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viernes, 6 de agosto de 2010

La Marquesa de Pompadour

Madame de Pompadour, la favorita de Luis XV de Francia, fue una de las mujeres más extraordinarias, cultas e influyentes del siglo XVIII. Sus contemporáneos estuvieron de acuerdo en cuanto a la contribución que ella hizo a las artes francesas y el control que ejerció con encanto y delicadeza sobre ese estrato social tan difícil. Se transformó en árbitro del buen gusto en la moda y en muchas otras cosas –una sonrisa o un gesto de disgusto de su parte podía hacer triunfar o fracasar una pieza teatral, una obra musical, una pintura o una escultura-. Su interés en el arte era intenso, dedicado y estimulante. La mayoría de las creaciones que encargaba pasaban a manos de la Corona y, de no ser por la Revolución, hubiesen permanecido en Francia.

Jeanne-Antoinette Poisson deslumbraba desde los 17 años a los círculos más exclusivos de París. Había sido educada como una cortesana de gran clase: canto, clavicordio, danza, declamación, pintura y dibujo, recibió además lecciones de cómo moverse con gracia, cómo contar una historia y cómo sostener una conversación ingeniosa. Aprendió a montar con elegancia y a vestir a la perfección luciendo sus ropas con garbo. En 1741 se casó con Charles Guillaume Le Normant d’Etioles, señor del encantador castillo d’Etioles, situado en el Valle del Sena.

Rica y culta, Madame d’Etioles estaba en la posición ideal para frecuentar los salones intelectuales parisienses, como el de Madame Geoffrin, en cuyas selectas tertulias de los miércoles reunía a los más prestigiosos académicos y hombres de talento. Era una de las pocas mujeres admitidas allí.



En verdad, se considera a la futura marquesa de Pompadour como una de las damas más completas de la época (y de todas las épocas). Los filósofos destacaban su inteligencia y sus modales elegantes. En realidad, ella nunca desarrolló conocimientos profundos en materia de filosofía, arte o religión. Su principal habilidad radicaba en su sutileza, su buen gusto y su habilidad para captar lo esencial e introducir en cualquier conversación un toque de ingenio. La combinación de su belleza, su aspecto delicado, su deseo de complacer y sus dotes sociales daban como resultado una joven formidable.

No resulta pues, sorprendente, que la lista de conocidos y admiradores de Jeanne-Antoinette creciese a diario, hasta llegar a círculos aristocráticos y finalmente a la Corte. El rey, sin embargo, ya había identificado a la encantadora castellana de Etioles.

La propiedad de Etioles era una de las que bordeaban el bosque real del Sénart, donde el rey y su corte iban a cazar en agosto de cada año. Allí los árboles se habían talado creando amplios caminos que conformaban estrellas, con el fin de procurar la comodidad y el placer de los cazadores. Los invitados del rey solían reunirse con estos últimos en el centro de esas estrellas, en cuyos claros daban magníficas comidas. La burguesía estaba completamente excluida, pero era tradición dar a los señores de las propiedades vecinas las llaves de las puertas del bosque, para que pudiesen seguir al rey en sus carruajes. Durante cuatro temporadas, Madame d’Etioles había usufructuado este privilegio y era así como conocía cada sendero del lugar.

El monarca gozaba practicando la caza y participando de los banquetes campestres. Había incentivado a sus cortesanos a crear atuendos acordes para esas ocasiones, en las que jinetes y monturas rodeados de perros de caza y estandartes flameando conformaban un grandioso espectáculo. En aquella ocasión memorable de 1744, Madame d’Etioles, luciendo exquisito atavío de satén color de rosa, seguía la cacería real conduciendo un faetón azul cielo. Sus amplias faldas casi cubrían las ruedas rosadas y se tocaba con un tricornio color coral con un velo también rosa. Agitando un pequeño látigo con cintas azules, manejaba con destreza los ponies, tratando de tener siempre a la vista al rey. Llevaba junto a ella una cesta con gardenias y, detrás, sosteniendo una sombrilla de seda color coral, estaba su sirviente negro. Era imposible que el rey y la corte ignorasen aquella imagen en rosa y azul, siempre admirada. Algunos veían en ella la posibilidad de destronar a la favorita del momento y no faltó quien murmurase que la pequeña d’Etioles era un sabroso manjar con que se podía tentar al rey. Luis no tenía esos pensamientos, pero tanto en Choisy, donde se hospedaba, como en el castillo d’Etioles, notaron que el monarca le enviaba obsequios más selectos que al resto de las damas vecinas.

Era el comienzo. La dame en rose, nombre con que se conocía a Jeanne-Antoinette en el círculo del rey, pertenecía a la burguesía, por lo que era imposible presentarla al monarca, pero los bailes de Carnaval proporcionaron el marco apropiado. A la etapa previa al carnaval de 1745 se agregaba el aliciente de las celebraciones por la boda del Delfín de Francia con la Infanta María Teresa de España, a cuyas mascaradas el rey podía acudir de incógnito. La ceremonia religiosa formal tuvo lugar el 23 de febrero. La noche siguiente se celebró en Versailles un multitudinario baile de disfraces con una esplendidez memorable.

