se marchaban en rickshaws que serpenteaban por la Camel’s back, la carretera circular de detrás de la colina desde donde se disfrutaba de un paisaje idílico. Las parejas pasaban allí largas horas y luego el rickshaw devolvía a las señoras a sus residencias. Algunas, las más atrevidas, se llevaban a sus amantes a casa.

El Raj fue un momento histórico en el que los reyes de la India dejaron de ser reyes y se convirtieron en príncipes. Protegidos por el paraguas británico que les garantizaba las fronteras, las ganancias y los privilegios, los soberanos vivieron a partir de entonces con tranquilidad, una estabilidad que los volvió blandos y corruptos. Acabaron apoyándose cada vez más en los ingleses, convencidos de que eran indispensables para su propia supervivencia, cuando en realidad eran los príncipes quienes habían sido indispensables para la supervivencia británica en India. De esa manera, los rajás fueron apartándose poco a poco del pueblo, olvidando los preceptos de simplicidad y humildad inherentes a la sociedad hindú y empezando a vivir de esa manera ostentosa, compitiendo entre sí.



Carruaje de elefantes del Maharajá de Rewa en el Delhi Durbar de 1903


No obstante ello, el pueblo les adoraba, porque veía en sus príncipes la encarnación de la divinidad. Desde la noche de los tiempos, los niños indios crecieron escuchando las fabulosas aventuras de sus reyes heroicos enzarzados en terribles luchas contra viles déspotas. Eran historias que hablaban de sofisticadas intrigas palaciegas, de traiciones y conspiraciones, cuentos que describían las fugas nocturnas de princesas enamoradas, noches eróticas con decenas de concubinas, sacrificios de reinas despechadas… historias de riquezas inconmensurables, de palacios lujosísimos y gigantescas cuadras de caballos, camellos y elefantes; historias en las que la frontera entre la realidad y el mito es tan difusa que se hace difícil saber dónde acaba lo uno y dónde empieza lo otro.


Con extractos de "Pasión india", de Javier Moro

lunes, 6 de agosto de 2012

Los Estados Principescos de la India


Un Estado principesco (también llamado Estado nativo o Estado indio) fue una entidad nominalmente soberana del Imperio Británico Indio que no estaba directamente gobernada por los británicos, sino más bien por un gobernante indio bajo una forma de gobierno indirecto, sujeto a una alianza subsidiaria y la soberanía o supremacía de la Corona británica.



Bandera del estado de Jaipur, con una efigie del Maharajá


India bajo el Raj británico (el "Imperio Indio") consistió en dos tipos de territorio: la India británica y los Estados nativos. En su Ley de Interpretación de 1889, el Parlamento británico aprobó las siguientes definiciones:

(4.) La expresión "India británica" significará todos los territorios y lugares dentro de los dominios de Su Majestad, los cuales son por el momento gobernados por Su Majestad a través del Gobernador-General de India o a través de cualquier gobernador u otro funcionario subordinado al Gobernador-General de India. 

(5.) La expresión "India" significará la India británica, junto con cualquier territorio de cualquier príncipe o jefe nativo bajo la soberanía de Su Majestad ejercida a través del Gobernador General de India, o a través de cualquier gobernador u otro funcionario subordinado al Gobernador-General de India.


En general, el término "India británica" ha sido utilizado (y se sigue utilizando) también para referirse a las regiones bajo el gobierno de la East India Company en India desde 1774 hasta 1858. 



Un grupo de maharajás con un emisario británico.


La soberanía de la Corona británica sobre más de 175 Estados principescos, por lo general los más grandes e importantes, era ejercida en el nombre de la Corona por el gobierno central de la India británica bajo el Virrey; los restantes Estados, aproximadamente 400, eran influenciados por agentes que rendían cuentas a los gobiernos provinciales de la India británica bajo un Gobernador, Vicegobernador, o Comisionado Jefe. Una clara distinción entre "dominio" y "soberanía" era suministrada por la jurisdicción de los tribunales de justicia: la ley de la India británica se basaba en la legislación promulgada por el Parlamento británico y los poderes legislativos que aquellas leyes establecían en los distintos gobiernos de la India británica, tanto centrales como locales; en cambio, los tribunales de los Estados principescos existían bajo la autoridad de los respectivos gobernantes de aquellos Estados.

