La princesa más prominente de la familia real de Arabia Saudita dijo en Suiza que, si pudiera cambiar algo de su país, permitiría que las mujeres condujeran - un desafío poco común y directo a la prohibición de conducir impuesta por la élite gobernante masculina del reino-.
Las observaciones de la princesa Lolowah al-Faisal Al Saud, hija del difunto Rey Faisal y nieta del Rey Abdul-Aziz (Ibn Saud), fundador del Reino de Arabia Saudita, se produjo en el Foro Económico Mundial - una conocida reunión para los líderes del mundo a participar en franco diálogo, y a menudo off-the-record, sin temor a la crítica.
Entre otros participantes, como el ex presidente iraní Mohammad Khatami, el primer ministro de Malasia, un rabino judío ortodoxo y activista por la paz de Israel y un clérigo estadounidense, la princesa habló promoviendo la tolerancia religiosa.
El moderador, el columnista del New York Times Thomas Friedman, pidió a los panelistas que hicieran un momento de "autocrítica" y decir lo qué cambiarían para promover una mayor comprensión entre religiones. Y llegado el turno a la princesa Lolowah, le dijo en broma: "¿Qué haría usted, princesa, si fuera reina por un día? No se lo diré a nadie." "Primera cosa, dejaría que las mujeres condujeran", dijo Al-Faisal secamente; el público estalló en aplausos y risas. Y añadió, cuando los aplausos se detuvieron: "O bien tendría un gran sistema de transporte, que no tenemos." Las mujeres en Arabia Saudita pueden trabajar hoy en muchos puestos de trabajo que alguna vez se encontraban fuera de sus posibilidades - un punto que la princesa hizo notar. Pero los críticos dicen que su incapacidad para conducir les impide obtener muchos puestos de trabajo, obligándolas a depender de los chóferes, o los familiares varones, para llegar al trabajo o a la escuela.
Otros dicen que la prohibición del manejo femenino tiene un impacto particular en las familias más pobres de Arabia, las cuales no pueden permitirse el lujo de contratar a conductores. Debido a ello, algunos consideran que la prohibición de conducir no es sólo un asunto de derechos de las mujeres, sino también un factor que frena el desarrollo económico del país.
Los comentarios de la princesa al-Faisal son particularmente interesantes porque muestran que, mientras que Arabia Saudita a menudo se presenta como un frente unido frente al mundo exterior, existen diferentes opiniones e incluso un intenso debate en privado.
La Princesa Lolowah al-Faisal bin Abdul Aziz Al Saud es hija del rey Faisal con su cuarta esposa, Effat Al-Thunayan, y hermana de dos destacados miembros del actual gobierno, el Canciller Saud Al-Faisal y el Príncipe Turki Al-Faisal, embajador saliente de Arabia Saudita a los Estados Unidos. Al igual que otros hijos de Faisal, fue educada en el extranjero, y asistió a la escuela secundaria en Lausana, Suiza. Se casó con uno de sus primos, el Príncipe Saud bin Abdul-Mohsen Al Saud pero se divorció después de diez años. Tuvo tres hijos de ese primer matrimonio.
La Princesa Lolowah ha dedicado su vida a mejorar la asistencia de las mujeres en Arabia Saudí, especialmente en el campo de la educación. Ella ha sido miembro de la Sociedad Filantrópica Al-Nahdah de Mujeres en Riad desde 1970. De 1990 a 1999, ayudó a su madre, la Reina Effat, en la supervisión de la Escuela Dar Al-Hanan en Jeddah, la primera escuela secundaria privada para mujeres en Arabia Saudita. Junto con su madre y sus hermanos, ayudó a fundar el Effat College (ahora Universidad Effat) en 1999. Además, ha participado en todas las fases de la fundación de la universidad, desde la recaudación de fondos, el desarrollo del currículo, la supervisión de la construcción para la contratación de profesores y el personal. Actualmente se desempeña como Vicepresidente de la Junta de Fundadores y la Junta de Síndicos de la universidad y Supervisor General. Se dejó fotografiar por los medios de comunicación occidentales por primera vez en 2005.
Además de abogar por más derechos para las mujeres sauditas, también trabaja para luchar contra conceptos erróneos sobre las mujeres en Arabia Saudita que existen en Occidente. Ella insiste en que las mujeres musulmanas tengan iguales derechos, pero no necesariamente los mismos derechos que los hombres.