Luis XV, disfrazado de tejo, con gran sombrero de tafeta verde con hojas, flirteó esa noche con una bella disfrazada de Diana con un traje de dominó rojo cereza y que apuntaba una flecha de plata hacia su corazón. Se trataba de la gentil cazadora de los bosques del Sénart y Luis no tenía ojos más que para ella.


Ese mismo año se decretó la separación de Monsieur y Madame d’Etioles y el día 7 de julio Jeanne-Antoinette recibió la primera carta de Luis dirigida a “madame la marquise de Pompadour” y sellada con el lema Discret et Fidèle. El soberano había decidido revivir el antiguo pero recientemente extinguido título para honrar y enaltecer a la mujer que amaba. Junto con el escudo de armas (tres torres de plata en campo de azur) había comprado la propiedad de Pompadour al príncipe de Conti. Casi inmediatamente fue instalada discretamente en el palacio de Versailles y desde entonces hasta su muerte, acaecida veinte años después, la marquise –como siempre la llamó el rey- tuvo el reinado supremo sobre el corazón del rey y sobre la corte.

Para que Madame de Pompadour fuese aceptada como amante oficial de Luis XV, se le diese el título de maîtresse en titre y tuviese un lugar de importancia en la corte, era necesario que fuese presentada públicamente al rey, la reina, el delfín y las princesas. Esta tradición había existido durante siglos y, por embarazosa que fuese, no era posible evitarla. Más aún, ella tendría que parecer aceptable a toda la familia real ante la presencia de la corte entera. Debió ser intimidante para ella. Acompañada por su prima, madame d’Estrades, y otra dama, Jeanne-Antoinette lucía espléndida en su traje de muselina blanca y falda de satén ricamente bordada.

Cuando una sola profunda reverencia constituía una auténtica proeza para una mujer vestida para ir a la corte, el protocolo requería que ella realizara tres. Y una vez que el rey la hubiera dejado ir se esperaba que se retirara caminando hacia atrás, requerimiento no completamente irrazonable de no ser por la larga cola del vestido, un elemento que entonces exigía la moda cortesana y que debía apartar de su camino mientras retrocedía. Milagrosamente, la Pompadour ejecutó esas difíciles maniobras con una gracia tan completa que causó admiración.



Ante la mirada de la corte, las tres damas atravesaron de una a otra galería atestada desde la cámara del consejo del rey hasta las habitaciones de la reina. Los cortesanos tenían aún más curiosidad por ver la reacción de María Leczinska ante la nueva rival y se agolparon en la Galería de los Espejos. Era tradicional que se expresase la falta de aprobación haciendo un par de comentarios acerca del vestido de una dama. Ni la vestimenta ni los modales de la marquesa de Pompadour podían ser criticados, así que la corte atónita escuchó cómo María Leczinska hacía una amable referencia a una amiga en común, la única aristócrata que los Poisson conocían. Jeanne-Antoinette esperaba cualquier cosa menos esto. Ruborizada y confusa, le presentó su más profundo respeto. A diferencia de su madre, el remilgado delfín despreció a madame de Pompadour con una observación sobre su vestido. Los bandos se habían formado.

Una vez superada la temida presentación, la marquise se instaló a vivir en Versailles, en una suite de seis habitaciones medianas en el Attique du Nord, que daban a una terraza-jardín. Aquel era el verdadero oasis del rey. Estaba llena de plantas y flores, de animales domésticos como gatos, palomas, pájaros exóticos y los perritos falderos de Jeanne-Antoinette que aparecen a menudo en sus retratos. Las habitaciones contenían muchos pequeños muebles y todo tipo de chucherías. En su estudio de laca roja lleno de libros con su escudo impreso en la tapa, objetos de arte y flores recibía interminable cantidad de gente que iba a presentarle sus respetos. En medio de ellos, con su perro en la falda, se sentaba madame de Pompadour en la única silla, lo cual significaba que, por importante que fuese el visitante, debía permanecer de pie. “Señora del rey y del universo”, escribió el marqués de Valfons, “estaba rodeada como una reina en su toilette”. Para completar el cuadro, los atuendos de la Pompadour estaban diseñados para combinar con los colores de los ambientes.

Antes de su llegada a Versailles, la vida de Jeanne-Antoinette había estado dedicada al estudio y la búsqueda de la calidad y la belleza. Había aprendido mucho, y en el delicioso edén de su terraza, la amante de Luis XV podía crear un mundo en miniatura de encanto y paz. Voltaire la homenajeó con exageración diciendo: “Vous réunissez tous les arts, tous les goûts, tous les talents de plaire” (“En ti todas las artes, todo el gusto y la habilidad de complacer están verdaderamente unidas”).

