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viernes, 19 de noviembre de 2010

Carlos V y el Toisón de Oro

La Orden del Toisón de Oro fue fundada en Brujas por Felipe el Bueno, Duque de Borgoña, el 10 de enero de 1430, durante las fiestas celebradas con motivo de su matrimonio con la infanta Doña Isabel de Portugal, hija del rey Juan I y Felipa de Lancaster. El cronista Georges Chastelain señala que Felipe llevaba largo tiempo meditando sobre la posible creación de una orden caballeresca, pero no acierta a dar una explicación concreta sobre su origen. Uno de los detonantes fue la invitación a ingresar en la prestigiosa Orden de la Jarretera cursada al Duque a través de Jean de Lancaster, duque de Bedford y regente de Francia, en nombre de Enrique VI de Inglaterra. Felipe rechazó educadamente tal ofrecimiento, alegando que planeaba fundar su propia orden cortesana. De este modo logró eludir un juramento de fidelidad que le hubiese puesto a merced del monarca inglés.

Felipe el Bueno fijó «le lieu, chapitre et collège» de la Orden del Toisón de Oro en la desaparecida Sainte-Chapelle del Palacio Ducal de Dijon. En el capítulo XXI de los Estatutos de la Orden, aprobados en Lille en 1431, dejó ordenado que «en el coro de dicho Templo de Dijon se fije sobre la silla del Soberano de esta Orden un escudo, en que estén representadas sus armas e insignias... y ordenamos que se haga lo mismo sobre los asientos de los caballeros de la Orden, según las armas de cada uno»-. Los primeros treinta y un paneles armoriados ya estaban colocados en la sillería en 1433, cuando en ella se celebró el tercer Capítulo de la Orden.


Jean Lefévre, rey de armas Toisón de Oro, entrega el Libro de Estatutos a Felipe el Bueno de Borgoña

Prescribía el ceremonial de la nueva Orden que los escudos de los caballeros decorasen los respaldos de la sillería del templo donde iba a reunirse el Capítulo. Cada escudo, rodeado con el collar del Vellocino y timbrado con un yelmo que siempre mira al altar mayor, era pintado en un panel rectangular de madera de roble cuyas dimensiones suelen aproximarse a 85 x 65 cm. Encima y debajo se escribía en letra gótica el nombre y títulos del caballero que iba a ocupar el sitial, con la particularidad de que en el caso de los fallecidos se suprimía el yelmo con su cimera y se escribía la palabra tréspassé al final del nombre y títulos. Después de la ofrenda de la Santa Misa de Difuntos, estos escudos se llevaban a la nave de la Iglesia para que los fieles rezasen por el alma de los fallecidos. Los escudos de los caballeros que habían sido expulsados de la Orden por haber cometido una falta grave eran cubiertos con pintura negra y sobre ellos se escribían los motivos de su expulsión.

En el plano artístico la sillería del Toisón de Oro de la Catedral de Barcelona supera a las sillerías de coro de la Iglesia de Nuestra Señora de Brujas (1468) y de la Catedral de San Salvador (1478) de la misma ciudad, que han conservado sus tablas armoriadas íntegramente. No tuvieron tanta suerte otras sillerías, aunque han sobrevivido escudos que formaron parte de ellas.


La fantástica sillería del Toisón de Oro en la Catedral de Barcelona

El Capítulo duraba cuatro jornadas del mes de mayo y tenía lugar en un palacio donde los caballeros y el Soberano disfrutaban de pantagruélicos banquetes. Había que acudir varias veces al templo elegido para la celebración de los oficios religiosos, los cuales incluían vísperas vespertinas y cuatro grandes misas cada mañana, celebradas respectiva y sucesivamente por San Andrés, de Requiem por los caballeros difuntos, por el Espíritu Santo (ésta se suprimió más tarde) y por la Virgen María. En días sucesivos los caballeros y el Soberano se reunían en la sillería de la iglesia o en una sala de palacio, donde en el más absoluto secreto era analizado el comportamiento de cada caballero, incluyendo el del Soberano. Otro día eran propuestos y elegidos por votación secreta los aspirantes a ingresar en la Orden. El voto del Soberano valía siempre por dos, e incluso por tres si había empate. Seguía el juramento de los caballeros electos, a los que el Soberano imponía los collares de la Orden. Reuniones sucesivas servían para tomar decisiones de carácter político.

En todos estos actos vestían los caballeros ropa talar, manto y chaperón de lana púrpura con cenefas doradas de fusils y toisones, excepto durante las vísperas, vigilias y misa de Requiem por los fallecidos, a las que acudían con vestiduras negras de paño sin cenefa alguna. En 1473 Carlos el Temerario aumentó el boato, estableciendo el uso de chaperón, ropa talar y manto de terciopelo carmesí, bordado éste con cenefas de oro y forrado interiormente de raso blanco. Continuó el uso de ropas de paño negro durante las ceremonias fúnebres, pero se estableció que a la misa del tercer día, celebrada en honor de la Virgen María, los caballeros acudirían con vestiduras talares blancas de damasco. Carlos V introdujo una última mejora en el Capítulo de 1516, ordenando que las túnicas, mantos y gorras de paño negro, usadas para las vigilias y misas de difuntos, fuesen en adelante de terciopelo negro, con forro de tafetán en las túnicas y de raso liso negro en los mantos. Sobre esta variedad de ropajes centelleaban siempre los collares del Toisón de Oro, que estaban numerados y debían ser devueltos al Tesorero de la Orden cuando moría su poseedor.
Capítulo del Toisón de Oro (1473-1477)


El propio fundador elevó de 25 a 31 el número de caballeros y presidió los capítulos de Lille (1431), Brujas (1432), Dijon (1433), Bruselas (1435), Lille (1436), Saint-Omer (1440), Gante (1445), Mons (1451), La Haya (1456) y Saint-Omer (1461). Su hijo y sucesor Carlos el Temerario sólo tuvo tiempo para reunir dos capítulos: Brujas (1468) y Valenciennes (1473). Ambos soberanos utilizaron la Orden con una doble finalidad: propagandística y política. La primera de ellas estaba sustentada en el brillo de un ceremonial que superaba a los de las cortes regias. En el plano político la Orden posibilitó la cohesión del mosaico multinacional y plurilingüe sujeto a la soberanía del Duque. De hecho, cada Capítulo servía para reunir en torno al Soberano a los aristócratas de esos territorios de lenguas y costumbres tan diferentes, contribuyendo a crear en sus súbditos una suerte de «nacionalismo» borgoñón que todavía permanecerá vivo en la mentalidad del emperador Carlos V.

Pero también sirvió la Orden como instrumento de política exterior, para asegurar las alianzas internacionales. En 1431 fue admitido en ella el renano Federico III, conde de Meurs, y en 1440 los franceses Jean V, duque de Bretaña; Jean II, duque de Alençon; Mathieu de Foix, conde de Comminges, y Charles, duque de Orleans. Pero el auténtico lanzamiento internacional de la Orden del Toisón de Oro comenzó en 1445, cuando Felipe el Bueno entregó el collar a Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón, de Sicilia y de Nápoles. Muerto éste, fueron recibidos en la Orden sus sucesores Juan II, rey de Aragón y de Navarra, en 1461, y los reyes Fernando V el Católico de Aragón y Fernando I de Nápoles, en 1473.


Alfonso V de Aragón, Caballero del Toisón de Oro en 1445

Siguiendo la misma estela recibieron el collar en 1451 Don Juan de Guevara, conde de Ariano, y Don Pedro de Cardona, conde de Golisano, y en 1456 el napolitano Giosia Acquaviva, conde de Terrano. Otros extranjeros admitidos en la Orden fueron Joao de Portugal, duque de Coimbra, en 1456, y Felipe de Saboya, conde de Bresse, en 1468. Carlos el Temerario y el rey Eduardo IV de Inglaterra pusieron el colofón a esta política cuando intercambiaron en 1468 sus respectivas insignias, el collar del Toisón de Oro y la Jarretera, rompiendo la premisa que exigía la pertenencia a una sola orden de caballeros.