La princesa, de 60 años de edad, es el miembro femenino más públicamente visible de la familia real y una de las mujeres sauditas de más alto perfil. Ha representado a Arabia Saudita en diversos foros internacionales. Se desempeñó como miembro de la Comisión de Comercio Internacional de las Cámaras sauditas de Comercio e Industrias; encabezó una delegación de empresarias sauditas a Hong Kong en 2006 y ha participado en misiones comerciales sauditas en el extranjero, acompañando a altos miembros de la familia real en los viajes diplomáticos.
Lolowah ha dado muchos discursos en todo el mundo sobre el avance de las mujeres musulmanas y el diálogo interreligioso. Es miembro de la agenda de la cumbre del Foro Económico Mundial y ha participado en varias sesiones del foro. Durante la reunión del 2008 en Davos, presentó la sesión de trabajo "¿Qué Clase de Educación para Qué Clase de Mundo?", con un discurso centrado en la filosofía de la educación. Fue la oradora principal en la Conferencia del Instituto de Oriente Medio de Londres en la capital británica en 2003. En Arabia Saudita, la Princesa Lowolah es miembro de la junta de la Fundación del Rey Faisal. y dirige un prominente colegio de mujeres sauditas. Pero es raro que empezara a presionar públicamente para poner fin a la prohibición de conducir.
Su padre, el rey Faisal, quien gobernó de 1964 a 1975, tenía reputación de ser más progresista en temas sociales que sus sucesores. Instituyó por primera vez la educación de las niñas sauditas, por ejemplo, en la década de 1960 y algunos se han preguntado si podría haber impulsado más reformas en aquel conservador y religioso reino si hubiera vivido más tiempo. Fue asesinado en 1975 por un miembro descontento de la familia real, su sobrino Faisal bin Musaid.
Cuando el actual monarca, el rey Abdullah, asumió el trono en 2005, las expectativas eran altas sobre la posibilidad que él con decisión y rapidez llevaría al país hacia una mayor apertura. De hecho, durante algún tiempo, Arabia Saudita ha dado pasos pequeños pero notables hacia la reforma, tales como casos donde a mujeres periodistas sauditas les fue permitido entrevistar a hombres. Pero el ritmo de la reforma se ha reducido, en parte debido a las diferencias reportadas dentro de la familia real sobre el ritmo y la dirección del cambio y en parte por la resistencia de los conservadores religiosos que temen que la reforma vaya a diluir su fuerte influencia.
El tema de las mujeres conductoras ha estado en su mayoría inactivo en el debate público de Arabia Saudita en los últimos años. Estalló después de la Guerra del Golfo en 1991, cuando un grupo de prominentes mujeres saudíes organizaron una protesta circulando al volante de sus propios vehículos por la capital, Riad. Sin embargo, el gobierno tomó medidas duras, confiscando muchos de los pasaportes de las mujeres y por lo tanto impidiéndoles salir del país durante meses.
El debate en ocasiones ha estallado en los periódicos desde entonces, pero nunca de manera tan extensa como en 1991. Muchas mujeres sauditas ven en privado la prohibición como la principal barrera para el progreso. Los conservadores, no obstante, son vocales en el impulso de mantener la prohibición - diciendo que, permitirle a las mujeres conducir, inevitablemente las llevaría a la corrupción moral, al obligarlos a interactuar con hombres que no son parientes en lugares como las estaciones de servicio. Otros países del Golfo, incluyendo Kuwait y los Emiratos Árabes Unidos, permiten a las mujeres conducir.
“Tome una colección de cualquiera de los diseñadores europeos (no importa si es francés o italiano) y separe sus diversos componentes. Seguramente encontrará dos o tres vestidos para la galería; ya sabe, modelos horribles destinados a los periódicos, que los publican al día siguiente de la presentación. Luego aparece el núcleo comercial de la colección; y finalmente se observan unos elementos llamativos que se incluyen en la segunda mitad del desfile, por lo general entre los trajes de cóctel y de noche, cuya principal característica es que parecen desvaríos del diseñador. Piezas muy llamativas, con demasiados abalorios, vulgares. Uno se pregunta en qué debía de estar pensando Scherrer, o Per Spook, o Cardin cuando los estaba haciendo. Y luego te olvidas de aquellos vestidos, porque ves otros que sí te gustan. Y al final te das cuenta que no pretendían que aquellas llamativas prendas te gustaran, no habían sido diseñadas para ti. Nunca aparecerán en un lugar donde puedas volver a verlas, porque han sido destinadas al mercado árabe.”