Madame de Pompadour comenzó a adoptar el clásico molde de una amante real. Con la ayuda del arquitecto del rey, Jacques-Ange Gabriel, empezó a reformar las muchas casas del soberano, una a una, con su gusto exquisito, pero lo hizo sutilmente, sin que se hiciese evidente una revolución en el estilo. Sus apartamentos privados en todos los palacios estaban conectados con los de Luis y, dentro de su territorio, tenía asegurada la privacidad.

Durante el transcurso de su vida, madame de Pompadour adquirió suficientes obras de arte, muebles, pinturas, esculturas, jarrones bibelots y otros objetos como para llenar varios museos. La suya fue una de las colecciones más grandes que jamás pudiese reunir una persona. Además, comenzó a adquirir, construir y reconstruir casas y apartamentos. El castillo de Crécy fue la primera de sus muchas hermosas residencias; luego vino el célebre castillo de Bellevue –este monumento a la perfección del gusto reunió a los más brillantes artesanos de Francia- y después Brimborian, su casa de verano, el castillo de Menars en el Loire, el Hermitage en Compiègne, el elegante pequeño Hermitage en Versailles (otro refugio donde podía estar a solas con el rey), el Hôtel des Reservoirs en Versailles (utilizado más que nada como una casa extra para invitados y personal) y el uso, durante tres años, del castillo de Champs. En París era dueña del Hôtel d’Evreux (hoy el Palacio del Elíseo) y un apartamento en el Convento de los Capuchinos. Por otro lado, tenía apartamentos a su disposición en casi todos los palacios reales: Versailles, Fontainebleau, Choisy, Trianon, Saint-Hubert, Compiègne, Marly. El rey encargó a Gabriel que construyese para ella el Petit Trianon pero la marquesa murió antes que estuviese terminado.




El enorme torbellino de obras y adquisiciones, que costaría a la nación treinta y seis millones de libras, alimentó su manía de acumular cosas bellas y mantuvo entusiasmado al rey. Debido a que las casas de la marquesa y sus contenidos sobrevivieron a la Revolución y llegaron a ser parte de la herencia nacional de Francia, los grandes gastos valieron la pena, ya que ningún patrono francés del siglo XVIII tuvo un ojo más agudo para discernir la calidad y ningún lugar más que Francia podía permitirse un presupuesto ilimitado.

Posiblemente madame de Pompadour amaba más la porcelana que cualquier otra forma de arte. Ella patrocinó las tres fábricas reales de Francia: Saint-Cloud, Chantilly y Vincennes y sugirió al rey que comprase esta última, trasladándola a la ciudad de Sèvres, cerca de Bellevue. Bajo su ojo vigilante, para 1756 los productos de Sèvres rivalizaban con los de Meissen de Dresden. Se producían nuevas formas con los colores más bellos: lapislázuli, celeste turquesa, verde claro y el famoso rosa Pompadour, del cual se creía erróneamente que era su favorito (La marquesa dejó después de su muerte más de trescientas piezas de porcelana en todas sus casas y sólo aparecen diez de este color; la mayor parte eran de diferentes tonos de azul). La simplicidad de los primeros productos, especialmente las figuras en biscuit blanco con esmalte blanco, era un reflejo del gusto exquisito de la favorita.

Siempre se ha asociado al rococó como el estilo de la Pompadour. Sobre todo los retratos de Boucher resumen la deliciosa frivolidad de su estilo innatamente francés. Las imágenes características de la época eran decorados con volados y pliegues, ramos de rosas, cintas y moños, querubines y cupidos en las cortinas de seda y el retrato de una niña vestida de rosa en un columpio con el fondo de un paisaje verde de fantasía. El énfasis estaba en la naturaleza y en los diseños asimétricos y no se originaba, como podía pensarse, en la corte versallesca sino, tal como Jeanne-Antoinette Poisson, en la burguesía parisina.



Es verdad que madame de Pompadour amaba el rococó, pero en realidad ella siempre adoptaba lo que estaba de moda. Al enviar a su hermano, el marqués de Marigny, a estudiar a Italia, seguramente estaba reconociendo el gradual cambio hacia el clasicismo. Los retratos de Boucher que datan de 1756 a 1759 y los de Drouais de 1763 y 1764 la muestran posando junto a un mobiliario que incorpora motivos clásicos. Durante su tiempo, la inclinación hacia el neo-clasicismo en todas las artes incluyó estas formas y motivos con tanta libertad y calidez en los colores, que el efecto fue más romántico antes que después de la Revolución.

Desde el momento en que la Pompadour llegó a Versailles como maîtresse en titre de Luis XV, tomó para sí el papel de patrona suprema de las artes y cultivó la compañía de los artistas. Además de buen gusto, ella poseía una comprensión innata del temperamento artístico y alentaba, guiaba, halagaba y, lo que es más importante, pagaba a quienes hacía encargos y lo hacía rápido y bien. Aunque no tenía límites para alentar a artistas y escritores, sí los tenía, y muchos, respecto de su propia curiosidad artística. Durante su vida vendió casas y joyas, pero nunca obras ni objetos de arte, de modo que el inventario de las posesiones que tenía al morir es un verdadero documento de sus preferencias.