En 1478 Maximiliano de Habsburgo, flamante esposo de María de Borgoña, se convirtió en el tercer Jefe y Soberano de la Orden, aunque de modo provisional. Como tal presidió los capítulos de Brujas (1478) y Hertogenbosch (1481), admitiendo a 16 nuevos caballeros, de los cuales 8 eran flamencos, 2 de Borgoña, 2 de Hainaut, 2 de Artois-Picardía, 1 francés y 1 alemán de Liechtenstein. El hijo de María y Maximiliano, llamado Felipe el Hermoso, fue Soberano de la Orden desde 1484, como Duque de Borgoña, llegando a presidir los capítulos de Malinas (1491), Bruselas (1501) y Middelbourg (1505). Al contrario que su padre, Felipe era natural de los Países Bajos, ahora pays de par-deçà, y por ello se atrevió a admitir en la Orden a su abuelo el emperador Federico III, al rey Enrique VII de Inglaterra, a 7 caballeros alemanes, a un francés y a un español, que era su favorito, llamado Don Juan Manuel, Señor de Belmonte. A Maximiliano y a Felipe el Hermoso se debe el renacer de la Orden del Toisón de Oro.


Sitial del emperador Maximiliano I en la Catedral de Barcelona

El capítulo barcelonés, antesala del Imperio de Carlos V

Don Carlos, duque de Luxemburgo, ingresó en la Orden del Toisón de Oro con el número 111 en el XVI Capítulo, reunido en Bruselas en 1501. Fue el quinto Chef et Souverain de la Orden desde 1506, año en que falleció en Burgos su padre Felipe I de Castilla, hasta 1555, año en que renunció a esta dignidad en favor de su hijo el rey Felipe II. Desde 1515 Carlos gobierna en los Países Bajos y al año siguiente se convierte en Rey de las Españas. Bajo su cetro, Castilla se va a erigir en cabeza del primer gran Imperio de la historia con conciencia de abarcar territorios en todo el orbe. Tal poderío adquiere reflejo en la heráldica y en la emblemática de la Monarquía Española, donde se funden definitivamente los símbolos castellano-aragoneses con los austro-borgoñones.

Residía Carlos I en Valladolid, en el Palacio del Marqués de Astorga, en diciembre de 1517, cuando ordenó iniciar los preparativos del XIX Capítulo del Toisón de Oro, que fue el único celebrado fuera de los dominios del Duque de Borgoña. En el Capítulo anterior, reunido en Bruselas en 1516, Carlos I había decidido aumentar el número de caballeros de 31 a 51. Jean van den Perre, orfebre de cámara del Soberano, realizaría la Potence, o collar de ceremonia del rey de armas Toison d'Or, que hubo de ser rediseñado para dar cabida a nuevos esmaltes armoriados, debido a la ampliación del número de caballeros.


La Potence del Toison d’Or conservada en Viena

Van den Perre realizaría a comienzos de 1517 la famosa Potence del Museo de Viena, un collar de oro formado por la habitual cadena de eslabones y pedernales de la que cuelga el Vellocino y por 26 placas trapezoidales y convexas dobles, unidas entre sí mediante bisabras y decoradas con los escudos esmaltados de todos los caballeros. La placa central muestra un rectángulo superior con el blasón del Soberano timbrado de corona real, que fue realizado hacia 1517, y otro rectángulo inferior que incluye las divisas del Fusil y de las Columnas de Hércules con el lema Plus Oultre surmontado de corona imperial, cuyo diseño corresponde a los inicios del siglo XVIII. Las placas podían intercambiarse para sustituir los blasones de los caballeros difuntos por las armas de los nuevos.

En la Catedral de Barcelona, el escultor Antonio Carbonell tallaba a comienzos de 1519 la elaborada decoración de medallones y grutescos a candelieri, en madera dorada, que sirven de marco a las tablas heráldicas de los sitiales, así como las columnillas abalaustradas que separan cada respaldo. Esta decoración abrió los caminos del Renacimiento italiano a la mise en scène de la Orden. Para el Capítulo de 1519 ya estaban instalados, en los accesos a la sillería y en la silla episcopal, los relieves de madera de Ordóñez y Monet con escenas del Antiguo Testamento y de la Pasión, de estilo miguelangelesco.

La espléndida bóveda de la Catedral barcelonesa

Juan de Borgoña pintó los 64 paneles heráldicos de los sitiales. Siguió en ellos la estética tardogótica de los Capítulos del Toisón de Oro, pero introdujo un mayor naturalismo de progenie renacentista. Thomas Isaac, rey de armas Toison d'Or, supervisó personalmente su ejecución, haciendo observar las leyes del blasón y el orden de precedencia en los 50 sitiales de los caballeros, a los que se añaden el del Soberano, el del Emperador Maximiliano, otros 6 respaldos decorados con frases laudatorias, 4 más con divisas borgoñonas y 2 con las fechas de celebración del Capítulo. Hay otros cuatro paneles más estrechos en los chaflanes de los pies, flanqueando al sitial de esquina respectivo. Los errores en los esmaltes de algunos escudos se deben al nefasto repinte que sufrieron en 1748. Pese a ello, podemos afirmar que nos encontramos ante la sillería del Toisón de Oro más bella y suntuosa de Europa.

Su aspecto más interesante radica en el hecho de que la disposición de los sitiales imperial y real responde a los preceptos escritos por Olivier de la Marche en su Espitre pour tenir et célébrer la noble feste du Thoison d'Or, siguiendo en lo demás lo marcado en los Estatutos de la Orden. El punto XVII de estos Estatutos señala que tenían precedencia los emperadores, reyes y duques, viniendo después los caballeros con mayor antigüedad en la Orden y los de mayor edad entre los elegidos en un mismo día. La relación de respeto que hubo entre el emperador Maximiliano I y el rey Felipe I de Castilla, sobrevive entre abuelo y nieto en el coro de la Catedral de Barcelona, donde, a los pies de la sillería y en un plano de igualdad, se disponen los sitiales de ambos. El de Carlos I está ubicado en el lado de la Epístola y el de su abuelo el Emperador se dispone simétricamente en el del Evangelio.

Otro aspecto de la sillería de la Catedral de Barcelona

Armas y divisas

En el sitial del Rey figura su complicada heráldica, flanqueada por dos tablas que conforman una leyenda, escrita en lengua francesa y con letras latinas de oro, que viene a expresar el inmenso poder territorial adquirido por Carlos I:

«TRES HAUT ET TRES EXCELLENT ET TRES PVISSANT ET TRES CATHOLIQVE PRINCE CHARLES ET PAR LA GRACE DE DIEV PREMIER DE CE NOM, ROY DES ESPAIGNES ET DES DEVX SECILLES, DE JHI(E)R(USALE)M ET DES ISLES ET TERRE FIRME DE LA MER OCCIANE, Sr. EN AVEERICQVE, E(T)C(ETERA), ARCHIDVC DAVSTRICE, DVC DE BOVRG(GOGNE), ETC, CHIEF ET SOVERAI(N) DV T(RES) NOBLE ORDRE DE LA THOYSON DOR».

El Rabot, antigua divisa de Juan Sin Miedo

También a los pies de la sillería, pero en lado del Evangelio, se encuentra el asiento reservado al Emperador Maximiliano I, que había fallecido en Wels (Alta Austria) el 12 de enero de 1519. Su escudo aparece todavía timbrado con yelmo y corona imperial, aunque una cartela lateral indica que es trespassé, esto es, difunto.