Estatus y títulos principescos

Los gobernantes indios llevaban varios títulos -incluyendo Chhatrapati o Badshah ("emperador"), Maharajá o Rajá ("rey"), Nawab ("gobernador"), Thakur o Thakore, Nizam, Wali, Inamdar, Saranjamdar y muchos otros. Fuera cual fuere el significado literal y el prestigio tradicional del título real del gobernante, el gobierno británico los traducía a todos como "príncipe", a fin de evitar la implicación de que los gobernantes nativos podrían ser "reyes" con igual estatus al del monarca británico.




Gobernantes indios importantes (en su mayoría existentes antes del Imperio mogol, o teniendo separación de estos viejos estados) utilizaban a menudo el título de "Rajá", o una variante, como" Rana", "Rao", "Rawat" o “Rawal”. También en esta "clase" había varios sahibs Thakur y algunos títulos específicos, como Sar Desai, Rajá Inamdar o Saranjamdar.

Los gobernantes hindúes más prestigiosos por lo general tenían en sus títulos el prefijo "maha" ("grande", comparable, por ejemplo, a Gran Duque), como Maharajá, Maharana, Maharao, etc. Los estados de Travancore y Cochin tenían reinas reinantes tratadas como Maharanis; en general, las formas femeninas se aplicaban sólo a las hermanas, esposas y viudas, que podrían, sin embargo actuar como regentes.

También hubo títulos compuestos, tales como (Maha) Rajadhiraj, Raj-i-rajgan, a menudo reliquias de un elaborado sistema de títulos jerárquicos bajo los emperadores mogoles. Por ejemplo, la adición del adjetivo Bahadur levantaba un nivel el estatus del titular.

Por otra parte la mayoría de las dinastías utilizaba una variedad de títulos adicionales, tales como Varma en el sur de la India. Esto no debe confundirse con varios títulos y sufijos no específicos de los príncipes, pero utilizados por enteras (sub) castas. Los príncipes sijs concentrados en el Punjab generalmente adoptaban títulos hindúes cuando alcanzaban rango principesco; a un nivel inferior era utilizado Sardar.

Los Gobernantes musulmanes utilizaban casi todos el título de "Nawab"(el árabe honorífico de naib, "diputado", usado por los gobernadores mogoles que se volvieron de facto autónomos con la caída del imperio mogol), con las excepciones destacadas del  Nizam de Hyderabad y Berar, el Wali / Khan de Kalat y el Wali de Swat. Otros títulos menos habituales incluían Darbar Sahib, Dewan, Jam, Mehtar (único de Chitral) y Mir (de Emir).



La Begum de Bhopal en el primer automóvil que tuvo este estado principesco.


Precedencia y prestigio

Sin embargo, la verdadera importancia de un estado principesco no se puede leer en el título de su gobernante, el cual es usualmente concedido (o al menos reconocido) como un favor, a menudo en reconocimiento a la lealtad y los servicios prestados al Imperio Mogol. Aunque algunos de los títulos fueron elevados una o incluso repetidamente, no había actualización automática cuando un estado ganaba o perdía poder. De hecho, los títulos principescos eran otorgados a los titulares de dominios (principalmente jagirs, esto es, pequeños territorios dados a jefes del ejército en reconocimiento a sus actividades militares) e incluso zamindares (recaudadores de impuestos), los cuales no eran estados en absoluto.Diversas fuentes dan cifras muy diferentes de estados y dominios de los distintos tipos. Incluso en general, la definición de títulos y dominios no están claramente bien establecidos. Tampoco hay una estrecha relación entre los niveles de los títulos y las clases de saludos armados (salvas), la medida real de precedencia, sino que se limita a un porcentaje creciente de títulos más altos en clases con más salvas.

El sistema de saludos armados se utilizaba para establecer de forma inequívoca la preferencia de los gobernantes más importantes de la zona en la que la British East India Company estaba activa, o en general de los estados y sus dinastías. Los gobernantes principescos tenían derecho a ser saludados por el disparo de un número impar de salvas entre 3 y 21, un mayor número de salvas indicaba un mayor prestigio (Había muchos gobernantes de menor importancia que no tenían derecho a salvas de artillería, y como regla general, la mayoría de los príncipes tenían por lo menos derecho a 9 salvas, con números por debajo que eran prerrogativa de los jeques árabes costeros también bajo protección británica). En general, el número de salvas sigue siendo el mismo para todos los sucesivos gobernantes de un Estado particular, pero a los príncipes individuales se les concedía a veces salvas adicionales a título personal. Por otra parte, a los gobernantes se les concedía a veces más salvas solo en sus propios territorios, lo que constituía una semi-promoción.