En realidad madame de Pompadour contribuyó más a las artes decorativas que con las bellas artes de su tiempo, sobre todo en lo relacionado con porcelanas, muebles y objetos. Era fanática de la decoración de interiores y continuamente embellecía sus casas y apartamentos. Inspiraba y creaba nuevos diseños para telas y papeles para revestimientos y sugería nuevas formas para sillas y mesas, que mandaba construir en maderas exóticas importadas. Ya a mediados del siglo XVIII mandó hacer muebles à-la-grecque, que anunciaban el estilo que luego sería conocido como Luis XVI. Todos sus muebles, sus alfombras, gobelinos y porcelanas eran de la mejor calidad, cosa que garantizaba un estricto juicio efectuado anualmente por los distintos gremios antes de la revolución.

A partir de los treinta y seis años la belleza de Jeanne-Antoinette se fue desvaneciendo, sobre todo por su frágil salud minada por infinidad de circunstancias, pero la pérdida de intimidad entre los amantes no hizo que disminuyese el poder de la marquesa. De ahí hasta su muerte, acaecida catorce años más tarde, madame de Pompadour ayudó a dirigir los destinos de Francia y mostró gran dedicación como consejera, asesora política y amiga constante de Luis XV. En el ínterin recibió nuevos sellos de honor y respetabilidad: obtuvo el título de duquesa, que le daba el privilegio de llevar armas ducales, el uso de la librea escarlata y el derecho de sentarse en un banquillo en presencia de Su Majestad; y fue nombrada dama de honor supernumeraria de la reina, jerarquía reservada solamente a las damas más encumbradas de Francia.

Su celebridad quedó pasmada en telas, en mármol y en escritos y su imagen, como verdadera reina del rococó, permanece por siempre fresca, delicada y sensible. Como era bella y decorativa y llevó las frivolidades casi al rango de las artes, los detractores de la Pompadour muchas veces no reconocieron su clara visión política. Siempre quedará como un debate abierto si su influencia política fue positiva para Francia. La tragedia de ese país fue que un intelecto, una sensibilidad y un coraje tan grandes como el de esta mujer, totalmente dedicados a Luis XV, no apareciesen con más frecuencia en estadistas y generales. De haber sido así, la historia de Francia en la segunda mitad del siglo XVIII hubiese sido completamente diferente.

martes, 1 de junio de 2010

Los Pares de Francia

Los Pares de Francia (en francés: Pairie de France) formaban una clase diferente entre la nobleza francesa. Apareció en la Edad Media y fue abolida en 1789 durante la Revolución pero reapareció con posterioridad. En 1830, los pares hereditarios fueron abolidos pero la nobleza en vida del titular continuó existiendo hasta que fue definitivamente abolida en 1848.


La palabra francesa pairie era equivalente a la inglesa peerage. El título individual Pair (Peer) deriva del latín Par (“igual”); esto significa que aquellos nobles y prelados eran considerados iguales al monarca en honor (incluso aunque fueran sus vasallos) y consideraban al monarca como Primus inter pares (“Primero entre iguales”).


El uso principal de la palabra refiere a dos tradiciones históricas del reino de Francia, antes y después del Primer Imperio de Napoleón. La palabra también existe para describir una institución en los estados cruzados.



Château de Chantilly, del siglo XVI, que perteneció a Anne de Montmorency, duque de Montmorency, Mariscal de Francia (1493-1567)


Feudalismo y Antiguo Régimen


Los reyes franceses del Medioevo conferían la dignidad de Par a algunos de sus vasallos más prominentes, tanto religiosos como laicos. Ciertos historiadores consideran a Louis VII (1137–1180) como quien creó el sistema francés de Pares.


Esta dignidad estaba ligada a una jurisdicción territorial específica, ya sea una sede episcopal para los pares clericales o un feudo para los seculares. La nobleza ligada a un feudo era transmisible o heredable con el mismo, que era designado como pairie-duché (para los ducados) y pairie-comté (para los condados).



Louis II, Arzobispo de Reims, Cardenal de Guise (1555-1588)


Para 1216 existían nueve Pares:

  • Arzobispo de Reims (quien tenía la distinción de coronar al rey)
  • Obispo de Langres
  • Obispo de Beauvais
  • Obispo de Châlons
  • Obispo de Noyon
  • Duque de Normandía
  • Duque de Borgoña
  • Duque de Aquitania (también llamado Duque de Guyenne)
  • Conde de Champagne

Unos años más tarde, antes del 1228, se agregaron tres nuevos Pares, lo que hizo un total de doce:

  • Obispo de Laon
  • Conde de Flandes
  • Conde de Toulouse

Estos doce pares eran conocidos como la antigua nobleza o pairie ancienne, y se decía que este número había sido elegido para reflejar los doce paladines de Carlomagno según las Chansons de geste. Hubo también un paralelismo con los míticos Caballeros de la Tabla Redonda bajo el Rey Arturo. Tan popular fue esta creencia, que por mucho tiempo se pensó que los Pares se habían originado en el reino de Carlomagno, quien fue considerado como el rey modelo y un brillante ejemplo de caballerosidad y nobleza.