Continúa la sillería con los asientos de cuatro reyes que en 1519 pertenecían a la Orden. Sus blasones delatan una disposición jerárquica en la que primaba la antigüedad. Cerca del sitial de Carlos I, en el lado de la Epístola, está el asiento del rey Enrique VIII de Inglaterra (1491-1546), elegido en 1505 con el número 119. En el lado opuesto y cerca del de Maximiliano, se dispone el del rey Francisco I de Francia (1494-1547), elegido caballero número 129 en 1516. En dicho capítulo también ingresaron en la Orden los reyes Manuel I de Portugal (1469-1524), con el número 144, y Luis II de Hungría y Bohemia (1506-1526), con el número 145. El orden de precedencia les sitúa frente por frente en la sillería barcelonesa. De este modo quedan en el lado del Evangelio los escudos de Enrique VIII y de Manuel I, y en el de la Epístola los de Francisco I y Luis II. En ambos casos vienen escoltados por las divisas del Rabot y del Fusil, como si fuesen advertidos sobre el poder del Soberano. Ninguno de ellos acudió al Capítulo barcelonés, siendo representados en las ceremonias por sus embajadores respectivos.

Sitiales del Señor de Roeulx, del Infante Don Fernando y del Marqués de Brandeburgo

El Infante Don Fernando (1503-1564) fue elegido caballero del Toisón de Oro con el número 130 en el XVIII Capítulo de la Orden, reunido en Bruselas en 1516. El 12 de noviembre de 1517 en Valladolid se encontró por primera vez con su hermano el rey Carlos I, quien seis días más tarde le impuso el collar del Toisón. Don Fernando no asistió al Capítulo barcelonés, pues tuvo que abandonar España para evitar una posible rebelión y nunca regresó. Su sitial blasonado se encuentra en el lado del Evangelio. Es el quinto a partir del ocupado por la divisa del Fusil en el que utilizó las armas de su hermano con los cuarteles invertidos. Su escudo de armas sufrirá cambios cuando sea coronado Rey de Bohemia y Hungría en 1526, Rey de Romanos en 1531 y Emperador de Alemania en 1558.

Pero el alma de la Orden del Toisón de Oro seguía estando en los antiguos territorios de los Duques de Borgoña. En el XVIII Capítulo reunido en Bruselas en 1516, fueron elegidos 5 caballeros de Flandes y Brabante, 3 de Artois-Picardía, 3 de Borgoña, 2 de Holanda y 2 de Hainaut. Barcelona conoce la elección de 2 de Artois-Picardía: Jacques de Luxembourg, conde de Gavre, y Adrien de Croy, señor de Beaurain.

La elección imperial

Cuando se inició el Capítulo del Toisón de Oro hacía un mes que Carlos I conocía la noticia de la muerte de su abuelo, el Emperador Maximiliano I, por cuya alma hizo celebrar solemnes exequias en la Catedral de Barcelona. Entretanto, Frankfurt era un hervidero de embajadores y banqueros que trataban de conseguir el voto de los siete Príncipes Electores para alguno de los tres candidatos, que eran los reyes de España, Francia e Inglaterra.

Carlos I de España, Emperador electo Carlos V

El 28 de junio de 1519 Carlos fue elegido en Frankfurt «Rey de los Romanos» y «Emperador electo». A comienzos de julio, cuando residía en Molins del Rey, el Rey Carlos I de España recibió la noticia de manos de Federico, Conde Palatino del Rin y embajador de los Príncipes Electores. Después inició el Monarca un largo viaje hacia La Coruña para embarcarse con destino a Aquisgrán, donde sería coronado el 23 de octubre de 1520 en el trono de Carlomagno, aquel soberano medieval que a comienzos del siglo IX había reconquistado Barcelona a los árabes.

Carlos utilizó el Capítulo barcelonés del Toisón de Oro conforme a la tradición borgoñona, como un instrumento de integración de sus variadas posesiones. Mediante un ceremonial que sumergía a los asistentes en un ambiente mágico de destellos dorados, ropajes suntuosos y música sacra, le fue posible arrancar un juramento de fidelidad a la élite de unos territorios cada vez más extensos y diversos. La puesta en escena recreaba el ideal de unidad política expresado en el mito del Rey Arturo y la Tabla Redonda, anunciando una nueva edad dorada en la cual el Soberano y los caballeros del Toisón asegurarían la cohesión política que iba a traer la prosperidad a sus súbditos. Fue también el instrumento diplomático que le sirvió para sellar las alianzas con cuatro monarcas europeos, marcando el punto de partida al renacer de la idea medieval del Imperio Universal Cristiano, que tan presente estará en la Corte de Carlos V.

Sitial de Carlos V (como Carlos I) en la Catedral de Barcelona

Jugó un papel primordial el símbolo. Carlos V flanqueó al final del Capítulo barcelonés la divisa de las Columnas de Hércules pintada a ambos lados de la salida del coro catedralicio, superando los límites del mundo Antiguo. En la puesta en escena se daban cita dos mentalidades diferentes, la medieval, ya en completa decadencia, y la renaciente, que traía consigo profundos cambios sociales. Ambas concepciones del mundo parecían fundirse en el propio soberano y en sus caballeros. Así, por primera vez en la historia de la Orden adoptaron la estética del Renacimiento italiano, pero al mismo tiempo mantuvieron viva la esencia medieval de los relatos troyanos.

viernes, 12 de noviembre de 2010

La boda del emperador y la infanta


Según el cronista Alonso de Santa Cruz, «por causa de ir a visitar el Reino de Andalucía», determinó Carlos V hacer su casamiento con Isabel de Avis y Trastámara en la ciudad de Sevilla, que por 1526 vivía un período de apogeo gracias a su importancia en el comercio de Indias.

Esta boda con su prima infanta (sus madres eran hermanas, hijas de los Reyes Católicos), quien con 23 años estaba en condiciones de darle un heredero, permitía conciliar sus necesidades económicas como Habsburgo con los deseos de las Cortes castellanas de 1525, que la habían señalado como candidata. Además, continuaba la política de los Reyes Católicos de alianzas matrimoniales con la dinastía Avis portuguesa.

Desde su nacimiento, Carlos, que reunía en su persona los territorios procedentes de la rica herencia habsburguesa (de su abuelo paterno Maximiliano I), borgoñona (de su abuela materna María de Borgoña), aragonesa (de su abuelo materno Fernando el Católico) y castellana (de su abuela materna Isabel la Católica), había estado prometido a una u otra princesa. En la lista estuvo incluso la que habría de ser su nuera, María Tudor, hija de Enrique VIII y Catalina de Aragón. A su fama de galán ha contribuido el renombre de sus dos hijos bastardos: la madre de Alejandro Farnesio, Margarita de Austria, de la relación con la noble flamenca Margarita van Gest, y don Juan de Austria, de sus relaciones con Bárbara de Blomberg.

La ceremonia de esponsales por poderes se realizó dos veces, en el palacio portugués de Almeirim, porque después de celebrada la primera el 1º de noviembre de 1525, se entendió que la dispensa de parentesco no era suficiente y hubo que solicitar una segunda dispensa a Roma. Se repitió la boda el 20 de enero de 1526. El embajador y procurador Carlos Popet, señor de Laxao, fue el encargado de recibir a la infanta en nombre del emperador, que se desposó con Isabel el 23 de octubre de 1525 en la persona de Azevedo Coutinho.




Grandes señores marcharon a recibir a la emperatriz: desde Toledo, el duque de Calabria; desde Sevilla, el hermano del duque de Medina-Sidonia. Partió Isabel de Almeirim a fines de enero de 1526 acompañada de un brillante séquito, encabezado por Juan III, hasta Chamusca. Sus hermanos Luis y Fernando viajaron con ella hasta la frontera; el marqués de Villarreal, hasta Sevilla. El miércoles 7 de febrero se realizó la entrega entre Elvas y Badajoz, en la misma frontera.

Casi todos los testimonios coinciden en el rico recibimiento que preparó la ciudad de Sevilla; algo más suntuoso el del emperador, aunque el coste del palio de Isabel, de plata, oro, piedras preciosas y perlas, no bajó de 3.000 ducados. Cuenta Fernández de Oviedo que salieron a recibir a la emperatriz todos los oficios, cabalgando porque por las lluvias de aquellos días había mucho lodo. Los dos Cabildos, el eclesiástico y el secular, se apearon en San Lázaro y le besaron la mano en la litera donde venía. En la puerta de Macarena salió Isabel de la litera y subió en una hacanea blanca muy ricamente aderezada. Allí la tomaron debajo de un rico palio de brocado, con las armas imperiales y las suyas bordadas en medio. Iba entre el duque de Calabria y el arzobispo de Toledo.