Las palabras de este comprador auxiliar de Bonwitt Teller dan a entender que, además de las veinticinco variantes formadas por New York, París, Milán, Londres y Tokio, el Golfo constituye un destino igualmente significativo para las prendas de diseñador. Nueve ciudades de Oriente Medio mantienen suficiente tráfico con el oeste como para constituir la sexta terminal de la moda: Riyadh, Jeddah, Kuwait, Amman, Dubai, Shahjah, Ajman (de los Emiratos Árabes Unidos), Bahrain y Abu Dhabi. En términos de volumen de exportación, el Golfo es un mercado más restringido que, por ejemplo, Tokio, pero esto se debe a los especiales hábitos de compra de las mujeres árabes ricas. Son más móviles que sus homónimas de las capitales básicas de la moda: viajan más, poseen propiedades en el extranjero (o en última instancia pueden recurrir a sus primas que se hallan en Occidente) y una gran parte de su gasto se efectúa fuera del Golfo.
A partir de fines de los ‘70, el gusto islámico alcanzó la alta costura occidental y luego, de la forma más sorprendente, la modificó y afectó en cierto sentido. “Yo estaba en Valentino cuando compraron casi toda una boutique para una boda. Ciento cincuenta pares de zapatos. Compraban sin cesar, de la misma forma que usted podría adquirir semillas para el jardín –explica André Leon Talley de House and Garden-. Me llevaron a una habitación y todo estaba repleto de ropas para enviar a Kuwait. Las estaban embalando. Había montañas de papel de seda. Valentino y Scherrer acapararon el mercado árabe durante ocho o nuevee años. Scherrer vestía a toda la realeza kuwaití y su corte.” “En Scherrer vendían trajes de novia por cien mil dólares –cuenta el diseñador británico Alistair Blair-. En realidad, aquel precio nunca se especificaba por escrito, pero pude averiguarlo por medio de las casas de bordados. Cuando empecé a trabajar en Dior y Givenchy, el Oriente Medio era el cliente más importante y gran parte de los diseños estaban destinados a aquel mercado.”
Cabría imaginar, en este avanzado estadio del siglo XV islámico, que los petroriyales deberían implicar el mismo prestigio que los petrodólares norteamericanos, pero no es así en la realidad. Los modistas franceses explican que los árabes exigen discreción, pero eso es sólo una verdad a medias. Valentino, en Roma, en raras ocasiones menciona a sus clientes árabes, aunque reconoce la importancia de las ventas a la OPEP. Una cliente norteamericana opina: “se trata de una mezcla clásica de esnobismo francés y de xenofobia. Pero la verdad es que cuando acudo a las salas de exhibiciones, las encuentro llenas de princesas sauditas que, además, ofrecen un aspecto muy chic, con sus guardaespaldas que las aguardan en la acera”.
“Hace dos o tres temporadas –dice Suzy Menkes, directora de modas del International Herald Tribune-, estaba yo sentada junto a Bernardine Morris en Saint Laurent y, delante, estaba la habitual hilera de Rothschild. Luego vimos a dos mujeres que se cubrían el rostro hasta los ojos con los programas. La habitación estaba muy caldeada y al principio creímos que se estaban abanicando. Pero después comprendimos que eran princesas sauditas que utilizaban los programas a modo de yashmaks. Aquélla fue la primera ocasión en que vi sauditas en un desfile para la prensa. Por lo general, acuden a los desfiles para los clientes privados o se ofrecen desfiles especiales para ellas”.
El dinero árabe llegó a la alta costura a mediados de la década de los ’70. Las primeras clientes en llegar a París fueron las kuwaitíes, centradas en Nina Ricci y Jean-Louis Scherrer; les siguieron las procedentes de Emiratos Arabes Unidos, en especial Dubai y Shajah, y luego de Bahrain. Finalmente, en los ’80, las sauditas se convirtieron en una seria perspectiva. Y las casas de alta costura se convirtieron en depredadores.
Llamar a las puertas del desierto se convirtió en el eufemismo para referirse a la obtención de pedidos en el Golfo. Fueron días vertiginosos en los que era aún demasiado pronto para estimar el tamaño potencial del mercado árabe. Los modistas enviaban agentes al Golfo para conseguir clientes. La mayoría regresaron, frustados y confusos después de haber gastado seis inútiles semanas en la cafetería del Kuwait Hilton mientras las escurridizas clientas esquiaban en Saint Moritz. A principios de los ’80 la mayoría de árabes que deseaban vestir haute couture habían elegido ya sus talleres y el mercado había demostrado ser inconstante e impulsivo –con mujeres que compraban masivamente durante algunas temporadas y luego dejaban de hacerlo durante otras- en lugar de constituir una corriente regular como ocurre con los encargos procedentes de Norteamérica.