El privilegio protocolario del saludo armado se hacía originalmente por navíos de la Armada Real, más tarde tenían lugar en tierra. Cuando el gobernante de un estado principesco arribaba a la capital india (originalmente Calcutta o Kolkata, luego Delhi) era saludado con determinada cantidad de salvas de cañón.


Mientras que los estados de todos estos gobernantes (unos 120) eran conocidos como “Estados saludo”, había muchos estados de menor prestigio e incluso más príncipes  (en el sentido más amplio del término) ni siquiera reconocidos como tales. Por otro lado, a las dinastías de ciertos estados difuntos se les permitió mantener su condición de príncipe -fueron conocidos como Pensionados políticos-. Hay ciertos estados de la India británica que fueron prestados como Saranjams políticos, con igual estatus principesco. Aunque ninguno de estos príncipes eran recibidos con salvas, los títulos de los príncipes de esta categoría eran reconocidos como ciertos vasallos de los Estados saludo y ni siquiera en relación directa con el poder supremo.

Después de la independencia, el Maharana de Udaipur desplazó al Nizam de Hyderabad como el príncipe de más alto rango en la India, y el tratamiento de Alteza se extendió a todos los gobernantes con derecho a 9 salvas. Cuando estas dinastías fueron integradas a la Unión India le fueron prometidos privilegios continuos y un ingreso, conocido como la Bolsa Privada, para su mantenimiento. Posteriormente, cuando el gobierno indio abolió la Bolsa Privada en 1971, toda la orden principesca todo dejó de existir en la legislación india, aunque muchas familias continúan conservando su prestigio social de manera informal; algunos descendientes siguen siendo prominentes en la política regional o nacional, la diplomacia, los negocios y la alta sociedad.

En el momento de la independencia india, sólo cinco gobernantes -el Nizam de Hyderabad, el Maharajá de Mysore, el Maharajá de Jammu y Cachemira, el Maharajá Gaekwad de Baroda y el Maharajá Scindia de Gwalior- tenían derecho a una salva de 21 cañonazos. Cinco gobernantes más -el Nawab de Bhopal, el Maharajá Holkar de Indore, el Maharana de Udaipur, el Maharajá de Kolhapur y el Maharajá de Travancore- tenían derecho a 19 salvas. El gobernante principesco de más alto rango era el Nizam de Hyderabad, que tenía derecho a un único tratamiento, el de Exaltada Alteza. Otros gobernantes principescos tenían derecho a 11 salvas (pronto 9 salvas también) y al tratamiento de Alteza. Ningún tratamiento especial era utilizado para gobernantes que recibían menos salvas.



El número de salvas en un saludo armado asumió particular importancia en el Durbar de Delhi en diciembre de 1911, para conmemorar la coronación de George V. El gran despliegue de salvas durante casi todo el día causó severas discapacidades auditivas en muchos asistentes. En la época, solo tres estados principescos eran saludados con 21 salvas: el Nizam de Hyderabad, el Maharajá de Baroda y el Maharajá de Mysore.


Como gobernante supremo y sucesor de los mogoles, el Rey-Emperador de India, para quien estaba reservado el tratamiento de Majestad, tenía derecho a una salva "imperial" de 101 cañonazos -en la tradición europea también el número de salvas disparadas para anunciar el nacimiento de un heredero (masculino) al trono-.

Todos los gobernantes principescos eran elegibles para ser honrados con ciertas órdenes de caballería británicas asociadas con la India, la Más Exaltada Orden de la Estrella de India y la Más Eminente Orden del Imperio Indio. Incluso las mujeres podrían ser designadas como "Caballeros" (en lugar de Damas) de estas órdenes. Los gobernantes con derecho a 21 y 19 cañonazos eran nombrados normalmente para el rango más alto posible (Caballero Gran Comendador de la Orden de la Estrella de India).

Muchos príncipes indios servían en el ejército británico (como otros en las fuerzas locales de la guardia o la policía), a menudo llegando a los más altos rangos oficiales y algunos incluso servían mientras estaban en el trono. Muchos de ellos fueron designados como ADC (Aid-de-Camp, “Ayudante de Campo”), etc, ya sea para el príncipe gobernante de su propia casa (en el caso de familiares de tales gobernantes) o incluso al Rey-Emperador británico. Muchos de ellos también vieron la acción, tanto en el subcontinente y en otros frentes, durante las dos Guerras Mundiales.