Tapiz flamenco (de Willem de Pannemaker) donde figura el escudo imperial de Carlos V con fondo vegetal


Entre los elementos estáticos del aparato ceremonial que preparó Sevilla para recibir a Sus Majestades destacan siete arcos triunfales que simbolizaban las virtudes que debe poseer un soberano: Prudencia, Fortaleza, Clemencia, Paz, Justicia, Fe; el último era el dedicado a la Gloria.
En los recibimientos reales del XVI el espacio real desaparece, se redefine. La arquitectura efímera, la música, las campanas, las antorchas, los tapices, los vestidos, las joyas, el pueblo en las calles, todo contribuye a crear un espacio festivo y un tiempo diferente del habitual al interrumpir la vida cotidiana. La vista y el oído tienen gran importancia en la fiesta, pero también el olfato; así, en el séptimo arco que atravesaron Isabel y Carlos, el de la Gloria, a los pies de la Fama, dos grandes braseros exhalaban perfumes.

La entrada real es una manifestación más del discurso monárquico, pleno de imágenes, música y color. En estas ocasiones se da forma plástica y sensorial a lo simbólico, y a ello contribuyen los arcos triunfales, decorados efímeros, perecederos habitualmente, que disfrazaban y ocultaban la arquitectura fija. Estos arcos, que tenían como referente los erigidos en Roma en honor de los vencedores, enmarcaban con emblemas y otros elementos el paso del homenajeado, e incluso a veces se utilizaban para escenificaciones. Los arcos se llenaban de emblemas como medio de visualizar conceptos.

Las calles se llenaron de gente; Sevilla hizo venir a personas de todas sus villas y poblados para una gran exhibición del fasto. La fiesta cortesana es un todo teatral cuyos elementos se conjugan en una visión idealizante; la sociedad lujosa y exhibicionista se entiende como sociedad ideal. Por eso la fiesta necesita espectadores que llenen el espacio público y participen con su presencia y sus gritos de exaltación. Se disponía la ciudad a modo de gran teatro urbano con los elementos adecuados: música, calles engalanadas con tapices y antorchas y gente con alhajadas vestiduras. El vestido es la diferencia de clase y la exhibición de poder, clasifica el calendario, especializa las fiestas.

Iba la emperatriz de raso blanco forrado en rica tela de oro y el raso acuchillado, con una gorra de raso blanco con perlas de gran valor y una pluma blanca; su atuendo constelado de joyas. Por las adornadas calles sevillanas la acompañaban el arzobispo de Toledo, el duque de Calabria, el marqués de Villarreal, el obispo de Palencia, señores de la nobleza como el duque de Béjar y gran número de caballeros y prelados de Castilla y Portugal, reproduciendo la comitiva, en pequeña escala, la sociedad: el rey o la reina, bajo palio, asistidos por principales funcionarios de Estado, la nobleza, la pequeña aristocracia, varios representantes del clero y, del tercer Estado, oficiales públicos y los gremios. Dominando el espacio festivo, los símbolos de la Monarquía.

En las gradas de la Catedral la esperaba solemnemente el capítulo de la Iglesia con todo el clero y cruces de las iglesias de la ciudad. Se había levantado en la Puerta del Perdón un arco muy suntuoso con un cielo en medio en el que ángeles y un coro en figura de las virtudes, cada uno con su insignia, cantaban con suave melodía. Todos recibieron a Isabel primero y a Carlos días más tarde y los acompañaron con cantos al interior de la Catedral. Isabel oró en el altar mayor en un rico sitial; después salió por otra puerta.



Estas ceremonias de recepción tenían un gran valor propagandístico; eran parte fundamental del teatro del poder. Los recibimientos seguían tan fielmente lo establecido, plasmando visualmente un código, que destacaban por su teatralidad. De hecho, la descripción que los documentos hacen de las entradas de Isabel y Carlos V en las diferentes ciudades, presentan un gran parecido formal: recibimiento civil, con el encuentro de las comitivas, discurso de bienvenida, confirmación de los privilegios y entrega de llaves; desfile procesional; recibimiento religioso, juramento de guardar las inmunidades de la Santa Iglesia y visita al templo con un momento de oración; cortejo hasta el alojamiento.


El 10 de marzo, con gran retraso respecto a los planes iniciales, hizo su entrada solemne el emperador acompañado, entre grandes hombres, por el cardenal Salviatis, legado del Papa. Iba Carlos vestido con un sayo de terciopelo con tiras de brocado por todas partes y con una vara de olivo en la mano. Lo esperaban representantes de los distintos estamentos, que ofrecían entre todos un espectáculo de intenso colorido: ropas rozagantes de raso carmesí y gorras de terciopelo, con ricas medallas y grandes cadenas de oro, varas con los cabos teñidos, libreas de grana, sayones de terciopelo, capuces y caperuzas amarillas...

Estandartes de los regimientos de Carlos V: tras la bandera de León y Castilla, el blasón de Jerusalén, con las cinco cruces doradas en campo plateado.

El encuentro entre la comitiva real y la de la ciudad tuvo lugar frente al monasterio de San Jerónimo, a unos cinco kilómetros y medio de Sevilla. En la puerta de la Macarena, una vez jurados y confirmados los privilegios de la ciudad y habiéndosele entregado las llaves de ésta, fue recibido bajo otro palio, «bordadas en medio sus armas y por las goteras, que eran de brocado raso, iban bordadas las dos columnas de su devisa, con una corona imperial sobre ellas». Como ya lo había hecho la emperatriz, pasó bajo los siete arcos.

Con gran solemnidad esperaba de nuevo en las gradas de la Catedral el sagrado capítulo con todo el clero y cruces con invenciones –una de las variadas formas de difusión de poesía en los Siglos de Oro–. Las cruces siempre presentes en las ceremonias públicas en las que participaba el monarca, manifestaban la dimensión religiosa del poder real y recordaban la importancia de la referencia eclesiástica en la plena legitimación de la autoridad regia. Monarquía e Iglesia coincidían, pues, en un mismo espacio en el que difundir sus valores y discursos ideológicos, promoviendo conscientemente la identificación entre poder real y poder divino.

Y si es cierto que la entrada, profana, de Carlos V se estructuró como la procesión del Corpus, ésta también se concebía como una entrada triunfal. Se apeó en la Puerta del Perdón. Allí, en un rico altar, de rodillas, juró el emperador guardar la inmunidades de la Santa Iglesia. La música entonó el Te Deum y un coro de niños lo fue cantando hasta la Capilla Mayor, donde había otro sitial y almohadas en que se arrodilló el emperador. Dichos en el altar los versos y oración por el arzobispo, lo acompañaron hasta la puerta de la lonja, donde habían pasado el palio y caballo, y entró en el Alcázar.

Tras un primer y breve encuentro volvió el emperador ya engalanado y se desposó con la emperatriz presente en la cuadra de la Media Naranja, el actual Salón de Embajadores. A las doce se aderezó un altar en la cámara de Isabel. Dijo misa y los veló, a pesar de ser sábado de Pasión, el arzobispo de Toledo. Fueron los padrinos el duque de Calabria y la condesa de Odenura y Faro. Acabada la misa, pasó el emperador a su aposento: en tanto estaba «en su cámara, se acostó la emperatriz, é desque fué acostada, pasó el emperador á consumar el matrimonio como católico príncipe».