Alexandre Angélique de Talleyrand-Périgord, Arzobispo de Reims y de París (1736-1821)


Cuando dejaron de ser doce durante la coronación (debido al hecho que la mayoría de los pares laicos fueron confiscados o fusionados a la corona), el rey elegía delegados, principalmente entre los Príncipes de la Sangre.


A principios del siglo XIII el Ducado de Normandía fue absorbido por la corona francesa y más tarde pasó lo mismo con dos más de los pares laicos, por este motivo en 1297 fueron creados tres nuevos pares: el Condado de Artois, el Ducado de Anjou y el Ducado de Bretaña, para compensar los tres pares desaparecidos.


Así, en 1297 comenzó la creación de nuevos pares a través de patentes reales que especificaban el feudo al cual el Par estaba ligado y las condiciones bajo las cuales el feudo debía ser transmitido (por ejemplo, solo a través de herederos masculinos) para los Príncipes de la sangre que tenían la garantía de una herencia (“infantazgo”). Para 1328 todos los sujetos a este sistema debían ser pares.


El Armorial de Gelre (1370-1395):
El Rey de Francia (Charles V), El Delfín, Duque de Anjou (Louis), Duque de Berry (Jean), Duque de Borgoña (Philippe), Duque de Bourbon (Louis II), Duque de Orleans (Philippe), Gascoña (armas legendarias del Duque de Guyenne, Par de Francia), Conde de Artois, Conde de Blois (Jean II), Conde de Alençon (Pierre II de Valois), Conde de Etampes (Louis II d’Evreux)


El número de Pares laicos se incrementó con el tiempo: de siete en 1297 a veintiséis en 1400, veintiuno en 1505 y veinticuatro en 1588. Para 1789 eran cuarenta y tres, incluyendo cinco sostenidos por Príncipes de la Sangre (Orléans, Condé, Borbón, Enghien y Conti), un príncipe legitimado (Penthièvre) y treinta y siete laicos, desde el Ducado de Uzés, creado en 1572, al Ducado de Aubigny, creado en 1787.


Además de su participación en la coronación de los reyes de Francia, los privilegios de los Pares eran ubicación de gran precedencia, los títulos Monseigneur, Votre Grandeur y el tratamiento mon cousin, sugiriendo parentesco con la familia real, o al menos el mismo rango, por el rey y un priviligium fori. Esto significaba que los procedimientos judiciales concernientes a los pares y sus feudos eran exclusivamente jurisdicción de la Corte de Pares. Tenían también el derecho a un asiento en los litigios judiciales en presencia del rey y hablar antes que el Parlamento de París. Obtenían altos cargos en la Corte y algunos privilegios menores como ingresar a los patios de los castillos reales en sus propios carruajes.


Ornamentos exteriores de los blasones de un duque y par de Francia


Mientras muchos pares laicos se extinguieron con el paso del tiempo, las dignidades clericales, por el contrario, no se terminaban y sólo una séptima fue creada antes de la Revolución francesa -en 1690 para el Arzobispo de París-, tomando precedencia después de las seis originales. Después de centurias de mera subordinación, fue creado como segundo Arzobispo-Duque el titular del Ducado de Saint-Cloud.


Primera República y el Primer Imperio

La nobleza original del reino francés, con todos sus títulos de la época feudal, fue abolida durante la Revolución, en la noche del 4 de agosto de 1789, la “Noche de la Abolición del Feudalismo”.


Napoleón Bonaparte (emperador de los franceses desde 1804) “reinventó” las funciones de la pairie ancienne; creó en 1806 el exclusivo título de duché grand-fief (“duque de gran feudo”) para los jefes de estados políticamente insignificantes de partes de Italia no anexionadas al Imperio y recreó las funciones honorarias para su propia coronación, pero ahora convertidos en grandes oficiales, no vinculados a feudos.

Jean Lannes, Duque de Montebello y Mariscal de Francia (1769-1809)


Napoleón reinstituyó los títulos nobiliarios franceses en 1808 pero no creó un sistema de Pares comparable al Reino Unido. Instauró una Cámara de Pares luego de su retorno de Elba en 1805 pero no fue constituida antes de su abdicación al fin de los Cien Días.


Restauración


La nobleza francesa fue recreada por la Carta de 1814 con la restauración Borbónica, aunque sobre una base diferente a la de antes de 1789.