Erik Mortensen, modista de la Casa Balmain, contaba que “una vez recibimos el encargo de un vestido de novia de cuatrocientos cincuenta mil francos (cuarenta y cinco mil libras). Pero hemos hecho otros más caros, por encima de los seiscientos mil francos. Además, están las damas de honor de la novia. Éstas pueden tener de diez a doce años y sus vestidos cuestan etnre ciento veinticinco mil y ciento setenta y cinco mil francos, dependiendo de la cantidad de bordados que lleven y de si están ribeteados o no de armiño blanco. Sí, árabes. Y es lo que yo pregunto, ¿por qué en Francia despreciamos esos petrodólares? Deberíamos dar gracias por recibirlos. Porque si no tuviésemos esos clientes, todas las grandes casas deberían reducir el tamaño de los talleres y el número de plantilla a una cuarta parte…”
“Por supuesto, tenemos a todas esas princesas árabes. Incluso vestimos a sus hijas que sólo tienen tres años. Les hacemos los mismos vestidos que a sus madres. Un día le mostré un ejemplo a Liliane de Rothschild, porque pienso que es divertido. Al principio se mostró horrorizada… Pero es tan inteligente y perspicaz que luego me dijo: ‘sabe, esto es exactamente igual que en la corte de España, en la época de Velázquez, cuando las niñas pequeñas lucían vestidos bordados con perlas, idénticos a los de sus madres”.
Concentrado en apenas quince años de compras internacionales, el gusto islámico tiene dos niveles distintos de conocimiento de la moda occidental. Las más ricas sauditas y kuwaitíes –que pasan menos de tres meses al año en sus hogares en el Golfo- están hoy ya tan completamente aclimatadas a las marcas de los diseñadores, que su instinto ostentoso se ha suavizado. Se trata de un grupo bastante reducido que se arracima en torno a Ralph Lauren o los más avasalladores diseñadores italianos, como Armani o Prada. El segundo tipo es que de las ricas esposas de los importadores y exportadores, o de los contratistas de los nuevos puertos del Golfo. Son sobre todo ellas, como clientes, las que han conseguido que los talleres de París se transformaran por el progresivo aumento del poder islámico. “Ellas compran las cosas tal como las han visto en los desfiles –dice André Leon Talley-. Una mujer culta no compra la alta costura tal como aparece, cambia el color o los zapatos. Pero esas mujeres árabes acuden a Valentino, señalan lo que les gusta y ordenan que se los manden.”
Hay dos explicaciones para esa rigidez en el gusto. Una es la ignorancia de la perspectiva de la moda occidental, la otra reside en las singulares ocasiones en que se ponen los modelos. Las mujeres árabes, especialmente las sauditas, se visten sobre todo para impresionarse entre ellas. Dado que se considera inmoral llevar un vestido sin espalda de Nina Ricci en presencia de un hombre que no sea su marido, el uso de los modelos está restringida. Las mujeres sauditas conscientes no visten estos trajes en almuerzos de trabajo, sino en tés con video. Estas reuniones tienen lugar entre el mediodía y las cuatro de la tarde, cuando varias docenas de esposas se congregan en las dependencias femeninas de algún jeque para comer dátiles y kulwushkur, piñones acaramelados y pastelillos de anacardo. Luego, vuelven a contemplar algún video, elemento importante en el éxito de los diseñadores, que cuentan con instrucciones en árabe sobre cómo efectuar los encargos por teléfono. El ayudante de un modista describe una de esas llamadas.
“A veces recibimos encargos –dice- de seis o más mujeres al mismo tiempo. Se ponen al teléfono una tras otra, en la misma casa, bromeando y riendo como escolares y divirtiéndose de lo lindo. Las sauditas se muestran siempre muy amables, pero siento cierta lástima por ellas. Es un poco triste, pienso, poseer vestidos tan bonitos y no tener oportunidad de llevarlos. Pero no nos quejamos, se trata de un factor beneficioso para la costura.”