Las fiestas de la boda se prometían grandiosas pero finalmente se celebraron con pocos gastos; se dijo que por la Cuaresma y por el luto por la reina de Dinamarca, hermana del emperador. Los festejos se suspendieron durante la Semana Santa. Desde Pascua comenzaron justas, torneos, cañas y toros. En el XVI, torneos y las justas eran los festejos preferidos por los nobles. Aunque menos interesantes para el público que los medievales, pues apenas conservaban un resto de su antigua aplicación militar, mostraban igualmente las destrezas de los caballeros y seguían considerándose como un entrenamiento para la guerra. Las ropas aseguraban el prestigio, la justa y el torneo sólo a veces, de ahí que las relaciones no se centren en la lucha sino en quiénes fueron los aventureros, los mantenedores y los padrinos, quién fue el mejor justador o el más gentil hombre, cuáles fueron los precios o premios, cómo eran de ricos los vestidos o las guarniciones de los caballos.



Y el 13 de mayo partieron para Granada Carlos V y la emperatriz consorte Isabel con toda su corte, haciendo su camino por Ecija y Córdoba, donde fueron recibidos con gran solemnidad. Carlos e Isabel hicieron su entrada en Granada el 4 de junio de 1526.




Gracias al invaluable aporte (via web) de la Lic. Mónica Gómez-Salvago Sánchez

martes, 25 de mayo de 2010

La etiqueta borgoñona en la Corte de España

Borgoña en los siglos XIV y XV era un ducado vasallo del Rey de Francia: el tercer hijo del monarca galo era el titular. Era un ducado pequeño que había heredado una serie de territorios al Norte de Francia gracias a alianzas patrimoniales, convirtiéndose en el centro del poder económico europeo. El Duque Felipe el Bueno de Borgoña decide crear un protocolo fastuoso para imponer su autoridad y renombre frente a Inglaterra, Francia, Alemania y Castilla y Aragón, las grandes monarquías de entonces. Fue inventado para elevar la figura del soberano, el Duque, convirtiéndolo en un ser casi semi-divino, para así imponer la autoridad recibida de Dios frente a sus súbditos.

En este protocolo el orden era estrictamente riguroso: cada procedimiento estaba escrito, de modo que se sabía exactamente dónde se debía sentar cada persona, cómo se le servía y en qué orden. Existía una corte enorme, formada por personas con funciones específicas que debían cumplir estas normas con disciplina. La celebración de los actos era uniforme para los distintos territorios que poseía el ducado. Puesto que no existía una continuidad territorial entre dichas posesiones, se dictaminó que todas las ceremonias reunieran las mismas características, independientemente del lugar en que se organizasen.

Otto Cartellieri, uno de los pioneros en el estudio de la etiqueta en la corte borgoñona, creía que los duques de Borgoña y sus consejeros habían elaborado el protocolo con el fin de propagar la creencia que la autoridad ducal era semi-sagrada; que la pompa contribuía a convencer a sus súbditos que «nada era demasiado bueno para él... [que] la mano del soberano no podía tocar nada ordinario». Y, tal y como concluye Cartellieri, los duques de Borgoña, por muchas incomodidades e inconvenientes que les supusieran, «siempre prestaron suma atención a los asuntos ceremoniales y de preferencia».

Felipe El Bueno, duque de Borgoña, y su hijo, recibiendo el ejemplar de Las Crónicas de Hainaut.

Ya en 1360, los duques mostraban generosidad y magnificencia, solemnidad y «ceremonias esplendorosas y elaboradas». Gobernantes y cortesanos desarrollaron, desde la época medieval en adelante, una cultura cortesana de ceremonia y mecenazgo con la intención de realzar su autoridad y el poder del estado absolutista. De este modo, se manipulaba a la opinión pública por medio de coronaciones, entradas reales en las ciudades, ceremonias fúnebres reales y la popular festividad del Te Deum, entre otros rituales.

Tanto para los contemporáneos como para los historiadores, la etiqueta, utilizada debidamente, reforzaba la jerarquía e imponía un orden; y conseguir asentar la jerarquía y el orden era, de entre todos, el principal objetivo de las culturas política y cortesana de las primeras élites dominantes modernas. Y tal era así, que ya Lady Anne Fanshawe, esposa de un diplomático inglés de mediados del XVII y veterana cumplidora de la vida cortesana europea, elogiaba a la corte española describiéndola como la mejor ordenada en el mundo cristiano, por supuesto, después de la inglesa.

Durante estos siglos, incluso hasta las últimas décadas de la monarquía borbónica de principios del siglo XX, los observadores de la corte española a menudo quedaban impresionados por su etiqueta. Aparecía extraordinariamente rígida, ritualista, fría, y durante el XVII, degradante hacia los cortesanos y sirvientes que trabajaban de acuerdo con sus preceptos. Tanto monarcas como cortesanos parecían encadenados a unos ceremoniales heredados de un pasado lejano.


Armorial de Borgoña

La etiqueta española se basó en los principios y la organización de la corte del ducado borgoñón. Desde 1363, los duques de Valois y sus sucesores Habsburgo elaboraron tal estilo, regulando con sumo detalle casi todos los aspectos de la vida cortesana: dar a luz, atender la capilla, vestirse y desvestirse, recibir visitas, hacer regalos, organizar cenas con invitados y supervisar las cocinas ducales. Éstas y otras actividades se rodeaban de un ceremonial que creaba una «helada atmósfera» en la cual la familia real se movía.

Pero el ceremonial, combinado con enorme riqueza, generoso mecenazgo artístico y asiduo culto a los mitos caballerescos, así como la cruzada contra el Islam, ayudaron a crear una viva y espléndida corte donde la autoridad de los duques era realmente singular y su persona era considerada casi divina.

No es de sorprender que el esplendor borgoñón hubiera impresionado sumamente a Maximiliano de Habsburgo, el último Sacro Emperador Romano, como su mito deslumbró al hijo de éste, Felipe el Hermoso. Maximiliano, a través del matrimonio, y Felipe, por herencia, accedieron al trono ducal de Borgoña, así como al complicado ceremonial que eclipsó todo a cuanto la familia Habsburgo había estado acostumbrada. Maximiliano y su hijo, inevitablemente, asumieron los hábitos de la corte borgoñona y elevaron la etiqueta imperial Habsburgo al nivel de los duques de Valois. Fue Carlos V, Sacro Emperador Romano y el primer rey Habsburgo de una España unida, quien incorporó sistemáticamente el ritual borgoñón a la corte española.

Felipe el Hermoso y Juana de Castilla, padres de Carlos I (1500)

Durante toda su vida, Carlos I (V) se enorgulleció de su herencia borgoñona y pensó mucho acerca de cómo él había representado a los duques de Valois -como gran caballero cristiano, defensor del catolicismo, destacado mecenas de artistas, rico y héroe defensor de muchos de los valores medievales tardíos-. Hacia 1547 exigió a un agente en España, el tercer duque de Alba, que supervisara el establecimiento de la etiqueta borgoñona en casa de su hijo y heredero, el futuro Felipe II, quien era al mismo tiempo el sustituto del emperador en la Península. A partir de entonces, el estilo borgoñón se convertirá en la columna vertebral característica de la estructura, ceremonia y etiqueta de la Casa Real.

La imposición del estilo borgoñón en casa de Felipe fue intencionada para inculcar a los futuros súbditos la continuidad de la autoridad de los Valois y para asociar a su nombre el esplendor de sus ancestros ducales, así como satisfacer su inclinación personal y prescribir sus gustos. Además, Carlos, nacido en Gante y educado en la Corte holandesa borgoñona, se sentía fuertemente ligado a la etiqueta con la que había crecido y naturalmente deseaba ver como la gloria de Borgoña se reflejaba en su corte española. Era adecuado que los españoles, destinados a gobernar los Países Bajos, compartieran su cultura cortesana.

El III Duque de Alba

Aunque el estilo borgoñón era incómodo y rígido; tendía a aislar al monarca y a su familia entre un pequeño e íntimo círculo de grandes y sirvientes palaciegos y socavaba la tradicional simplicidad de las casas de los monarcas medievales de la Península, además de que era enormemente caro de mantener, ni Felipe II ni sus sucesores anularon lo que Carlos V había decretado. Felipe tenía demasiado respeto a su padre como para hacer tal cosa, mientras que los últimos Habsburgo aceptaron el estilo borgoñón como característica inevitable y como un recuerdo de las glorias políticas y militares del poder español.