Fue creada una nueva Chambre des pairs, bajo el modelo de la Cámara de los Lores británica. Sus miembros eran nombrados por el rey, sin límite de número, comenzando con 154 que incluían todos los Pares laicos supervivientes a la Revolución (excepto el Ducado de Aubigny) y el Arzobispo de Reims, el Obispo de Langres y el de Châlon.


Trece pares eran también prelados. La nobleza era en vida del titular o hereditaria, otorgada por la voluntad del rey. Los miembros masculinos de la familia real y descendientes en línea masculina de monarcas anteriores (princes du sang) eran Pares por nacimiento (pairs-nés) pero necesitaban permiso explícito del rey para sentarse en cada sesión de la Cámara de Pares. Aunque primero comprendía solo pares hereditarios, la Cámara se convirtió en un organismo en el que se incluían nobles en vida (no hereditarios) luego de la revolución de julio de 1830.


En la Revolución de 1848, la Cámara de Pares se disolvió y la nobleza de Francia fue abolida definitivamente.


El drapeau blanc o pabellón real de Francia


martes, 27 de abril de 2010

Bal Oriental



Alexis de Redé fue todo un mito de un París elegante y refinado al extremo, una vida consagrada al placer y a la estética, a los viajes, al coleccionismo y al savoir-vivre, objetivos que encontraban su punto de partida en su propia casa: el primer piso del Hôtel Lambert, en el corazón de la Isla de San Luis. Aquel fue el escenario para el Bal Oriental el 5 de Diciembre de 1969, descripto como una de las fiestas más fantásticas del siglo XX.






Un conjunto de 47 acuarelas realizadas por Catherine y Alexandre Serebriakoff dejaron para la posteridad el acontecimiento. Estos artistas rusos han sido los mejores acuarelistas de interiores debido a su único sentido del detalle, de la luz y del volumen. Esas escenas fueron encuadernadas en terciopelo de seda rojo y protegidas dentro de un cofre, cuya portada fue rebordeada en la India con hilos de oro e incrustaciones de esmeraldas y rubíes.

Llegan Margarita de Dinamarca y su esposo, Henri de Montpezat


Llega el actor francés Jean Claude Brialy

Los Serebriakoff captaron la llegada de los invitados a la Galería de Hércules que había sido transformada en una fantasía oriental por Jean-Francois Daigre, un escenógrafo descubierto por Marie-Hélène de Rothschild. En esas acuarelas quedaron inmortalizados los Rothschild, don Antenor Patiño, la Princesa Margarita de Dinamarca y su esposo, Henri de Montpezat, la Vizcondesa Jacqueline de Ribes, la Duquesa de Cadaval, Madame Pierre Schlumberger, el barón Arnaud de Rosnay, Madame Denise Hale, casada en esos años con el cineasta Vincent Minelli; el barón Gerald de Waldner, Serge Lifar, Aileen Mehle, la columnista que bajo la rúbrica “Susy says…” sigue apareciendo en las paginas del “W”; el Aga Khan IV, la Begum Yvette y la Begum Salima, Salvador Dalí rodeado de toda su comparsa, Valerian Styx-Rybar, los López-Wilshaw y más….hoy casi todos difuntos.




Salvador Dalí y su séquito

Aquella noche cuatrocientos invitados llegaron al Hôtel Lambert. Rédé comenzó los planes para el baile en marzo de 1969, envió las invitaciones en mayo y la cita tuvo lugar en diciembre. Dio comienzo a las diez de la noche y terminó a las cinco de la mañana. Dos elefantes de tamaño natural realizados en papel maché soportando un baldaquín dorado en su dorso recibían a los invitados de cada lado del gran patio del palacio. Al pie de la escalinata se apostaban dos músicos hindúes, un intérprete de cítara vestido en rojo y otro de sari azul turquesa que tocaba los timbales.



Los Barones Guy y Marie-Héléne de Rothschild

A lo largo de las escaleras se colocaron dieciséis gimnastas semidesnudos figurando esclavos nubios que sostenían antorchas encendidas para guiar a los invitados al descanso del primer piso. Allí se iniciaba la fiesta y el anfitrión, vestido de príncipe mongol, en un traje negro diseñado por Pierre Cardin, daba la bienvenida a cada uno de sus invitados. Así eran las fiestas de antes. Cada quien tenía nombre y apellido.


Vizcondesa de Bonchamps y Condesa de Ribes



Príncipe Rupert zu Lowenstein y Madame Graham Mattison



Marie-Héléne de Rothschild con la princesa Margarita de Dinamarca y Henri de Montpezat

La baronesa de Rothschild acudió de bailarina siamesa, Johannes von Thurn und Taxis de húsar y la Vizcondesa de Bonchamps –nacida norteamericana- se vistió de pagoda. Su disfraz fue el más comentado, ya que debió ser llevada en la parte trasera de un camión pues estaba hecho de metal. No pudo sentarse en el camión ni en el baile hasta que se lo quitó. “Tenías que hacer un balance entre disfrutar de la velada o la impresión que querías causar –adujo el Barón de Rédé-. No estoy seguro que ella haya estado bien.”