Al igual que los occidentales que llegan a una ciudad extranjera y se dirigen directamente al hotel de una cadena norteamericana para conseguir un cierto orden dentro del caos, las clientes árabes son leales a los diseñadores que conocen. Los nuevos nombres de la moda, por lo general, no han tenido suerte al intentar abrirse camino en Oriente Medio. El esnobismo respecto a las marcas es muy fuerte. A las mujeres árabes les importa la calidad. “Ciertamente, tienen que demostrar su poder adquisitivo mediante la minuciosidad del trabajo –observa el modista inglés Bruce Oldfield-. Están muy enteradas de las hechuras en las distintas capitales de la moda. Han mirado por todas partes y han visto lo mejor –no en términos de diseño, sino de calidad- y desean esa calidad y esa riqueza.”
En general resulta muy difícil señalar quién es la mujer árabe mejor vestida, ya que una gran parte de sus compras se efectúan colectivamente: madres que compran para sus hijas o primas que adquieren dos docenas de modelos en su última tarde en París para regalar a la familia en Shajah. De todas maneras, aproximadamente una docena de nombres aparecen una temporada tras otra en las prendas que están a la espera de embarcarse desde París: Al Nuaimi, la familia que gobierna Ajman; Al-Bahr y Al-Marzuoq, familias de comerciantes kuwaitíes; Al-Shaikh, la familia del ministro de Justicia de Arabia Saudita; Abdul Aziz, la familia del rey Abdullah y el puñado de primeras damas quienes, dotadas de una elegancia innata, se caracterizan por su gusto al escoger prendas sobrias e impecables que conjuntan con los complementos más actuales. Son Noor y Rania de Jordania, Salma de Marruecos y Mozah de Qatar –y últimamente la Princesa Ameerah Al-Taweel, esposa del Príncipe Al-Waleed bin Talal, sobrino del rey de Arabia Saudita- que encabezan actualmente la lista de las mujeres más elegantes y con más estilo del mundo árabe, relegando a estrellas de Hollywood de la talla de Nicole Kidman.
El futuro del gusto árabe por las ropas occidentales es más una cuestión de política y religión que de dinero. Ya ahora, según informan algunos modistas, se discierne un nuevo conservadurismo. El fundamentalismo islámico influye en el gusto por vestidos más recatados, menos cargados de adorno. Las propias primeras damas en cada una de sus apariciones en público acaparan todas las miradas por su porte y su buen gusto en el vestir. Les vuelve locas el lujo occidental y suelen combinar sus exquisitas prendas tradicionales con los diseños más vanguardistas de los diseñadores internacionales. Por lo general, no suelen acudir a los desfiles, sino que reciben en sus residencias al equipo de estilistas de las grandes firmas. Apuestan por el pret-a-pôrter de lujo como Fendi, Prada o Gucci para sus modelos de día y Elie Saab, Ungaro, Dior, Chanel, Yves Saint Laurent, Balmain o Versace para sus trajes de noche. Suelen completar su atuendo con zapatos y bolsos de primeras firmas como Manolo Blahnik o Prada. Otra de sus grandes pasiones son las joyas, pero huyen de la ostentación, saben que su labor social y humana es muy importante y no arriesgan su imagen haciendo alarde de un lujo ostentoso ni vulgar.
Ameerah y Al-Waleed de Arabia Saudita en la boda de los Duques de Cambridge
* con fragmentos extraídos de The Fashion Conspiracy, de Nicholas Coleridge
El estilo, tan importante para el desarrollo de la elegancia personal, se halla vedado para algunas casas reales y nobles de Europa. No es más que distinción –que es innata- con una pátina de sofisticación –que es adquirida-. Hay elementos de adorno que contribuyen al estilo innato del aristócrata y los que siguen son destacados por su sencillez, pues es sabido que la sencillez es la base de la elegancia suprema.
Los anteojos para el sol de la Princesa Grace
La mantilla de Charlotte Casiraghi
El sombrero-fascinator de la Duquesa de Cambridge
El frac gris perla del Príncipe de Gales
La flor blanca en el ojal del Duque de Windsor
El velo y el tocado de novia de la Princesa Consorte de Mónaco
Los bolsos Dior de Diana, Princesa de Gales
Las corbatas del Duque de Feria
Los turbantes de la Sheika –o Jequesa- de Qatar
La capellina de ala ancha de la Princesa de Hannover
Los guantes de Natividad Abascal, ex Duquesa de Feria
En el Hollywood de las estrellas de cine, la “Alfombra roja” es el show previo al espectáculo, el momento de la llegada y el encuentro de las celebridades con la prensa. En los eventos de la realeza ocurre algo parecido. Durante una boda real, por ejemplo, o un baile de gala, el arribo de los invitados y su desfile sobre un largo sendero rojo –o azul, como ocurrió en la boda de Victoria de Suecia-, es el momento más esperado, no solo por la prensa especializada, sino también por el público expectante.