Con excepción de los miembros de las casas principescas que entraron en servicio activo y que se distinguieron, un buen número de príncipes recibieron rangos honorarios como oficiales de las Fuerzas Armadas británicas. Estos rangos fueron conferidos sobre la base de varios factores, incluyendo su patrimonio, linaje, cañonazos (o la falta de uno), así como el carácter personal o las tradiciones marciales. Después de las Guerras Mundiales, los gobernantes principescos de varios de los estados más importantes, incluyendo Gwalior, Kolhapur, Patiala, Bikaner, Jaipur, Jodhpur, Jammu y Cachemira y Hyderabad, recibieron rangos honorarios oficiales de Teniente-General como resultado de las contribuciones de sus estados al esfuerzo de guerra.



En 1917, el Maharajá de Gwalior (8º) fue honrado con un permanente y hereditario saludo armado de 21 salvas y el Maharahá de Jammu y Kashmir recibió el mismo honor en 1921. A ambos les fueron otorgados mayores rangos como resultado de los meritorios servicios de sus soldados en la Primera Guerra Mundial.


Tampoco era raro que los miembros de casas principescas fueran nombrados para diversos cargos coloniales, a menudo lejos de su estado natal, o para entrar en el cuerpo diplomático.

Doctrina de la Prescripción

Un aspecto controvertido del gobierno de la East India Company fue la Doctrine of Lapse (o Doctrina de la Prescripción), una política en virtud de la cual las tierras cuyo gobernante feudal moría (o de lo contrario se convertía en no apto para gobernar) sin un heredero varón biológico (en oposición a un hijo adoptado) estarían directamente controladas por la Compañía y un hijo adoptado no se convertiría en el gobernante del estado. Esta política iba en contra de la tradición india, donde, a diferencia de Europa, era por lejos la norma aceptada para un gobernante nombrar su propio heredero.

La Doctrina de la Prescripción fue perseguida vigorosamente por el Gobernador-General Sir James Ramsay, 10º Conde (más adelante 1r Marqués) de Dalhousie. Dalhousie anexó siete estados, incluyendo Awadh (Oudh), cuyos Nawabs él había acusado de mal gobierno y los estados Maratha de Nagpur, Jhansi y Satara y Sambalpur. El resentimiento por la anexión de estos estados se volvió a la indignación cuando las reliquias de los maharajás de Nagpur fueron subastados en Calcuta. Las acciones de Dalhousie contribuyeron al creciente descontento entre las castas superiores que desempeñaron un papel importante en el estallido de la rebelión india de 1857. El último badshah mogol (emperador), a quien muchos de los amotinados vieron como una figura decorativa para reunir a su alrededor, fue depuesto después de su supresión.



James Ramsay, 1r Marqués de Dalhousie, fue Gobernador-General de India de 1848 a 1856.


En respuesta a la impopularidad de la doctrina, fue suspendida con el fin del dominio de la Compañía y la asunción del poder directo del Parlamento británico sobre la India.

Gobierno imperial

Por un tratado, los británicos controlaron absolutamente los asuntos exteriores de los estados principescos. Como los estados no eran posesiones británicas, mantuvieron el control sobre sus propios asuntos internos, sujetos a un grado de influencia británica, la cual en muchos estados fue considerable.

A principios del siglo XX, las relaciones entre los británicos y los cuatro estados más grandes,  Hyderabad, Mysore, Jammu y Cachemira y Baroda, estaban directamente bajo el control del Gobernador-General de India, en la persona de un residente británico. Dos agencias, por Rajputana y la India central, supervisaron 20 y 148 estados principescos, respectivamente. Los estados restantes tenían sus propios oficiales políticos británicos, o Agentes, quienes respondían a los administradores de las provincias de la India. Los Agentes de 5 estados principescos estaban entonces bajo la autoridad de Madrás, 354 en Bombay, 26 en Bengala, 2 en Assam, de 34 años en el Punjab, 15 bajo Provincias Centrales y Berar y 2 en Provincias Unidas.

A principios de 1930, la mayoría de los estados principescos cuyas Agencias se encontraban bajo la autoridad de las provincias de la India se organizaron en nuevas agencias, directamente responsables ante el Gobernador-General, en el modelo de la India central y las agencias de Rajputana. La Residencia de Baroda fue combinada con los estados principescos de la Presidencia de Bombay en la Agencia de Baroda, Estados Occidentales y Gujarat. Gwalior se separó de la Agencia Central de India y tuvo su propio residente, y los estados de Rampur y Benarés, antes con Agentes bajo la autoridad de las Provincias Unidas, fueron puestos bajo la Residencia de Gwalior en 1936. Los estados principescos de Sandur y Banganapalle en la Presidencia de Mysore fueron trasladados a la agencia del Residente de Mysore, en 1939.



Armas de Jammu y Cachemira