El Lambert en sí era una fantasía reminiscente de Las Mil y Una Noches. Todo alrededor tenía aroma a jazmín y mirra. La Galería de Hércules estaba llena de turcos, rusos, chinos y japoneses. Turbantes y falsas barbas abundaban. El esposo de Estée Lauder se quejaba de que su bigote de Fu Manchú picó toda la noche. Kenneth J. Lane, el diseñador de joyas, usó un turbante de piel de marta rusa, con colas de lobo que colgaban de él y una enorme capa hecha de zorrino adornado con lobo. Como era una noche cálida, debió haber sufrido un tanto.


Valerian Styx-Rybar y Jean-François Daigre



Serge Lifar y Patricia López-Willshaw



Madame Vincent Minnelli y Madame Jean-Claude Abreu



Esplendor oriental


Un invitado trajo una pantera bebé entre sus brazos. Brigitte Bardot estaba casi desnuda en su disfraz de odalisca excepto por cadenas de monedas que le colgaban por todo el cuerpo y un pequeño chiffon negro, como la reciente viuda Odile Rubirosa, de quien la prensa escribió: “llegó casi desnuda, sus nalgas cubiertas por un poco de malla de plata (con grandes grietas en ella) a través de la cual brillaban los encantos de Odile”. Su atuendo era todo lo audaz que cabía esperar.


La escultural Brigitte Bardot se deja aconsejar por Douce Francois, la confidente de Nureyev

Las Mil y Una Noches


miércoles, 21 de abril de 2010

Marie-Héléne de Rothschild

La Baronesa Marie-Hélène de Rothschild fue una de las más imaginativas anfitrionas de París, la doyenne de la alta sociedad francesa de los años ’60, ’70 y ’80. Sus actividades empezaron a dominar la temporada social desde que, por matrimonio, pasó a formar parte de la prominente familia Rothschild. La prensa de todo el mundo se hacía eco particularmente de sus cenas, bailes y eventos benéficos, muchos de ellos realizados en el Château de Ferriéres, la antigua mansión Rothschild que hoy pertenece al Estado francés.


Nacida en Nueva York como Baronesa Marie-Hélène Naila Stephanie Josina van Zuylen van Nyevelt, era la hija mayor de los tres vástagos del Barón Egmont Van Zuylen van Nyevelt (1890-1960) y Marguerite Namétalla (c.1905-1996). Su madre era egipcia y su padre un diplomático holandés, mientras que su abuela paterna era la baronesa Hélène de Rothschild (1863-1947) – hija de Salomon James de Rothschild, judío-, quien se había casado en 1887 con el Barón holandés Etienne Van Zuylen, católico romano.



La fiesta campestre inaugural del Château de Ferriéres, fines de los ‘50


Fue educada en el Marymount College en Tarrytown, Nueva York. Luego de finalizar la escuela viajó a París y allí conoció al Conde François de Nicolay (1919-1963), con quien se casaría en 1950. Su hijo, Philippe de Nicolay, nació en 1955 pero la pareja se divorció al año siguiente. Marie-Hélène comenzó a frecuentar a su primo en tercer grado una vez separado, el barón Guy de Rothschild, cabeza del Banco de Rothschild Frères, quien, asimismo, había decidido obtener el divorcio. Se casaron el 17 de febrero de 1957 en una ceremonia civil en Nueva York “para permitir que la tempestad que habíamos despertado por un doble divorcio disminuyera un poco”, como dijo la baronesa. Tuvieron un único hijo, Edouard Etienne Alphonse, nacido en diciembre de ese año.

La Baronesa Edmond de Rothschild, la actriz Anouk Aimée, Marie-Helêne de Rothschild y la diseñadora Coco Chanel (1966)



Guy y sus hermanas, Jacqueline y Bethsabée, habían crecido en el magnífico Château de Ferrières, 20 millas al sureste de París. Capturado por los alemanes durante la ocupación de Francia en la Segunda Guerra Mundial, el château permaneció vacío hasta 1959, cuando los recién casados Rothschilds decidieron reabrirlo. Marie-Hélène se hizo cargo de restaurar el enorme castillo, convirtiéndolo en un lugar donde la nobleza europea se mezclaba con músicos, artistas, diseñadores de moda y estrellas de Hollywood en grandes soirées. Mucho se habló sobre los espléndidos y creativos bailes temáticos y los eventos para recaudar fondos que ella organizaba tanto en París como en Nueva York.




