La actriz-princesa cuya vida de novela se aderezaba con un halo de elegancia natural, rodeada siempre por los representantes más exclusivos del beau monde, sigue dictando a los creadores cómo conferir a la mujer una femineidad delicada y elegante sin perder la sofisticación del glamour. En ella se mezclaban la practicidad estadounidense del american way of life, país que la vio nacer, crecer y triunfar, con el chic de la Europa decadente, donde la bellísima, diva del cine primero y miembro de la realeza después, creó su familia y fue una excepcional consorte. Su peculiar manera de vestir, mezclando lo clásico con lo vanguardista, consiguió convertirla en una verdadera musa atemporal de la moda, un icono que traspasó las décadas.

Edith Head, modista de la Paramount Pictures, creó el sugerente vestido de satén verde perla con el que Kelly recogió su único Oscar en 1954 por The Country Girl (“La angustia de vivir”), cuando tenía sólo 25 años. La legendaria diseñadora de vestuario que logró el Oscar en ocho ocasiones se tomó muy mal que Grace Kelly no le encargara su vestido de novia y tenía su punto de razón: la actriz nunca apareció más esplendorosa que en Rear Window (“La ventana indiscreta”) y To Catch a Thief, (“Para atrapar a un ladrón”), ambas dirigidas por Hitchcock, con el espectacular vestuario elaborado en el taller de Head.
Luego del anuncio del compromiso, el 5 de enero de 1956, aunque Rainiero dijo que Grace no volvería a actuar, la actriz se reincorporó a la filmación de High society (“Alta Sociedad”) y, al concluir, pidió un año libre a Metro Goldwyn Mayer, los estudios fílmicos con los cuales le quedaban cuatro años de contrato por cumplir. MGM quería mantener a su famosa actriz, lo cual explica que le regalara los vestidos que vistió en la película, y también el traje de novia. Helen Rose —la principal diseñadora de vestuario de MGM— fue la responsable del traje que lució Grace y que fue considerado el más caro salido nunca de los estudios de la Metro.


No era la primera mujer de su país que accedía como consorte al trono del principado, ya que le había precedido Alice Heine, de Nueva Orléans, quien casó con Alberto I de Mónaco, pero sí fue la más admirada, la más querida, la más criticada cuando perdió su silueta de cisne y la más llorada el día de su entierro. Y también la menos conocida en su dimensión humana, para ceder el lugar a un escenario de opereta y un personaje de “princesa de cuento de hadas”, como diría la prensa. Sin tener sangre real en sus venas, Grace Kelly supo mantenerse en su puesto con una elegancia y discreción dignas de la mejor cuna. Desde el momento en que contrajo matrimonio con Rainiero nadie pudo poner el más mínimo reparo a su comportamiento y llegó incluso a controlar la calificación moral de las películas exhibidas en su principado.



Prematuramente madura, con unos cuantos años más de su edad real a causa de los clásicos modelos con que se vestía y embebida de sus sueños tradicionales, la norteamericana intentó llevar hasta el fin sus ideas. La fidelidad matrimonial, una profunda religiosidad y la defensa de imponer una educación tradicional a sus futuros hijos, fueron desde
el primer día sus objetivos.Por el día elegía pañuelos de Hermès con todos los motivos y temas de la historia universal: abstractos, con motivos art-decó, de animales, selvas u otros lugares geográficos. Los maravillosos carrés de seda
de la maison francesa de maletas y complementos servían a la princesa para proteger sus cabellos del sol, cuidar su garganta del frío o para ser anudados como simple adorno de sus bolsos, cinturones o vestidos. Otro de los básicos de Grace Kelly eran las gafas de sol -que elegía enormes-, los vestidos tipo túnica, tan de moda en los ’70 y los grandes bolsos con herrajes de inspiración joya. No por nada la casa de alta costura favorita de la dama, Hermès, bautizó a uno de sus bolsos estrella, que hoy sigue editando con diferentes materiales, con el nombre de la princesa, el Kelly b
ag. Grace había puesto de moda ese modelo al ser fotografiada varias veces con él. En cuanto a los bolsos de noche, usaba pequeños clutches cuajados de brillantes. Las pamelas o grandes sombreros le encantaban, así como los lazos anudados a la cintura. La ropa de ballet fue otra de sus grandes fuentes de inspiración: tules, sedas, organdí, el color rosa casi blanco de las bailarinas enamoraba a la princesa, que en repetidas ocasiones pidió a los modistos esta clase de diseños para la noche. Los vestidos vaporosos ceñidos al talle en colores pastel llenaban sus armarios. Avanzada su vida de princesa se decantó por sinuosos vestidos de noche muy ceñidos, en satén, raso, organza y seda. Su color favorito para las grandes ocasiones era el negro, seguido del rosa claro y el azul. Chanel era su modista ideal para los trajes sastre, que adoraba confeccionados en tela de tweed.