Los Duques de Lugo en la boda del Príncipe de Asturias (Madrid, 2004).
Uniformes blancos en la boda del Príncipe Alberto de Mónaco con Charlene Wynstock: el Rey de Suecia, su hijo, el Príncipe Carlos Felipe, el Príncipe Heredero de los Países Bajos y el Conde de Wessex.
La familia real griega en la fiesta pre-boda de Victoria de Suecia y Daniel Westling.
Toque azul I: Pavlos de Grecia y Marie-Chantal Miller el día de su boda en Londres, 1995.
Toque azul II: el Príncipe y la Princesa de Asturias en Estocolmo, durante la boda de la Princesa Heredera de Suecia (2010).
Pavlos y Marie-Chantal de Grecia en la gala pre-boda del Príncipe William y Catherine Middleton (Hotel Mandarin Oriental Hyde Park, Londres).
Los invitados reales en la escalinata de la Catedral de San Pablo durante la boda del Príncipe de Gales y Lady Diana Spencer (1981).
La Princesa Alexandra de Dinamarca a su llegada a la Catedral de Copenhague durante la boda del Príncipe Heredero Frederick (2004).
El Príncipe William, acompañado de su hermano y best man, el Príncipe Harry, arriban a Westminster Abbey el 29 de abril de 2011.
Las princesas Stephanie y Caroline, con sus hijos, arriban al Palacio de Mónaco para la boda de su hermano Albert con Charlene Wynstock.
Un bouquet de flores constituye uno de los elementos indispensables durante la asistencia de una figura femenina de la realeza a una recepción, una exposición o un baile. El protocolo indica que la agraciada lo sostiene en sus manos durante algunos minutos -lo suficiente para ser registrado en las fotografías- y luego lo entrega discretamente a su dama de honor, quien carga con todos los ramilletes (al final de un acto particularmente prolongado, debe ingeniárselas para no parecer el mostrador de un florista). Las rosas son las flores más utilizadas en estos eventos, incluso para los ramos nupciales de la realeza.
La Reina consorte Elizabeth y sus hijas, las Princesas Elizabeth y Margaret, llegando al Odeon Theater (1949).
Grace de Mónaco en el Concurso Internacional de Bouquets (1967).
Elizabeth II en su visita a Los Angeles (1983).
El Príncipe Gillaume de Luxemburgo y Sibilla Weiller el día de su boda (1994).
El Príncipe Emanuele Filiberto de Saboya el día de su boda con Clotilde Courau (2003).
Carolina, Princesa de Hannover, arriba al Montecarlo Rose Ball (2006).
La Reina Doña Sofía y su cuñada, la Infanta Pilar, en una visita al Rastrillo Nuevo Futuro de Madrid (2010).
Charlene, flamante Princesa Consorte de Mónaco, acompañada por el Príncipe Alberto, recibe rosas durante una exposición en el Principado (2011).
La Duquesa de Cambridge deposita un bouquet en la tumba del Soldado Desconocido en Ottawa, Canadá (2011).
Vida pública, rincones privados. Todos los palacios de la realeza y de la aristocracia albergan estos espacios reservados por las personalidades para escapar del ojo público.
Los Duques de Windsor en la sala de estar de su palacete en el nº 24 de la Rue des Champs d’Entraînement.
La Reina Maud ante su escritorio del Palacio Real de Noruega, en Oslo.
La Duquesa de Alba en una galería del Palacio de las Dueñas, en Sevilla.
Grace de Mónaco en su estudio del palacio monegasco.
La Princesa Margarita de Inglaterra en su salón privado del Palacio de Kensington, pintado en uno de sus colores favoritos.
La Princesa de Gales relajada en los jardines de Highrove House.
Farah de Irán y Sofía de España en el Palacio de Niavaran.
Gayatri Devi, Rajmata de Jaipur, en el salón de su hogar de Lillypool, en los terrenos del Palacio de Rambagh.
El Rey de España y su heredero en el Despacho del Rey, Palacio de la Zarzuela.
La Gran Duquesa Anastasia, hija del último Zar de Rusia, en el Salón Malva de la zarina en el Palacio Alejandro.