Con el Barón de Rédé, anfitrión del Bal Orientale del 5 de diciembre de 1969 en el Hôtel Lambert




Con Guy, en el Hippodrome, 1969


La baronesa disfrutaba creando fantasías para sus reuniones sociales. Una vez recibió a 150 invitados a un baile (Bal des Têtes Surrealistes, cuyas invitaciones estaban impresas sobre un cielo azul con nubes, inspiradas en una pintura de Magritte y para descifrarlas había que sostenerlas frente a un espejo) vestida como un ciervo en la cacería, con una máscara de altas astas y diamantes en forma de pera que caían como “lágrimas”. El Barón Alexis de Rédé llevaba un extravagante y original sombrero diseñado por Salvador Dalí.




Bajo una máscara de cierva llorando lágrimas de diamante en su Bal des Têtes Surrealistes, 1972



En un baile que dio en Ferriéres para 1600 personas, el castillo fue cubierto con muselina blanca para hacer que pareciera una enorme telaraña tachonada de brillantes. En una gala para el Paris Ballet transformó el Palais Garnier en un bosque, con árboles y enredaderas colgando del techo. En otra ocasión, su Bal Proust, celebrando el 100º aniversario del nacimiento de Marcel Proust, el célebre Cecil Beaton tomó los retratos de los invitados. “Cuando se le pone algo en la mente, no hay nada en la tierra que pueda detenerla”, dijo una vez su esposo.

Château de Meautry, residencia de campo de Guy y Marie-Héléne cerca de Deauville, Normandía


Marie Hélène demostró que tenía el fuego y la imaginación para crear algo único y valioso. No sólo recurría a su encanto. Se necesitaba un implacable grado de determinación. Ella atendía cada detalle de estilo en su vida personal y también en sus entretenimientos, por lo que era una Anfitriona con mayúsculas. Siempre andaba a la búsqueda de nuevos talentos y nuevas figuras del mundo del arte, la literatura, la danza o la moda. Luego los mezclaba con el círculo más establecido de la sociedad de París y el resultado estaba a la vista. Las fiestas de Marie-Hélène adquirieron tal importancia que una figura social amenazó con cometer suicidio si no se le invitaba a una de ellas…

Nan Kempner, una socialite de Nueva York y gran amiga, dijo: “Ella tenía enorme inteligencia y curiosidad y quería verlo y hacerlo todo”.

Con una joven Carolina de Mónaco en la primera fila de los desfiles de París, fines de los ‘70


La baronesa también apoyaba enormemente la alta costura y por muchos años tuvo un lugar reservado en la primera fila de los más importantes desfiles de moda de París. Era presidente del comité que organizó el 1973 Divertissement a Versailles, un evento en el cual diseñadores norteamericanos no sólo fueron presentados a los europeos, sino que compartieron la escena con sus contrapartes franceses. Marie-Hélène reunió cinco couturiers franceses y cinco americanos en un fantástico show en el Théâtre Gabriel del Château de Versailles. A fines de los ’80 fue una de las tres mujeres que pagaron 20.000 dólares por un vestido negro con grandes rosas rojas que diseñó Christian Lacroix.



En 1975, Guy y Marie-Hélène obsequiaron el Château de Ferriéres a la cancillería de la Universidad de París, pero retuvieron para sí la residencia que habían construido en los bosques que rodeaban el castillo. La pareja adquirió el Hôtel Lambert, en la Île Saint-Louis, una de las más lujosas mansiones de la capital francesa, en cuyos pisos superiores fijaron su residencia. Marie-Hélène se convirtió en amiga cercana de Alexis de Rédé, quien era inquilino en el primer piso del Hôtel y sería una constante en sus reuniones.



1973: París, 13 de diciembre. Marie-Héléne arriba al Lido para la premiére de la revista Grand Jeu escoltada por Salvador Dalí.



En el Lido, Salvador Dalí la ayuda a quitarse el abrigo ante la mirada divertida de Yul Brynner


Sus invitados incluían un selecto círculo de la sociedad internacional, las finanzas y las artes, como la Duquesa de Windsor, la Princesa Grace, Elizabeth Taylor, Yves Saint-Laurent, Oscar de la Renta y Andy Warhol. “Una buena forma de hacer feliz a la gente es permitirles encontrarse con sus opuestos”, dijo una vez.


Con Guy, en Marbella, 1982


Cuando Francia nacionalizó la Banca Rothschild en 1981, el barón se mudó a Nueva York por un corto tiempo. Aunque la enfermedad de la baronesa hacía dificultoso su viaje, igual trabajó con un decorador de interiores para restaurar su apartamento del Upper East Side. Luego de batallar con el cáncer y la artritis reumatoide por más de diez años, Marie-Hélène falleció en 1996 en su hogar del parque de Ferriéres, a los 68 años. Fue enterrada en Touques, Calvados, donde por más de un siglo la rama francesa de la familia de su esposo había sido dueña del Haras de Meautry, un notorio criadero de caballos.

En la última década de su vida, con Lauren Bacall y Rudolf Nureyev


En reconocimiento a su importancia en la promoción de la cultura francesa y la moda a un nivel internacional, Marie-Hélène de Rothschild había sido condecorada con la Legion d’Honneur.