Felipe IV, de entre todos los reyes del antiguo régimen español, fue el más resuelto a mantener la etiqueta en la corte en todo su rigor, entendió la etiqueta como un pilar del poder Habsburgo, una fuente de orden y fortaleza moral.


Felipe IV, en traje de caza

Los reyes Borbones del siglo XVIII, ansiosos a menudo por enfatizar la continuidad con el pasado Habsburgo, también conservaron el sistema borgoñón. Por entonces, además, hombres y mujeres con intereses creados -cortesanos aristócratas, oficiales, sirvientes, artistas y artesanos, oportunistas y traficantes de influencias y mecenazgos- se beneficiaron del extravagante estilo borgoñón y se resistieron a los pocos intentos serios hechos para una reforma indispensable. No sorprende, por tanto, ver que el intento hecho por Felipe V para reestructurar la Casa Real fallara.

Presionado, aparentemente, por el cardenal Alberoni, Felipe V, en 1718, impuso una reforma de la estructura y de la contabilidad financiera de la corte, proponiendo el recorte de costes y la mejora de rendimientos. Los departamentos tradicionales de la Casa Real -cada uno de ellos encabezado por un aristócrata eminente o por un prelado influyente- habrían perdido su independencia con respecto a la nueva figura del intendente general de la Casa Real de España. Por eso, la denominación oficial de la Casa Real como la Casa de Borgoña se extinguiría. Pero unos días después de que Alberoni perdiera el poder en 1719, Felipe revocó su reforma, la Intendencia General fue abolida y la estructura departamental borgoñona totalmente restaurada. Por lo tanto, una vez más, el estilo borgoñón triunfó sobre sus detractores.


El Cardenal Alberoni

En cualquier caso, la etiqueta borgoñona se adaptó a los gustos reales y a las variables circunstancias financieras, políticas e ideológicas. Esto fue así tanto en la corte ducal borgoñona bajo los Valois, como también bajo sus sucesores Habsburgo.

El carácter de su casa y de sus ceremonias y la rigidez de su etiqueta varió de reinado a reinado. Los reyes españoles, asimismo, moldearon y remodelaron el protocolo y a menudo lo olvidaron totalmente. Aunque la estructura de la casa, los nombres de sus empleados y la descripción de sus tareas, así como su posición relativa dentro de las detalladas jerarquías de los departamentos, permanecieron básicamente intactas de siglo en siglo, otros aspectos fueron de vez en cuando reformados. Los monarcas ocasionalmente decretaron nuevas reglas.

Se ha dicho, por ejemplo, que al hacerse viejo, Felipe II dejó de cenar en público; y que Carlos IV (1788-1808) y su consorte, María Luisa de Parma, relajaron el protocolo para tomar parte en los entretenimientos que ofrecían los Grandes -algo que los monarcas españoles no habían hecho de manera regular desde hacía más de dos siglos-.


El trono con dosel de Carlos IV, circundado por los retratos del rey y su consorte

Las ordenanzas reales, instrucciones y edictos modificando la etiqueta se hacían públicos una vez casi cada diez años, como mínimo, desde 1547 hasta 1720. Mientras Felipe II y Felipe IV tendían a utilizar estos métodos para intensificar el protocolo e imponer una disciplina estricta sobre sus cortesanos, muchos monarcas actuaron de manera totalmente diferente y «reblandecer las normas».

Tal «reblandecimiento», u olvido total de las normas borgoñonas, dio flexibilidad al sistema y ganó la lealtad, más o menos entusiasta, de todos los monarcas españoles de la Edad Moderna. Sin embargo, esta flexibilidad no fue el simple producto de la negativa real a vivir con un protocolo que podía parecer sin sentido o demasiado estricto, sino que resultó también de una profunda perversión del sistema borgoñón experimentada a finales del XVII. Por entonces, las costumbres originalmente franco-holandesas de los duques de Valois habían quedado diluidas primeramente por los hábitos alemanes.

Después, debido a las quejas en las Cortes de 1558, en España, tanto Carlos V como Felipe II habían permitido deliberadamente que algunas de las antiguas costumbres castellanas se mezclaran con las borgoñonas.

Isabel de Avis y Trastámara, Infanta de Portugal, Consorte de Carlos I

Además, la etiqueta cortesana portuguesa fue importada a España por la esposa de Carlos I y muchas de las prácticas de la Casa Real de Lisboa se aceptaron y se codificaron en las Ordenanzas de 1575. Más tarde, durante sus primeros años en Madrid, Felipe V complicó aún más el asunto cuando impuso algunas peculiaridades menores de organización y ritual traído de Versalles. De este modo, hacia mediados del siglo XVIII, la pureza que quedaba del protocolo borgoñón era escasa, a pesar de la esperanza que había expresado Felipe IV en 1631.

Igual que en otras cortes y en otros sistemas de protocolo, la etiqueta era ante todo un instrumento que los gobernantes manipulaban, como hemos visto, para glorificarse ellos y su dinastía y para mantener el orden y reforzar la convencional jerarquía social, rodeándose de inexpugnables muros de historia y de tradición. Los reyes españoles utilizaron la etiqueta para hacer que su persona fuera prácticamente inviolable. De ahí que Felipe IV advirtiera a sus gentilhombres de cámara, que no debían permitir que nadie tocara ni las sábanas ni los visillos de su cama «a menos que fueran gentilhombres y ayudas de cámara con el fin de prepararla o para alguna otra cosa necesaria a su mantenimiento, y aun entonces debía de ser hecho con la mayor decencia y respeto».

Las normas de etiqueta de la corte también servían para necesidades prácticas. La seguridad la proporcionaban los alabarderos y otras compañías de guardias y las reglas protegían al rey y a su familia de envenenamientos y otros peligros y salvaguardaban la Casa Real de intrusos y ladrones -aunque los robos incesantes de plata y lino indican que tales medidas no eran del todo eficaces-. Incluso las cocinas reales necesitaban una cuidadosa custodia contra los intrusos y Felipe II tuvo grandes dificultades, según cuenta un empleado de la corte, para mantener a los bribones a raya. Así que Felipe II tuvo que intensificar las reglas desde entonces.

Capítulos enteros de regulaciones, en las Ordenanzas de 1575 o en muchas órdenes de Felipe IV, se dedicaron en particular a mantener a hombres y mujeres separados. Los gobernantes del XVI y del XVII tenían que recordar a los galanes y a las jóvenes damas de la corte el modo de comportarse. Éstas y otras normas aseguraban, cuando se hacían cumplir con efectividad, que las sucesivas reinas, infantas y sus damas y sirvientas estuvieran prácticamente aisladas del mundo exterior.

Felipe II en el banquete de los monarcas (1596)

Otras reglas protegían la salud real y la limpieza de los palacios y de aquéllos que trabajaban en estas tareas: se lavaban las manos -incluyendo las del rey-; se fregaban las mesas; se barrían los suelos, y la comida se almacenaba y se servía cuidadosamente de acuerdo con los preceptos de los libros de etiqueta y otras órdenes. Otras fórmulas regulaban la gradación de los cortesanos, prescribiendo, por ejemplo, en qué lugar tenía que sentarse cada uno cuando los oficiales de alto rango se encontraban para comer o para conducir los negocios de la casa. Estas fórmulas fomentaban la eficacia y la puntualidad, y se aplicaban a supervisar los gastos a través de exámenes contables frecuentes y a asegurar la buena calidad de los productos adquiridos para la Corte.

domingo, 9 de mayo de 2010

Los Títulos de los Soberanos de España


Ha sido siempre costumbre encabezar las Leyes, Sentencias y Cartas de Ceremonia o de Cancillería con el nombre del Soberano y los títulos de cada uno de los Estados que posee, detallándolos por reinos y hasta por provincias.