r de la institución, que resultó el acontecimiento social más esplendoroso del año en la Costa Azul y uno de los más selectos del mundo. En el curso de los años asistieron al evento algunos de los personajes más conocidos del orbe, todos ataviados con trajes espectaculares. Pero los disfraces más fantásticos los lucía Grace, que un año tuvo que trasladarse a la gala en una furgoneta, porque su tocado, compuesto por largas agujas doradas, no cabía en el coche real. “Parecía radio Montecarlo”, bromeó la princesa. Esta gala fue siempre su diversión favorita, porque le daba la oportunidad de ver a sus antiguos amigos, vestirse de manera extravagante y conseguir gran cantidad de dinero para una causa con la que se había comprometido de corazón. Pero en ella siempre estaba presente la contradicción. La princesa, tan comprometida y ocupada, era capaz de olvidarse,
en ciertos momentos, de todas sus responsabilidades, de una manera casi infantil. Una de sus damas de honor recuerda que una vez fue a buscar a Grace a palacio para que asistiese a una asamblea de la Cruz Roja y olió que algo se quemaba. Rápidamente abrió la puerta de la biblioteca. Grace estaba allí jugando con un sello que Rainiero le había regalado con el escudo de armas de su familia. Estaba calentando diversas ceras de colores para ver cuál de ellas iba mejor. “Cuando me vio –escribió la joven- dio un salto pequeño como una niña cogida en falta. Por toda la estancia había cera fundida; la mesa redonda y la alfombra estaban llenas de cerillas y de sobres arrugados. Grace continuó jugando hasta que, de pronto, vio la hora que era y comprendió que ya no podía acudir a la asamblea”. Cuando no tenía algún asunto serio entre manos, o ninguna diversión, la princesa sucumbía al aburrimiento sin intentar llenar aquellos espacios de libertad. Aquel decaimiento le impedía actuar correctamente en algunas ocasiones y cumplir con sus responsabilidades cuando éstas coincidían con ese estado anímico, lo que era bastante frecuente. Grace trataba de aliviarlo como podía. Era, según un amigo, “infantil” respecto a las fiestas y le excitaba mucho ver a sus amistades. Era infatigable en las reuniones, a veces se resistía a volver a palacio y se quedaba bebiendo champaña hasta altas horas de la madrugada. Esto sucedía también cuando recibía a sus amistades, con quienes jugaba. Y recordaba tiempos pasados hasta el amanecer.

deslumbraba al más indiferente de los jefes de Estado y su reserva, aunque hija del miedo, era considerada como una prueba de su rango. En la década del sesenta, la princesa Grace era considerada una de las mujeres más admiradas, celebradas e imitadas del mundo entero, hecho que confundió a algunos observadores. Maurice Zolotow, al dar el perfil de Grace en 1961, empezaba su artículo: “Una de las cuestiones más curiosas de la opinión pública es por qué todos continúan estando pendientes de cierta rubia alta y esbelta, de treinta y dos años de edad, que se casó y tiene dos hijos y que, durante seis años, no ha contribuido en nada, absolutamente, al desarrollo artístico, político, económico o social del mundo, para justificar la gran atención que consigue… Es una de las siete
mujeres más populares de la pasada década en la prensa internacional, siendo sus rivales la princesa Margarita, Marilyn Monroe, Brigitte Bardot, Elizabeth Taylor, Jacqueline Kennedy y la reina Isabel II de Inglaterra. Se ha publicado mucho más acerca de la princesa Grace hoy en día, en las revistas y los periódicos de Europa y América, que en 1954, cuando se hallaba en el pináculo de la fama como una de las mejores estrellas de Hollywood…” 

y “rígida”, con una sonrisa “plástica” y “helada” y sus respuestas eran consideradas “aburridas”.
icó a la lectura de poesía, que la llevó a hablar en público por toda Norteamérica y Europa. El escritor y director John Carroll dijo que “la princesa Grace posee un gran sentido del ritmo, el sentido de la perfección. Posee una voz suave, muy grata, con una maravillosa gama de tonos. Y posee, asimismo, un gran sentido del humor”.







Alice, Duquesa de Richelieu
Alice, Princesa Consorte de Mónaco
El 11º Príncipe Soberano de Mónaco, Alberto I Grimaldi







Condesa Isabella Esterházy de Galántha (1911)

Princesa Alice (del Reino Unido), Gran Duquesa consorte de Hesse y del Rin (1862)
Friedrich I, Príncipe Elector de Württemberg (1803), Rey de Württemberg (1805)

Chlodwig Karl Victor, Fürst zu Hohenlohe-Schillingsfürst, Canciller de Alemania y Primer Ministro de Prusia (1896)