Este “Título extenso” es el que se conoce por gran Título de un Soberano y el “Título pequeño” es el que se usa para la acuñación de moneda, por ejemplo. En este último no consta más que el nombre del Estado que gobierna.
La firma de Carlos V como Rey de España

Es costumbre también usar en el Título grande el nombre de los Estados que fueron poseídos por sus antepasados, como si todavía fueran sus soberanos. Dado que esta costumbre ha ocasionado controversias y reclamaciones se convino que al usar estos títulos se adoptaría la fórmula de non praejudicando, como se observa actualmente.

Carlos I de España usaba el gran Título como sigue:

CARLOS V, por la Divina clemencia, electo Emperador de Romanos, siempre Augusto y Rey de Alemania, de Castilla, de Aragón, de León, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Hungría, de Dalmacia, de Croacia, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, del Algarve, de Algeciras, de Gibraltar y de Islas Baleares, Islas Canarias, Indias y Tierra Firme del Mar Océano; Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Lorena, de Brabante, de Estiria, de Carinthia, de Carniola, de Limburgo, de Luxemburgo, de Güeldres, de Würtemberg, de Calabria, de Atenas, de Neopatria; Conde de Flandes, de Habsburgo, de Tirol, de Barcelona, de Artois y Borgoña; Conde Palatino de Henao, de Holanda, de Zelanda, de Ferrete, de Riburgo, de Namur, de Rosellón, de Cerdeña y Zutphen; Landgrave de Alsacia; Marqués de Burgovia, de Oristán y Gociano y del Sacro Romano Imperio; Príncipe de Suevia y Cataluña; Señor de Frisia, de la Marca Eslavona, de Puerto Naón, de Vizcaya, de Molina, de Salinas, de Trípoli y Malinas, etcétera.


D. Carlos, por la divina providencia emperador semper augusto


En 1875, el Consejo de Ministros acordó que para los Títulos reales, despachos, patentes y demás documentos se usase el Título pequeño de Su Majestad, según consta en la Real Orden circular del Ministerio de Estado de fecha 3 de abril del mismo año, que lo establecía de esta forma:


DON ALFONSO XII, por la gracia de Dios, Rey Constitucional de España, etcétera.

Pero como en las Cartas de Cancillería no se puede prescindir del Título grande, porque al hacerlo con los que no lo han abolido se reconocería implícitamente la superioridad del otro soberano, durante el reinado de Don Alfonso XII se usó este Título en la misma forma que se empleó para la notificación del fallecimiento de S.M. Don Fernando VII y de la proclamación de S.M. Doña Isabel II.



En junio de 1886, el Consejo de Ministros acordó que la fórmula que se debía emplear en el encabezamiento de los títulos fuera la siguiente:

DON ALFONSO XIII, por la gracia de Dios y la Constitución, Rey de España, y en su Real nombre y durante su menor edad, la Reina Regente del Reino.

Y para los decretos, al terminar la parte dispositiva:

“… en nombre de Mi augusto Hijo el Rey Don Alfonso XIII y como Reina Regente del Reino, Vengo en… etcétera

Y finalmente, para las Reales órdenes:
S.M. el Rey (q. D. g.) y en su Real nombre la Reina Regente del Reino, etcétera

De modo que el Título pequeño de Su Majestad será:

DON ALFONSO XIII, por la gracia de Dios y la Constitución, Rey de España, etcétera.



El Título grande, como lo usó su antecesor, es:

DON ALFONSO XIII, por la gracia de Dios y la Constitución, Rey de España, Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las Dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Menorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales, Islas y Tierra Firme del Mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, Conde de Habsburgo, de Flandes, del Tirol y de Barcelona, Señor de Vizcaya y de Molina, etcétera, usado con la fórmula de non praejudicando por los Estados de familia de que ya no es soberano.


Títulos y Honores de Don Juan Carlos I

Tratamientos:

5 enero 1938 – 15 enero 1941: Su Alteza Real El Infante Juan Carlos de España
15 enero 1941 – 21 julio 1969: Su Alteza Real El Príncipe de Asturias
21 julio 1969 – 22 noviembre 1975: Su Alteza Real El Príncipe de España
22 noviembre 1975: – : Su Majestad El Rey



Títulos en uso oficial:

Los títulos de Juan Carlos I son (los marcados con * son títulos en pretensión, puramente nominales y ceremoniales):

Rey de España, de Castilla, de León, de Aragón, de Dos Sicilias (Nápoles y Sicilia)*, de Jerusalén*, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña*, de Córdoba, de Córcega*, de Murcia, de Menorca, de Jaén, de las Algarves*, de Algeciras, de Gibraltar*, de las Islas Canarias, de las Indias Orientales y Occidentales y de las Islas y Tierras de la Mar Océana*; Archiduque de Austria; Duque de Borgoña, de Brabante, de Milán, de Atenas y de Neopatria; Conde de Habsburgo, de Flandes, de Tirol, del Rosellón y de Barcelona; Señor de Vizcaya y de Molina; etcétera.

Debido a la gran cantidad de títulos asociados a la Monarquía Hispánica, sólo se escribían los más importantes, terminando la lista con un «etc.» o «&c.». Refiriéndose así a títulos secundarios y en desuso. Estos son:

· Rey de Hungría, Dalmacia y Croacia
· Duque de Limburgo, Lotaringia, Luxemburgo, Güeldrés, Estiria, Carniola, Carintia y Würtemberg
· Landgrave de Alsacia
· Príncipe de Suabia
· Conde Palatino de Borgoña
· Conde de Artois, Hainaut, Namur, Gorizia, Ferrete y Kyburgo
· Marqués de Oristán y Gociano
· Margrave del Sacro Imperio Romano y Burgau
· Señor de Salinas, Malinas, la Marca Eslovena, Pordenone y Trípoli.


Honores en España

Rango militar

  • Capitán General de las Reales Fuerzas Armadas Españolas y su Supremo Comandante (22 de noviembre de 1975)

Con la venera del Toisón de Oro, la Cruz de Carlos III y las Grandes Cruces del Mérito Militar, Naval y Aeronáutico


Órdenes Hereditarias
  • Soberano Gran Maestre de la Insigne Orden del Toisón de Oro

  • Gran Maestre de la Real y Distinguida Orden de Carlos III

  • Gran Maestre de la Real Orden de Isabel La Católica

  • Gran Maestre de la Orden Real y Militar de San Hermenegildo

  • Gran Maestre de la Orden Real y Militar de San Fernando

  • Gran Maestre de la Orden de Montesa

  • Gran Maestre de la Orden de Alcántara

  • Gran Maestre de la Orden de Calatrava

  • Gran Maestre de la Orden de Santiago

  • Gran Maestre de la Orden de María Luisa

Órdenes militares y condecoraciones
  • Gran Cruz de la Orden del Mérito Militar, distintivo blanco
  • Gran Cruz de la Orden del Mérito Naval, distintivo blanco
  • Gran Cruz de la Orden del Mérito Aeronáutico, distintivo blanco

Con uniforme militar, en el que figuran las veneras de las órdenes de Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa


Honores extranjeros


  • Gran Cordón de la Orden de Leopoldo (Bélgica)
  • Estrella de Primera Clase de la Orden del León Blanco (República Checa)
  • Caballero de la Orden del Elefante (Dinamarca)
  • Gran Cruz y Collar de la Orden de la Rosa Blanca (Finlandia)
  • Gran Cruz de la Legión de Honor (Francia)
  • Gran Cruz de la Orden Nacional del Mérito (Francia)
  • Gran Cruz, Clase Especial de la Orden del Mérito o Bundesverdienstkreuz (República Federal de Alemania)
  • Gran Cruz de la Orden del Redentor (Grecia)
  • Gran Collar de la Dinastía de Reza (Irán)
  • Gran Collar de la Reina de Saba (Irán)
  • Gran Cruz y Collar de la Orden del Mérito de la República Italiana
  • Caballero de la Orden de la Annunziata (Casa de Saboya, no reinante)
  • Caballero de la Ilustre y Real Orden de San Januario (Casa de las Dos-Sicilias, no reinante)
  • Bailío Gran Cruz de Justicia y Collar de la Sagrada Orden Militar Constantiniana de San Jorge (Casa de las Dos-Sicilias, no reinante)
  • Caballero de la Orden de la Nación (Jamaica)
  • Gran Cordón de la Suprema Orden del Crisantemo (Japón)
  • Cadena Dorada de la Orden de Vytautas el Grande (Lituania)
  • Collar de la Orden del Águila Azteca (México)
  • Gran Cruz de la Orden del León de los Países Bajos (Países Bajos)
  • Gran Cruz de la Real Orden Noruega de San Olav (Noruega)
  • Bailío Gran Cruz de Honor y Devoción de la Soberana Orden de Malta
  • Caballero de la Orden del Águila Blanca (Polonia)
  • Gran Collar de la Orden de la Torre y la Espada (Portugal)
  • Caballero de la Real Orden del Serafín (Suecia)
  • Caballero de la Orden de Rajamitrabhorn (Thailandia)
  • Caballero 974º de la Orden de la Jarretera (Reino Unido)
  • Caballero de la Orden del Imperio Británico (Reino Unido)
  • Collar de la Orden de la Estrella de Rumania (Rumania)
  • Gran Collar de la Orden de Adolf Nassau (Luxemburgo)



Como Caballero de la Orden de la Jarretera


lunes, 9 de noviembre de 2009

Casa de Borbón


La Casa de Borbón es una importante casa real europea, rama de la dinastía Capetina. Los Borbones primero gobernaron Navarra (desde 1555) y Francia (desde 1589) hasta la caída de la monarquía durante la Revolución Francesa. Para el siglo XVIII, miembros de esa dinastía también ocupaban los tronos de España, Nápoles y Sicilia y Parma. Actualmente monarcas Borbón reinan en España y Luxemburgo.

Estandarte real de España (Borbón), 1761-1931


Orígenes

Borbón era originalmente una familia de la nobleza que databa de principios del siglo XIII, cuando la propiedad familiar era regida por un señor vasallo del rey de Francia. En 1268 Robert, Conde de Clermont, sexto hijo de Luis IX de Francia, casó con Beatriz de Borgoña, heredera del señorío de Borbón. Su hijo Luis fue hecho Duque de Borbón en 1327. Su descendiente, el Condestable de Francia Carlos de Borbón, era el último de la línea Borbón cuando falleció en 1527. Como había permanecido junto al emperador Carlos V y vivido una vida de exilio, su título se interrumpió después de su muerte. Sin embargo, la línea joven de La Marche-Vendôme se mantuvo, como casa gobernante del Ducado de Vendôme.


La rama Borbón-Vendôme se convirtió en gobernante del Reino de Navarra, al norte de los Pirineos, y luego de Francia, con Henri III de Navarra como Henry IV de Francia. El primer Borbón rey de Francia fue Henri IV. Antoine de Borbón, su padre, era la novena generación descendiente del rey Luis IX. Jeanne d'Albret, su madre, era reina de Navarra y sobrina de Francisco I. En 1572 Catalina de Médici arregló el matrimonio de su hija, Margarita de Valois, con Henri III de Navarra como oferta de paz entre católicos y hugonotes. En 1589 Navarra ascendió al trono de Francia como Henri IV.


Henri IV de Francia y de Navarra, Henri le Grand (1553-1610)


La rama española de la Casa de Borbón fue fundada por Felipe V. Era el duque de Anjou, segundo hijo del Delfín, por lo tanto nieto de Luis XIV. Como Carlos II de España moría sin descendencia, adoptó a Felipe como su heredero, al ser bisnieto de Felipe IV de España. Con un rey Borbón en los tronos de Francia y España, se perturbó el balance de poder en Europa y cuando Carlos murió en 1700 se formó una Gran Alianza de naciones europeas contra Felipe. En el Tratado de Utrecht, en 1713, fue reconocido como rey de España, pero Sicilia fue cedida a Saboya y los Países Bajos españoles, Milán y Nápoles pasaron al poder de Austria.


Felipe tenía dos hijos de su primera esposa. Al enviudar, casó con Isabel Farnese, sobrina del Duque de Parma, la que también dio dos hijos al rey e intentó obtener para ellos los territorios perdidos en Italia. Felipe abdicó en enero de 1724 a favor de Luis I, hijo mayor de su primer matrimonio pero Luis murió en agosto y Felipe retomó el trono.

Felipe V de Borbón, Rey de España, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, Duque de Milán, Soberano de los Países Bajos (1683-1746)


Fernando VI, segundo hijo de Felipe V, sucedió a su padre, pero murió en 1759, en medio de la Guerra de los Siete Años, siendo sucedido por su medio hermano Carlos III, hijo mayor de Felipe e Isabel. Este había obtenido el Ducado de Parma luego de la muerte del último duque Farnese en 1731. Carlos III conquistó el reino de las Dos Sicilias durante la Guerra de Sucesión Polaca y se convirtió en rey allí en 1734, renunciando a Parma en favor de Austria (al final de la Guerra de Sucesión Austríaca en 1748, Austria cedió Parma a su hermano Felipe). Cuando ascendió al trono español, abdicó en Sicilia a favor de su tercer hijo, Fernando. Murió en 1788.

Armas de Carlos III


Títulos significativos que ostentaron los Borbones fueron:



  • Reyes de Francia
  • Reyes de Navarra
  • Reyes de España
  • Duques de Borbón
  • Duques de Montpensier
  • Duques de Vendôme
  • Duques de Anjou
  • Reyes de las Dos Sicilias
  • Duques de Parma
  • Duques de Orléans
  • Príncipes de Orléans-Braganza
  • Príncipes de Condé
  • Príncipes de Conti


Isabel II de Borbón, reina de España (1830-1904)


Notables ramas Borbón



Legítimas

  • Casa de Borbón-Orléans. Llamada Casa de Orléans y titulares del Ducado de Orléans. Es la más antigua rama menor sobreviviente de la Casa de Borbón.
  • Casa de Borbón-Dos Sicilias
  • Casa de Borbón-Parma
  • Casa de Borbón-Braganza (también llamada Rama del Infante Gabriel)
  • Casa de Borbón-Orléans-Braganza (llamada Casa de Orléans-Braganza y hoy representante de la Familia Imperial de Brasil)
  • Casa de Borbón-Montpensier (extinta)
  • Casa de Borbón-Condé (extinta)
  • Casa de Borbón-Conti (extinta)
  • Casa de Borbón-La Marche (extinta)
  • Casa de Borbón-Soissons (extinta)
Armas de la Casa de Orleans


Morganáticas

  • Casa de Borbón-Orléans-Galliera (llamada Casa de Orléans-Galliera)

Ilegítimas

  • Borbón-Busset
  • Borbón-Vendôme (extinta a la muerte de Louis Joseph de Borbón, duque de Vendôme, bisnieto de Henri IV de Francia) - 1598–1712
  • Borbón-Maine (extinta a la muerte de Louis Charles de Borbón, conde d'Eu, nieto de Luis XIV) - 1672–1775
  • Borbón-Penthièvre (extinta a la muerte de Louis Jean Marie de Borbón, duque de Penthièvre) - 1725–1793


Un mural de 1670 muestra los Borbones de Francia. Incluye (desde la izquierda) a Henriette-Marie, hermana del rey de Francia y esposa del rey de Inglaterra; Philippe I, Duque de Orléans, fundador de la Casa de Orléans; su primera esposa la Princesa Henriette; la primera hija de esta pareja, Marie Louise de Orléans (más tarde reina de España); la reina madre Ana de Austria; las hijas de Gastón de Francia, Duque de Orléans; el rey Luis XIV; la reina María Teresa con el Delfín de Francia y sus hermanos Marie-Thérese, llamada Madame Royale, y el Duque de Anjou. La primera hija de Gastón de Francia, Anne Marie Louise de Orléans, Duquesa de Montpensier, aparece de pie a la derecha. Delante de todos aparecen los dos hijos y las otras dos hijas de Luis y María Teresa que murieron en 1662 y 1664.